Disclaimer: El universo de Harry Potter es de Rowling.

Este fic participa en el Reto #48: "Celebrando los 400,000 post" del foro Hogwarts a través de los años.

Categoría: Frases literarias


"Es en las noches de diciembre, cuando el termómetro está a cero, cuando más pensamos en el sol"

- Los Miserables de Víctor Hugo.


Ustedes de mi lado

¡Feliz cumpleaños, Canuto!

Todos están en el salón, alrededor de la mesa: Lunático, Colagusano, Lily, Cornamenta, y hasta el pequeño Harry (de tres meses) parece estar especialmente feliz ese día. Lily trae de la cocina una tarta hecha por una pastelería muggle que ella misma mandó hacer para el cumpleañero.

Por la mañana, Sirius se ha pasado por el cuartel de la Orden, donde los saludos tampoco se hicieron esperar. Vance le pellizcó la mejilla mientras le sonreía con afecto, Meadowes tuvo el descaro de guiñarle un ojo, Fenwick le regaló un vinilo recién estrenado de The Clash, McKinnon se puso de puntillas para dejarle un beso en la mejilla mientras le revolvía el cabello, y Dumbledore le sonrió mirándolo por encima de sus gafas de medialuna mientras le palmeaba la espalda y soltaba una de esas frases que el joven Black nunca se detiene a meditar.

Le ponen a Harry en brazos. El bebé de inmediato estira sus cortos bracitos para alcanzar los mechones de cabello negro que enmarcan el atractivo rostro de su padrino. Se echa a reír ante la mueca de dolor que Sirius hace cuando tira de uno de ellos con más fuerza. "Como dejen al pobre Harry pasar mucho tiempo con Sirius, terminarán por pegársele las malas pulgas", Lunático está especialmente bromista ese día. Todos ríen mientras Black finge ofenderse. Luego se aceran a él y sonríen hacia la cámara muggle que los Potter tienen en casa.

El flash lo ciega por un momento y Sirius piensa que nunca ha sido tan feliz en su cumpleaños. Por primera vez lo disfruta y siente un calor en el pecho que le despierta ganas de abrazar a sus amigos; cosa que no hará, porque, a pesar de todo, lleva sangre Black en las venas y un Black no es tan afectuoso ni sentimental.

Eh, ¡cerré los ojos! Tomemos otra.

Sonríe una vez más hacia la lente y llega a la conclusión de que a partir de ese día, su patronus será tan poderoso que podrá enfrentarse a todos los dementores de Azkaban.

.

Un recuerdo que ahora no aparece por ningún rincón de su cabeza. Los dementores pasan constantemente por su celda y se llevan toda buena memoria, dejándolo solo y hundido en su propio dolor, mientras tiene pesadillas con los cuerpos inertes de cada uno de los que vio morir en esa miserable guerra.

Es tres de noviembre de mil novecientos ochenta y uno.

Aquella ha sido la tercera mañana que abre los ojos y sigue encerrado en ese inhóspito lugar.

No puede deshacerse de esa imagen que lo atormenta día y noche. Los cuerpos inertes de James y Lily en el Valle de Godric, Peter fingiendo su propia muerte y el mundo mágico hablando del mayor traidor de todos los tiempos.

¡A Lily y a James, Sirius! ¿Cómo pudiste…?

Peter, ese cobarde traidor. Su traición es casi tan dolorosa como la muerte de los Potter. La ira bulle en su interior, ¿cómo pudo ser tan estúpido y caer en su trampa? En ese momento solo pensaba en vengar a sus amigos. Colagusano sabía como reaccionaría, tantos años de amistad tienen su peso, mucho más si se han visto crecer mutuamente. Pettigrew se anticipó a los hechos: Sirius perdería la cabeza e iría tras él; así que lo preparó todo.

Tan malditamente astuto.

Yo los maté, yo los maté… —lo único que podía decir entre lágrimas cuando, aún en shock, fue encontrado por los aurores después de que la rata desapareciera por la alcantarilla

Una explosión, doce muggles muertos y el miserable dedo, bastaron para enviarlo a Azkaban sin posibilidad de juicio.

La noche cae y el prisionero se tumba en esa cosa dura que quieren hacer pasar por cama. Cierra los ojos y por una vez intenta deshacerse de todo pensamiento, bueno o malo. Solo quiere tener la maldita mente en blanco; olvidar todo, a todos y hasta a sí mismo. Tal vez dejarse abrazar por la locura sería más fácil…

Pero no puede hacerlo, aún tiene algo pendiente: venganza y la obsesión de probar a todos su inocencia.

"No podía saber lo que iba a pasar", piensa por primera vez. Tal vez no ha sido su culpa, por un momento casi logra sentir alivio; pero el sentimiento no dura mucho y pronto vuelve a su agonía. Es su culpa que James y Lily hayan muerto, merece estar encerrado.

A pesar de todo, la frase queda latente, esperando el momento en el que esté listo para perdonarse a sí mismo, esperando el momento para ayudarle a no perderse en su propia cabeza el tiempo que pase encerrado.

Por fin logra dormir.

