Este fic corresponde a la #Kiriasuweek2020

Día : 06 de Octubre

Tema: La perdición de la diosa

Semi Canon~

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|La tercera palabra|

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Ella corrió atrás del conejo, cuyas largas orejas corrían escapándole, aunque sin ponerle mucha prisa, como si el animalito supiera que la joven no era lo suficientemente rápida para alcanzarle y le esperaba. Cuando ella estaba a punto de llegar a su lado, volvía ponerse en marcha, dando graciosos saltos. Y el ciclo volvía a empezar.

Él la contempló con su expresión pétrea de siempre. Rostro serio e inexpresivo. Apostado bajo el árbol milenario, con las manos en el mango de la espada, como su función lo requería.

—No le va a alcanzar nunca. Se está burlando de usted.

—Eso ya lo sé, Kishi-kun. Pero es un juego, ¿nunca has jugado con un conejo?

—Los conejos no son para jugar, sino para comérselos en un guisado.

—¡Kya! —ella exclamó en censura y se detuvo esbozando un puchero. Molesta, se acercó a donde él estaba viéndola fijamente. Aunque por supuesto el caballero no la veía solo a ella, sino a toda la extensión que los rodeaba, buscando cualquier ocasional peligro. Vivían en una época de paz frágil, labrada después de mucho derramamiento de sangre, pero nunca se sabía cuando los habitantes del Dark Territory se cansarían de esa tregua y volverían a atacar. Debía mantenerse con los ojos abiertos y alerta —Tus ojos se parecen a los de él ¿sabes?

—No me compare con un animal tonto como ese.

—No, no, no entiendes —se detuvo frente a su rostro. Por supuesto, ella ni poniéndose en puntas de pies llegaba a su altura. Tuvo que alzar la cabeza —Tiene tu mirada. Esa expresión perdida que pones cuando piensas que no me doy cuenta. Andas libre por todo el imperio, pero en realidad no es así. No te sientes libre, ¿que te ata Kishi-kun?

—Creo que Cardinal le está enseñando naderías. Tendré que reportar sus horas de estudio a la Clérigo Suprema, su tutora Quinella.

Ella torció los labios en un mohín desafiante —Aunque no te guste mi comparación, te le pareces.

Él suspiró como si no le hubiese oído —Será mejor que regresemos. El anochecer no tarda en llegar y no es agradable que nos encuentre en el bosque.

—¡Faltan cuatro horas para eso Kishi-kun!

—Stacia-sama —la nombró impertérrito.

Y quizás fue la forma terminante en la que pronunció su nombre que ella bajó los hombros. Sus ojos se apagaron un poco y asintió, arrastrando los pies, se dirigió hacia el sendero que habían utilizado para llegar allí y que llevaba a los inicios de Centoria. Su pequeño y nuevo amigo la siguió a saltitos, bajando las orejas cuando notó que ya no jugarían.

—No se encariñe con los animales, en primavera desaparecen —culminó siguiéndola a sus espaldas.

—¿Por qué dices que los conejos desaparecen en primavera Kishi-kun?

La suave voz le detuvo de la actividad que tan celosamente realizaba. Cuando pulía la espada se podía decir que era el único momento en el día en que podía relajarse unos segundos de sus obligaciones. No mucho, porque su protegida siempre estaba allí. O mejor dicho, él siempre estaba cerca de ella. A todo momento. Era sus ojos, su fuerza y su protección. Era su misión, su tarea sagrada.

Detuvo la piedra que usaba para afilar su acero y la miró. Ella estaba sentada en el diván de enfrente con un libro en las manos. Tenía una graciosa hilera de arrugas en la frente, bajo el flequillo color mandarina, como todo su cabello, que caía cual cascada de fuego tras su espalda.

—Debería preguntárselo a su tutora.

Ella dejó el libro a un lado y se le acercó. Su largo vestido blanco moviéndose en torno a sus pasos.

—Pero tú lo mencionaste. Conoces mucho el bosque ¿no es así? Alice-san mencionó que solías entrenar con ella allí.

Torció la boca en un gesto de disgusto. No le gustaba mucho hablar de sí mismo.

—En primavera los animales contraen alguna especie de fiebre, se vuelven locos. Hay algo en el aire del bosque que los obliga a actuar así —mencionó sin entonación.

