Este fic corresponde a la #Kiriasuweek2020

Día : 05 de Octubre

Tema: Romance imposible de época

AU

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|SECRETOS DE UNA NOCHE DE INVIERNO|

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Y ahora estoy aquí, en este extraño lugar, al que tanto temo, aunque una parte de mí lo venera como al mismo cielo.

De pie frente a mí, miró por segunda vez mis ojos, usando aquella sensual expresión que me quitaba el aliento, antes de poner fin con un soplido, a las luces de las demás velas que iluminaban la habitación.

Ahora de la claridad que nos rodeaba, solo quedaban algunos candiles casi extintos, que con esfuerzo todavía me permitían ver su expresión fría, mientras que sus movimientos silenciosos y pausados se acercaban a mí.

Tomó fríamente mis dos manos como aquella vez que nos conocimos, e hizo una sutil reverencia sin verme demasiado. Nuestros padres celebraban, entre risas y sonidos de copas de cristal, la buena decisión que se había tomado y que se refería a nosotros dos. Los violines lloraban en el fondo del salón, los invitados eran felices. Menos yo. Yo sentía que había caído en un agujero sin fondo.

Aún miraba el suelo, viendo los motivos perfectos en el mármol bajo mis pies, cuando de repente él me alzó con suavidad, rodeándome con sus brazos fuertes y viéndome a los ojos. Esa fue la primera vez que me dejaba sin aire… Aquel hombre tenía los ojos más hermosos que hubiera visto en mi vida. Grises, pero cerca de las pupilas, pequeñas motitas azules brillaban como pequeños diamantes. Todo un misterioso cielo estrellado.

Y argumentando que había muchas cosas por hacer y poco tiempo para cumplirlas, me llevó directo a sus aposentos, mientras los ahí presentes volvían a celebrar su elección de palabras…

Sin embargo esa noche no hicimos nada.

Me depositó con suavidad en su cama, sin decir ni una palabra. Me miró fríamente y se dio la vuelta retrocediendo. Aquella habitación olía a canela, a sándalo y a otra especia que no supe determinar. Las luces eran débiles y los rayos de la luna iluminaban más que las propias velas allí presentes. Se volvió hacia mí y se inclinó tratando de quitar el velo blanco que cubría mi cara. Sus manos temblaban sobre manera y hasta hacían juego con los latidos frenéticos de mi corazón. Finalmente, desvié molesta mi rostro, haciendo aplomo a la naturaleza rebelde que siempre me había caracterizado.

—Me repugna— reconozco que le dije, casi escupiéndole con furia las palabras.

Él mantuvo su mirada aún como si no me hubiera oído. Había logrado descubrir mi rostro y sentía, a mí pesar, la intensidad de sus pupilas oscuras estudiando mis rasgos. Nunca un hombre me había observado de esa manera.

Luego se levantó, dejándome sentada en la enorme cama y se dirigió hacia la puerta.

—Que mal— salió de sus labios desdeñosamente —Sé que amas a otro— completó de igual manera —Pero vas a tener que aguantarte…— cerró la puerta de un golpe atroz y me sorprendió que no la hubiese rasgado al medio.

No apareció hasta después, a la mañana siguiente, solo para entrar rápidamente en busca de unos papeles y salir igual, sin siquiera mirarme.

Advertí como una de esas noches frías de invierno, se acercaba a mí y me arropaba con cuidado, cuando creía que yo estaba dormida y no lo sentía. Ponía tanto cuidado que contrastaba con el hombre frío que era la mayor parte del tiempo.

Aquel rito se hizo una costumbre. Casi no había noche que no lo hiciera. Día tras día, aquel ritual se repetía ceremoniosamente.

—Vas a resfriarte sino te cuidas.

—No lo creo, señor.

Me arropó con cuidado, y rozó ligeramente sus labios fríos contra mi sien. Más que nunca sentí ese gesto como una obligación.

—Eres mi responsabilidad, Asuna— su actitud tan seria y misteriosa, hizo que lo mirara a los ojos.

Era la primera vez que me llamaba por mi nombre.

—Solo eso… ¿Verdad…?— le pregunté.

Se apartó rápidamente como si se hubiera quemado, y dejando mi pregunta en el aire, salió de la habitación….

