Este es mi aporte al #KiriVeggieAwakening

El tema que me tocó es: Kirito sale victorioso de: 'Que la reina tenga más popularidad que él'

Canon

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Frunció un poco el entrecejo cuando vio al niño aquel acercarse con el ramillete de flores. Margaritas y campanillas azules prolijamente atadas con una cinta blanca. Esbozó una sonrisa cuando el pequeño entró en su campo de visión. Y esperó.

Esperó que como siempre se lo ofreciera.

Pero cuál fue su sorpresa cuando el jovenzuelo se desvió hacia su derecha, hacía dónde su hermosa acompañante se encontraba tomada de su brazo.

La reina y él habían salido a hacer su acostumbrada visita por los alrededores de Centoria. Recorrían a pie, un buen trecho de las calles, viendo a sus moradores y a veces, si la situación lo ameritaba, visitaban el mercado que se encontraba en el interior de la ciudad. Esto último era una especie de código secreto. Algunos decían que visitar aquel sitio plagado de comerciantes, traía a los monarcas alguna especie de recuerdo que solo ellos comprendían.

Era, particularmente, cierto. Esas pequeñas callecitas que conducían al corazón de la ciudad, dónde se hallaba el mercado, se parecía demasiado a aquellos primeros pisos del castillo flotante. Aincrad. Cuando la nostalgia que embargaba a la reina era demasiada, Kirito la tomaba de la mano y se perdían entre los diversos puestos que allí se erigían, sabedor que esa actividad animaría a Asuna, trayéndole a la memoria, aquella época en la que se enamoraron.

Aquella tarde habían salido con esa intención. Luego de aburridas y agobiantes juntas que abarcaron toda la mañana, Kirito ansiaba un poco de esparcimiento y nada mejor que pasear por los sitios bajos de la ciudad junto a su reina.

Cómo era costumbre, cada vez que los moradores veían a sus monarcas, se lanzaban a su encuentro, aglomerándose a la espera de contar con la atención de alguno de ellos. El momento en el que le ofrecían algún presente de agradecimiento se llevaba a cabo en medio de una gran pompa; para los habitantes de Centoria era un momento de regocijo cuando podían acercarse a sus gobernantes.

Kirito si bien era consciente del grado de fascinación que inspiraba en los niños del reino, pues a los cuatro puntos del imperio llegaron las hazañas de las últimas guerras y su histórica participación en ellas, lo cierto era que renegaba del renombre que le daba todo eso. Era una especie de héroe popular, en todos lados solía ser amado y venerado como si fuera un dios… nada más fuera de la verdad. Él detestaba ser el centro de atención, y aún hoy; muchos días después de aquellas cruzadas, todavía renegaba de la fama que se había amontonado en sus hombros. Y aunque debía reconocer que se había habituado a las frecuentes muestras de cariño por parte de sus súbditos, todavía se sentía un poco extraño cada vez que debía recibirlas.

Debido a eso le pareció curioso cuando el niño aquel, que no debía tener más de diez años, se adelantó corriendo y le entregó el pequeño ramo de flores a la reina. Esta se soltó de su mano para recibir en sus brazos al pequeño, quien no contento con entregar su obsequio, se colgó del cuello femenino y le robó un beso.

Kirito no supo si reírse o regañar al mozuelo por su osadía, más era la travesura de un infante precoz. ¿Qué maldad existía en mostrar el aprecio por la soberana de esa forma? Asuna estaba tan sorprendida como él, pero solo se limitó a reír calmadamente, depositó una caricia en la frente del pequeño y luego de susurrarle algunas palabras de agradecimiento por el presente, lo dejó ir.

El niño ni se preocupó en dirigirle una muestra de respeto a su rey, parecía muy concentrado, y feliz, en observar el hermoso rostro de la reina, hasta que se perdió en la marea de gente que esperaba para poder acercarse a ellos.

Kirito lo contempló hasta que este se alejó lo suficiente y luego dirigió una sutil mirada hacia Asuna, quien sonreía quietamente abrochando el humilde ramillete en su escote. El peso de las flores hizo lo suyo, y el tajo del vestido cedió, revelando la íntima línea que dividía sus pechos. Casi se le fueron los ojos para advertirle del desliz, pero otra niña entró en escena, con otro bouquet en las manos, y el joven monarca se alejó para cumplir con el protocolo real, seguro, como otras tantas veces ocurría, que él era el destinatario de dicho presente.

