Este fic pertenece a la #Kiriasuweek2020

Fecha:03 de Octubre.

Tema Escogido: No puedes comprar mi amor.

AU

|Princesa|

Estaba usando la pantalla de su móvil para colocarse el lápiz labial, cuando el timbre del ascensor sonó, indicándole que podía subir.

Pero cuando estaba a punto de poner el pie dentro de la cabina, una voz ronca que usualmente le erizaba los cabellos de la nuca en desagrado, la frenó en una pose extraña; con su pie en alto como si fuera bailarina de ballet.

—Buen día princesa, te ves muy bien hoy.

Alzó los ojos sabiendo que toda su buena predisposición ya se había evaporado. Cómo supuso, allí estaba el causante de su malhumor matutino.

Kazuto Kirigaya.

Genio tecnológico de 25 años, altura promedio, cuerpo de deportista que lucía muy bien en traje de oficina. Salvaje cabello negro y ojos grises que según su estado de ánimo variaban a distintas sintonías de azul.

—Hey ¿Dónde vas? Podemos compartir el ascensor, vamos al mismo lugar.

Asuna había dado la vuelta, dispuesta a ir por las escaleras. Al parecer sin importarle que se trataban de 10 pisos y usaba stilettos.

—Es más saludable hacer deportes —respondió a regañadientes. Y luego se maldijo por haberle respondido.

El joven se rió —Tú te lo pierdes preciosa. Me tenías todo para ti…

No terminó de oír sus infames palabras, el ascensor se apiadó de ella y cerró las puertas, sepultado dentro la respuesta del bromista.

Los tres primeros pisos los subió a buen ritmo. Pero conforme pasaba el séptimo, empezó a agitarse. Sus pies pesaban el doble y el taco aguja que usaba no ayudaba.

Maldito seas Kirigaya.

Tenía ganas de gritarlo a los cuatro vientos. Lo detestaba terriblemente desde que estaba en preparatoria. Él cursaba su anteúltimo año cuando ella ingresó con todas sus esperanzas de niña a la escuela. Y desde entonces la hizo objeto de una osada persecución, primero por ganarse su amistad y luego, según sus propias desvergonzadas palabras: su amor. El que fuera la hermana menor de su mejor amigo de la escuela, no le hizo desistir en su afán de molestarla, Kou hasta parecía alimentar el capricho que el joven de cabello negro tenía con ella.

Por supuesto cuando este se matriculó en la universidad pensó que se había librado de su molesta presencia y se olvidaría para siempre de su palabrería barata. Todo lo contrario. La cuota de ausencia hizo lo suyo y cuando volvió a verlo, más varonil, más guapo y más inteligente que nunca, se la pasó declarando que no pasó un solo día bajo el sol, sin que la tuviera presente en sus pensamientos.

A cualquier chica romántica que se precie de serlo, le hubiera parecido una grandiosa confesión de amor, pero no para Asuna que tenía los pies bien plantados sobre la tierra. Podía ser un poco ingenua, pero no para creer a hurtadillas todo lo que un guapo casanova le susurrara al oído.

Porque ese era el concepto que la joven tenía de él. De él y del resto de los amigos de su hermano. Nunca le tomó en serio, porque, así como crecía su amor por ella, crecía su fama como Don Juan.

Era obvio que solo era un entretenimiento pasajero. Uno que se estaba alargando considerablemente con los años.

Asuna terminó la escuela, y siguiendo las raíces familiares se metió en la universidad para estudiar administración, si bien ella no iba a heredar el puesto de CEO en la empresa de su familia: RECT inc, deseaba contribuir de algún modo con el legado. La sorpresa vino después; cuando su hermano se graduó, empezó a trabajar a la par de su padre como aprendiz, y no solo él... Kazuto también estaba allí.

Promovió su carrera tecnológica con un promedio de 10 redondo y casi fue obvio que Shouzou se aventara a ofrecerle un puesto, a la par que entrenaba a Kouchirou para que le sucediera en la presidencia algún día. Ambos jóvenes tenían un brillante futuro y podían hacer crecer el nombre de la empresa hasta niveles insospechados. El señor Yuuki conocía a Kazuto y cual diamante en bruto, sabía del potencial inexplotado que este tenía.

Así que cuando Asuna avanzó lo suficiente en su licenciatura, presentó su propio proyecto económico en la empresa familiar, con la esperanza de que la tomaran como pasante. Lo cual, por supuesto, ocurrió. Y allí, los tiempos de escuela volvieron con tanta fuerza como si le hubieran abofeteado ambas mejillas.

