Aclaración: La historia original pertenece a la maravillosa NightBloomingPeony, yo solo la traduzco con su permiso. Los personajes son de Stephenie Meyer.

Thanks Bianca for allowing me to translate it.

Nota: contiene escenas sexuales, por ello es clasificación M.


The Devil Next Door

Capítulo 1. Sugar

POV Bella

Cuando el hombre de pelo cobrizo se mudó temporalmente en el Airbnb de al lado, no le di demasiada importancia. Después de todo, los viajeros iban y venían casi todas las semanas aquí, en Port Angeles. No podía culparlos, esta ciudad no era el epítome de la diversión. Pero este hombre… era diferente. Se quedó. En el corazón de esta ciudad sin salida, de alguna manera había encontrado una razón para quedarse. Había pasado un mes entero desde que lo vi por primera vez a través de su ventana y seguía aquí. Siempre saliendo una vez a la semana, siempre después del crepúsculo, siempre solo. Y su presencia… me hacía cosas. Me intrigaba y me incitaba de un modo que ningún hombre había conseguido antes.

¿Y lo peor? Ni siquiera sabía su nombre.

Y no estaba dispuesta a arriesgar mi dignidad llamando a su puerta sólo para preguntárselo. Al menos no todavía. No estaba desesperada, sólo sentía curiosidad. Era de naturaleza humana interesarse por el hombre de mandíbula ridículamente cincelada que vivía en la casa de al lado; preguntarse por qué siempre fruncía el ceño cuando salía; preguntarse por qué sus ojos se volvían fríos como el hielo cada vez que miraba en dirección a la casita tipo rancho que yo compartía con Angela. También era humano imaginármelo encima de mi cada noche antes de dormirme.

O tal vez no. Pero tenía mis razones.

Todo empezó unas noches después de haber llegado aquí. Estaba profundamente dormida cuando un ruido procedente del exterior sonó lo bastante fuerte como para despertarme de mi profundo sueño. A través de mi neblina soñolienta, avancé a trompicones por la habitación hasta llegar a la ventana. Por lo que sabía, una gata en celo podría haber sido la culpable del ruido, no habría sido la primera vez. Pero cuando me atreví a asomarme por la ventana, la calle estaba en completo silencio. Y fue entonces cuando lo vi: al otro lado de la calle, sentado junto a su propia ventana, apenas una sombra en la tenue luz de su dormitorio. Ojos penetrantemente negros, mandíbula apretada, hombros tensos. Al principio, estaba convencida de que estaba alucinando. Pero él no se movió, lo que me permitió darme cuenta de que todo era definitivamente real. Me quedé mirando atónita, consciente de que él me devolvía la mirada, pero estaba demasiado atrapada por la fuerza de aquella conexión tácita para hacer otra cosa.

Algo en la forma en que sus ojos penetraban a través de la oscuridad de la noche hasta mi me hizo arder por dentro, despertándome completamente de mi letargo. Sin comprender del todo el sentimiento, me encontré derritiéndome bajo su mirada, dispuesta a hacer cualquier cosa que me pidiera. El potente fuego se convirtió en una fuente caliente de deseo en nanosegundos, que dejó mi ropa interior empapada. Desapareció demasiado pronto de mi vista, dejándome más confusa ―y excitada― de lo que jamás me había sentido en mi vida. Así que, por primera vez en mucho tiempo, me acurruqué bajo las mantas y me complací antes de dormir, mojando las sábanas debajo de mí cuando me corrí y permitiéndome imaginar la cara del apuesto desconocido que bajaba a limpiar el desastre que había entre mis piernas.

A la mañana siguiente, me desperté sintiéndome culpable en mil tonos. Pero cuando volvió la noche, el recuerdo de sus ojos mirándome fijamente a través de la oscuridad regresó como un cometa violento, reduciéndome a la nada. Antes de darme cuenta, estaba de nuevo bajo las mantas, mordiendo con fuerza las almohadas mientras mis orgasmos me inundaban, esperando en silencio que Angela no oyera mis jadeos ahogados. Al día siguiente, cometí el delicioso error de volver a mirar por la ventana cuando se hizo de noche. Y allí estaba él, tal como yo esperaba: enviándome deliciosas dagas con los ojos.

