Atención: esta historia contiene lenguaje obsceno y malsonante, así como escenas de contenido adulto, no apto para menores de 18 de años.

DESCARGO DE RESPONSABILIDAD: Los personajes de esta historia no me pertenecen, salvo mi propio personaje creado únicamente para este fanfic.

Capítulo 1: Sueños perturbadores

"¿Qué voy a hacer? ¿Por qué diablos me persiguen esos tíos?... ¡Dios sabe lo que me harán si me atrapan!"

En medio del caos, la joven mujer se escondió en un solitario callejón adoquinado, detrás de un barril. Temblando, se agazapó haciéndose tan pequeña como pudo.

-"¡Creo que se fue por allí! ¡Encontradla!" - gritó uno de los hombres que la buscaban pasando de largo por la intersección de calles.

Tras oír alejarse los pasos, la chica respiró aliviada. "Creo que los he perdido". Se incorporó lentamente sin quitar la vista de la calle que cruzaba perpendicular al callejón mientras se sacudía el polvo de sus extraños ropajes.

"Demonios, ¿dónde coño estoy?¿y cómo he llegado hasta aquí?"

Ella se había despertado ese día en medio de un camino polvoriento y sin asfaltar en medio de la nada. No llevaba su ropa habitual, sino una especie de camisón largo de tela parecida a la de un saco de patatas. Caminó hasta llegar a una pequeña aldea con casas rústicas de piedra y madera. Sus habitantes eran extraños, todos ellos tenían los ojos rasgados y vestían ropas viejas y harapientas, como de otra época. Tampoco había ningún coche, ni farolas. Era como si estuviese en otro país y en otra época. Todo era desconocido para ella.

Preguntó a varias personas sobre dónde se encontraba. Todos ellos la habían mirado raro, como si hablaran con un extraterrestre, pero respondieron a sus preguntas. Estaba en un pueblo que se llamaba Kyaku, al pie de las montañas Reykaku, en el país de Konan.

Todo eso le sonaba a chino, literal. Aquel país no le sonaba de nada. Bueno, ella no era muy buena en geografía. Puede que se tratase de algún país del continente asiático no reconocido oficialmente, donde la gente había decidido vivir como en la época antigua. ¿Pero cómo había llegado ella hasta allí?

Tras explorar un poco la aldea y hablar con sus habitantes, aparecieron un grupo de hombres a caballo que traían grandes sacos repletos de oro y joyas. La gente al verlos gritó "¡bandidos! ¡bandidos!" y de pronto todo el mundo se puso a correr y a meterse en las casas, cerrando sus puertas y ventanas. Aquellos hombres vandalizaron todo lo que encontraban a su paso, prendiendo fuego a casas, y cosechas . En cuestión de minutos, todo estaba en llamas.

La joven, presa del pánico, corrió en todas direcciones sin saber dónde ir. Cuando los vándalos vieron sus cabellos rubios y ojos azul verdosos, uno de ellos la señaló gritando: "¡Traedla!" y ahí fue cuando empezó la frenética huída de Emmanuelle.


Cuando creyó haberlos despistado, oyó una voz por detrás.

-"¡Aquí estás!"

Antes de que pudiese girarse, unas manos la apresaron por los hombros, e inmovilizaron sus brazos. Cogiéndola de malas maneras, el hombre la llevó ante los demás bandidos.

-"Estaba escondida en un callejón"

-"Bien..."- dijo el otro hombre, que parecía el cabecilla.

Le agarró de la barbilla para mirarla de cerca. -"El jefe se pondrá muy contento con este regalo tan exótico".

Emmanuelle giró su cara bruscamente para deshacerse del agarre del bandido.

-"Y además de bella, es rebelde... Eso le gustará".

Le ataron las manos y la subieron a uno de los caballos, llevándola lejos de la aldea. Tras algunos kilómetros cabalgando, llegaron hasta un recinto en ruinas, donde habían construído una muralla con un portón que se abrió para dejarles paso.

