De Leche, Mantequilla y Howlers.

Summary: Es la mañana después de Navidad en casa de los Potter. Ginny se sirve una taza de café y contempla a sus hijos desayunar antes de reparar en que algo está horriblemente mal. ¿James vistiendo un jersey de Slytherin y siendo amable con Albus? ¿Sus hijos comportándose entre ellos de manera civilizada? Entonces Lily suelta la bomba que hace estallar la cocina: "¡A James le gusta una chica!".

Disclaimer: Todo lo reconocible pertenece a J.K. Rowling.


Ginny Potter colocó el último tenedor sobre la mesa y se alejó un poco para supervisar su trabajo. La cocina se le daba fatal, pero el desayuno era – sin duda alguna –, la comida más fácil de preparar del día; batías unos huevos en un tazón, les ponías sal, pimienta y cualquier verdura que pudieras encontrar y ya estaba, almuerzo hecho. Su madre había mandado a cada uno de sus nietos un trozo de tarta de manzana de los sobrantes de la noche anterior y Harry había preparado leche con chocolate para los chicos y café amargo para ellos dos. También había un pequeño cesto con tocino frito y unas tostadas con mermelada que no tenía la menor idea de cómo habían llegado ahí, pero no se iba a quejar por la ayuda.

Sintió unos brazos rodearle la cintura y recargó su espalda contra el pecho de Harry, quien le dio un pequeño beso en el cuello. Ginny sonrió como una tonta e inclinó la cabeza hacia atrás para besar a su marido; apenas habían alcanzado a rosarse los labios cuando fueron interrumpidos por la inconfundible voz de Albus:

–Iugh – se asqueó su hijo, frunciendo el ceño en una evidente mueca de disgusto –, ¿es en serio? ¿No estamos en casa diez meses al año y cuando volvemos tenemos que toparnos con estas escenas?

Su comentario fue secundado por sus hermanos, quienes entraron en tropel a la cocina. Iban todos despeinados, con los ojos hinchados y arrastrando los pies. Se sentaron a la mesa en sus respectivos lugares y empezaron a quejarse sobre lo temprano que era aún y lo injusto que había sido tener que levantarse a esa hora ("¡Es prácticamente de madrugada!" había opinado James). Ginny rodó los ojos y se alejó un poco de la mesa para tomar una taza de la alacena. La llenó hasta el tope de café y le dio un largo trago antes de dirigir sus pasos hacia la mullida silla que había reclamado como suya.

Harry se sentó frente a ella, al otro extremo de la mesa. Los chicos habían empezado a desayunar ya, amontonando huevos, tocino y tostadas en sus platos y pasándose entre ellos la jarra de leche con chocolate que su padre les había preparado. A veces Ginny se preguntaba cómo se las arreglaban sus hijos, que eran sólo tres, para hacer un desorden comparable al que ella y sus seis hermanos varones montaban en cada comida tantos años atrás.

–Papá – comenzó Lily, con la boca tan llena que era un milagro que se diera a entender –, después de visitar a tío Ron, ¿podríamos ir al Callejón Diagon? Hugo me ha dicho que el tío Fred ha sacado una nueva caja sorpresa de bromas y queremos comprar una antes de regresar a Hogwarts.

Su padre asintió distraído, más concentrado en atacar sus huevos revueltos con el tenedor. De entre los dos, Harry era el padre consentidor. Muy rara vez se negaba a alguna petición de sus hijos y menos aún a una que viniera de Lily. La pequeña pelirroja, quien en esa ocasión llevaba el largo cabello recogido en un moño mal hecho en lo alto de su cabeza, murmuró un rápido gracias y le lanzó un beso a su padre al aire.

–James, ¿podrías alcanzarme las tostadas? – pidió Albus, extendiendo las manos hacia su hermano mayor.

Ginny se preparó para esquivar el cesto, segura de James le lanzaría las tostadas a su hermano con todo y el contenedor.

–Por supuesto – respondió el interpelado, en el tono más educado que su madre le había escuchado jamás.

Sin poder creer sus ojos, Ginny observó a su hijo mayor pasarle la pequeña canasta de comida a su hermano de forma civilizada. ¿Sería una especie de tregua por Navidad?

–Oh, James – señaló Albus, con una pequeña sonrisa dibujándosele en el rostro –, se te ha olvidado la mermelada.