La joven abrió con espanto sus hermosos ojos del color de la miel —Quizás debería traer a conejo aquí para evitar que se pierda —mencionó preocupada.

Él arqueó las cejas imaginando la cara de horror de la clérigo mayor, cuando descubriera que un conejo saltarín habitaba los sagrados aposentos de la Catedral.

—Si sigue leyendo sus libros, lo descubrirá.

Pero la deidad ya le había dado la espalda volviendo al mueble mullido que usaba para reposar. Se subió en él mientras meditaba sus palabras. El ruedo del vaporoso vestido se había corrido, y ofrecía como ofrenda la vista de sus pies desnudos. La piel pálida de sus tobillos. Repentinamente apartó la vista, volviendo a la tarea de pulir su espada.

La piedra bajó una y otra vez rudamente sobre el acero, sacando peligrosas chispas que se reflejaron en sus ojos azules antes de desaparecer.

Escuchó el grito desde el el lugar donde permanecía apostado haciendo guardia.

Mientras la pequeña diosa era una niña, él yacía en la antesala de sus aposentos. Por supuesto, ante la importancia de su tarea sagrada, no se permitía el lujo de dormir profundamente; solo dormitaba, velando el sueño de su protegida. Alerta a cualquier ocasional sonido que desembocara en algún peligro para ella.

Cuando la divinidad cumplió quince años y dejó de ser una infante, él decidió montar vigilancia fuera de la habitación para concederle su privacidad. Aunque esta se opuso a esa decisión, y necesitó la intervención de la IK2 para convencerla; Fanatio tras una larga audiencia con ella, le confió que no había sido una tarea fácil.

Él era célebremente conocido por ser el IK más poderoso que prestaba sus servicios a la catedral. También el más joven. Desde que tenía memoria, supo que su destino era ser el Integrity Knight synthesis 33 protector de la diosa; se había preparado día y noche para ese momento. Cuando finalmente les presentaron, él todavía era un adolescente anguloso y ella un pimpollo en flor.

Pese a su divina procedencia, Stacia nunca delimitó su estatus con él. Siempre fue mientras ella era usted, empero, jamás pudo rebajarse a su nivel, pese a que le tratara como a un igual; tenía muy presente que aquella jovencita era una deidad.

Fue su compañía por años. Stacia era bulliciosa y curiosa como todos los niños, él parco e inexpresivo. Pese a su silencio desmedido, de alguna forma se comprendían. Él era el caballero y ella su protegida. A donde iba uno, ahí estaba el otro. Él todo silencio, ella toda curiosidad.

Escuchó el grito de la deidad y sin pensarlo desenvainó la hoja negra de su espada, y pese a los rayos de la aurora que lo enceguecieron apenas abrió la puerta de los aposentos, se detuvo desconcertado en el umbral, cuando vio a la diosa todavía en la cama, envuelta en las mantas, con una expresión horrorizada pintada en su semblante sonrojado. Su cabello era un desorden, pero en la penumbra que formaba el dosel de la cama a su alrededor, parecía una antorcha ardiendo.

—Stacia-sama... —la nombró con cautela, pasando revista por los alrededores, mirando de reojo todos los recovecos del lugar en busca de algún intruso que hubiera causado el terror de su protegida.

—¡Vete! ¡Vete de aquí, Kishi-kun! —ella empezó a los gritos cuando él puso un pie dentro de la habitación, adentrándose hacia donde su lecho se hallaba —¡Vete de aquí!

—Pero... —se sentía intimidado por sus gritos. Ella no era así. Viendo que no había peligro inminente; las ventanas estaban cerradas y todo parecía en orden, se acercó a su lecho, tras guardar la espalda en sus lomos, y puso una mano en su frente comparando su temperatura. Estaba algo tibia —Parece que tiene un poco de fiebre

—¡Vete de aquí! Trae a Fanatio-san.

—Pero ¿qué le ocurre? ¿Se siente mal? Debería avisar a su tutora —siguió diciendo con preocupación notando el brillo peligroso en sus pupilas.

—¡Vete de aquí! ¡Vete!

Los gritos que soltaba hicieron que su voz sonara más aguda, sus ojos se llenaron de vergonzosas lágrimas, mientras él salía presuroso a buscar a la IK2.

