Summary

Después de Hogwarts, Sirius y Remus suelen encontrarse en los bares de Londres. Pero cuando Remus no está en la ciudad, Sirius no puede dejar de pensar en cosas que no debería, la guerra y los labios del licántropo, por ejemplo.


Heartbreak Weather

All of my life, i've been sleepwalk livin',
runnin' around the same bars i've been in.
It can be so lonely in this city,
but feels different when you're with me.

Podría aprenderse el orden de la cenefa de ese viejo azulejo, en circunstancias normales, sí, claro que podría, pero justo ahora no puede. No podría ni aunque Remus se lo pidiera. Y es que es culpa precisamente de Remus, que no puede siquiera procesar la figura que lleva viendo hace varios minutos porque no se deja de mover contra él. Contra, detrás, dentro.

Sirius se muere, en verdad se está muriendo.

Es decir, no puede respirar bien porque, uno, está debajo de la regadera y, dos, Remus no concede ni un poco, entra, sale y lo manosea como si sus manos fueran la barra de jabón; Sirius necesita jadear y el agua insiste en colarse entre sus labios para ahogarlo, o tal vez sólo sea su saliva. Puede verlos, jadeantes, calientes húmedos, una humedad que no tiene nada que ver con el agua que cae sobre sus cabezas.

—Joder —o algo que suena como nggder.

Siente a Remus adentro, sí, pero si cierra los ojos puede ver su flequillo mojado pegado a su frente, moviéndose apenas un poco con el ritmo de sus embestidas; puede ver las largas manos de Remus sosteniendo su cadera, apretando más de lo necesario, impidiendo el escape que jamás llegará; puede ver los ojos vidriosos de Remus, algo rojos por el agua que logró entrar en ellos, pero negándose a perder un sólo segundo de Sirius así. Así contra el azulejo, follado, jadeante, suplicando incoherencias, intentando tocarse, intentando moverse, intentando no morir ahí mismo.

Cierra los ojos y las piernas se le derriten al imaginar la manera en la que Remus se mueve contra él, saliendo lento y entrando todavía más lento, el desgraciado, como si no supiera que Sirius está peleado con la lentitud. La odia. Pero en ése momento no sabe si es fastidiosa o deliciosa.

—¿Ahí? ¿Justo así? ¿Aquí te gusta?

Quiere más rápido, pero también quiere que lo recorra lentísimo, que se quede un segundo más ahí, justo ahí donde hace que no pueda ver nada y que se ahogue sin agua, quiere que salga rápido, que lo toque rápido, que lo acaricie rápido, que le hable lento, que mueva sus caderas lento, que entre lento.

Quiere correrse. Rápido, lento, como sea pero ya.

Se retuerce y jadea, no sabe sabe si escupe saliva o agua, tampoco sabe si Remus se está riendo de él o si está jadeando por las mismas razones que él. Lo único que sabe es que un momento se está ahogando con el agua y al siguiente se está ahogando con el aire.

Le palpita la entrepierna pero no es porque esté teniendo un orgasmo espectacular, le palpita porque tiene una jodida erección. Está empapado, pero no es por haber tomado una ducha, es porque está sudando, aparentemente, de todas las partes de su cuerpo. Tiene el corazón acelerado y la respiración entrecortada, no es por haberse agitado en una candente sesión de sexo, es porque está despierto, despierto en serio. Despierto y consciente de que sólo fue un sueño húmedo, como los de un maldito adolescente.

—Joder —que ahora es un maldita sea, joder.

Lo peor, quizá, es que ya no está asustado por despertar después de soñar eso. Hace días, o semanas, meses, tal vez años, que dejó de asustarse. Está más bien frustrado porque lleva días, o semanas, meses, tal vez años, sin tener ese prometedor orgasmo aunque sea en el sueño.

No, Sirius tiene que despertar milésimas de segundos antes de sentir el orgasmo, antes de escuchar a Remus tenerlo, antes de que lo toque, antes de poder tocarlo, antes de que le diga cómo lo quiere, antes de cualquier maldita cosa.

En realidad, lo peor es que Sirius no puede tener eso de verdad. Nop.

A veces le gusta pensar que Remus flirteaba con él en el colegio, que lo hacía en serio y no sólo porque Sirius parecía hablar como si todo el tiempo estuviera flirteando.

