Nota del autor: Esta actualización es muy especial, pues hoy es el cumpleaños de nuestro querido Astro! Así que este capítulo es mi regalo para el robot más poderoso del mundo, pionero del anime, y la mejor creación de Osamu Tezuka (para mí) Así que felicidades Astro! Y espero que podamos verte de regreso a nuestras pantallas muy pronto.

Astro no podía entender lo que pasaba, Hamegg estaba junto a la mesa vistiendo su atuendo de la arena, y sonreía con arrogancia, como si ya hubiera ganado, aunque por como pintaban las cosas, ese parecía ser el caso.

Todos los artistas tenían los ojos bien puestos en el mueble, como si la grabación todavía se estuviera reproduciendo, Reno también estaba atento, solo que él temblaba, sudaba, y tenía los puños cerrados, parecía que en cualquier momento se echaría encima de Hamegg, Astro se preparó para sostenerlo si eso pasaba.

Hamegg dejó de mirarlo y volvió a concentrarse en los demás.

—Creo que esto ayudará a que tome una decisión, señor Pannacotta —dijo Hamegg.

Reno miró a su padre.

—¿Decisión? ¿De qué está hablando?

Pannacotta se quitó el sombrero y lo sostuvo con sus dos manos, bajó la cabeza y no respondió, Hamegg se acomodó la bata y respondió:

—Oh no es nada joven Mamoru… oh perdón —se acercó al chico, y con una risa maliciosa, y un tono burlesco le dijo en la cara—, es Reno, ¿no?

Reno se puso en posición de ataque, Hamegg se reincorporó.

—Le acabó de hacer una proposición a tu padre —dijo, empezó a dar vueltas por el cuarto, los robots se apartaban de su camino cuando él pasaba—, quiero adquirir su hermoso circo, y quiero que todos ustedes trabajen para mí.

«¡No!» Pensó Astro. «Todo menos eso».

Ya sabía de lo que Hamegg era capaz de hacer con los robots, ni quería imaginarse lo que le haría a esa pobre familia.

—¡Mi familia no son máquinas que puedas comprar! —le gritó Reno.

—Oh pero verás Reno, si lo son —le respondió parándose en frente de él, sacó el reproductor y empezó a restregarlo en el aire—, creo que a nadie le gustaría que esto llegara a manos de Tawashi.

Astro miró el dispositivo, quizás pudiera destruirlo sin herir a Hamegg, un rayo de sus dedos haría el trabajo, bajó su mano y activó el arma, tenía que ser muy preciso, no tendría segunda oportunidad.

—Ni siquiera lo pienses —le dijo de golpe Hamegg—, si algo me llega a pasar, o a este pequeño amigo, una copia le llegará a Tawashi al instante.

Astro apagó el rayo y frunció el ceño, debió saber que Hamegg no correría ningún riesgo, después de todo, era un manipulador. El ladrón sonrió ante su triunfo, y siguió alardeando:

—Cómo ven mis amigos robots, no están en la mejor posición para contradecir —hurgó en su saco y extrajo un papel de color arena, lo sostuvo en la mano como si fuera un trofeo—, aquí está el contrato, donde establece que todos ustedes pasarán a ser de mi propiedad, así como este circo, todas las ganancias serán para mí, y creo que deberíamos aumentar las funciones… unas cinco al día, ¿qué les parece?

—¡No podemos hacer eso! —Le gritó Reno—. ¡Ellos necesitan reparaciones constantes, el presupuesto solo nos permite montar una función por noche, ya todo fue pensado para que podamos subsistir!

—Tranquilo Reno, solo tendremos que hacer unos ajustes al programa, después de todo, esta chatarra fue hecha con un solo propósito, y planeó que lo cumpla.

Reno ladró y estaba a punto de lanzársele encima, pero Astro logró sostenerlo del brazo.

—¡Reno no lo hagas! ¡Solo empeorarás las cosas! —le dijo, ante la más mínima provocación Hamegg no dudaría en tomar represalias más severas.