Ya no se cruzaba a Kazuto en los pasillos de la preparatoria, sino en los lujosos corredores de RECT, y el asedio infantil de aquel entonces, se convirtió en la titánica tarea de negarse a sus variados intentos de conquista a diario. Ya no eran los adolescentes de esos años, ahora con 22 y 25 años respectivamente, el joven podía dejar muy en claro lo que ansiaba. Y que casualmente la tenía a ella como objetivo.

Lo gracioso era que Asuna parecía ser la única con los ojos lo suficientemente abiertos como para ver las verdaderas intenciones del joven, que para colmo de males era una especie de sub gerente. Un puesto en un nivel más abajo que el de su hermano Kou, y para su desgracia, su jefe directo en teoría.

Kazuto tenía fascinadas a todas las secretarias, las telefonistas y las camareras que servían en el radio próximo a su oficina. La pelirroja sabía que le bastaba con chasquear los dedos, para que una fila de exuberantes trabajadoras expusiera sus encantos ante él.

Pero otra vez, ella era la única consciente de eso. El resto de administrativos y socios estaban encantados con él. ¡Hasta su propia madre, Kyouko Yuuki, célebre por su indiferencia y por ser el terror de los empleados, había sucumbido al encanto del joven genio!.

¿Pero qué tenía él que hechizaba a todo el mundo? Asuna no deseaba saberlo. Por su parte, la relación que tenían era estrictamente laboral; aunque era divertido darse cuenta que mientras la joven le ponía un freno, su propia familia lo había adoptado como un hijo más. Le amaban. Como abejas rondaban en torno a él como si fuera miel silvestre.

Asuna terminó de rememorar su desgraciada vida desde hacía seis años, cuando llegó a la oficina de su padre, sin aliento y con la frente sudada como si hubiera corrido una maratón.

Ya todos estaban ahí, sentados en torno a esa mesa larga y amenazante. Kazuto también, aunque fingía leer unos apuntes, sin duda los enunciados que había preparado para la reunión. La sala de juntas estaba en silencio y todos los pares de ojos, excepto uno, se giraron hacia ella.

—Genial, Asuna —mencionó Shouzou —Llevábamos diez minutos esperándote. Toma asiento por favor.

Que su padre le llamara la atención no era divertido, se sentó disfrazando los grandes deseos que tenía de quitarse los zapatos.

—Algún día tendrás que dejar esa actitud de berrinche, hija —le sorprendió la voz seca de su progenitor —No me obligues a hacer que Kazuto y tú hagan las poses porque soy capaz de hacerlo.

La joven abrió la boca para contestar, cuando notó por el rabillo del ojo, el mohín divertido que adoptaron las facciones del nombrado.

—Propongo en que los pongas a trabajar juntos, Kazuto tiene que hacer algunas inversiones para el nuevo proyecto y Asuna será ideal para ponerle un tope de cuánto dinero estamos dispuestos a invertir en nuevos recursos —la voz de Kouchirou la enmudeció.

—Es buena idea, hijo. También lo estuve considerando.

—¿Acaso se volvieron locos? —no se preocupó en quejarse, pese a que el motivo de su rechazo estaba ahí, fresco como una lechuga, sonriendo como si hubiera ganado un millón de yenes.

—Casualmente había traído mi petición de asesoramiento financiero...

Era el colmo. Parecía que los tres hombres se habían aliado en su contra.

—¡Que no se diga más! Kazuto y tú trabajarán juntos por los siguientes seis meses.

No le importó que recién acababa de llegar de una larguísima odisea por las escaleras, ni que no hubiera descansado como debía, ni siquiera le importó abandonar la reunión cuando esta ni siquiera había empezado. Salió de la sala de juntas dando un portazo que retumbó en los ventanales de todas las oficinas de ese piso.

—Hola de nuevo princesa, me preguntaba si querías salir a almorzar conmigo hoy —Ahí estaba otra vez ese tono tono de voz tan seguro de sí mismo, junto a la sonrisa perfecta delineada por su blanca dentadura.

—No gracias —no se dignó a verle. Desde que trabajaban juntos había reducido sus conversaciones a monosílabos toscos y palabras a medias.

—Bueno —sonrió sin amedrentarse, sin duda esperando esa seca respuesta. Y así con aire misterioso se encerró en su oficina.

Asuna suspiró cuando la puerta se cerró dejándola en paz. Podría bajar a la cafetería y pedir algo para almorzar, pero conociendo las intenciones de su jefe, y sabiendo de lo que era capaz, posiblemente la seguiría hasta sentarse en la misma mesa que ella. Ya lo había hecho. Muchas veces, sin importarle el espectáculo que montaba ante los demás empleados, que consideraban divertido como Kazuto iba tras su asistente temporal, mientras esta huía de él.

Era secreto a voces que la dulce hija del presidente traía loco al sub gerente general, y para todos; las escenas que personificaban, disfrazadas de coloridos argumentos y retos diversos, no era otra cosa más que un coqueteo intenso.

