Disclaimer: el Potterverso pertenece a Rowling.

Este fic participa en el Reto #50: "Enemigos, amigos, amantes" del foro Hogwarts a través de los años.

Condición: Amantes


Lo que no hablamos

—...a que sí?

James se ha callado de pronto y solo he logrado pillar el final de su pregunta. Los chicos me miran mientras esperan una respuesta. No tengo la más mínima idea de lo que han estado hablando mis amigos porque todo el tiempo he estado mirando hacia la entrada del Gran Comedor, esperando que la siguiente figura en aparecer seas tú.

Los miro intentando ver en sus expresiones qué esperan que responda. Decido seguirle la corriente a Cornamenta, asiento mientras sonrío como si realmente estuviese de acuerdo con él. Ellos se ríen y Thomas Brown, un Gryffindor de nuestro año, niega con la cabeza.

—A Black le importa una mierda el torneo de quidditch, Potter —comenta con sorna—. Lo cual es extraño dado que es el golpeador de nuestro equipo.

No me gusta su tono, así que enfrento su mirada mientras enarco una ceja. Él no se da por enterado.

—Debe haber algo muchísimo más interesante en la entrada porque no ha dejado de mirar hacia allá.

Ignoro su comentario y con él a mis amigos. Se lleva bien con James, pero a mí nunca me ha caído especialmente bien. Supongo que algo tiene que ver con el hecho de que intentó besarte hace un año en diciembre, con la excusa de estar bajo el muérdago.

Termino la tostada con mantequilla que tenía a medio comer y suelto una excusa estúpida. Lo que sea con tal de salir de allí, no estoy de humor para escuchar al tonto de Brown. Lunático y Colagusano me miran sin creerme, pero no dicen nada. Saben que tengo un carácter de mierda, heredado de mi madre y una de las cosas que tengo en común contigo, no me lo puedes negar. Cuando no tengo ganas de hablar, puedo tomarla contra el primero que se me cruce. Agradezco que me conozcan tan bien y regreso a la sala común.

Atravieso el retrato de la Dama Gorda. Esperaba encontrarte sobre el sillón rojo o tal vez verte bajando la escalera del dormitorio de las chicas. No sería la primera vez que duermes un poco más de la cuenta, ni la primera vez que prefieres quedarte en la sala común para disfrutar del silencio que reina los sábados en la mañana. Te conozco bien.

Pero hoy no te has quedado acá. Lo sé porque los sábados, antes de salir pones el vinilo de Abba y escuchas Dancing Queen. Se ha vuelto tu favorita desde que cumpliste diecisiete, como yo, como casi todos los de séptimo año. Te gusta sentirte la reina del baile y quieres que los demás también se sientan así. Logras sacar una sonrisa hasta a esas personas que despertaron con el pie izquierdo, incluyéndome. Cuando bailas solo puedo pensar en el meneo de tus caderas y lo radiante que te ves y que así, entre mis brazos, eres aún mucho más preciosa. No te lo digo, pero estoy seguro de que lo sabes. Tú y yo nos entendemos sin palabras, siempre ha sido así.

Cuando la canción termina, colocas el vinilo encima de la colección que tenemos en el piso, a lado de la mesa del gramófono. Y así, a lo largo de la semana el disco queda casi en el fondo de la pila. Hasta que el sábado, otra vez, te encargas de regresarlo a la cima.

Eso ha sido lo primero en lo que me he fijado al regresar a la sala común. El disco de Abba me ha dado la bienvenida desde la cima de la torre de vinilos, lo que significa que lo que sea que te haya pasado, ha ocurrido después de los cuatro minutos de Dancing Queen.

Comienzo a preocuparme.

Tal vez Dolohov haya descubierto cómo vengarse de mí por haberle lanzado la blugder la semana pasada en el partido, tal vez a Lestrange no le haya gustado que convenzamos a Peeves de cambiar su túnica azul por vaqueros muggles. O tal vez Rosier haya decidido tomar lo que iba a ser suyo si no hubieses convencido a tus padres de romper el compromiso arreglado.

Sea lo que sea, si alguien se mete contigo, de una manera u otra, tiene que ver conmigo. Lo que pasa entre nosotros no tiene nombre. No nos gustan las etiquetas, pero es un secreto a voces que nos encontramos en la lechucería y a espaldas del salón de herbología para darnos el lote.

Me dirijo hacia las mazmorras con prisa. No te puede pasar nada, no podría soportarlo. Si se atreven a ponerte un dedo encima, lo pagarán con intereses.

