Summary

Incluso después de que Sirius revelara su secreto, Remus no podía dejar de pensar en él. Peor, no podía dejar de quererlo.


Put a Little Love on Me

We wrote and we wrote,
'til there were no more words.
We laughed and we cried,
until we saw our worse.
Is it wrong that I still wonder where you are?

Si le preguntasen a Remus diría que todo se fue a la mierda incluso antes de que Sirius lo delatara con Snape, diría que no estaban siendo sinceros y que se estaban presionando para seguir con lo que sea que tuvieran. Tuvo que explotar, ambos tenían que hacerlo de alguna manera.

Era difícil incluso cuando eran peleas ridículas. "Sólo te estoy pidiendo que dejes las cosas en su sitio, Canuto, no en mi cama"; "¿Siempre tienes que estar leyendo cuando estás conmigo, Remus?"; "Lo siento, Sirius, creí que ya tenías la tarde ocupada con esas chicas"; "No me mientas, Lunático, sé que estabas con ella".

Podían dejar de hablarse cuando sabían con certeza que tenían razón, al final siempre volvían, pero fue imposible repetirlo cuando ambos traicionaron su confianza. Todos los secretos que guardaban una vida y que le revelaron al otro en una noche sólo funcionaron para herirse.

—¿Por qué se lo dijiste? —preguntó Remus, con aparente tranquilidad. Le dolían los huesos, la piel, y todo el pecho, y aún así se sentía capaz de lanzarse sobre Sirius.

—No estaba pensando —respondió bajito, sin apartar la mirada de Remus—. Sólo quería que se alejara de nosotros —masculló. De ninguna manera Remus pudo detener su risa carente de gracia.

—¿Alejarlo de nosotros? ¡El nos molesta por su culpa, Sirius! ¡Porque siempre lo están humillando! —exclamó molesto, su cuerpo se quejaba pero Remus tenía tantas ganas de gritar.

—¡Oh, Remus! ¡No lo defiendas! —gruñó exasperado, casi indignado—. ¡Te estaba protegiendo de...!

—No —interrumpió cortante—. No te atrevas a decir que lo hacías por mí porque no es cierto —resopló furioso—. Lo hiciste por tí, como siempre ¿no? Eres un Black y tienes que controlar todo y a todos sin importarte nada.

—Remus —susurró Sirius, algo que bien pudo ser un gesto dolido, pero sigue siendo Sirius. Remus puede escuchar la advertencia desde la erre hasta la ese de su nombre, la advertencia de que si continua no podrá retroceder.

No se detiene, porque está furioso y porque Sirius tampoco se detuvo al contar su secreto. Es su turno.

—¿Qué? No es mentira, Black. Lo hiciste por tí, porque querías hacerle daño, porque estabas enojado conmigo. Porque así es como eres. Sólo quieres hacerle daño a los demás, sólo quieres estropearlo. Es lo mejor que sabes hacer, ¿no? Arruinarlo todo porque tú ya no puedes arruinarte más, ¿uh? Tan jodido como ellos —concluyó sereno.

Remus sabía muy bien todo el daño que había causado, y en ese momento no le importó, no le interesó utilizar los secretos de Sirius en su contra, él quería hacerle daño.

Si Snape revelaba su secreto, si lo entregaban al departamento de criaturas mágicas, si lo encerraban en Azkaban, lo que fuera quería hacerlo a sabiendas de que Sirius se sentiría culpable.

Eso fue hace meses, antes del verano, antes de saber que Dumbledore habló con Snape para prohibirle hablar de él, antes de ver a Sirius en proceso de mago a esqueleto, antes de que su propia culpa cayera sobre sus hombros. Así que se disculpó.

—Lo siento, por haberte hablado así aquella vez. Estaba muy enojado —se disculpó con verdadero arrepentimiento. Sirius tenía los pómulos más marcados y la piel más pálida de lo usual, las ojeras no eran tan evidentes como los huesos de su clavícula descubiertos, Remus quería vomitar al sólo pensar que era su culpa—. No es una excusa ni nada de eso, es que…

—Entiendo, Remus —aseguró con una pequeña sonrisa—, eres mejor persona que yo, lo sé.

—No, Sirius —suspiró derrotado. Remus sabía en lo que se estaba metiendo al hablarle así, ahora no debía arrepentirse.

—Está bien, Remus, es verdad —se encogió de hombros y le mostró una sonrisa más amplia pero menos convincente—. Sé que nunca serán suficientes mis disculpas yo… te traicioné y me mantendré alejado si eso es lo que quieres.

