Los personajes son de SM, la trama es completamente mía. NO AL PLAGIO.

Una dama de burdel

LXIV

Angielizz (Anbeth Coro)

GRACIAS GRACIAS

ELLA

Jueves, por la mañana

Me alejo de los rayos del sol que golpean contra mis parpados. Cubro la cara con la mano y diviso entrecerrando los ojos que la causante de interrumpir mi sueño es la luz que se cuela por el balcón a mi lado. Me cubro el rostro con la almohada en un vano intento por recuperar la fantasía de mi subconsciente: las caricias de Edward, su boca serpenteando sobre mi piel y la dulzura al hablarme mientras me repetía que estaba segura con él. No.

Abro los ojos y me siento de golpe. No fue un sueño.

¿Dónde estoy? No me encuentro en la habitación sin ventanas y con un colchón en el suelo. Tampoco estoy en la recamara de Cloe. Inspecciono el lugar, nunca he estado aquí y a la vez me resulta familiar, porque ya estuve en un cuarto similar antes en casa de Carlisle y Esme. Hay un librero en la esquina con libros y videojuegos; una pared tiene diferentes guitarras acústicas y eléctricas colgadas de manera horizontal; frente a la televisión hay un sillón negro en el centro de la recamara. Podría asegurar que esto es el doble de amplio que la habitación de Edward del apartamento. Y no necesito que alguien lo confirme para saber que este era la habitación donde pasaba sus fines de semana con Aro.

Jalo la camisa que llevo puesta, es la misma que usaba Edward ayer y detecto que debajo no llevo más prendas. Intento entender cómo llegué aquí, pero solo puedo suponer la respuesta. Debió traerme en brazos desde el cuarto de pánico hasta su habitación. En la mesita de noche hay una hoja doblada con mi nombre.

No quise despertarte. Tengo una reunión, llegaré por la tarde. Mi padre está de acuerdo en que te quedes. Siéntete libre de conocer el lugar. No encontré tu celular, pero puedes usar el teléfono fijo. Llámame apenas leas esto.

Las oraciones breves y cortantes dicen apenas lo suficiente, pero entiendo entre líneas que mi estadía en el apartamento de Tanya ha terminado, o al menos eso espero. Anoche no tuvimos tiempo de hablar, el llanto fue sustituido pronto por una necesidad diferente: él. Y estoy segura que luego de todas estas noches de desvelos y ataques de ansiedad cobraron la cuota porque es casi medio día.

Busco con la vista mi ropa, pero se ve impecable el lugar. Me levanto, acomodo las sábanas y me dirijo a la puerta que espero sea el vestidor.

Mi quijada cae un centímetro. Esto también es el doble de grande que el del departamento. En una de las paredes hay tres camisas de futbol enmarcadas, cada una con al menos una decena de autógrafos. Recuerdo todas las camisas deportivas de las que se deshizo cuando cambiamos mi ropa a su habitación y lo avergonzado que lucía ante ese descubrimiento. Pongo mi mano en el cristal, desconozco los nombres, pero no dudo que sean las firmas originales.

No tenía una idea clara de cómo fue su vida en casa de su padre, pero ni de cerca habría imaginado esto.

El vestidor está lleno, casi sonrío al pensar que Leonardo trajo toda su ropa para pasar apenas unos días con su padre, pero descubro que estas no son sus prendas más recientes, también pertenecen al Edward más joven. Tienen estampado de bandas de rock, equipos de futbol, marcas bordadas en diminutos logos y de superhéroes. Cuando sea que haya sido su última vez aquí, es evidente que dejó todo atrás.

En la puerta del centro frente al espejo es donde encuentro su ropa actual. Camisas de botones lisas de diferentes colores. Los deportivos pasan a ser zapatos de vestir.

No puedo andar de un lado a otro con una camisa suya y sin ropa interior, así que tomo uno de sus boxers y un pantalón de ejercicio. Me quito la camisa de botones y tomo una de las que tienen una banda de rock y luego una sudadera. Me doy una ducha rápida, uso el cepillo dental de Edward y arreglo tanto como puedo mi cabello.

Si yo fui la principal animadora para que el reencuentro entre padre e hijo ocurriera, no puedo ser al mismo tiempo la primera en preferir volver al encierro antes que encontrarme con Aro. Así que me armo de valor, confiando en que Edward no me dejaría aquí por mi cuenta si pensara que puedo estar en peligro con su padre.

Abro la puerta y asomo la cabeza para corroborar que el pasillo está vacío. El silencio de la casa es tal que parece que no hay nadie en ella, pero sé que no es así. Edward me contó entre llamadas que Aro tiene a personas trabajando para él noche y día, que aquí nunca se está realmente solo, aunque lo parezca.

Respiro hondo antes de aventurarme por mi cuenta. La casa es tan grande que podría perder mi tiempo sólo deambulando entre los corredores; el pasillo tiene pinturas enmarcadas a pocos pasos entre una y otra. Las pinturas del departamento de Leonardo eran mera decoración, pero estas obras son lo suficientemente buenas para estar en un museo, venga, es que hasta es posible que las haya sacado de ahí. Alargo tanto como puedo mi recorrido por el pasillo mientras admiro la colección de arte que cuelga de sus paredes.

Al final del corredor hay un barandal, del lado derecho una puerta metálica que lleva al elevador y a la izquierda las escaleras que forman un semicírculo al primer piso. Y desde el segundo piso donde me encuentro tengo vista panorámica del amplio recibidor.

Si pensaba que Carlisle tenía una casa impresionante, la de Aro me roba las palabras.

Recorro con la vista sutilmente, mi atención va de los brillantes pisos, las paredes con el doble de altura, el candelabro dorado que baja hacia la mitad de la recepción. Las paredes no son cálidas como las de Esme con fotografías. Estas son, de verdad, arte.

