Disclaimer: El Potterverso es de J.K. Rowling.

Este fic participa en el reto "Amistad random" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black.

Personajes sorteados: Molly Weasley y Andrómeda Tonks.


Sauvetage


1

Una muchacha esbelta sube apresurada las escaleras hacia la torre en que se encuentra la lechucería. Es su cuarto año en Hogwarts y le encanta explorar el castillo, aún más desde que descubrió a este compañero suyo con el que ningún rincón parece inaccesible.

Maldice para sí misma cuando llega lo más alto y las paredes dejan de protegerla del gélido viento. Una ráfaga le revuelve el cabello y siente un escalofrío recorrerle la espalda. Se ajusta la bufanda verde y gris alrededor del cuello sin detener su camino, debe llegar cuanto antes y evitar que nadie la vea dirigirse al lugar.

Cuando llega, se detiene en el arco de entrada a la sala. Posición planeada con antelación, desde fuera de la torre es imposible ver a alguien parado en esa zona. Habiéndose asegurado de no ser vista, pasea la vista por el cuarto. Su expresión pierde toda seriedad y dibuja una sonrisa cuando descubre lo que busca.

—¡Llegaste antes! Creí que esta vez te ganaría.

El chico que la espera en el lado derecho, apoyado contra la pared, lleva una capa con insignia amarilla. Le corresponde la sonrisa y hace el ademán de acercarse a ella. No logra hacerlo. Edward Tonks es un chico bastante torpe. Ni bien ha intentado dar un paso hacia ella, ha apoyado mal el pie y se lo ha torcido, cayendo al suelo en el momento exacto en que un rayo morado ha atravesado la sala e impactado contra un alumno distraído que deambulaba en la siguiente torre, la de Astronomía.

Los dos se miran aterrorizados. Aquel hechizo claramente ha sido dirigido hacia él. Es un mal momento para ser hijo de muggles en el mundo mágico. Desde aquella vez en que el destino hizo que coincidiera con Andrómeda Black en la última carroza a Hogwarts, no ha dejado de recibir amenazas por su condición de sangre, sobre todo provenientes de alumnos de Slytherin. Hasta el momento no se había tomado en serio ninguna; pero ahora Ted Tonks se pregunta si realmente su vida ha estado corriendo peligro desde que se Andrómeda llegó a ella.

—¿Estás bien? ¿Puedes caminar?

Él asiente para no alterarla más. No logra apoyar el pie derecho cuando lo intenta. Andrómeda se agacha para estar a la misma altura, lo toma del brazo e intenta ayudarlo sin éxito. El rubio es sólo un año mayor que ella, pero mucho más alto y la poca musculatura que ha ganado desde que practica quidditch hace que resulte imposible para Andrómeda cargar con su peso.

La castaña se asoma por uno de los ventanales para identificar a la persona que ha atacado a su amigo. Pero en el pasillo este del último piso del castillo, lugar desde el que ha provenido el hechizo, no hay nadie.

—¿Tienes tu varita?

—Sí.

La muchacha lo mira nerviosa y vuelve a levantar la cabeza para mirar por la ventana, luego mira en la dirección opuesta, hacia la torre de astronomía.

—Quédate aquí, ¿de acuerdo? Iré a buscar ayuda para ti y ese pobre chico.

—Está bien. Si logro ponerme de pie y caminar, iré con él, a ver si puedo ayudarlo. Si cuando regresas no estoy aquí, búscanos en la torre de astronomía, o en la enfermería.

—Ten cuidado —la castaña le revuelve el cabello rubio.

—Tú también —sonríe el chico.

Andrómeda va en busca de Slughorn. Ingresa sin avisar a su despacho. Sorprendida, descubre que dentro se encuentra su hermana mayor, conversando con el profesor. Andrómeda, sin mostrar su nerviosismo, les explica lo ocurrido. Evita dar detalles que podrían delatar su amistad con Edward Tonks. Bella clava sus iris oscuros sobre ella, parece querer penetrar sus pensamientos, pero Andrómeda, acostumbrada al carácter de su hermana, la ignora.

