Zarpazos


Silver se encontraba en el limbo de no saber qué sentir, o qué sentía. No recordaba absolutamente nada, eso empeoraba su situación. Sus piernas le temblaban horrores, apenas y podía mantenerse de pie. Había caído varias veces y le dolía el pecho y el hocico por los constantes impactos contra el suelo. Y para su mala suerte, estaba empapado, temblando de forma miserable.

No recordaba exactamente qué ocurrió, pero negarlo ya no iba a cambiar su situación. La ansiedad había abandonado su cuerpo lentamente desde hace horas, ya podía razonar mejor. Estaba perdido, solo, sin algún pokémon y en una región desconocida. Con el miedo golpeando el interior de su cabeza, Silver se acercó a un charco sucio y contempló su nueva forma. El reflejo de un Litten lo miró como si estuviese alucinando, y algo de él terminó por quebrarse por completo.

Las patas le fallaron por enésima vez, cayendo al suelo casi en estado de estupor.

«No puede ser... » —pensó.

Un impulso de rabia lo invadió cuando, para su mal, no podía coordinar las estúpidas patas. ¿Cómo se supone que se debían mover? ¿Cuál iba primero o segundo? ¿A quién se le había ocurrido la brillante idea de no poder caminar en dos patas si de todas formas tenía cuatro? Su cuerpo había reaccionado solo cuando escapó (el único recuerdo borroso que tenía), ahora debía pensar cómo moverse. Era humillante caminar cinco pasos y enredarse, hasta su propia cola le parecía un juguete que quería morder. Silver se sentó y estrelló la cabeza contra el pavimento, estaba al borde de un colapso mental si no se calmaba.

Como pudo, se arrastró debajo de una cornisa y se enredó en su propio cuerpo, temblando de frío. Había sido un estúpido, era duro aceptarlo. Nadie le había dicho que...que... ¿qué diablos fue lo que pasó?

No supo cuánto tiempo estuvo meditando cuando sus orejitas se movieron en dirección al ruido detrás del él. Erizó el pelaje y giró rápido, se quedó mirando directamente a unos ojos verdes que estaban clavados en él. Un muchacho rubio con una gabardina negra lo miraba con un aire de preocupación y lástima.

Lástima. Ugh, odiaba que lo miraran así.

—¿Estás perdido? —la voz del joven era suave—. ¿Dónde está tu entrenador? Estás empapado, te enfermarás.

Silver volvió a entrar en pánico por el cúmulo de pensamientos que lo asaltaron. La idea de que este chico se fuera significaba dejar escapar su oportunidad de pedir ayuda. Veloz cual relámpago se puso de pie y quizo saltar hacía él, quizo, porque sus inútiles patas estaban descoordinadas y el pokémon cayó al suelo de bruces, dándose en todo el hocico. A ese paso se quedaría sin dientes.

Su cuerpo entero se tensó y erizó al sentir las manos jóvenes rodear su cuerpo y levantarlo del suelo con cuidado. Perturbado por el tacto, empezó a soltar aullidos y alaridos mientas se retorcía. El oír el característico sonido del lenguaje de Litten volvió a darle un golpe de realidad, esto no era un sueño.

Gladio tuvo cuidado de no alterarlo. Por lo que veía, el pobre pokémon estaba perdido y asustado, quizás herido. No se encontraría tan desorientado en la ciudad de ser uno salvaje, tenía que haber un entrenador buscándolo. Con lentitud se sacó la gabardina y enrrolló el peludo cuerpecito, apretó los labios al sentirlo temblar de frío.

—Descuida. Te llevaré a un Centro Pokémon.

«¡Eso es!» —Silver soltó un chillido, pero todo lo que Gladio escuchó fue al pokémon decir su nombre una y otra vez.


Silver se quería morir.

Lo primero que hizo la enfermera fue cogerlo en brazos y bañarlo.

Bañarlo.

Sus alaridos se escucharon por toda la enfermería. Cualquiera diría que lo estaban torturando, pero la realidad era que las manos de la mujer recorrían su cuerpo con el shampoo y él estaba a punto de morderla en cada oportunidad, preso del pánico. No sólo había sido transformado en un pokémon, sino que había sido manoseado, arrullado como bebé, acunado por los Blissey y hasta recibió besos de un Jynx.

Muertos. Todos estaban muertos. TODOS. MUERTOS.

