Cambió de página.

La novela que leía no era parecida a su vida. Ni siquiera un poco. Al menos la Cenicienta era feliz a comparación de ella.

Su vida se había convertido en un infierno desde la famosa reprimenda. Cada año recordaba con pesar aquellas palabras que su primer y único amor pronunció justamente el día de su santo.

«La inexperiencia lleva a problemas», habían sido sólo el comienzo de sus hirientes y cruentas palabras.

Y tenía razón, aunque le dolía aceptarlo, debía hacerlo por el bien de su matrimonio, por la armonía y la paz mental que tanto anhelaba.

Suspiró.

No habían pasado más de dos años desde que contrajo matrimonio con el general Gremin, arreglo concretado por su preocupada madre y su anciana nana, ellas, que tanto anhelaban la felicidad de la primera hija de Larin.

Su hermana Olga, ahora estaba casada felizmente con un soldado, justo como su nana predijo tiempo atrás, cuando aún su compromiso con el fallecido poeta Vladimir Lensky seguía vigente. Tatyana recordó cómo el poeta le recitaba hermosas palabras a su hermana, incluso antes de perder la vida a manos de aquel que alguna vez amó. Sin embargo, aún no podía comprender las razones por las que ambos caballeros terminaron batiéndose en duelo.

Tatyana parpadeó. Regresó la página una vez más y releyó los últimos párrafos a los cuales no les había prestado la mínima atención.

«¿Qué puede ser peor en el mundo que la familia, en donde la esposa sufre por un marido indigno, donde está sola día y noche? ¡Ese marido soy yo!», nuevamente las palabras de su antiguo amor, Eugene Onegin resonaron en su mente.

Comprendía a la perfección lo que quería decir. Tal vez el general estaba con ella siempre, le demostraba su amor y devoción de mil y una formas y aún así ella permanecía distante.

Sonrió con pesar.

¡Claro que comprendía!

Ese marido indigno y esa triste esposa habían intercambiado los papeles, Tatyana era ahora la esposa indigna de un marido atento, amoroso y servicial.

—Definitivamente —murmuró—, la inexperiencia lleva a problemas.

Cerró los ojos, no quería pensar más. Trataba de olvidar. Dos años intentando inútilmente. Dos largos años que se le han hecho mil.

¿Qué habría pasado si Eugene hubiese aceptado el amor que ella le ofrecía en ese instante? Esa pregunta sin respuesta la atosigaba cada año.

No le guardaba rencor, ella estaba agradecida con él y aún así, a pesar de todo, lo seguía amando, cada vez con mayor intensidad. Las ganas que tenía de salir de ese lugar, de faltar a su promesa y buscarle, declararle su amor una vez más, de besarlo y abrazarlo eran inmensas, pero, aunque su amor fuese tan puro, tan sincero y ardiente, debía cumplir su juramento.

Tatyana se relamió los labios. Miró su libro y solo entonces, con una lágrima a punto de escapar de sus ojos, le pidió perdón a su corazón, a sus sentir y sucumbió a la imagen que tenía de él, pensando en que lo tenía enfrente y que podía hablar con él, con el recuerdo de una persona que posiblemente no la reconociera si la volviese a ver.

—Te amo, Onegin —murmuró pensando en el ladrón de su corazón—, no lo negaré pero, me han dado a otro y yo… —Hizo una pausa, sus labios temblaron y respiró profundamente antes de continuar—: Le voy a ser fiel, le seré fiel por un siglo.

Su sagrada palabra era más importante que lo que su corazón dictaba. Ella sería fiel a su marido, no le volvería a faltar ni con el pensamiento. Debía olvidar de una vez a Onegin, ¡sí tan solo pudiese verlo, aunque sea una vez!

¡Sólo una vez! ¡Solo una! Y así, posiblemente tendría el valor suficiente para decirle en persona lo que había jurado ante su recuerdo.

Y, sin pensarlo siquiera, sus palabras se hicieron realidad tan solo un par de meses después, cuando Eugene Onegin regresó a ella suplicándole la salvación, rogando por el antiguo amor que perdió años atrás.