Mis suposiciones se desmoronan pronto.

Snivellus y Rosier salen del gran comedor hacia el exterior del castillo. Entonces recuerdo que fueron de los primeros en llegar a desayunar. Cuando paso por la biblioteca, veo a Dolohov saliendo por la puerta, el tío tiene un par de ojeras que delatan su mala noche. Madame Pince lo confirma cuando lo despide aconsejándole que no debería irse tan tarde y al día siguiente llegar tan temprano, que para el próximo año no deje que las redacciones se le acumulen.

Solo queda Lestrange, pero desde una ventana del segundo piso logro avistarlo con el brazo rodeando el cuello de una chica castaña con bufanda azul.

Me detengo en medio del pasillo desierto. Al menos sé que no estás con ellos. No corres grave peligro, pero me pregunto qué otra cosa puede haberte pasado para que no llegues al desayuno.

¿Dónde te has metido? Tal vez me estás jugando una broma. Siempre dices que un día me harás pagar por todas las veces que me he mofado de ti desde que nos conocemos. Si es así, lo estás haciendo fenomenal porque no puedo estar tranquilo e incluso estoy pensando lo peor. Eso, para alguien tan relajado y despreocupado como yo, es extremo.

Una vez dijiste que te gustaba ir a la torre de astronomía, te encanta la vista al lago y observar el bosque prohibido desde ahí. Te parece mágico cómo en invierno la niebla cubre todo y el paisaje adquiere un aspecto de cuento medieval. Por alguna razón recuerdo tonterías como esas, porque te presto atención. Eres una de las pocas chicas a las que verdaderamente he prestado atención, pero eso ya debes saberlo. Más de una vez te lo he demostrado.

Tengo que tomar un atajo. He cambiado dos veces de dirección y he terminado en una ubicación rara. No reconozco la esquina a la que he llegado. No importa, no quiero perder más el tiempo. Subo las escaleras y giro en el primer pasillo que encuentro a la izquierda.

Entonces te encuentro. Tu melena rubia asoma en medio del pasillo. Sé que eres tú porque estás llevando esa cinta roja que te hace parecer una niña. Tienes la manía de atarla en forma de lazo.

Conforme me acerco, el lugar me va resultando más familiar. Estás sentada en la única ventana del pasillo perdido del tercer piso, ese que descubrimos a inicios de sexto año y que desde entonces frecuentamos. Solo tú y yo sabemos llegar a esa ventana escondida. Venimos cuando queremos conversar sin tener que preocuparnos por oídos indiscretos, o venimos por separado cuando queremos estar solos. No sé por qué no se me ha ocurrido venir a buscarte aquí antes. Soy un despistado para algunas cosas.

Me acerco y esa sonrisa que se me dibuja automáticamente cuando te veo (dicen que me hace ver casi tan idiota como James) comienza a dibujarse en mi rostro. Siento ese calor en el pecho y exhalo aliviado; pero todo eso se esfuma cuando veo tus los labios y cejas fruncidas mientras una lágrima escapa de tus ojos.

Me detengo atónito. Eres una de las chicas más fuertes que conozco, algo muy malo ha debido pasar. Es raro verte así, no sé cómo reaccionar, ni qué hacer. Tú adviertes mi presencia y tu mirada cristalina se me clava y me atraviesa. Me siento atrapado. Una parte de mi quiere abrazarte y hacer desaparecer lo que sea que te tiene así; la otra sospecha que yo soy el único culpable y quiere hacerme pagar por lo que sea que haya hecho.

—Marlene.

Te llamo esperando ver cambiar tu semblante al reconocerme; pero tu ceño sigue fruncido y confirmo que estas así por algo relacionado conmigo. Eso, o lo que te ha pasado es tan terrible que ni siquiera te alegra un poco verme.

Prefiero pensar lo primero. Comienzo a hacer recuento de todo lo que hice esta semana, ¿estás así por la broma de las pecas? Madame Pomfrey te las quitó en menos de veinticuatro horas y Lunático te hizo sonreír cuando te dijo que te veías igual de bonita de cualquier manera.

No, debe haber sido algo más.

Sigo escudriñando en mis recuerdos. Repaso otra vez mis actividades desde el lunes. He hecho de todo; pero nada para hacerte enfadar. Me rindo. No sé qué hice. Esta vez he fallado en suponer lo que pasa por tu cabeza.

Me siento a tu lado, derrotado.

—Yo...¿he hecho algo?