Luego de ese extraño día, el carácter de la diosa Stacia cambió radicalmente, como si hubieran colocado a una persona nueva en su lugar. Ya no era la criatura descarada e inquieta que mareaba al guardaespaldas con sus variadas y a veces, ingeniosas preguntas. Se volvió tímida y silenciosa. Meditabunda, escondiéndose en los libros que su tutora escogía para ella.

Cuando tras aquella jornada habló con Fanatio, pidiendo explicaciones de lo que había acontecido en la mañana, la mujer le palmeó el hombro pese a que se mantuvo imperturbable, y con voz quebrada por la emoción, mencionó que se trataba de un milagro de la vida.

El IK33 nunca lo comprendió.

El cumpleaños número dieciséis de la diosa alborotó a toda la catedral.

Como si se tratara de la propia reina del imperio, desde temprano empezaron a llegar los obsequios de parte de toda Centoria. El nacimiento de aquella niña fue esperado por años, y cuando finalmente sucedió y la divinidad emergió dentro del Imperio Humano, a modo de agradecimiento por la ventura acontecida, la Clérigo Mayor decretó los meses siguientes como año de jubileo.

Y cada vez que el cumpleaños de Stacia llegaba, la ciudad se convertía en un festejo que duraba una semana entera. Esa vez no fue la excepción.

Normalmente él no le obsequiaba nada, parco como era, no comprendía esa clase de celebraciones humanas. Toda su vida se dedicó a entrenar para un propósito, por eso fue convocado al edificio más importante de Centoria cuando cumplió quince. Su mayor destreza era la habilidad con la espada, su mente alerta y sus ojos, seguros y penetrantes, capaces de prever el peligro. Pero ese día en especial, se tomó la licencia de formarse tras la larga hilera de pueblerinos en espera de ofrecerle su presente. Cuál fue la sorpresa en los cristalinos ojos de la diosa cuando le entregó, como quien no quiere la cosa, aquel escuálido conejo negro que cazó en el bosque, y que se revolvió temeroso en los brazos de su nueva dueña. Tras depositarlo en su falda y en silencio, callando las palabras que quizás ella ansiaba oír, hizo la adusta reverencia a la joven y desapareció. La sonrisa feliz en los labios de cereza de la festejada, rimaba con las risitas de las doncellas que custodiaban a la deidad.

Empero, el rostro escandalizado de su tutora ponía en claro que no le había agradado su atrevimiento.

Por supuesto, aquel pequeño conejo negro fue su adoración. Andaba, arriba y abajo por toda la catedral, siguiendo los pasos de su dueña con obvia admiración. La cual era mutua.

—Le pondré Kuro —le sorprendió al decir aquello. Tenía al animalejo aquel apretado contra su pecho. Sin duda le estaba asfixiando, pero no se veía molesto, sino todo lo contrario. Su pelaje semejante al pedernal brillaba como oro negro bajo los rayos del sol.

—¿No va a soltarlo en ningún momento?

—No quiero que se pierda. Es un obsequio de Kishi-kun... si Kuro se extravía me pondría muy triste...

—Él no se va a perder, Stacia-sama.

—Pero dijiste que en primavera los animales se llenan de fiebre y desaparecen. Y mira, la estación de las flores ya está aquí.

Él inspiró hondo al oírle decir eso. Expulsó el aire por la nariz y desvió la vista de la joven. Por un segundo maldijo el instante en el que se le ocurrió darle semejante obsequio. La clérigo mayor le detestaba por haber cometido tal atrevimiento. Pero en ese momento hasta le pareció divertido.

—No se va a perder. Es muy pequeño para eso. La siguiente primavera tal vez.

Si ella hubiera sido la misma de antes, le habría llenado de preguntas curiosas al respecto, casi sin dejarle respirar. Sin embargo, en ese momento, frunció los labios y guardó silencio, mostrándose apenada. Como si se hubiera dado cuenta de que sus ojos se demoraban demasiado en los de su caballero, abruptamente desvió la mirada y le dio la espalda, caminando de vuelta hacia el claro sobre el césped.

Antes, solía ser él quien no soportaba el peso de esas pupilas burlonas, ahora, la situación se había dado vuelta. Lo había notado.