En las escaleras hay fotografías enmarcadas de una serie de tomas en el desierto. Bajo un escalón, otro y me detengo a observar de cerca los detalles de las imágenes frente a mí.

—Fotógrafo —interrumpe mis pensamientos una voz seca. Mis ojos van al hombre de ojos verdes que está de pie en el primer escalón. Y entiendo en un vistazo lo que a Edward le afectó tanto al encontrar a su padre la primera mañana que estuvo aquí. Se ve pálido, su cabeza perdió cualquier atisbo de cabello, sus mejillas parecen estar succionadas y un bastón está en su mano del que evidentemente requiere para sostenerse de pie.

Hay una mujer tras él y por su vestimenta asumo que es la enfermera.

—¿Disculpe?

—Creo que me habría gustado ser fotógrafo.

Apunto la fotografía frente a mí.

—¿Usted las tomó?

Niega despacio.

—Pero me habría gustado —vuelvo los ojos al modo en que la arena se dispersa en un espejismo a lo lejos cuando creo que no dirá nada más, y mantengo mi atención frente a mí para darle tiempo a Aro de subir las escaleras o irse, pero se queda en su sitio y a mí no se me ocurre nada más qué decir—. Edward dice que pintas.

Asiento atenta a la fotografía. Y como yo no digo más, él continúa:

—Tengo un espacio para un cuadro en la sala de esculturas, lleva libre varios años, y quisiera terminar con esa colección de una vez por todas.

No sé si me asombra más el hecho de que tenga una sala de esculturas o que esté ofreciéndome pintar para él.

—¿Te muestro?

Aro no espera mi respuesta, baja despacio el escalón en el que está y luego, con ayuda del bastón, camina ligeramente encorvado, lo sigo en silencio. La enfermera me sonríe apenas y sujeta el brazo izquierdo del hombre para ayudarle a caminar.

—A Edward no le gustaba el arte, creo que su desprecio a eso era por mi decoración.

Sus palabras crean un repentino y honesto interés. Recuerdo la tarde que Edward me llevó a ver museos y cómo lo encontré frunciendo el entrecejo y mirando con fastidio hacia los cuadros antes de que lo interrumpiera con mis tonterías para alargar la visita ahí.

—¿Sí?

—De joven quise que aprendiera a pintar, no le interesó. Lo suyo no era el arte clásico, prefirió hacerse de un grupo de música indie con sus compañeros del instituto. Y no es que no lo hubiese intentado, le contraté maestros y acondicioné un espacio aquí para él, pero desistió. El único arte que le interesaba era el culinario, al final, él es igual que ella.

Y sin que diga su nombre sé que se refiere a Esme.

—¿Es por eso que no podía celebrar su cumpleaños? —la pregunta sale veloz como un golpe que se da por reacción, pero no me retracto.

Se detiene y yo también lo hago. Levanto los hombros y el mentón cuando gira hacia mí.

—¿Te contó de eso?

—¿Por qué? De todas las cosas que se le pueden arrebatar a un niño, ¿por qué tenía que ser eso?

Se toma unos segundos en responder, casi tanto para hacerme creer que no dirá nada, aunque al final lo hace:

—Porque en la única fiesta de cumpleaños a la que asistí, escuché a mi hija decirle papá a otro hombre. Me fui de ahí sin que nadie me viera. No podía estar en esa casa, pero tampoco quería ser el padre que se ausentaba a los cumpleaños. Y si Carlisle lo celebraba con él llevándolo a lugares, partiendo pasteles o consintiéndolo con regalos caros, me convertiría en ese padre. Sé que solo pensé en mí, manipular de ese modo a un niño fue, por lo menos, estúpido y egoísta.

—Pero Edward no sabe eso. Él cree que lo culpaba de su divorcio y que su día de nacimiento no debía ser celebrado. Esa es la semilla que plantó en él.

Hay un brillo de comprensión y culpa en sus ojos, me obligo a sostenerle la mirada hasta que en silencio vuelve a caminar, e indecisa lo sigo callada. La enfermera lo sostiene del brazo de nuevo. Mantengo mis ojos en la pareja frente a mí ignorando el deseo de perderme en las obras a mi alrededor. Nos detenemos frente a dos puertas blancas de madera; la joven abre ambas y la luz del otro lado ilumina el pasillo. Entro tras el hombre, y nuevamente, aprieto los labios para ocultar mi impresión.

Una habitación blanca y alfombrada con esculturas de pie y pedestales sobre los cuales hay bustos. Hay algo en ellas que sé que las relaciona a todas y aún así no consigo hacer la conexión de manera inmediata. En medio de la habitación hay una mesa baja de madera, lo único colorido del lugar, frente a un sillón de tres piezas.

Al fondo, la pared son ventanales que abarcan del piso al techo y que tienen de vista un amplio jardín. Doy un paso hacia ellas, pero un movimiento de manos de Aro hacia la ventana basta para que la enfermera se adelante y las cubra con las cortinas semitraslucidas.

—Edward dice que no debes ser vista. Puedes entrar a las habitaciones y andar a libertad, pero no puedes salir de la casa, ni acercarte a las ventanas o balcones —y luego se dirige a su enfermera para darle indicaciones sobre dónde encontrar lápices y cuadernos para mí, también le pide que mande traer mi desayuno aquí.

Aro sale sin más demoras a paso lento acompañado de su enfermera. Exhalo. Estoy segura que una palabra más de mi parte habría conseguido mi pase de salida. Aunque, por otro lado, tenerme aquí con las ventanas y las puertas cerradas parece el modo sencillo de mantenerme quieta en una sola habitación.

Miro la pared que no tiene ningún cuadro y que se ha convertido en mi nueva tarea. Si esto es una colección algo las relaciona y no puede ser el artista porque cada escultura tiene un estilo diferente.