Pero lo que más odiaba, era el hecho de que nadie en ese maldito lugar podía darse cuenta de que ese Litten estaba demasiado alterado como para estar perdido solamente. ¿Es que nadie ahí podía notarlo? ¿Qué nadie veía anormal que no pudiera caminar sin tener alguna herida? ¿Es que las Blissey no eran capaces de entenderlo? Cobraría cada uno de sus chillidos a esos inútiles.

Mientras la secadora pasaba por su pelaje, el hambre activó a su nariz y el olor de la carne en algún lugar de ahí le hizo agua a la boca —si es que eso ocurría con los gatos—. Sequito y limpio, revisado y con un «Ok» en su salud, Gladio se lo llevó a su habitación y lo acomodó en un cojín mullido.

Silver se sentó recto y digno, dejaría que ese niño lo alimentase ahora. Levantó el mentón y las orejas sin dejar de verlo, esperando impaciente la cena. Una nueva oleada de enfado lo dominó cuando ese muchacho arqueó la ceja ante su actitud.

—¿Qué quieres? Según la enfermera, estás muy bien.

«¿Este chico es tonto o qué? ¡Oye, los pokémon tienen que comer!» —escupió, el ruido que vibró en sus cuerdas vocales se sintió agresivo, por fin su cuerpo le ayudaba.

Gladio lo miraba con curiosidad.

—¿Estás esperando algo? Quizás...

El muchacho acercó la mano y acarició la cabeza del pokémon. Aquello fue la gota que derramó el vaso. Silver se retorció y clavó con fuerza sus garritas —esperaba que fuesen más grandes— en la mano del chico, deseando haber sido claro en su odio al contacto físico. El chico apartó la mano con una mueca de dolor, apretó la herida y limpiándola con un pañuelo, continúo con sus esfuerzo de acercarse.

«¿Te falta neuronas o qué?» —le gruñó. —«¿Es que en esta región "no" significa "sí"?».

—¿Qué te ocurre? Intento ayudarte.

«¡No me estás ayudando en nada!» —Silver arqueó la espalda mientras continuaba bufando y se pegó a él, amenazante—. «No captas mi estado de ánimo, tengo hambre y no me alimentas. ¡Pensé que sólo las rubias eran las tontas!»

Por desgracia, los Litten y las expresiones faciales no tenían una buena relación. Gladio miraba el rostro serio del pokémon insistente, ronroneando... sin dejar de mirarlo. Estaba seguro que quería algo, pero no sabía qué, o al menos, si estaba en lo correcto lo que suponía.

Volvía a acercarse, Silver no podía comprender qué le pasaba por la cabeza a ese masoquista. Enfermo mental. Eso era, un enfermo mental.

«¿Qué no sabes que a los Litten no les gusta que le acaricien demasiado? ¡Está en la pokédex!»

Como era de esperarse, Silver empezó a arañar con fuerza la mano de Gladio, no iba a permitir que lo tocara. ¿Es que este chico era un retardado por intentar tocarlo aún con la mano sangrando por los arañazos? Claro que Silver no sabía que, bajo toda esa ropa, Gladio tenía el torso y brazos llenos de cicatrices, todos obtenidos por usar ese mismo método de acercamiento con Silvally.

—¿Quizás... tienes hambre?

«¡Hasta que por fin nos entendemos!» — Litten meneó la cola del gusto. Una vez más, Silver se sentó recto y digno, dejaría que ese niño lo alimentase ahora. Levantó el mentón y las orejas sin dejar de verlo, esperando impaciente la cena. Una nueva oleada de enfado lo dominó cuando ese muchacho rió con suavidad ante su figura.

—Así que era eso, tenías hambre. ¿Por qué no me lo dijiste antes? No te entendía por no ser tu entrenador.

«Agh... ya para qué me molesto.»

Silver esperó cinco minutos hasta que su «salvador» trajo un plato con leche tibia. Bueno, quería carne pero no iba a ponerse exigente. Gladio acomodó el alimento frente al pokémon, quien casi desesperado hundió la lengua una y otra vez en el líquido cremoso. Silver no lo pensó dos veces para mostrarle los colmillos al verlo con una nauseabunda cara de adoración hacía él.

—La enfermera ya colocó un anuncio de «Se busca». Estoy seguro que pronto te recogerán. Deberías dormir aquí.

Lo ignoró olímpicamente hasta terminar de comer. Las gotas blancas resbalaron por sus bigotes, lamió la suciedad en su cara hasta sentirse limpio. Con cierta incomodidad, Litten se sentó y llevó una de sus patitas traseras detrás de su oreja para rascarse, sintiendo que le invadían extrañas sensaciones placenteras por el contacto de sus garras contra su piel. Se estiró todo lo que pudo y sacudió el cuerpo perezoso por estar saciado. Por más a gusto que se sintiera ahora, tenía que salir de esa situación ya.