El profesor le pide que los lleve con el muchacho atacado.

Cuando llegan, Ted y una chica pelirroja -que Andrómeda no reconoce- intentan ayudar al chico que recibió la maldición. El desafortunado es Robert Burt, un muchacho de Ravenclaw que va en tercer año. Tiene marcas de latigazos en la mejilla y brazo derechos, probablemente también las tenga en el resto del cuerpo del mismo lado.

Slughorn se acerca y examina las marcas, su mueca de disgusto preocupa a los demás. Le pide a Edward Tonks que le explique qué ha sucedido exactamente. Él, sin dirigir su atención una sola vez hacia las hermanas Black, relata lo acontecido sin involucrar a Andrómeda.

—Creo que el hechizo era para Ted, profesor —agrega el Ravenclaw entre gemidos de dolor cuando Tonks termina de hablar—. Había alguien más con él, escuché el grito de una chica cuando el hechizo cayó sobre mí. Tal vez ella vio algo. ¿Eras tú, Prewett? ¿Viste algo?

Andrómeda y Ted contienen el aliento. Molly va a replicar, pero mira a los chicos y luego a Bellatrix. Parece comprender algo cuando nadie se atreve a corregir al chico.

—Sí, era yo. Pero no vi a nadie más.

—Andrómeda, ¿dónde estabas tú? Ninguno de ellos te ha visto y dices que tampoco has visto al atacante. No pretendo acusar a mi propia hermana, pero no imagino dónde podrías haber estado para que ninguna de cuatro personas desde distintos lugares te haya visto.

Bellatrix mira con burla a su hermana. No le ha pasado desapercibida la mirada atónita de la chica Prewett. Comienza a dudar de la versión que están dando.

Andrómeda la enfrenta con dureza.

—Subía las escaleras hacia la lechucería. No había llegado a la mitad cuando vi el rayo atravesar la sala. Regresé sobre mis pasos de inmediato a buscar ayuda cuando escuché los gritos. Por eso no me vieron ellos y tampoco podía ver hacia el otro pasillo, desde donde supongo lanzaron el hechizo.

La tensión entre las dos es evidente, ninguna aparta los ojos de la otra hasta que el profesor toma la palabra.

—Señoritas Black, ¿podrían ayudarme a llevar al joven Burt a la enfermería? Tonks, ¿puedes ponerte de pie? Bien, tranquilo, creo que entre la señorita Prewett y yo podremos ayudarte a llegar hasta la enfermería también.

.

La mentira de Molly Prewett les ha salvado el pellejo.

¿Por qué lo ha hecho? ¿Por qué les ha ayudado? ¿Cómo ha sabido que debía cubrirlos? Andrómeda tiene muchas preguntas y se ve incapaz de encontrar una explicación para todas. No ha dejado de darle vueltas al asunto y no haber tenido oportunidad de volver a hablar con Ted no ayuda a tranquilizarla.

Los Black siempre han sido selectivos y desprecian abiertamente a quienes consideran traidores a la sangre. Durante generaciones, ningún miembro de su familia se ha mezclado con los Prewett. Familia de clase media y fieles defensores de los mestizos e hijos de muggles, nunca les importó manchar el árbol genealógico con mestizos -e incluso muggles- a pesar de haber sido originalmente una familia pura. Nada más opuesto a los ideales Black.

Si escudriñaba en sus recuerdos, la primera vez que reparó en la existencia de la muchacha pelirroja era un ejemplo más de lo desagradable que eran los Black con familias como la suya.

