V. El después de Hogwarts.

Su teléfono móvil sonaba cada tanto, incluso en clase, incluso en la biblioteca, incluso cuando estaba arreglando los últimos detalles de su tutoría.

—Si no lo pones en silencio, te sacarán de Lectura —hablaron a sus espaldas en clase de Artes. Harry rebuscó su teléfono en la mochila mientras resoplaba para sí mismo.

—Creí que ya estaba en silencio —murmuró como respuesta, su voz había salido irritada, porque claro que se había dado cuenta que era su télefono.

Entonces escuchó la risa que lo había cautivado en el pasillo el día de ayer y, al levantar la vista, ahí estaba la pelirroja, con sus ojos grandes fijos en su pintura y su sonrisa que mostraba parte de sus dientes. Era más bonita de cerca, Harry no podía dejar de ver sus pestañas.

—Bueno, el señor Lee no permite ningún sonido en clase, a menos que sea un poema o una opinión crítica a la altura de una buena revista —continuó la pelirroja, apenas apartando la mirada de su lienzo para elevar sus cejas como una clara advertencia.

Es su segundo día en el Instituto, es su última clase y realmente no quiere volver a casa, no quiere salir ni siquiera del panorama de su lienzo.

—Ya tuve su clase —balbuceó avergonzado por su última respuesta—. Y en realidad fue muy amable al decirme que podía salirme de su aula o apagar el teléfono —añadió con voz amistosa. La pelirroja rió entre dientes y, finalmente, le dedicó una mirada. Ojalá no lo hubiera hecho, Harry de inmediato se perdió el ellos, eran demasiado brillantes, demasiado preciosos, ¿acaso había un reflejo de luz que se había perdido?

—Supongo que por ser nuevo —rebatió ella. Asomó la cabeza detrás del cuerpo de Harry y elevó una ceja en cuanto pudo apreciar su pintura—. ¿Te gustan las serpientes? —preguntó.

Harry dejó su mochila nuevamente en el suelo y carraspeó con incomodidad.

—Uhm, no realmente, esto es… sólo es algo que he estado soñando —explicó torpemente. La pelirroja frunció el entrecejo y asintió lentamente, sin tener éxito al intentar esconder su sonrisa.

—¿Calaveras y serpientes? —preguntó con una voz que parecía ser más una afirmación burlesca—. Deberías hacer una pijamada con mi hermano, el no para de soñar con arañas que salen de viejos collares, esos donde puedes poner fotografías. Mi tía Tesse le da uno a Ron cada año, supongo…

—¿Ron es tu hermano? —interrumpió abruptamente, abriendo los ojos con sorpresa y sintiendo un extraño tirón en su estómago.

—Sí —bufó—, pero no te dejes engañar, yo soy más lista que él —presumió con un guiño juguetón—. Soy Ginny.

—Ginny Weasley —completó Harry en un susurro. La pelirroja asintió con una sonrisa que mostraba hasta sus colmillos antes de mirar a la profesora de Artes de reojo y acercarse abruptamente al rostro de Harry.

—No me sorprende que no lo haya mencionado, pero me pregunto por qué —susurró contra su rostro. Harry de repente no puede respirar, ¡él no tiene la culpa! Esta chica está tan cerca que podría contarle las pecas, además lo mira con sus ojos entrecerrados, como si estuviera frente a un rompecabezas particularmente complicado.

—Bueno, me llamo Harry —dijo con una sonrisa ladina, recuperando su voz y la capacidad de ordenar frases—. Potter.

—Potter —rió Ginny—. Si eres amigo de Ron, seguro te veré pronto. Termina tu pintura, se ve interesante.

Estuvo a punto de decirle que era toda suya, pero la voz de Sirius declarando algo como "qué intenso, Harry, te tomará años tener una cita, pregúntale a James" fue lo único que lo detuvo de abrir la boca.

Lo cierto es que Harry no tenía que estar allí, hace una hora que sus clases habían terminado, pero, en su desesperación por no volver a casa, había corrido con Andy y se había inscrito en la única clase opcional que quedaba: Artes. Si bien sus créditos extra eran insignificantes, el taller era un sitio agradable y Harry se descubrió queriendo plasmar las figuras con las que soñaba constantemente. No es bueno escribiendo, así que no tiene un diario, no le gustan las rimas, así que no compone, su alternativa fue intentar pintar. Los acrílicos eran ligeramente complicados, pero, para ser un inexperto en la materia, su calavera había quedado bien. Era medio abstracta, pero Ginny la había descifrado, así que a lo mejor el taller resultaba de utilidad para perder y ganar tiempo antes de volver a su realidad.

