Sesión de Estudio

Hikari le había pedido a Takeru que le ayudase a hacer los deberes de literatura. En su casa, los dos solos…

¡Que la ayudase a estudiar! ¡Ja! ¡Eso era fácil! ¡Era imposible que algo saliese mal! ¿Porqué? Porque Takeru sabía mantener la compostura. ¡Sí! ¡Eso es! ¡Era pan comido! Comido…

¡Din dong!

¡No! ¡Takeru debía concentrarse! Le abre la puerta a Hikari, que le espera al otro lado con una sonrisa de oreja a oreja mientras espera a que la invite a entrar. Bueno, eso si necesitase invitación, porque la repetición hace al hábito y el hábito es que Hikari entre como si estuviese en su casa.

Takeru está muy nervioso, pero eso no les impide a ambos iniciar una fácil y amena conversación. En su relación no existen los silencios incómodos. En realidad, es difícil que existan los silencios, porque siempre tienen algo que decirse. Cualquier chorrada, desde el gato que se ha encontrado por la calle hasta que la vecina tiene una planta pocha… Y pensándolo detenidamente, él con Hikari es más cuidado y usa un vocabulario que intercambia una "flor pocha" por una "flor desmayada".

—Bueno, ¿vamos? —pregunta ella.

¿Ir? ¿Ir a dónde? ¡Ah, sí! Takeru la dirige hasta su habitación. Sí. Su habitación. Los dos solos. Estudiando…

¡Nada puede "malir sal"!

Y ya están en la habitación, sentados y con los cuadernos y los libros abiertos. ¿Ves? ¡No era tan difícil! Ahora solo tienen que estudiar…

¡Mentira! ¡Sí que es difícil! ¡Las hormonas siempre hacen difíciles las cosas! ¡¿Cómo va a ser fácil para Takeru enseñarle literatura a Hikari sin pensar en comerle la boca?!

¡Sí! ¡Lo admitía! ¡Takeru estaba perdidamente enamorado de Hikari!

¡Pero ese no es el momento ni el lugar! ¡Concéntrate Takeru!

—Vale, en el periodo Heian… —comienza a explicar Takeru. Se lo explica muy bien y sin perder la concentración, lo cual, teniendo en cuenta su situación, es una auténtica proeza.

Ya se lo ha explicado. ¿Y ahora qué? Ahora se la queda mirando como un bobo, como si estuviese fuera de plano, como si no existiera. ¿Porqué tiene que ser tan difícil? ¿Porqué Hikari tiene que ser tan guapa incluso cuando estudia?

Ella se inclina sobre el libro y el mechón de su flequillo, recogido hacia el lado izquierdo, se desliza sobre su frente. Y Takeru ya solo puede pensar en volver a recolocarlo. La observa sin perder detalle. Parece que ella no se ha dado cuenta. Sus dedos, los de Takeru, se mueven por iniciativa propia. Pegados a sus pantalones, se enrollan cual alfombra, hasta cerrar la mano en un puño, y se vuelven a desenrollar. Está sudando un poco. Ni siquiera es verano, acaban de entrar en primavera. No puede resistirlo, alza la mano y la pasa por la frente de Hikari, recogiendo aquel mechón rebelde y deslizándolo por detrás de su oreja con un movimiento lento, suave, incluso tierno, e hipnótico. Ella se gira con cuidado mientras lo hace y, cuando a terminado dicha acción, le sonríe.

—Gracias —responde.

Es una sonrisa recta, sin insinuaciones y plenamente agradecida de corazón. Hikari le sostiene la mirada con tierno agradecimiento para, tiempo después, desviarla y estirar los brazos para desentumecer la espalda mientras le cuenta una conversación que tuvo con Taichi y Mimi por Line. Takeru apenas presta atención a la conversación. Al menos no tanto como se lo presta a sus estiramientos a la par que rememora aquel contacto con el mechón de su pelo.

Hikari está acostumbrada a que Takeru la toque…. ¡No, de esa forma no! ¡Está acostumbrada a que la toque "amistosamente"! Porque la amistad es fantástica. La amistad es maravillosa. ¿Qué hay mejor que tener a una amiga a la que quieras besar hasta el amanecer? ¡Si lo hace con todos sus amigos! ¡¿Verdad?!

¡Pues no!