Me acerco a la escultura que sólo tiene el contorno del cuerpo de un hombre y el interior es abarcado por el vacío. A su lado hay una escultura de mármol de un brazo estirado con los dedos flexionados a punto de alcanzar su objetivo, las venas saltan de su piel así como sus músculos por el esfuerzo.

Una mujer sentada con sus brazos acunándose entre sí. Paseo la vista sobre las esculturas una decena de veces, intentando descifrar el enigma que hay detrás. Usualmente tomo un paisaje frente a mí, el recuerdo de una pesadilla, un momento vivido o el retrato de una persona a quien conozco.

Lo que Aro quiere es que cree algo por mi cuenta, sin darme una pista ni una propuesta, tengo que pintar algo original por primera vez.

ÉL

Jueves, 13:12

No he tenido noticias de Bella y tampoco tuve tiempo de preocuparme sobre ese asunto porque pasé cuatro horas metido en una reunión con unos clientes que están dispuestos a cancelar un proyecto por un desacuerdo. La situación se salió tanto de las manos al punto de tener que pedirle a Jasper que saliera de la cueva en la que se metió desde hace unas semanas y usará sus habilidades de persuasión una vez más.

Y supongo que sabe que no lo haría venir si no fuese una emergencia, que lo era. Cuatro horas, modificaciones sin costo al proyecto arquitectónico y el proyecto de inversión de la la construcción de los dos edificios sigue en nuestras manos. Era este el tipo de construcciones que podrían hacer crecer nuestros bolsillos o asfixiarnos en deudas por el resto del año.

Consigo llegar a mi oficina, apenas tomo lugar en mi silla, ni siquiera consigo marcar el número de la casa de mi padre para hablar con Bella, cuando la puerta se abre sin aviso y entra la última persona que pensé que volvería a ver.

Tras ella, Jessica tiene esa mueca asustadiza que combina con la de ingenuidad y que revela que no es la culpable de esta intromisión. Ni siquiera creo que el acceso se lo diera la recepcionista frente al elevador.

—La última vez que estuve en tu oficina tuvimos sexo en esa silla.

—Yo me encargo, Jessica.

La joven secretaria ni siquiera se lo piensa, se apresura a salir y cerrar la puerta para darnos tanta privacidad como se puede entre las delgadas paredes.

—Nos mudamos de piso a inicios del año, así que nunca has estado aquí.

Se encoge de hombros restándole importancia. Y como si los meses no hubiesen ocurrido, se quita el saco para dejarlo sobre la mesa, encima acomoda su bolsa, desabotona el par de botones superiores de su blusa mientras se sienta y finalmente, porque si no fuera así no sería Heidi, sacude su cabeza para que sus rizos, ahora castaños ya no rojizos, se muevan dándole el toque rebelde y elegante que la identifica.

—Pero sí tuvimos sexo en esa silla.

—¿Qué haces aquí?

Sonríe y suelta una risita baja como si fuese un chiste.

—Por un segundo me lo creí.

—No sé de qué hablas.

—De tu zorra.

Respiro hondo y me mantengo tan sereno como puedo, porque sé que la única persona que pudo haberle dado esa información es Peter. Aunque no entiendo cómo es que ese dato le hizo creer que era momento de buscarme.

—Fue ridícula esa escenita que hicimos en la fiesta de tus padres, ¿no crees?

—¿Hicimos? ¿Por qué siento que me incluyes a mí?

—Sabes que estoy aquí para ayudarte.

—No necesito ayuda. ¿Qué haces aquí?

—Una tregua, mi amor. Por los viejos tiempos.

—Las treguas requieren guerras.

Vuelve a reírse antes de inclinarse al escritorio, retrocedo hasta que mi nuca toca el respaldo de mi silla.

—Peter está un poquito paranoico. Dice que escuchó un rumor de una demanda, y resulta que las personas que despidió en diciembre no quieren hablar con él por sugerencia de sus abogados.

—Así que te envió a ti a pelear sus batallas, honorable.

—Él me importa.

—¿Peter sabe de todas esas llamadas que hacías? ¿No fue la última en mi cumpleaños?

—¿Crees que le molestaría? —Heidi mueve la cabeza de lado a lado chasqueando la lengua—. No le importó que fuera a casarme contigo, Peter tiene muy claro lo que quiere, así como lo tengo claro yo. El único que no lo entendió fuiste tú.

—Estoy aquí porque no sería bueno para nadie iniciar demandas y contrademandas —estira su brazo sobre el escritorio con la palma hacia arriba—. Te advertí sobre esa niña embustera, deberías estar agradecido.

Peter ni siquiera habría buscado a fondo el origen de los comentarios.

Se encoge de hombros.

—Se necesita de intuición femenina para saber de dónde jalar los hilos correctos. Y un poco de internet, no puedo llevarme el crédito de todo. Así que, te ayudé a ti, te toca ayudarme a mí. Deja en paz a Peter. Lo que pasó entre tú y yo fue... divertido, me habría gustado ser tu esposa, pero no te gusta ser compartido —chasquea la lengua antes de apuntarme—. Ese es un horrible defecto.

Abro y cierro los puños bajo el escritorio.

—Voy a hundirlo, Heidi. Y si no lo hago yo, lo hará alguien más.

—Entonces él irá por ti, y nunca va a terminar esto.

—Él no tiene nada contra mí.

—¿Y yo? Escuché conversaciones en algunas cenas, contratos con permisos ilegales, algún desajuste de presupuesto. Vivimos en un país donde todos tenemos algo que ocultar.

—No tienes nada.

—¿Y por qué tienes un abogado tan eficiente?

Raspo las muelas y ella amplía su sonrisa, porque si hay que darle el crédito a Heidi en algo es que sabe exactamente dónde y cómo golpear.

—Estuve contigo dos años, ¿por qué sospecharían? Un hilo que jale y te harán una investigación de arriba abajo, todos odian las auditorias —s tono va volviéndose más meloso para intentar convencerme—. No sería justo que tu carrera y buena reputación se viera estropeada por pequeños incidentes del pasado. No quieres pasar por ese escándalo. Tenía intenciones de hablarlo con calma en la fiesta, pero todo se controló un poco.