Era su primer año en Hogwarts y estaban llegando tarde por culpa de Narcissa, que había insistido en ir a despedir a sus dos hermanas mayores. A pesar de la hora, caminaron sin prisa hacia el andén, con la elegancia y clase que les confería el apellido. Para su mala fortuna, los hermanos Prewett -los gemelos y Molly- habían tomado el tren equivocado en el Londres muggle. Y su llegada resultó momentos después del de las hermanas Black. Fabian y Gideon estuvieron a milímetros de arroyarlas en su carrera hacia la puerta del último vagón, si no hubiese sido por los reflejos de Andrómeda de tirar de sus hermanas. Los gemelos no se dieron por enterados. Quien tuvo que pagar por aquel casi-accidente fue su hermana. Bellatrix no se metió directamente con ella. Pero Andrómeda aún recuerda sus palabras y aquella expresión de desprecio que lanzó en su dirección:

"Esta escoria es de la que debemos mantenernos alejadas durante el tiempo que pasemos en Hogwarts. Si el director tuviese algo de sentido común, no tendríamos la desdicha de malgastar el espacio con esta gentuza, y tal vez, el colegio sería tan prestigioso como Drumstrang."

Si Molly la había oído, no mostró señal alguna. Erguida con orgullo, pasó por su lado y subió al vagón detrás de sus hermanos sin siquiera dirigirles la mirada.

¿Por qué les ayudaría?

Aquel primer encuentro había sido desagradable. Pero no tenía comparación con los que sucedieron después. Con ese Lord que predica la supremacía de la sangre, el colegio ahora está dividido en dos bandos en los que Andrómeda aún no descubre a cuál pertenece.

Sea cual fuere la razón, Andrómeda se siente en deuda con Molly Prewett. Ya se lo dijeron hace dos años, cuando se perdió en el callejón Knockturn. Una bruja se había acercado a pedir caridad. Andrómeda, desacostumbrada a ver tanta pobreza, se había alejado asqueada. Entonces, otra anciana había aparecido del interior de una tienda oscura y, tomándola del brazo, le había augurado desgracia y deshonor. De todo lo dicho aquella tarde, la muchacha solo recordaba una frase: "Toda esa vanidad te estallará en la cara, niña Black; pero si aceptas tu destino, podrás hacerte de valiosa compañía."

Aunque Andrómeda no había entendido ni la mitad de sus palabras, tenía muy presente aquel encuentro. Se había cuidado siempre de no ganar enemigos, y no se metía con nadie, ya sea sangre pura o hijo de muggles. Su neutralidad, mal interpretada por Ted Tonks, había sido la culpable de que comenzaran esa amistad secreta.

Perdida en sus divagaciones, decide salir a caminar. El sol está por ocultarse. Las clases han terminado. Bella conversa con Rodolphus Lestrange en el sillón central, sobre algo que parece sumamente interesante para ambos. Aprovecha la carcajada que comparte la pareja para amortiguar el ruido que hace la puerta al cerrarla. Últimamente, Bellatrix ha desarrollado un interés inusual en frecuentar los mismos lugares que ella.

Es un alivio tener la oportunidad de perder a su hermana de vista al menos por esa tarde. En busca de tranquilidad, se dirige hacia la torre de Astronomía. Ha olvidado que Molly Prewett es Premio Anual ese año. Debe estar patrullando los pasillos de los últimos pisos para evitar que alguna pareja de adolescentes se escabulla en alguna de las aulas que comienzan a quedar vacías.

Gira el pasillo del cuarto piso a la derecha y la descubre. No está sola. A su lado camina un muchacho pelirrojo, que le muestra emocionado un aparato rectangular transparente que contiene dos círculos negros en su interior. Andrómeda decide que es el momento ideal para agradecer que los haya cubierto.

—…y así pueden oír lo que grabaron. Increíble, ¿no crees? Unos genios esos muggles.

Arthur detiene su perorata cuando nota que Molly ya no le presta atención. En cambio, su novia mira con curiosidad hacia el final del pasillo, donde una muchacha castaña ha aparecido y camina hacia ellos, decidida.

—¿Puedes guardarme sitio en el Gran Comedor? Te alcanzaré en un momento.

Molly le sonríe cálidamente. Arthur comprende que quiere hablar a solas con la mediana de las Black. La extraña interacción despierta su curiosidad, pero se marcha sin proferir palabra.

—Hola, Prewett — comienza dubitativa, Molly la mira expectante—. Solo… quería agradecerte por no delatarme cuando atacaron al chico Burt.