Volvió a suspirar mientras tomaba su móvil para enviarle un mensaje Rika y pedirle le enviara algo, lo que fuera, de la cafetería. Pero ahí en la pantalla le saltó un mensaje de un número de usuario que, para su mala suerte, conocía demasiado bien. Todavía recordaba la expresión de triunfo en el joven cuando a regañadientes tuvo que brindarle su número de teléfono, porque, obviamente trabajaban juntos. Y necesitaban mantenerse en contacto.

"¿Todavía te sigue gustando el té verde, verdad?"

Decidió no responder. Malhumorada apagó el móvil y se dispuso adelantar el presupuesto que estaba preparando. Se le había metido en la cabeza que cuanto más rápido hiciera los estimativos de las inversiones, más rápido podría librarse de ese yugo de pasar más de doce horas de su día con Kazuto.

Mantenía la vista fija en el programa contable que estaba ejecutando, cuando el timbre del ascensor sonó, y un muchacho portando un atuendo negro ingresó a su campo de visión llevando una envoltura de considerable tamaño. Un delicioso aroma se condensó en el ambiente de tal forma, que las tripas de Asuna se revolvieron de hambre.

—Aquí está su pedido señorita Yuuki —se inclinó el muchacho en una educada reverencia.

—Disculpa, pero yo no he pedido nada —respondió, a su pesar revisando ansiosa de qué se trataba aquello. Era comida china; su favorita. Realmente Rika había adivinado que llevaba tiempo deseando comer rollitos de pollo…y le había dado tal sorpresa. La boca se le aguó en delicia.

—Fui yo —respondió una voz en marcado acento triunfante. Lo que le hizo recordar porqué le odiaba —Gracias Jun, cárgalo a mi cuenta.

—Sí, señor Kirigaya, señorita Yuuki —el mozuelo volvió a inclinarse ante ambos y antes de que la sorprendida pelirroja dijera algo negándose, o aventando el envoltorio al suelo, había dado la vuelta tomando el corredor que llevaba a las escaleras.

Al parecer el muchacho estaba convencido de que la hija del presidente iría a por él y lo más lógico que se le ocurrió fue huir bajando los peldaños como si su vida dependiera de ello.

Asuna se sintió muy tonta dado que ya había desenvuelto la mitad de los empaques y tenía los palillos separados entre las manos. Su dignidad estaba en juego en se momento. Alzó la mirada esbozando un puchero, la mano que no sostenía los palillos hecha puño. Visiblemente se estaba conteniendo de estallar en vergüenza.

Kazuto tenía los brazos cruzados y le sonreía, no de modo burlón, sino en un gesto tranquilo y sereno, como si se sintiera muy satisfecho consigo. Se le acercó y movió algunas cosas del escritorio que seguramente estaba usando durante su trabajo,creando un espacio amplio donde pudieran comer.

—Ya que no quisiste salir conmigo, he decidido invitarte a almorzar a mi modo. ¿Todavía te gusta el té verde?

Asuna lo veía con la boca levemente abierta. ¿Ese hombre pensaba nuevas formas de tomarla con la guardia baja o qué demonios era eso? No había forma de que su orgullo saliera intacto si no daba su brazo a torcer un poco. Lo miró en silencio mientras disponía la comida para ambos. Un recipiente de cartón que rezaba Té verde fue ubicado con extremo cuidado frente a ella.

Kazuto se sentó en el lado opuesto del escritorio. Lejos, como si no quisiera incomodarla aún más. El mueble era exorbitante, a pedido de ella por supuesto, para poder esconderse, desparramar sus cosas y tener un orden absoluto. Nunca usaba su extensión completa, era la verdad. Asuna era muy organizada, a veces en niveles compulsivos.

¡Itadakimasu! — Le oyó exclamar mientras descubría su empaque y tomaba su juego de palillos —Come antes de que se enfríe —le confió sin verla.

Ella decidió bajar la guardia, su expresión hambrienta lo decía todo; sería muy estúpido negarse si luego su estómago salía a colación, rezongando.

—Gracias —respondió con voz muy suave. Sentándose en su lugar mientras se recreaba la vista con el delicioso manjar.

—Ya ves que sé todo sobre ti. Conozco cual es tu comida favorita —con la boca llena le hizo un gesto hacia su empaque —También tu color predilecto —su vestido era rojo —Las canciones que entonas a todo pulmón y…

—Eso es típico de un acosador —le respondió luchando por comer como la digna ojousama que era.

—Si fuera un acosador, tendría mi móvil lleno de imágenes que he tomado de ti cuando estabas distraída… —sonrió de lado.