—Ibas a extorsionarme junto a Peter —sonrío con cinismo—, pero tus celos te impidieron que lo consiguieras. Y aquí estás. —la risa cargada de desdén se abre paso en mi boca—. ¿De verdad pensaste que iba a creerte con esa llamada en mi cumpleaños? Tú y yo sabemos que necesitas más que una conversación fuera de lugar para meterme en problemas.

—Pero sí tengo evidencia —me interrumpe—. Tengo semanas de videos de seguridad en un disco duro —sonríe de nuevo—. Estuve contigo dos años, sé exactamente quiénes son tus personas importantes, y lo que serías capaz de hacer por ellas.

—La diferencia es que no comparto tu egoísmo.

—La diferencia es que eso te vuelve lento y estúpido. Te vi con ella, Edward. El apático hombre de cara larga. Y ahí estabas, dando vueltas y riéndote con esa niña. ¿No crees que reconocería tu cara de perro enamorado?

Incluso antes de que yo fuese capaz de admitir mis sentimientos por Bella, Heidi les dio nombre con sólo un vistazo.

—¿Qué fue lo que te gustó de esa delgaducha?

No necesito más palabras de su parte para comprender que ella sabe más de lo que intenté ocultarle estas semanas a Peter. Por lo tanto no tiene sentido fingir más que mi relación con Bella terminó.

—Que no es tú.

Aprieta los labios y cualquier juego desaparece en su expresión.

—Que horror ser ella —dice con tono de tragedia mientras saca de su bolsa un disco duro, me levanta una ceja—. Apuesto a que quisieras que fuera un poquito más como yo. He hecho cosas muy estúpidas, pero jamás fue por dinero.

—Quedarte dos años conmigo, es una contradicción a esa moral.

—No fue por dinero —me corrige—. Me hacías feliz, también Peter. A ti te importaba la etiqueta y a Peter le gustaba removerla. Por eso me quedé contigo, y me habría casado contigo, Edward. No eran los regalos lo que me gustaba, amaba que te esforzaras por conseguir esas cosas para mí. Bolsas, ropa, cita, viajes, incluso esa casa. Y Peter también se esforzó, se arriesgó por nosotros. Me puso encima incluso de la amistad que tenía contigo.

—Estás loca.

—No lo veo de ese modo.

—¿Y exactamente qué hacías tú a cambio?

—Ser lo que querías que fuera, incluso contra mis deseos. Acepté casarme contigo, porque tú quisiste casarte. Acepté conocer a tu familia, aunque apenas toleraba a tu hermana y a tu madre. Era simpática en las reuniones, divertida con tus socios, pervertida para ti. Lo que querías de mí, ahí estaba. Y lo mismo soy para Peter, así que si él está en problemas, yo tendré que venir a resolverlo. La escenita ridícula en la fiesta de tu madre, solo puso en evidencia lo fácil que me cambiaste por esa perra.

—Nadie te cambió. Te superé y continué con mi vida.

—Lo que digas —replica con fastidio—. No envié los videos a tu hermana porque quisiera sacarla de tu vida. Lo hice porque sabía que mostrar el arma que teníamos contra ti, te haría detenerte.

Mis ojos van al objeto rectangular plateado.

—Esta es mi bandera de paz.

—¿Y por qué creería que no hay una copia?

—Hay una copia. Así como hay copias y testimonios contra Peter en el escritorio de James, ¿me equivoco?

Mis labios se quedan en una tensa línea, y ella vuelve a mostrar la desenvoltura de siempre. Sin un gramo de vergüenza o arrepentimiento. Camina hasta rodear el escritorio y posicionarse a un paso de mí.

—Peter es sólo otra de tus marionetas.

—Cuando lo fuiste no te quejaste en absoluto —me recuerda—. ¿Así que tenemos un acuerdo? —estira su brazo a mí para que tome su mano, me cruzo de brazos.

—Mejor prepara a Peter para las contrademandas. Y si algo de esto se vuelve público —señalo el disco duro sobre el escritorio—, iré por ti también. ¿No crees que es sospechoso que la compañía en la que trabajas tenga todas esas licitaciones para remodelar la zona turística? ¿Una casualidad que la hija del senador esté ahí? —y por primera vez consigo que su sonrisa caiga—. Yo también estuve contigo dos años, te presté la suficiente atención para entender más de lo que decías. Vas a mantener fuera de esto a Bella, o vamos a hundirnos juntos si es lo que quieres. Tengo un buen abogado como ya quedó claro.

—Si yo quisiera en un chasqueo sacó a tu puta de donde la tengas escondida.

—Inténtalo. Añadamos invasión de propiedad privada a los cargos que podrían adjudicarte.

El sonido de una garganta aclarandose interrumpe el silencio. Jasper está de píe al lado de la puerta.

—La van a escoltar a la salida, señorita.

El guardia de seguridad espera del otro lado de la puerta.

Heidi da el paso que nos separa y apenas tengo el tiempo para girar el rostro.

—Me gustaría decir que espero que nos veamos pronto —dice contra mi oído—, pero ojala no lo hagamos otra vez.

Rodea el escritorio, se detiene para ponerse de nuevo el saco y el bolso al hombro sin agarrar el disco duro, camina hasta llegar al lado de Jasper.

—Dile a la pequeña mosca que voy a aplastarla si se mete en mi camino.

—Si te acercas a mi hermana —comienzo una amenaza.

—Se refiere a James —me interrumpe Jasper—. Julián te acompañara a la salida.

Es hasta que nos quedamos a solas y con la puerta de nuevo cerrada que me dejo caer a mi silla.

—Que bueno que volví hoy a la oficina, ya extrañaba estos dramas. ¿Qué es eso? —señala el disco duro.

