Abuelo

Cuando su Sarah —¿su Sarah?— se fue en la máquina del tiempo con Kyle Reese supo que el tiempo era mucho más que solo números. Supo que se trataba de esperar. Treinta y tres años eran treinta y tres años. Y para el exterminador con el tejido humano joven que había sido enviado al año 1973, sería tiempo suficiente para ejecutar un plan que ayudara a su protegida a sobrevivir y vencer a Skynet. Cumplir con su programación era su misión. Lo demás era irrelevante. O eso creía Abuelo. ¿Abuelo? Ese era el nombre que le había dado esa niña indefensa cuando la había salvado, y, por alguna razón, tantos años después, en 1984, la máquina no quería que fuera llamado de otra manera. Al menos no por ella. En realidad, jamás se había puesto a pensar en eso. Él obedecía las órdenes de Sarah Connor. Eso era todo. ¿Entonces de donde venía ese ligero aumento de descarga en sus circuitos cada vez que ella lo llamaba con ese nombre? Ella, su Sarah, se había convertido en una mujer fuerte, temeraria, con enormes capacidades de combate y manejo de armas, y, sin embargo, tenía esa costumbre infantil de hacer una curvatura extraña en sus labios y de rodearlo con sus brazos. Y claro, Abuelo entendía el porqué de ese gesto, más no lo comprendía. ¿Eso era cierto? Aprender era parte de sus funciones. Tenía un gran léxico, sabía como mezclarse entre los humanos, pero las muecas aún le salían muy robotizadas, y es que nada cambiaba el hecho de que Abuelo era una máquina. Empero, ¿era normal colgar los dibujos de una niña en la pared y mirarlos cada vez que podía? ¿Qué aprendía de eso? De nuevo, esas preguntas jamás se las había hecho antes. Algo estaba cambiando paulatinamente, y no se trataba solo del tejido sobre el esqueleto metálico que envejecía cada vez más. El hecho era que le imperaba ver a Sarah. Le imperaba salvarla. Destruir a Skynet. Confirmar que Kyle Reese era bueno para ella.

Y algo le decía que nada tenía que ver con su programación.

Fin.