CONSIDERACIONES SOBRE FLASH

(RAPIDÍSIMAS NOTAS SOBRE EL VELOCISTA ESCARLATA)

Barry Allen es, a este asunto, poco relevante, un olvido. Por supuesto, eso significa que es el principal eje del relato. El todo es igual a la nada, es lo que se pretende comprobar en este ejercicio textual una mañana fresca, silenciosa pero aun así lenta, sin mayor expectativa humana. Aquella máxima puede ser traducida a un punto es igual a todos los puntos, hablando en lo referido al explotado y manoseado Espacio-Tiempo. Todos los días son el mismo día, o todos los segundos es un solo segundo, el mismo segundo siempre. Todo algo, algo cualquiera.

No. Definitivamente no es esta la forma en como quiero empezar este relato.

Cuando se es uno poco ávido a la inflexión filosófica disfrazada de comentario suelto, la revelación sumaria envuelta en los paños de la vaguedad y un poco lo ordinario, es preferible no forzar la letra. Se recomienda entonces un acercamiento diferente en la tentativa constante de hacer un cuento. Esto es, pues: un acecho al tema del cual se quiere hablar. El tiempo es ese misterio que deviene en todo momento de la existencia –maduración de la temporalidad, dirá algún filósofo para salir del paso-, cuya pregunta puede permanecer bien sin ser formulada por el vulgo, pero que para fines fenoménicos evoca aquí una tosca metáfora materializándose en El Velocista Escarlata.

¿Comenzar por exponer las reflexiones de Heráclito frente a los ríos al referenciar ese movimiento de la mirada atrapado en el movimiento de las corrientes, cuando ya lo hacen otros cuentos -mejores que éste- y numerosos poemas monumentales? ¿Cómo competir contra Borges o Blake? ¿Qué tono podría utilizar sino la ironía que domina el arte sutil, nuestra época? ¿Empezaremos, entonces, por enumerar los hechos que en suma consecutiva convirtieron a un joven detective forense de soleada cabellera, funesto pasado infantil, asertivo amor pre-matrimonial, en el reconocido «hombre más rápido del mundo»?

¿No comparte acaso su apodo con algún par de mutantes todavía no expuestos, un reconocido líder Shinobi en alguna parte del golfo de Manchuria, varios japoneses y tal vez alguna que otra mujer? ¿No es una moderna inflexión de Maratón, o la actualización de la mitología de Mercurio –ya ocupado, por cierto-? ¿No es por ello más distintivo «Relámpago Humano»? Ni siquiera Flash es único, pues existió uno antes que él y habrá dos una vez él desaparezca. Suponemos, no obstante, que su condición es irrepetible. Algo irónico en el hombre de las infinitas imágenes, cuyas moléculas se encuentran en constante estado taquiónico.

Para explicar esto, deberemos hacer una pequeña digresión científica.

El Taquión. Los taquiones son partículas capaces de viajar más rápido que la luz en el vacío. Esta premisa significa poco para el desinteresado en las cuestiones de la física y la cuántica, empecinadas por destripar floridamente las bases de nuestra realidad. Es un principio meramente teórico que no ha alcanzado todavía una expresión matemática realista, y más aún, no ha sido observado jamás. El motivo es fuerte, pero tal vez no implícito. Las condiciones para la recreación de un hipotético experimento exigirían que fuésemos capaces de sustraernos del universo. En el primero de ellos, el más simple, en un giro de la condenadamente famosa ecuación relativista para la Energía cinética de Einstein (E = mc2/ ), donde para conseguir un resultado de Energía real, la materia usada tendría que ser imaginaria.

¡¿Materia imaginaria?! ¡Mierdas! Dirá el lector atento.

Y de alguna forma esquivamos tanto la cuestión que terminamos volviendo a ella. La bendita pretensión seudo-científica. ¿Qué manía puede la de hablar de cosas que no entendemos? ¿A qué aspiramos en esta hoguera de vanidades, qué esperamos en la sórdida parada de la vida intelectual? Pero la poesía ¿no será en general, independiente de su historicidad, la forma de referirnos a aquello que nos aqueja, nos es tan propio y a la vez tan ajeno como la realidad en la que vivimos y que estamos fastidiados a no comprender? Debería haber un punto de separación, una marca del imposible retorno.