Ella abrió mucho los ojos, lo miró con acusación, dispuesta a dejar caer su ira —¿Hiciste eso?

Empero Kazuto metió la mano en su bolsillo y luego deslizó su elegante smartphone negro sobre la lustrosa superficie del mueble, en su dirección —Por supuesto que no, puedes revisarlo, preciosa.

Seguía con esos detalles que la dejaban momentáneamente con la guardia baja —No tengo porqué hacerlo —contestó volviendo a sus deliciosos rollitos de pollo —No soy tu amante para pedir ese tipo de pruebas.

—Podrías serlo si no fueras tan orgullosa.

—Antes muerta que rendirme a tus estúpidos intentos de conquista.

Kazuto guardó silencio. Usualmente hacía eso cuando ya no tenía nada más que agregar. Y entonces… Asuna comprendió; él le había ganado esta vez. Pues estaba almorzando con él, cuando en el pasado se había negado interminable numero de veces a acompañarle. Repentinamente el dicho Si Mahoma no va a la montaña, la montaña va a Mahoma cobró sentido para ella.

¿Qué le pasaba? Debería dejar de comer y arrojarle los restos de comida a la cara… Pero sería un desperdicio hacer eso. La comida china era deliciosa, no merecía adornar los negros cabellos de su… jefe.

Hizo un gesto despectivo en su dirección y se apresuró a terminar su ración, para así echarlo de su pequeño santuario.

Kazuto solo le guiñó un ojo cuando ella abrió el empaque de té verde y le dio un largo trago soltando un suspiro satisfactorio. Sí, había olvidado que ese detalle también se lo debía a él.

—Te estaba esperando princesa, ¿te llevo? Le prometí a Kou que te dejaría sana y salva en casa.

Asuna pasó de largo como siempre hacía, fingiendo no verlo pese a qué sabía que el día no había sido tan malo. Luego de que acabaron el almuerzo, Kazuto le ayudó a poner en orden el escritorio y luego se marchó a su oficina como si nada hubiera pasado. Dejándola muy perpleja. Usualmente hubiera seguido allí pululando a su alrededor, molestándola y sacándola de sus casillas.

—Tomaré un taxi —gruñó molesta porque su familia se había confabulado para dejarle a merced de aquel imbécil.

—Vamos Asuna no sería la primera vez que viajamos juntos.

Que la llamara por su nombre, sin el uso de algunos de esos sobrenombres que tanto detestaba hizo que por fin le mirara. El abrigo negro que usaba le hacía ver imponente, el color azul metálico de sus ojos resaltaba como si fueran estrellas en el cielo de medianoche. ¿Se daba cuenta él del efecto que causaba en el sexo opuesto? Por supuesto, ella no sucumbió a su hechizo y sacó su móvil para solicitar transporte.

—Hemos pasado veranos juntos, celebramos la Navidad el año pasado —le recordó — Conoces a mis padres y a mi hermana.

—Suguha no es un monstruo como tú —interrumpió ácidamente y remarcó —No hables como si hemos estado solos, toda nuestra familia estaba alrededor. Mis padres te invitaron porque eres amigo de Kou y trabajas en la empresa. No te hagas ideas equivocadas.

Él rió —No me hago ideas equivocadas, preciosa. Tengo muy en claro lo que quiero. Y no me rendiré hasta conseguirlo.

Le ignoró pese al calor que por el frío que hacía incendió sus mejillas. Llevó el móvil a su oído y esperó a que le respondieran del otro lado. Apenas la operadora le contestó, Kazuto se lo quitó de un ademán —¡Oye!

—Deja de ser terca, me obligarás a ir en auto tras un taxi cuando puedo llevarte. Tu ahorrarás dinero, y yo me sentiré tranquilo dejándote sana y salva en tu castillo, princesa.

—Idiota — se acomodó el abrigo y adoptando un gesto de resignación lo encaró —¿Bueno y qué estas esperando?

Kazuto rió alegremente, se adelantó hacia su vehículo, un sobrio deportivo negro. Se giró a verla con un brillo risueño —Su corcel espera.

Durante el viaje fingió mirar el paisaje de la ventana, pese a que el sol estaba poniéndose en el horizonte y pronto el crepúsculo inundaría toda la ciudad, pero lo usó de pretexto para no tener que mantener una conversación con él. Misteriosamente Kazuto respetó su silencio y su espacio… Aunque lo cierto era que él nunca se había sobrepasado, más allá de los sobrenombres o piropos que le lanzaba a diario y de los cuales estaba familiarizada, siempre había sido bastante correcto.

La conocida calle residencial que llevaba a su hogar estaba vacía y tranquila. Kazuto se desplazó por ella hasta que Asuna pudo divisar su hogar ya iluminado. No había aparcado cuando ya estaba quitándose el cinturón de seguridad.

