Este fic pertenece a la #KIRIASUWEEK2020

Fecha: Jueves 01 de Octubre

Tema: 'La dama orgullosa y el hombre obstinado'

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|El Acuerdo|

—Hola, disculpa ¿sabes dónde puedo ubicar a Asuna Yuuki? —Kazuto Kirigaya se apresuró en agarrar el brazo de la escurridiza jovencita de cabello rubio, la cual vestía de bufón, y que pasaba corriendo junto a él.

La niña, que no debía tener más de doce años, lo miró con una mueca fascinante —¿La maestra Asuna? —preguntó con duda. Él asintió tratando de mantener la sonrisa —Esta mañana era la princesa de la Bella Durmiente, pero ahora… —sacudió la cabeza —Lo siento. ¿Tal vez en el juego de ajedrez humano?

Kazuto asintió y la soltó. Empezaba a tener dolor de cabeza.

Por supuesto que sabía donde debía estar Asuna Yuuki. ¡En su despacho! Donde tenía acordada una cita a las diez de la mañana. Pero nunca se presentó. Lo dejó plantado sin dar explicaciones de su ausencia y sin molestarse en inventar una excusa. Al parecer, era mucho más importante ser la Bella Durmiente en aquel festival medieval de la escuela, que entrevistarse con él.

Maldijo internamente. Su secretaria Liena, le había dicho que era mala idea ir a buscar a esa mujer, pero él porfió, recordando que le había hecho aquel juramento a Kouchirou. Ahora mientras seguía recorriendo los largos pasillos de la escuela, cruzándose con caballeros, princesas y corceles, debía reconocer que su eficiente secretaria tenía razón. Debió mandarle un e-mail y no hacer esa tontería.

—Disculpa —se dirigió ahora a una preciosa chica de largo cabello negro que apostaba contra un muro, degustaba un helado —¿Puedes indicarme dónde puedo encontrar a Asuna Yuuki?

La joven volteó sus ojos rápidamente hacia él. Los tenía de color grises, muy grandes e intensos —¿Para qué buscas a mi hermana?

Eso sorprendió al escucha que la contempló con más atención. De la cabeza a los pies vestía un atuendo de bruja muy moderno. A su lado descansaba una escoba falsa —¿Eres Yui Yuuki? — preguntó a su vez, sintiéndose algo aliviado de que hubiera encontrado un hilo certero del cual tirar.

—¿Quien es usted? —la jovencita se puso en guardia. El sombrero en punta sobre su cabeza la hacía ver más adorable que amenazante, pero Kazuto se abstuvo de decir algo al respecto. Lo que lo había llevado hasta allí no era nada agradable. Sin duda, esa niña no estaba al tanto de las últimas noticias de la familia y no le correspondía a él decirlas.

—Soy Kazuto Kirigaya —añadió tendiéndole una mano, aunque no sabía si las jovencitas saludaban de esa forma. Para su alivio, ella le imitó.—Necesito hablar con tu hermana, es todo —le dijo amablemente sonriendo y cerrando los ojos en ese gesto en el que le explicaba a sus clientes que todo estaría bien, pese a que se avecinaran problemas.

Yui lo miró de arriba abajo sin cuidarse de ser disimulada. Ciertamente el que vistiera un traje elegante y llevara zapatos bien lustrados, lo ponía como alguien importante para la mentalidad de una adolescente. Lo cierto era que en un par de horas tenía una audiencia y no le daba el tiempo de volver a su oficina y mudarse de ropa. Había decidido ir así a buscar a la escurridiza señorita Yuuki.

—Muy bien, venga conmigo —arrojó el resto del helado a un cesto —A esta hora debe estar en el campo de deporte, ya sabe, en el ajedrez humano.

Sí, la anterior jovencita mencionó lo mismo. Al parecer aquella maestra de veinticuatro años era bastante predecible para el alumnado de aquella escuela. Kazuto siguió la silueta de Yui a través de más pasillos llenos de niños disfrazados que corrían sin importarle la presencia de un adulto. La joven no hablaba, así que se ocupó en esquivar varias veces algunas torres de helados, algodón dulce de color rosa y hot dogs cargados de mostaza que amenazaron con arruinar su traje.

Todo un festival para niños, era cierto.

De pronto salieron a cielo abierto, hacia una especie de campo deportivo, donde el suelo de cemento daba lugar a un césped esmeralda.

—Es por allí —se dio la vuelta para mirarlo del mismo modo descarado de antes, y le señaló con la cabeza la partida que ya había empezado —Buena suerte.

Le devolvió el gesto con sorpresa, vaya niña precoz.

Pero cuando miró hacia el frente descubrió que todos los jugadores eran adultos mayores, profesores por supuesto, vistiendo ropas en blanco y negro. Miró a los dos reinas pero ninguna de ellas le hizo justicia a la fotografía que Kouchirou le había mostrado alguna vez y que retrataba a una tímida jovencita de quince años de cabello color zanahoria la cual conocía como Asuna.

—¿Cuál es tu hermana? —le preguntó una vez más.

Yui parecía estar perdiendo la paciencia para estas alturas, pero se esforzó en ser cortés. Suspiró con evidente vergüenza y miró el suelo —Aunque no lo crea, es el caballo blanco. —él abrió los ojos con evidente sorpresa —¿No es una tontería? Ellos querían que fuera la reina blanca, pero ella argumentó que los caballos eran más divertidos.

En ese momento alguien gritó un movimiento y el caballo blanco galopó hasta el centro del tablero, representando su papel. La mayoría de alumnos aplaudió el gesto, mientras un estoque falso brillaba en su mano bajo el sol, tras hacer una pirueta se dispuso a destrozar a la desgraciada pieza negra. Pero los segundos pasaron y nada ocurrió. El caballo blanco quedó imperturbable bajo el sol de mayo, con la espada en alto.

Y Kazuto la contempló con admiración. El traje, compuesto de una sola pieza se ceñía como un guante a aquel cuerpo de reloj de arena, realzando especialmente la estrecha cintura y la curva de sus nalgas. Lo único gracioso era el casco en forma de caballo que llevaba en la cabeza. Un detalle andrógino por supuesto, pero debía reconocer que era el caballo más sexy que había visto en su vida.

—Ehhh ¿Pero dónde está el caballo negro? —salió una disgustada voz femenina tras la mascara. Acto seguido, se la quitó de un tirón, liberando abundante cabello color mandarina que cayó en cascada hasta su cintura —Por todos los cielos, ¿cómo se supone que vaya a matarlo si no está aquí? —rio alegremente mirando al publico que se encogió de hombros ante su razonamiento. Apoyó el casco contra su cadera y se volvió al resto de los jugadores —¿Quién era el caballo negro?