—Hazle caso a la máquina, es listo, para ser un robot claro.

Pero Astro no caería en sus juegos, había cosas más importantes, Hamegg parecía decepcionado de que Astro no se ofendiera, pero se resignó y volvió con Pannacotta.

—Necesito que lo lean con calma, para que vean las cláusulas y todo, aunque no servirá de nada, tendrán que hacer lo que yo les diga, o llevaré el video con Tawashi, y todos ustedes irán a la hoguera, y el pequeño y pobre Reno a un orfanato.

Astro sentía como Reno cada vez se ponía más tenso, tuvo que usar un poco más de fuerza para retenerlo.

—Pero no se preocupen, si se unen a mí, pues bueno… puedo hacerlo mi asistente personal —se rió con malicia y de un golpe dejó el contrato sobre la mesa, luego pasó a retirarse—, tienen veinticuatro horas para aceptar mis términos, regresaré y si el contrato no está firmado, ya saben cuáles serán las consecuencias.

Mientras salía miró de reojo a Astro, el chico pudo ver que estaba disfrutando todo, y peor aún, Astro no pudo disimular su preocupación, Hamegg había conseguido atar a esa pobre familia de los brazos.

«¿Cómo lo hizo? ¿Cómo se enteró?» Se preguntaba frenéticamente Astro…

Entonces lo recordó, el ataque al circo era un atentado contra él, de seguro Hamegg había programado unos drones para atacarlo, y en el camino… escucharon la conversación que tuvo con Reno, Hamegg los había descubierto por su culpa.

Todo eso era obra suya.

Su realización le cayó como un balde de agua fría, el cuerpo se le puso tieso, y soltó a Reno, quien salió corriendo con Pannacotta, los demás robots salieron de su trance y se acercaron al maestro.

—¡Papá, tenemos que irnos! —Exclamó Reno—. ¡Vamos a Ciudad Marina, incluso a Metrópolis si es necesario! ¡Pero no podemos vendernos a ese maldito! ¡Ya sabes lo que le hace a los robots!

—¡Reno tiene razón! ¡Tenemos que escapar mientras podamos! —Dijo Cookie—. ¡Si la policía no nos destruye él lo hará!

—¡No podemos dejar que le ponga las manos encima a Reno! ¡¿Quién sabe lo que ese desgraciado le hará?! —Imploró Cupcake.

—Cálmense, por favor cálmense —balbuceaba Pannacotta, la personalidad fuerte y decidida que había demostrado se había ido, estaba nervioso y no podía pensar en nada, las palabras salían de su boca sin control.

La familia estaba hecha un caos, y como no, estaban entre la espada y la pared.

«Y todo por mi culpa» pensó Astro.

Si no hubiera abierto la boca nada de esto hubiera pasado, había condenado a esos inocentes, él había…

«¡No!»

De nada servía lamentarse, había cometido un error y ahora debía arreglarlo, no pasaría por la misma situación de Metrópolis, aunque le costara la vida tenía que enmendar esto, se lo debía a Reno.

Se acercó a su nuevo amigo, y le habló con voz alta y decidida.

—Reno —lo hizo tan bien que el chico se volteó para verlo—, te prometí que protegería a tu familia, y voy a cumplirlo.

Había hablado tan firme que todos habían dejado de gritar para prestarle atención.

Y antes de que alguien pudiera agregar algo, se dio media vuelta y salió volando hacia la salida, alcanzaría a Hamegg a como dé lugar.

El estafador estaba ya a unos metros del circo, pero con sus cohetes no fue ningún problema rebasarlo, logró ponerse en frente de él y aterrizó con tanta fuerza que levantó una capa de tierra, pero Hamegg no se inmutó, Astro se incorporó y lo miró a los ojos, esta vez decidido y con fuerza, no se dejaría intimidar.

—Vaya entrada, ojalá hubieras tenido esa determinación en los juegos.

Más intentos por provocarlo, no le iban a funcionar.

—¿Por qué haces esto? —le preguntó.