¿Y si arrancamos con una situación ordinaria de la vida cotidiana pero revestida de un fuerte simbolismo hasta el borde del forzamiento?

Barry Allen apreciaba las noches en las que podía salir con los compañeros a tomar unas birras y lanzar unos dados. Ese juego era sin duda el de sus favoritos. No tanto por la victoria propia o la derrota ajena, ni siquiera por la insípida apuesta, sino por el ostentoso elemento del azar que definía el juego, sin importar habilidad o experiencia. El no saber, el encontrarse en un verdadero punto de incertidumbre era lo que revestía este vulgar entretenimiento como una puya filosófica que pasaba por la mente de Barry cosquilleándole los axones.

Luego, volvía a casa con el estómago pesado. Aunque se llenaba de ideas en el camino, alcanzaba su habitación con las fuerzas solo para desvestirse y tumbarse. Más de una vez, en los silencios de la radio, se percató de lo rápido y fútil en que se había tornado el ritmo de su vida. Un día se extinguía en un suspiro, en una frase mal hecha, en una mirada esquiva, en una lectura atenta, en una canción del walkman.

De niño más bien el mundo era tan nuevo que le faltaban horas al día para terminar de descubrirlo. La luz entre las hojas del fresno, la textura de las cortinas, los olores de la alacena, el miedo del pasillo oscuro, la mera incidencia del sol en el rostro era un momento que lo suspendía para siempre. Todo eso también lo cansaban mucho, sí, pero la fascinación de esas nuevas experiencias casi todo el tiempo tenían su mente en constante reverberación. Ahora todo parece demasiado obvio.

¿Es este un mejor inicio? ¿Debería eliminar la parte primera entonces? ¿O desplazarla, ajustarla, volverla broma? Pensándolo mejor, ¿no tendría mejor sentido dejarla así, si finalmente terminarán leyéndola antes o después? ¡Consecuencia!

Sigamos:

El resultado de balancear una ecuación con materia imaginaria se encontraría casi bajo una lógica onírica. Mientras más disminuimos la energía, más aumentará la velocidad, y más energía emitirá. Al alcanzarse la velocidad infinita, la energía será cero. La partícula desaparecerá, será fantasmal. La ontología, cuestionable. El mundo, pura abstracción. El tiempo, una ilusión de incredulidad. Por suerte para la estabilidad del tejido universal todavía no se ha visto algo como los taquiones, aunque sí de refilón algunos comportamientos taquiónicos; el principal de ellos, Barry Allen.

¡No, sigue enredándose y no empieza, no! ¡Qué carajos!

¿Por qué no explicamos mejor –con sobrados ejemplos- las habilidades de Barry Allen, alias Flash, alias The Flash?

Al dormir, su mente no dejaba de trabajar y de llevarlo por aquí y por allá. El pensamiento lo transportaba, reaccionaba con automatismo al impulso, hasta que consiguió ponerle orden a sus ideas tras una meditación exhaustiva en un encierro de anfetaminas y tranquilizantes. Ello trajo consigo espacio para su vida. De pronto, tenía tiempo para todo. Terminó de ver todos sus VHS en pocos días, acelerados, pinta su departamento y los de todo su barrio, llamó y canceló muchas citas, y concluyó esas docenas de novelas abandonadas. Mucho se habla de sus logros en la lucha anti-criminal, poco de su prolífica producción literaria, su irrebatible récord de 3546 libros publicados en tan solo diez años. El campo literario lo apodó El terror filológico, por la avalancha de imitadores que aprovechaban un mercado infinito.

Hecha la ley, hecha la trampa, diría Fosco Maraini (1912-2004), referido exclusivo al orden moral, pero en nuestro híper-tiempo podemos incluir a la Ley Física en el refrán, pero en un sentido herético. El hombre hace la Ley Universal y el Universo la rompe con Flash1. Así como la Ley Política de Flash será asaltada por los pendencieros Villanos del Dogma 95.