Y no sabía como reaccionar. Era extraño y fascinante. Pero terrible.

—Stacia-sama.

Ella lo miró, notando que el dedo de él señalaba un lugar oculto entre unos hierbajos, más allá del camino. Se giró rápidamente al notar una cabeza blanca seguida de largas orejas y una nariz negra que se alzó, feliz, en su dirección.

—¡Amiguito! —rió feliz, acercándose y poniéndose de rodillas sobre la alfombra esmeralda. El pequeño que apretujaba contra su pecho, pataleó para que ella le soltara y así lo hizo. Pronto los dos conejos juguetearon a su alrededor, dando graciosos saltos y correteándose entre sí.

—Tenga cuidado —le dijo impertérrito y otra vez miró a su alrededor, el fulgor de sus pupilas de miel, era fuego sagrado. Debería recordarlo y grabárselo en su corazón.

Un nuevo año engalanó los cimientos de la catedral. La diosa Stacia contaba con diecisiete primaveras recién cumplidas y una retahíla de obsequios que aún seguían llegando a sus aposentos.

De la niña ya no quedaba rastro. La alquimia de la naturaleza había hecho su magia en ella, moldeándola a su antojo. Sobre el lienzo de su cuerpo había trazado pinceladas de perfección hasta convertirla en una mujer. Una hermosa mujer.

Delicias de cerezas en sus labios, un mar de secretos en el mirar de sus ojos de oro. Su piel blanca como copos de algodón y cabello ardiente, como el fuego impetuoso de su personalidad. Directa. Bondadosa. Amable. Justa.

Así era Stacia, una divinidad amada y venerada por todos. Él era su devoto más fiel, dispuesto a besar el suelo por el que ella andaba, aunque eso no se lo contaría a nadie.

Tal como predijo el caballero, aquella primavera Kuro desapareció apenas llegaron al bosque, saltó la cerca que rodaba la hierba y se perdió en la espesura sin volver la cabeza ni una vez.

La divinidad estuvo desconsolada, notando que ni siquiera su amigo blanco, que siempre se aparecía en los linderos del bosque para esperarla, estaba allí. Era como si ambos animales la hubieran olvidado por completo.

—Es ley de la vida —dijo él con voz ronca viendo la tristeza en los ojos ambarinos de Stacia. Sabía que ella no entendía. Aunque le había dicho lo contrario, eso no se aprendía con los libros, ni con las lecciones en la biblioteca de su tutora.

Eso se experimentaba en la carne. Era la experiencia más poderosa en la vida del ser humano. Pero ella era una divinidad y aunque la sangre carmesí corría por sus venas, seguía siendo un ente divino y libre de pecado que debía proteger como la joya más valiosa del imperio. Para eso había sido creado.

—¿Tú no vas a irte como ellos, verdad Kishi-kun? —sus labios temblaron al preguntar eso. Seguía de rodillas sobre el césped esmeralda y sus ojos cuajados de lágrimas atraparon los suyos en desesperación.

Fue la primera vez que él soltó la espada y se acercó hasta su figura. Se arrojó a su lado, y la abrazó, recibiendo su cuerpo tembloroso contra el frío acero de su armadura negra. Pese a todo, sentía el calor de sus lágrimas quemándole la piel. La naturaleza rugía a su alrededor.

—Solo si Stacia-sama desea mi muerte dejaré de protegerla —murmuró contra su cabello.

Nadie estaba allí. Solo estaban ellos dos.

La piel de la divinidad era suave, su cabello olía a bosque. O quizás la intensa fragancia del lugar se había adherido a ella. Sus brazos se estremecieron cuando la apretó más. Pero estaba protegiéndola.

Como en aquella ocasión, hacía tanto, que hincando una rodilla en el suelo y con el corazón en un puño, le hizo su propio juramento de lealtad. Uno que solo la pequeña Stacia pudo escuchar y que fue hecho con el poco aliento que sus pulmones aún albergaban.

...Mi vida le pertenece Stacia-sama... así que úsala como quiera...

Quizás no fue lo más correcto que un caballero debió decir en una situación tal, y agradeció que nadie más que la diosa lo oyera. En respuesta ella le dedicó una sonrisa húmeda y respondió con un leve asentimiento, sus labios también se movieron pero él nunca escuchó cuales fueron sus palabras.