—Eres sublime…— susurró muchos días después, mientras pasaba la punta de uno de sus dedos, lentamente, a lo largo de mi brazo desnudo, sentado atrás mío en la enorme cama. Un pequeño tintineo se oyó.

Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo.

Ya había pasado un año desde nuestra boda aquella gélida noche de invierno.

—Tu piel es más blanca que la luz que desprenden las luciérnagas en el verano…— Moví mi cabeza hacia un costado, el cascabel diminuto en mi cuello volvió a sonar, quejándose. Su mano libre apartó con suavidad mi larga cabellera de la espalda, revelando el escote del vestido de seda azul —Eres muy fría…— pronunció de nuevo, tomándose su tiempo para hablar, mientras su aliento tibio me corría por la piel —Hoy ni siquiera me has mirado…

Encogí un poco mis hombros, jamás me tocaba y la sola idea de sentirlo tan cerca hacía que me ardiera la cara. Silenciosamente agradecí que no estuviera viéndome de frente.

Amarró sus brazos en torno a mi pecho, y descansó su barbilla con delicadeza en uno de mis hombros.

—Hay cosas que no podemos reprimir…— su voz sonó con una calma enorme, me oprimió un poco mas. Sentí el desesperado latido de su corazón en los omóplatos —Por mas que se luche por controlarlas… el cuerpo humano es demasiado débil como para sobrellevar la carga…— era una de esas raras veces que estaba de hablador. Lo cual nunca se daba. Mejor dicho, no solía dirigirme más que algunas palabras a lo largo del día.

Aunque ahora había cambiado un poco. Su abrazo era diferente también.

Me moví —Sé que no quieres estar conmigo… ¿no es así?— suspiró cerca de mi cuello antes de hundir la nariz en el nacimiento de mi cabello. Su aliento era cálido y húmedo. Cerré los ojos —¿No es así…?— detecté un ligero tono de dolor, algo que no iba con él.

—No lo sé… señor— mis labios se movieron por inercia, incapaces de seguir manteniendo aquel silencio.

—Lo sabes…— aún hablaba quedo —…y muy bien…

Agaché la cabeza. El cascabel sonó de nuevo.

Se levantó y entreabrió la pesada cortina de terciopelo que cubría aquel ventanal. Yo me quedé ahí, indefensa y palpitante, añorando su calor.

Me dirigió una mirada seria, la misma que pese a todo me había enamorado.

—Ahí esta tu prometida, hijo...— dijo con amargura. Se quedó callado por unos momentos y me dio la espalda —Fueron las primeras palabras que escuche aquel día, un día crudo de invierno. Lo recuerdo muy bien— me estremecí un poco, jamás me había hecho comentarios como ese —Yo no tenia ni idea de lo que él decía... solo tenia dieciocho años…

Bajé la cabeza avergonzada, yo también recordaba pero por otros motivos más bochornosos.

—Y yo diecisiete, señor.

—Así es— se apresuro a decir —Y aunque ya he cumplido los diecinueve nunca supe la real responsabilidad que tú significabas para mí.

Alcé la vista sorprendida.

—Siempre renegué de las cosas y nunca acepté la realidad. Tú eres una persona, no un objeto y como tal, mereces cariño, comprensión y... amor.

Abrí más los ojos, aquella última palabra desató un delicioso caos dentro mío. Aún así no abandonaba su voz grave y fría.

Seguí viéndolo y al parecer se percató de ello, por que después se acercó lentamente, sentándose en la cama, ocupando el mismo sitio de antes.

—Se que debo parecerte un ogro... y...y— bajó la cabeza —Nunca te hablo...— un mechón de cabello negro resbaló cubriendo su ojo derecho. Ahogué el súbito impulso de acomodárselo y centré la vista en otra parte para no sucumbir a él —Quiero que sea diferente...— no pude decir nada, por que después de doce meses de habernos conocido, por fin veía al hombre amable y bondadoso que se escondía bajo la frialdad de aquellas pupilas oscuras. Me miro por segunda vez a los ojos —Asuna... mi esposa...—

Me abochorné todavía más y mordí mi labio. Tan abstraída en ocultar mis emociones que salté cuando sus brazos me apresaron.