Por supuesto, el niño no le había dado su obsequio a él por una cuestión de incomodidad, un niño no le regala flores a otro niño… o eso creía. Sin embargo, la niña sí lo haría. Estaba acostumbrado a que las féminas, de la edad que fueran, demostraran la admiración que sentían por él.

Pero, otra vez se equivocó.

Cuál fue su sorpresa, cuando la criatura lo pasó de largo y se lanzó al pecho de la reina, quien ahogó una risita sorprendida. Kirito se sintió como un idiota y no le quedó otra, más que bajar los brazos que había alzado para recibirla, rogando no tener cara de imbécil y haciendo un soberano esfuerzo para fingir que no pasaba nada.

—¿Ocurre algo Kirito-kun? —la cantarina voz de la soberana hizo que volteara hacia ella.

La luz agonizante del sol se reflejaba en su cabello y lo hacía brillar como oro. Se veía tan hermosa y deslumbrante, que por un momento olvidó todo lo que le rodeaba. Ella tenía ese poder desde mucho antes que los habitantes de Centoria la veneraran como si en verdad fuera la diosa Stacia. Sacudió la cabeza, replicando el gesto que ella le ofrecía.

—No es nada —replicó con desgano.

Otra criatura en su línea de visión se le acercó, con otra ofrenda de flores. Kirito se inclinó hasta quedar a su altura. Tenia el cabello largo de color negro y por un segundo recordó a Yui, su amada hija virtual que debía estar velando por ellos desde algún lugar en el otro lado.

—Mi señor —le dijo con suavidad y él tuvo que acercar su oído para oírle —¿Le puede entregar esto a la reina Asuna?

Se hizo para atrás con sorpresa, pero repentinamente, asintió con energía al notar la desazón en la mirada azur de la pequeña. Estaba pasmado y algo intrigado que a todos los niños del mercado, se les ocurriera ofrecerle flores a su esposa.

¿Era por alguna razón en especial? ¿Una fecha importante? Rebuscó en su conciencia, pero no halló nada que justificara la avalancha de presentes que Asuna recibió.

Porque ese día, Kirito se hizo acreedor de un triste bocadillo, que alguien de los puestos de la calle le ofreció, al ver su cara de aburrimiento. Mientras que Asuna recibió docenas de flores, grandes y pequeñas, de toda clase de color y texturas, que más tarde decoraron la sala principal de la Catedral.

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—Kirito-san, creo que está perdiendo popularidad —la grave voz de Desoulbert, uno de sus confiables caballeros de la integridad, le mencionó sin rodeos mientras se hallaba en la sala de juntas, varios días después de ese incidente en el mercado.

Vale decir que ese mismo incidente se repitió las jornadas siguientes. Ya no solo con flores, sino con esencias, pequeñas alhajas y otros detalles que Asuna aceptaba con pena. ¿Y él? Kirito permanecía a su lado, estoico, fingiendo que no era invisible para el resto del reino.

—La reina es más popular que tú.

Kirito tuvo ganas de reír. ¿Y eso en qué le afectaba?. Siempre había sido así… Allá en Aincrad, Asuna era una especie de Idol inalcanzable venerada por todos los jugadores. Él incluido.

Por supuesto que ese hecho en aquel entonces no le molestaba, ¿por qué debería hacerlo ahora? Ahora que, luego de tantos años, Asuna era toda suya.

—¿Y qué tiene de malo? —le preguntó mirándole con ojos entrecerrados.

—Desde la guerra, la reina por algún motivo ha sido mas venerada que tú…

—Sigo sin entender a qué viene todo este planteo.

—Kirito-san —una nueva voz intervino ahora, con acento suave. Era curioso que solo ellos tres se encontraran allí dentro —No es que tenga algo malo, pero está perdiendo el control del imperio de esta forma.

Le dio la espalda a la ventana por la cual veía, para darle la atención a su caballero más joven. Renri bajó la mirada al notar las pupilas aceradas sobre sí. El rey podía tener el carácter un tanto ligero y flexible, pero cuando debía mostrarse intimidante, nadie dentro de la catedral le hacía frente. Con excepción de la reina.

—¿Y eso es tan terrible? —prosiguió.