–Vaya, lo siento – se disculpó James, estirándose un poco hacia Lily para alcanzar el frasco de composta de frambuesa –. Aquí tienes, Al.

–También voy a necesitar la mantequilla y un poco más de leche – aleccionó Albus, quien parecía estar disfrutándose a sí mismo tremendamente.

–Dame un momento – pidió su hermano, diligente –. Papá, ¿te importaría pasarme la jarra? Gracias.

Harry dejó de concentrarse en su plato y le lanzó a Ginny una mirada de perplejidad al tiempo que tomaba la leche y la depositaba en manos de su hijo mayor. ¿Qué estaba pasando ahí?

–Y una servilleta, por favor.

–Las tienes frente a ti.

–Sí, pero no quiero molestar a mamá cruzando mis brazos sobre su plato. Estás más cerca tú.

A la derecha de Ginny, junto a James, Lily soltó una risita y miró a sus hermanos divertida.

–Tienes razón. Tu servilleta, hermano.

–Gracias.

Por las barbas de Merlín, ¿qué demonios estaba pasando ahí? Ginny depositó su taza sobre la mesa con cuidado y alzó las cejas en dirección a Harry, quien se encogió de hombros, perdido. Luego su marido desvió su mirada de ella y la clavó por unos instantes en su hijo mayor, antes de soltar:

– ¿Por qué llevas puesto un jersey de Slytherin, James?

Aquello era demasiado. ¿James Sirius Potter vestido de verde y plata? Ginny abrió mucho los ojos al comprobar que, efectivamente, su hijo iba ataviado con un jersey del equipo de Quidditch de Slytherin. Albus y Lily prorrumpieron en risas.

–Oh, ya sabes papá – comenzó James, con un sutil rubor comenzando a expandirse sobre sus mejillas –, como fanático y conocedor de Quidditch, no viene mal reconocer de vez en cuando cuál es el mejor equipo de todo Hogwarts.

Por Circe, Morgana, Dumbledore y todos los magos famosos de los cromos de ranas de chocolate, ¿Albus había hechizado a James?

Ginny no encontraba ninguna explicación lógica a todo eso. Su hijo mayor era un Gryffindor de pies a cabeza, tremendamente orgulloso de su casa y sus colores. ¡Incluso había insistido en pintar las paredes de su habitación de dorado y rojo! Era como si en él se hubiesen mezclado a la perfección las personalidades de su abuelo y Sirius Black. El mismo Harry opinaba que James se parecía físicamente a su abuelo más de lo que él mismo lo hacía, salvo quizá por las pecas de su cara y el hecho de que no necesitaba anteojos. ¿De qué iba aquello?

– ¿Es una clase de apuesta o algo así? – aventuró Harry, alternando la mirada entre sus hijos y señalando el espacio entre ellos con un tenedor.

–Nada de apuestas, papá – respondió James, sonriendo de oreja a oreja –. Slytherin tiene el mejor equipo y yo siempre apoyo a los mejores.

Lily soltó una estruendosa carcajada.

–James – apuntó Harry con cautela, entrecerrando los ojos. Ginny casi podía ver los engranes de su cerebro girar tratando de dilucidar si el chico estaba de broma, había sido hechizado o simplemente se había vuelto loco –, tú eres cazador del equipo de Gryffindor.

–Y como tal, soy plenamente consciente de su superioridad.

Bien, eso ya era pasarse de la raya. Ginny observó con cuidado a cada uno de sus hijos: James seguía ostentando una enorme sonrisa en su rostro, aunque demasiado tirante para que resultase sincera; Albus también sonreía, aunque su mueca era más burlona que divertida y Lily se estaba desternillando, con sus ojos llenos de lágrimas y su mano izquierda sostenida contra su estómago. Se odió a sí misma por siquiera pensarlo pero, ¿sería posible que Albus le hubiera lanzado un Imperius a su hermano?

–Albus Severus Potter – inició, empleando el mismo tono amenazador que tanto le recordaba a su propia madre –, ¿qué le has hecho a tu hermano?

– ¡Nada, mamá! – se defendió el chico –. ¡Juro que no le he hecho nada!

Harry se aclaró la garganta y giró su cuerpo hacia su izquierda, donde Lily estaba sentada a un lado de James.

– ¿Lily?