Pasaron por varias pequeñas casas de piedra a medio derruir, que habían sido reconstruídas chapuceramente con maderas, hasta que llegaron a una más grande. En ese instante, solamente uno de los bandidos acompañó a Emmanuelle hasta el interior, llevándola por un largo pasillo para llegar finalmente a otra puerta. El hombre golpeó y tras escuchar un "¡adelante!", abrió la puerta.

Emmanuelle observó la habitación con sumo detalle. Habían muebles antiguos, pero lujosos y bien ornamentados. Entre un montón de cojines coloridos de satén, se encontraba el que parecía el jefe de aquellos bandidos, bebiendo de un cuenco decorado en oro, junto con otras muchachas con muy poca ropa. Emmanuelle hizo una mueca de disgusto. La habitación apestaba a alcohol y a sudor, y a algo más que no quiso imaginar.

-"Eeekkkk" - La joven mujer no pudo evitar mostrar su asco.

-"¡Ten un poco de respeto, chica!"- le murmuró su acompañante tras darle un empujón.

-"Jefe, hemos asaltado la fortaleza de nuestros enemigos, como ordenó. Traemos un gran botín, y además, le traigo un regalo."

El líder del grupo de los bandidos se acercó hasta ella mirándola de arriba a abajo con una perversa sonrisa. Era un hombre de unos cuarenta y tantos, poco agraciado físicamente, y vestido de forma extravagante, con ropajes de diversos colores y texturas, adornado con collares de oro, y un accesorio en la cabeza parecido a una tiara con piedras preciosas incrustadas.

"Vaya hortera" pensó Emmanuelle.

-"Aunque parezcas una pordiosera, ¡eres toda una belleza!"- exclamó el hombre echándole su aliento apestado en alcohol. -"¡Dejadnos a solas!" - ordenó.

El bandido que había escoltado a Emmanuelle se retiró llevándose a las otras mujeres, y cerró la puerta tras de sí.

Emmanuelle estaba muerta de miedo. "Dudo que este tipo quiera invitarme a una taza de té... por eso de conocerse antes y tal..."

-"Ponte cómoda"- le dijo palmeando uno de los cojines que estaban a su lado para invitarla a sentarse.

Emmanuelle, que seguía con las manos atadas, estaba paralizada por el miedo.

-"¿Cómo te llamas, guapa?"

Ella permaneció en silencio, inmóvil.

-"Supongo que no hablas mi idioma".

Él estiró su mano y agarrándola de un brazo, la atrajo bruscamente hacia él, haciendo que Emmanuelle cayera de morros al suelo.

Cuando se giró para ponerse boca arriba él ya estaba encima suyo intentando levantarle el vestido para forzarla.

-"¡Noooo! ¡Para!- gritó ella intentando quitárselo de encima moviendo sus piernas, pero maniatada, era más que complicado.

De pronto, se oyeron unos fuertes ruidos fuera de la habitación. El jefe de los bandidos se detuvo para mirar la puerta cerrada a su espalda.

-"¿Qué diablos pasa ahí afuera?"

Cuando éste se levantó para investigar, Emmanuelle le dió una patada que hizo que cayera de bruces al suelo.

-"¡Tú! ¡Pequeña zorra!"

Tras incorporarse de nuevo, se dirigió hacia ella y le dió un golpe en la cara que la dejó inconsciente.


-"Y después de eso, me desperté..."

-"Joder Em. Estás muy mal. ¿No puedes soñar cosas normales como todo el mundo?"

Las dos amigas estaban sentadas en una terraza disfrutando del sol de la primavera, tomando unos cóckteles en pleno centro de Lyon, Francia.

-"No sé, pero parecía tan real... hasta se me quedó un dolor de cabeza impresionante."- comentó Em.

-"No me extraña, aquella noche estabas como una cuba."- le dijo su amiga. -"Por cierto, ¿qué pasó con ese tío bueno con el que te enrollaste?"

-"Nah... Me dió su número, pero aún no le he llamado".

-"¿Qué? ¡Pero si estaba como un tren!"

-"No sé... era un poco soso..."

-"Siempre encuentras pegas a todos los que se interesan por ti. ¿Cuándo vas a superar lo de Fred?"