Me di cuenta de que podía tener un problema reales cuando mis actividades frugales se convirtieron en un ritual nocturno cotidiano. Lo único en lo que pensaba mientras tomaba apuntes durante mis clases matinales era en él. El desconocido divino de la puerta de al lado, cuyo nombre seguía siendo un misterio para mí. El desconocido que aparentemente podía llevarme al clímax con sólo mirar en mi dirección. Se había apoderado de mis sentidos y apenas podía hacer nada para evitarlo. Mientras Angela contaba los acontecimientos de su día, yo sólo deseaba que la noche llegara más rápido, para poder encerrarme en mi habitación y llegar al clímax en silencio hasta sueñolandia.

Una parte de mí era consciente de lo ridículo que resultaba todo aquello. Hacía tan sólo unos meses, estaba intentando explicarle a Angela que definitivamente no estaba interesada en volver a tener relaciones sexuales a corto plazo, ―no después de que Jacob me había lastimado por completo las pocas veces que habíamos intentado hacerlo―. Por supuesto, esos pocos malos intentos de sexo no eran la única razón por la que había tenido que romper con él, pero desde luego no habían ayudado cuando se añadieron a la balanza de cosas que nunca habrían funcionado entre nosotros.

Pero no me atrevía a reflexionar sobre lo que ahora me parecía una parte tan insignificante de mi pasado. Porque, por alguna retorcida razón, todo mi centro de gravedad se había desplazado en dirección a un hombre que ni siquiera conocía. No podía evitar preguntarme cuál era su ocupación. Tal vez era un traficante de drogas, eso podría explicar sus salidas nocturnas. Pero, por otra parte, no tenía exactamente ese aspecto. Al fin y al cabo, los traficantes de drogas no deben parecer recién salidos de un set de Hollywood.

O tal vez le gustaba el ambiente nocturno de Port Angeles; eso podría explicar la chaqueta de cuero negro que siempre llevaba puesta cuando salía de la casa alquilada. O… tenía novia y le hacía visitas nocturnas. Este pensamiento me preocupó y me entristeció al mismo tiempo. Si había estado fantaseando con un hombre que ya estaba tomado, me había equivocado. Pero en el fondo, odiaba la idea de que ya perteneciera a otra persona, por muy irracional que fuera ese pensamiento.

Consciente de que esa no era forma de vivir, decidí enfrentarme a él. Me había costado más de un mes de dolorosos debate, pero viendo que no iba a ir a ninguna parte a corto plazo, reuní el valor suficiente para acercarme a su puerta y llamar. Con Angela visitando a sus padres en Forks, como hacía todos los fines de semana, ni siquiera tuve que inventarme una explicación descabellada para mi gesto. Simplemente cogí una pequeña taza de la encimera de la cocina y me dirigí a mi destino, sintiendo que mi plan de pedirle azúcar podía ser un poco demasiado irónico, pero también resignándome al hecho de que era mi mejor oportunidad de al menos ver al desconocido de cerca.

Pero no contestó. Y supe con certeza que estaba en casa, ya que apenas unas horas después, salió de su casa despreocupadamente, arriesgándose a echar un vistazo hacia la mía. Maldito bastardo. Eso no me impidió volver a ponerme cachonda cuando cayó la noche, pero me negué a permitirme ir allí después de la forma en que me habían ignorado. Y fracasé, pero esa era otra historia.

Pero no me eché atrás, ni siquiera cuando mis mejores instintos y mi dignidad me gritaban que lo dejara estar. Pero era domingo y Angela no volvía hasta el lunes por la mañana y yo ya había terminado todas las tareas del día. Me venía bien una distracción.

Esta vez, esperé hasta que el sol desapareció del cielo. El corazón me latía tan fuerte que apenas podía concentrarme en mantener una línea recta mientras me dirigía a su puerta. Llamé a regañadientes, rezando para no volver a hacer el ridículo. No contestó de inmediato. Empezaba a perder la esperanza mientras contaba los segundos en mi cabeza. Pero, para mi sorpresa, el sonido de una cerradura al abrirse resonó en el aire y la puerta se abrió.