—¡Kuro-kun! ¡Ven a bañarte! ¡El agua está deliciosa!

Ignoró aquella voz y se sentó más recto contra la corteza del árbol milenario.

Ese día hacía un calor infernal. El sudor le bajaba en gruesas gotas por la frente. La armadura le parecía una tortura digna de castigo. Pero no iba a quitársela. Quizás era la única forma en la recordaría cuál era su lugar.

—¡Kuro-kun!

—Deje de llamarme así —le ladró sin girarse, por supuesto. Tenía modales aunque a veces parecía carecer de ellos. Y estos le gritaban que por nada del mundo girara la cabeza en dirección al río que se extendía tras su espalda.

Porque estaba montando guardia, mientras Stacia tomaba un baño. Algo que solía hacer desde que era pequeña, pero aquellas últimas veces le estaba costando mucho más mantenerse sereno. Debía repetirse una y otra vez que era su guardián, que esa era su tarea sagrada.

Sagrada.

—Pues ¿por qué no? Vas de negro todo el tiempo, creo que Kuro te va a las maravillas.

—¿No era ese el nombre que le dio a su odioso conejo? —se concentró en seguir el hilo de la conversación e ignorar los chapoteos que oía, seguido de las risitas que escapaban de ella. Tragó saliva y apretó los ojos. Ante el nuevo suspiro de plenitud que la deidad emitió, empezó golpear rítmicamente la corteza del tronco con la parte trasera de su cabeza. No iba a perder el conocimiento, aunque no sería mala idea de momento.

—Te le pareces.

—No empiece con eso otra vez, Stacia-sama.

—Tienen la misma mirada... —su voz sonó más cercana, por lo que él se movió hacia un lado apretando los párpados —Aunque cuando Kuro desapareció puedo decir con precisión que se veía feliz. Ya ves, ni siquiera reparó en mí...

Esa última parte de su oración había sonado muy próxima, sintió la caricia de su aliento en las mejillas, por lo que se apresuró en abrir los ojos. Y casi deseó no hacerlo.

El sol delineaba su figura y a contraluz, el vestido transparentaba todo. Cuerpo de mujer. La fruta prohibida y madura al alcance de la mano.

Se levantó presuroso poniendo distancia —Si ya ha terminado de jugar, podemos marcharnos. Ya llevamos mucho tiempo de retraso.

—Kuro-kishi antes me acompañabas a nadar, te sentabas en las rocas mientras pulías tu espada y me regañabas por llenarme las rodillas de moretones —su voz sonó triste acercándose —¿Qué ha cambiado?

—Antes era usted una niña, Stacia-sama.

—Sigo siendo la misma de aquel entonces.

—No es correcto. Y aunque así fuera, no es por mí, es por usted.

—¿De manera que ahora resulta que la que sobra en el río soy yo? ¿Quizás deba hacer guardia para que te bañes?

—No me apetece bañarme — Al menos no en ese lugar. Sacudió la cabeza y se acomodó la armadura. La miró ligeramente, ella lucía herida y confundida. Su cabello tenía una tonalidad más oscura gracias al lago. Su vestido se adhería a sus pechos y cadera, denunciando que su piel todavía estaba muy húmeda.

Presuroso empezó a caminar para borrar esa imagen de su mente, escogiendo uno de los muchos atajos que podía llevarlos a los pies de Centoria. Pero el sonido en unos arbustos próximos, le obligó a retroceder ante ella, ponerla tras su cuerpo y extender la espada en actitud defensiva. Del follaje frente a ellos, una pequeña familia de conejos hizo aparición.

Y la divinidad volvió a ser la niña que él conocía, cuando tras una exclamación de júbilo reconoció a su mascota perdida. Kuro estaba ahí, mas grande y mas maduro de lo que recordaba, sin duda no había sido mucho tiempo pero el pequeño no era el mismo. Ella tampoco lo era. Se inclinó acariciando sus orejas, descubriendo que aquel lazo entre ambos seguía allí presente. Luego acarició a la coneja blanca de ojos rojos que era su pareja y finalmente, le dedicó toda su atención al retoño: un diminuto pompón gris, que permaneció quieto mientras Stacia lo tomaba entre sus manos con infinita ternura.

