San Valentín, un día tan esperado por todos los enamorados para demostrar su amor de una y mil maneras; el día en el que muchos declararían sus más profundos sentimientos a ese alguien especial. San Valentín, un día en el que los corazones volarían en el cielo, atravesados por las flechas encantadas de Cupido, la deidad del amor. San Valentín, el día en el que los enamorados se jurarían amor por siempre y para siempre, un día inolvidable que pasaría a la historia, ya que al día siguiente todos los detalles quedarían solo en la memoria y todo volvería a la normalidad, días banales, sin sentido, vacíos.

Al menos eso era lo que Kagami Tsurugi pensaba al respecto de tan melosa festividad.

Ella nunca había disfrutado el catorce de febrero, para ella, sólo era un día más, en donde la mercadotecnia hacia su trabajo para vaciar vilmente los bolsillos de los ingenuos enamorados que, en cualquier momento, tendrían el corazón roto a causa de una desilusión o el fracaso total de su relación.

Sí, eso es lo que ella pensaba, lo que creía, lo que incluso, se atrevería a decir, predicaba con cada fibra de su ser. Hasta que lo conoció a él, ese joven de rubios cabellos y ojos esmeralda, cuya amabilidad, caballerosidad y comprensión le hicieron conocer un lado que creía perdido desde hace mucho tiempo.

Aún recordaba su primer encuentro; agradecida estaba por aquel error de arbitraje que le permitió tener una segunda oportunidad para conocerlo, para acercarse a él y convertirse en su amiga y esperaba, que muy pronto, en algo más.

La joven Tsurugi sonreía mientras posaba su mano justo donde su corazón latía rítmicamente con solo pensar en ese par de ojos que brillaban cual soles, dibujando así una linda sonrisa que fue acompañada por un ligero rubor en sus mejillas.

Durante varias semanas se había preguntado qué tan "apropiado" sería preparar esa sorpresa, pensó incluso que sería una tontería ya que no era la misma cultura y que él podría malinterpretar su actuar. Sin embargo, Kagami sabía que su amado era lo bastante inteligente para llegar a una conclusión con tan sólo ver la tarjeta artesanalmente elaborada sobre papel de arroz.

El Honmei-choko aún no estaba terminado. Tras diez intentos completamente fallidos, logró preparar un chocolate digno de ser entregado: chocolate amargo moldeado cuidadosamente en un corazón simétrico y perfecto —lo que ella tanto buscaba para deleitar la vista—; el relleno era de maracuyá con algunos trozos de la fruta que sabía de antemano, era su favorita. El exterior tenía unos diminutos adornos que simulaban una trenza que rodeaba el contorno del corazón y en el centro el relieve de dos sables cruzados y unidos por una rosa.

Kagami sonrió al ver aquella obra maestra del chocolate. Estaba totalmente segura de que era el regalo perfecto.

—No me puedo echar para atrás —murmuró mientras guardaba con delicadeza el Honmei-choko en una caja de madera roja con la misma forma.

Kagami ya tenía planeado todo para el día de los enamorados, sería una cita inolvidable para ambos, solo esperaba que Adrien no se desapareciera como solía hacer en ocasiones, utilizando alguna excusa para irse y dejarla ahí parada sin decir palabra alguna.

Negó con la cabeza, no quería pensar en ello, debía concentrarse y no echarse la sal ella misma en un día tan especial.

Envolvió la caja utilizando un listón dorado y unió al nudo del moño la tarjeta de papel de arroz que mandó a hacer con un buen artesano y que decoró en sus esquinas con ornamentos de rosas. Sólo le faltaba firmarla y por fin ese regalo estaría ansioso de ser descubierto por su destinatario.

La joven tomó el lapicero dorado que descansaba sobre la mesa y sobre la tarjeta escribió en hermosa caligrafía el nombre de aquel que le robaba el sueño cada noche.

«Adrien».

Al terminar, admiró el perfecto acabado del regalo.

Mordiéndose el labio inferior, imaginó lo que podría suceder después, nerviosa, pensó en las tres posibilidades que tenía solo a su alcance: que correspondiera a sus sentimientos, que solo la viera como una amiga o que sea tan despistado que no logre comprender el significado del Honmei-choko en un día tan especial.