Su hija se limpió las lágrimas con el dorso de la mano antes de responder. Ginny no pasó por alto la mirada de advertencia que James les lanzaba a sus dos hermanos, a los que no parecía importarles menos.

– ¡A James le gusta una chica!

El aludido emitió un resoplido de frustración y se dejó caer, abatido, en el respaldo de su silla.

¿Todo ese teatro por una chica? James tenía dieciséis años y cursaba el quinto año en Hogwarts. Tanto Ginny como Harry sabían que su hijo era un ser social, se llevaba bien con la mayoría de sus compañeros e incluso el año anterior había salido un par de veces con una chica rubia de Hufflepuff.

– ¿Esta chica está en Slytherin? – adivinó Ginny, tratando de encontrar una lógica en el orden de acontecimientos.

–Oh, sí – respondió Albus, regodeándose en la incomodidad de su hermano –. De hecho, es la Prefecta de sexto año.

–Y es mayor que él – añadió Lily, colando una risita.

– ¡Por diecisiete días! – aclaró James, quien parecía haber recuperado su brío.

A Ginny todo le parecía demencial. ¿Por qué Albus había chantajeado a su hermano de tal manera sólo porque le gustaba una chica?

–Se llama Anthea Nott – informó Albus, malicioso.

Oh, por eso.

Harry y Ginny intercambiaron miradas idénticas de incredulidad.

– ¿Theodore y Pansy Nott tienen una hija?

Ginny se encogió de hombros. Suponía que sí, realmente no conocía a ningunos otros Nott.

– Sí – confirmó Albus –, aunque Scorpius me dijo que la madre de los Nott murió el año pasado. Dice que se han pasado las vacaciones con sus tíos, Zabini o Zambiani o algo así.

–Es bastante bonita – intervino Lily, quien parecía dispuesta a ofrecerles a sus padres toda la información de la que disponía –. Es bajita y tiene el cabello negro muy largo, aunque a mí me gustan más sus ojos: son de un azul extraño.

– ¡Lily!

Harry se recuperó primero de la sorpresa que su mujer.

– ¿Y por qué te preocupaba que lo supiéramos, James?

El matrimonio Potter fijó los ojos en su hijo mayor: desparramado sobre su silla, con el ceño fruncido y cara de que preferiría estar en cualquier lugar menos ahí. Pasó un largo rato antes de que se dignara a responder.

–Porque todo mundo dice que su familia estaba llena de magos oscuros.

Y que lo digas, pensó Ginny, aunque sabiamente mantuvo la boca cerrada. Después de todo, ¿no eran ellos mismos los que admitían a Scorpius Malfoy en su casa desde hacía tres años? ¿Qué había hecho ella para que sus chicos tuvieran tanta predilección por los hijos de ex Mortífagos?

– ¿La chica... cómo es? – atinó a preguntar Ginny antes de que el silencio se hiciera demasiado largo.

El rostro de James se iluminó: esbozó una ligera sonrisa tonta y se encogió un poco de hombros.

–Es... diferente. Es decir, sí que es un poco esnob, pero no demasiado. Es guapa y es inteligente; es la mejor en Encantamientos, mamá, deberías ver la potencia que tiene su Desmaius. Y Lily tiene razón: Anthea tiene los ojos más increíbles que haya visto.

Tratando de pasar por alto que esa chica le había lanzado a su hijo un hechizo aturdidor, el corazón de Ginny se derritió. James estaba enamorado.

– ¿Y ella te corresponde? – preguntó Harry, precavido.

Las sonoras risas de Albus y Lily fueron toda la respuesta que sus padres necesitaban.

– ¡Que va! – exclamó Albus, saboreando la mortificación de su hermano –. Si una vez hasta le envió un Howler en el desayuno.

–Aunque James ha tenido la culpa – aclaró Lily –. En un partido de Quidditch, voló hacia las gradas de Slytherin y trató de coquetear con ella frente a todo el mundo, pero su hermano, que es golpeador, le lanzó una bludger directo a la cabeza

–La ha invitado a salir a Hogsmeade en cada excursión, pero siempre le dice que no.

–En la biblioteca, hechizó a una snitch para que volara directo hacia ella. Rose me contó que Madame Pince enfureció y los sacó a ambos, estaba histérica.