—Deja de mirar a James, siempre ha volado así de bien, Lunático —gruñía Sirius, y Remus intentaba esconder su sonrisa apretando los labios.

—No tienes que ponerte celoso —respondía ligeramente, como si Sirius no sintiera esos ridículos celos de James, de James, por amor a Merlín—. Solo veía que a su uniforme le falta la "p".

—Uhm —otter suena horrible, y es el tipo de cosas que Remus suele notar, así como la mayoría de los gestos de las personas, en especial los suyos.

—Descuida, todavía prefiero verte volar a tí —y reía. Malnacido.

Era un malnacido porque Remus no tenía ni idea de que Sirius, detrás de las cortinas de su cama, soñaba que volaba rapidísimo sobre la escoba sólo para llegar a Remus, sólo para poder besarlo, para poder tocarlo, poder frotarse contra su cuerpo, y Merlín de nuevo despertaba, solo, sudando y con una erección.

Nunca pudo descifrar si aquellos flirteos eran más bien juegos o verdaderos intentos de pisar ese terreno pedregoso. La guerra cayó sobre todo y todos con más fuerza de la que esperaban, y ellos, los recién graduados, eran, evidentemente, la mejor opción para pelear.

Así que Sirius dejó de soñar detrás de las cortinas de su cama en la torre de Gryffindor para comenzar a soñar en todas partes, en todas las posiciones, en todas las condiciones. Es un poco su culpa, de sus amigos, Remus y suya, porque son unos malditos tercos que se niegan a dejar que la guerra acabe con ellos; así que se reúnen a menudo, en bares, en parques, en donde sea que no haya magia más allá de las bebidas alcohólicas.

El problema es que Peter siempre tiene algo que hacer, James planea una boda, o al menos intenta ayudar a Lily a planear, y Remus suele salir de la ciudad. Sirius nunca ha detestado Londres, es imposible detestar Londres, pero tiene que admitir que le aburre estar solo, solo y siguiendo personas que pueden ser mortífagos o controladas por mortífagos, solo y quedándose en sitios que no son su departamento, solo y con sueños húmedos que le causan erecciones.

Pero el problema más grande es que Remus es el único al que ve más seguido, cuando está en la ciudad y cuando le escribe a Sirius para saber en qué bar estará esa noche. No que Sirius sea un alcohólico, es que los mortifagos no suelen ir a bares muggles y a Sirius le encanta no encontrarse con ningún mortífago.

—¿Cuántas veces te has repetido eso? —se burló Remus. A Sirius le encantaría prometerse que jamás volverá a contarle lo que piensa, pero se estaría engañando a sí mismo, mientras Remus le sonría de esa manera podría darle la llave de su bóveda en Gringotts sin rechistar.

—Es verdad, lo único más oscuro que el cielo es este bar, y no llevo ni siquiera una cerveza —bufó Sirius—. Parece que me escondo como el tipo ese de tu novela muggle.

—¿El hombre que se esconde de su esposa en una cantina? —preguntó con una ceja elevada, Sirius asiente mientras balancea el botellín de cerveza entre sus manos—. ¿Tienes una esposa de la que no me has contado? ¿O acaso es una amante?

Sí, tú, todas las malditas noches.

—No se puede tener una amante si no tienes esposa, Lunático, y yo ni siquiera tengo polvos —no reales, al menos. Remus rueda los ojos y bebe de su propia cerveza sin apartar su mirada de Sirius.

—¿Dónde has estado? —preguntó más bajito. El lenguaje silencioso e interpretativo que la guerra requiere.

El ambiente en su mesa se vuelve pesado, más pesado que el vapor del baño donde Remus pudo haberle follado sin siquiera saber que lo hizo. Pesado como la magia oscura. Sirius deja el botellín sobre la mesa, cautelosa y cuidadosamente, como si esa fuera la respuesta.

—Justo aquí —respondió finalmente. Remus sonríe apretando los labios y Sirius puede jurar que sus ojos brillan un poco más.

Los escalofríos que le recorren el cuerpo no tienen nada que ver con el clima del exterior, es septiembre y el cielo está nublado, el suelo encharcado, el aire huele a humedad y Sirius siente escalofríos porque Remus lo mira como si fuera uno de esos libros que le gusta tocar antes de comenzar a leer.