Después de la publicación en el periódico escolar, toda la atención había vuelto a él, a pesar de que ya no formaba parte del Colegio Hogwarts.

Había recibido un montón de mensajes y menciones, llamadas y fotos, videos y audios, todos de sus amigos, el equipo, y de compañeros no tan cercanos. Harry no le había respondido ni a Luna, y se temía que al volver a casa se encontraría con una barrera humana que no lo dejaría escapar hasta que no diera una buena explicación.

¿Qué tenía que explicarles? Snape tenía razón en todo, esa era la historia. Harry simplemente no quería hablar más del asunto con nadie. Sobre todo sus padres.

—Bueno, la explosión la causó él —había dicho Harry al terminar de leer el artículo. De inmediato sintió la pesada mirada de su padre, pero no se inmutó ante ella, ¿que podía hacerle? ¿Golpearlo por no decir lo que pasó? ¿Ignorarlo por mentir?

—Harry —murmuró su madre—. ¿No te das cuenta de lo que hizo?

—No —respondió su padre con rudeza—. Es obvio que no lo sabe. Míralo. Se está burlan...

—No lo estoy —interrumpió con una rabia que no sabía que sentía—. Sabes que no lo estoy —repitió con un intento de voz más suave.

—Oh, ¿en serio? —preguntó incrédulo—. Bien, entonces vas a sentarte allí y me vas a decir todo lo que pasó ese semestre. Desde la ceremonia de bienvenida hasta este día —ordenó apuntando las fotos de los faros destrozados en la portada del periódico—. ¿Y bien?

Tuvo que decirle. Ya no había nada qué perder, Riddle estaba muerto, él estaba en otra escuela, su padre no confiaba en él, su madre asumía todo lo que no decía, Sirius y Remus tenían prohibido interferir y todo el maldito colegio ya podía concluir la verdad. ¿Qué tenía que perder al decirle a sus padres toda la verdad?

Mucho, en realidad.

Sus miradas molestas se volvieron perturbadas, intrigadas y tristes. Demasiado pronto se dio cuenta que no se sentían así con él, sino con ellos mismos. Y Harry no podía con ello, se sintió culpable de inmediato, se dijo que debió mentir, que debió ignorar el periódico y que debió hablar del nuevo Instituto. Pero ya era demasiado tarde.

—Estaba asustado de que lo delatara con McGonagall —concluyó con la mirada fija en los destrozos del campo. La foto le permitía ver el lugar exacto de dónde se había desplomado, a dónde Riddle lo había arrastrado.

—¿Sabías que Snape estaba ahí? —preguntó James de repente. Su madre de inmediato alzó la mirada, con los ojos tan enormes como Harry los ponía cuando no quería escuchar una mentira. Así que no pudo decirla, no pudo mentirse a sí mismo.

—Sabía que alguien estaba ahí porque prendió las luces, pero no estaba seguro de quién era —admitió—. Creí que iba a ayudarme —añadió en un murmullo.

Lily asintió lentamente y se incorporó de la mesa, James no le dedicó más que una miradas de soslayo, tenía toda su atención enfocada en Harry, quien sentía que podía leer su mente con esa simple mirada.

—La profesora McGonagall llamó —avisó su padre con pesadumbre—. Dijo que no se iba a oponer a ninguna denuncia si decidíamos…

—No —interrumpió bruscamente. De inmediato se había imaginado siendo señalado mientras iba a hacer las compras, en el nuevo instituto, en las revistas, en internet. Y no, no quiere—. Sólo quiero seguir con mi vida, no necesito recordarlo todo el tiempo.

Se suponía que nadie lo sabría. Ni sus padres, ni sus amigos, y ahora todo el maldito colegio tenía la historia entre sus manos. Había que estar jodido para que Pansy se dignara a enviar un texto, para que Draco quisiera leer el periódico, para que el equipo tomase en serio al profesor Snape como entrenador y para que Luna se quedara sin un comentario. Y ahí estaba: ahogado de mensajes exigiendo una explicación.