Kagami negó con la cabeza y, con una sonrisa victoriosa tomó el regalo, llevándolo consigo a su habitación, en donde estaría seguro de las miradas indiscretas hasta que el momento anhelado llegase por fin.

Acostada sobre su cama miraba el techo. A su mente venía el rostro de Adrien, él sonreía, se sonrojaba y se entristecía; permitiéndole conocer a ella cada una de sus facetas.

«¿Cómo podía ser amiga de un chico tan bueno como lo era Adrien?», pensaba en ocasiones.

—¿Podría él corresponder a mis sentimientos? —Se dijo cerrando los ojos, sintiendo como su pecho se oprimía al pensar en la posibilidad de un rechazo.

Tan pronto como eso llegó a su mente, ella se incorporó y se sentó al borde de la cama, pasándose ambas manos sobre el rostro.

Tragó saliva y solo suspiró. No iba a sacar conclusiones precipitadas. Si no era hoy, entonces en el White Day sabría la respuesta. Solo esperaba que Adrien fuera honesto con ella y con sus sentimientos.

La joven se acercó al escritorio, viendo el regalo descansar sobre él, a la espera del momento oportuno para pasar a las manos de su próximo dueño.

«¿Y si no le gusta? ¿Si no le gusto yo?», eran las preguntas que le carcomían y no le dejaban estar tranquila.

Bajó la mirada encontrándose así con su teléfono, revisó la hora, diez para las dos, aún era temprano. La cita estaba programada para las 18:45 de la tarde, justo cuando la puesta de sol iluminara las calles completamente decoradas de París. Ella pensaba que sería más romántico ese momento y el ideal para entregar su regalo.

Las seis con cuarenta y cinco de la tarde.

El momento ideal para declarar sus sentimientos.

El momento justo para entregar aquel regalo que significaba tanto para ella y que esperaba él pudiese corresponder de alguna u otra manera.

¡Y qué mejor manera de hacerlo que en el Pont des Arts!

A lo lejos, un solitario violinista acariciaba las cuerdas de su instrumento, mientras ella se mordía los labios, ansiosa, temblorosa al tiempo en que sus manos sudaban. El regalo se le resbalaba debido a sus manos sudorosas, las cuales limpiaba en la falda con cada segundo que pasaba, en la espera de su amado.

Muy pronto él vendría. Ella no esperaba mucho de él, sólo… una respuesta, un beso o simplemente un «gracias». Pero un «te quiero» le haría desfallecer, sus sueños se cumplirían con solo escuchar esas dos palabras que tanto anhelaba oír, tan sencillas pero llenas de un enorme significado, de una emoción que reconocería como indescriptible al sentir latir su corazón a mil por hora.

Tomó asiento en una de las bancas del puente. Tranquila observaba el reloj mientras el Sol comenzaba a descender, al igual que su esperanza.

«¿Podía haberlo olvidado?», pensó, ahora con un dejo de tristeza en su rostro.

Aquella radiante sonrisa iba curveándose a la inversa, mostrando ahora su infelicidad.

Sostenía el preciado regalo ente sus delicadas manos. Sus ojos se humedecían lentamente, casi a punto de salir y traicionarla, las lágrimas se hacían presentes, pero, sólo entonces, una libélula se posó sobre el moño en el cual la tarjeta con su nombre permanecía intacta.

¿Acaso era una señal?

Tan pronto como vio aquel insecto, su sonrisa volvió a aparecer en su rostro, esta vez más radiante que nunca. A punto estuvo de tocarla cuando la libélula se posó encima del nombre y emprendió el vuelo.

¡Gracias! —exclamó viendo al insecto perderse en el cielo.

Kagami abrió los ojos, desperezándose se frotó los ojos. Bostezó. ¿En qué momento se había quedado dormida?

Una sonrisa se hizo presente en su rostro, todo había sido un sueño, pero no uno cualquiera.

La libélula, era lo único que necesitaba para sentirse aún más segura de sus acciones.

Tomó su teléfono y revisó la hora, «6:30 p.m.». Sobresaltándose se levantó de la cama con rapidez y se dirigió al escritorio, en donde el regalo permanecía, más su sorpresa fue in crescendo, al darse cuenta de que, aquella hermosa libélula que le deseó el éxito y la victoria en sueños, posaba justamente sobre la tarjeta recién firmada por ella.