—Creo que habíamos escogido al señor Bercouli, pero ya sabes como son los profesores de filosofía —comentó el rey blanco —Probablemente lo haya olvidado.

Los ojos ambarinos de Asuna brillaron de risa contenida. Realmente, viéndola, pasaría como una estudiante más. —Bueno, necesitamos otro caballo negro —insistió pasando ahora la vista por el publico presente. Así descubrió a su pequeña hermana entre el gentío y la llamó —¡Yui! Tú que estas vestida de negro, serías el caballo perf…

—De ninguna manera —contestó la jovencita de modo terminante —No pienso hacer el ridículo.

—Vamos Yui, será solo un segundo —Asuna quiso acercarse a ella pero al ver su expresión ceñuda desistió.

Kazuto esperó con paciencia a que aquellos ojos de miel lo encontraran. Había un toque candoroso en la forma en la que miró a todos los presentes, pero definitivamente no halló nada inocente en la forma en la que se mordió el labio inferior cuando finalmente reparó en él. Estaba apostado al lado de su hermanita y era obvio que no podría pasar desapercibido vistiendo aquel lujoso traje negro.

—Traje a este hombre que quería hablar contigo —siguió diciendo la adolescente mientras le señalaba, sin darse cuenta que ambos ya estaban muy conscientes de la presencia del otro.

Por supuesto la sonrisa de Asuna se amplió y fue tan generosa que por un segundo hasta se sintió capaz de perdonarle el que le hubiera dejado plantado.

—¡Perfecto! —le señaló con la punta de su estoque plateado —Usted será el caballo negro, ya que está vestido para la ocasión —sonrió — Ahora bien, ¿sería tan amable de venir al tablero para que yo pueda clavarle la espada?

Kazuto no puedo evitar reír por lo bajo ante aquella acotación. Todavía estaba algo molesto por la descortesía cometida esa mañana y definitivamente no tenía tiempo para formar parte de aquellas tonterías. Pero el público estaba demasiado impaciente por la interrupción, por lo que el juego debía reanudarse con rapidez. Alguien le alcanzó una espada de madera pintada de negro, y después de blandirla con diversión en su mano derecha, Kazuto dio un paso hacia el desgraciado tablero, ubicándose frente a la señorita Yuuki.

Ella había vuelto a ponerse el casco y le esperaba con su estoque en alto.

—Usted debe ser el nuevo tutor de idiomas, ¿verdad?. Eugeo mencionó que había concertado una cita para conocerle. Espero que no se asuste, justo ha venido el día del festival y los alumnos parecen un grupo de salvajes ¿verdad?. Pero normalmente los niños son un modelo de virtud, se lo aseguro.

—Me temo que me confunde con otra persona, señorita —murmuró evitando con cuidado los ataques de la joven. Ella movía el florete con delicada gracia, como si de verdad hubiera recibido lecciones de esgrima en el pasado.

—Si no es el tutor de idiomas, ¿entonces es el profesor de tecnología y programación?

Kazuto negó con la cabeza, ocasionando que ella se detuviera en plena lucha. A través del extraño visor que le cubría la cara, advertía la intensidad de sus ojos de miel, estudiándolo fijamente. Trazó una finta con la punta de su estoque, sin tocarle, mientras seguía tratando de adivinar quien era.

—¡Usted es el maestro de matemáticas, claro! Debí suponerlo por su atuendo. Usted es el señor…

Kazuto negó firmemente con la cabeza.

—¿El maestro de historia?

Él suspiró. Adivinarlo iba a llevarle un día entero —No —dijo de modo tajante.

Ella respondió con una pequeña risita afectada —Bueno, ahora que ya sabemos quien no es, no diré nada más y dejaré que me diga quién es.

—Mi nombre es Kazuto Kirigaya. Soy abogado. Me encargo de las finanzas de su hermano Kouchirou.

Asuna se calló súbitamente. Conocía su nombre, era evidente, porque se quedó petrificada con la espada en la mano. Debajo del casco sus ojos se empequeñecieron y los clavó con furia en él.

—Kazuto Kirigaya.

—Sí, ese es mi nombre.

Lentamente extendió el filo de su estoque y con paso decidido atravesó el espacio que los separaba, hasta que la punta de su arma se clavó en el pecho del joven; justo en el lugar del corazón.

—¿Usted es Kazuto Kirigaya?

—Sí —miró el arma —¿Es aquí donde va a matarme?

Pero Asuna no rio. Ni se movió. Su brazo estaba firme presionando el arma. El ritmo de su respiración era tal que le llegaba a los oídos, veía la misma agitándole los pechos que subían y bajaban, acompañando la desesperación que sentía. No tenía la menor duda de que si aquella espada hubiera sido de verdad, lo hubiera atravesado con ella sin dudar.

Su hostilidad no era algo personal, por supuesto. Cuando había creído que era el tutor de idiomas le había sonreído genuinamente, dejándole ver el brillo cálido que adquirían sus pupilas de miel. Su antagonismo estaba dirigido al abogado que había contratado su hermano para pelearle la herencia. Y aunque Asuna no odiaba a Kouchirou, los constantes desencuentros entre ambos, crearon un bache que con los años se volvió insalvable. Ahora era demasiado tarde para remediar eso, el resentimiento de la joven se extendía a cualquiera que hubiera sido aliado de su familia.

Kazuto suspiró. Otra vez deseó haberle hecho caso a Liena cuando le recomendó que no fuera a buscarla. ¿En verdad había creído que sería más sencillo hablar del testamento cara a cara? ¿En qué momento se le ocurrió pensar que Asuna apreciaría el toque personal de un encuentro como aquel? Porque claramente no lo hacía.

O ella no estaba al tanto del triste final de su amigo Kou, o era muy buen actriz.

Luego de todos esos minutos, el publico estaba impacientándose al ver que el juego había vuelto a detenerse. De mala gana, Kazuto alzó su propia espada y rápidamente presionó la de la joven. El delgado estoque plateado se dobló fácilmente bajo la hoja de su espada de madera y se curvó hasta caer al suelo.

Ella pareció reaccionar, lo miró con resentimiento mientras empuñaba las manos —Se suponía que yo iba a hacerme de la pieza negra. Se suponía que usted iba a morir. Ha estropeado la partida.

—Me temo que voy a estropear más que eso.

Como Kazuto supuso, Asuna no tenía idea del triste final de Kouchirou Yuuki. Ni siquiera estaba al tanto de la enfermedad terminal que padecía.