Que congelarle el piso, que confundirlo con espejos, que soltarle gas. Un tonto intentó decapitarlo con un hilo de acero en mitad de la acera. Un motociclista no-culpable pagó el precio de tan poco ingenio. Nada funcionaba, y parecía estar más listo todavía para las nuevas trampas. Sus enemigos, decepcionados, recurrieron al alcohol y los fármacos. ¡Pero es que era hasta imposible saber dónde estaba exactamente! Se le reportaba en algunos lugares cuando todavía estaba en otros, entablando entretenidas entrevistas. Podías creer que hablabas con él y de pronto, solo una imagen especular te saludaba, una aberración cromática se reía de ti.

No dejaba de comer los panqueques y una vez hubo lamido toda la azúcar y la harina del plato metálico, fue a vaciar el refrigerador y los armarios.

—Hola, Linda —se mordió un poco la lengua, pero terminó por ceder—. Sabes, Barry está muy raro, acabo de hablar con él y...

—Espera, Iris —cortó—. ¿Dices que acabas de hablar con él? Pero si ha estado aquí toda la mañana...

Era un extraño remake del Principio de Incertidumbre.

Otro uso ingenioso del léxico científico podría ser su Efecto Túnel. No entendamos esta como la capacidad de atravesar objetos sólidos con la vibración de sus moléculas2 –algo que siempre demostraba en sus presentaciones, aunque le asustaba mucho hacer-. Flash, al igual que algunos electrones saltarines, era capaz de aparecer al otro lado de una división especial contra la que se lanzase. No hablamos de atravesar o ser veloz, sino de básicamente Tele-transportarse. Tras comprimir el espacio y el tiempo, se aparecía al otro lado de la pared. No parecía tener un control preciso, pero hasta ahora no había sido emparedado molecularmente por un muro, cada vez más gruesos.

El MIT intentó hacer pruebas, aprovechando la observable escala, de cómo ocurría exactamente este fenómeno que tan preocupado tenía al bueno de Barry Allen, ya con problemas para dormir y sospechas de infidelidad. Sin embargo, ante los observadores algo parecía ir mal. Flash no era capaz de moverse a voluntad, o aparecer al otro lado de una habitación. Era como si sus moléculas, celosas de ser espiadas, se resistieran, se esforzaran por conservar el misterio del universo.

Para los científicos podía haber una explicación: Barry Allen se comportaba como partícula tanto como onda. Se interfería a sí mismo, se tropezaba con sus fantasmas, encadenados en una infinita red de referencialidades. Ya que estaba por ahí, quiso que le explicaran sobre el Bosón de Higgs, pero le revelaron que él había sido el mayor aporte a la teoría. Se frotó las manos sobre un frasco, soltando electrones, y se retira hace una hora. ¿Y qué más, ahora, ya, o antes?

—Definitivamente tu velocidad va aumentando —el Profesor Wells asintió con preocupación solemne.

—Ya, eso es bueno, ¿no?

—Eres geométrico, Barry, no cuántico. Tu velocidad podría seguir aumentando, y aumentando, y quién sabe qué límite podría tener... —Barry no pareció perturbarse—. Te lo explico así: Imagina las pruebas de velocidad centrípeta que hacen los astronautas. ¿Recuerdas que siempre vomitan? Bueno, tú serías el vómito. ¿Entiendes? Podrías terminar como una gelatina en el piso, tus moléculas no podrían dejar de moverse, imposibilitando que mantengas tu cuerpo sólido.

—Vaya. Pero, Profesor Wells... Yo ya soy incapaz de mantener mi identidad...

Flash bien puede ser excepcional, pero no es la excepción.

Ni escapa al pulso universal.

¿Y ahora?

Una tarde, observando el ocaso, Barry Allen (1964-XXXX) se dio cuenta que el día le duraba 25 horas. Claro, es un decir. Al principio era imperceptible, pero se fue dando cuenta que las paradas del semáforo eran más insoportables, que la tostada tenía miedo a salir, que las parejas se amaban más despacio. Y llegaba temprano a los lugares, por mucho que se esforzara en salir tarde. Y le exasperaba la lenta vocalización de todo mundo, y veía la conclusión a mitad del proceso, y se aburría de toda sorpresa.