Tú me miras fijamente. Tú ceño sigue fruncido, pero tu expresión ya no es de enfado. Me miras como diciendo "¡es increíble! ¿en serio no sabes qué has hecho?" Y yo solo sigo mirándote derrotado, confirmando: "no tengo idea de qué puedo haber hecho para que no aparezcas hoy en el desayuno"

Y sí, tenemos esa conversación sin cruzar palabra porque así somos tú y yo. La conexión que tenemos no es de este mundo. No sé tú, pero al menos yo, nunca he visto a nadie conversar como lo hacemos nosotros, sin proferir palabra. Ellos no pueden decirse tanto con solo una mirada. Es algo que desarrollamos porque los dos somos malísimos en eso, en conversar seriamente. No hablamos, somos más de actuar. Hay muchos que no entienden de qué va lo que hay entre nosotros, y mucho menos imaginan que nos conocemos hasta el punto de poder mantener conversaciones con solo intercambiar miradas.

Entonces tú también te rindes.

Hay un límite para todo y nosotros, a pesar de todo, no somos la excepción. Lo hemos alcanzado. Tal vez hay cosas que necesitan una respuesta audible.

—Marietta Smith.

Ahora soy yo quien frunce el ceño. Marietta es una Ravenclaw. Séptimo año, piernas bonitas y cabello corto negro. No comprendo qué pasa con ella. Estoy a punto de preguntarte cuál es el asunto con ella, cuando recuerdo.

Mañana es San Valentín. Día que siempre hemos celebrado con nuestros amigos y que, por alguna razón, en los últimos dos años hemos terminado escapando de ellos para darnos el lote en algún rincón de Hogsmeade o en la sala común, cuando ya todos se han ido a dormir. Según nosotros, nadie nos ha pillado nunca; pero quién sabe, en este castillo hasta las cortinas tienen ojos.

Regresando con Marietta, este año te escribí una carta. No una de amor, tú y yo no somos el tipo de pareja que se da regalos o se escribe tonterías cursis. Un escalofrío me recorre la espalda ante la idea. No.

Te escribí, porque por encima de todo eres mi amiga, y desde que me marché de casa, me has ayudado a lidiar con emociones que no sabía que era capaz de sentir. No tienes idea del gran apoyo que has sido para mí. Y como he comprobado ahora, hay cosas que es necesario decir y no dar por hecho. Por eso tomé mi pluma favorita y le di un buen uso a todas las lecciones de caligrafía que Walburga me obligó a recibir cuando era niño para honrar a la noble y ancestral casa de los Black.

Debo estar volviéndome loco porque desde que no has aparecido esta mañana en el desayuno, de repente, todo tiene que ver contigo. ¿Te das cuenta? Incluso el hecho de que haya hablado con Marietta hace tres días ha sido por ti.

Volviendo al tema, te escribí una carta. Porque a pesar de todo, soy un Black. Mi familia no es el mejor ejemplo de relaciones afectivas. Así que por mucho que quiera agradecerte, no podía hacerlo directamente y mirándote a los ojos.

Ahora, tampoco quería que nadie más supiese que te había escrito nada. Eso porque, uno: lo que quiero decirte y no puedo hacerlo y te lo escribo solo es asunto nuestro; dos: nadie, repito, nadie puede saber que he escrito una carta (y eso es más bien un acto de rebeldía contra mi madre, que siempre se empeñó en enseñarme a cartear apropiadamente y yo me esmeré en demostrarle que era inútil con la pluma); y tres: nos estamos ganando enemigos, tanto en Hogwarts como fuera de él, la guerra se acerca y nadie puede saber qué tan verdadero y profundo es lo que tenemos. Cualquier muestra de afecto puede volverse en contra nuestra.

Así que aquí es donde entra en escena Marietta, necesitaba un hechizo para ocultar la carta a todo el mundo, menos a ti. Ya sé lo que puedes decir, casi puedo escuchar tu voz de protesta: "solo necesitabas repetir el hechizo que pusieron en el mapa del merodeador". Mapa que, por cierto, no llegarás a conocer porque Filch se lo confiscó a Colagusano antes de las vacaciones de navidad, dudo mucho que podamos recuperarlo antes de junio y dado que es nuestro último año...pues ya ves. De todos modos, ese hechizo no me sirve porque quiero que el contenido sea visible para ti sin necesidad de contraseñas y que, en cambio, los demás vean solo un pergamino vacío.