El hombre suspiró al notar que no lograría que el monarca entrara en razón. Decidió ser más descortés —Si esto continúa así, llegará el día en el que des una orden y ya nadie te obedecerá.

Kirito abrió los ojos con asombro. Eso le parecía un poco extremo.

—¿Qué proponen para remediar eso? —aventuró cruzándose de brazos.

—Primeramente, hacer una investigación para saber por qué, la popularidad de la reina ha subido varias décimas por encima de la tuya —el joven frunció los labios para no reír. ¡Cómo si eso fuera tan fácil! —Y también, reforzar tus puntos flacos para revertir los resultados.

Renri asintió a la par del caballero, ambos muy convencidos de lo que decían. Kirito aspiró una bocanada de aire por la nariz y la dejó ir en forma de suspiro. Iba a negarse, pero se contuvo.

Presentía que eso sería una causa perdida.

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¿Por qué los habitantes de Centoria admiraban tanto a Asuna?

¿Sería por esa sonrisa que era capaz de derretir al corazón más congelado? ¿Por la preocupación que mostraba por la gente de bajos recursos, que se acercaba a ella durante las visitas a la ciudad, buscando su empatía? ¿Quizás era por cómo se relacionaba con los niños que parecían felices bajo su embrujo maternal? ¿Acaso era la forma en la que actuaba con honor y sabiduría en las decisiones que le concernían? ¿Por su empeño por aprender las artes sagradas, exigiéndose hasta el cansancio, en pro de velar por el mundo que él tanto amaba? ¿Tal vez se debía a las delicias que cocinaba junto a Hana, la chef del palacio, para todos los que trabajaban bajo su techo? ¿Era su belleza sobrenatural, comparable a la de una divinidad? ¿La elegancia seductora de su cuerpo, cuando lucía majestuosa alguno de esos etéreos vestidos, que la colocaban en aquella posición privilegiada? ¿O acaso la dulzura de su voz que arrullaba a cualquiera que la oía? ¿La autoridad con la que tomaba una decisión, la seguridad que imponía con sus acciones?

Eran tantos los puntos que descubría de su reina, que no sería capaz de enumerarlos a todos aunque se lo propusiera.

Asuna era popular porque así era su forma de ser. No había otro secreto. Ella no buscaba obtener la atención de los demás, pero allí estaba; siguiéndola a sol y a sombra. ¡Cuántas veces la había descrito como la luminosa estrella que puso fin a su mundo de oscuridad!

¿Acaso la gente tenía la culpa de caer víctima de su mismo hechizo? Por supuesto que no.

—Kirito-sama debería tomar clases de cocina con la chef del palacio. Es uno de los puntos flacos con los que no puede competir con Asuna-sama.

El monarca sintió que un tic le cosquilleaba la ceja derecha. ¡Cocina! ¿En serio era lo mejor que se le ocurría a su caballero más capaz? Desoulbert ciertamente podía ser muy bueno en el campo de batalla, pero en cuestiones más livianas se quedaba corto.

—No es buena idea, Desoulbert-san, ya lo he intentado en mi mundo con desastrosos resultados. Olvida esa idea.

—El manejo de las artes sagradas de Kirito-san es superior a las de la reina, pero por algún motivo no es suficiente…

¿Tal vez sería, porque cuando Asuna recitaba algún conjuro lo hacía con una persuasión tal, que el mundo caía embelesado ante la dulzura de su voz? Por supuesto, no podía decirle eso.

—Le he enseñado a Asuna todo lo que sé —respondió simplemente, sabedor que ese detalle pondría de mal humor al caballero.

—La victoria que obtuviste en la batalla divina del principio de los tiempos, ya no es suficiente. Parece que todo lo que hace Asuna-sama es superior…

Kirito suprimió un suspiro quejumbroso, mirando por el rabillo del ojo al caballero dueño de las cuchillas gemelas, que se veía muy ensimismado pensando alguna solución al dilema de la poca popularidad del rey —Hasta Renri, aquí presente, ha sido testigo de la sabiduría escrupulosa de la reina ¿no es cierto? He oído que fuiste a pedirle un consejo que incluía la mejor forma de acercarte a una de las alumnas de Desoulbert-san.