La mayor parpadea y parece debatirse entre preguntar algo más o dejar la conversación ahí. Andrómeda no comprende su silencio, y lo interpreta incómodo.

—Si alguien supiese que era yo la que estaba con Ted… ¡No imagino el escándalo en que me habría visto metida! Ni siquiera quiero pensar en lo histérica que se hubiese puesto Bell-

—No lo hice por ti, en realidad —la interrumpe Molly—. Creo que no te has dado cuenta, pero tu compañía es más peligrosa para Edward Tonks de lo que la suya es para ti. No tienes idea de hasta dónde es capaz de llegar tu familia y los que piensan como ella, por mantener a sus miembros puros. No sé lo que te harían a ti, pero a él definitivamente no le perdonarían la vida.

Andrómeda no sabe qué decir. El tono de Molly ha sido suave, pero firme. Y ha destapado una verdad que intentaba ignorar. No tiene que pensarlo mucho para darle la razón y se reprocha a sí misma no haber sido consciente del peligro para su amigo.

—Gracias por cubrirlo a él. Nunca ha sido mi intención lastimarlo o que él se ponga en peligro— murmura.

Molly suaviza la expresión ante la postura desolada que ha adquirido la chica. Ya no tiene ante sí a la orgullosa hija de los Black, ni a la adolescente altiva; Andrómeda Black se ha reducido a una muchacha que ha abierto por primera vez los ojos y está decepcionada ante la realidad a la que pertenece.

Vacilante, pero dejándose llevar por la compasión que le despierta la muchacha, coloca con suavidad una mano sobre el delgado hombro de la chica.

—No eres como ellas. No tengo idea de por qué o cómo has cambiado de opinión, pero me alegra que haya sido así. Tu hermana no comprendería esta relación que tienes con Ted. Deben tener mucho cuidado. —entonces Molly recuerda a ese grupo de fanáticos y su señor, que están ganando terreno— Y si te importa tanto como parece, puedes serle de mucha ayuda si toda esta situación empeora para los que son como él.

Andrómeda asiente y hace un amago de sonrisa que no llega a sus ojos. No lo sabe, pero gracias a aquella conversación, Molly Prewett ha cambiado la opinión que tiene sobre ella, y aquella simpatía le será de ayuda en años venideros.


2

Una mujer con el vientre abultado atraviesa las majestuosas puertas de Gringotts. Camina sonriente hacia el primer escritorio que la recibe en el vestíbulo del lugar.

—Buenos días —se asoma para mirar al duende tras el mueble, quien la mira por encima de las gafas y la reconoce al instante.

—Buenos días, señora Weasley. Viene por el préstamo, ¿verdad? No hay tanta gente como de costumbre, pero aún deberá esperar un poco —informa señalando una hilera de personas tras un aparador en el extremo izquierdo del banco.

Molly asiente y agradece. Mira la corta fila y se sienta a esperar su turno. Piensa en su pequeño Billy, de un año, al que ha encargado con sus hermanos. Espera que para cuando él despierte de la siesta, ella ya haya regresado a casa.

Veinte minutos más tarde, la cantidad de personas esperando su turno ha aumentado. Dos chicos sentados tras ella llaman su atención. No reconoce las voces, no sabe cómo lucen, ni cómo están vestidos; pero no le gusta nada lo que oye. Es probable que ambos pertenezcan a familias mágicas antiguas y apostaría que apoyan al señor oscuro, que cada día parece estar ganando más ganando adeptos. No se hubiese interesado en ellos, ni en su conversación, si no hubiese comprendido que hablan de alguien de quien lleva años sin oír noticia. La vergüenza de los Black, la hija que escapó con un sangre sucia para casarse en secreto.

—…estarán muy contentos...

Molly finge buscar algo en el bolso mientras escucha con más atención.

—…lleva meses buscándolos sin descanso. Es sorprendente que hayan tardado tanto en ser vistos…

Se pierde en el detalle del adorno de yeso en la pared mientras se concentra en comprender las palabras amortiguadas en el ruido de fondo.