-"Ay Camille... no me des el sermón otra vez..."

-"Es que ya ha pasado más de un año, y sigues sin pasar página."

-"¿Pasar página? No necesito ninguna relación seria. Me follo a quién me da la gana, cuando me da la gana. Estoy bien así."

-"Deberías al menos intentar empezar una nueva relación, y en vez de eso sigues acostándote con Fred cuando a él le apetece."

-"¡Ahora tenemos una relación abierta!"

-"Y tan abierta, ¡como que fué el quién te engañó con otra!"

Emmanuelle se cruzó de brazos y frunció el ceño. Ese comentario le molestó, a pesar de ser la verdad.

-"Lo siento Em..." - Camille cambió su tono al ver que había metido la pata. -"Solo me preocupo por ti."

-"Lo sé, y sé que tienes razón. Pero es que no encuentro a nadie con el que sienta eso especial para empezar una relación. O quizá es que tengo miedo a que me vuelvan a romper el corazón..." - dijo bajando la cabeza desanimada.

Camille le agarró la mano para consolarla.

-"Tranquila, estoy segura de que hay alguien especial para tí."

Em asintió forzando una sonrisa y siguieron hablando de sus cosas.


La noche llegó, y tras algunos cockteles de más, las dos amigas se despidieron.

-"¡Oh mierda!"- exclamó Em mirando la hora en su reloj de muñeca. -"¡Es tardísimo! ¡Es casi la hora de mi último bus!"

Era tarde en la madrugada, y ella aún debía caminar un tramo hasta su parada, así que comenzó a correr para llegar a tiempo.

Dió gracias que ese día no se había puesto tacones y calzaba unas deportivas, pero estaba bastante ebria y se encontraba más torpe de lo normal.

Al fin, podía ver la parada a lo lejos y aún había gente esperando, pero para su desgracia, el bus ya se acercaba.

-"¡Mierda! ¡Debo apresurarme!"

Un grupo de hombres se encontraban delante de ella, pero cuando quiso esquivarlos, Em dió un traspiés y perdiendo el equilibrio, se balanceó hacia un lado, empujando sin querer a uno de ellos.

-"¡Oye!"- protestó él enojado dirigiendo la mirada hacia la joven culpable.

-"¡Perdón!"- se disculpó Em torpemente sin detenerse.

-"¡Espera!"

Una mano la agarró del brazo. Em se giró y vió al hombre con ojos rasgados más guapo que había visto en su vida. Solo lo miró por un instante, pero su rostro se quedó grabado en su retina. Un apuesto chico en sus veintimuchos, con ojos afilados color ámbar y rasgos exóticos, su pelo tenía un tono rojizo como el de las llamas del fuego, con mechones despeinados y ligeramente más largos por detrás y sus orejas adornadas con aretes de plata.

Su rostro tenía una extraña expresión de sorpresa, su boca y ojos de un color ámbar sin igual estaban abiertos de par en par y su intensa mirada clavada en ella, por no hablar de sus prominentes colmillos, rasgo inusual, pero que le concedían un atractivo especial.

Em bajó la mirada para ver su ropa. Una cazadora color caqui oscuro, con solapas oscuras, unos jeans rectos y botas oscuras tipo timberland.

A pesar de ser un tio cañón, parecía peligroso, y sus acompañantes tampoco tenían buena pinta. ¿Y si querrían hacerle algo malo como esos bandidos en aquel sueño?

Em reaccionó y soltó su brazo del agarre del joven hombre.

-"¡Ya me disculpé! ¡Lo siento pero ahora tengo que irme!"- le dijo echando a correr de nuevo.

Debía subirse a ese autobus como fuese. Por suerte, la gran cantidad de gente subiéndose a él, retrasó su partida.

Mientras corría hacia la parada, el chico la perseguía gritándole que esperara, que se detuviera, casi rogándola. Pero Em no estaba dispuesta a correr el riesgo de averiguar lo que ese apuesto, pero peligroso chico, quería de ella.