—Gracias. —Se limitó a decir. Acto seguido, la libélula emprendió el vuelo saliendo por la ventana de su habitación.

Kagami observó como desaparecía en el cielo. Tras perderla de vista, ella cogió la caja y salió disparada hacia el Pont des Arts, donde un joven rubio ya la esperaba sentado en aquella banca de su sueño.

Al verlo, sintió como su corazón se volcaba y su respiración se agitaba. Las manos le comenzaron a sudar y el labio inferior le temblaba, tuvo que morderlo para tratar de mantener la calma. Quería irse, que la tierra la tragara y desaparecer, pero ya había llegado bastante lejos como para rendirse ahora.

Dio un profundo respiro y se encaminó hacia donde él se encontraba. Lentamente se acercaba, mientras lo observaba ahí tranquilo, sentado y observando la rosa roja que llevaba en las manos.

El corazón de la joven azabache se estremeció. ¿Sería para ella? Esperaba que sí.

Tomó valor y llegó hasta él.

—H-hola. —Fue lo único que salió de sus labios de fresa.

Adrien la miró con aquellos dulces ojos que ella tanto amaba contemplar. Acto seguido se levantó y le invitó a sentarse junto a su lado.

—¿Qué querías decirme? —preguntó el rubio, ahora ruborizado, tratando de evitar el contacto visual con la japonesa.

Kagami apretó los ojos.

El silencio los envolvió. La puesta de sol se miraba esplendorosa, llegando a cubrirlos en exquisitas tonalidades rojizas y anaranjadas.

«Creo que esto no está funcionando», pensó ella mirando el regalo. «No creí que fuera tan difícil».

Se relamió los labios, la boca la sentía seca. Ninguno de los dos evocaba palabra alguna. ¿Por qué era tan difícil dar el primer paso?

—Adrien.

—Kagami.

Los dos hablaron al unísono. Sonrojados se rieron con nerviosismo. No sólo era incómodo, sino complicado y más ahora que los dos habían reunido el valor necesario para iniciar la conversación.

—Adrien —habló Kagami tomando todo el valor que podía. Era su momento, no se iba a echar para atrás, no después de estar ya ahí, con él, observando la puesta de sol.

—¿Qué sucede? —preguntó el joven de ojos verdes al ver cómo la chica jugueteaba con el listón de una caja en forma de corazón; sonrojándose al instante al notar, por primera vez desde que llegó, aquel regalo.

Kagami suspiró y miró al sol que poco a poco descendía hasta desaparecer en el horizonte, al borde de las cristalinas aguas del río.

Tomó el regalo y encaró al joven Agreste.

—Quiero hacer esto rápido… Sólo, sólo escucha, ¿de acuerdo? —pronunció la joven azabache, mirándolo a los ojos.

Adrien parpadeó varias veces, tratando de comprender qué era lo que le sucedía a su amiga.

—¿Qué es…? —murmuró él desviando la mirada.

Ella bajó la mirada y le extendió el regalo.

—U…uhm… —balbuceó—. Este chocolate, acéptalo por favor, Adrien —dijo sonrojándose; poco después se dio una bofetada mental al darse cuenta de que había revelado el misterio dentro de la caja.

Adrien sonrió aún sonrojado. Aceptó la caja.

—¿Pa… para mí? —Fue la respuesta de Adrien.

Kagami asintió.

Él miraba el envoltorio, posando sus grandes manos sobre el lazo y la tarjeta, reconociendo la letra de su querida amiga.

—Kagami… —habló tomando la rosa que había dejado junto a él sobre el asiento—; esto es para ti. —Se la extendió.

La chica se sonrojó aún más. Una rosa roja con un lazo blanco atado al tallo formando un pequeño moño que sobresalía y decorada el pequeño detalle.

—Gra-gracias. —Sonrió.

Ambos se miraban sonrojados y confundidos. Se habían entregado los regalos, pero el significado permanecía oculto entre ellos.

Adrien, queriendo ver el contenido de la caja —a pesar de ya saber qué era—, abrió el regalo frente a una Kagami muy nerviosa. Mientras desataba el listón, ella se encogía de hombros, sus mejillas ardían y sentía como su pulso se aceleraba cada vez más, temiendo que él lo escuchara. Apretó los ojos y sólo escuchó la expresión de sorpresa de su amado.