Notó como tras sus palabras y la noticia que le dio, la rabia inundó el apacible mirar de la joven. Y luego la culpa. Una culpa intensa y tan real, que hizo que se derrumbara entre sus brazos, presa de un ataque de histeria que derivó en una cuadro de descompensación.

Aturdido, recordó que sostuvo a la llorosa muchacha contra su pecho, sin saber que hacer. Hasta que el rey blanco se aproximó interrumpiendo la partida. De hecho, el juego entero quedó arruinado tras aquel giro de los acontecimientos.

Otra vez notó cuan querida era la señorita Asuna Yuuki en aquella academia. Pues el publico espectador se mostró compungido y reacio ante lo que había ocurrido.

El propio rey blanco, un hombre muy joven de cabello rubio e increíbles ojos verdes, exigió saber cuáles habían sido sus palabras para que la muchacha se derrumbara de aquel modo; cuando le puso sobre aviso, cortésmente le pidió que se retirara de la escuela, dejándole en claro que no era el lugar para ese tipo de noticias, y prometiendo que cuando la señorita Yuuki se recuperara, ella misma se pondría en contacto con él.

Mientras hacía el camino de vuelta, en medio de niños y jóvenes corriendo de un lado a otro, se encontró con la mirada parca de Yui Yuuki. La adolescente le miró con expresión profunda y retadora hasta que él abandonó el lugar.

habían pasado dos semanas tras aquellos acontecimientos. Pero a Asuna se le antojaban lejanos y de fábula. Como si le hubieran ocurrido a otra persona, no a ella. Vivió en un sopor completo hasta que fue capaz de ir a la tumba donde estaba enterrado su hermano mayor.

Fueron los quince días más difíciles de su vida. Enterarse de que su hermano estaba condenado a morir y que lo supo por demasiado tiempo, ocultándoselo a ella… a pesar de que no se hablaban, Asuna sabía que no era razón válida excluirla así de su vida. Y lloró sintiéndose culpable. Lloró por no haber podido despedirse y lloró por no haberle dicho lo mucho que le amaba y le hacía falta.

Contarle las tristes noticias a Yui no fue sencillo, pero aquella niña mostraba una entereza demasiado adulta para la edad que tenía. Lloró, pero el tiempo restante se convirtió en el pilar que ella necesitaba. La acompañó hasta el cementerio y le acarició el cabello en silencio, mientras ella derramaba su alma a los pies de aquella cruz de cemento.

Asuna reconocía que se aferró al cuerpo de su pequeña hermana para que el espiral de desesperación que se erigía bajo sus pies no se la tragara viva. Y se levantó los días subsiguientes sabiendo que debía continuar por ella. Seguramente eso era lo que Kou hubiera querido.

Su empleador le dio una suerte de vacaciones para que se recuperara y Asuna aprovechó para terminar de asimilar todo. Todavía quedaba lo más importante. El asunto aquel con Kazuto Kirigaya, el abogado de su hermano. Al que conocía de nombre, fue el hombre que se encargó de hacerle llegar la papelería de Yui cuando la niña anunció que dejaría la casa paterna para mudarse con ella. Sabía que estaba a cargo de las propiedades de la familia, había visto su firma muchas veces a lo largo de eses meses, su propio abogado Eiji Nochizawa, le había dado buenas referencias de él. Pero nunca le puso atención, estaba cerrada por completo a cuanto asunto de su ex familia le reclamara. Por eso no le conocía, ni nunca lo había visto. Y ese día en el campus antes de descubrir su verdadera identidad, ciertamente le había cautivado. Y le pareció bastante romántico que vistiera tan moderno, mientras todos usaban prendas y disfraces a la vieja usanza.

Parecía un príncipe azul…

Pero los príncipes no daban noticias tan funestas y esperaban que la protagonista se mostrara desalmada y sin corazón al recibirlas. Recordó haber llorado contra su pecho, mojando su costoso traje, mientras él seguía imperturbable, mirándola con indiferencia. Menos mal que Eugeo se acercó a socorrerla y la sacó de allí como el buen amigo que era.

Pero el tiempo había pasado y ahora se encontraba en el corazón de Setagaya parada en la fastuosa entrada de su casa paterna. Aquella mansión monstruosa de la que se había escapado cuando cumplió veinte años y le dejó claro a Kouchirou que 'necesitaba una vida, pues él estaba asfixiándola...' . Había sido cruel, ahora lo reconocía. Él no se había molestado en entenderle y ella tampoco. La muerte de sus padres les golpeó demasiado pronto, y el joven tuvo que convertirse en el adulto a la fuerza y hacerse cargo de dos niñas. Yui aún estaba en el kinder cuando la primera de las desgracias les golpeó. Prácticamente la criaron entre ambos, entre algodones y dándole todos los gustos. Quizás por esa razón parecía tan fría e indiferente. Todo lo contrario a Asuna.

La joven pelirroja suspiró en tanto revisaba su apariencia por centésima vez. Se sentía ridícula vistiendo una falda y zapatos de tacón, pero todo fuera por causarle una buena impresión al abogado y borrarle su fatídico encuentro de aquel día en la escuela.

Tocó el timbre de entrada y esperó, volviendo a sentirse como la jovencita acorralada que fue durante su adolescencia allí dentro. Hacía años que no iba allí, pero le seguía resultando un lugar irrespirable y hostil. Sintió unas tremendas ganas de darse la vuelta y salir corriendo, empero permaneció allí clavada cuando la puerta se abrió, y la cansada fisonomía de Sada, el ama de llaves que trabajaba en su familia desde que ella tenía memoria, le recibió.

La ojeada despectiva que le dio la mucama, le hizo sentir tremendamente fuera de lugar. El nudo se ciñó a su estómago, pese a que vestía como una adulta y llevaba labial. Fue como si no hubiera pasado el tiempo.

—Buenos días, Sada. ¿Cómo se encuentra?

El rostro de la mujer, quien otrora fue lo lo más cercano que tuvo a una madre, se endureció la miró de frente sin notarse afectada.

—Extrañando mucho a su hermano, señorita. Aunque supongo que usted no dirá lo mismo.

Asuna sintió un golpe muy fiero en el pecho. No esperaba menos, para ella y para el resto del mundo, la altiva señorita Asuna Yuuki ni siquiera se había molestado en aparecer durante los últimos instantes de vida de su hermano, y ahora se presentaba a reclamar la herencia como la mujer desalmada que era.

Retuvo la intensidad que amenazaba por desbordarse de sus ojos y haciendo una pequeña inclinación, añadió con voz suave —Creo que el señor Kirigaya me está aguardando, Sada.

La mujer pestañeó un par de veces y al ver que no le seguía la corriente con su provocación, movió los hombros hacia atrás y se movió de la puerta para que entrara —Está en la biblioteca esperándole —dijo con serenidad.