Sabe que sería capaz, si Remus se lo pidiera, Sirius le dejaría de hablar por siempre. Pero a cambio se convertiría en este ser que parece correr a la muerte. Así que no.

—No —respondió inmediatamente—. Quiero volver a ser amigos, Sirius.

—De acuerdo.

Se propuso con demasiada facilidad cuando en realidad era todo lo contrario.

En quinto año, después de la primera noche de luna llena con él, después de dominar la animagia, todo parecía muy sencillo, sobre todo cruzar la línea de la amistad entre ellos. Se atrevería a afirmar que nadie jamás lo conocería tanto como Sirius lo hizo antes de que todo se fuera a la mierda.

Dejando de lado lo pasional, porque Sirius sabe cómo enloquecerlo con una sola mirada, un sólo toque o un sólo beso, él conocía su manera de pensar, conocía su pasado, conocía su presente y quería conocer su futuro. Lo quería y se lo demostraba aunque fuera de maneras estúpidas.

Lo extrañó durante el verano, lo extrañó muchísimo porque por primera vez en su vida creía que tendría una persona por la cual sonreír cada noche, por la cual no poder dormir esperando verla de nuevo, y no fue lo que pasó. Pensaba en él frecuentemente, preguntándose si estaba bien en su primer verano lejos de Grimmauld Place, si ya no tenía aspecto demacrado, si lo había perdonado, si se sentía culpable. Se preocupaba por él, sí, pero también recordaba todo lo que se habían dicho, o no, y se le revolvía el estómago, las ideas y todo el cuerpo.

Así que le escribió.

Fue una carta con ligeros matices formales, sólo por la incertidumbre de no saber con certeza si recibiría una respuesta. Claramente la recibió. Entonces comenzó la carrera de búhos, cartas más largas, anécdotas más extrañas, preguntas más amigables y un aura cómoda entre ellos.

Era tan cómoda y familiar que Remus tuvo que reescribir un par de cartas al descubrirse escribiendo 'con cariño, Remus' o 'te quiere, Remus'.

El problema no era quererlo, era saber que aún lo hacía después de todo lo que se dijeron, la tinta en esas cartas se difuminaba al recordar las clavículas y pómulos de Sirius; a pesar de que fue su secreto es que salió a la luz con un extraño, Remus no podía dejar de culparse por lo que le había dicho a Sirius. Y sabiendo esto no podía simplemente lanzarse a sus brazos y esperar que lo recibiera.

Las cartas quedaron con un aire amigable de confianza, 'deseando que James no te lance por la ventana, Lunático'.

El golpe de realidad llegó demasiado tarde, cuando volvieron a su sexto año en Hogwarts y todo volvía a ser como en cuarto: Remus estudiando el mayor tiempo posible, James liderando el equipo de quidditch, Peter alterado por las asignaturas que debía aprobar sin el apoyo de sus amigos, y Sirius sonriendo a cualquiera en los pasillos.

Fue como si el quinto año no hubiera sucedido en lo absoluto.

Por lo menos hasta que llegaba la noche.

Sirius cerraba sus cortinas después que todos, firme en aparentar total normalidad, pero Remus está demasiado acostumbrado a él, tiene insomnio y Sirius duerme en la cama de al lado.

Y lo escuchaba, su respiración se volvía pesada, las mantas se revolvían, mascullaba nombres, a veces de los Black, a veces el suyo, el de James y sus padres, u otras simplemente gritaba. Remus escuchaba las bocanadas de aire, escuchaba las mantas, escuchaba su respiración agitada y finalmente lo escuchaba contener el llanto.

Jamás en toda su vida había querido salir de la cama sólo para acompañar a alguien más.

No lo hacía, a Sirius no le gustaría, así que controlaba su respiración e intentaba dormir.

A la mañana siguiente jamás hubiera creído que fue Sirius el que contenía sollozos y suspiros. Actuaba normal, como si todo estuviera bien, como si no se desmoronara cada noche.

El límite llegó hasta el partido de Gryffindor contra Slytherin, Sirius pudo escabullirse con cualquier chica, pero se quedó en las gradas junto a él y Peter, celebró la victoria con James en la Sala Común, gritos, cerveza, botones menos y un montón de hormonas alborotadas, pero Sirius fue el primero de todo Gryffindor en volver a la habitación.

Tal vez si no lo hubiera estado observando toda la noche no se habría dado cuenta que se escabulló a la habitación y Remus se negaba a dejarlo solo si estaba triste. Sólo quería saber si estaba bien.

—¿Sirius? —preguntó con cautela. El aludido dejó de leer el manojo de hojas sueltas entre sus manos y observó con sorpresa—. ¿Estás bien?