—Gracias por traerme —mencionó sin entonación y cuando se volvió para abrir la portezuela y escapar, él le había tomado del brazo.

—Espera Asuna.

Ese ataque era nuevo. No sabía como reaccionar cuando la llamaba por su nombre en ese tono serio y resuelto.

—¿Que ocurre? Tienes mi móvil ¿no? Si es un tema del presupuesto que te he enseñado puedes…

—No es eso —su ceño se frunció, como si buscara la forma de expresar lo que estaba pensando —En verdad me gustas Asuna, ¿cuándo me vas a tomar en serio?

La joven se quedó allí parpadeando, no esperaba un ataque tan directo como aquel. Sintió que una ola de calor ascendía por su cuello y le incendiaba las mejillas. Los ojos de Kazuto parecían flamear como fuego azul en esa penumbra. Se veía tan serio y decidido como nunca lo hubo visto en su vida.

No era el adolescente pícaro y adulador que le hablaba con acento lisonjero cuando apenas tenía 16, tampoco el joven que le elogiaba los atuendos apenas ponía un pie en la oficina. Este era un hombre distinto. Una faceta que nunca le había visto. Un hombre desesperado por alcanzar algo que empezaba a perderse.

—Nunca —le dijo luego de reunir toda su voz en una respuesta bruta.

No esperó a ver cual fue su reacción, con todo el decoro que poseía, consiguió abrir la puerta y echó a correr como posesa, hasta encontrase a resguardo tras las paredes de su hogar.

Llegó primera, otra vez por las escaleras para evitar cruzárselo en el ascensor. Dejó sus cosas sobre el escritorio mientras encendía la pantalla de su ordenador. Se retocó el labial, mientras tarareaba tranquilamente una canción que oyó en la radio esa mañana. Revisó su apariencia, un vestido de lana color negro. Esperaba no morirse de calor, a veces la calefacción era abrumadora.

—Buenos días princesa, hoy te ves… preciosa —la voz de su jefe hizo que sus mejillas variaran de color y se encendieran. Pegó un saltito del susto, no lo había oído llegar. ¿En qué estaba pensando? —Te traje esto, sé que ultimamente sacrificas el tiempo del desayuno para adelantar el trabajo —depositó un grueso vaso de cartón sobre el escritorio. El conocido logo de una cafetería prestigiosa estaba impreso en el frente del empaque.

Café latte su favorito.

—No era necesario.

—¿Qué le diré a tu padre cuando un día de estos te desplomes en mi oficina porque no cuidas de ti misma? Princesa no juegues con tu salud.

No era el hombre desesperado de ayer, de ese personaje no quedaban rastros. Otra vez era aquel joven juguetón con aire confiado de siempre. Se encogió de hombros más segura del terreno que estaba pisando. Tomó su cartera de diseñador mientras buscaba su billetera. Sintiéndose algo tonta por tener miedo de ese encuentro.

—Te devolveré el dinero… ¿Cuánto…?

—No digas tonterías princesa. Disfrútalo —le dio la espalda y se alejó alzando su mano a modo de saludo —Tendremos una reunión antes del mediodía, procura que esté todo resuelto y revisa una vez más los números de ayer. Kou se reirá de nosotros si encuentra un error.

Asuna se sentó frustrada en su sillón giratorio. Dejó el cambio en una esquina del mueble, dispuesta a aventárselo después a la cara de ser necesario.

Una vez dispuso sus cosas y abrió los programas que necesitaba para continuar su trabajo, se acordó del café. Que estuviera frío no era problema. Ella era una de esas raras personas que toleraba la bebida por más que estuviera helada, fuera verano o invierno. La tomó entre sus manos y cuando la giró para quitarle la tapa, encontró un grafitti en la etiqueta posterior. Seguramente la dependienta que atendió a Kazuto le había facilitado su numero de teléfono del modo más efectivo que se le ocurrió.

No sería la primera ni la última vez que viera algo semejante.

Pero cuando examinó con detenimiento, no fue una serie de dígitos lo que encontró, sino un mensaje, una frase certera escrita prolijamente.

Voy en serio.

Por supuesto era la caligrafía de Kazuto. A su pesar, la conocía demasiado bien como para no confundirla. Empezó a temblar y temió perder la conciencia. Una oleada de frío le encrespó el cabello, y por inercia bebió un poco del azucarado líquido, esperando que la cafeína corriera por su sistema, restableciendo sus funciones.

Increíblemente, dio resultado. Se lo bebió todo antes de tomar el empaque vacío y dirigirse a la oficina del irónico de su jefe. Fiel a su estatus como hija del presidente de RECT, entró sin tocar, tomando por sorpresa al joven que, con sus ojos fijos, recorría concienzudamente la pantalla de su computador. Por supuesto se sorprendió cuando la vio entrar, agitada, con su cabello rojo flotando detrás de ella como un cometa.