A miles de kilómetros de ahí, Remus Lupin despierta en una vieja casa. Mira el periódico que su lechuza ha tirado sobre él. Siente una punzada de dolor cuando repara en la primera línea bajo el nombre del diario. Suspira con pesar.

—Feliz cumpleaños, Sirius.

El día ha terminado y ni siquiera se ha fijado en la fecha. Sirius Black ha cumplido veintidós años en una celda, rodeado de mortífagos que no hacen más que burlarse de él y dementores que se llevan lo único que le queda: sus buenos recuerdos.


Y hemos venido para…

Vamos a probar la motocicleta, Lunático —Sirius muestra la sonrisa que solía poner cuando hacía algo que haría que su madre se arrepintiese de haberlo engendrado.

¿Pero no te has subido ya un montón de ve…? —es interrumpido por Sirius, quien se ha montado y tira de su brazo para que suba tras él.

No han avanzado más que un par de metros cuando el vehículo comienza a elevarse. Remus Lupin lo toma por los hombros mientras le reclama aterrado que no le haya avisado que ahora el aparato puede volar.

El licántropo mira hacia la autopista, varios cientos de metros por debajo de ellos. Sirius se burla de él. Remus pone más fuerza en el agarre, hasta que Black emite un quejido de dolor.

Ay, ¡lo estás haciendo a propósito!

Me aterran las alturas. —una sonrisa burlona asoma por su rostro.

Ya, y a mí las chicas.

Ambos carcajean.

Cuando se acostumbra a la idea, el castaño deja de apretar los ojos. El vehículo asciende aún más. Ante ellos aparece un mar de nubes en diferentes tonos amarillos, naranjas, rojos, violetas y azules. El paisaje es tan espectacular que por un momento olvida lo insegura que le parece la motocicleta.

¿A que es precioso?

Remus no tiene palabras para expresar su asombro. Sirius no espera respuesta. Maniobra con destreza sobre las nubes y sonríe satisfecho. Los últimos rayos de sol iluminándolos, el aire ondeando su cabello, el olor a libertad. Encantar la moto para que vuele ha sido de las mejores ideas que ha tenido en la vida.

La amistad entre ellos se deteriora cada vez más. Las misiones de la Orden ya no tienen éxito y cada mes pierden a un miembro, a un amigo. Sirius está convencido de un traidor infiltrado, pero Remus es incapaz de sospechar de nadie. Es la diferencia de opiniones lo que comienza a distanciarlos, y finalmente la obstinación de Lupin lo que hace que Sirius piense que tal vez su amigo es el traidor.

A pesar de todo, intenta que todo vuelva a ser como antes. Marlene siempre le dice que está juzgando mal a Remus. Esto es un intento desesperado de volver a ganar la confianza que están perdiendo.

Creí que te habías quitado de la cabeza la idea de hacerla volar.

Pues ya ves, funciona muy bien. Yo mismo le puse el hechizo.

¿Se supone que eso me debe dar seguridad?

Sirius, irritado, acelera y va en picado. Lunático siente una desagradable sensación de aplastamiento y vértigo, por un momento cree que va a sufrir un infarto.

Vale, vale, vale. ¡Retiro lo dicho! —grita con los ojos cerrados.

Black desacelera, Lunático exhala aliviado cuando deja de sentir el tirón en los intestinos.

Joder, qué sensible.

.

El prisionero se pasa la mano por el cabello, que ya le llega a la clavícula, echándolo hacia atrás. Si se concentra bien, casi puede sentir otra vez el aire sobre la piel de sus nudillos y la sensación de flotar en el vacío.

Recuerda la última vez que usó su adorada motocicleta. Llévatela, Hagrid, ya no la necesito. Aquella noche perdió una parte importante de su vida. Sirius no era Sirius, se había reducido a un ser humano destrozado, sin familia. Su vida cambiaba para siempre a partir de ese momento.

Regresar a ese día también implica revivir la desconfianza en todos y recordar la mirada decepcionada que recibió de Remus aquella madrugada del uno de noviembre, cuando lo detuvieron. Sabe que se merece esa mirada, pero no por los motivos por los que le fue dirigida. La merece porque, una vez más, su inmadurez y arrogancia le hicieron creer que podía ser más listo que Voldemort y sus mortífagos.

Nadie cree en su inocencia. James y Lily murieron con la verdad. No culpa a quienes no lo conocen: es el último de la larga línea de pureza de los Black, con ese historial familiar es fácil creerse que estaría ligado al señor oscuro. No es la misma historia con los que pasaron la guerra junto a él. ¡Dumbledore lo conoce desde que Bellatrix comenzó a ir a Hogwarts! ¡McGonagall lo ha visto crecer desde los once años! A Sirius se le ocurren unos cuantos nombres más que, tal vez, hubiesen dudado de su supuesta traición, pero todos fueron asesinados o están desaparecidos.

¡Y Remus! Ni siquiera él se ha cuestionado los acontecimientos. Lunático ha sido su amigo desde primer año, se supone que conoce su lealtad mejor que nadie. ¡Uno no pasa siete años de convivencia en Hogwarts por nada! Han compartido tanto para que ahora a Remus Lupin, el que se negaba a creer que había un traidor en la Orden, no le cueste nada tragarse la artimaña armada por la rata.