—Sabes que estoy enfermo y aun así... No te vas de aquí...— Puse atención a su cuerpo, era muy cálido, sí, pero no de un enfermo. —Y-yo...— tembló ligeramente y descansó su cabeza en mi hombro, su suave cabello me hizo cosquillas —Te escuché aquella vez que...

Me acordé como un flechazo... aquella vez que tenia una fiebre terrible... pasaban los días, y no se le iba. Me preocupé mucho. Ver al hombre alto y fuerte que era, desgarbado por una simple enfermedad, era terrible. Esa vez, me acerqué a él, y pasé varias noches en vela junto a su cama, a pesar de lo que me decía toda la servidumbre.

Se quedo callado, considerando mi reacción. Me sonroje por un momento... sin duda se acordaba de aquella vez que lo estaba cuidando... —Él es mi esposo— grité furiosa a la servidumbre que se hizo hacia atrás —¡Nada me alejara de mi esposo!... ¿entendido?

Me apené todavía mas al recordarlo, Kazuto me apretó aun mas —Tu voz me pareció un canto maravilloso.

—Yo pensé que tú…— tartamudeé.

—No estaba inconsciente... además...— me apartó con cuidado de su lado y me contempló.

Yo estaba temblando de nervios mientras sentía su escrutinio. Resultaba imposible que a la vez no viera sus rasgos, su piel bronceada por el sol... esos ojos cual acero que todo lo atraviesan... el cabello sedoso. Sus pupilas se suavizaron al ver como me esforzaba yo por sostenerle la vista. La ternura se apoderó de ellos.

Volvió a acercarse a mí con cuidado... Me paralizó por completo cuando descubrí lo que intentaba hacer.

Estaba sintiendo algo diferente, mi respiración era una melodía alocada que zumbaba en mis oídos. Podía ver el centro de sus pupilas más de cerca, una explosión de ébano que se ahogaba en el añil de sus iris... Y luego estaban sus labios tan besables...Ni siquiera pensé en moverme.

Sus manos tomaron mi rostro con cuidado, apartaron los mechones de mis ojos y me besó. Por fin sus firmes labios se juntaron con los míos en un momento mágico... El primer beso en toda mi vida y lo más importante, el primer beso con el hombre que amaba.

Su sabor era embriagador como la cosecha de un buen vino.

Sí, yo ya me había enamorado de Kazuto... después de que me besó la sien con sus labios fríos aquella noche de canela y sándalo... siempre olía a eso en la habitación... Con los meses asociaba ese aroma con el perfume natural que él tenía.

Me besó con cuidado..., mientras sus brazos me rodeaban, acercándome a su cuerpo. Yo me desvanecía junto a él, y sin embargo quería hacerlo. Fundirme a su humanidad si eso fuera posible, y no despegarme nunca más.

Sus labios jugaron lenta y pausadamente conmigo, tomándose su tiempo para degustarme, para conocerme... Su respiración era suave así como los movimientos de su lengua al besarme.

Pero yo deseaba más..

Mi espalda acabó por hundirse en el amplio colchón. La seda azul de mi vestido se desplegó a mi alrededor como oleaje de mar. Kazuto se detuvo viéndome fascinado antes de dejarse caer sobre mí.

Deslizó las manos a los costados de mi rostro, y tomó las mías que descansaban tímidamente en las almohadas. Palma sobre palma, y entrecruzó los dedos a los míos, entretanto seguía viéndome con esa misma expresión profunda que hacia latir a gran velocidad mi corazón.

Mis labios se entreabrieron ansiosos, cuando él volvió a besarme.

Pero este era un beso distinto al anterior… todavía seguía siendo suave, pero… percibía una intensidad diferente en la forma en la que su boca se abría sobre la mía. Como si quisiera beber todo de mí.

Una de sus manos me soltó y la sentí deslizarse por mi mejilla. Su otra mano igualmente me soltó e hizo el mismo recorrido. Descendieron lentamente por mi cuello, rozando mis hombros desnudos.

Contuve el aliento cuando estas descendieron un poco más. Kazuto había dejado de besarme y observaba mi reacción. Sus dos manos se habían posado en mis pechos y se quedaron ahí, inmóviles. Probándome.