—¿Preciosa? ¿Qué ocurre? —arqueó las cejas en interrogación.

Asuna no sabía que estaba respirando agitadamente hasta que aplastó el empaque vacío de café sobre el escritorio repleto de papales. Su voz salió en agonía, peleando con sus cuerdas vocales para hacerse oír.

—No puedes comprar mi amor.

Él arqueó las cejas un segundo, antes de sonreír inexplicablemente, como si le hubieran contado un chiste viejo al que ya no le encontraba la gracia.

—Eso ya lo sé, princesa.

—¿Entonces qué…?

—Solo deseaba comprarte un café, nada más que eso.

—Esto —le señaló la frase, algo arrugada luego de azotar el vaso de cartón contra el mueble.

—Ah, eso —se levantó del escritorio con tranquilidad y lo rodeó hasta detenerse frente a su asistente, que tuvo que alzar la cabeza para sostenerle la vista —Pues, mi verdad.

Asuna abrió la boca para preguntar, pero ningún sonido salió. Posiblemente estaba recordando las palabras del muchacho que, desesperado murmuró el día anterior, y la forma cobarde en la que ella escapó.

—Voy muy en serio Asuna. Y si con las palabras no puedo convencerte, tengo que hallar el modo de demostrártelo. Te lo he confesado estos años de todas las formas posibles, pero no pareces creerme. No tengo más opción que atacar de modo frontal —extendió la mano y tomó uno de sus mechones que cual seda, se deslizó por sus dedos. Ella lo veía hacer con sus pupilas abiertas en modo desmesurado —Eres demasiado terca, princesa y eso me encanta, así como me enloquece.

Otra vez volvía a ser el joven seductor que sabía como engalanar a una mujer con palabras bonitas. Abochornada, Asuna dio un paso hacia atrás, rompiendo la cercanía y buscando el equilibrio de sus emociones, que se vio roto cuando tuvo el atrevimiento de tocarla.

—No me interesas Kazuto y será mejor que lo aceptes de una buena vez.

La expresión de él pareció resquebrajarse por una milésima de segundo, sus ojos temblaron con tristeza, pero rápidamente se recompuso. Esbozó una sonrisa serena y asintió. El cambio fue tan veloz, que Asuna creyó que lo había imaginado.

—Tengo toda la paciencia del mundo, Asuna. Creo que esa debería ser suficiente prueba para ti. Y te esperaré todo lo que necesites.

Esa, por supuesto, no era la respuesta que la joven esperaba oír de él. Ante ella estaba el hombre confiado que era el mejor de su hermano Kou y su jefe temporal.

—Vendré para la junta —decidió conservar la dignidad y el orgullo que había perdido al meterse a territorio enemigo, y se giró, dispuesta a salir.

—Llévate el empaque, princesa.

Asuna lo maldijo mentalmente sin hacerle caso.

Maldito seas, Kirigaya.

Los siguientes días Kazuto se mantuvo algo distante, quizás se debía a que el tiempo estipulado en el que debían trabajar juntos, como equipo estaba a punto de expirar.

Asuna se sorprendió a sí misma, dándose cuenta que echaría de menos la compañía de aquel pícaro, que solía pillarla con la guardia baja diciéndole alguno de sus comentarios coloridos, que inmediatamente sacaba a flote su malhumor. Aunque durante el último mes sus piropos habían mermado, o quizás ella llegó al punto de finalmente acostumbrarse a ellos. Al igual que a los mensajes en sus empaques de café. Los 'Voy en serio', 'Aun te espero', 'Me queda toda la vida para estar contigo' fueron amontonándose en forma de etiquetas vacías en el cajón de más abajo de su escritorio. Su secreto mejor guardado. Un secreto que no entendía, pero que lo mantenía tan oculto hasta de sus pensamientos.

Y sus respuestas crudas de No me interesas. Pierdes el tiempo. Nunca te daré una oportunidad, parecían perder firmeza, conforme la fecha límite que los unía como compañeros temporales pendía sobre sus cabezas.

Asuna se mantuvo férrea, fría e imposible, fiel a su personalidad, aunque por dentro las emociones eran otro cantar. El cajón escondido de su mueble personal era suficiente prueba de aquellos sentimientos que intentaba ahogar de su corazón.

Todo explotó el último día.

Ella estaba en el baño retocando su labial y arreglando su cabello, inconscientemente porque era la última jornada que compartía con Kazuto y estaba segura que él haría de las suyas y la invitaría almorzar. ¡Y si sucedía, había decidido aceptar a modo de ofrenda de paz! No con otra finalidad, por supuesto.