—Oh, ¿por qué será? Veamos… ah sí, ¡porque un tonto robot me quitó todo lo que tenía!

Hamegg empezó a caminar en círculos alrededor de él, Astro lo seguía con la mirada, conocía sus trucos, podía ser que tuviera un arma de choques con él, debía estar listo para contraatacar, esta vez no se dejaría golpear.

«Ya no soy el robot inexperto que engañaste» pensó. «He aprendido varias cosas desde la última vez que nos vimos».

—No solo ese robot destruyó ¡mí negocio! Sino que también me quitó la confianza de mis niños, a los que por años me esforcé tanto en cuidar…

—Tú mismo los perdiste, yo no tuve nada que ver con eso —lo interrumpió.

Pero Hamegg ni le dio importancia, y siguió con su historia.

—¡Me humilló en frente de todos! ¡Me quitó todo lo que tenía! Y por si eso fuera poco…

Se paró en frente de él.

—No paso mucho para que descubriera que ese robot, es hijo de Umataro Tenma, el hombre que me despidió del trabajo de mis sueños.

Astro cerró los puños.

—El hombre por el cual acabé en este basurero —dijo extendiendo ambos brazos.

—Muy bien, tus problemas son conmigo, si quieres desquitarte con alguien que sea yo, pero deja a Reno y a su familia en paz.

Hamegg se rió.

—Oh pero verás Astro, por más que desee destruirte, la verdad es que estos meses han sido difíciles, como te dije, destruiste mi mayor fuente de ingresos, necesito un nuevo negocio, y ese circo de robots es la mejor apuesta que tengo.

Sacó el reproductor y lo levantó en su brazo.

—Y mientras tenga esto, los tengo por el cuello.

Astro apretó los dientes, Hamegg podía ganar de dos formas, por un lado se vengaba hiriendo a un amigo, y le echaba más sal a la herida sabiendo que era por su culpa, mientras sacaba beneficio de esos pobres artistas, que nada tenían que ver con esto.

Pero él conocía a Hamegg, sabía que a él lo odiaba más, tanto por sus acciones como las de papá, y podría sacar provecho de eso, quizás Hamegg no lo sabía, pero él mismo le había dado la clave para su victoria.

—Te equivocas.

Hamegg soltó una carcajada.

—Astro, ¿Cómo podría equivocarme?

—Porque pierdes tu tiempo con esos robots, han estado dando el mismo show por años, la gente eventualmente se cansará de ellos, ¿crees que pagarán por ver el mismo espectáculo todos los días?

Eso puso a pensar a Hamegg, quien volvió a guardar la cosa, Astro sonrió, estaba mordiendo el anzuelo.

—Bueno, podría agregar nuevos números y…

—Tendrías que gastar más dinero, y por lo que veo, eso es lo último que quieres.

Hamegg frunció el ceño, iba a contraatacar pero nuevamente Astro se le adelantó.

—O podrías ganar en una noche lo que harías con ellos en un mes.

Ahora si lo agarró desprevenido.

—¿Qué éstas…?

—¿Por qué tener a un simple circo de robots, cuando puedes tener al robot más fuerte del mundo?

Eso sí lo había sorprendido, Hamegg se había puesto pálido.

—Piénsalo, solo necesitas una noche, ¡vean a Astro! ¡El robot que derrotó al Guardián de la Paz y a Frankenstein! ¡En vivo y en directo! ¡Solo por una noche! ¡Un evento exclusivo! ¿Te imaginas todo lo que ganarías? Solo tienes que ponerme en una arena y arrojarme un montón de robots, la gente se volvería loca, podrías incluso opacar la pelea de Brando con Hércules.

Hamegg retrocedió unos pasos, se llevó una mano a la barbilla.

—Y como bono extra, podría salir lastimado, tú sales ganando en esta situación, te haces rico mientras te vengas de mí y de mi papá, ¿estarías dispuesto a perder una oportunidad así?

Era muy arriesgado, pero se lo debía a Reno.