Desesperación, resentimiento, desesperanza. Los dementores se acercan y el recuerdo se tiñe de tonos más oscuros.

Lleva dos años encerrado. Si antes no esperaba mucho de la comunidad mágica, ahora simplemente aborrece ser parte de ella. Vaya eficiencia la del Ministerio de magia. Es imposible que Peter haya cometido el crimen perfecto, en algo tendría que haber fallado; sin embargo, no hay nadie allá afuera buscando el error para probar su inocencia y sacarlo de Azkaban.

Si lo piensa un poco con la cabeza fría, no está justo con ellos, ni consigo mismo. Y es que ni siquiera Merlín, tan sabio, hubiese sospechado de Pettigrew. ¿A quién se le podría ocurrir que el pobre Peter, que idolatraba a Potter y Black, sería al final el cobarde traidor?

Su vida es una cadena de desgracias y malas decisiones. Si tan solo no hubiera convencido a James de cambiar de guardián…

Se arrincona en la esquina y cierra los ojos, intentando volver a la motocicleta; pero ya no está. Olvida el color del cielo y ya ni siquiera puede recordar el número de placa. La temperatura baja unos cuantos grados y regresan a su mente los cadáveres que ha dejado la maldita guerra.

Se abraza a sí mismo en un intento de mantener el calor. No tiene fuerzas para moverse un metro hacia el plato de comida que le han dejado junto a los barrotes.

Jamás se ha sentido más solo, ni traicionado.


Eh, ¡déjenlo en paz!

Eso, ya verán lo que pasa si nos enteramos que volvieron a meterse con él.

Sirius Black y James Potter se llevan bien desde el primer momento en que cruzaron palabra en el tren a Hogwarts el año anterior. Tienen el mismo carisma natural y el don de destacar dondequiera que vayan. Aún son dos niños flacuchos de doce años, pero sus personalidades simpáticas comienzan a hacerse notar.

Ya lo has oído, chico —ahora habla un muchacho castaño, igual de escuálido, un poco más alto—. No pudiste contra ellos dos, no querrás que yo también te haga morder el polvo.

Remus Lupin a simple vista parece un niño tranquilo, imagen angelical que sabe explotar delante de los profesores. Lo que muy pocos saben, es que es casi tan chulo como sus dos amigos e igual de travieso que ellos.

El único chico de Slytherin que no se ha dado por vencido, lo mira con rabia contenida. Los compañeros con los que estaba intimidando a Pettigrew han salido corriendo después de que los dos Gryffindor intentasen hechizarles.

A lo lejos, una figura esbelta con un moño alto se acerca. El Slytherin, apellidado Rosier, hace una mueca maliciosa antes de fingir atacar al más alto de los chicos.

Sirius lanza un expelliarmus antes de que nadie pueda hacer nada. El hechizo impacta en Rosier, quien cae hacia atrás haciendo aspavientos.

Pero ¿¡qué creen que hacen!? Black, a mi despacho. Rosier, te llevaré con Slughorn. Potter, Pettigrew y Lupin, a sus habitaciones.

Pero profesora…

Nada de peros, Black. He visto perfectamente todo.

Lo único que hemos hecho ha sido defender a Pettigrew de esos fanfarrones, profesora McGonagall. —Potter nunca se queda callado, mucho menos si puede evitar que su amigo sea castigado.

Minerva mira a los cuatro chicos.

Lamentablemente solo ha sido una persona a la que he visto lanzando un hechizo. —con un movimiento de cabeza indica que deben marcharse— No lo repetiré más: Rosier y Black vienen conmigo, los demás a sus habitaciones.

Remus, Peter y James ven a su jefa de casa marcharse con los dos chicos.

Si no nos hubieras convencido de ayudarle —susurra James hacia el castaño—, estaríamos ya en la sala común terminando los deberes de pociones.

El chico lo mira molesto.

Fueron tú y Sirius los que se emocionaron jugando al héroe. Hubiera bastado con asustarlos sin atacar.

Pues ve tú a la sala común. No pienso dejar a Sirius solo.

Lupin detiene su marcha.

¿Vas a sacarla?

No recibe respuesta, pero comprende por la mirada de James que usará la capa invisible, a pesar de haber prometido solo utilizarla para asuntos de vida o muerte.

Sirius no se va a morir por recibir un castigo sin nosotros —James frunce el ceño al escucharlo—, pero iré contigo. McGonagalll lo ha pillado por defenderme.

Pettigrew está apartado. Los chicos están cuchicheando desde hace un rato y él no sabe muy bien qué hacer. ¿Debería irse a los dormitorios, como indicó la profesora McGonagall, o debería esperar a sus compañeros para regresar juntos?

Peter Pettigrew, ¿cierto? —el castaño se dirige hacia él— ¿Quieres venir?

Pero tienes que prometer que no le contarás nada a nadie.