Y allí estaba, en todo su esplendor. Vestido con una camiseta blanca y un pantalón de chándal negro, el desconocido estaba obviamente listo para otra noche de juerga. La forma en que las telas se ceñían a lo que podía suponer que era un cuerpo injustamente perfecto y esculpido hizo que mi mente entrara en frenesí, haciéndome olvidar momentáneamente lo que fuera que se suponía que tenía que decir. Me costó apartar los ojos de los planos ocultos de su pecho, pero había que hacerlo. Sus ojos fueron lo primero en lo que me fijé: negros como el azabache, pero algo no encajaba. Sin embargo, enseguida me distraje con otras cosas, como el afilado contorno de su mandíbula apretada o la inesperada carnosidad de sus labios, una carnosidad en la que nunca me había fijado desde lejos.

―¿Sí? ―me dijo en un tono uniforme.

Su voz era de terciopelo, rociada de miel. No me ayudó a recuperar la razón.

―Hola ―murmuré sin fuerzas.

―Hola, señorita.

Piensa, piensa, piensa. ¿Por qué estaba aquí otra vez? Bajé la mirada, fijándome en la taza que tenía en las manos. Azúcar, sí. Un paso a la vez. Podía hacerlo.

―Vivo al lado ―expliqué, haciendo un verdadero esfuerzo por no tartamudear―. Me preguntaba si te sobraría algo de azúcar... la mía se acabó.

―Esto es un Airbnb, ¿qué te hace pensar que tendría azúcar por ahí?

El tono neutro que había utilizado antes desapareció, dejando espacio para que el hielo se filtrara dentro de su voz. Por razones que estaban completamente fuera de mi control, esto hizo que mis huesos se derritieran.

―Me he dado cuenta de que llevas un tiempo aquí ―dije, decidiendo que no era el momento de ponerme tímida, al menos de cara al exterior.

―Y de todos tus vecinos de toda la vida, se te ocurrió preguntarme a mí ―suspiró, y no pude decir si estaba molesto o decepcionado―. ¿Cómo te llamas?

―Bella… quiero decir Isabella Swan.

―Te diré una cosa, Isabella. Has venido a la casa equivocada.

Noté que sus manos se habían cerrado en puños al pronunciar mi nombre. Me pregunté qué sentiría si se apretaran alrededor de mis caderas.

―Así que la próxima vez que busques azúcar, sal, harina o lo que sea que te falte en la cocina, no dudes en saltarte mi puerta.

Sus palabras me congelaron en el sitio, más frías que el Polo Norte. No podía recordar el comentario atrevido que había intentado conjurar, porque él ya había cerrado la puerta, dejándome allí, sin más explicaciones. Entonces me di cuenta: Ni siquiera sabía su nombre.

Sentí que me ardía la cara de vergüenza mientras cruzaba la calle y volvía al interior de mi casa. Esa noche me negué a mirar por la ventana para ver si estaba en su sitio habitual. La vergüenza persistió y me acompañó durante toda la cena y mi larga ducha. Pero no era la vergüenza lo que me molestaba. Era el hecho de que las llamas en la boca de mi estómago no se habían apagado junto con las glaciales palabras del desconocido, como deberían haberlo hecho. En todo caso, se habían multiplicado, hasta el punto de que mi cerebro parecía dispuesto a olvidar por completo la vergüenza de antes.

Aquella noche soñé con las manos del desconocido apretándome la garganta y su voz aterciopelada describiéndome con calma ―pero con frialdad― todas las formas en que iba a tomarme.

Cuando me desperté en mitad de la noche, cubierta por un fino velo de sudor, la solución a mis problemas me pareció más sencilla que nunca. Dormí como un bebé el resto de la noche, segura de que dentro de casi una semana, mi molesto y grosero vecino ya no tendría nombre.


Hola

¿Cómo ven a este Edward como vecino?

Este como pueden ver es un Edward vampiro. No muy amable que digamos.

Espero les guste mucho la historia, habrá muchas escena para mayores de edad así que lean bajo su propio riesgo.

Espero sus comentarios que son mi única paga, gracias por tomarse unos momentos más para dejarlo.

Saludos.

P.D. para adelantos en mi grupo de Facebook Fics IsisJanet