Asuna entró a la casa tratando de no mirar a su alrededor. La sirvienta no la acompañó hasta la habitación, y no lo necesitaba. Ella conocía bien el camino. Cuando sus padres aún vivían recordaba haber pasado allí su infancia, sentada en las rodillas de Shouzou mientras este le permitía girar una y otra vez el globo terráqueo que se encontraba en el escritorio.

Las piernas le temblaban mientras de reojo observaba el pasillo, los cuadros colgados de los muros, estaban ahí desde que tenía memoria, como si la mansión se hubiera puesto en stand by desde que ella escapó. Al llegar a la biblioteca encontró la puerta cerrada como siempre. Por un momento pensó en entrar sin anunciarse, pero algunas costumbres eran difíciles de cambiar. Volvió a sentirse pequeña mientras golpeaba con suavidad con sus nudillos.

Kazuto abrió la puerta tomándola por sorpresa. No vestía traje, sino un jean negro y una camiseta azul; se veía tan informal que ella sintió pena de sí misma. Parecía desentonar con todo —Buenos días señorita Yuuki. Llegó temprano.

—Me gusta la puntualidad —respondió escueta. Luego reparó que él había sonado sincero y amable. Se aclaró la garganta —Buenos días.

—Pase por favor, estaba terminando ya. Siempre me ha parecido increíble la colección de mapas que tenía Kou —mencionó volviendo a tomar asiento tras el escritorio.

Asuna entró detrás de él y el aliento se le atoró en la garganta. Hacía años que no ponía un pie en aquel lúgubre lugar. Este se mantenía imperturbable a como lo recordaba desde que era niña. Al parecer su hermano no quiso renovar nada, y lo dejó así como lo usaban sus padres. Aunque los únicos cambios significativos se veían en esa linea de retratos que estaban ubicados prolijamente al frente del mueble principal. Fotos de Yui y de ella misma, imágenes actuales que nunca le facilitó; fotos de Yui en la escuela, ella con su diploma docente. Ambas festejando la Navidad. Y otras imágenes de ambos cuando eran pequeños.

Kazuto captó la mirada rota de su acompañante y la dejó ser algunos segundos.

—Él siempre hablaba de usted. Con mucho orgullo, me contó de como su hermana construyó su vida de cero hasta lograr un nombre por sí misma… —murmuró con suavidad.

Asuna sorbió por la nariz y aprovechando que él seguía inmerso en los mapas que antes le mencionaba, se secó disimuladamente las comisuras de los ojos.

—Lamento mucho lo que ocurrió la otra vez, creí…

—Está bien, yo debería de disculparme por mi reacción. Claramente ignoraba lo que le ocurría a mi hermano —Asuna tenía orgullo por eso le interrumpió —Sé que no fue la forma más correcta en la que lo traté.

—Comprendo perfectamente —enrolló el mapa y lo guardó donde se encontraban los demás —Pero aunque no fuera un buen momento, los términos del testamento estaban allí y usted debía estar al tanto. ¿Ha tenido tiempo su abogado de verlo?

Ella afirmó, sintiendo que aquella parte impertérrita de su personalidad, salía en su ayuda —Sí, gracias por la copia que le envió. Me ha dicho que el testamento es legal y que probablemente sea una perdida de tiempo intentar anularlo.

—Debe ser un hombre muy ético. Muchos abogados le hubieran asegurado que valía la pena intentar algo solo para cobrar una jugosa comisión.

—Eiji no es así —respondió poniéndose a la defensiva.

Entonces, también recordó que no solo estaba la muerte de su hermano, sino la divertida clausula que le dejó.

La herencia es tuya, Asuna. De eso no hay duda, —le había dicho Eiji Nochizawa. Sin embargo, no estaba sonriendo cuando mencionó eso, y ella supo que existía algo más que le traería un dolor de cabeza —pero te lo advierto, aquí empieza lo raro. Es cierto tú heredarás todo, absolutamente todo, pero solo si puedes, en el transcurso de un año, demostrar que eres lo suficientemente madura como para manejarlo.

¿Qué?

Según lo que dice aquí, existen ciertas reservas sobre tus elecciones de vida. Y necesitas probar que tienes buen juicio y que eres competente para administrar el dinero

¿Acaso hay alguna forma de demostrar algo tan intangible como el buen juicio? La madurez no puede cuantificarse.

Lo sé, pero según veo, Kouchirou también esperaba que pudieras casarte con alguien responsable y que Yui creciera en el resguardo de una familia que velara por ella y la protegiera.

¿Estás diciendo que debo casarme para recibir mi herencia?¿Qué hay de Yui?

El hombre se aclaró la garganta, incómodo —Ella seguirá recibiendo puntualmente su mesada mes tras mes hasta que cumpla la mayoría de edad y pueda hacer uso de su parte…

Asuna arrugó la nariz sin poder creerlo, volvió la vista hacia su abogado que seguía igual de incómodo —¿Hay mas sorpresas?

Tu hermano dejó estipulado que alguien será el encargado de controlar tus finanzas y evaluar tu buen juicio, además de dar el visto bueno en caso de que contraigas matrimonio…

¿Qué estas diciendo?

Kouchirou dejó un albacea, Asuna —dijo lentamente.

La joven sintió que sus rodillas flaqueaban, se sentó —¿Además de su abogado dejó a otra persona capaz de juzgarme si soy lo suficientemente sensata para no gastarme en una noche todos esos millones? ¿En qué estaba pensando mi hermano…?

Ciertamente en tu bienestar, y en el de Yui —suspiró lentamente y soltó el aire por el nariz —El albacea es su abogado, Asuna —ella le miró con la sorpresa pintada en su boca entreabierta —Kazuto Kirigaya es el encargado de juzgarte por un año.

—Por su expresión asumo que ya sabe lo del albacea.

Estaba muy serio, aunque un brillo retador realzaba el azul de sus pupilas. Ella no iba a dar rodeos.

—Estoy al tanto, para eso he venido.

—¿Por qué no se sienta? Creo que será más cómodo hablar aquí, que allí de pie.

Encima tenía sentido del humor. Asuna atravesó la habitación y como toda una señorita recatada, se sentó elegantemente, manteniendo las piernas muy juntas.

—Quiero mi herencia —lanzó a quemarropa —Creo que la merezco, y voy a hacer todo lo que está a mi alcance para convencerlo de ello. Le daré informes de todo lo que me pida; finanzas, trabajo. Lo que quiera.

—Pensé que iba a negarse —sonrió —Le dije a Kouchirou que era una locura, pero le dio igual. Él quería un testamento a prueba de cualquier desafío, y es lo que le di.