Y él seguía viéndome, mientras el fuego de mis mejillas provocaba un incendio en mis mejillas y en todo mi cuerpo. Trataba de respirar con normalidad, pese a los sonidos suaves que escapaban de mis labios temblorosos, pero resultaba imposible mantener el aliento.

— Asuna…

Kazuto susurró con voz ronca, antes de besarme otra vez. Correspondí a su beso, sintiendo por primera vez lo pegados que nuestros cuerpos estaban. Mis brazos seguían pasivos sobre el colchón, entre las sábanas, incapaces de moverse. Su boca me dejó respirar por un momento y se dirigió hacia abajo por mis mejillas. Sus manos se movieron también, tocando, reconociendo lo que se hallaba bajo sus palmas. Solté un suspiro tembloroso y mis dedos se clavaron en sus hombros, cuando sentí su tacto en el escote desordenado de mi vestido, sobre mi piel desnuda.

Mi bochorno era aún peor, escondí la cabeza en su cuello aspirando el olor embriagador de su cabello. Canela y sándalo, impregnaban toda aquella habitación, sus ropas, su piel, sus labios, todo. Como un sutil afrodisíaco. Kazuto apoyó los labios en mi hombro, mientras sus manos seguían haciendo su magia en mi pecho bajo el vestido.

Nunca un hombre me había tocado de esa forma. Nunca… y tampoco podía imaginar otro que lo hiciera. No de la forma en la que Kazuto lo estaba haciendo. Con cuidado, respetándome como si fuera una frágil muñeca de porcelana.

Sus dedos trazaron pequeños círculos de fuego en mi piel, sobre mis curvas, acariciando, apretando; desatando miles de sensaciones distintas dentro mío. Una mano soltó mi pecho, y escapó del vestido descendiendo a lo largo de mi cuerpo; mi cintura, mi cadera delineadas por sus dedos.

Me hizo incorporar, mientras yo seguía ocultando mi sonrojado rostro en su cuello, y mi mano derecha se encontraba frenéticamente asida a su hombro. Tocó los complicados botones del vestido en mi espalda, y yo tragué con dificultad. Mezcla de temor y anticipación. De ansiedad y deseo.

Como toda muchacha de sociedad me estaba completamente velado aquel tema. Era considerado sucio e indecoroso, una señorita de rica estirpe no debía ensuciarse los labios hablando de algo tan impúdico como eso. Mucho menos podía dignarse siquiera a pensar sobre dicho tema.

Así que mis conocimientos acerca de lo que estaba ocurriendo, o lo que iba a pasar, se basaban en suposiciones o chismes que oía a medias de la boca de las doncellas ya casadas, que inmediatamente se callaban al verme.

Sin embargo, lo que estaba sintiendo en tanto Kazuto me besaba con tal premura, y dibujaba mi cuerpo con ansiedad, no podía catalogarlo como algo sucio.

No mientras sus labios rozaran los míos de aquella maravillosa forma…

Sus brazos me abrazaban ahora, luchando con el complicado cierre del vestido.

Un sonido bajo y sordo interrumpió con aquella atmósfera. Un pequeño ruido intermitente que siguió y siguió… pasaron algunos segundos hasta que finalmente entendiera que alguien estaba golpeando la puerta.

—Kazuto…— susurré y me sorprendí al notar lo débil e inestable que sonó mi voz — Kazuto… a-alguien está llamando…

Él gruñó, y me besó en la mejilla — Quédate aquí— me dijo y se puso de pie, acomodando tranquilamente el lazo casi deshecho de su corbata. Se dirigió hacia la puerta.

Yo creí que caería en la cama nuevamente en cuanto él me soltara, pero de alguna manera encontré las fuerzas suficientes para quedarme allí sentada, acomodando el escote de mi vestido y volviéndolo a su lugar. Mi propio cabello lucia suelto también.

—Ah, señor…— oí la voz del sirviente desde afuera — Tengo un mensaje para lady Asuna

—Dudo que mi esposa pueda recibirlo ahora, pero lo tomaré yo en su lugar…

—Por supuesto señor…— el sirviente hizo una pausa y yo casi pude adivinar la rotunda reverencia que debió de hacerle a Kazuto. Me pregunté cual sería el encargo, y porque tanta prisa.