La duda en el rostro de Hamegg se disipó, y en lugar de eso empezó a avanzar hacia él, apuntándole con un dedo el cual agitaba con alegría, abrió la boca y la mantuvo así un poco antes de responder.

—Eres bueno, muy bueno, debes haberlo aprendido de mí.

«Ni lo sueñes» pensó.

—Puedes tener todo eso, con la condición de que dejes al circo en paz, rompe el contrato y borra todas las copias del video, y si sobrevivo al encuentro, volveré la noche que sigue y así, imagínate todo lo que ganaras, y eventualmente, podrías destruirme.

Hamegg sonrió como una serpiente, sacó el dispositivo y lo dejó caer en el suelo, luego lo aplastó con su bota.

—Tenemos un trato —le ofreció la mano.

Pero Astro no pensaba tomarla.

Hamegg se sorprendió, pero sonrió inmediatamente.

—¿No confías en mí?

—Creo que ya sabes la respuesta.

A lo que Hamegg empezó a reírse como un maniático.

En el circo todos seguían tensos, pero ahora estaban callados, esperando porque Astro regresara, pensado si en verdad hubiera algo que pudiera hacer para cambiar la opinión de Hamegg, para su sorpresa, vieron a ambos entrando de nuevo en la oficina. Todos se levantaron y los miraron, Hamegg sonrió y fue por el contrato.

—Nuestro buen amigo Astro me ha hecho reflexionar, ¿y saben qué? Tiene razón, no tiene caso adquirir este circo, es viejo y anticuado, es mejor darle lugar a cosas nuevas y frescas.

Tomó el documento y lo partió por la mitad, luego lo destruyó en miles de pedazos que dejó caer al suelo.

—Pueden estar tranquilos amigos, les doy mi palabra que los dejaré en paz, hay negocios más importantes allá afuera que merecen mi atención.

Con eso se fue hacia la salida, no sin antes detenerse para mirar a Astro una última vez.

—Nos estamos viendo.

Astro no cambió su posición, y mantuvo la firmeza de su mirada.

Y dicho eso salió.

Hubo un momento de silencio en la habitación, y luego un gran suspiro colectivo de alivio, a pesar de que tendría que volver a pelear, Astro sentía que le habían quitado un enorme peso de los hombros.

Reno no dudo ni un instante, y le dio un abrazo.

—¡Gracias! ¡Gracias! ¡Gracias! —le repitió mientras frotaba su mejilla contra las de él.

—No… hay de que… Reno.

Reno dejó de abrazarlo pero siguió sujetándolo de los brazos.

—¿Cómo lo convenciste?

—Solo apele a su ego, eso es todo.

Los demás artistas se le acercaron y empezaron a agradecerle, le ofrecieron la mano y le dieron palmadas en el hombro, todos se veían muy contentos de que hubiera alejado a Hamegg. Cuando Pannacotta se acercó, todos le dieron espacio para que pudiera hablar bien con él.

—Astro… no sé cómo podríamos agradecerte lo que hiciste.

—No tienen que agradecerme nada, solo corregí un error, eso es todo.

De vuelta en su guarida, Hamegg estaba en su cocina improvisada, sirviéndose una copa de champaña mientras cantaba, en el techo los drones que había enviado para destruir a Astro vigilaban el agujero.

—Hoy celebramos… ¡Por mi venganza!

Levantó su copa, y los drones rugieron en su apoyo, Hamegg se rió y tomó un poco de la bebida, cuando su comunicador empezó a sonar.

—¿Cómo…? ¿Quién podría tener mi número?

Sacó el aparato y apretó el símbolo de responder, frente a él apareció un rostro que jamás imaginó ver en su vida.

—Usted… usted… usted es…

Se rió.

—Yo sé quién soy, y si no me equivocó usted es Hamegg, ¿verdad?, antiguo científico del Ministerio de Ciencias de Ciudad Metro, ¿verdad?

Hamegg asintió con la cabeza.

—Excelente, porque le tengo una oferta de trabajo señor Hamegg, una que estoy seguro, no podrá rechazar.