Escuchó las risitas en el pasillo que llevaba al servicio, por lo que se volvió de su reflejo perfecto en el espejo, mirando la puerta cerrada. Las risas se oían del otro lado. Eran voces femeninas.

Deberías confesarte Alice, o al menos obtener su atención por una noche.

Pues es lo que planeo hacer, una vez que su contrato con la odiosa princesa se de por concluido, me las ingeniaré para meterme en su cama…

Creo que Kazuto ya se ha dado cuenta que ella no vale la pena, pese a que iba en serio. Tantos años rebajándose para que ande de coqueta.

Él nunca le interesó a la princesa, Shino. Pese a que Kazuto se ha rebajado varias veces para defenderla, ella sigue jugando al juego del gato y el ratón. Pero creo que finalmente se ha dado cuenta del patético papel que estaba cumpliendo siguiéndola por todos lados.

Ella no sabe lo que se pierde.

Ja, ja, ja ¡que razón tienes!

A estas alturas el conocido carácter explosivo de Asuna Yuuki estaba a punto de salirse de control. Abrió la puerta de un tirón y enfrentó a las dos mujeres. Una trabajaba para su hermano, la otra era la primera asistente de su padre. Ambas se sorprendieron de verla allí. Normalmente los ejecutivos de alto mando no usaban el baño del resto de los empleados. Pero Asuna jamás hizo uso de esos protocolos que por ser la hija del presidente también le correspondían.

Miró a Alice y reprimió las ganas de tomarla por ese sedoso cabello rubio que siempre lucía con tanto orgullo, y limpiar el suelo de la empresa con él.

—Buenas tardes señorita Yuuki —le saludó con una sonrisa impertinente —Se rumorea que se tomará unas largas vacaciones tras el jugoso contrato que obtuvo su departamento.

Sí, ese era su plan antes de oír toda esa sarta de infamias.

—Por supuesto, Kazuto y yo formamos una excelente dupla —le dijo remarcado cada palabra con una entereza que estaba lejos de sentir.

—Que tenga buen día —acotó Shino mirándola de soslayo mientras empujaba a la rubia dentro del baño. La puerta se cerró tras ellas —¿Crees que nos haya oído?

¿Ella? ¡Que bah! Su vanidad es demasiado grande como para prestar atención a otra cosa que no sea ella misma.

Se mordió el labio sabiendo que estaba arruinando su maquillaje. Apretó los puños a los lados de su silueta, ciñendo aquel bonito vestido negro que… a Kazuto, casualmente, tanto le elogiaba y rompió a caminar antes de montar una escena allí dentro.

Caminó como desorientada por los corredores de la planta baja y cuando llegó al elevador se quedó mirando sus puertas cerradas, sin atreverse a llamarlo. Entonces siguió de largo y subió las escaleras. Necesitaba pensar y no se le ocurrió mejor forma que esa. Tenía al menos quince minutos antes de llegar a destino. Quince minutos para poner su mente en equilibrio.

Es una coqueta.

Él iba en serio.

Las palabras daban vueltas en su cabeza al punto de que sus ojos necesitaban exteriorizar el tsunami de emociones que le avasallaba el pecho. Cuando llegó al piso de su oficina, las lágrimas fluían por sus mejillas como cascadas en bruto. Se aplacaba la humedad a manotazos, aunque eso empeoraba aún más su estado.

No entendía porque el llanto escapaba de sus lagrimales. No entendía porque sollozaba, ni porque su pecho se agitaba, como si alguien le hubiera hecho un agujero en el centro y le costara respirar.

Así como estaba e ignorando el dolor aguijoneante de sus pies tras subir aquellos eternos tramos de escaleras, se precipitó a la oficina de quien todavía era su jefe.

—Ah princesa, justo iba a llamarte. Tu padre dijo que… ¿Princesa? ¿Que ocurre? —Kazuto dejó el folder que había tomado para enseñárselo y se adelantó a largas zancadas hacia ella.

Al oír como le llamaba los sollozos cobraron mayor intensidad. Él la llamaba princesa, pero la entonación era completamente distinta a la de esas dos arpías de allá. No lo usaba en afán de mofarse, sino como un calificativo que era muy propio de él, desde que había entrado allí como pasante. Era su forma de llamarla, y solía usarlo incluso adelante de sus padres y de su hermano.

¡Pero esas arpías lo habían ensuciado! Lo dijeron a modo de burla, descalificándola por completo.

—Asuna ¿qué tienes? ¿Te duele algo? ¿Llamo al doctor? —las preguntas se sucedían sin pausa, una tras otra, mientras tomaba su rostro lloroso entre sus grandes manos e intentaba secarle las mejillas. Lo que no parecía funcionar —Dime que te duele por favor, o a quien tengo que golpear.