—Sí, sí. Es Covent Garden. Pero dejémoslo ya. No se supone que deba estar contándote esto.

—¿Y a quién se lo voy a decir? Estoy con ustedes en esto.

—No es por ti. Tal vez debería haber esperado llegar a casa para…

En ese momento, le informan que es su turno. Consternada, casi no presta atención al duende que le deniega el préstamo por tercera vez. Regresa a casa en el mismo estado de preocupación, preguntándose si puede hacer algo para impedir el triste desenlace que Bellatrix ha elegido para su hermana.

Sus hermanos le dan la bienvenida con Billy ya despierto en brazos. Ella recibe a su hijo, no puede dejar de darle vueltas a lo que ha oído.

—¿Hubo algún problema en el banco? —se atreve a preguntar Fabian cuando los dos gemelos la notan taciturna.

Aún ensimismada, Molly niega con la cabeza. De pronto se fija en su hermano y frunce el ceño, como descubriendo algo extraño.

—¡Ustedes se reunían con Dumbledore!

Los gemelos intercambian una mirada extraña. No es nuevo para nadie que ellos suelan hacer ciertos trabajos para el director de Hogwarts.

—Pues… sí. Pero ya terminamos con eso, la última vez Fabian casi pierde un brazo.

Mollly sacude la cabeza, espantando la imagen de su hermano sin una extremidad. Prefiere no saber qué hacen exactamente para el viejo profesor cuando éste les llama. En cambio, se le ocurre que tal vez ahora Dumbledore les puede ayudar con el asunto de Andrómeda.

.

Andrómeda se sobresalta cuando alguien llama a la puerta. No suele recibir visitas y Ted está en el trabajo. Por la mirilla descubre un suéter tejido con una gran "G" amarilla, no llega a ver el rostro del desconocido, pero no parece significar una amenaza. Varita en mano, abre la puerta con precaución.

—Buenos días —un alto muchacho pelirrojo la saluda sonriendo con galantería —señorita...

—Señora Tonks. —corrige un muchacho idéntico, apareciendo a su lado. Este tiene un porte más serio que el primero.

A Gideon no parece importarle la corrección de su hermano y toma la mano de Andrómeda para besarla en el dorso. Fabián bufa mientras pone los ojos en blanco. Se disculpa con la muchacha por el atrevimiento de su hermano.

—¿En qué puedo ayudarles?

—Somos Gideon…

—…y Fabián Prewett.

—Coincidimos en Hogwarts, pero eras mucho más pequeña que nosotros.

—Sí, los recuerdo. Son hermanos de Molly Prewett—apremia la mujer, aún algo desconfiada.

—Ahora es Weasley. —luego Gideon pierde la sonrisa y se le ensombrece la expresión— Traemos malas noticias.

Andrómeda los mira esperando que en cualquier momento le digan que es una broma, pero ellos no parecen dispuestos a decir más. Los invita a pasar. Cierra la puerta no sin antes lanzar hechizos de protección, ritual que acostumbra hacer desde que se mudó ahí con Ted, hace algunos meses. Los dirige a la cocina.

—Hemos venido a llevarte.

—¿Cómo?

—A ti y a Edward Tonks. Ya no están seguros acá.

Los gemelos proceden a explicarle la situación. Andrómeda escucha en silencio mientras fija la mirada en la madera de la mesa. Por un momento, se niega a creer que la organización de su hermana los haya descubierto, aquél era su último escondite y el lugar definitivo donde se quedarían ella y Ted.

—¿Cuándo?

—Cuanto antes.

Les pide un momento para asimilar la situación. Sale al salón, mira con nostalgia el lugar al que ya consideraba su hogar y hace de tripas corazón para aceptar su desdicha. Suspirando, gira de regreso para encararlos.

—¿A dónde?

—No podemos decir nada. Deberás confiar en nosotros. Dumbledore nos contactará esta noche en el lugar al que te llevaremos.

—Pero Ted no sale de trabajar hasta las siete.

