The Chosen One

Harry es un jugador de fútbol en Hogwarts, el entrenador en turno del semestre es Tom Riddle y, como siempre, odia a Harry por haber nacido.

Un universo alterno con todo lo que conoces en diferente orden.

ADVERTENCIAS: Interpretación de parejas no-canon, lenguaje vulgar y mención a actos sexuales.


I. El sueño de Hogwarts.

Sin importar que sus padres y su padrino hayan estado en Hogwarts, Harry realmente adora ese lugar. Es tan asombroso que hace que cada centavo de colegiatura cuente, que valga la pena. Las materias son buenas, ligeramente más avanzadas que el programa general del país, pero eso no es lo importante, no, Hogwarts es una de las escuelas con mayor impacto deportivo e influencia cultural. ¿Cómo no iba a serlo? Él es el capitán de fútbol.

—Cuida que no se te suba a la cabeza o se hará tan grande como la de tu padre —había advertido Sirius con sorna—. De cualquier forma, ¿cómo va todo con esa chica, la asiática de las carreras?

—¿Por qué Sirius sabe de la niña Chang y nosotros no, Harry? —preguntó James con indignación.

—Porque era un secreto —masculló el muchacho. Sirius sonrió con falso arrepentimiento—. Sólo somos amigos.

—Mhm, el periódico escolar no dice eso, cariño —rió Lily. Harry gruñó avergonzado y negó ante las carcajadas de los adultos.

—Es extraño que leas ese periódico, mamá —farfulló—. ¿Pero sabes qué? Asegúrate de tener el de hoy porque estaré en todas partes.

Harry sonrió con encanto antes de salir corriendo de la casa, ignorando completamente las preguntas y gritos de los adultos. Después del fútbol, lo que más le gustaba de Hogwarts era su ubicación a las afueras de la ciudad. Malfoy lo llamaba retrasado porque le gustaba conducir toda esa distancia en lugar de hacer el internado como Dios manda.

—¡Harry! —gritó la voz de Luna en cuanto llegó al estacionamiento, sin embargo, Harry no la veía por ninguna parte—. Estoy arriba —indicó la rubia. Harry alzó la mirada y la encontró sentada en uno de los árboles que adornaban el gigantesco portón del colegio.

—Claro que sí —murmuró Harry—. Hola, Luna. ¿Ya terminaste los exámenes?

—La semana pasada, sí, tengo todo el día libre —presumió balanceando los pies en el aire. Harry estaba seguro que de ser otra persona, ya estaría en el suelo—. Escuché del partido amistoso y del decatlón, así que decidí venir a verte, asegurarme de que eres tan bueno como dicen.

Harry rió e hizo ademanes a la muchacha para que bajara del árbol. Luna era, quizá, la única chica que no pretendía coquetear con él en cualquier interacción, claro que lo hacían (coquetear), pero era por simple diversión, la misma diversión que causaba coquetear con todo el mundo dentro de Hogwarts. Casi que era parte del programa extraescolar.

—Ganaremos ambos, ya verás —aseguró con las cejas elevadas. Luna bajó del árbol, se acercó a Harry con ojos brillantes y ambos se internaron en el colegio con sonrisas cómplices.

Su padrino Sirius aseguró que, hace unos años, las mejores competencias del estado estaban dentro del mismísimo colegio, que eran entre los cuatro equipos internos, las jodidas casas; sin embargo, Harry cree que el hecho está relacionado con que Sirius no estaba en la misma casa que su familia. Las cosas son muy diferentes ahora, diría que hasta más interesantes.

—¿Quién ganará la apuesta este semestre? —preguntó Pansy, apareciendo por algún pasillo, caminando en reversa con las cejas elevadas—. Llevo las cuentas de Slytherin y creo que vamos a ganar —presumió con una sonrisa socarrona.

—¿Siguen contando a las personas con las que se acuestan? —preguntó Luna con la mirada en el techo, como si estuviese buscando algo.

—Por supuesto, Lunática, pero ya no es tan sencillo como antes —rió la pelinegra—. Aumentan tus puntos si son de otra casa, porque todos sabemos que es más difícil en todos los aspectos. Diganme, linduras, ¿cuántos puntos llevan?

—Jamás he jugado, Pansy —respondió Harry con voz cantarina. La pelinegra borró su sonrisa y observó a Luna con una ceja interrogante, casi que amenazante.

—Oh, no, no me mires, no hago ese tipo de cosas —se apresuró a decir Luna, pasando la mirada del techo a Pansy y luego a sus zapatos.

—¿Me están jodiendo, verdad? —masculló molesta—. Ustedes tienen que estar jodiendome, ¡¿con quién se supone que voy a competir?! ¡Díganme! —exclamó.

—Te aseguro que habrá algún par que alcance tus número —rió Harry. Pansy lo observó con ojos estrechos, como dos dagas afiladas directo a su rostro—. No necesitas que te deseé suerte.

—Claro que no —bufó arrogante. Agitó su melena con dramatismo, les dio la espalda y se perdió por algún pasillo.