En el último segundo, Em pudo subir al autobus antes de que la puerta se cerrara y se pusiera en marcha, dejando al chico atrás. Jadeando, se sentó en un asiento libre. Desde la ventanilla, ella lo miró mientras se alejaba, sus ojos parecían gritar de deseperación, y aunque ya no podía oirlo, juraría que sus labios pronunciaron su nombre. Fue muy perturbador, pero Em se recostó en el respaldo de su asiento y respiró tranquila. Al menos, llegaría a casa sana y salva.


Después de tomarse un ibuprofeno para la inminente resaca, Em se acostó en su cama. Con la luz de su mesilla aún encendida, miró el techo, su cabeza no podía dejar de pensar en aquel chico.

"¿Qué demonios le pasaba a aquel tío? Ni que hubiera visto un fantasma... Parecía conocerme, pero estoy segura de que me acordaría de alguien así de haberlo visto antes... Y esos ojos desesperados...Quizá yo le recordaba a alguna antigua novia suya fallecida... La verdad es que era guapísimo...Bah, qué importa. No lo volveré a ver más."

A sus veintiocho años, Emmanuelle estaba decepcionada con la vida que tenía. Vivía sola de alquiler en un pequeño piso en las afueras de Lyon, que pagaba con su modesto sueldo de secretaria en una oficina de paquetería. Fred, su ex novio, era un apuesto y exitoso director comercial de una filial de un conocido grupo multinacional de softwares informáticos, y habían estado saliendo juntos durante 8 años. Todo era maravilloso cuando estaba con él, pero un día, ella descubrió que en uno de sus numerosos viajes de negocios, él se había acostado con otra mujer. Después ató cabos y sospechó que aquella no era la única vez que le había engañado. Así que decidió dejarle y se mudó a vivir sola a aquel pequeño apartamento. Lloró por muchos días y muchas noches, ya que su deseo era iniciar una nueva etapa con él, casarse, tener hijos,... al menos dos. Pero la cosa se torció, y sus planes se fueron al traste. Para poder olvidar su dolor, salía de fiesta cada fin de semana, emborrachándose y acostándose con cada hombre que le apetecía. Pero eso no consiguió llenar el vacío que tenía en su interior. Para colmo, Fred insistía en volver con ella, y de vez en cuando, ella bajaba la guardia y se acostaban de nuevo. Pero de ninguna manera volvería con él. La situación en la que se encontraba Em no la permitía avanzar, pero tampoco encontraba luz en su camino.

El sueño tardó en arroparla pero por suerte, el día siguiente era domingo y podría quedarse en la cama todo el día, si así lo quisiera. Al fin y al cabo, nadie la esperaba.


Em escuchó voces y mucho ruido. Cuando abrió los ojos, enseguida reconoció el lugar.

"Nooo, ¿otra vez aquí?"

-"¿Qué hacemos con ella?"- dijo una voz masculina.

-"El jefe ha dicho que nos la llevemos".

Mirando a su alrededor, Em vió al líder de los bandidos que la había secuestrado tirado en el suelo junto a ella, inconsciente. Ella aún seguía maniatada.

Un joven chico desconocido con una cicatriz en la cara la ayudó a incorporarse.

-"¿Estás bien?"- le preguntó mientras le cortaba la cuerda de sus muñecas con un cuchillo.

Em se levantó y con ayuda del desconocido, caminó aturdida hasta la salida de la casa observando a su alrededor. Todo estaba destrozado, y varios hombres yacían en el suelo.

-"Jefe, ya hemos recuperado todo lo que se habían llevado de nuestra fortaleza, y algo más por las molestias."- dijo el joven orgulloso.

-"Bien, ¡así aprenderán a no meterse con los bandidos del Monte Reykaku!".

Aquella voz le sonó familiar. Aún confundida, Emmanuelle levantó la mirada y su rostro palideció al ver a aquel hombre.

-"¡Tú!" - exclamó sorprendida, señalándole con el dedo.

-"¿Nos llevamos a la chica entonces, jefe? Es muy guapa, debe ser extranjera".- dijo el chico que la había ayudado.