No respondió. Ni esa noche, ni todo el día siguiente. Se imaginó que por eso estaba teniendo pesadillas tan extrañas.

No había hablado con sus padres y, por supuesto, no le había mencionado nada a Ron, el pelirrojo simplemente asumió que tenía alguna clase de depresión por abandonar su antiguo colegio. Seguía siendo el centro de atención en el Instituto, afortunadamente eran por motivos más agradables que en Hogwarts. Así que no le molestaba.

Pero no podía huir por siempre.

—¿Cómo te ha ido en el Instituto? —saludó Remus con una sonrisa amable. Fue él quien lo recibió en cuanto llegó a casa. No estaba el auto de su padre ni las exclamaciones de su madre.

—Bien, es… interesante, ¿dónde están mis padres? —preguntó mirando en todas las direcciones.

—James salió con Sirius y Lily está buscando algo en el ático, me pidió que esperara por tí —explicó, manteniendo su sonrisa. Harry de inmediato sabe que algo pasa—. Estoy bastante seguro de que tu horario terminó hace unas horas, Harry. ¿Puedo saber dónde estabas? —preguntó suavemente.

—Yo, uhm, tomé el taller de Artes al final de la jornada y me he ido caminando así que… el regreso es igual —respondió con una sonrisa apretada. Remus asintió y se incorporó para acercarse a Harry cautelosamente.

—¿Hiciste las pruebas de fútbol? —dijo, más como una declaración que como pregunta. Harry retorció las correas de su mochila y asintió sin darle importancia.

—Sí, hice un amigo y él me dijo que lo hiciera, pero no me quedaré —añadió rápidamente. Remus frunció el entrecejo con confusión y, antes de que pudiera preguntar, Harry murmuró: —No creo que les agrade la idea, ya sabes, a mis padres. En especial a mi padre.

—Harry…

—Está bien, ya tengo las tutorías, puedo terminar así —mintió, conservando su sonrisa de labios apretados y el apretón en las correas. Remus no dijo más, así que Harry tampoco. Supuso que su madre le había pedido no mencionar lo de Hogwarts, y que precisamente por ello su padre había salido con Sirius.

Y estaba bien. Mientras no tuviera que repetir lo que pasó podría estar…

—¡Tú, idiota! ¡Más te vale que bajes si no quieres que Gregory entre por tí, ¿me oíste?! —gritó la voz de Pansy frente a su ventana.

Ajá, Dios no podía ser tan benevolente.

—¿Y bien? —espetó Pansy una vez que estuvo frente a ella. No venía sola, estaba con Luna, Draco, Gregory, Terence y Marcus, todos igual de serios, Pansy era la única alterada.

—¿Qué? —preguntó con falsa confusión.

—No es momento para ser un idota, Potter —masculló Draco sin mirarlo—. Habla.

Dios no era benevolente, y como jamás le daba oportunidad de escape a Harry, tuvo que hablarles con la verdad.

—Debiste decirnos —mustió Marcus. Harry resopló una risa y se encogió de hombros—. No habrías estado solo, Harry.

—Lo sé. Por eso no lo hice.

—¿Por qué? ¿Por qué nos iríamos detrás de ti como un rebaño? ¿Por qué no estabas protegiendo? ¡No digas estupideces, Potter! —exclamó Draco—. No habríamos dejado que te hiciera nada, eras nuestro capitán no nuestro sacrificio, ¡joder! Eres un maldito idiota.

—No voy a volver —finalizó, como si Draco jamás hubiera gritado. Entonces fue Luna quien lo observó con incredulidad.

—¿No te dejan volver? —intentó adivinar. Harry negó de inmediato.

—Yo me fui —recordó obvio—. Después de la final del torneo… no sé, Hogwarts no se siente igual.

—Riddle ya no…

—El problema soy yo —cortó Harry. Respiró hondo y se encogió de hombros—. Ya no puedo estar ahí, yo… no lo sé, no se siente bien. Es como si todo estuviera en ruinas y fuera mi culpa.