—Una compañera nuestra está en camino. Nosotros te llevaremos a ti y lo que desees llevar, y ella se quedará a esperar a Ted, nos alcanzará cuando eso suceda.

En el preciso momento en que Fabian termina de hablar, el canto de un mirlo resuena en la puerta.

—Esa debe ser Emmeline.

La recién llegada es presentada por Gideon. Hufflepuff y extrovertida, buena amiga de los gemelos desde su tercer año en Hogwarts, en que les tocó compartir pupitre en clase de Aritmancia. Emmeline Vance toma la palabra y le explica que está siendo entrenada para ser Rompedora de Maldiciones para Gringotts. A Andrómeda le basta la sonrisa confiada de la chica para comprender que tiene experiencia en duelos y en defensa contra las artes oscuras. Ted no quedará desprotegido.

Acepta ir con los gemelos.

Dos horas más tarde, Bellatrix Lestrange se aparece frente al hogar de su hermana. Desquiciada y con sed de venganza, ordena con fiereza que los mortífagos que la acompañan no se acerquen. El privilegio de terminar con el matrimonio Tonks es solo suyo.

De haber llegado solo minutos antes, habría encontrado a Emmeline Vance ayudando a Edward Tonks a empacar sus últimas posesiones. Afortunadamente, Ted ha resultado ser muy eficiente en situaciones bajo presión, no ha puesto pegas y ha armado una maleta con rapidez. Ahora se encuentran a kilómetros del lugar, en casa de los Weasley, en compañía de Andrómeda y los gemelos.

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Dos días después, Dumbledore envía un patronus confirmando que podrán ocultarse en casa de un viejo amigo suyo, en las profundidades de Escocia. El sol ya se ha puesto y vendrán a llevarlos en la madrugada, cuando aún sea de noche. Ted ronca a un volumen moderado. Andrómeda, a su lado, ha despertado y no puede volver a dormir.

En las cuarenta y ocho horas que ha pasado ahí, ha ayudado a Molly con las tareas de la casa y con Bill. Se ha encariñado con el pequeño y no ha podido evitar emocionarse al imaginar al hermanito que viene en camino para el niño. Resignada a no volver a pegar el ojo, se ha levantado de la cama. Baja las escaleras a la cocina por un té caliente.

Se extraña cuando nota encendida la luz del porche. Se acerca con la intención de apagarla, pero cuando llega a la puerta, descubre a Molly sentada en un sofá exterior que parece bastante cómodo. La pelirroja tiene los ojos cerrados y parece bastante concentrada en controlar el ritmo de su respiración. Andrómeda nota el agradable olor a incienso de lavanda y siente cómo la tensión que siente sobre los hombros desaparece. Inhala profundamente.

—Agradable, ¿verdad?

Andrómeda da un respingo y se vuelve hacia Molly, quien la mira con las comisuras de sus labios curveadas hacia arriba. Continúa hablando con suavidad.

—Es incienso traído de la Península Arábiga. Emmeline trajo un poco hace dos años, cuando estuve embarazada de Bill. Es bueno para aliviar los dolores musculares y ayuda a disminuir la ansiedad. Pero tiene una peculiaridad: solo funciona en mujeres embarazadas.

Tras decir aquello, le dirige una mirada significativa. Andrómeda se muerde el interior de la mejilla, luego se sienta junto a Molly en el sofá.

—Lo supe hace algunos días. No se lo he dicho aún a Ted. —confiesa masajeándose el puente de la nariz— Sé que es mala idea… en nuestra situación. Pero, ¡realmente quiero esto! Y estoy segura de que Ted no se opondrá, en realidad, ¡creo que lo haría muy feliz! No sé qué tanto nos va a afectar, o si es una condena sabiendo que somos fugitivos y que Bella nos busca. Eso es lo que no me deja dormir, todo el tiempo pienso que en cualquier momento nos encontrarán y entonces habré traído a un bebé al mundo solo para satisfacer la sed de sangre de mi hermana.

Con un movimiento de varita, Molly recarga el incienso.