Peter asiente. James le sonríe y saca una tela doblada. Cuando lo ve desaparecer tras ella, Peter levanta las cejas y una "o" se forma entre sus labios, es la primera vez que ve una capa invisible.

¡Fantástico!

Remus también desaparece bajo la capa.

No tenemos toda la noche, Peter. —un brazo moreno aparece y tira de él.

Caminan juntos hacia el despacho de la profesora McGonagall. No tardan mucho, James y Remus conocen el camino a la perfección. Cuando llegan, Sirius está saliendo por la puerta, mucho más calmado de lo que esperan. Se detienen en la esquina del pasillo antes de girar.

¿Tan rápido? Pensé que al menos se ganaría un sermón.

Tal vez cumplirá el castigo mañana, ahora es tarde para ir a limpiar trofeos. —Remus no cree en la posibilidad de haber sido pillado atacando a otro alumno y no pagar por ello.

¿Tú crees? Mira como sale tan tranquilo, hasta parece que lo hubieran felicitado.

Bueno, no sé.

James sonríe para sí.

Es un genio. No sé cómo lo hace, pero siempre se libra de los castigos.

McGonagall sale detrás de Sirius.

Y Black —el chico se vuelve hacia ella—, no caigas cuando te provoquen, por lo que más quieras. No podemos seguir perdiendo puntos si queremos ganar la copa de las casas este año.

Sirius aprieta los labios y asiente. Se despide de la profesora.

Peter mira al chico Black con cierta admiración. Si es verdad que se las ha arreglado para no ser castigado, es que tiene un don del que él carece. Sirius Black le cae bien a todo el mundo y los hace reír con facilidad; Peter Pettigrew, en cambio, ha pasado un año en Hogwarts sin hacer amigos y, en clases, el asiento junto a él siempre es ocupado por el que llega tarde o es castigado.

Esperan que la profesora desaparezca por los pasillos para alcanzar a Sirius. James les hace una señal para que no hagan ruido.

Black, ¿estas son horas para andar por los pasillos?

Sirius da un respingo, luego reconoce la voz.

Muy gracioso, James. Si no tuvieras voz de niña, hasta te habría creído.

El chico de gafas tira de la capa, descubriendo con él a sus dos acompañantes. Sirius los mira con sorpresa.

¡Vinieron por mí!

James muestra todos los dientes, Remus asiente y Peter sonríe tímido. Sirius se une a ellos. Avanza por el pasillo que los lleva a la torre de Gryffindor mientras parlotea emocionado sobre lo que harán al día siguiente: enfrentar a Peeves, fastidiar a Snivellus, vagar por los pisos más altos del castillo, entrar a la sección prohibida de la biblioteca…

James y Remus ríen y se unen al monólogo de su amigo. Peter los contempla y se siente fuera de lugar. Los tres parecen conocerse muy bien; él no debería estar ahí, ese no es su lugar.

Eh Peter, ¿quieres sentarte a desayunar con nosotros mañana?

El nombrado levanta la mirada sorprendido. El mismo Sirius que ha salido victorioso del despacho de la profesora y al que miraba asombrado, lo está invitando a unirse a ellos, ¡a él! Hasta lo ha llamado por su nombre, ¿desde cuándo sabe su nombre? Por primera vez está ante la posibilidad de tener un grupo de amigos, ese grupo de revoltosos que han llamado la atención de los profesores desde el primer día que pisaron Hogwarts.

.

Asquerosa rata traicionera.

De haber sabido lo que le costaría haber invitado al tímido Peter a desayunar con ellos en el gran comedor, jamás le habría dirigido ni la mirada.

Las últimas palabras que recibió de él aún resuenan en su cabeza. En algún momento se las creyó y llegó a pensar que la muerte de James y Lily había sido pura y simplemente su culpa. Ahora tiene la certeza de que no es él quien debería estar en Azkaban.

Siente un odio terrible hacia Peter Pettigrew.

En todo el tiempo que lleva encerrado, Sirius supone que ronda los cinco años, no hay día en que no haya deseado hacerle pagar.

—Yo no los maté, yo no revelé su ubicación. Soy inocente, soy inocente, soy inocente, soy inocente, soy…

Repite como un mantra con los ojos apretados. Cuando los dementores lo sumergen en las imágenes de la noche del treinta y uno de octubre, se aferra a esas dos palabras y olvida todo lo demás. Se obsesiona con cada una de sus letras y las graba a fuego en su subconsciente.

Dos figuras humanas pasan delante de la celda.

—¿Y ese?

—Ah, ese es Sirius Black. Vendió a su mejor amigo al que-no-debe-ser-nombrado, dicen que era su mano derecha. Menos mal que Harry Potter lo destruyó, pobre chico… es por este hombre que el niño es huérfano.

—¿Y siempre hace eso o…?

—Bueno, Ministro Bagnold, lleva casi cinco años aquí. Hace poco empezó a hacer eso: se sienta y susurra para sí, nadie comprende lo que dice. Ya se estaba tardando en perder la cordura. Es lo que los traidores como él se merecen.