La apuesta oscilaba entre diez mil y quince mil libras, dependiendo de los jugadores, y consistía en tener el mayor número de compañeros sexuales durante el semestre, una total aventura en un internado con tan alto prestigio. Como Pansy decía, al tener compañeros de otras casas se conseguían más puntos, porque no cualquiera puede escabullirse del horripilante velador y colarse a las habitaciones de otras casas.

Pansy ganó el año pasado y, evidentemente, no quiere perder este. Pero es el penúltimo año, las libertades no son las mismas, así que los jugadores tampoco. Y Harry, entre los equipos académicos, deportivos y las clases, prefiere divertirse en los vestidores sin ninguna apuesta encima.

—Te veré en el decatlón —dijo Luna como despedida. Harry besó su mejilla y continuó su camino al laboratorio para el supuesto repaso, nadie en el equipo lo necesitaba pero el profesor se sentía mejor viéndolos escribir fórmulas en la pizarra hasta el último minuto.

Ganaron, obviamente, primero a Slytherin, luego a Hufflepuff y finalmente a Ravenclaw. Cho lo felicitó, primero en el laboratorio y luego en los vestidores, increíble manera de perder.

—Serán los festivales de verano, ¿recuerdas? —dijo la muchacha—. Fuera de aquí sólo somos amigos.

Harry soltó una carcajada limpia y desordenó su cabello frente al espejo antes de asentir.

—Somos amigos incluso aquí dentro, Cho —rió.

La magia de Hogwarts: hay líneas trazadas entre todos, lineas de casas, de amistad o lo que sea, el punto es que es sencillo cruzarlas y regresar, una y otra vez, la línea siempre está ahí y todos en el colegio lo saben, es un trato unánime sin posibilidad de cambio. A menos que los involucrados quieran borrarla, pregúntenle a Black y Lupin.

El juego amistoso se llevó a cabo en la tarde, después de que la campana inaugurase el verano oficialmente. Con las gradas repletas y los equipos listos, más que ansiosos por el último y primer partido, se hizo oír el silbatazo.

Ganaron, obviamente. Harry no suele presumir, a menos que quiera impresionar a alguien, pero jamás ha perdido un partido, siendo o no capitán de Gryffindor o del equipo de Hogwarts.

—¿Dirás que sigue siendo suerte, Malfoy? —se mofó en los vestidores.

El rubio lo observó con aburrimiento y le lanzó un par de calcetines.

—Cierra la boca, Potter —bufó—. Todos vemos tu show todo el tiempo, no necesitas traerlo hasta acá.

—Creí que lo disfrutabas —rió.

Draco lo observó con ojos estrechos antes de soltar una carcajada que causó la de Harry, se quitó la playera sudada y se la lanzó en el rostro.

—Haz un favor, ¿quieres? Conserva la suerte hasta las nacionales —ordenó con las cejas elevadas y ojos brillantes en su dirección. Sí, hay líneas muy sencillas de cruzar, tan sencillas que brincas cuantas veces quieras, como si fuera un simple juego de cuerda.

Después de Hogwarts, lo más emocionante del verano son los festivales, también conocidas como unas vacaciones competitivas a lo largo del país. Lo curioso de Hogwarts es que conserva sus casas incluso pasando sus muros de piedra, incluso pasando los años, está seguro porque ha escuchado a sus padres usar la palabra "gryffindor" como alguna clase de adjetivo relevante.

Él sólo lo usa en las competiciones de verano.

Se organizaban carreras de todo tipo y en todos los lugares, siempre diferentes y con una espectacular fiesta como recompensa. Sí, Harry adora cada día del verano, es especial esos donde sólo salen a recorrer la ciudad y puede conocer a las chicas que van al Instituto de Artes.

Ha escuchado que son preciosas y tan inteligentes como las que van al Colegio Hogwarts, Harry sólo conoce a una: Katie Bell. Ella es una increíble deportista que logró llegar a las estatales y se enfrentó al mismísimo Oliver Wood en una carrera extraoficial ¡y le ganó! Harry realmente tenía que conocer a la chica, así que lo hizo y se volvieron grandes amigos.

Y hasta ahí, es todo lo que sabe del Instituto. No cree necesitar más, después de todo, en un año y medio estaría yendo a la universidad, Hogwarts era increíble y su vida también, conocer un Instituto no haría diferencia en nada.

"The Chosen One jamás pierde el toque. Gryffindor ganó el último decatlón intraescolar por la mañana, arrasando totalmente con el puntaje récord de Ravenclaw, y nuestro Golden Gryffindor por supuesto fue la clave de tal victoria. [...] Cabe mencionar que los partidos amistosos que el colegio acostumbra celebrar al final del semestre también están teñidos de rojo y dorado. Nuestro capitán, por supuesto, es un maestro del balón y ha logrado un puntaje increíble en los últimos minutos. ¿Será que logramos ganar el sexto campeonato estatal el próximo semestre? ¡San Potter, contamos contigo! [...] En especial ahora que, de nuevo, no contamos con un entrenador para guiar tan espléndida promesa. ¡Le deseamos suerte, entrenador Moody! Y recuerden, ¡alerta permanente! ¡Las tarjetas amarillas también son peligrosas!".

[Harry disfrutó ese verano como nunca en su vida, quizá porque alguna parte de él sabía que estaba en la cúspide de su gloria y no podía estar allá arriba por siempre].