—¡Esto es…! —exclamó él.

Ella se mordió el labio inferior, un brillo de esperanza se mostró en sus ojos al tiempo en que observaba la expresión de alegría del chico a su lado.

«Sí, es…», pensaba.

¡…Tomo-choko!

«Honmei-choko», respondió mentalmente.

Tan pronto como la palabra Tomo-choko atravesó los oídos de la joven, sintió como si le hubieran vertido un balde de agua fría, con hielo incluido.

—Sí, es Tomo-choko. —Fue su respuesta.

Desvió la mirada hacia la flor que sostenía entre sus manos y la sonrisa que mostraba segundos antes desapareció. Su peor pesadilla se volvió realidad. Se sentía como una tonta al creer que Adrien le correspondería; creyó eso desde que le regaló aquella rosa que descansaba dentro de su diario junto a la fotografía que se habían tomado tiempo atrás… incluso creyó posible una oportunidad tras invitarla a patinar, ella era como su confidente, su amiga… sí, eso era, sólo su amiga.

Negó con la cabeza tratando de volver al tiempo presente.

—Yo… —pronunció débilmente, poniéndose de pie—, yo debo irme, ya es tarde —decía dándole la espalda al chico.

—¿Quieres que te acompañe? —preguntó.

—No es necesario. —Respiró profundamente y fingió una sonrisa, lista para encararle—. ¡Feliz día de la amistad! Nos vemos el lunes.

Adrien asintió, totalmente ajeno a los sentimientos de la esgrimista.

—¡Feliz día, Kagami! —Fue lo último que Adrien dijo antes de que tomaran caminos diferentes.

Kagami decidió regresar caminando, quería procesar lo vivido.

Honmei-choko, es el chocolate del amor… Tomo-choko, el chocolate de la amistad —recitaba, tratando de tragarse las lágrimas que amenazaban con escapar de sus ojos ahora humedecidos.

La tristeza no podía ser mayor.

¿Acaso había sido tan tonta como para pensar que Adrien Agreste tenía sentimientos por ella?

Miró la rosa en sus manos, la acercó a sus labios y deseó destruirla en ese mismo instante, en ese lugar; más no tuvo el valor de hacerlo. Su corazón estaba roto en mil pedazos.

«Lo siento, Kagami, pero yo amo a alguien más…», escuchaba la voz de Adrien en su mente, pronunciando palabras que nunca había dicho pero que estaba segura de que podría escuchar si se quedaba más tiempo con él.

Llegó a su casa, subió a su habitación y arrojó la rosa al cesto de basura. Dispuesta a quitarse los zapatos y la ropa para ponerse el pijama y dormir eternamente, se detuvo al pensar en que estaba siendo demasiado impulsiva.

Negó y luego se acercó al cesto en donde algunos pétalos yacían desprendidos de la flor y la recogió. Aún estaba sana, y agradecía el obsequio, pero no era lo que ella quería.

Una pequeña lágrima se deslizó por sus ardientes mejillas y solo entonces cogió su diario, aquel que descansaba sobre el escritorio y lo abrió. Escribió en sus páginas la fecha y un pequeño texto.

«Debo mantener esto en secreto, aún no es el momento, debo esperar un poco más. Por ahora sólo eres mi amor platónico».

Al terminar, colocó la rosa entre las paginas del diario y lo cerró, aferrándose a él, aferrándose a esa esperanza que aún permanecía viva en lo profundo de su corazón.

Si tenía razón, aún no era el momento. Adrien la veía como una amiga, pero estaba dispuesta a todo por hacer que esos sentimientos cambiasen.

—Algún día. —Se dijo mirando su reflejo en el espejo. Tratando de sonreírse a sí misma tras ese paño de lágrimas que era su rostro en ese momento.

Depositó el diario de nuevo en su escritorio y vio como una pequeña libélula se posaba sobre él, llevado entre sus pequeñas patas un pétalo de flor de cerezo.

Ella sonrió débilmente. Su esperanza se avivó al ver aquellas dos señales. Su amor sería correspondido… algún día.