—Sí —respondió de inmediato, como una respuesta reflejo. Remus asintió y cerró la puerta detrás de él.

Si era verdad que eran amigos, deberían poder hablar.

—¿Tú estás bien? —preguntó Sirius dubitativo, inclinando la cabeza con evidente confusión. Remus asintió y finalmente negó.

—En realidad no —suspiró—, quiero saber qué te pasa.

—¿A mi? —masculló. Remus asintió y se sentó a su lado.

—Puedo escucharte todas las noches —confesó bajito, como si ni siquiera los muros pudieran enterarse. El rostro de Sirius se descompuso en vergüenza y una sonrisa falsa para ocultarla—. Sé que prefieres que no diga nada pero… estoy preocupado por tí.

—¿Estas…? —balbuceó, pero Remus no lo dejó terminar e interrumpió: —¿Puedo ayudarte? Dime qué está mal, podemos arreglarlo —prometió con seguridad. Lo único que quería era que Sirius dejase de fingir que todo estaba bien. O por lo menos que no se escondiera de ellos.

Sirius lo observó con labios entreabiertos por algunos segundos antes de cerrarlos bruscamente y presionarlos entre sí. Sus comisuras temblaban con tal de evitar mostrar una mueca, pero el resto de su rostro ya lo había traicionado: su ceño estaba fruncido, las lágrimas estaban en los bordes de sus ojos y su mandíbula estaba marcada por la presión de sus dientes.

—Canuto —murmuró antes de estrecharlo entre sus brazos.

No se apartó en ningún momento de él aunque Sirius no le devolvió el abrazo de inmediato, lo dejó llorar silenciosamente en su hombro y asintió ante cada "lo siento" que salía de sus labios, por más roto que sonara, Remus le decía que sí.

—Estamos bien, Canuto, de verdad —aseguró acariciando su espalda.

Remus debió haber previsto que Sirius haría un alboroto; jamás podría imaginar de qué tipo, pero sin duda haría uno, porque así es Sirius.

—Te prometo que estamos bien —susurró contra su cuello.

Entonces el alboroto sucedió: Sirius se apartó lentamente, analizando cada rasgo del rostro de Remus mientras sus manos se deslizaban a su cuello.

—No lo estamos —susurró de vuelta.

Después Sirius besó sus labios con cautela, como jamás lo había hecho, temeroso de ser rechazado. Aunque Remus hubiese estado contando el tiempo no le habría parecido suficiente, no quería que terminara, pero fue Sirius quien se apartó.

—Lamento todo lo que hice, Remus —habló con los ojos cerrados y la voz rota—, pelear contigo, traicionarte, lastimarte y después sólo apartarme. En verdad lo siento. Yo no… no quiero preocuparte, estoy bien, sólo… Sólo necesitaba tenerte como antes. Perdón.

—¿Por qué te disculpas? —preguntó confundido. Sirius suspiró, finalmente mostrando la tormenta de sus ojos.

—Por esto —murmuró—. Por… pedirte que me quieras de nuevo, a pesar de todo lo que pasó.

Remus no le dijo que él estaba igual de roto y que, dado el caso, también debía disculparse. No hizo nada, dejó a Sirius descansar mientras él le daba mil y un vueltas en la cabeza hasta que se rindió.

El sol salió, James estaba desparramado en su cama y Peter no estaba a la vista. Remus cruzó las cortinas de Sirius y lo encontró envuelto en un revoltijo de mantas.

Quiere pedirle perdón por no haber hablado antes, por hablar mucho antes de lo que debió, por esperar tanto y por no esperarlo, pero sobre todo quiere besarlo, más que cualquier otra cosa en el mundo, quiere que sepa que ahí está, que lo quiere y tal vez más que antes.

Así que lo hizo. Se arrodilló a su lado y lo besó, apenas un roce de labios varias veces, sólo para despertarlo. Y cuando finalmente se encontró con la mirada tormentosa, sorprendida, confundida y anhelante, Remus repitió las acciones de Sirius: rozó su cuello con cuidado y unió sus labios en un vaivén tranquilo, prometedor, tierno, familiar, suyo.

—¿Puedes quererme de nuevo? —preguntó en un susurro contra sus labios. Sirius observó sus ojos, uno a uno con una pequeña sonrisa, negó y volvió a besarlo, esta vez con más entusiasmo que al principio.

—No he dejado de quererte, no podría —admitió bajito. Remus sonrió y acarició su cuello—. Tú eres todo lo que necesito, Remus.

—Te extrañé —confesó contra sus labios.

Después estuvieron juntos, más juntos que antes, más juntos que nunca, más juntos que siempre, porque jamás dejarían de quererse.