El famoso salón retumbó azotado por el sonido proveniente de unas cuerdas vocales atroces y hermosas, más potentes que el acompañamiento de la guitarra, la batería y el bajo.

El canto emergió de una garganta blanca abrazada por un collar negro, enlazándose a la letra de una composición potente y desgarradora, de emociones vivas que no tocaban el corazón, ¡lo desollaban con cruel sadismo e inhumana sensualidad!, emociones vivas y salvajes, yendo de notas agudas, implacables y tiernas, a la gruesa ferocidad del reclamo plasmado en un tenor distorsionado, elegante y avasallador.

Una franca canción de amor sin pretensiones cursis.

Cruda.

Directa.

Una mordida más que un beso.

La criatura capaz de desnudar el amor y esgrimirlo como arma, la delicadeza y la dulzura reservadas para abrillantar el filo y la punta de la hoja forjada por su canto, era un hombre de estatura baja vestido de cuero y animal print, con pesadas botas negras militares pisando la duela del escenario y el borde. El micrófono en sus manos de uñas negras, era daga directo a la yugular del público implorando su corte y la misericordia de un disparo directo al corazón, proveniente del despiadado cobalto de su mirada.

Cantaba de amor, mientras su cuerpo emitía un aura asesina.

Era deslumbrante…

Era…

—Como si cantara para una persona especial.

—¡¿Qué?! —el grito es grito por la sorpresa devenida de la atrevida e irracional declaración.

La tercera amiga, que compartía un pedazo de la barra junto con la primera (la del comentario y uñas neón) y la segunda (la del grito), lejos del gentío arremolinándose en la pista, apenas captando el sombrero del extravagante hombre dominando a la multitud; tiró parte de su bebida, víctima del pasmo.

—Es lo que escuché —se apresuró a aclarar la de uñas neón, disculpándose por el quiebre en la línea del disfrute, cuya atención siguió en el protagonista de la noche, de una manera diferente.

Hizo una señal y el trío se compactó alrededor de su pedacito de territorio.

—Escuché —volvió a subrayar el origen de su fuente (habladurías), y enseguida, en vez de encaminarse a la especulación, convirtió la oración en una afirmación tajante—… Que el vocalista está comprometido, o casado, con una chica, y no lo han hecho oficial por el bien de la banda.

La del grito no pareció muy inclinada a creerle.

La del trago vacío su bebida de un jalón, hizo una "o" con los labios y asintió, iluminada:

—Tiene sentido. Ya decía que uno no puede escribir y cantar como lo hace, sin haberlo experimentado.

—¿Sí entienden que la canción de ahora habla de una loca que parece querer lanzarse de cada puente habido y por haber, de la punta más alejada de Hokkaido hasta el sitio más recóndito en Kyushu? —ayudada por la gesticulación de sus manos, la del grito recalcó su punto.

—Pero…

Alzando un dedo detuvo a la del trago, y acentuando el movimiento, también a la de las uñas, señalando su oído, obligándolas a escuchar la estrofa en marcha:

"Tratar de comprenderte es una mierda.

¿Sostengo tu mano con fervor,

o te empujo a las vías del tren, mi vida?

¿Qué acción entenderías como amor?"

—¿Esa es su romántica experiencia? —cuestionó en la pausa vencida por el dueto de bajo y guitarra, adivinando los pensamientos de sus amigas, quienes debían estar formando una romántica historia en sus alocadas cabezas, sobre un secreto y devoto romance en las sombras del mundo de la farándula, un mundillo deslumbrante en apariencia y esclavizador en la realidad.

Lejos de la conversación, el vocalista limpió con el envés de la mano una gota de sudor escurriéndole por el mentón.

Desde la batería, una voz detrás de una mascarilla negra mezcló notas gruesas y agudas en un rango vocal apenas creíble, que no dejaba indiferente a nadie, les gustara o no el death growl, destruyendo los acordes de la guitarra con un mid range growl, mutando en un fry scream:

"Engañosa criatura hundiendo dulces garras en mi pecho"

El vocalista principal inhaló y retomó el estelar:

"Más insoportable que verte es no hacerlo

Y hacia la muerte corres a prisa

Maldición, estoy de espaldas al cielo

De frente al paraíso cruel de tu sonrisa"

Los asistentes prepararon sus gargantas, brazos en alto.