Son sus amigos no porque jueguen en el mismo equipo, ni porque lleven las mismas clases, ni porque los conozca desde los once, no, son sus amigos porque entienden, lo escuchan y siempre están ahí, incluso cuando se supone que no lo están. Ellos entienden que ya no se siente como un hogar, ellos serán su familia por siempre, pero Hogwarts está en su posición y ninguno de los dos, ni Harry ni el Colegio, volverán a compartir casilla.

—¿Puedes hacerme un favor, Harry? —preguntó Luna, con sus ojos claros empañados de lágrimas y los labios temblorosos.

—Sabes que sí.

—No dejes de jugar —pidió con una sonrisa triste.

Se sintió mal al tener que ocultar la verdad y sólo decirle "seguro" cuando en realidad no pretendía continuar por las canchas.

Claro que lo que Harry pretendía y los planes del universo no siempre estaban de acuerdo.

Al tercer día, Andy finlmente le había entregado las fichas de los estudiantes a los que les daría tutoría y su horario, se vio obligado a abandonar el taller de Artes para poder cumplir con este, y, además: —¡Quedaste! —exclamó Ron el cuarto día en el Instituto.

Ahora también estaba seleccionado en el equipo de fútbol, y, sin importar que no fuera un titular aún, estaba obligado a hacer alguna clase de novatada.

—¿Quieren que haga qué? —preguntó con los ojos abiertos en sorpresa. Seamus sonrió y le pasó un brazo por el hombro.

—No, no, no, "nosotros" no queremos, tu lo harás porque ahora estás en el equipo —explicó lentamente, ensanchando su sonrisa maquiavélica con cada palabra que salía de sus labios—. Te pondrás tus pantaloncillos de natación e irás al vestidor de las chicas a prometerles que ganarás el próximo torneo, ¿comprendes? Es un pacto de seguridad con las chicas, uno de lealtad con el Instituto y uno de confianza con nosotros. Porque, ¿qué clase de equipo seríamos si no hay confianza?

Harry sabe, serían el equipo de Riddle.

Los pantaloncillos de natación consistían en nada más que unos shorts cortos, tan cortos que seguro se verán sus nalgas cuando salga corriendo. Así que decide no correr, camina con la barbilla levantada y la sonrisa más confiada que puede poner, incluso le guiña un ojo a una chica con mejillas rojas, sólo porque se siente menos avergonzado con la situación.

El vestuario de las chicas huele mejor que el de los chicos, no hay tanto desastre y en lugar de gritos exaltados hay risillas, Harry pretende que se deben a chismesillos y no a su cuerpo descubierto. Tal como Ron indicó, el vestidor general, el que tiene duchas calientes porque se usa después de Deportes, es el que está más lleno; camina con seguridad y se detiene en el umbral. Tarda al menos tres segundos en llamar la atención de las chicas, pero él tarda uno sólo en encontrar la mirada de grandes ojos cafés, completamente atentos y divertidos.

—Señoritas —saludó con su sonrisa brillante—, sólo quería decirles que estoy totalmente comprometido con el equipo de fútbol del Instituto y que no dejaré de entrenar con ellos hasta que ganemos el torneo —recitó con facilidad.

Las chicas soltaron risitas y carcajadas mientras se miraban unas a otras, tal parece que esta novatada no es tan nueva como pensaba.

—Y, sí, disfruten su ducha —finalizó con un guiño general.

Salió de los vestidores con una ola de aplausos, silbidos y carcajadas a su espalda. Harry no corrió ni un centímetro y aún así creyó que tenía la entrepierna descubierta.

—Eres mi héroe —rió Ron—, lo juro. Si Ginny no se burla de tí cuando vengas a casa, no sé qué más podría impresionarla.

Harry sonrió amable ante la afirmación de Ron, no se imaginó que realmente quisiera invitarlo a su casa, o que podría impresionar a su hermana. De nuevo, estaba equivocado.

—¿No te preocupa que haya fotos tuyas rondando por allí? —preguntaron a sus espaldas.

Nuevamente la pelirroja estaba detrás suyo con los ojos fijos en otra cosa que no era su rostro, esta vez miraba su celular con una sonrisa juguetona en el rostro.

—¿Estás mirando una justo ahora, pelirroja? —preguntó coqueto. Ginny levantó la mirada y le sonrió mostrando los dientes.

—No, no necesito ninguna fotografía —rió, estrechando sus ojos para analizar su rostro con detenimiento.

—¿No?