—Los videos de Bella.

—¿Te trajo sus videos? —levanta una ceja—, ¿ibas a verlos?

—No —me apresuro a responder sin dudarlo.

—¿Daiana esperaría que los vieras?

Me encojo de hombros.

—Esto es su manera de decirme que tiene más de una copia.

—O quizás espera que revises el disco duro.

El Edward que Heidi conoció por años, lo haría. Un brillo de comprensión cruza en los ojos de Jasper al mismo tiempo que yo.

—Me juego el salario a que pensaba robarnos información con esto.

Tomo mi celular sobre el escritorio para llamar a James, pero luego de tres tonos me envía a buzón. Lo intento una vez más, con el mismo resultado.

—No contesta.

—¿No está en su oficina?

—Pidió unos días libres —respondo sin entrar en detalles, ni ahondar en que por ahora James está lidiando con sus problemas además de los míos.

—Me haré cargo yo —toma el disco duro—. ¿Algo más que necesites o puedo irme?

—Contacta a James, debe estar en su apartamento, que detenga las demandas a Roberto por un rato más.

—¿Clare sabe de eso? —no respondo y me limito a sostenerle la mirada—. Hablé contigo de esto, Edward. La única persona que va a resultar herida será ella.

—No es así.

—Estás empujando a Alice a un maldito infierno y no lo quieres ver. Heidi amenazándote aquí es lo mínimo que va a pasar.

—Heidi sabe cosas, mencionó los permisos que pagamos para que nos dieran luz verde por la contrucción de las dos torres.

—Estás jodiendome. ¿De qué estás hablando?

Bajo el volumen de mi voz porque Jessica puede oírnos y lo último que necesito es que ella, que es hija del dueño del proyecto, se dé por enterada.

—La zona no permitía los pisos para esa construcción, ya lo sabías.

—Y dijiste que conseguiste los permisos.

—¿Querías los detalles? Tenemos los permisos.

—Porque pagaste para que los admitieran. Eso es una maldita bomba en explosión, Edward. ¿cómo lo sabe Heidi?

—Fue en noviembre, me escuchó hablando con James, qué sé yo.

—¿James sabe de eso?

—James sabe de todo. No era un riesgo.

—¿No? Porque parece que ahora es un riesgo.

—No tiene evidencia —contradigo.

—No es difícil dar con esa evidencia. Si toda la zona marca un límite máximo y tenemos un edificio que sale de la norma, aunque tengamos un papel que lo permita, no lo vuelve legal. Podrían clausurarnos en cualquier momento. Le aseguré a ese hombre que nada va a salir mal hace solo unas horas.

—Nada saldrá mal.

Jasper camina hasta quedar frente a mí del otro lado del escritorio. Da un golpe a la madera con su puño al hablar.

—Detén esa puta demanda, olvídate de Peter y sigue con tu vida. —Me apunta con su dedo—. Él no va a ir por ti, irá por Alice, del mismo modo en que ahora van tras Bella.

—Si no lo hago yo, lo hará Alice. ¿Por qué otra cosa estaría jugando a la casita con mi padre? Alice no es estúpida. Sabe que tiene más posibilidades desde telecomunicaciones que desde la cafetería. Si no soy yo, al final Alice actuará.

—¿Y por qué lo haría? Eso fue hace años.

—¿Por qué crees que James llevaba años trabajando en juntar información contra Peter? Porque él sabe como yo que mi hermana está lo suficientemente loca para vengarse apenas tenga la posibilidad, y muy pronto estará lista.

—Tu padre no va a permitir que hunda su empresa.

—Mi padre no va a durar lo suficiente para impedirlo, Jasper.

—Pues yo no voy a permitir que nos hundas. Cancela esa demanda. No voy a dejar que todo por lo que luché estos años se vaya a la mierda por tu culpa.

Y sin permitir que debata, cortando la conversación. Gira y sale de la oficina azotando la puerta tras de sí.

18:30

El encuentro con Heidi y la posterior pelea con Jasper, me hicieron olvidar que había alguien que requería de mi atención, pero esa preocupación fue reducida con un simplón mensaje de texto de Alice mientras conducía a casa de mi padre:

Ella sigue aquí.

Por lo menos papá cumplió con su palabra, al menos tanto como podría esperarse. A la primera persona que me encuentro al entrar a la casa es a Alice subiendo las escaleras. Sus ojos van a mí siguiendo el ruido de la puerta.

—Está en la sala de esculturas —señala al pasillo del otro lado de la estancia.

—Te ves mejor.

—Sutil.

—Lo digo en serio.

—Tu machista padre me obligó a usar maquillaje, peinarme y vestirme así para una videollamada con sus socios. Dijo que no me iba a mostrar impresentable. Me habló como si fuese una niña malcriada.

Suena a mi padre.

—¿Desde cuándo te molesta maquillarte?

—Desde que me obligan a hacerlo.

Que eso viene siendo desde que se enfrascó en su miseria tras el rompimiento con Jasper.

—¿Ya le entregaste tu proyecto para su compañía?

—No. Lo haré cuando lo tenga terminado. Y si no quiere esperar pues tendrá que buscarse a otra hija abandonada.

—Eres una niña malcriada, Alice.

Me saca el dedo medio y continúa su recorrido hacia el segundo piso. Yo me dirijo a la sala de esculturas.

Bella está sentada en el suelo dandome la espalda, dibuja en un cuaderno sobre la mesa del centro, a su alrededor hay al menos una decena de hojas de papel arrugadas. Cuido de no hacer ruido al caminar y me asomo a eso que la tiene tan atenta, que ni siquiera me escuchó entrar.

Esperaba encontrarme con un dibujo que fuese una pesadilla más, o un recuerdo de la vida que todavía la atormenta.

—Eso es diferente.

Echa la cabeza hacia atrás hasta pegar su cabeza a mis rodillas, sonríe.