Avizorando por encima de la conglomeración un punto al fondo, el vocalista concluyó un abrupto silencio con el fragmento que el público ansiaba corear:

"Amar la locura de un demonio

No es tarea fácil, son tormentos

Ah, he aquí mi testimonio

Sin dudas ni remordimientos"

Dos contra una.

La del grito quedó arrinconada por sus amigas cuando estas obtuvieron, o eso querían creer, una estrofa a su favor.

A su derecha, dos chicos suspiraron, oyendo la conversación ajena.

—Lo que se inventan las chicas, ¿no? —preguntó el de gafas gruesas y cuadradas, al que revisaba compulsivo su celular.

—Déjalas. Jamás entenderán el corazón de un hombre.

—Exacto. Si es amor, aunque la chica esté loca ahí estaremos haciendo de samuráis listos para la batalla.

El del celular frunció el ceño despegándose de la pantalla táctil:

—¿Qué clase de trauma psicológico tendrías que tener para lanzarte como kamikaze a una relación así?

—Se llama romanticismo —objetó el de gafas, al ser juzgado.

—Se llama estupidez.

—Se llama rumor —intervino una mujer rondando la mitad de los veinte—, y vende bien —agitó la mitad de la cerveza en la botella al girarse, su figura esbelta ceñida en un vestido rojo de generoso escote, ampliando la sed en cuanto posicionaba la mirada en su persona, el cabello negro y corto adornado por una mariposa.

Los chicos la siguieron, interrumpida su discusión y su vida, por esa dama de andar seguro e imponente.

—Vende muy bien —repitió la mujer, abriéndose paso en la muchedumbre, el lila de sus iris deslizándose por el rabillo de fino delineado, observando entre los brincoteos fanáticos una silueta de manos veloces en escena.

Una segunda intervención de death growl la hizo pararse y degustar las notas colándose bajo su ropa:

"Miente y di que me amas"

—Porque es tan cierto que parece falso —vació la botella y la deslizó sobre la esquina de la barra—. Tan romántico que parece estúpido —dijo, dirigiéndose al bartender.

—No la entiendo, señorita, pero le diré que sí —el hombre giró un trapo dentro de un mezclador metálico, sosteniendo una sonrisa perfecta, por su construcción calculada y no por su pureza sentimental—. El cliente siempre tiene la razón.

Ella, en respuesta, esbozó un gesto propio, dulce en el centro, afilado en las comisuras, amenazante en el rojo cereza del labial:

—Sólo ten cuidado. Mientras no afectes más de lo que ayudes, y no la involucres a ella, haz lo que te plazca con él.

El bartender pudo haber fingido ignorar el sentido de sus palabras. No lo hizo.

—Descuide. Todo es parte de un plan.

—Un plan que es placer.

La expresión alegre de venta del bartender se ensombreció.

—No hay placer en los celos.

—No me refería al juego enfermo que sólo ustedes entienden —alejó la posibilidad con el movimiento de una mano—, sino a tu necesidad debajo de él.

—No la entiendo…

Esta vez, la que se paró en la línea de superioridad con una advertencia, fue ella.

—Sí lo haces. Ese es el problema. Eso, y que prefieres mantener la máscara —subió y bajó los hombros—. Están por terminar. Tengo algo más importante qué hacer que verte fingir.

—Ha sido un placer atenderla.

—Ha sido un placer escuchar tus rumores.

La mujer se retiró con la última canción de la banda.

El bartender sacó el trapo del mezclador limpio, la vista en la barra, la mente prendada al escenario.


Toc, toc.

—¿Estás listas? —la pregunta no tuvo la intensión de apresurar a quien estaba dentro. Su objetivo fue anunciar a quién se encontraba fuera.

—Sí.

La puerta se abrió.

Una figura esbelta, vestida de satén blanco y rosa pálido con olanes y tul bordado, apareció cargando una maleta de tamaño medio y negra. En su juvenil y fresco rostro una pequeña sonrisa contuvo toda la ternura del mundo, resaltada por el brillo del arrebol en sus mejillas. La imagen, digna de superar la mítica belleza de Yamato Nadeshiko, cerró la puerta alargando una mano de finos dedos de uñas cortas y redondeadas.