Estaba enamorado. En realidad, hacía mucho tiempo que estaba enamorado. Quizá desde que eran pequeños. No era el tipo de enamoramiento circunstancial. Porque lo que fácil viene, fácil se va. No. El suyo fue creciendo gradualmente. Primero con una pequeña semilla, que acabó germinando y echando raíces. Luego con un tallo verde que salía de la tierra buscando la luz del sol. Su luz. Su sol. Y luego, el fruto de todo aquello. El deseo.

Este era más nuevo: El deseo. Había aparecido por sorpresa y Takeru no sabía cómo manejarlo.

¡Él creía que se le pasaría con el tiempo! ¡Lo había leído en internet! ¡Internet no podía mentirle! ¿Entonces por qué? ¿Por qué pasaba el tiempo y su deseo no se desvanecía? ¿Por qué, en vez de menguar, la ganas de besarla iban creciendo cada vez más, hasta el punto de volverse dolorosamente incontrolables?

¡¿Y porqué estaba manteniendo aquellas conversaciones tan filosóficas dentro de su mente cuando al final, en aquel momento y lugar, todo se reducía a querer besarla?!

¡¿Agh, por qué todo era tan difícil cuando podía liberarse con una sola frase?!

«Quiero besarte, quiero besarte, quiero besarte»

—¿…y a que no sabes lo que dijo Mimi? —pregunta Hikari cuando vuelve a sentarse recta en su silla y mira a Takeru directamente a los ojos.

—Quiero besarte —dice él.

Y Hikari le mira muy extrañada.

—No —dice ella—, eso no fue lo que dijo.

¿Qué?

—¿Qué? —expresa él—. ¡Ah…!

Y Takeru se pone rojo, muy rojo.

Si ya de por sí sus neuronas funcionaban a mínima energía, ahora no se le ocurre ninguna excusa para desviar la conversación. Hikari se le queda mirando fijamente. Ve sus mejillas arreboladas y sus ojos vidriosos. Entonces lo comprende. Y cuando lo comprende se ruboriza ella también. Y los dos desvían la mirada hacia los libros, como si no hubiese pasado nada.

Pero es obvio que ha pasado algo.

Takeru respira hondo. Tiene que ser valiente. Así que mira su perfil. Ella aún no se atreve a encararle y su cara es un poema. No sabe si mantenerse seria, sonreír o, directamente, echarse a reír como si nada hubiese pasado.

—Hikari. —La llama y ella le presta atención—. Me gustas.

A esta declaración le sucede un largo silencio. Tan largo que Takeru cree haber metido la pata. Luego Hikari sonríe. Sigue muy arrebolada y esto a él se le hace muy tierno.

—Tú también me gustas Takeru, mucho.

Y su corazón explota.

No literalmente. Si no que explota de la emoción. Ahora mismo quiere abrazarla y llorar de la felicidad. Sigue avergonzado, pero es feliz, muy feliz, más feliz que antes.

¿Entonces puede besarla?

—Entonces… —dice él—. ¿Puedo besarte?

Ella no responde. Un suspiro se escapa de sus labios. Rápido, tan rápido que apenas se considera suspiro. Es más bien como un jadeo largo. A él le llega su aliento y esto le embriaga todavía más. Él se acerca. Ella se acerca. Los dos se acercan, muy despacio. Muy despacio. Ya casi están…

…y se besan. Nada los interrumpe. Menos mal. Si alguien llegase a entrar en casa justo en ese momento, casi con la miel en los labios, pero sin probar la miel, Takeru podría haberse vuelto loco. No. Pegan sus labios y se quedan quietos, dejando que la electricidad rodee sus cuerpos. Disfrutando del momento. Disfrutándose.

Él creía que sería suficiente. De hecho es suficiente. ¿Pero porqué retenerse si puede tomar más? ¿Si le dejan tomar más? Porque él besa y ella corresponde. Y ella besa y él corresponde. No sabe cuanto tiempo pasa durante aquel momento, pero desea que aquel momento sea para siempre.

Se separan cuando están satisfechos y son conscientes de que ha pasado más tiempo del que creían. Mucho, mucho más tiempo del que creían. ¿Cómo podía terminarse una tarde solo entre besos? ¿Por qué ya no estaban sentados en su escritorio? ¿Por qué se estaban besando en su cama? ¡¿Qué ha pasado en ese lapso de tiempo y porqué Takeru no se acuerda?!

¡¿Bueno y qué más da?! ¡Como si necesitase una respuesta!

—Oye… —dice ella—. ¿Crees que nos dará tiempo a terminar los deberes?

Él no prometía nada… Quizá debía decírselo:

—No prometo nada.