—¿Te gusta?

—No se parece a las anteriores.

—No es una pesadilla.

Así que me trago las ganas de contarle lo que ocurrió con Heidi esta tarde, mientras admiro el dibujo, es un boceto solamente, pero consigo comprender entre los trazos lo esencial e incluso entonces concibo cierta paz.

—¿Vas a pintarlo?

—En cuanto tenga el material, el boceto no se ve mal, ¿no?

—Aun no lo pintas y ya sé que será mi favorito.

Me siento en el suelo a su lado. Ella va a mí, olvidándose del dibujo y yo, que necesito olvidarme por un rato de la tormenta que sé que está creándose a nuestro alrededor, me pierdo en ella.

Ella

Viernes, 11:09

Pasé la mayor parte de la mañana pintando en la sala de esculturas hasta que Alice me secuestró. Ignoró mis pretextos y me quitó el pincel de las manos, podría haberme negado a seguirla, pero sé cuál hubiese sido el resultado.

—Necesito maldecir con alguien o me estallará el cerebro. Apenas he dormido un par de horas y no tengo ninguna buena idea para Aro porque lo único que tiene mi cabeza es el nombre de Jasper infectando mi sentido común.

Así que no me opongo y la sigo hasta llegar a...

—¿Tiene un cine?

—Sala de televisión le llama él —gira los ojos de manera burlona.

Esto es un pequeño cinema, una docena de asientos de cuero negro reclinable, un área de golosinas, una máquina de palomitas, un refrigerador con puerta de vidrio que muestra las variedades de bebidas. Luces led en el techo y paredes negras.

—Pensé que era un hombre solitario.

—Lo es. Hizo este lugar como regalo para Edward cuando cumplió diecisiete.

—¿No se supone que Edward no celebraba su cumpleaños?

—No lo hacía. Aro le pagaba cosas ridículas cuando quería —saca del refrigerador dos botellas de té helado y enciende la máquina de palomitas. De las paredes están enmarcados posters de películas con autógrafos y breves dedicaciones a Leonardo—. Aro le consiguió la firma de los actores de Forrest Gump. Te lo juro, si Edward le hubiese pedido conocer un marciano, lo envía en un cohete a Marte o alguna estupidez así.

—Creí que tuvieron una mala relación.

—Depende a quién le preguntes, supongo. A Jasper le caía muy bien Aro.

—¿De verdad?

—Sí, creo que lo admiraba más que Leonardo. Lo que es casi comprensible porque Aro cumplía los caprichos de mi hermano, y Jasper usualmente iba incluido en esos caprichos. ¿Disney? ¿Viajes? ¿Playa? Ahí también iba él.

—¿Te habría gustado que te invitaran?

—No —su respuesta no demora—. Ernesto da objetos en compensación por el tiempo. Randall da amor, aunque no me habría venido mal una tarjeta de crédito. Y no importa nada de todas estas cosas si todo el tiempo estaba borracho, ¿no?

Le doy la razón.

Paso así mi mañana completa. Clare elige una serie de películas que está decidida a criticar en voz alta escena por escena. Lo que me recuerda a esas tardes con mamá viendo Bridget Jones para mejorar mi ánimo, y pronto me encuentro tan metida en el juego como ella de destrozar películas románticas, es en la tercera película que el humor de Alice aminora y deja de seguir mis comentarios y bromas.

Y comprendo que la elección de La boda de mi mejor amigo no es apropiada para la situación en la que se encuentra cuando su voz pasa de divertida a baja y seria.

—¿Por qué tengo que elegir ser Julionne o Kim? Si mis opciones son abandonar todos mis sueños para casarme con Michael o cumplir mis sueños y volver arrepentida diez años después para arruinarle la vida a él, no quiero ninguna.

—Hay más personajes, Alice. Podrías ser una de las gemelas.

Alice se ríe antes de meterse dos puños de palomitas en la boca, espero a que termine de masticar.

—¿Por qué solo es sí o no? Debería existir una tercera opción que haga felices a todos.

—No todavía.

—¿Qué?

—No todavía es una opción. Quiero casarme, pero no todavía.

—Oh ya, mi hermano me habló de eso. Tú no le dirías que no a Edward. Además, si él te lo hubiese propuesto no habrías dicho no todavía —dice con tono burlón sin despegar los ojos de la pantalla—. Y mi George no fingiría ser mi novio para poner celoso al estúpido de Michael, ni siquiera creo que esté dispuesto a fingir ser mi amigo. ¿Cómo es que me las ingenié para alejar a todos los hombres de mi vida?

—Es porque eres un fastidio —ambas giramos la cabeza hacia la puerta, donde está recargado un hombre rubio y despreocupado tras lanzar el insulto. James levanta una ceja para reafirmar su comentario.

—¿Qué haces aquí? —el tono cortante de Alice revela su desagrado.

—Tu hermano quiere tiempo con su novia y la tienes prisionera de tus estúpidas películas cursis.

—Bueno, eso no es tu problema.

—Y George no me hace justicia, por cierto.

—No, George sí era simpático.

Alice se levanta, me entrega el bol de palomitas y camina hacia la salida.

—Ven aquí —James abre los brazos actuando como barrera en la puerta cuando ella intenta pasar.

—No necesito un abrazo —rechaza la oferta con el mismo tono de antes.

—No dije que lo necesitaras.

—No estás perdonado.

—Tampoco estoy pidiendo perdón.

—Eres un imbécil cuando te lo propones.

James tira del brazo de ella hasta que consigue atraparla en un abrazo a la fuerza.

—Que me sueltes te dije.

—No te pongas difícil, Sargento.

—No me llames así.

Clare forcejea para soltarse y eso solo consigue que James la apriete entre sus brazos.

—Me estás lastimando, idiota.

—Estoy aquí.