—Mi hermano sin duda creyó que no iba a interesarme —se sonrojó un poco al decir eso —Le demostraré que soy una persona muy diferente a la que recordaba Kouchirou.

—Él deseaba darle todo, señorita Yuuki…

—Llámeme Asuna —le interrumpió. No le gustaba que le recordaran su ilustre apellido.

—Su hermano quería que la herencia quedara en sus manos. Si usted demuestra que tiene capacidad para recibirla, será un placer dársela. Le diré a mi secretaria que el lunes a primera hora le mande una lista de los datos que necesito para hacer las investigaciones. Podemos empezar cuanto antes.

—¿Y cuánto tiempo llevará hacer todo eso?

—No lo sé. Depende de lo que descubra. Como usted sabe, el testamento establece doce meses como plazo para que demuestre que es perfectamente capaz de recibir la herencia. No creo que lleve tanto tiempo —la miró de reojo —¿Por qué? ¿Tiene urgencia?

—Por supuesto que no, pero… — era extraño decirle sus pensamientos a un desconocido. Resopló —Olvídelo, no tiene importancia.

—¿Tiene problemas con la renta? —aventuró adivinando. Pensó por un segundo —¿Por qué no se muda aquí? Creo que será muy beneficioso para su hermana pequeña, la señora Sada mencionó que echaba de menos a la joven señorita —la cara de horror que se reflejó en los preciosos rasgos de Asuna, le hizo sonreír —Lo digo en serio, el testamento estipula que usted puede vivir en la casa, sin pagar nada, durante los doce meses que dura el período de evaluación. ¿Por qué no aprovecha la oferta? ¿Qué la detiene?

Este lugar está lleno de recuerdos tristes, pensó ella haciendo una mueca.

—La casa se siente demasiado grande y el ama de llaves necesita atender a alguien —mencionó el abogado y se puso de pie —Piénselo, sería ventajoso desde el punto de vista económico para usted, y podría acelerar el trabajo que tenemos que hacer juntos. Menos correos electrónicos, menos llamadas telefónicas que se pierdan —Incluso podría conocer a Yui. Kuchirou decía que era todo un encanto, muy inteligente y sagaz para la edad que tiene.

—Mi hermana es increíble… —murmuró lentamente. Luego se dio cuenta de lo que él había dicho y comprendió: Kazuto vivía allí. Por eso estaba vestido con ropa informal —Por supuesto, usted… usted se hospeda aquí ahora ¿no es verdad?

—Sí —sonrió él con cierto aire misterioso y sonrió con picardía —Pero yo estoy en la casa de huéspedes, no tiene que preocuparse por mí. Le juro que ni siquiera se percatará de mi presencia.

—Bueno, pero me debería de importar ¿no? —alzó la barbilla mientras se mordía el labio — Teniendo en cuenta que mi carácter y mi sano juicio están oficialmente bajo la lupa.

Él se rió como si Asuna le hubiera contado un buen chiste. Pero ella sabía que no estaba diciendo más que la verdad. Ella era la acusada, y la mansión Yuuki sería su prisión de oro. Y él, Kazuto Kirigaya sería el fiscal, el juez, el carcelero y el jurado al mismo, todo unido en un atractivo paquete.

Asuna cerró los ojos. La prisionera estaba en un gran aprieto.

El domingo a la mañana, poco más de una semana después de aquel encuentro. Asuna se preguntó si había tomado la decisión correcta. No sabía si salvaría la vida de su hermana o la destruiría. Desde esa conversación que apenas comía, casi ni dormía.

¿Que pasaría si se mudaban a la mansión y luego perdían la herencia? ¿Qué pasaría si Kazuto se daba cuenta de que en verdad era desastrosa y le quitaba todo? ¿Sería buena idea exponer a Yui a todo eso?

Pero ese domingo, cuando se despertó para marcharse con las últimas cajas que guardaban sus pertenencias, sintió una gran excitación.

Era cierto que un día del fin de semana no era lo más propicio para realizar una mudanza, ¿pero cuándo había hecho algo sensato? Hasta Yui tenía una sonrisa resplandeciente en el rostro cuando se montó en el coche, aunque permaneció en silencio todo el camino.

Las puertas se abrieron cuando se aventuró dentro de aquel inmenso caserón que cuando pequeña solía amedrentarla. Y allí en medio de la entrada, la esperaba Sada con los brazos abiertos para recibir a Yui y darle la bienvenida. Su pequeña hermana hizo caras pero permitió que la mujer la abrazara para asombro de Asuna. Yui no era muy dada a las muestras de afecto, como toda adolescente, era bastante reacia. Sin embargo sonrió otra vez cuando el ama de llaves le besó las mejillas con cariño maternal.

La joven estaba emocionada. Ya con solo ver esa escena supo que podía aguantar tener que complacer a Kazuto Kirigaya por doce largos meses. Podía aguantar cualquier cosa con tal de que Yui fuera feliz.

Acomodaron sus pertenencias en las viejas habitaciones que les pertenecían en el pasado. La de Asuna quedaba en la primera planta, la vista daba al jardín posterior que rodeaba la casa. La de Yui quedaba a su lado y la de Kouchirou en el otro extremo. Por lo que había oído de Sada, nadie había tocado esa alcoba, se mantenía tal cual él la dejó, como si alguien hubiera pausado el reloj del tiempo el día de su muerte. Asuna no se sentía preparada para entrar, por lo que agradecía que el ama de llaves la mantuviera cerrada.

Terminó demasiado rápido de acomodar sus cosas, y teniendo esa extraña adrenalina en su estómago, bajó las escaleras con la intención de recorrer la casa y ver si todo se mantenía igual.

—¡Asuna mira! —la voz alegre de Yui la hizo darse la vuelta para verla corriendo hacia ella con dos shinaien las manos.

Se encontraban en uno de los pasillos inferiores, el cual era largo y desembocaba en la biblioteca.

—¿De dónde sacaste eso? —la voz de la joven sonó ansiosa. Kouchirou era fanático de ese tipo de cosas. Cuando era pequeño había tomado lecciones de esgrima y kendo. Por supuesto, se había empeñado en pasarle todos sus conocimientos. Y ella que pensaba que su hermano mayor era una especie de héroe de epopeya, se aprendió todo para poder jugar con él. Nunca participó de una competencia, pero para Asuna era el mejor guerrero que conocía. Quizás eran solo sus fantasías de niña. No sabía que aun conservaba esas viejas espadas de bambú.

—Kou y yo solíamos practicar —le dijo Yui esbozando una sonrisa mientras le arrojaba unshinai.