No podía perder un segundo más. Aprovechó la tranquilidad del joven en su cama para acercarse a él. Se subió como pudo, gritando mentalmente a sus patas inútiles. Gladio sintió cómo un bulto se encaramaba a su cuerpo y se acomodaba en su pecho. Litten se sentó con la espalda erguida y unos ojos enojados, exigiendo atención. Sin pensarlo más, el pokémon abrió el hocico y emitió su nombre, concentrando todo su esfuerzo en sonar alarmado. Ese zoquete tenía que ver que ese Litte NO era normal. Sacó las garras y las hundió en su pecho, movió la cola, continúo emitiendo el lenguaje de los Litten, incluso se aferró a él. Tenía que notarlo. ¿Es que era tan difícil?

Gladio parpadeó un par de veces, tratando de comprender. Sabía que ese pokémon era... raro. Caminaba como un Psyduck en sus peores jaquecas, había rechazado el bocadillo especial de la enfermera (comida favorita de los pokémon de fuego), sólo usaba las garras, ignorando sus propias habilidades y exigía atención casi de forma desesperada.

Claro, era evidente. ¿Por qué no lo había notado antes? Era demasiado simple.

—Ahora te entiendo mejor. —Silver bufó al oírlo, por fin tenía avances. —Perdón por no notar las señales.

«¡Sí! ¡Por fin!»

—Ha sido una experiencia dura perderte aquí Quieres que... que te de cariño, ¿verdad? Pero te da vergüenza admitirlo.

«La que te parío...»

Zarpazos, mordeduras y chillidos sonaron por la habitación, Silver se retorcía como un poseso entre las manos ajenas que intentaban acomodarlo en su regazo. De nuevo no se entendían y el muy imbécil dibujaba ahora una sonrisa tranquila que estaba sacándole de quicio.

«¿¡Cómo se te ocurre!? ¡No hagas eso! ¡BASTA!»

Las manos de su captor hicieron su trabajo y los dedos se hundieron en el pelaje tibio. Lentamente comenzó a rascar su espalda y nuca, ignorando los reclamos felinos, los bufidos y los colmillos que trataban de herir su pierna. No dejó su labor, no hasta sentir que el tenso cuerpo pequeño se fuera relajando. Estaba seguro que si continuaba, Litten dejaría a un lado la vergüenza y disfrutaría de...

¡Meow!

—Ja... Ahí está.

Un maullido.

Un maldito, condenado, aberrante, espeluznante e indeseado maullido salió desde lo profundo de su garganta, traicionando su humanidad. Gladio sonrió y aumentó el ritmo de sus dedos, rascando con suavidad su cabeza, detrás de sus orejas, hasta lo giró en un solo movimiento para hacerle cosquillas en la pancita y apretar las almohadillas de las patitas. Ahora el Litten estaba disfrutando visiblemente de sus mimos, y él estaba disfrutando de verlo tan feliz.

—¿Ves que no es tan malo? No iba a negarme. Ah, al parecer te gusta detrás de la oreja, ahí voy.

Mientras el pokémon se removía de gusto, la mente humana de Silver quería llorar de la humillación y la vergüenza. Un nuevo maullido de gusto salió de su boca, hundiéndolo en ese vaiven de mimos que lo tenía indefenso y con ganas de molerlo a golpes. Gladio no podía saber que cada maullido era acompañado mentalmente de un «¡Aleja tus malditas manos, subnormal! ¡Cuando salga te voy, ah! ¡Ah! ¡Sí! ¡Justo ahí! ¡Ahora más arriba! ¡Juro que cuando salga te voy, ahí, ahí! ¡Te odio! ¡Sigue! ¡Ya para, infeliz! ¡Por todos los...! ¡LUGIA!»

¡Meow!

Su cuerpo felino lo abandonó totalmente cuando un profundo ronroneo emergió de su garganta con suavidad. Estiró el cuerpo, ronroneando a gusto. Clavó con suavidad sus garritas en la pierna del muchacho, sentía un extraño bienestar al ser mimado. Gladio reía cuando lograba arrancarle cacareos, aquello debía ser un logro, los Litten eran pokémon muy orgullosos.

—Bueno, no te acostumbres demasiado. Cuando encuentre a tu dueño tengo de devolverte.