Y si ellos no estuvieran en el marco de la puerta yo ya habría salido de la habitación, en lugar de eso soy una inoportuna testigo.

—No me importa. No te necesito a ti, ni a él, ni a nadie. Ahora quítame las manos de encima.

—Qué pena, porque esta vez yo te necesito a ti y no me importan tus insultos infantiles, no voy a soltarte. Estoy aquí y no me iré, Alice. Así que vive con ello o jodete.

En lugar de que sus palabras creen una discusión más grande, dan justo en el blanco. La habitación se queda en silencio hasta que lo rompe el llanto de Alice, se sacude su cuerpo y casi estoy segura que no termina en el suelo solo porque James la sostiene.

—Me arrancó el corazón.

—Sólo lo rompió, nada que un montón de dulces y maratones de películas no resuelvan.

Me pongo de pie dispuesta a darles privacidad. Y eso consigue que James vuelva su atención a mí.

—Edward quiere hablar contigo.

Sin que lo diga comprendo que el motivo para que James esté aquí no es Alice, sino yo. Descubrió algo nuevo.

Cada paso que doy hacia Edward, siento la bola de púas incrustarse dentro de mí, lacerando al mismo paso que voy mientras diferentes escenarios van creándose en mi cabeza. Ninguna de las posibilidades que se me ocurren juegan a mi favor, así que al llegar al pasillo del segundo piso casi troto para cruzar la puerta como si de ese modo pudiera escapar de lo que se viene, cuando en realidad me encuentro yendo hacia eso.

Edward está sentado en la orilla de la cama con sus codos en las rodillas, masajea sus sientes con dedo medio e índice de ambas manos. Sé que no es bueno. Reconozco a su lado mis dos maletas y mochila, las que dejé en casa de Tanya y que asumo James devolvió.

—¿Qué descubrió? —levanta la cabeza hacia mí y noto el esfuerzo en sus expresiones para aligerar sus palabras.

—Eric me da migraña.

Retengo el aire unos segundos antes de encontrar el valor para pedir respuestas. Estira su brazo hacia mí con la palma hacia arriba y siento mis rodillas temblar mientras corto con la distancia que nos separa. Sus dedos se entrelazan a los míos mientras mi pulso corre veloz. Cuando Edward vuelve a hablar lo hace con voz baja, suave, como si supiera que lo que dirá va a herirme y quisiera reducir el daño de sus palabras.

—Se inventó una desaparición, es imposible dar con él.

—¿A qué te refieres con eso?

—Sus padres levantaron una denuncia de desaparición. Cualquiera que sea su plan para no ser encontrado escaló.

—No lo hiciste tú.

Escucho el pitido en mis oídos y tropezando consigo sentarme al lado de Edward.

—¿Qué?

—Angela dijo que había letreros pidiendo información para encontrarlo, pensé que habías sido tú.

—No fui yo.

—No, no fuiste tú. ¿Desde cuándo?

—Febrero.

—Es ridículo, no era una suma tan grande. No es que fuera a convertirme en rica con eso, ¿por qué se está tomando tantas molestias?

—Porque lo que te hizo es ilegal. Por lo menos debería pasar tras las rejas seis años. Estudió leyes, seguro que entendió el problema en el que estaba y decidió huir. No era el dinero para una vida, pero sí el suficiente para iniciar en otro país.

Y entonces comprendo lo que va mal con todo esto.

—No crees que aparezca en la galería.

Edward sostiene mi mejilla unos segundos, hace un recorrido con la vista en mi rostro de manera lenta.

—No lo creo, y espero que no lo haga. No voy a arriesgarte de ese modo.

—Mi vida no está en peligro, es la de mi hermano la que sí —debato decidida a no darme por vencida.

—Los padres de Angela cuidan de él, su madre le da asesorías de matemáticas en la casa todas las tardes. Él está bien.

—¿Y si decide escapar con mi hermano? ¿Y si ella también desaparece?

—Lo tengo cubierto.

—¿Qué significa eso?

Saca su celular del pantalón y me muestra la pantalla en un mapa de una ciudad que identifico de inmediato porque viví ahí toda mi vida. Hay un punto azul en la que reconozco es la ubicación de la casa de mis padres.

—Charlie tiene un rastreador, lo lleva todo el día. La mamá de Ángela lo cambia diario por otro con carga, él está bien.

Me quedo viendo la pantalla unos segundos hasta que mi vista nublada por las lágrimas lo impide.

—Lo estás cuidando por mí.

Si pensaba que ya amaba a este hombre...

—Fue idea de mi padre. No podemos dejar un automóvil afuera de tu casa porque llamaría la atención, pero esto es discreto y ella ni siquiera sabrá qué es si lo encontrara. Así que, si intenta llevárselo, tendremos tiempo suficiente para atraparla antes de que se descargue.

—Eric podría ir.

—Bella...

—No podemos cancelar ahora. Mañana será el evento, estamos tan cerca.

—No es buena idea. Ni siquiera estoy seguro de qué sería capaz de hacer para mantenerte callada, hasta ahora no has sido un problema porque estuviste incomunicada todo este tiempo, pero todos esos anuncios y la publicidad para tus obras pueden hacerles pensar lo contrario. James piensa lo mismo.

—Edward.

—No podré estar ahí, Bella.

James no sólo vino a advertirle a Edward lo que descubrió, además lo hizo cambiar de parecer sobre nuestro plan.

—Estará James, él puede vigilar desde uno de los vehículos de tu padre.

—No, no lo haremos. Habla con Diana y pon una excusa para ausentarte, ella podrá encargarse de todo sin ti —me extiende su celular con el contacto de Diana en la pantalla, niego con rapidez.

—No lo haré. Sé que Eric irá. Es su oportunidad para encontrarme, si quiere quitar el cabo suelto que puede meterlo en prisión entonces estará ahí.