—El señor Eugeo, primo de milady acaba de llegar…

Aquello hizo que me incorporara de repente, olvidando mi estado, mi cabello desordenado y mis pies descalzos, me acerqué rápidamente y empujé un poco mas la puerta — ¿Mi primo Eugeo?— pregunté con emoción, mientras sentía el fulgor de aquella noticia importante focalizándose en mis sonrojadas mejillas.

Kazuto me observó de soslayo, una mirada extraña, de estudio… que sin duda tenía que ver con aquel arrebato de alegría que la llegada de mi pariente había acarreado.

El sirviente imitó su gesto, pero tenía que ver con mi estado desaliñado. Hizo una amplia reverencia ante mí, sin duda tragándose cualquier comentario que indicaba que adivinaba que era lo que estábamos haciendo antes de que él llegara.

—Efectivamente milady, el señor Eugeo acaba de arribar hace unos momentos. Pidió que se le avisara.

—Gracias— Kazuto murmuró.

—Para servirles— el lacayo volvió a inclinarse profundamente — Con permiso.

El hombre se retiró y yo tomé a Kazuto del brazo llevándolo nuevamente a mi habitación. Cerré la puerta y le sonreí.

Él estaba serio.

Me acerqué y puse mis manos en su pecho, pero él me rechazó con suavidad quitándolas de su cuerpo, y sosteniéndolas entre las suyas.

—Lamento mi comportamiento…— se excusó, volviendo a hablar con el mismo tono frío con que lo había hecho los once meses anteriores. Sus oscuros ojos brillaron sin emoción, y tan fríos como témpanos de hielo.

— ¿Kazuto…?—

—Lamento mi falta de respeto, milady —reiteró y cerró los ojos por un segundo — Te dejaré a solas en tu habitación para que puedas arreglarte para nuestro visitante. Parece que la presencia de dicho pariente ha reavivado en gran manera tu animo.

Entreabrí los labios, pero no pude decir algo. Las palabras no me salían.

Era cierto, había amado a Eugeo durante mis años de niña y adolescente… Pero eso había acabado cuando mis padres resolvieron casarme con Kazuto.

Yo había insistido tanto. Amaba tanto a mi primo que hubiera hecho cualquier cosa por él, quería que mis padres llegaran a un acuerdo con sus padres y me pidieran en matrimonio.

Pero mis tíos se negaron. Jamás aceptaron aquella propuesta. Tenían otra candidata en mente, por supuesto. Querían un matrimonio de conveniencia, no una mezcla de sangre.

Yo me enojé, amenace con fugarme. Con meterme de claustra en un convento y tomar los hábitos. Estaba convencida de que no habría de amar a nadie más en mi vida y dedicaría mi existencia a los votos sagrados. Pero antes de que cometiera semejante locura, mis padres jugaron su última carta y me comprometieron con Kazuto Kirigaya, un joven lord y terrateniente que tenía su hacienda en las montañas. Yo era una pequeña fierecilla, demasiado traviesa y rebelde que mancillaba mi estatus de mujer; entregarla a alguien que pudiera llevársela lejos y domarla cual si fuera una yegua, era la solución idónea. Era la única forma en la que dejara de deshonrar a la familia.

Y si bien al principio había sido duro, dos personas completamente opuestas viviendo bajo el mismo techo. Ahora…

Ahora…

Observé sus oscuros ojos que veían más allá de mi hombro, incapaces de mantener su atención en mí. Tenía la mandíbula tensa.

—Kazuto.

Reaccionó al oírme, volvió sus pupilas hacia mí y se inclinó lentamente en la reverencia indiferente que solía hacerme en el pasado.

— La dejaré para que se vista usted, milady— depositó un beso gélido en mis manos y salió.

Se que amas a otro — había dicho aquella primera noche, la de nuestra boda, luego de dejarme en su cama y tras despojarme del velo, y antes de cerrar la puerta abruptamente — Pero vas a tener que aguantarte…

Nunca había aclarado aquel punto con él. En los primeros meses estaba tan molesta que prácticamente no le dirigía la palabra. Pero luego de ver como se consumía por la fiebre aquel lejano día… Eugeo dejó de ser el pensamiento constante en mi cabeza, y Kazuto tomó su lugar. No había día en que no me preocupara por él.