El caballero la contempló con un suspiro, reprimiendo un pequeño atisbo de sonrisa, mientras le enseñaba la cría de su mascota como si él no la hubiera visto.

—¡Mira Kuro-kishi! ¿No es adorable?

—Nunca cambia Stacia-sama.

—No pude evitarlo, lo siento.

Aunque sus palabras no lo translucían, una pena profunda inundaba su alma mientras con las manos llenas de sangre le ofrecía el cuerpo del que solía ser su mascota. El pequeño emitió un chillido desgarrador mientras la diosa de dieciocho años lo acunaba contra su pecho, manchando de carmesí su inmaculado vestido. Cayó de rodillas ante la mirada rota de su caballero, y se deshizo en llanto.

—Cuando conseguí librarlo de las fauces de ese lobo ya era tarde... —estaba intentando explicarse. Pero sentía que en su boca solo eran excusas sin sentido, porque su protegida tenía la cara arrugada hundida en el pelaje sangriento del animal e hipaba sin control, estremeciéndose. Cuando lo rescató ya estaba en las últimas, y si no lo remató fue porque sabía que ella querría despedirse.

Se miró las manos, estaban teñidas de tinta escarlata, por lo que solo se hincó a su lado en silencio y haciéndolas puño, esperó el inevitable final.

No pasó mucho tiempo, fueron quizás algunos segundos, los gemidos desgarradores de Stacia se confundieron con la última exhalación de Kuro. Sus ojos negros seguían mirándola con la misma ternura de siempre, con adoración, pero él ya no estaba allí. Un frío terrible los envolvió como si estuvieran en pleno invierno, cuando apenas estaban entrando al otoño. La muerte lo arrebató de manos de la divinidad sin que ella pudiera evitarlo.

Fue la primera vez que la vio completamente destrozada, cuando se dio cuenta que pese a su autoridad como diosa de la vida y la creación, había cosas que sus atributos divinos no podían recomponer. Que quizás sus poderes tenían un límite que nunca sospechó.

Y así con el animal muerto en sus brazos se derrumbó contra el pecho de su caballero, llorando desgarradoramente sin consuelo. Mientras aquella humanidad terrible que fue educada para protegerla, aquel caballero de tez imperturbable se rompía a pedazos, porque existía algo de ella que no podía proteger por más empeño que le pusiera.

No podía evitar que algo, cualquier cosa ajena a él, le rompiera el corazón.

—¡Pequeño Kuro quédate quieto! ¡No quiero que te extravíes tú también!

Él bufó desde su acostumbrado lugar bajo el árbol —¿A todas sus mascotas le piensa poner el mismo nombre, Stacia-sama?

—No tengo la culpa de que todos se parezcan a Kuro-kishi.

Apretó los párpados mientras una arruga se formaba en su frente. Su sentido del humor le encrespaba los nervios. Últimamente también le llamaba Kuro y él no sabía si era en honor a su conejito muerto, a quien adoraba con locura, o por algún otro capricho del que solo ella estaba enterada.

Por regla general los Integrity Knights no tenía nombre, sino un número. El suyo era 33, y cuando conoció a la divinidad y realizó aquel juramento, le fue presentado con ese dígito. Algo que la niña Stacia se negó a reconocer, así que empezó a llamarle Kishi que era mucho mejor que una aburrida cifra. Por mucho tiempo ella le nombró así, y en algún punto lo sintió propio. Él no era como Fanatio IK2 o Bercouli IK1 cuya denominación fue dada por la misma Clérigo mayor. Pero contar con el favor de la joven diosa era mucho mejor que los calificativos que aquella insufrible mujer pudiera ponerle.

Desde que la deidad empezó a llamarle Kuro delante de los demás caballeros, aprendices y empleados de la catedral, todos habían optado por dirigirse a él de la misma forma. Y aunque lo negara, sentía una especie de calor en sus entrañas porque nadie más que él poseía un titulo similar.

—¿También va a decir que tenemos los mismos ojos? —le siguió el juego, virando el rostro y notando que estaba sentada en aquella alfombra esmeralda. El pequeño y nuevo Kuro era el retoño de su anterior conejo, el cual ella conoció el verano pasado. Estaba en sus piernas, y se notaba que estaba en edad adulta.

—La primavera está en el aire.