—¿Así sin protección? —preguntó viendo que la jovencita se alejaba unos pasos de ella y adoptaba la pose clásica del kendoka ¿No es mejor hacerlo en el gimnasio con el equipo completo?

—¿Tienes miedo?

—Por supuesto que no, por quién me tomas. —Asuna suspiró, miró en torno suyo notando que efectivamente no hubiera nadie que sufriera eventual daño y esperó que su pequeña hermana empezara.

Yui se acercó corriendo con la espada lista para embestirla, y aunque estaba fuera de forma, Asuna fue capaz de repeler todos sus ataques. Pero la niña no titubeaba, y fue cercándola por todo el pasillo hasta que finalmente la arrinconó contra la puerta de la biblioteca. Viendo su rostro aniñado tan serio y resuelto, se podría decir que aquel juego, se lo estaba tomando muy en serio.

—Recuerdas que soy tu hermana ¿verdad? —exclamó cuando frenó un sablazo que estaba dirigido a su cuello.

—Los miserables asesinos no tienen hermanas —le respondió con voz gruesa y fingida —Ahora reza tus oraciones.

—¡Rézalas tú si conoces alguna! —Asuna se echó a reír —¿Eres una samurai?

—Soy un ronin que custodia a su señor, un solitario maestro de leyes que permanece oculto en su castillo…

Aquello sin duda sorprendió a la joven, que por esquivar un nuevo ataque, perdió el equilibrio y golpeó con su hombro la puerta de la habitación. El shinai cobró vida propia y se movió por inercia hacia el costado, en el mismo momento en que la puerta de la biblioteca se abría y Kazuto Kirigaya aparecía por el rellano, justo a tiempo para esquivar el sablazo que por poco aterrizó en su cabeza.

Con rapidez retuvo la muñeca de Asuna para evitar que le golpeara, pero la fuerza que uso fue tan brusca que ella terminó sobre él en una pose no muy apropiada para dos personas que apenas se conocían.

—Lo siento —Asuna fue la primera en intentar ponerse de pie. Espió a su hermanita pidiéndole que le ayudara, pero Yui estaba más ocupada en no reír por el espectáculo que acababa de dar, que en tenderle una mano. Trastabilló con sus pies y volvió a caer dramáticamente sobre él.

—Déjeme ayudarla —Kazuto se puso de pie con agilidad. Vestía un pantalón de deporte y una camiseta de mangas cortas. Le extendió la mano —Levántese, sir Asuna.

Ella le aceptó, pero cuando estuvo de pie se sintió ridícula con esa vieja espada de madera, sentía las mejillas calientes y sudadas, además que su cabello estaba hecho un desastre tras la caída. Su ropa no era mucho mejor, estaba segura que había rasgado el jean a la altura de las rodillas, tras aquella tontería.

—¿Se siente mejor? ¿Se le han pasado las ganas de asesinarme? —bromeó y volteando hacia la menor le guiñó el ojo en complicidad —Gracias por proteger mi integridad, ronin Yui.

Asuna resopló. Ya era el colmo que esos dos se aliaran nomás conocerse —Estoy segura de que no tengo que aclararle que esta no es la primera impresión que hubiera querido darle.

—Tonterías. Me estoy acostumbrando ya. No sé si sería capaz de reconocerla sin un arma en las manos.

Yui soltó una risita —Encantado de conocerlo señor Kirigaya.

—Por favor llámame Kazuto —se acercó a ella y le ofreció la mano como hiciera aquel día en la escuela.

—Dime Yui —notó los ojos abiertos desmesuradamente de su hermana y volvió la sonrisa a él —Disculpe a Asuna, fue mi culpa. Le insistí que jugáramos, le juro que no estaba intentando asesinarlo.

—Te creeré —miró a la joven pelirroja —¿Entonces se han acomodado ya? ¿Han encontrado todo de su provecho?

—Todo perfecto.

—Como verán, las cosas no han cambiado mucho aquí dentro. Salvo la piscina; Kouchirou hizo algunas remodelaciones que estoy seguro encontrarán muy interesantes.

Los ojos de Yui se abrieron en excitación —¡Asuna debes verlo! ¡Kou quería instalar una cascada artificial!

—Y lo hizo…

—¡Debemos ir a la piscina entonces!

Kazuto rio al notar la alegría desmesurada de la jovencita. Parecía una niña pequeña a la que le habían dado anticipadamente su obsequio de navidad. —Muy bien, entonces las veré en la hora de la cena.

—¿Cena con nosotras? —Yui detuvo su alborozo para preguntar con cierta ilusión, viéndole por encima de su hombro, sorprendiendo a su hermana.

—Sí, si no les molesta.

—¡Por supuesto que no! ¿Verdad Asuna?

La joven miró a su hermana pequeña y reprimió un suspiro imperceptible mientras se secaba el sudor de la frente —Será un honor contar con su presencia, señor Kirigaya. Hasta la hora de la cena.

Él le guiñó un ojo y volvió a la biblioteca.

Una gota de sudor cayó de su sien, la dejó que hiciera el recorrido y se perdiera en el cuello de la camiseta que estaba igual de empapado. Le costaba respirar. Otras veces aguantaba más.

Pero después del accidentado encuentro con las hermanas Yuuki, apenas podía concentrarse. Mermó la velocidad de la cinta mecánica y se bajó. No podía correr, claramente estaba fuera de forma.

El abogado de Asuna, le había enviado además sus registros contables, y algunos, muchos, recibos. Finalmente él había desistido de tratar de entender eso y se lo mandó a un contable para que hiciera el trabajo sucio. Al menos ese detalle tenía controlado.

La señorita Yuuki tenía prisa por mostrar que era tan competente como para hacerse cargo de su herencia. Y no la culpaba.

Por supuesto, mientras Kouchirou estuvo vivo le habló mucho de ella. Al extremo que cuando la vio finalmente, tuvo la sensación de que la conocía íntimamente. Sabía que era maestra de niños, siguiendo la vocación de su propia madre que a su vez fue docente. Aunque, cuando renunció a todos sus privilegios como heredera y pudiendo trabajar en la prestigiosa academia que cobijó a la señora Kyouko, eligió prestar servicio en una escuela pequeña, donde trabajaba a jornada completa.

Era muy orgullosa.

Pero también tenía un corazón gigante. Kuichirou no se cansaba de decirlo, pese a que durante esos años, se habían visto poco. Yui era el nexo entre ambos. La niña era demasiado inteligente, y sabiendo que la mejor forma de ayudar a Kou a hacer las pases con ella era teniéndola cerca, se mudó con ella sin pestañear.