—No —repitió elevando sus cejas—. Si quisiera verte así como apareciste en el vestidor, sólo tendría que quitarte la ropa. O pedirte que lo hagas si te da vergüenza que yo lo haga.

—No lo hace —respondió risueño—. Sería más interactivo. Pero me gustaría por lo menos una bebida, ¿qué dices? No importa el orden.

Ginny relamió sus labios y rió entre dientes.

—¿No te importaría ir en bañador a tomar té?

—Si lo tomaré contigo no será ningún problema.

Hablar con Ginny, tenere ese vaivén de coqueteo, de miradas juguetonas y sobre todo la libertad de hablar, ya fuera de algo serio, alguna broma o flirteos en un nivel más íntimo, se volvió en lo mejor del Instituto; incluso cuando se realizó la prueba de titulares del equipo y Harry fue la apuesta mayor para capitán, Ginny seguía siendo lo mejor que le pudo haber pasado.

—Creo que no le agrado a tu amigo —murmuró contra los labios de la pelirroja. Ginny se acercó para besarlo profundamente antes de mirarlo con el entrecejo fruncido.

—¿Quién? —preguntó genuinamente confundida.

—¿Nath? Creo que le has dicho Nath —respondió con una mueca. No conocía al sujeto, pero sin duda lo había estado mirando de mala forma, como si hubiera tomado su uniforme.

—¡Ah! Es Jonathan, no debes preocuparte por él, capitán, somos amigos desde hace tiempo, sólo está protegiéndome o algo así —rió contra mientras revolvía el cabello azabache—. ¿Estás celoso, Capitán Potter?

—De ninguna manera —afirmó antes de besarla nuevamente.

Ron había tenido razón, había llamado la atención de Ginny, y lejos de portarse como un psicótico hermano celoso, había mirado al cielo y exclamado que los milagros existen, además de murmurar que finalmente llevaría "algo" decente a cenar. De cualquier forma Harry de verdad quiere conocer a Ginny, ha coloreado cada uno de sus días desde que llegó al Instituto y no quiere perder ese sentimiento.

Prediciendo su abrupto enamoramiento, y el callejón al que ha llegado al intentar ocultar el fútbol de sus padres, Harry decide que presentará a Ginny con sus padres antes de anunciar la fiesta por su nombramiento de Capitán. De nuevo.

—¿Estás jugando conmigo? —masculló su padre. Harry suspiró pesadamente y negó.

—Quería decirte pero… Ni siquiera vas a escucharme, seguramente ya decidiste que todo el fútbol es malo —bufó.

—Mi problema, Harry, es que si algo malo te pasa, estoy seguro de que no vas a decirme. ¿Cómo se supone que voy a confiar en tí después de saber que puedes mentirme?

—¡No les mentí! Ni siquiera sabía lo que estaba pasando, ¿cómo debía…?

—Lo que demuestra que no estás listo para una responsabilidad de esta magnitud —rebatió con las cejas elevadas—. ¿Lo ves? De nuevo buscarán usarte y tú no sabrás hacer nada al respecto.

—¡Sólo voy a jugar! —insistió—. No es lo mismo papá.

Sabía que un par de palabras no bastarían para recuperar su confianza, pero al menos bastó para conseguir la fiesta que Ron le había prometido a todo el Instituto. Sus padres trataron con amabilidad a Ginny, Harry tuvo que soportar las sonrisillas de su madre y sus susurros de "¿por qué no me dijiste antes?". Se maravillaron con Hermione, la novia de Ron y con el mismo Ron.

—Sé que a Harry no le gusta presumir, quizá por eso no les había hablado de mi —resolvió el pelirrojo al escuchar que su nombre no les parecía familiar a sus padres.

Las fiestas del Instituto no eran ni por asomo como las de Hogwarts. Ciertamente no había rivalidades en el Instituto como en Hogwarts, donde cada alumno era fiel a su casa hasta que los torneos estatales pedían lo contrario, pero ninguna institución estaba exenta de rivalidades e incluso apuestas. Cerca de las diez de la noche, Ginny le habló de la apuesta del día: quién podía besar a más personas esa noche.

—Y, por supuesto, quien bese al capitán se lleva más puntos —añadió contra su oreja. Harry se rió y la observó con una ceja elevada.