Se aferró a las manos que sostenían sus mejillas —¡N-no soy una coqueta!

—Eso… lo sé —respondió con cautela.

Que él no lo afirmara con la firmeza que esperaba hizo que se derrumbara contra su pecho, sin ser muy consciente , o tal vez sí, de lo que estaba haciendo. Se aferró de los pliegues de la chaqueta negra que Kazuto usaba.

—¡N-nunca tuve la intención de… de jugar contigo… ni me he creído más por ser la hija del presidente…!

—También lo sé —le acarició el cabello con suavidad —Eres la hermana de mi mejor amigo y… la mujer de la que llevo enamorado desde que estaba en preparatoria.

El llanto de Asuna se detuvo en seco. Aspiró una bocanada de aire y se enderezó para verlo. Él sonreía tímidamente, y otra vez era el joven que la llevó a su casa aquel día de invierno y le confesó sus sentimientos.

—¿Asuna? —le llamó con voz suave.

—N-nunca he jugado contigo.

—Yo tampoco. Mis sentimientos, mis acciones y mis palabras han sido reales desde el principio.

—Kazuto es que yo… —desvió la mirada —No sé como responder a eso.

—¿No vas a decirme que no te intereso? —preguntó con atención.

Lo pensó por varios segundos y luego sacudió la cabeza en negación.

—Eso… eso es nuevo princesa y estás alimentando mis esperanzas… ¿sabes?

—Yo… no puedo decirlo y ver como tus ojos se apagan como si te diera una puñalada cada vez que lo hago…

—Así se sentía cada vez … —susurró bajito —Entonces, Asuna hoy es nuestro último día juntos… pero puede hacerse más largo con una sola palabra tuya.

—Es que… Kazuto yo no sé que siento… —empuñó las manos en su traje otra vez —Me pones de mal humor y siento deseos de refutar todo lo que dices, pero al mismo tiempo me encanta discutir contigo y que me sorprendas con esos mensajes en mi café… —se sonrojó recordando su cajón secreto —Y… me gusta que me llames princesa…

—Princesa Asuna —murmuró atravesando la distancia y notando como esos hermosos ojos color miel se abrían en vergüenza —No tengas miedo…

—No te tengo miedo —le dijo con rapidez —Es… es miedo a lo que siento… parece que el corazón me va a estallar…

Él rió. Hermosa y seductora inocencia que emanaba de esa joven de 22 años —Puedo enseñarte una forma de calmar eso, princesa.

Las pestañas de Asuna vibraron cuando la cara de Kazuto se inclinó todavía más, invadiendo su espacio personal. Pero no sintió miedo sino una ansiedad enorme. La cual desapareció apenas los labios firmes del joven se apretaron contra los suyos. No era su primer beso, por supuesto. Pero si el primero que la hizo volar. Se aferró a su cuello, como si él fuera toda la estabilidad que necesitaba. Las manos masculinas la apretaron contra su pecho en una caricia firme y desesperada.

Pasaron muchos minutos hasta que ambos fueron capaces de hablar de nuevo. No podían dejar de verse, ni de compartir pequeños roces, incapaces de separarse del otro.

—He soñado muchas veces con este momento, Asuna… Y es aun más perfecto ahora —sostuvo sus mejillas y la besó, permitiéndose degustar de su sabor —Nunca quise comprar tu amor —se detuvo a milímetros del contacto, mirándola fijo —Sino ganarlo. Ganarlo en buena ley.

Y esta vez fue Asuna quien se lanzó vehemente, al encuentro de sus labios.

—Esto es raro… Normalmente es Asuna quien siempre llega tarde a las juntas —Kouchirou revisaba la hora en su smartphone mientras se movía en su sillón giratorio, aburrido de esperar—¿Le habrá pasado algo a Kazuto?

El señor shouzou lo pensó por un momento, luego rió alegremente imitando a su hijo —Quizás ya se dieron cuenta que no quieren separarse el uno del otro.

—Papá eres demasiado sentimental, como si esas cosas pasaran en la vida real.

—De momento demos por terminada esta reunión. Decreto que esos dos seguirán trabajando juntos otros seis meses.

Nota:

Segun yo no iba a participar hoy (o ayer) Pero ayer la idea me asaltó y hoy entre mis clases me puse a armar un resumen. La idea se me fue un poco de las manos pero me gusta como quedó.

Por ahi, les resulta chocante la actitud de Kazu, lo siento… me gusta la idea de que llame 'princesa' a Asuna así que sí, me declaro culpable de eso.

Detalles a corregirse en la semana.

Gracias por leer mi 4° aporte. Ni yo me la creo!