Después de que se recuperó, e hicimos una pequeña tregua , durante la que empezamos a hablarnos, olvidé completamente todo aquel asunto de la primera noche.

Luego con los meses, gradualmente mis sentidos dejaron de lado la existencia de mi primo y se abocaron con naturalidad en el único hombre que veía todo el tiempo.

Mis doncellas prepararon aquel vestido negro con rosas rojas que Kazuto me había obsequiado en mi cumpleaños. Tenía un escote pronunciado, y la caída de la tela era tan sensual y atrevida, que por un segundo me pregunté que pensaría él cuando me viera con aquella prenda puesta.

Pero no podía pensar otra forma de atraer su atención. Y yo deseaba tenerla, otra vez, como en la mañana. Deseaba su mirada intensa y la admiración en su sonrisa.

Llevaba una hora hablando con Eugeo en nuestra sala de estar. Kazuto no había bajado todavía.

Me pregunté qué era lo que le entretenía tanto, él que era un maestro en las leyes del refinamiento y la aristocracia, no acostumbraba a hacer esa clase de desaires

—Asuna —la voz de Eugeo me urgió a verlo. Se veía igual de apuesto a cuando éramos niños y compinches. Sin embargo, cuando sus brazos me rodearon, en aquel saludo familiar, que me dio cuando bajé a recibirle, sentí cierta aversión. No hacia él. Sino hacia su gesto.

La sensación que me envolvió era distinta. Los sentimientos eran otros. Su mirar turquesa seguía siendo sereno, pero no me inspiraba mas que ternura, como lo que realmente era: mi hermano. Y en ese momento por fin lo comprendía, de mis sentimientos por él no quedaba nada. Y al parecer, de su parte tampoco.

Había sido un capricho. Un ridículo capricho de una adolescente tonta y rebelde.

—Se te ve muy bien.

—A ti también, ¿no has traído a Alice?

—No, el embarazo no le permite viajar, el movimiento del carruaje la marea —se abochornó al confesar eso. Alice, una linda alemana de mirar férreo era su esposa, o la esposa que sus padres le impusieron. Se había enamorado de ella con el pasar del tiempo.

Casi como yo.

—También he venido a invitarte, me encantaría que estuvieras con ella cuando de a luz. No conoce a nadie y pensé que… Bueno, si a Lord Kazuto no le molesta.

—Sería para mí un placer visitarlos.

Unos pasos potentes se oyeron por la escalera, y me incorporé de descendió agilmente y se nos quedó viendo con el ceño fruncido. Yo no pude evitar sufrir suponiendo lo que estuviera pensando de nosotros en esos momentos. Se giró hacia mí y avancé decidida hasta él, extendiéndole mi mano, rogando que no me rechazara.

Con elegancia la tomó entre las suyas y depositó un húmedo beso en su reverso, luego se enderezó estudiándome.

—Te ves espectacular esta noche Asuna…— mi corazón dio un salto ante sus palabras. Le sonreí. Luego él me besó en la frente con suavidad — Debo aludírselo a nuestro invitado, ¿cierto?

Sentí que la tibieza que había despertado en mí, moría abruptamente con esas palabras. Él lo había dicho lo suficientemente alto como para que Eugeo también lo oyera. Y este parecía algo confundido.

—Debe aludírselo a usted mismo, milord— balbuceé y me colgué de su brazo antes de que pudiera rechazarme. Kazuto me miró alzando una ceja, pero dejó mi brazo bajo el suyo, y juntos caminamos hasta el comedor.

La cena fue un éxito. O eso intuí, cuando luego de algunas preguntas de cortesía que hiciera Kazuto, Eugeo empezó a hablar de su esposa con obvia admiración. Se le notaba por todos los poros lo enamorado que estaba de ella. Y no pude evitar sentirme feliz por él. Se lo merecía.