—¿Cuántos puntos llevas? —preguntó con ojos estrechos. Ginny besó sus labios superficialmente y se encogió de hombros.

—Como diez —respondió risueña—. Y necesito que me ayudes a tener más de cien —murmuró con ojos brillantes.

Harry no es absolutamente nadie para interponerse en las costumbres del Instituto, así que está en completa disposición de ayudar a la pelirroja.

Al menos una hora después, todo el mundo está riendo, brindando, besándose, cantando y exclamando vítores al techo en nombre de las artes y el deporte. Harry no les presta mucha atención, cada segundo junto a Ginny vale su completa atención, conversando, riendo y besándose hasta que los labios ya no se sienten suficientes.

—¿Y tus padres? —balbuceó Ginny.

—Arriba —supuso—, no sé, no estoy seguro.

Sus manos están perdidas entre sus prendas, sí, están en medio de un montón de personas, sí, y no tiene idea de donde están sus padres, sí. Bueno, subir sin tener esa certeza no parece una buena idea.

—Espera aquí —pidió. Besó sus labios y subió las escaleras mientras llamaba a sus padres.

No obtuvo respuesta de ellos, pero encontró la puerta de su habitación abierta.

Respiró hondo y entró cruzandp los dedos cruzados para no encontrar a alguien teniendo sexo. No lo estaban. De hecho, sólo había una persona ahí: el amigo de Ginny, Jonathan, y estaba leyendo los periódicos escolares de Hogwarts.

—No deberías estar aquí —masculló con repentina seriedad.

Supuso que no estaba ahí por cuidar de Ginny. Contrario a lo que esperaba, Jonathan no se excusó, lo observó con ojos muy abiertos y murmuró: —Hiciste que te expulsaran.

Harry suspiró imperceptiblemente y observó los periódicos.

—Ya no importa —respondió. Jonathan no dejaba de mirarlo como si fuera una criatura peculiar, en especial cuando su mirada llegó a su frente, a la cicatriz que Riddle le había dejado.

—Él te la hizo, ¿cierto? —preguntó en voz baja. A Harry le pareció más una afirmación así que no se molestó en responder, realmente no quería hablar de ello, mucho menos con él—. Guardaré tu secreto —aseguró soltando los periódicos.

A Harry de verdad se le escapó la sonrisa.

Porque realmente no era un secreto, simplemente no quería hablar de ello una y otra vez. No quería ser conocido por ello, pero realmente no ha podido evitar contarlo, incluso estando fuera de Hogwarts. Entonces, ¿de verdad tenía un secreto?

—No era un secreto —dijo finalmente—. Pero gracias, Jonathan.

Porque aunque no lo fuera, no le correspondía a él divulgarlo.

Sus padres estaban con Sirius, pero se apresuraron a decir que nadie debía tener sexo sin protección. Harry colgó esa llamada antes de que fuera demasiado vergonzosa y tuviera que volver con Ginny con el rostro tan rojo como un tomate.

—Hey, ¿encontraste a tus padres? —preguntó Ginny, con una bebida en la mano y los ojos mirando a las escaleras.

—Sí, no están aquí —resopló aliviado. Ginny rió y besó su rostro con una sonrisa—. ¿Quieres ver algo interesante, tal vez ridículo?

—Jamás me perdería algo con lo que avergonzarte —respondió solemne. Harry rió y tomó su mano para guiarla a su habitación.

El rostro perplejo de Ginny valdría libras. Miraba las paredes con entrecejo fruncido y los labios entreabiertos.

—¿"The Chosen One"? —murmuró para sí misma, como probando el nombre en sus labios. Harry se derretía por volverla a escuchar.

—Así me llamaban en el Colegio, antes de llegar al Instituto —explicó sonriente. Ginny rió bajito y asintió mientras recorría los banderines de sus paredes.

—Interesante —continuó murmurando.

Harry jamás dejó de observar, perdido por completo en las expresiones de su rostro, en cada gesto de sus facciones y en los sonidos de su garganta al leer sus apodos. Entonces se detuvo frente a la cama, dejó de observar las paredes y se sentó, nuevamente volviendo su atención a Harry.

—¿Y bien? —preguntó divertida—. ¿Tendré que quitarte la ropa yo misma o lo harás interactivo, Chosen One?