La expresión azorada del joven fue digna de inmortalizar en un retrato. Se sentó de un salto como si le hubieran picado el trasero con miles de agujas. Su rostro se puso rojo en tanto balbuceaba alguna excusa poco creíble.

Por dentro se sentía cupable por haber expuesto de ese modo el juvenil corazón de su caballero, pero no podía evitarlo. La expresión del pobre Renri era de vergüenza total.

—Quieres que sea popular pero tenemos un desertor en nuestras filas —comentó el rey con tono jocoso.

—Kirito-kun —la melodiosa voz de la soberana se oyó tras un ligero golpe a la puerta. Pronto su cabeza se asomó, haciendo que los dos hombres se pusieron de pie en el acto y reverenciaran su entrada —Ordené un servicio de té en el jardín, ¿te gustaría acompañarme? Hice tus galletas favoritas —reparó en los caballeros restantes y su sonrisa se amplió —También extiendo la invitación a Desoulber-san y a Renri-kun si así lo desean.

Kirito esperó que ambos clamaran a voz en cuello y negaran el convite, pero he aquí que los dos hombres afirmaron a coro, como si se hubieran puesto de acuerdo para contestar a dúo.

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La visita al mercado arrojó otro saldo que empezaba a molestarle al pobre rey. Se escapaba con ella porque quería pasar tiempo de calidad a solas… y lo que menos ocurría era eso. El único momento en el que tenía a Asuna para sí era durante las noches, pero ella acababa tan cansada de las obligaciones del día, que caía dormida demasiado rápido. A este paso resultaba utópico que la reina le dedicara algunos segundos a él.

Ya no podían caminar por los pasadizos del mercado con tranquilidad, porque la gente la rodeaba, ya sea para ofrecerle obsequios, solicitarle algún favor o hasta para hacerla merecedora de loas a su nombre.

No le molestaba pero… pero… ¡Estaba mal! ¡Ese era su momento de distracción con ella! ¡Y Asuna era tan noble y maravillosa que nunca decía que no cuando alguno de sus súbditos se le acercaba! Le dedicaba una sonrisa culposa a modo de excusa y se volcaba al pueblo olvidando que él estaba ahí.

Era cierto que nunca le había molestado la popularidad de Asuna, ya sea en el mundo que el destino los llevara; en Aincrad como el Destello Veloz, ALO como la Curandera Frenética, OS como una de las mejores jugadoras o Underworld como Stacia la diosa de la vida, o la reina del Imperio Humano...

Y entonces aquel detalle que soportó sin más en los anteriores mundos, aquí le supo un castigo.

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—Tengo una idea —Desoulbert se paseó por la sala de juntas notando de reojo que el rey se veía más pensativo que de costumbre.

—Dime.

—Enviemos a Asuna-sama a Obsidian por algunos días. Puede ayudar a Scheta e Iskahn en las relaciones diplomáticas y…

—¡Por supuesto que no! —lo interrumpió golpeando la pared que lo acogía —Asuna no hará ese viaje sola, es demasiado peligroso y no hay necesidad que se aleje de mí. Olvida eso.

—Era una idea un tanto descabellada, sabía que te negarías —añadió el caballero acariciándose la barbilla.

—¿Y si Kirito-san ofrece un espectáculo aéreo? —la voz de Renri se oyó tímidamente en el silencio que los otros dejaron —Recuerdo los primeros días, cuando probaba aquel prototipo de dragón maquina, al pueblo le encantaba ver ese tipo de cosas. Ahora Kirito-san ha mejorado su manejo de los elementos térmicos, ya no hay riesgo de que ocurra un accidente como la última vez…

—¿Ultima vez? ¿Te refieres a cuando congeló las flores del jardín? ¿O a cuándo Asuna-sama debió mover la torre hacia un lado para no impactar el costoso prototipo del dragón contra el muro blanco del piso 95?

Kirito se despeinó el cabello ¿por qué siempre debían recordar sus errores en lugar de sus aciertos?

—Creo que es una excelente idea, joven Renri.

El rey les dio la espalda, en tanto contemplaba por la ventana, la acuarela de rojos y naranjas que teñía el cielo era similar al color del cabello de la reina.

—Todos los días salen expediciones hacia las colonias, ¿que tendría esto de novedoso? —protestó, pero sabía de antemano que era una batalla perdida.