–Se ha pasado todo el curso haciendo tonterías frente a Anthea y paseando de noche por los pasillos cuando sabe que le toca ronda de prefectos. Ni siquiera le importa que ya le han quitado como doscientos puntos a Gryffindor por su culpa.

Con cada declaración, la miseria de James parecía hacerse más grande. Se hundía más y más en su asiento y había bajado tanto la barbilla que se estaba tocando el pecho con ella. Su padre lo vio pasarse la mano por el cabello y después dejar sus cubiertos en silencio sobre su desayuno a medio terminar, en una muda declaración de derrota.

Ginny se preguntó si ella, a los once años, les había dado tantos problemas a sus hermanos mayores como Lily lo estaba haciendo. De Albus no se sorprendía en lo más mínimo, su relación con James estaba basada en disfrutar a costa del sufrimiento del otro.

–Pero eso fue al inicio del curso – prosiguió Albus, socarrón –. Esta mañana, la lechuza de Anthea ha traído una respuesta a la felicitación de Navidad de James, pero él no se ha atrevido a abrir el sobre todavía.

Si no fuera experta en ése maleficio en específico, Ginny podría haber pasado por alto el movimiento que James comenzaba a hacer con su varita y el segundo de sus hijos habría terminado con enormes murciélagos de moco saliéndole de la nariz.

– ¡James, ni se te ocurra!

El aludido se detuvo a la mitad del movimiento.

– ¡Pero mamá...! ¡Me las vas a pagar, enano de mie...!

– ¡JAMES!

Un trozo de la preciada tarta de manzana de la abuela Molly fue a parar al rostro de Albus. Luego una tostada con mermelada se le estrelló de lleno en el pecho a James.

– ¡BASTA YA!

Los chicos se detuvieron en el acto, cada uno blandiendo trozos de tocino en los puños. Harry Potter se había parado de la mesa y miraba el espectáculo frente a sí con el rostro rojo. Usualmente era Ginny la encargada de la disciplina en la casa de los Potter, pero en las raras ocasiones en las que Harry tomaba el liderazgo, sus hijos obedecían a pie de juntillas.

–Albus, deja en paz a tu hermano de una vez por todas. Y tú, James, no tienes nada de lo que avergonzarte. Sea de la familia que sea, si quieres salir con esa chica y ella lo acepta, no debes de preocuparte por la opinión de nadie.

–Tu padre tiene razón, James – sentenció Ginny, sintiendo la necesidad de confirmar las palabras de su marido –. Aunque creo que deberías darle un poco de espacio, no hay necesidad de abrumar a nadie.

Su hijo pareció calmarse un poco ante la sorprendente aprobación de sus padres. Relajó los hombros y dejó caer el tocino de su puño nuevamente en el plato. Albus hizo un poco de lo mismo. La pequeña Lily se paró de su asiento y en silencio y con la ayuda de su padre, comenzó a levitar los platos hasta el fregadero. Harry conjuró un quedo Fregotego y luego hizo que los restos de comida se desvanecieran.

Con una atmósfera familiar mucho más serena que al inicio, Ginny mandó a sus hijos escaleras arriba, instruyendo en que se pusieran presentables para visitar a los Granger-Weasley. Cuando los tres hubieron cruzado el umbral de la cocina, Ginny se acercó al fregador, en donde Harry se había recargado y se servía una nueva taza de café amargo. Resultó casi cómico que los dos soltaran un suspiro al mismo tiempo.

–Vaya mañana, ¿verdad? – preguntó Harry, pasando su brazo sobre los hombros de su mujer.

No tuvo que verla para darse cuenta de la manera vehemente en la que asentía.

–Así que Anthea Nott – murmuró Ginny, repasando en su mente la caótica conversación (si es que podía llamarla así) que había tenido lugar en su cocina.

– ¿Quién lo hubiera dicho? – se asombró Harry, riendo despacito –. Un día su madre trata de entregarte a Voldemort y veinte años después tu hijo termina perdidamente enamorado de su hija.

– ¿No dijo Albus que Pansy Nott había muerto?

–Sí, y también dijo que estaban pasando las vacaciones con los Zabini.

Ginny se escapó del abrazo de su esposo y lo miró a los ojos, horrorizada.

–Harry, ¡ningún hijo mío saldrá con alguien criado por Blaise Zabini!

Harry se encogió de hombros por lo que parecía ser la milésima vez en tan solo unas horas.