Le sorprendió que ella dijera algo como eso. Por algún motivo sintió que el pulso le latía exagerado en el cuello. Los intensos ojos de oro de ella estaban fijos en los suyos como imanes.

Stacia tenia dieciocho años y él veinticuatro, cuando ella era una niña la diferencia de edad era abismal, pero ahora parecía una distancia mínima.

La deidad volvió la vista al conejo que contra todo pronóstico ansiaba escapar de sus manos. Y ella lo soltó. El pequeño huyó hacia el corazón del bosque así como hizo su padre hacía ya mucho tiempo, sin girar la cabeza y saltando alegre porque por fin estaba libre. Pero esta vez, Stacia no sintió tristeza.

Se puso de pie y se sacudió el vestido de toda brizna que pudiera picarle después.

—Aun no —respondió el caballero, con indiferencia —No es época todavía... el rocío de la mañana es gélido —se explicó pese a que la voz le tembló.

Stacia señaló sobre su cabeza, un precioso pájaro de pecho azul y verde se posó en una rama cerca de ellos y gorjeó feliz.

—La primavera está aquí, Kuro-kishi.

—No puede ser

Ambos se quedaron en silencio, oyendo como repentinamente una sinfonía de gorjeos y cantos se extendía alrededor de ellos.

—Esa fiebre de la que siempre me hablabas... ¿es este aroma que flota entre la hierba? —preguntó lentamente.

—No sabe lo que dice Stacia-sama.

—Entonces explícamelo. Ya soy lo suficientemente mayor para comprender.

En medio de aquel intercambio de palabras fue acercándose donde él reposaba. Sus ojos siempre oscuros, tenían un toque de azul, como aquel firmamento que limpio se extendía sobre sus cabezas. La brisa les acariciaba los cabellos y el aroma a pino, a tierra y a bosque se condensaba entre ambos como un incienso.

—Eso no es algo que está en los libros —le contestó haciendo un esfuerzo porque la voz no le temblara —No es apropiado para usted.

—Deja de decidir por mi, Kishi.

La intensidad de las pupilas de la deidad era como fuego y miel. Furor y candidez. Una combinación extraña, pero así era ella. Y estaba desmoronando sus defensas a conciencia.

La tomó del brazo con rudeza y la acercó a su cuerpo. Sin someterla, pero manteniendo una mínima distancia prudencial. Notó el azoro en aquel rostro delicado, y la forma en la que sus senos subían y bajaban bajo el escote sencillo de su vestido blanco.

—¿Quieres saber porqué los animales enloquecen cuando llega la primavera? —Stacia asintió fascinada —Se dice que flota una fiebre en el aire caliente, quizás sea el polen o la fragancia de las flores que empiezan abrirse. Los machos saltan y braman en los peñascos, bajo las noches de luna llena... Las hembras presentan sus mejores galas en respuesta y... entonces, se encuentran para danzar una pieza tan preciosa y milenaria que... —la miró a los ojos, notando que los de ella estaban grandes y húmedos. El centro de sus pupilas se había empequeñecido —Ningún ser humano puede resistirse a esa danza si ha encontrado al compañero ideal...

—¿Y tú la has encontrado? ¿Esa... compañera...?

El caballero sintió el fuego crepitando bajo su piel, su boca se secó, tragó en nudo en su garganta. Como peleando consigo, bajó la cabeza en una respuesta tosca, pero afirmativa.

—Y entonces... ¿Y entonces qué esto? —se apretó el pecho, antes de golpearse haciendo énfasis —¿Qué es esto que siento cuando te miro a ti, o cuándo siento tus ojos sobre mí? ¿Por qué tus palabras me enmudecen y me dejan despierta por noches enteras? ¿Por qué cuando me hablas sonrío un momento y luego soy capaz de llorar sin consuelo? —su voz bajó de intensidad —¿Qué es esta sensación horrible que se siente como si la muerte me arrebatara lo que mas quiero, pero al mismo tiempo es la veneración de la tierra hacia mí?

—Stacia-sama... no diga esas cosas... no ahora por favor... —le pidió con desesperación.

—Es como si me sintiera ir cayendo en una trampa donde voy a perderme. Y sin embargo, ¡quiero caer! ¡Ansío caer! ¿Porqué hoy es todo tan distinto? ¿Porqué el primer día que te conocí la más fuerte era yo, la diosa respetada y perfecta, y ahora toda la fuerza la tienes tú?