El póster en la madera, donde cinco integrantes lucían despiadados, ni se inmutó con la delicadeza del acto. El cantante principal continuó su grito subyugado al micrófono, el bajista destrozó interminable las cuerdas, el guitarrista siguió en un brinco sin fin, el tecladista clavó las uñas en los acordes y, al fondo, la batería no recibía clemencia de una figura oscura y feroz, las baquetas en alto, el cabello recogido y una mascarilla negra protegiendo su identidad.

—¿Nos vamos? —preguntó Gin, su voz primaveral aterrizando de puntillas en un pétalo de dicha en el pecho de Yosano.

La seductora y magnifica orquídea acorraló la pureza y misterio del loto. Sujetó su mentón en la cuña del índice, y de un beso cortó el ruido a su alrededor, sustituyéndolo por el redoble del taiko en sus almas, cimbrando sus cuerpos. Sus corazones apoyándose mutuamente para sobrevivir a la adrenalina de una felicidad aterradora y maravillosa, al amor.

Con un mordisqueo travieso, Yosano entrelazó sus dedos y se enderezó, asintiendo.

—Elige dónde quieres cenar —besó el anillo en el dedo anular de la dualidad convertida en persona—. Podemos ir al restaurante del que te hablaron los chicos.

Temblorosa y sonrojada, Gin acomodó un mechón de cabello tras su oído y asintió caminando a la salida trasera del salón.

—Tachihara-san y Atsushi-kun dieron buenas referencias. Incluso Ryu-chan pareció estar de acuerdo en que era un buen lugar.

—Si Ryunosuke lo aprueba, tenemos que ir.

Pasando junto a las escaleras que llevaban a la parte superior del teatro, en donde los tramoyistas se afanaban preparando la entrada de la siguiente banda, una tela cayó del bolsillo lateral de la maleta, bamboleándose hacia el suelo de baldosas grises.

—Mi...

Gin se apresuró a agacharse para atrapar la mascarilla, divisando por el filo de la mirada, entre los peldaños de metal y las sombras del ángulo en que se apilaban cajas, una escena que apretó su puño y le envaró la espalda.

—¿Pasa algo? —preguntó Yosano.

—¡Na-nada, nada! —negó, empujando a su prometida a una noche cálida, recibiéndolas con los sonidos tropicales del bar latino en la acera del frente.

Una voz femenina cantaba una melodía que pese a la diferencia de idiomas se daba a entender a la perfección, a base de sonetos pícaros y sensuales, como los besos que intercambiaban un bartender y un vocalista enredados en el sofocante y erótico secreto de su amor, el que todos conocían sin saberlo y divulgaban, en forma de los rumores provenientes de una lengua maliciosa.

Rumores que creaban un domo invisible alrededor del vocalista.

Un bartender un poco posesivo, un poco juguetón, un poco calculador.

Rumores que pretendían prender la imaginación colectiva con dulces e intensos teatros mentales de romance, manteniendo el interés de los fans.

Rumores encerrando verdad.

El vocalista tenía un amor, uno retorcido, amparado en las sombras por el placer de lo prohibido, del secretismo y la oscuridad de su deseo, usando de excusa la ganancia de fama.

En los besos de los que sólo ellos conocen su existencia hay un potente afrodisiaco que los lleva de las escaleras, a divergir sus salidas del local, encontrándose en un departamento. Ahí, hábil, Dazai se deshace de la ropa de cuero y animal print de Chuuya, regando por los muebles y el suelo la canción de su embriagante amor, que resuena entre gemidos y jadeos. Es un rock pesado, una salsa y un tango, un poco de metal, de pop, a veces balada. Una melodía caótica, privada y seductora.


NOTAS

El presente one shot, que abre esta colección dedicada a la ship, iba a ser originalmente un drabble (sí, igual lo dije de otro os), y de alguna forma se extendió varias páginas más de las esperadas. En gran medida la culpable es una amiga, que me devolvió el amor por el Soukoku. Así que, Sandy, aunque no sé que tanto te agrade la idea del Yosano x Gin, la parte Soukoku va por ti.

Y sí, me está gustando mucho el AU de músicos.

En otras plataformas el one shot estará agregado a la colección "Black Magnetar".

Gracias por leer. Espero que haya sido de su agrado.