—Has cambiado mucho... —Iris lo abrazó por detrás, bajo el velo de la nocturnidad y por debajo de esas sabanas de algodón no conductor.

—Nunca soy el mismo —susurraba él, y querrá decirle todo lo que se le amontona en la mente y olvida tan de repente para luego volver. Querrá decirle que los detalles del mundo lo están volviendo loco.

Querrá decir algo, pero la boca, esta noche eterna, no le iba.

A la mañana siguiente, su agenda estaba reventando a las 9.

¿Cómo es posible entonces la existencia de un hombre taquiónico como Barry Allen? ¿Cuál el origen de Flash (1985-2000)? El origen podrá ser misterioso, pero no místico. El accidente que de alguna forma dio principio y fin al conocido como Dr. Manhattan podría encontrarse en el centro de la explicación sobre la sustancialidad de The Flash. Y tal vez su omnipresencia temporal –calificada por sus psicólogos como motivación de su alejamiento emocional- no sea tampoco ajena.

Pero antes, ¿qué hay de sus amigos, la Liga de la Justicia de América?

En su primera carrera, Flash superó solo por poco a Superman.

Y 3 años después, no había comparación posible. El escarlata le terminaba de dar la quinta vuelta al mundo cuando el súper hombre apenas salía del condado.

Los filósofos clásicos denunciaron que, a pesar de la sutil ventaja dejada cada vez con mayor notoriedad, Flash jamás podría alcanzar a Superman por lo que la competencia no tendría sentido. La demostración era por negación. Se podría expresar como: El mejor nunca gana porque el mejor nunca compite. Filosofía de excusado, llamaba Allen. Superman se esforzaba por alcanzar a Flash, pero Flash nunca hizo el mínimo Trabajo, hablando con bata.

Su encuentro con Green Arrow –un meditado y adinerado Oliver Queen- sería una interesante rememoración de la paradoja del Movimiento de Zenón de Eleas. No le fue difícil caminar tras esa flecha que rebanaba el viento, observarla en sus millones de detalles, y finamente cogerla. Los facilistas quieren demostrar de este encuentro la inexistencia –o imposibilidad existencial- del movimiento. Los atentos atisbarán sobre la interpretación poco convincente, y puede que hasta falseada, de Allen, por no hacer sentir mal a Queen, su amigo de toda la vida, cuando apenas empezaba a conocerlo.

Una persona normal es capaz de ver el mundo a través de imágenes estáticas que a través de la percepción cerebral aparecen con la fluidez del movimiento real. El engaño del séptimo arte en nuestro cerebro, nuestros ojos ya superados hace mucho por las cámaras digitales todavía no inventadas, incluso por el ojo de la radiación o las ondas magnéticas. La tasación de esas imágenes es de 30 a 45 por segundo. Algunos aviadores profesionales han sido detectados con una tasación de 220. Barry Allen llegó a ver el mundo en 60 000 FPS.

Flash, tras los eventos de Kingdom Come, alcanzó velocidades relativistas. Pero estaba lejos de ser la prueba del relativismo universal. Más bien, no terminaba de escapar de los márgenes del Universo, del imperio de su determinismo. Aunque su velocidad siguiera aumentando y todo de pronto le sabía a poco, ya no había para él pasatiempos porque todos se reducían hasta el casi cero, nulificando su impacto en el mundo. Al final, después de un tiempito lo supo, él sería nulificado por esa misma fuerza que había creado. La Speed Force –así se habían empecinado en llamarla los científicos que sí o sí quisieron racionalizar al ficticio Flash- acabaría por devorarse, y Flash, borrado estaría.

Luego, Barry Allen se casó con Iris West, el amor de toda su vida. Su hijo Bart estaría condenado a seguir los pasos de su padre. Para entonces, poseído por una claridad alucinante, Flash se adelantaba a los acontecimientos y metía presos a los futuros criminales. Toda casualidad asumía la forma de una cita predestinada y él lo asumía con normalidad. En su concepción mental, todo iba descompasado y él, el espíritu sincrético, atravesaba la Historia y nos revelaba la vacuidad del destino que se encaminaba a cumplir en su negación taquiónica. De pronto, las consecuencias antecederían a las causas. La calle estaba mojada antes de llover. Es el absurdo de toda absurdez. Para intentar contenerlo, no pensaron en otra cosa que un Museo, cuya inauguración hubiera sido saboteada por los Villanos sino no fuera porque The Flash les dedicó una corta visita esa misma tarde.