Gladio bajó a Litten de inmediato. El pokémon no quería, Silver no quería, estaba demasiado cómodo y calientito en su regazo, hasta se sintió adormecido. El frío del suelo lo golpeó, quitando su embotamiento y regresando su preciada cólera. Todavía le hervía la sangre por tal humillación. Menos mal nadie estaba viendo.

—¿No te molesta dormir aquí en el suelo, no? No puedo dejarte dormir conmigo.

«¿Quién querría dormir contigo de todos modos?» —chilló. Para su desgracia, Gladio lo interpretó como una súplica de compañía.

—Descuida, tu entrenador aparecerá pronto. Es el más indicado para darte cariño.

Silver le dedicó una mirada llena de desprecio.

—¿No es extraño? Según la pokédex, no eres un pokémon de mimos, pero cuando evolucionas, eres el que toma la iniciativa, pero tus garras son afiladas y lastimas a tu entrenador. ¿Por qué no adelantar el contacto para evitar eso? Seguramente en la segunda etapa, estés más satisfecho sabiendo que compartiste cercanía a pesar de que ya no puedas hacerlo más.

Gladio acarició una última vez las orejitas peludas del pokemon, llevándose otro zarpazo y una nueva herida sangrante.

—Te cansaste, ya entendí. Mis pokémon también tienen sus límites. Quizás yo no sea tan expresivo con ellos, pero me aseguro de que se sientan queridos. Me da una sensación de estar haciendo bien las cosas cuando se acercan a mí, pidiendo contacto. Sobretodo Umbreon, él sabe que nunca le negaré cariño.

El corazón de Silver comenzó a pesarle. Si él había terminado disfrutando el contacto cariñoso, ¿qué sería de su pokémon? Chikorita no había recibido buenos tratos de parte suya cuando se la robó. Recordaba el rostro cansando y asustado cuando él la regañaba por ser debilucha. Se alababa a si mismo —apenas a ella— cuando cumplía sus espectativas, y despotricaba contra la pobre cuando perdía. ¿Y qué sería de los pokémon que había abandonado por ser débiles? Un escalofrío recorrió su espina, se sentía una completa basura. Juró muy en su interior que, en cuanto saliera de aquella situación, le daría pequeños mimos a Meganium, quizás no como éste ridículo, pero sí lo haría. Se aseguraría de acariciar con suavidad su cabeza y rascar su cuello, estaba seguro que su pokemon estaría feliz. La imagen mental le hizo sonreír, quería tener a Meganium entre sus brazos.

Una nueva determinación por huir lo invadió. No tenía idea de cómo regresar a la normalidad, pero sabía que no era imposible. Antes de que intentara volver a maullar, el sonido del reloj marcando la medianoche erizó su pelaje y le hizo saltar del susto. Gladio lo atrapó en el aire, sosteniéndolo con una mueca perpleja al ver cómo una luz azul envolvía el cuerpo del pokémon.

—Estás evolucionando... ¡Buen trabajo, Litten!

Las extremidades del Litten fueron estirándose lentamente, hasta que notó con extrañeza que su longitud no concordaba con el tamaño normal de un Torracat. El peso también aumentó hasta que le hizo imposible sostenerlos más. Sus brazos cedieron y Gladio abrió la boca por el impacto cuando un peso grande cayó sobre su vientre, privándolo de todo oxígeno.

Llevo la mano como un relámpago hacía el pokémon para apartarlo, pero lo que pudo sentir fue la inconfundible forma de un brazo.

—¿¡Pero qué...!?

Tocó más, casi aterrado, y deslizó la mano hasta caer en la pierna de alguien. Levantó la mirada, para encontrarse con la de un adolescente de mirada púrpura, sentando sobre su vientre y sujetándolo ahora del cuello de su camiseta.

Gladio lo miró despavorido, el rostro de ese joven pelirrojo no indicada que, en absoluto, había disfrutado de sus mimitos.


¿No hay alguna explicación tarada para su transformación a Litten? No, tengo poca materia gris ahora. La explicación puede ser... no sé, escribí esto a las tres de la mañana.

Al inicio esto era para el manga de «Pokémon HGSS Jō Bouken», pero sabiendo que más se conoce Pokespé y se ignora los demás (ouch) lo cambié al juego. Al final no son muchos los arreglos, algunas reacciones y diálogos. En lugar de Gladio iba a poner a Hugh, pero a él lo dejo para otra cosa.

Debe tener errores pero no lo editaré, que se quede en delirios sueltos.

Amo los edgys, no se qué haré con eso.