La música no les deja pensar, la euforia los invade, Lily ha aceptado el anillo y James no cabe en sí de la emoción. Sirius ha insistido en ir a celebrar. Peter piensa que podría ser peligroso: cuatro miembros de la Orden del Fénix desprevenidos y alcoholizados son un blanco fácil. Sabe perfectamente que el señor oscuro y sus mortífagos no tienen fines de semana ni días libres.

¡Anímate Colagusano! Tenemos veinte años y nuestro James se casa. Además, es sábado, ¿desde cuándo pasas un fin de semana en casa como una jubilada? No sé tú, pero yo necesito algo de acción.

Lo que tú necesitas es sentar cabeza como James y empezar a reconocer cuando algo es peligroso y se nos puede ir de las manos.

Decídete, Lunático. ¿Estás a favor o en contra?

Solo digo la verdad —responde risueño.

Sirius niega con la cabeza. Debe ser la cercana luna llena, Remus habla incoherencias.

El alcohol se te ha subido a la cabeza. Si hay algo a lo que no renunciaría nunca, por nada del mundo, es a ser libre.

El castaño arquea una ceja, retándolo. James se une, solo por la satisfacción de molestar a su mejor amigo:

Ya veremos si sigues pensando lo mismo en un par de años, cuando estés en el altar frente a alguna desdichada mujer.

¡Que no pienso cas…!

Sí, sí, ha quedado claro —Remus se acerca, confidente, palmeándole un hombro—. Aunque si Cornamenta ha encontrado a alguien dispuesta a casarse con él, hay esperanza para ti, Sirius.

El chico se suelta del agarre con rudeza. Toma un vaso con whisky, a saber de quién es, y la eleva frente a sí.

Un brindis por la libertad —sonríe de lado, mordaz— porque James no la volverá a ver.

Salud porque tampoco volverá a ver la soledad. —Peter se gana una mirada asesina de Sirius.

Bueno, dejémoslo ya, que vinimos a celebrar. ¡Salud por los merodeadores!

Remus toma una copa e imita a James.

Yo invito la siguiente ronda. Eh, Peter, ¿qué hay de ti? Escuché rumores de una posible señora Pettigrew…

.

Sirius sonríe con amargura. La piel de la mejilla, pegada al hueso, le duele por el inusual movimiento. Apoya la cabeza contra la pared de la celda y cierra los ojos intentando retener el recuerdo.

Libertad. Cuán importante era para él y dónde había terminado. La ironía de la vida. Pero aún entre cuatro paredes que lo asfixian y le quedan estrechas, está satisfecho de saber que vivió tan libre como le fue posible, como nadie nunca lo ha sido y a pesar de la familia en la que creció. Reglas, etiqueta, linajes, creencias, matrimonio... Nada de eso encaja en su mundo. Él eligió la vida que quería, él decidió en qué creer y a quienes deber lealtad.

Fue un hombre libre y piensa morir siéndolo.

Aquellos fueron buenos tiempos. Sin pensar en el futuro, sin planear sentar cabeza o preocuparse por nada. Sin ataduras.

James, en cambio, tenía un plan de vida. Tenía que ser auror, envejecer con la pelirroja y ver crecer a Harry. Sirius piensa que él debería haber muerto en vez de James y Lily, en realidad él ya no tenía nada que perder…

No es tu culpa, Sirius. Los tres tomamos la decisión. No es tu culpa.


Están en la época más fría del año, en el lugar más malditamente recóndito del mundo mágico. Por suerte, ese día no ha llovido y la zona donde han acampado les ofrece ramas caídas y troncos secos. Un Sirius Black de veinte años intenta calentar sus manos en la pequeña fogata que han logrado armar gracias a ellas.

Entonces, ¿también hay una casa McKinnon en los campos de Manchester?

Ella asiente. Él se revuelve el cabello.

Veamos: la guardería de Southern Stars, Hogwarts, veranos en Manchester —Sirius enumera con los dedos—, las fiestas de los Lestrange e incluso hemos coincidido en los mismos conciertos muggles; pero no recordamos habernos visto nunca antes de conocernos en la primera reunión de la Orden. Esto es increíble.

La carcajada de Marlene resuena en el claro del bosque.

No lo sé, Black. Tal vez todo eso del destino y caminos que se cruzan cuando deben cruzarse no sean solo tonterías. Tal vez nuestra vida está escrita y no podemos hacer más que resignarnos con lo que toque.

Joder, McKinnon. ¿Eres otra de esas locas que tenía adivinación como materia favorita en el colegio?

El desagrado en el rostro de la chica es evidente.

Me conoces mejor que eso, pero no encuentro otra explicación.

Tengo otra teoría. Yo nunca paso desapercibido. Ni siquiera cuando realmente lo intento. En algún momento debes haberme notado sonríe engreído, pero me evitabas. ¿Te intimidaba el apellido, mi porte elegante o mi belleza inalcanzable?

Ella pone los ojos en blanco.

Eres insufrible, ¿sabes?

Él le guiña un ojo mientras las comisuras de sus labios se curvan hacia arriba. Hace mucho que no muestra una sonrisa genuina como esa, mucho menos en esas condiciones: congelado hasta los huesos, sucio y con el estómago vacío.