—Tu sentido de supervivencia es nulo —se levanta y me señala con disgusto—. ¿Te das cuenta que el cabo suelto eres tú? He sido cuidadoso estas semanas para que Peter se aleje de ti y que tu cara no esté en la publicidad para evitar que Don o sus hombres te reconozcan, y tú insistes en aparecerte ahí a pesar de conocer el peligro que es Eric.

—No me hará nada.

—No lo sabes —eleva la voz esta vez.

—Es un idiota, un ladrón y un mentiroso, pero no haría nada más allá de eso —insisto sin perder la calma para convencerle—. No sabe que sé, ni siquiera lo sospecha.

—Encontraremos otro modo. Mañana mismo le ofreceré dinero a Tía por tu hermano si es lo que quieres, sólo no vayas.

—Ella no aceptará.

—¿Cómo puedes saberlo?

—Porque pudo quedarse con el dinero de la herencia y se lo entregó a Eric para quedarse con Charlie.

—Eso es una suposición, pudieron repartirse la ganancia.

Me pongo de píe y camino hasta quedar a un paso de distancia de Edward.

—Eric es el camino más corto, si él colabora con nosotros recuperaré a mi hermano, eso es todo lo que quiero.

—No vas a... —le cubro la boca con mi mano.

—Voy a hacerlo. Ya hice demasiadas cosas para tenerlo de vuelta, estuve en ese burdel por ocho meses y cada noche me repetí que lo hacía para recuperar a mi hermano. Si esperas que me quede aquí cuando Eric podría aparecer en la galería, no me conoces.

Sabado, 18:40

Me retoco los labios una última vez y sonrío al reflejo de Edward que me escanea en silencio, intento mostrarme convincente y asegurarle que todo estará bien.

—Al primer problema, pide ayuda. Estarán ahí dos guardias de papá, apenas lo digas ellos se harán cargo. No te arriesgues de manera innecesaria.

—Lo sé.

—Promételo.

—Lo prometo.

Pone en mi mano dos auriculares inalámbricos blancos.

—Estaré en una llamada contigo desde que llegues, tu celular tiene la carga suficiente para las siguientes horas —se hinca a mi lado, su mano va de mi rodilla a muslo, levanto la falda del vestido para facilitarle la tarea, ajusta la correa negra contra mi muslo y estira su mano a mí. Dejo en su palma mi celular, lo introduce al bolsillo contra mi pierna y se levanta—. Ya está enlazado a los audífonos. Grabaremos todo. Si consigues una confesión quedará ahí. James estará atento también, si algo no va bien tienes que...

—Lo entiendo.

—Los airpods tienen localizador.

Sujeta mis mejillas con ambas manos y eleva mi rostro para mirarme fijo, la intensidad del mar de sus ojos me hace flotar en ellos en calma por unos segundos.

—Eres mi vida entera —sacude su cabeza más para sí que negando para mí—. No debería dejarte ir sola.

—Pero debo ir. Si él va, si consigo una confesión o su ayuda entonces recuperaré a Adrian —digo, pero sus manos no dejan de sujetar mi rostro—. Nuestro futuro está tan cerca, esta vez no voy a permitir que mis miedos se interpongan.

Ni siquiera permitiré que él lo haga.

El taxi está fuera de la casa. La camioneta negra en la que llegué está detrás con los dos hombres que me trajeron aquí en los asientos delanteros y tras estos se encuentra un automóvil plateado con James tras el volante.

—Voy a volver a ti esta misma noche, lo prometo.

Abre la puerta del pasajero para mí y antes de que pueda subir al vehículo amarillo, me devora la boca con la misma necesidad que sentí el día que llegué a casa de su padre, correspondo sintiendo mi pulso golpear con fuerza. Ignoro las púas que se van creando dentro de mí, el deseo de dejarme convencer por él y ausentarme al evento de la galería, ignoro mientras correspondo el beso con la misma necesidad el presentimiento que se agrava en mi interior y que me grita que no saldrá esta noche como desearía, porque conmigo todo se tuerce al final para darme el peor desenlace.

Cuando se separa le sonrío y le aseguro que todo irá bien, aunque no lo creo así.

Como siempre, una disculpa por la demora. Cada vez se van cerrando más hilos y como compensación, un pequeño adelanto del siguiente capítulo:

Sábado, 21:23

Si aprendí algo tras la muerte de mis padres, es que la vida puede cambiar de un segundo a otro. El presente apenas ocurre ya se convierte en pasado y aquello que esperamos puede no ocurrir nunca o tomarnos desprevenidos con un escenario inimaginado.

Me quito el auricular de la oreja y empujo la puerta con fuerza para salir de la galería, mi mano tiembla y centellan mis dientes entre sí. No es por el frío, lo sé incluso aunque lleve un vestido corto y de tela delgada. El clima no es helado afuera, lo que me congela me recorre por dentro, son las púas invisibles las que me atraviesan.

Introduzco mi mano bajo la falda y jalo de la correa contra mi muslo para tomar el celular. Selecciono su contacto entre los apenas seis números que tengo guardados.

—¿Dónde estás?

—Bella, vuelve adentro —ordena James.

—¿Dónde estás?

Miro de un lado a otro de la calle hasta que identifico el automóvil plateado, enciende los faros y yo camino hacia él.

—Regresa a la galería.

—Él tiene razón. Todos somos el villano de alguien más. Edward lo jodió a él, tú a Tanya, yo a Tía.

—¿No vas a creer lo que dijo de Edward o sí?

Abro la puerta y cuelgo la llamada.

—Llévame al aeropuerto. Ahora —mi tono no deja lugar a réplica, azoto la puerta y me cruzo de brazos para demostrarle que no cambiaré de parecer.

Me ignora y marca al número de Edward, pero como ya sé que ocurrirá le envía directo al buzón.

—Él tiene que resolver sus problemas con Alice y yo haré lo mismo sobre mi hermano. Si no me llevas tú, me iré por mi cuenta.