—Es un camino difícil, no te lo voy a negar —contesta risueña— Pero el amor por un hijo nos convierte en lo que nunca pensamos que podemos ser. Los problemas no desaparecerán cuando tengas a tu pequeño en brazos, pero sí te impulsarán a ir contra todo y vencer a lo que te detiene. Y Ted… estoy segura que la noticia lo volverá loco de alegría, tiene madera para padre.

Ante la imagen de Ted con un bebé en brazos y la infinitud de posibilidades de que algo salga mal, con lo torpe que es; ambas mujeres comparten una carcajada. Así, las horas pasan con Molly contando anécdotas de su primer hijo y Andrómeda sonriendo con dulzura ante la idea de vivir ella también lo que escucha.

A las cuatro de la mañana, Albus Dumbledore se aparece en el campo que rodea la Madriguera. Andrómeda ingresa a avisar a su marido que es hora de marcharse, Arthur les ayuda con la única maleta que llevarán. Gracias a algunos amigos suyos en el ministerio, Dumbledore ha conseguido un traslador para la pareja. Una vez fuera de Londres, los registros del traslado serán borrados. Les explica el largo camino que deben seguir para llegar hasta la montañas y luego para tomar el camino escondido que los llevará hasta una casa de madera oculta en la vegetación. La pareja Tonks le agradece.

Cuando han terminado de desayunar, Arthur se lleva los trastes a la cocina. Ted y Dumbledore salen hacia el jardín, quedan diez minutos para que se active el traslador. Andrómeda se excusa mencionado que ha olvidado algo en la mesilla de noche, regresa a la habitación que la ha acogido ese par de noches y regresa al salón, en busca de Molly.

Se acerca a ella.

—Molly —le sonríe tomándola de la mano— no imaginas cuánto te debe mi familia.

La mencionada tiene una expresión perpleja, Andrómeda le ha deslizado un objeto pequeño, pero pesado entre las manos. Abre los ojos sorprendida cuando la suelta y deja a la vista un precioso medallón de plata entre las manos mientras la mira con gratitud. Descubre el emblema de los Black grabado en miniatura y una piedra roja incrustada en la parte superior.

—Tiene magia ancestral de protección—explica antes de marcharse—. El rubí solo es rojo cuando reconoce descendientes Black puros. Llevaba semanas sin color, luego descubrí que estaba embarazada. Sin embargo, cuando llegué aquí y Bill señaló la piedra, volvió a tornarse carmesí. Creo recordar que la madre de Arthur fue una Black, el medallón no nos deja de reconocer por ser borrados del tapiz, fue creado mucho antes; pero al parecer reconoce a hijos de muggles y mestizos.

—Pero, no puedo aceptarlo… es demasiado —replica Molly tendiéndole la mano con la reliquia.

Andrómeda le cierra la mano y le sonríe.

—Quédatelo. El medallón ha reconocido a tus hijos, se asegurará de llevarlos a la mayoría de edad sanos y salvos. Ahora les pertenece. Y si no funciona, siempre puedes venderlo a un coleccionista de reliquias, pagarán muy bien por él.

Molly la abraza. En serio espera que Andrómeda se mantenga a salvo.

—Significa mucho para nosotros —luego afirma con convicción— Volveremos a vernos cuando todo haya terminado. Les irá bien, los mortífagos no podrán encontrarlos.

Andrómeda regresa con Ted y Dumbledore. Asiente cuando su marido le pregunta si ya está lista. Comprende que la desdicha augurada por aquella bruja en el callejón Knockturn ya se ha cumplido. Confía que, en adelante, su destino ya no estará manchado por las palabras de esa vieja mujer.

Coloca una mano en el traslador y mira por última vez a Molly con Billy en brazos. Gracias a aquel medallón, la fortuna se inclina a favor de los Weasley durante más de veinte años. A pesar de vivir ajustados, no pueden decir que lleguen a pasar verdaderos aprietos económicos.

No vuelven a verse cuando Voldemort desaparece en 1981; pero vuelven a verse unidas al finalizar la segunda guerra mágica, compartiendo el dolor de perder a un hijo.