—Al pueblo le gusta ver las habilidades de arte sacro que tiene el rey. ¡Ademas eso elevaría tu popularidad! ¡Por fin encontramos algo que Kirito-san puede hacer mejor que Asuna-sama!

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—Me parece una idea fabulosa, Kirito-kun.

Y allí estaba ella, peinándose el cabello húmedo frente al espejo. Sus ojos sonreían desde el reflejo mientras le hablaba. Había tomado un baño recientemente, y el ambiente estaba impregnado por la fragancia a lima que emanaba su piel.

—¿No crees que es una tontería?

Ella negó, dejó lo que estaba haciendo y se volvió —Hace tiempo que no tenemos un festival, será maravilloso.

Él tuvo ganas de reír, Desoulbert lo había llamado festival y creía que el nombre le quedaba demasiado grande. Se preguntó si debía confiarle la finalidad de dicha charada, pues hasta el momento no le había dado mayor importancia a las palabras de sus caballeros. Asuna, ignorante de todo el asunto, se acercaba con una sonrisa cristalina, ajena a sus pensamientos.

—¿Ya hablaste con Sadore-san? —se sentó en sus rodillas —Promete que practicarás antes de subirte a ese dragón.

—¿Acaso Asuna-sama no va a estar ahí para verme? —la molestó mirándola de soslayo con un mohín pícaro.

—No quiero que nada malo te pase, Kirito-kun —le delineó los labios con sus dedos. Su voz se había convertido en un susurro preocupado —Pero, ¿cómo puedo negarme a la petición de mi rey?

El joven ancló sus acerados ojos en los de ella por algunos segundos. Luego, le apartó la mano sujetando su muñeca, y sin aviso, recorrió el espacio que los separaba, atrapando sus labios. No fue suave ni medido. Con una mano le sujetó la cabeza, entre el húmedo cabello que olía a cítrico y con la otra, la acercó a su cuerpo, de modo que la piel de Asuna se erizó ante sus caricias.

El hambre que sentía por su contacto, apenas le dejaba saborearla. Sepultó el gemido necesitado dentro de su boca y se perdió en su cuerpo.

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El día del festival llegó demasiado rápido para malhumor del rey. Durante toda la mañana estuvo con el ánimo irascible, pensando y razonando que aquella actividad era una completa locura.

¡Qué importaba que la reina fuera más popular que él!

Pero ya no había vuelto atrás. No con toda la gente reunida en la plaza frente a la Catedral Central, esperando ansiosa por el espectáculo que el monarca había propuesto.

—Kirito-kun — Asuna, la hermosa reina apareció vestida de blanco perla, su falda moviéndose en torno a sus piernas, mientras esparcía su luz dentro de las tinieblas del hangar, donde descansaba su aparato volador —Ten mucho cuidado por favor.

Él vestía un traje oscuro de una sola pieza, semejante a un overol, guantes marrones de cuero y los antejos que aun no se había colocado, entre su cabello. Sonrió enternecido al verla.

—Asuna-sama —se inclinó ante ella —Se ve realmente hermosa hoy… lástima que esta nave disponga de un solo asiento, sino la hubiera secuestrado conmigo.

Ella rió algunos segundos antes de colgarse a su cuello y besarle la comisura de los labios —Un beso de la suerte —agregó, apretando sus labios rosados contra su piel rasposa.

—¿Promete que me darás otro cuando regrese?

—Si vuelves con bien a mí —le rozó la frente antes de alejarse presurosa, pues ese no era su lugar, y temía que alguno de los oficiales de la catedral podría aparecerse a buscarla.

Sus pasos resonaron hasta que se perdió en la oscuridad. Kirito reprimió un suspiro de desazón , se ajustó los guantes mientras se metía a la cabina y se colocaba los lentes protectores. El vidrio de protección se desplegó sobre él y mentalmente recitó el comando necesario, en tanto lo que fungía como motor cobraba vida.

¡Discharge…!

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La exhibición fue todo un éxito.

Kirito realizó un colorido espectáculo en el cielo, realizando piruetas riesgosas, creando nubes de humo blanco y delineando figuras con una precisión exacta, para asombro de la audiencia que celebraba con vítores cada una de sus hazañas.

