P.H.


«Arráncame la piel.»

Sebastian lo tenía entre sus brazos, sujetándolo mientras una sonrisa extraña se dibujaba en su rostro. Con la mente nublada no podía reaccionar como normalmente lo haría, era el calor ajeno el que lo mantenía con un pie en la realidad aunque su mente siguiera vagando en un episodio del pasado. El sabor ácido en su boca era penetrante y el dedo adulto que acariciaba su labio no hacía más que aumentar sus terrores.

La oleada de recuerdos lo golpeó, lo tumbó mentalmente mientras se clavaban en el interior de su cráneo, y terminó vomitando ahí mismo, delante de todos, tratando inútil de retener el líquido con su mano enguantada ya envilecida.

Sebastian debía admitir que su amo lo había sorprendido con su aterrado grito. El joven Phantomhive se agitaba y gritaba en sus pesadillas, nunca en estado consciente. Ahora vomitaba, sacudiéndose como si una corriente eléctrica le azotara. Conociendo bien el motivo, tomó su mano con la intención de regresarlo a la realidad, pero en cuanto lo tuvo entre sus brazos, sus intenciones se torcieron. La adicción que tenía a verlo en su estado más lamentable hizo que se relamiera el labio, cautivado por las miles de emociones desagradables que el chico retenía en lo profundo de su alma y ahora salían a flote.

—Ya no estás en la jaula, joven amo. —fue casi un susurro.

La voz del mayor era suave y buscada tranquilizarlo, pero su otra realidad era disfrutar ese momento como si lo estuviera saboreando. Ciel se aferró a él, hundiendo sus dedos de forma desesperada en su abrigo.

—Vamos, pronuncie mi nombre.

Los espasmos en el cuerpo joven y corrupto de su amo eran violentos, haciéndole imposible tomar aire. Ciel tuvo que esforzarse en abrir la boca todavía chorreante de saliva.

Los ojos de Sebastián se inyectaron de sangre, era una escena bastante... entretenida. El alma del niño sería toda una delicia en sus fauces si continuaba tan perturbada como ahora.

Ciel jadeaba desesperado.

—Seb... Sebast-

Maravilloso. Ese muchacho orgullos casi le estaba suplicando. Sintió cómo sus colmillos comenzaban a salir, tenía hambre. Retiró el nudo de su parche, listo para recibir una orden que lo dejara satisfecho.

—Sebastian, Sebastian, Sebastian…

«Arráncame la piel.»

—¡Mátalos!

El agradable olor de la sangre impregnó sus fosas nasales en cuanto salpicó por todo el suelo. Sebastian sintió tranquilidad, el ataque había bajado sus ansias de acción. Sacudió su mano manchada, fue el momento donde notó que Ciel tenía la cabeza escondida en su cuello y lo abrazada con más fuerza de normal.

—Ya se acabó. —informó en voz baja. Quería verle el rostro y asegurarse de tenerlo en la realidad otra vez. Era entrenido, sí, pero pensar que ese niño pudiera quedarse en ese estado de cachorro asustado para siempre perdía el gusto por el inminente aburriento. El contrato era con un alma sedienta de venganza, no con un animalito inseguro.

—Quémalo.

Respuesta seca. Seca y contundente.

La forma en la que fue dicha suscitó una gran sorpresa al mayordomo. Ciel seguía en estado de alerta, todavía hundido en el pasado. Trató de razonar con él, recordándole la misión encomendada por la reina, no era propio de su joven amo actuar sin pensar.

—¡Cállate!

Sebastián elevó los párpados por el grito gutural del niño. Ciel atrapó su rostro entre sus manos, obligándolo a ver sus ojos desbordantes de furia.

—¡Quémalo! ¡Convierte todo en cenizas! ¿¡No recuerdas cuál es tu trabajo!? ¿¡Me entendiste!? ¡Estoy siendo muy claro! ¡Te lo ordeno!

«Arráncame la piel.»

No fue una orden lógica, eso lo sabía, era una medida desesperada de desahacerse de sus recuerdos.

Pero obedeció, suspirando avivó el fuego de las velas y esparció las llamas en cada esquina del lugar. Ciel volvía a ocultar su cabeza en su cuello, respirando con dificultad después de desbarrar en la cara del mayordomo. Ya no tenía fuerza, el ácido de su boca le recordaba a muchas cosas...

Tampoco razonó, ni siquiera apartó el rostro de su escondite cuando le ordenó matar a su «amiga», quien gritaba desesperada por explicaciones. Ciel quería irse de ese lugar, ella era un estorbo en sus ansias de olvidar, también debía desaparecer.

La desesperación que sentía por su venganza se hizo notar. Aún no limpiaba su vergüenza y su ataque se lo aseguró. Deseaba terminar y sentir que Sebastian lo devoraba con brutalidad, al menos para tener un recuerdo mejor, uno donde él había elegido quién lo destrozada y no unos hombres que lo encerraron en la jaula durante meses.

Mi corazón está dañado
por una herida oscura que no se puede curar ni hablar.
Date prisa y dame un astringente,
que los productos químicos me generen espasmos
Que el p.h. me haga vomitar un charco de ácido.
porque mi cuerpo se siente sucio.
Arráncame la piel y húndete en mis costillas.

-P.h.-


Una escena para muchas interpretaciones