Quizás eso aceleró el final del pobre muchacho, pero comprendía; ambas se tenían la una a la otra, y Asuna encontraría consuelo rápido tras su pérdida. Fue gracias a esa decisión que supo todos sus movimientos. Quizás, hubiera sido más sencillo si contrataba a un detective, ¿pero cómo dudar del poder de convencimiento de la menor de los Yuuki?

La pelirroja seguía siendo una pequeña explosión, afectando y cambiando la vida de todos los que la rodeaban. Fue muy beneficioso saber que se había reinventado a sí misma sin ayuda de nadie. Había desarrollado un carácter bondadoso, siempre dispuesta a tender una mano a quien la necesitara; noble, sincera, transparente. Kouchirou se sentía orgulloso de ella.

Kazuto no comprendía cómo si amaba tanto a su hermana menor, no hacía las pases con ella. ¿Qué no era más fácil hacer eso que planear un testamento tan extraño?. Pero Kou no daba el brazo a torcer, posiblemente en alguna parte de su corazón, creía que ella no le perdonaría nunca por no comprenderle y prefería vivir en aquella incertidumbre malsana que enfrentarse a la verdad.

Y había muerto creyendo eso.

Ahora sabía que se había equivocado garrafalmente. Cuando la joven se derrumbó en sus brazos aquel fatídico día lo supo. Asuna Yuuki amaba a su hermano. El dolor terrible que inundó sus pupilas seguía ahí; y aun cuando la encontró momentos atrás en el pasillo, fue testigo de aquel lamento nunca abandonaría sus ojos.

—Ella te quería Kouchirou, fuiste muy cabeza dura en pensar lo contrario… —murmuró en voz alta.

Empero, a él no le correspondía meterse en esos asuntos, le habían contratado para otra cosa, no para ser juez de los sentimientos humanos. Era mejor que recordara eso en el futuro.

Se secó el sudor de la frente con una toalla y contempló el gimnasio. Aquella era una zona bastante nueva, Kouchirou la había mandado remodelar para su rehabilitación, pasaba mucho tiempo allí, por lo que era un lugar espacioso y cómodo.

Kazuto conoció al heredero Yuuki, en medio de una situación bastante particular. La hermana menor de Kazuto era una deportista consumada en el kendo y fue en una de sus exhibiciones donde se encontró a ese muchacho entusiasta. Al parecer a Kouchirou le fascinaba aquella práctica milenaria. Le explicó que había tomado clases cuando era pequeño, pero que debido a su débil estado de salud tuvo que abandonarle demasiado pronto. Por supuesto Yui le hablado de esa joven promesa femenina que representaba a Japón en los competencias estatales, y allí había conocido a Suguha. Detrás de ella, a Kazuto por supuesto.

Desde entonces cada vez que la joven Kirigaya tenía una competencia, Kouchirou estaba en primera fila para verla.

Enterarse que Kazuto era abogado, fue solo un detalle que ayudó a construir aquel extraño plan. De eso habían pasado tres años, compartiendo secretos y anhelos, lo cual desembocó en una amistad sólida, que rápidamente se convirtió en una hermandad. A él también le había dolido su muerte, no solo había perdido a uno de sus mejores clientes, sino también a un gran amigo, casi un hermano.

Estaba tan ensimismado en sus recuerdos que no escuchó los ruidos en el ala contraria a la que se encontraba el gimnasio. En la otra zona se erigía la piscina; no el clásico rectángulo olímpico normal. Era una construcción caprichosa y soberbia; el extremo opuesto se perdía en lo que parecía una jungla; una mata de enredaderas y trepadoras que ocultaban una pequeña cascada artificial. El perfume de la vegetación sin duda sumaba un aditivo al lugar, y si a eso se le agregaba las luces ubicadas en modo estratégico, que parecían pequeñas estrellas cuando llegaba la noche, era un sitio romántico.

Muchas veces se preguntó qué tenía Kouchirou en mente cuando mandó construir eso…

Los ruidos se hicieron más intensos, era música k-pop que sonaba como si no hubiera un mañana, y entonces vio a Yui luciendo un bikini deportivo. Pese a que el gimnasio tenia esos vidrios opacos, desde los cuales podía ver sin que lo viesen, la jovencita clavó la mirada en su dirección como si supiera de antemano que él estaba allí.

Y al segundo siguiente había invadido aquel lugar con una sonrisa ladina.

Asuna había elegido un bañador de una pieza de color negro, que tenía una hilera de volados en la zona del pecho, la verdad era que tenía demasiada vergüenza como para ponerse un bikini. No era como Yui que andaba arriba y abajo por toda la casa luciendo su traje de dos piezas deportivo.

Por supuesto, el temor de la chica era cruzarse con el albacea y montar otra escena ridícula como la de ese mediodía. Todavía le ardían las mejillas de solo recordar como había acabado sobre su pecho, sus piernas enredadas a las de él… Se cubrió la cara llena de vergüenza.

—¡Asuna ven al agua! Está increíble —le animó Yui quien se veía contenta, mientras sostenía una pelota inflable entre las manos.

—Solo si bajas esa música, apenas puedo oír lo que pienso —le contestó. Sin embargo, se quitó las sandalias, se recogió el cabello en un rodete improvisado y se metió a la piscina.

Después de gritar como niña pequeña y de colgarse del cuello de su hermana en agradecimiento, la niña salió para bajar la música de su banda favorita, y a su vuelta jugaron un poco de voleyball acuático con aquella pelota de playa.

Para Asuna era toda una delicia ver que la sonrisa en el rostro de Yui era genuina, tras los últimos acontecimientos, temía que su pequeña hermana se encerrara dentro de sí misma, excluyendo a todo aquel que quisiera acercarse. Yui había llorado una sola vez y luego había adoptado esa expresión fría e indiferente. Apenas sonreía, apenas hablaba. Pero desde esa mañana, había actuado como la misma jovencita amigable que un año atrás se había mudado con ella.

Luego de media hora en la que se tiraban la pelota la una a la otra, esta golpeó con demasiada fuerza y rodó por el suelo de concreto, yéndose varios metros hacia el césped. La niña salió tras ella, dando pasos torpes ante lo caliente del suelo, pese a que el sol estaba a nada de ocultarse.

—Necesito ir al baño —anunció de pronto y lanzó la pelota al agua. Sin esperar respuesta salió corriendo envuelta en una toalla hacia el interior de la casa.

Asuna se quedó allí algunos minutos mirando el agua que lucía calmada al no haber movimientos bruscos. Donde pegaba los últimos rayos del sol tenía un color turquesa, y se iba oscureciendo conforme entraba a esa especie de gruta, donde la cascada se encontraba. Probablemente era debido a la falta de luz, gracias a la maleza que cubría esa parte.