Entonces, pensé, ¿dónde encuentro a alguien que pueda conocer un hechizo así y a quien mi existencia le dé tan igual que no le importe para qué lo voy a usar? La respuesta ya la conoces. Y por eso…

—Hace tres días te vieron entregándole una carta —tan oportuna como siempre, has hablado en el momento exacto para continuar con mi hilo de pensamientos— y Crawford me dijo que se la habías dado para invitarla a salir mañana.

Ah. Si tan solo supieras que Victoria Crawford ha intentado besarme al menos cuatro veces desde que regresamos a clases.

Me paso la mano por el cabello comprendiendo todo. Empiezo a explicarte. Tu expresión va cambiando conforme avanzo en la historia. La curiosidad te domina y asoma el anhelo por leer la carta. No puedo esperar un día más y decido entregártela antes de lo planeado. Me llevo la mano al bolsillo y saco un sobre mucho más pequeño del tamaño típico para cartas. Nunca voy a olvidar la emoción reflejada en tu rostro.

—No la leas ahora. Hazlo cuando estés sola. Y, por favor, ni una palabra de esto a nadie, ni siquiera a mí, ¿de acuerdo?

No la tomas. Antes me echas los brazos al cuello y me llenas la cara de besos. Te arrepientes de haber desconfiado de mí. No es necesario que lo digas porque sé que lo haces, te conozco. Sin embargo, también te conozco lo suficiente para saber que necesitas proferirlo, hay cosas que necesitas poner en palabras y expresarlas, y está bien.

—Sirius, lo siento. No sé por qué... Es que Marietta... Y Crawford... Ahh, ¡ni siquiera sé por qué le creí!

Me río por el enredo de ideas en que te has convertido y lo avergonzada que pareces, no dudo en fastidiarte por ello mientras río con más ganas. Cuando te enfadas, te acaricio la mejilla y te digo que no pasa nada, Crawford es demasiado astuta para haber terminado en Hufflepuff y al menos ya no volverá a fastidiarnos porque la hemos descubierto.

Me sonríes y te pones de pie. No puedes esperar a encerrarte en tu habitación para leer lo que puse en la carta. Te despides. A medio pasillo, giras y caminando de espaldas dices lo último que esperaba escuchar ese día.

—Te quiero, Sirius.

Mi atractivo rostro me traiciona y la sorpresa se me nota a leguas. Sonríes pagada de ti misma, es la típica sonrisa que pones cuando me dejas sin habla. Te encanta dejar sin palabras al Sirius Black inalcanzable para todo Hogwarts. Volteas sin esperar respuesta.

—Lo sé, Mar —murmuro cuando ya te has marchado.

Es una respuesta terrible, lo sé. Pero también sé que, de haberme escuchado, sabrías entender que eso significa que yo también siento lo mismo por ti.

Tu y yo hablamos de todo, sin filtro. Confías en mi tanto como yo en ti. Así como podemos pasar de hablar sobre música muggle a hablar de la guerra y la segregación en el mundo mágico; también hay temas que nunca tocamos y emociones que nunca verbalizamos.

Ésta era una de ellas.

Nunca nos lo hemos dicho, pero sabemos lo importante que somos para el otro. Sabes que te quiero. Hemos pasado por tanto que no puedes dudar de ello, te lo he demostrado siempre. Pero por algún asunto que no he logrado resolver, me es imposible pronunciar esas palabras.

A ti ese pequeño detalle no te importa, has pasado gran parte de tu vida escuchando palabras y promesas que nunca llegaron a ser realidad. Por eso estás bien con esto: no decimos, solo hacemos. Aún así, últimamente he sentido que me falta algo cuando nos despedimos, cada día me convenzo más de que puede ser esto. Tal vez mañana sea el día en que al fin te lo diga.

Dejo de mirar hacia el pasillo por el que te has marchado y giro a la ventana. Veo a James caminando de la mano con Lily, Remus y Peter los acompañan. Se dirigen al Lago Negro. Parecen muy animados, le dicen algo a Peter y él cruza los brazos, enfurruñado. No puedo creerlo, ¡parece que Colagusano tiene una cita mañana! No me lo puedo perder, así que bajo del alféizar de la ventana para ir a las escaleras y unirme a ellos. Les echo un último vistazo, ahora James rodea a la pelirroja con un brazo.

En serio espero que la sonrisa que pongo cuando estoy contigo no me haga parecer tan idiota como él se ve ahora.

Fin.


Bueno, pues terminó siendo un Sirius/Marlene. No puedo conmigo misma y la culpa de que en mi cabeza sean la pareja ideal es de Ylla K con su fic 80's life, que me rompió el corazón.

¡Gracias por leer!