Su amistad naciente con la chica ha sido una sorpresa hasta para él. McKinnon le agrada y, por increíble que parezca, no ha intentado ligar con ella ni nada por el estilo. Es la amistad más larga que ha tenido con una chica sin que cruce el límite de lo platónico.

Creo que hoy es víspera de Navidad —Marlene mira hacia el lado del bosque que los llevaría al poblado más cercano.

Imposible, salimos de Londres a mediados de noviembre —la chica eleva las cejas y lo mira fijamente, Sirius termina de hacer cálculos y frunce el ceño—. Se suponía que regresaríamos días antes de Navidad.

Pues ya ves. Fue una mala decisión detenernos en Liverpool a espiar al supuesto traidor.

Sirius, serio de repente, desvía la mirada hacia el fuego. La expresión de Marlene se suaviza.

Remus no es el traidor, Sirius. Pondría mis manos al fuego por él.

Él se mantiene impasible.

No lo sé, no hablemos de eso.

Ella no dice más. Sabe que el supuesto espía no es lo único que ronda por su cabeza, desde que surgieron rumores de una estúpida profecía sobre Voldemort y un niño, los Potter están pensando en ocultarse o salir del país.

Coloca una mano sobre las del chico.

Ellos están bien.

¿Cómo puedes estar tan segura?

Nos habríamos enterado. Una carta, un patronus, el Profeta…

Están bien, pero no sabemos hasta cuándo —la chica tuerce la expresión, la idea es horrible—. Fenwick apareció en pedazos, los Bones asesinados y Dearborn desaparecido, no tienen piedad con los miembros de la Orden ¡Y todo está empeorando desde que apareció un infiltrado entre nosotros!

Pues desconfiar hasta de tu sombra y alejarte de todos no está mejorando mucho la situación.

¿Qué hay de ti?

Marlene frunce el ceño sin comprender.

He sospechado de todos y te he contado todo lo que pensaba. Tal vez no encuentro al espía porque es quien me está ayudando a buscarlo.

¡Sirius! —se aleja ofendida— Mi padre fue asesinado por no delatar el paradero de mi hermano, mi hermano fue asesinado por tener una novia hija de muggles, ¿en serio crees que insultaría la memoria de ambos uniéndome al bando que acabó con ellos? ¿en serio crees que sería capaz de traicionar a la Orden del Fénix? ¿A James, Lily y Harry? ¿A Dorcas, Benjy y Remus? ¿A ti?

Sirius permanece en silencio, no se atreve a mirarla. Marlene bufa indignada.

Iré a buscar más ramas para la fogata.

Pueden mantener viva la llama con magia, es una mala excusa; sin embargo, Sirius la deja ir. Espera que no demore en regresar, pero el tiempo pasa y la chica no da señales de estar de vuelta.

Cuando le parece que ha sido más que suficiente, se pone de pie y camina por donde la vio desaparecer.

Va a morir congelada o comida por lobos. Haber llegado tan lejos para terminar así...vaya final.

Ha caminado un buen rato y no hay rastro de su compañera. Comienza a preocuparse y molestarse a partes iguales. Camina diez, quince, veinte minutos... Hasta que descubre una silueta caminando a lo lejos, apresura el paso para alcanzarla.

McKinnon.

La chica se detiene y lo mira. Sirius repara en los rastros húmedos sobre sus mejillas.

—Solo...necesitaba pensar. Ya iba a regresar.

Black nunca llegó a entender del todo qué fue lo que lo impulsó a abalanzarse sobre ella y estrecharla contra sí.

A ambos les sorprende el gesto, les sorprende aún más lo mucho que parecen necesitarlo. Marlene tiene ese perfil de chica autosuficiente que en Hogwarts parecía llamar la atención de más de un compañero. Sirius limita el contacto afectuoso, es un Black, lo suyo es ir de chulo por la vida y no ir abrazando a la gente; al menos no cuando no es para felicitarse por haber ganado un partido de quidditch, ligar con una chica los sábados por la noche o alguna ocasión especial, como cuando James se comprometió.

Marlene apoya la mejilla contra el hombro del chico y se deja envolver por su calor, alejarse del fuego en plena helada no ha sido su idea más brillante.

Lo siento, Marlene. Sabes que eres una de las pocas personas en las que aún confío. Es solo que...

Exhala frustrado.

"…me estoy volviendo loco intentando encontrar al espía de Voldemort". No se lo dice, pero ella no necesita que lo haga para ser consciente de ello.

No eres el único que cree que hay un espía en la Orden, Sirius. Pero es difícil pensar que alguno de nosotros sería capaz.

Él nota como ha ido cambiando el tono de ella hacia el final de la frase. Es miedo, es impotencia. La abraza con más fuerza, en un intento de dejar a un lado las ideas desalentadoras.

Deberíamos regresar, el sol ya se ocultó y la temperatura caerá aún más.

Marlene se incorpora y coloca una mano sobre su mejilla.

Todo va a estar bien, ¿de acuerdo?