Asuna se sumergió viendo que la luz de la tarde variaba y le entraba frío. Si seguía quieta por mas tiempo empezaría a temblar. ¿Dónde se habría metido Yui? Posiblemente Sada le salió al encuentro con alguna merienda y se había olvidado de ella. La mujer no cesaba de decir que estaba demasiado delgada...

Suspiró y notando cuan grande era la extensión acuática se zambulló dispuesta a nadar un poco. Cuando aun vivía allí, solía practicar varias veces, por supuesto antes que su hermano remodelara de esa forma la piscina. Tomó aire y se lanzó, brazada tras brazada, comprobando si aun se encontraba en forma.

Obviamente tuvo que parar a respirar antes de seguir, la piscina era más larga de lo recordaba. Cuando finalmente alcanzó la parte de la cascada, se aferró del borde para recuperar el aliento. Allí no hacía pie, o tal vez estaba demasiado cansada. Se distrajo con el aroma a lavanda que se sentía, pero aunque estiró la cabeza en varias direcciones no encontró ningún matorral de flores púrpuras. La cascada producía un sonido intimo y relajante, como una melodía de cuna. Si seguía mas tiempo allí oyéndola, se quedaría dormida apoyada en el borde. Rio para si.

Cuando iba a dar la vuelta para volver, vio pequeñas burbujas a medio metro de donde se encontraba y antes de que pudiera investigar qué era, una oscura cabeza salió del agua y se materializó frente a ella. Reprimió una exclamación de sorpresa cuando reconoció al joven que se sacudía en todas las direcciones para despejarse el cabello de la cara.

Y a Asuna casi le da un infarto. ¿Qué hacía Kazuto allí?

—Hola —le saludó —Gracias por la invitación —esbozó una sonrisa perezosa fijando sobre ella sus increíbles ojos, que con el reflejo del agua, eran tan azules como el cielo.

—¿Invitación? — retrocedió hasta chocar contra el borde de la piscina.

—Yui me dijo que me invitabas a la piscina, y la verdad que lo agradezco. Me gusta el verano, pero con estas temperaturas es realmente tedioso, ¿no?

Las palabras se atragantaron en la garganta de la joven. ¡Iba a matar a Yui!

—Ha hecho mucho calor —respondió con toda la calma posible. Dándose cuenta que estaban en la gruta, en aquella parte que los ocultaba de la vista desde la casa. Del otro lado, el sonido de la cascada disfrazaba cualquier otro ruido exterior. Cuando se dio cuenta de eso y quiso remediarlo, ya era tarde. Kazuto estaba a su lado con expresión serena, la estaba viendo fijamente —¿Q-qué?

—¿Te sientes bien? —Le llamó la atención que le tuteara. Él pareció leer su mente —¿Te molesta que te hable de tú?

—No —sacudió la cabeza riendo nerviosamente —Claro que no —Se estaba comportando como una adolescente en su primera cita. Y por supuesto ya no era una adolescente, ni esa era una cita. Ni siquiera estaban haciendo algo malo…

Ciertamente el ver a un hombre semi desnudo estaba despertando una parte de ella que creía dormida. Se había ocupado tanto de su trabajo y de cuidar de Yui, que olvidó por completo que todavía era una mujer joven que podía sentir atracción física…

¡¿Atracción física!? Su mente gritó con tanta fuerza que trastabilló con sus pies, sus manos resbalaron del borde y se aventuró al agua, donde no hacía pie.

Por supuesto Kazuto actuó como todo un caballero y la sostuvo —¿Te sientes bien Asuna? —reiteró con suavidad. Su voz tenía una ligera nota de preocupación y ternura.

Y ella supo que no le estaba preguntando por su tonta reacción anterior, sino a como se sentía luego de que se le viniera el mundo abajo. Sin pensar se aferró a él, como si fuera su único medio de salvación en aquellas aguas tumultuosas. Kazuto podría fungir como una fortaleza, su cuerpo era sólido y cálido. Su corazón latía suavemente y el abrazo que le estaba dando no significaba otra cosa más que darle contención.

—Me odiaba tanto que ni siquiera quiso despedirse de mí… —musitó y su voz se quebró —M-me odiaba…

—No, él no te odiaba — se apresuró a esclarecerle. Le tocó la nuca con los dedos en una caricia ligera —Hablaba maravillas de ti y Yui.

Cuando levantó la mirada, los ojos de él eran amables, no había juicio ni acusación en ellos. Los de ella estallaron en lágrimas que no pudo contener. Y lloró con una desesperación tal que acabó pegada a él, escondiendo otra vez la cara en su pecho.

—Kouchirou no te odiaba Asuna, te amaba demasiado.

Aquello solo provocó que los sollozos se multiplicaran. Se aferró con más fuerza a su cuerpo por varios segundos, hasta que fue capaz de sosegarse por sí misma.

Los segundos corrieron y se quedó allí, sintiendo repentinamente que el corazón que antes palpitaba calmado, ahora latía a contramarcha, haciendo eco en su propio pecho.

La idea de que aquella situación estaba violando algún principio ético o profesional, estaba muy lejos de su subconsciente. En ese momento no contaba con la suficiente fuerza como para pelear contra la naturaleza que rugía enardecida- a su alrededor. La intensidad en las hermosas pupilas aceradas de Kazuto hablaba del mismo ímpetu que estaba quemándole por dentro. Le secó las lágrimas con calma pese a que sus manos temblaban y cuando susurró su nombre en un suspiro, Asuna no aguantó más. Atravesó la distancia y le besó.

Le besó como si él fuera el único manantial en kilómetros que pudiera saciar su sed.

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Nota:

Segundo aporte a nuestro week!

Y como no podía ser de otra manera, Sumi-chan (la cabeza dura, terca y más densa que una mula) ha hecho un long fic nuevo… Pero es que hey! Esta idea me perseguía desde la kiriveggieweek y tenía que hacerla. Ya perdí la cuenta de la cantidad de longfics que tengo! Pero este tendr capítulos a lo sumo.

Pido perdón a Iri-sama porque seguro me pasé muchos detalles jurídicos por el arco del triunfo… (gomen Iri!)pero bueno, esto sigue siendo ficción!

Y por supuesto, nos vemos mañana con otro aporte… lo estoy terminando ahora mismo ^^

Gracias a todos los que participan! SON LO MÁXIMO!

Sumi~

Musica para inspirarme:

-"Beginning the Destiny" / Symphonic Alicization Orchestra #1 (amo al trío de Rulid cantando, es de lo que no hay!)

-"Blazing the Future" / Symphonic Alicization Orchestra #8

- "Holding the Shadows" / Symphonic Alicization Orchestra #2