Por supuesto Kazuto no era tonto, se guardó de decirme algo, aunque me veía con atención, como si yo fuera un rompecabezas imposible de armar. Y posiblemente para él lo era. Cuando Eugeo se marchó, extendiendo la invitación a ambos de que lo visitáramos, y luego de que la velada se extendiera por largas horas, pues repentinamente mi esposo lo invitó a beber a la biblioteca y a jugar una partida de cartas mientras yo leía a Shakespeare cerca de la chimenea, supe que él había bajado la guardia.

La prueba fue la forma agradecida en que estrechó la mano de mi primo cuando se subió a su carruaje. Si no me equivoco, creo que una nueva amistad acaba de nacer allí.

La personalidad serena y amistosa sin duda rimaría bien con la actitud parca e indiferente de Kazuto. Reí sin poder evitarlo.

—¿Qué es tan gracioso? —me había acompañado a mi habitación.

Encendió las velas y se quedó ahí viéndome. Yo seguía sonriendo sin poder evitarlo, y era muy consciente de la enorme sensualidad que ese hombre me inspiraba.

—Como le ganaste a Eugeo en los naipes. Él no sabe mentir, es demasiado bondadoso para su propio bien.

—Como tú.

—¿Soy bondadosa?

—No sabes mentir —pronunció con voz ronca.

Se me seco la boca y un cosquilleo agradable se alojó en mi bajo vientre.

Él era muy consciente de lo que me acontecía. Mis mejillas debían estar al rojo vivo y de la agitación que tenía, mi respiración era laboriosa.

Noté que estaba en iguales condiciones y deseé… deseé que atravesara la distancia e hiciera algo para acabar la zozobra que nos envolvía.

Pero repentinamente negó con su cabeza y miró más allá de mí —Ha sido un día largo, será mejor que descanses — se acercó para besarme la frente en una caricia torpe. Él dio un paso hacia atrás e hizo la sutil reverencia de siempre.

Estaba yendo hacia la puerta cuando lo llamé, desesperada. Si no iba a dar el paso, lo haría yo — Espera…— lo tomé del brazo — Por favor.

— ¿Deseas algo querida?— preguntó solícito.

Sin saber muy bien como, o porque, apreté mi cuerpo contra el suyo. Puse ambas manos en su pecho y por fin alcé la cabeza viéndolo, ignorando el calor atroz de mis mejillas y la genuina vergüenza que sentía al hacer eso.

— Quédate esta noche conmigo…

Sus ojos se abrieron impresionados. Sus pupilas se veían bellísimas bajo la pálida luz de las velas. Sus labios se abrieron y se veían incitantes y muy tentados a ser besados.

— Por favor, Kazuto…— susurré apretándome aún mas hacia él, sintiendo su pecho duro y firme contra mis suaves curvas.

— Asuna.

Un brazo rodeó mi cintura y sonreí, era la misma sensación de satisfacción que me rodeaba siempre que él hacia eso. Me besó la frente, y su boca húmeda descendió por mi mejilla hasta encontrar mis labios. Su otra mano se enredó a mi cabello, acercando mi cabeza aún mas hacia la suya.

Suspiré extasiada y le rodeé el cuello.

Movió el rostro una vez más, y su boca se abrió enteramente sobre la mía en un movimiento extremadamente sensual y maravilloso.

— Asuna…— susurró en un segundo antes de besarme otra vez, mientras yo me sentía desvanecer dentro de esa tibia sensación.

Me apegué mas contra él, contra su cuerpo firme y masculino, sintiendo algo del placer de esa mañana cuando me acariciaba íntimamente. Sentí que su mano soltaba mi cabello y se deslizaba lentamente por mi nuca hasta mi espalda. Tocó los botones del vestido. — Estabas hermosa esta noche.

Reí fascinada — Tú también…— susurré escondiendo la nariz en su cuello, entre su aroma a canela y sándalo.

Sus dedos se movieron con los complicados botones y ojales, y sentí que la tela cedía.

Entendí lo que iba a pasar, en segundos más me encontraría desnuda ante él y me haría suya. Suya en cuerpo y alma, así como sería mío en idéntica forma.

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No sé si dejarlo aquí o luego agregarle algo más. Según yo se entiende la idea por completo xD

Seguimos con nuestro precioso evento #Kiriasuweek2020! Nos quedan dos días! Espero sigan acompañándonos hasta el final!

Sumi~ (en estado semi zombie)