Ojalá que no lo lea. Ojalá que sea un idioma que no conoce, que sea en runas. Lo que sea.

Es que Sirius lleva soñando con esa mirada demasiado tiempo como para creer que ahora pueda ser real. No, no puede permitirse eso de ninguna manera. Es Remus.

—Apuesto que también estuviste en el bar de enfrente —comentó con falsa seriedad. Sirius resopla y bebe un poco de cerveza, sólo un poco, casi nada, la cerveza muggle no le gusta, es demasiado amarga.

—Sí, lo estuve —murmuró, inclinándose sobre la mesa para hablar más bajito y sin darle oportunidad a Remus de que no lo oiga—. Pero no tuve compañía, Lunático. He de confesar, eres mi única compañía en semanas.

Meses, tal vez años, quizá siempre.

—Qué honor —definitivamente lo es, no cualquiera llega hasta sus sueños como el deseo de su subconsciente y el de su propio cuerpo. Si, vaya honor.

Hay una guerra cruzando la esquina, de verdad, ahí comienzan los callejones y los magos suelen desaparecer ahí, pero a Sirius se le olvida que mañana tiene que cambiar de rumbo y buscar otro hotel sólo porque Remus está sonriendo, ahora mostrando un par de dientes.

Mierda, joder, y todas las palabrotas de Londres.

De repente el cielo no está tan gris, los charcos reflejan los edificios, la cerveza no es tan amarga y la distancia es muchísima entre Remus y él.

—Lo es —consiguió decir. Remus niega y se inclina igualmente sobre la mesa. Si se inclinan un poco más, centímetros, milímetros, segundos, tal vez años, podrían tocar los labios ajenos, esta vez de verdad.

—¿Recuerdas cuando dijiste que sólo nosotros podíamos ver tu cabello por la mañana? En Hogwarts, cerca de cuarto año, cuando las chicas solían decirte lo perfecto que era tu cabello, ¿recuerdas? ¿Es ese tipo de honor, Canuto?

Sirius no recuerda ningunas chicas, ninguna de esas palabras y no reconoce ningún tipo de honor más que el de tener a Remus a escasos centímetros de distancia. ¿Sus labios se sentirán igual que como lo sueña? ¿Serán igual de suaves? ¿Igual de efímeros?

—No, es sólo tuyo —confesó con desgana. Remus parpadea, entre desconcertado y sorprendido.

Probar el terreno de acabó, Sirius quiere pisar, caminar, correr, brincar y arrastrarse contra ese terreno hasta que no se distinga dónde empieza uno u otro. Se acabó el flirteo bromista, quiere más. Quiere algo real.

—Es el tipo de honor en el que te pienso todo el tiempo, incluso cuando estoy dormido y creo que estoy despierto —siguió bajito. De repente el volumen del arrastre de las sillas, el desliz de las botellas sobre la barra, la caída del whisky en los vasos y el burbujeo del agua en las copas se vuelven más altos, más claros. Reales—. El tipo de honor que tienes y no imaginas, Lupin.

Porque lleva días, o semanas, meses, tal vez años, teniendo ese honor y Sirius siempre lo ha sabido, pero ha preferido vivir en ese Londres de cielo gris, suelo mojado y aire húmedo a pesar de ser verano. Pero ya no.

Hay una guerra y si logra sentirse un poco mejor con Remus en sus sueños, quiere saber qué sentirán con un Remus real a su lado, dentro, detrás, dónde sea, en todas partes. Pero con Remus.

—Podrías contarme —ofreció Remus, con los labios apretados para no dejar escapar una sonrisa—. O podría decirte todo lo que he imaginado.

Te contaré. Dime. Sí, dime todo lo que quieres.

Sirius ha imaginado y soñado en todas las formas y colores, lo que necesita justo ahora es deshacerse del ruido, de la ropa y escuchar todo lo que Remus quiere hacerle, todo lo que quiere que le haga. Todo, todo.

—Dime lo que quieras —suena a reto, amenaza, promesa y palabra de honor.

Suena a que quizá ambos han estado pensando en lo mismo por la misma cantidad de tiempo. Justo lo que estaba buscando. En el mismo Londres de cielo gris y guerras en la esquina.

A tí.