Sirius mira directamente al azul de sus ojos y espera que tenga razón.

.

Medio año después de esa misión se tomarían la primera foto de la Orden del Fénix. Dos semanas después, Marlene McKinnon sería asesinada. Voldemort se encargó de eliminar a su familia entera, traidores a la sangre.

Tras aquello, Sirius nunca regresó a los momentos que había compartido con la chica. Con ella moría una parte de sí mismo que no recuperaría nunca. Dejó todas las tardes de vinilos muggles y las carcajadas compartidas a un lado. Prefería evitar el dolor innecesario, y recordarla aún dolía.

Cierra los ojos e intenta recordar el tacto sobre su mejilla. La paz que logró sentir en ese momento a pesar de los tiempos en que vivían. Aquel definitivamente es un recuerdo agradable porque más tarde, cuando los dementores se acercan, desaparece.

El bosque, la nieve y el fuego se esfuman, pero los ojos desesperanzados de la chica prometiéndole que todo estaría bien, logran permanecer unos segundos más.

Tal vez, de haber sobrevivido, ella hubiese puesto también las manos al fuego por él.


Cuando los dementores se han llevado los recuerdos más frescos, otros que creía olvidados aparecen. Tal vez como un mecanismo de defensa de su propio inconsciente, una manera de no sucumbir a la locura y perderse en el agujero negro que crece cada día más dentro de su pecho. Es su propia mente usando cualquier recuerdo como salvavidas.

—Uvas…

En el Número 12 de Grimmauld Place, antes de año nuevo, Walburga ordena a Kreacher que llene la despensa de uvas. A Sirius le gusta colarse en la cocina y comerlas hasta reventar, son sus favoritas. Cuando lo encuentra sentado en el suelo de la cocina con una caja casi vacía, Regulus lo mira con el ceño fruncido. No es una sorpresa que Sirius tenga esa esa horrible capacidad de dar rienda suelta a sus antojos sin límite.

Madre se va a enfadar cuando sepa que has sido tú el que se ha comido casi la mitad de la reserva.

¿Tú se lo dirás? lo reta.

Regulus duda antes de responder.

Más de una vez, Sirius ha creído que su hermano se atreverá a acusarlo con Walburga; sorprendentemente nunca lo hace. Solo niega con la cabeza, aceptando que Sirius no tiene remedio y nunca cambiará, y regresa a su alcoba. Hasta que el año siguiente vuelva a encontrarlo en el suelo de la cocina, le dirija otra vez esa mirada entre divertida y temerosa, tengan misma conversación y todo se repita. Es casi una costumbre entre los dos hermanos. Sin embargo, ese año Regulus hace algo diferente.

Te ayudaré con eso.

Acto seguido, se sienta a su lado y toma un racimo. Sirius no expresa su asombro y sonríe satisfecho, no todo está perdido en la educación de Regulus.

Cuando han terminado con las uvas de esa caja y la siguiente, el menor decide que es suficiente. Ambos chicos se deshacen de las cajas y eliminan toda prueba de su travesura.

Regulus regresa a su habitación con la convicción de hacer lo mismo el próximo año. No seguir a rajatabla por una vez las reglas de Walburga es liberador, aún mejor si es junto a su hermano.

.

Sirius Black se descubre extrañando los ademanes siempre correctos de su hermano. Regulus fue el hijo perfecto que se dejó convencer tras numerosas lecciones sobre la pureza de sangre y el orgullo que trae el apellido Black. Una punzada atraviesa su estómago y siente nauseas. El recuerdo debería ser agradable, pero un tinte amargo lo contamina. Regulus falleció un año antes de su encierro en Azkaban, se arrepintió de unirse a Voldemort cuando ya era demasiado tarde.

No termina de decidir cómo percibe esa memoria, pero es tal vez esa complicidad de hermanos la que hace que los dementores decidan quitársela en cuanto rondan por su celda.

Entonces, Sirius solo puede pensar en el momento en que escuchó que su hermano había muerto.


¿Cuánto habría pasado? ¿Años, lustros, décadas?

A través de una grieta en la pared de su celda, mira el cielo estrellado. Muchos prisioneros han llegado, otros han salido, escapado o fallecido; pero él sigue ahí, formando ya parte del paisaje desolador de la prisión.

El ambiente es desagradable, voces susurrantes de prisioneros que han perdido la cordura y hablan para sí mismos; alguna carcajada ocasional de Bellatrix Lestrange, que siempre aprovecha cualquier visita para advertir que Voldemort regresará; otros buscan pelea y hasta se oyen lamentos y llantos. Azkaban fácilmente podría hacerse pasar por un manicomio.

Cornelius Fudge camina entre las celdas, es ministro de magia desde hace tres años, pero es la primera vez que pasa frente a la celda de Sirius Black.

—¿Ha terminado de leer el periódico, señor ministro?

Fudge mira con sorpresa al que se ha atrevido a hablarle. Sirius Black tiene la mirada fija sobre la imagen de los Weasley en Egipto, y su tono de voz es sereno. Es sorprendente que no muestre signo alguno de locura.