Él negó con la cabeza y trató de alejarse, olvidando que fue quien propició aquello —Regrese a la catedral Stacia-sama. Sálvese de mí... ¡Todavía está a tiempo! ¡Puede pedir otro escolta!

—¿Porqué dices eso Kishi-kun? —ahogó un gemido y se aferró a él —No me iré, es inútil ya no puedo volverme atrás , y aunque pudiera no lo haría. No quiero hacerlo. ¡Quiero entender! ¡Enséñame! Tú que lo sabes todo, ¿qué es esto que estoy sintiendo al mismo tiempo en el alma y en la raíz de la sangre? ¿Es mi divinidad? ¿Es mi parte humana? ¡Explícame!

—Solo espero no estar cometiendo el error más grande de mi vida... —susurró agarrando la temblorosa mano de la deidad y aplacando por fin, la distancia que los mantenía separados. Sus cuerpos se encontraron. Jadeantes, temblorosos, como dos piezas de distintos mundos que acababan de encontrarse —Espero sea lo mismo que estoy sintiendo yo... Stacia...

—¿A ti también te tiemblan las palabras dentro del pecho las palabras antes de decirlas?

Él asintió —También.

—¿Es acaso la primavera?

El caballero se rió, iluminando sus ojos de acero en brillo azul. La joven lo observó extasiada, nunca lo había visto sonreír, y tenía una sonrisa preciosa y transparente —Eso es solo una sola parte, hay mucho más... Más que la primavera, más que el verano y todas las estaciones del año juntas.

—¿Mas que la fiebre?

—Mucho más.

—Pero entonces no existen solo dos sensaciones que pueden hacer temblar mi humanidad, no es solo la muerte o la devoción que me inspira mi pueblo... ¡Hay una tercera cosa capaz de hacer temblar a un hombre!

—Sí Stacia —asintió y le sostuvo la mejilla, como para que estuviera segura de lo que le estaba diciendo —Hay un tercer misterio que es un poco como sentir tu divinidad actuando y como sentirse morir.

—Una tercera palabra...

—Una tercera palabra de la que has leído muchas veces para aprender, pero los libros pueden darte una respuesta superficial... a esa palabra tienes que experimentarla para entenderla. Germina en el corazón y se extiende por tu cuerpo en todas las direcciones.

—Dímela. Quiero oírtela decir.

—No hace falta, decirla Stacia. Esa tercera palabra, cuando es verdad es mejor decirla en silencio y demostrarla con hechos... así...

Acercó sus labios hambrientos hacia los de la diosa y la besó con toda la pasión y la ansiedad que aquel momento había sembrado en el ánimo de ambos. Él soltó su espada y la abrazó con fuerza, sintiendo en respuesta las manos de ella en su nuca, acariciando su cabello. Su respuesta era puramente instintiva , nunca había besado a nadie, pero supo responder y participar de cada caricia, siguiendo su ritmo, hasta que ambos golpearon la corteza del árbol milenario que los protegía, y entonces se separaron, jadeantes. Los ojos de ella estaban llenos de lágrimas y sonreía. Boca de cerezas tentadora. Las pupilas del caballero era acero candente, labios temblorosos que cosquilleaban por repetir aquel contacto.

—¿Y la tercera palabra?

—Es amor —y volvió a besarla, callando la explicación, sabiendo que la acción era más que suficiente.

nota...

OMG, no puedo creer que terminé este fic! según yo... olvídeno xD planeo tantas cosas y nada! Nunca nada sale como yo quiero.

Bueno, estamos a solo un día! Yahooo! Gracias por su apoyo (mañana me pondré sentimental jajaj)

Respecto a este fic:

Kishi: caballero

Kuro: negro

Este fic está basado en mi obra de teatro favorita llamada 'La tercera Palabra' . Cuando leí el tema de hoy, supe que quería escribir basado en este tema cursi y fluff, ademas que me encanta la idea del amor entre la diosa y su guardaespaldas Kyaaaa 3

Mañana corregiré horrores y errores! Sean buenos!

En fin, no quiero hacer nota larga así que hasta aquí.

Sumi (en estado zombie -_-)