Pero mantuvo en vilo el corazón de la reina, quien observaba todo desde su posición privilegiada, con las plegarias ancladas en los labios, repasando en su mente los hechizos de arte sacro, por las dudas de que algo saliera mal. Pero al final no fue necesario.

El dragón descendió en espiral hasta el lugar que habían marcado como pista de aterrizaje y ella fue la primera en precipitarse hasta el aparato. Cruzó las vallas de protección que los caballeros habían puesto para que nadie se acercara al peligroso lugar, y sin importarle los vaporosos pliegues de su vestido blanco, corrió hasta que la cabeza despeinada de Kirito apareció tras la cabina.

Se apresuró a descender al notar las pupilas temblorosas de la joven. Había estado todo el tiempo preocupada por él.

Asuna ni siquiera aguardó que terminara de apearse de aquella maquina, se lanzó a sus brazos y lo abrazó con fuerza.

—Estoy bien —le susurró contra el cabello besándola —Estoy bien.

Sabía que estaban dando un nuevo entretenimiento a todo el público que no se había movido ni un poco, desde que el festival empezó. Pero Kirito quería dejar algo en claro, tanto para los caballeros que se veían muy felices ante su reciente proeza, así como a los moradores de Centoria, y ¿por qué no? A él mismo.

Dejó ir a Asuna y se hincó con una rodilla ante ella. Se quitó los guantes y arrojó los lentes hacia un lado. Tomó su mano nuevamente y luchando para que la voz no se le ahogara en las profundidades de la garganta, pues dar discursos como aquel no era lo suyo. Empezó.

—En la antigüedad , era costumbre que el ganador de un torneo otorgara su favor a alguien como una señal de su… alto aprecio y de su mas profundo respeto. Y mi reina, soy su mayor admirador... Este evento, un poco accidentado, es mi favor erigido en su honor. Para honrar su nombre…

La gente en la plaza junto a los oficiales y clérigos de la Catedral prorrumpieron en vítores, acompañando sus gritos con aplausos y silbidos. Coronando y celebrando las palabras del joven rey.

—¿Qué estás diciendo Kirito-kun?

—Que soy tu fanboy numero uno, Asuna. Que no me importa estar bajo tu sombra si siempre me darás un lugar privilegiado en tu vida, aquí, en el otro lado, y en todos los mundos virtuales que vayamos a conocer. En todo eso, siempre déjame ser el primero en admirarte.

—Eres un grandísimo tonto ¿lo sabías? —le respondió con los ojos llenos de lagrimas, y sin poder aguantar más, y sabiendo que tenían los ojos de Underworld clavados en su espalda, se arrojó sobre él —Yo también soy tu mayor fan, Kirito-kun.

Él rió al oír como se llamaba a sí misma, tomó la barbilla de la reina entre sus manos y como tantas veces, la admiró, maravillándose de a dónde la vida los había traído tras ese primer encuentro en el calabozo del piso 1 de Aincrad.

Los rosados labios de Asuna se abrieron en anticipación, y a Kirito no le importó, ansioso la besó bajo el cielo azul, en aquella pista de aterrizaje improvisada, mientras vestía como un aviador y con los moradores de Centoria celebrando, a gritos, su osadía.

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—Ha sido culpa de Fanatio-san, Kirito-kun —la reina reía con pena —Ella le mencionó a Desoulbert-san que había hecho una encuesta entre los habitantes de la catedral sobre quien era su gobernante favorito, y la mayoría me eligió a mí… ¡Pero yo no lo sabía! ¡Y tampoco sabía que ella iba a ir a decírselo a él!

Kirito solo rió, feliz de que la personalidad maravillosa de la joven no cambiara ni un ápice, pese a las triquiñuelas de la guardia por provocarla —No tiene importancia. Hoy día, he renovado mis votos y con el reino como testigo, declaré mi ferviente admiración por ti, Asuna. Porque viviría feliz bajo tu sombra, si tú vas a ser mi luz.

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Nota:

Mi primer aporte al reto KiriVeggieAwakening, celebrando el despertar del husbando!

Kyaaa, no sabía que iba a tocarme este tema, jajaja. Me siento bastante conforme de como se desarrolló… como verán 'Kirito no ganó' sino que se declaró perdedor ante su hermosa reina!

En fin, espero traer los demás temas pronto (son 11 en total con este, veremos si saco tiempo para todos)

Gracias por leer! Y Gracias por participar!