–Estoy seguro de que no se habría fijado en ella si no fuera una buena chica. Tiene buenos instintos, James.

–Si la chica es guapa, te aseguro que James no está pensando mucho con sus "buenos instintos".

– ¡Ginevra! – se sorprendió Harry, divertido –. ¿No pensábamos lo mismo de Scorpius? Y mira que buen amigo ha resultado para Albus. Además, según Lily, la chica pasa por completo de James, ¿no?

Ginny negó con la cabeza, exasperada. Como si alguien le fuera a enseñar a ella tácticas para lograr que un chico hormonal perdiera la cabeza.

–No hables como si no conocieras a tu hijo, Harry Potter. Va a ir detrás de ella con un arsenal de bromas, de cumplidos, le dedicará cada triunfo en el Quidditch y la pobre chica no va a tener más remedio que enamorarse también de él.

–A veces me recuerda demasiado a mi padre a su edad, ¿sabes? Tan seguro de sí mismo, con tanto desdén por las reglas y esa manía de divertirse a costa de otros.

–Tu padre era un buen hombre, Harry – le aseguró Ginny, posando una de sus manos sobre el corazón de su marido –. Y nuestro hijo también lo es. Lo que me preocupa es qué tipo de personalidad tiene ella.

–Ginny, ¿por qué te inquieta tanto la hija de los Nott? No es como si James se fuera a casar con ella ahora.

–Oh, tal vez no ahora mismo, pero algún día lo haré – les aseguró James, quien había irrumpido en la cocina a tiempo para escuchar la última frase de su padre. Dos pares de ojos se posaron sobre él, confusos sobre su repentino cambio de humor. Se había quitado ya el jersey de Slytherin y en su lugar vestía un fino suéter azul de punto que Fleur le había obsequiado por Navidad. Llevaba el cabello cuidadosamente desarreglado y Ginny no pudo dejar de notar la súbita felicidad que parecía desbordarlo. Tomó una manzana del frutero y le dio una gran mordida antes de guiñarles un ojo a sus padres y salir de la habitación con una mano en el bolsillo, tarareando una canción.

–Por si se lo preguntaban – comenzó Albus, haciendo acto de presencia mientras se guardaba la varita en el bolsillo trasero de los vaqueros –, la carta de Anthea decía que sí aceptaba ir a Hogsmeade con él una vez que volvamos al colegio. Ya le decía yo a James que la quincuagésima invitación era la vencida.

Harry dejó escapar una risita incrédula y murmuró algo que sonaba a "justo como su abuelo".

Ginny, por otro lado, se sentía incapaz de procesar que su hijo mayor – su primogénito, su jugador estrella de Quidditch y el bromista más prolífico que había visto Hogwarts desde los gemelos –, estuviera prendado de una chica nacida de una familia de Mortífagos y peor aún, que estaba siendo criada con la ayuda de alguien cuya madre asesinó a siete de sus maridos.

¡Por Morgana, que alguien le dijera que aquello era una broma!

Debía de haberse quedado muy quieta, porque Harry le levantó la barbilla de manera que pudiera mirarla a los ojos y le dijo algo que ella no alcanzó a comprender porque de repente su mente le jugaba una mala pasada. Encaminó sus pasos nuevamente hasta la mesa y se dejó caer en la primera silla que encontró, sin reparar en que se había manchado los pantalones del pijama con restos de tarta de manzana.

–Ginny – le llegó la voz de Harry desde algún lugar a sus espaldas –, no pasará nada. Son solo chicos de dieciséis años.

Cómo si la edad importara para algo. Cómo si los Potter y los Weasley no tuvieran en su historial múltiples bodas de adolescentes que apenas habían terminado el colegio.

–Hum, ¿mamá? – añadió Albus, dándole un pequeño apretón en el hombro a su madre –. Yo estaría más preocupado por el hecho de que James corrompiera a Anthea y no al revés. Ella realmente es una buena chica.


N/A: ¡Hola a cualquier persona que llegara hasta aquí! Esto es sólo un one-shot tonto que escribí de repente, de inicio a fin en una sola toma. Para ser sinceras, de los tres hijos de Harry y Ginny, James siempre es el que más ha llamado mi atención, me parece demasiado divertido. Todas las críticas u opiniones siempre son bien recibidas, así que si alguien se toma la molestia de dejar un review, ¡muchas gracias!