Summary: Colección de viñetas románticas sobre parejas raras o poco explotadas, con motivo de la cercanía del día de San Valentín. Capítulo cuatro: "Era una locura. Todo era una locura. La guerra, la posguerra, los muertos, las redadas. Él apareciéndose en Londres en busca de una chica que a lo mejor ni siquiera quería verlo. Debía de estar perdiendo la cabeza de verdad." Cormac McLaggen/Pansy Parkinson.

Disclaimer: Ningún personaje me pertenece. Todo es propiedad de J.K. Rowling. All hail the queen.


26, Chamberlain Street.

Se aparece en Londres de la nada, nervioso y agitado.

Escudriña sus alrededores, llenos de gente que viene y va, riendo y hablando como si ese tres de Mayo fuera otro rutinario día más. Es casi el anochecer y la ciudad bulle de gente, ajena al enorme chico rubio que parece más perdido que un turista extranjero.

Cormac echa un vistazo a su mano derecha, al trozo de pergamino arrugado que Terence le ha mandado. No es más que un pequeño cuadro de papel garabateado con tinta verde, pero contiene todo lo que Cormac le ha pedido a su antiguo amigo: una dirección.

26, Chamberlain Street, Londres.

–Chamberlain Street – murmura Cormac, leyendo en voz alta. Se ha aprendido la dirección desde el primer segundo en el que la recibió, pero está tan angustiado que prefiere cerciorarse de vez en cuando.

Se ha aparecido en una esquina, aunque afortunadamente la placa del edificio frente a él le confirma que está en la calle correcta. Chamberlain Street. Las casas parecen todas iguales, con escalinatas al frente y enormes ventanales tras los cuales se visualizan pesadas cortinas de colores claros. Está a punto de ponerse a buscar el número veintiséis cuando una casa a unas cinco puertas de distancia llama su atención. Y sí, es la casa cuya numeración está buscando.

Las escaleras están llenas de basura, las luces se encuentran apagadas y la placa de latón del buzón de la puerta ha sido arrancada de tajo. Tomando en cuenta lo impecable y pijo del vecindario, a Cormac le extraña mucho que nadie tomara cartas en el asunto con respecto a la vivienda. Hasta que se le ocurre que a lo mejor esa casa no existe para los muggles, protegida a sus ojos por algún encantamiento parecido al que oculta a Hogwarts, aunque en mucho menor escala, evidentemente.

Con el corazón latiendo desbocado en su pecho, Cormac alza el puño y golpea la puerta. Supone que pudo haber forzado la cerradura con algún alohomora, pero le parece que habría quedado muy mal si funcionaba y muy tonto si no lo hacía; después de todo, los propietarios se habían esforzado por hacer parecer que la casa estaba abandonada.

Como era de esperarse, nadie atiende.

¿Y si realmente habían salido pitando? No serían la única familia que lo hiciera. ¿Y si nunca volvía a verla?

Era una locura. Todo era una locura. La guerra, la posguerra, los muertos, las redadas. Él apareciéndose en Londres en busca de una chica que a lo mejor ni siquiera quería verlo. Debía de estar perdiendo la cabeza de verdad.

¿Y ahora qué? ¿Esperaba hasta que anocheciera? ¿Deslizaba una nota por la puerta? Ojalá fuera capaz de conjurar un patronus corpóreo que la encontrara y le dijera que estaba ahí, buscándola.

Le sudan las manos, así que se las limpia en la rugosa tela de sus vaqueros. Y es entonces cuando lo siente: un pequeño bulto en su bolsillo izquierdo. Se apresura a meter los dedos en el forro y cierra su agarre sobre el delicado pendiente que había olvidado que tenía. El zarcillo es simple, con montura de oro rosado en forma de flor y una diminuta perla en el centro. Se lo quitó de pasada la última vez que la vio, cuando ambos subieron al Expreso de Hogwarts. Entre los empujones y el barullo, ella ni siquiera tuvo tiempo de reclamarle; sólo le frunció el ceño mientras él le sonreía y se guardaba el pendiente en los vaqueros, guiñándole un ojo. Cormac recuerda perfectamente las palabras que le dijo sin emitir sonido: "ahora es mío".

Ahora es mío.

Y de repente se le ocurre una idea, lo único que puede hacer para que ella sepa que fue a buscarla, que estuvo en su casa con la esperanza de encontrarla allí, de comprobar que está bien, que sigue viva.

Se agacha y pasa los dedos por la ranura del destartalado buzón, alegrándose al comprobar que no hay barrera que impida que algún objeto pase hacia el otro lado. Tampoco es atacado de manera inmediata por algún potente maleficio en castigo por su intromisión, así que eso también le levanta el ánimo. Desliza el pendiente por la muesca de la puerta y una mueca de melancolía se le dibuja en las facciones al escuchar el tintineo del metal al impactarse contra el suelo.

Está a punto de darse media vuelta y concentrarse de nuevo en volver a casa, cuando una serie de sonidos que antes no estaban ahí llaman su atención. Hay un ruido de voces – como si alguien hubiera roto de repente los efectos de un encantamiento silenciador –, pasos que se escuchan apresurados y luego la puerta que se abre de par en par frente a sus narices.

–Cormac – escucha que lo llama, antes de sentir como sus brazos le rodean el cuello y él, en un acto reflejo, le envuelve el torso en un abrazo.

Entierra la nariz entre los mechones de su cabello, que ahora le llega muy por debajo de los hombros. Deposita un ligero beso en una de sus sienes y luego relaja el agarre que mantiene sobre ella, agachándose un poco para ayudarla a pararse de nuevo sobre sus pies.

Se siente abrumado: abrumado de encontrarla, de comprobar que está a salvo, de que al parecer estaba deseando volver a verlo tanto como él a ella.

–Vine a devolver tu pendiente – le dice y Pansy se ríe, porque es probablemente lo último que esperaba oír.

–Misión superada – responde ella, colocándose el zarcillo de vuelta en su lugar original.

¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Casi un año? Cormac echa un vistazo por encima del hombro de Pansy, únicamente para encontrarse a un hombre mayor de pelo entrecano que tiene toda la pinta de ser el señor Parkinson viendo en su dirección con una mueca de desdén.

No es la manera en la que hubiera querido conocerlo, pero tampoco pensaba esperar más para irla a buscar.

–Te extrañé.

–Y yo a ti.

– ¿Saliste a tiempo del castillo?

–Fui de las primeras – le confiesa Pansy, con la mirada fija en la de él –. Tenía que correr de ahí.

Cormac asiente con la cabeza, porque la comprende. De verdad que sí. Y por una vez, agradece que sea Slytherin y que su instinto de supervivencia esté muchísimo más desarrollado que el de él.

– ¿Quieres pasar? – propone ella, pegándose un poco al marco de la puerta.

– ¿Quieres huir de aquí conmigo?

La carcajada que Pansy suelta es toda su respuesta. Cormac empieza a sentirse estúpido por presentarse ahí así, en su casa, apenas un día después de que el mundo mágico estallara. Lanza de nuevo una mirada hacia dentro, encontrándose con los penetrantes ojos negros del señor Parkinson fijos en él.

–Vamos – le dice Pansy, tomándolo de la mano y tirando de él –, nuestra elfina nos preparará el té.