El líder la miró con desdén. No le extrañaba que ella lo conociera, al fin y al cabo él era bastante famoso por esas tierras. Asintió sin mostrar ningún interés particular.

-"Si estaba a solas con él, seguro es valiosa. Me la quedaré para castigar a ese bastardo por haber saqueado y prendido fuego a nuestras tierras. Llévala contigo en el caballo, Koji."

-"¿Qué? ¡Nooo!"- protestó ella.

Emmanuelle se dirigió hacia él, mientras éste caminaba dándole la espalda.

-"¡Yo no estoy con ellos, ellos me secuestraron contra mi voluntad!"

-"No me importa, lo único que importa es joder a ese cabrón".- respondió sin detenerse el joven líder.

El chico que tenía a Emmanuelle la ayudó a subirse a su caballo y con aquel joven líder pelirrojo a la cabeza, partieron hacia su hogar, el Monte Reykaku.


Emmanuelle miraba la espalda de aquel chico a lomos de su caballo. No podía creer que se trataba del mismo apuesto joven con rasgos asiáticos con el que se había cruzado la noche anterior. ¿Por qué estaba él aquí?

-"¿Quién es él?"- preguntó Em a su acompañante.

-"Es Genro, nuestro jefe. Él ha sido el líder de los bandidos del Monte Reykaku desde hace más de diez años, y mi mejor amigo desde hace mucho más."

-"¿Bandidos?"- murmuró.

Claro, con esa pinta, ellos también eran bandidos. La situación iba de "Guatemala o Guatepeor". ¿Cuál sería su destino ahora? ¿Ser la exclava sexual de ese hombre? "Bueno", pensó, "al menos es guapo... muy guapo. No me importaría hacer un par de cosas con él..." de pronto sacudió su cabeza. "Dios, ¿pero en qué estoy pensando en una situación crítica como esta?"


Llegaron hasta la fortaleza del Monte Reykaku, donde todos los recibieron con vítores y alabanzas.

Al parecer, aquellos bandidos se habían colado en la fortaleza del Monte Reykaku mientras la mayoría de hombres estaban ausentes, y se llevaron todo lo que encontraron de valor. No contentos con eso, de regreso a sus tierras, asaltaron una de las aldeas que se encontraban bajo el protectorado de los bandidos del Monte Reykaku. En cuanto éstos últimos estuvieron reunidos de nuevo, salieron para recuperar lo que era suyo y tomar su venganza. Y el resto ya era historia.

Koji llevó a Em hasta casa de piedra. En el interior, pasaron por una especie de tasca muy espaciosa con un gran comedor en la que habían numerosas mesas y sillas. Por una puerta maciza de madera accedieron a otra casa contigua con unas escaleras que subían hasta la planta de arriba. Se dirigieron al fondo del pasillo y Koji abrió una puerta que daba a una habitación sencilla con una gran cama, un armario y una mesita redonda con dos sillas.

-"Espera aquí."- le ordenó antes de marcharse cerrando la puerta con llave.

Emmanuelle observó la habitación. Se acercó hasta la mesilla de noche, sobre la que había una botella de cristal transparente con algún líquido dentro y un vaso. La destapó y la olió. Haciendo una mueca, apartó su cara en cuanto el olor a alcohol puro penetró en sus fosas nasales.

De pronto oyó la cerradura de la puerta, que inmediatamente se abrió y Genro apareció.

-"Sírvete si quieres"- le dijo al ver que ella sostenía la botella en la mano.

Em rápidamente la dejó en su sitio y se volvió para mirarlo. Él realmente era imponente e intimidante.

Colgados de sus brazos, traía unas ropas que dejó encima de la cama.

-"De momento puedes ponerte esto. Con eso que llevas puesto, pareces una pordiosera."

Era la segunda vez que le decían eso. Cuánto echaba de menos sus jeans y su sudadera, y sobre todo, sus deportivas.

Ella echó un vistazo a las ropas. Habían algunos vestidos largos, de colores grises y apagados, algunas camisas y varios pantalones anchos.

-"¡Woww, sí que estáis a la moda!"- murmuró irónicamente.