¿Seguiré buscando ese inicio, ese principio fundador, esa palabra adánica, escarbando para desenterrar ese motor histórico?

—Soy un niño atemorizado ante la inminencia de la muerte.

—¿Qué dices ahora? —Iris levantó los ojos enrojecidos de lágrimas que no habían salido aún.

—Ya, ya he muerto muchas veces —concluía viéndose al espejo, hecho polvo del hombre y hombre del polvo—. Todos los días reinicio.

—¡Por Dios, Barry! ¡Basta ya! —estallaba ella y rompía los platos y los vidrios saltaban por su pelo. Ya no aguantaba nada casi nunca, renegaba por todo. Tenía los nervios hechos trizas. Y empezaba a llorar. Y Flash comía, despacio, sin interés en atorarse. Al final, ella lo abandonó, se llevó a los niños y el auto, y él no lo vio venir, ¿o sí lo hizo y simplemente desistió en sus intentos de impedir lo inevitable?

Para él, cada mañana era un hoy. Todo un inacabable presente, una totalidad irrazonable, llena precisamente de datos fríos y muertos. Sabía bien, y supo también cuándo partiría él y cuándo llegaría a Katmandú, un viaje eterno hasta la Habitación del Tiempo y la Mente, donde conoció al inmortal Moebius, de quien no se despide nunca. Y Moebius le dio el pase al Mar de Dirac, y pudo ver, con una lágrima destilada, cómo la materia y la anti-materia se fundían para crear la nada, y cómo, en el sentido contrario, la nada daba lugar a la materia y a su reflejo inverso, su contrario y complemento, su invisible sombra, la anti-materia.

En ese momento se dio cuenta que el único hecho que antecede al Origen del Universo es su propio final. No es una secuencia, es un círculo que se cierra y no deja de rodar en sus derivadas. Así, principio y fin solo eran reflejos de un espejo prístino, idénticos en toda su fenomenología piadosa, y Flash entendió que si los dos extremos del lazo cósmico se fundían en uno entonces ya todo estaba dicho. Ya todo había sido. Ellos tan solo vivían las proyecciones virtuales de ese Tiempo Primigenio, donde ya todo estaba y era.

Y Flash se fue convirtiendo en un eco. Quedaría congelado en la relatividad del espacio-tiempo, condenado por violar las leyes del Universo, y obligado a ver, que ese gran Mundo que defendió, entretejido de amores jóvenes, inocentes ancianos, y odios nacionales, rencores de sexo, reyes y ladrones, leyendas y rumores, esa suma de religiones fariseas e ideologías postmodernas, todas esas civilizaciones y culturas con sus propias filosofías arriesgándose a comprenderse, todo ese Mundo lleno de pretensiones privilegiadas y solidaridad transcendente, era apenas un instante insignificante, una coma en el infinito Atlas del Universo, el Universo, un destello y el tiempo, su medida, inexistente. Y con ese conocimiento se convirtió en el todo, estuvo en todos lados, y a la vez en ninguno, consagrando la nada. Con su velocidad infinita, con su energía cero, está como nunca vivo, siempre muerto, superponiendo sus estados latentes y vibrantes, espía total, inútil divino. Siempre el mismo instante, no pasaría el tiempo.

Así se corrigió.

E inició, así, una nueva cuenta.

Tras su desaparición, se construyó una tumba simbólica para él. Solo enterraban el aire y algún recuerdo. Bajo un reloj de arena que nunca cesaba de caer, se leía la inscripción:

BARRY ALLEN

(¿?-XXXX)

As if you could kill time without injuring eternity,

Henry Thoreau.

1 El Editor ha insistido en otorgarle un juego chusco, pero queda de más aclarar que el Universo 2D es más flexible, gomoso, insufrible, dado al SMIRG.

2 Aunque, sin duda, ha quedado grabado en el lenguaje común este nombre asociado a esa habilidad porque, siendo sincero, era más exacta, más chévere.