Black, bajo el escrutinio del ministro de magia, se explica.

—Echo mucho de menos los crucigramas.

Cornelius mira el diario comprobando que al final hay un crucigrama vacío que llena toda la hoja. Se lo ofrece frunciendo el ceño, sin poder creer el escaso efecto que los dementores parecen tener sobre él. No es posible que un hombre tan vigilado como él, pase tantos años en ese lugar y se muestre tan lúcido.


Hoy es el día. Lleva seis meses comiendo menos de la ración diaria y ahorrando energías para por fin caber entre los barrotes en forma de perro.

Espera a que los dementores se alejen. Cierra los ojos y se concentra. Hace tanto que no lo hace. Tras lograr transformarse, espera quieto a que los dementores pasen frente a su celda y se da cuenta que no lo notan. Perfecto.

Intenta pasar entre los barrotes: saca la cabeza, una pata. Cuando logra pasar el lomo, mueve la cola, victorioso. Doce malditos años de su vida se quedan en esa celda. La mira por última vez. Asesinará a Pettigrew, disfrutará de la playa y querrá a Harry como hijo propio, es lo único que ambiciona.

Toma a todos los que le han ayudado a mantenerse cuerdo durante doce años y los guarda en ese rincón en su cabeza que espera, disculpen ellos, no volver a abrir. Agradece haber sido amado real y profundamente en sus cortos veintiún años de libertad. Han sido ellos quienes lo han salvado, les debe la cordura.

Se lanza al mar que rodea la prisión.

No sabe que volverá con ellos más pronto de lo que imagina.


Cuando atraviesa el velo, se siente perdido, aún sin asimilar qué ha sucedido exactamente. Oye los lamentos de Harry y a Remus consolando al chico, quiere volver, pero se siente como drogado, no puede pensar con claridad. Harry y Lunático suenan cada vez más lejos.

La cabeza le da vueltas y ha dado un traspié. Un par de brazos ha impedido que fuese de bruces contra el suelo.

—Ni siquiera fue un Avada Kedabra, tenía que ser un miserable crucio que te precipitara contra el velo, ¿no podías hacer algo normal por última vez en tu vida?

Sirius se toma la cabeza, aún está confundido. Parpadea para acostumbrarse a la luz. La voz que se burla de él es extrañamente familiar, pero es imposible porque él está… ¿muerto?

—¿James?

Parpadea otra vez y logra enfocar.

—Pero ¡qué viejo estás, Canuto! ¿Eso que veo ahí son canas? —parece una versión mayor de Harry, el mismo cabello, la misma nariz—. Ya era hora, amigo. La vida no te ha tratado muy bien.

El hechizo que le ha lanzado Bellatrix debe haber sido potente, porque está alucinando y todo parece muy real.

Alguien le toca el hombro con suavidad, gira hacia la persona y el rojo del cabello hace que cierre los ojos una vez más.

—Déjalo tranquilo, James. Creo que el viaje no le ha sentado bien.

Sirius la mira estupefacto, como si hubiera visto un fantasma, tal vez sí está viendo un fantasma.

—Pero…todos ustedes están…

—¿Muertos?

Sirius niega con la cabeza.

—Tan jóvenes.

El matrimonio Potter se mira y sonríe.

—Es lo que el tiempo te hace en este lugar. Ya verás lo bien que te sienta pasar una temporada acá. Ah, ya está empezando a hacer efecto.

Sirius, incrédulo, se toca la cara y la siente tersa y suave, la piel del pómulo ya no marca el hueso. La textura es la misma que cuando era joven. Sorprendido, toma un mechón de cabello y lo examina, es enteramente negro. Estupefacto, no deja de tocarse el rostro mientras su apariencia vuelve a ser la de un veinteañero.

—Y pensar que en vida era un presuntuoso, si se viera ahora... —Otra voz masculina, aún más joven. Tarda un poco en reconocerla, pero cuando lo hace no tiene duda, Regulus está también ahí.

Alguien detrás de él se carcajea con el comentario. El sonido, que no ha escuchado en más de quince años, es idéntico a como solía sonar las noches de invierno en la intemperie y los días grises aún después de su muerte. Marlene McKinnon nunca dejó de reír.

Se siente en paz y extrañamente feliz, como no lo hacía desde que los perdió a todos. Quiere reír, quiere llorar. El torbellino de emociones lo supera y no puede expresar nada.

Finalmente, se decanta por abrazarlos como nunca lo hizo antes, sin reprimirse y con todas sus fuerzas.

La vida y los recuerdos ya no le pesan. Los tiene de vuelta, y esta vez, para la eternidad.

FIN


En diciembre releí el Prisionero de Azkaban. Leer a Fudge hablar de Sirius y cómo lo percibió hizo volar mi imaginación y aproveché el reto para plasmar las ideas que se me habían ido ocurriendo a lo largo del libro. Me da una pena terrible pensar en Sirius encerrado injustamente durante tanto tiempo. Quiero creer que en algún momento los dementores lo dejaron en paz para que pueda tener al menos un miserable pensamiento no desgarrador.

¡Gracias por leer!