Genro no entendió lo que insinuaba, pero no quiso preguntar. No le interesaba.

-"¿Dime, de dónde eres? Tu aspecto no es común por aquí, además tienes un extraño acento que no reconozco. Eres extranjera?"- le dijo mientras se quitaba la funda de su espalda, que cruzaba su pecho en la que guardaba un aparato metálico extraño.

"¿Acento?" Ella no se había parado a pensar en ello. Ella entendía todo lo que le decían, y podía hablar en su idioma, pero no era su propia lengua. ¡Ellos no hablaban en francés, y ella tampoco! Eso era extraño.

-"Soy de Lyon, Francia"- le contestó sin saber muy bien de dónde le venían las palabras en aquella desconocida lengua.

-"No conozco ese país."- Genro se quitó también su túnica que colgó sobre una de las sillas. Después, sin apartar su vista de ella, se acercó inclinándose para coger la botella y el cuenco de la mesita. Ella tragó saliva nerviosa. Él estaba tan cerca, que su aroma viajó hasta sus fosas nasales. Su olor era excitante, dulce y muy masculino. Su pelo de fuego, y su intensa mirada parecían delatarlo, gritando lo ardiente y apasionado que debía ser. Sus pendientes colgantes, se balanceaban de un lado a otro, hipnotizándola con su suave vaivén. Y sus collares de cuentas, habría jurado que habían sido cuidadosamente seleccionados para que fuesen a juego con su atuendo. Él era demasiado sexy. Jamás se había sentido tan atraída sexualmente por nadie como por aquel hombre. Todo él derrochaba feromonas.

Él siguió mirándola con sus afilados ojos mientras se servía sake en el cuenco.

-"¿Cómo te llamas?"- le dijo sin perder su semblante intimidatorio.

-"Emmanuelle, pero puedes llamarme Em".- le dijo ella mirándolo encandilada por su gran atracción sexual.

-"Bien, Em..."- le dijo tras beberse de un trago el contenido del cuenco sin apenas inmutarse. -"Estas son las reglas. Ahora tú vives aquí. Eres de mi propiedad, me servirás y harás todo lo que yo te diga cuando te lo diga. Dormirás aquí todas las noches. Puedes moverte libremente por el recinto, pero no puedes salir a menos que sea conmigo. Esto es una fortaleza, nadie sale sin mi permiso. ¿Entendido?"

El discurso de Genro sacó a Em de su ensoñación, y no pudo evitar fruncir el ceño. ¿Quién se creía él? ¡Ella no era ningún objeto propiedad de nadie!

-"Si no estás de acuerdo, puedes marcharte y sobrevivir allá afuera tú sola. Seguro que ese idiota que te secuestró está buscándote por ahí. No tardará mucho en ponerte sus asquerosas manos encima en cuanto pongas un pie fuera de este lugar."

Tras esas duras palabras, Genro cogió su funda y abrigo y se marchó de la habitación.

Emmanuelle se quedó en silencio llena de rabia.

-"¡Será gilipollas!"- murmuró.


Em no salió de la habitación en todo el día. Sentada con sus rodillas dobladas contra su pecho en la silla junto a la ventana, se sentía furiosa por cómo le había tratado. Él la intimidaba, pero al mismo tiempo no podía evitar sentirse atraída por él, y eso la enojaba aún más.

Con la vista fija en la ventana, vió como poco a poco anochecía, y cada vez estaba más nerviosa pensando que él aparecería en cualquier momento para hacerle Dios sabe qué. ¿Ser suya?¿Servirle a él? ¿Hacer todo lo que él le dijera? La situación pintaba mal.

Las horas pasaron y Genro finalmente no apareció. Em estaba cansada, así que decidió acostarse en la cama, pero ¿y si él volvía mientras ella dormía, y le hacía... algo? Eso la aterraba, pero extrañamente también la excitaba. ¿Por qué el no había venido a ella aún? A pesar de que se sintió aliviada, también estaba decepcionada. Todos esos sentimientos contradictorios la estaban volviendo loca. Cuando al fin el cansancio la venció, se quedó dormida profundamente.

CONTINUARÁ...