Aclaración: La historia original pertenece a la maravillosa NightBloomingPeony, yo solo la traduzco con su permiso. Los personajes son de Stephenie Meyer.

Thanks Bianca for allowing me to translate it.

Nota: contiene escenas sexuales, por ellos es clasificación M.


The Devil Next Door

Capítulo 2. Spice

POV Edward

La mayoría de las noches, el ardor en mi pecho significaba dos cosas simples: Ansiaba coger, pero también drenar a la dulce e inocente Isabella, cuyos pensamientos parecían estar bajo llave. Nunca era ni una cosa ni la otra, excepto cuando escuchaba los delicados sonidos de sus orgasmos justo antes de que se durmiera. Esos eran los momentos en los que el primer antojo superaba al otro. ¿Y qué podía hacer yo? Con sus largos mechones caoba ―que suplicaban que tirara de ellos― su trasero redondo e insolente ―que casi pedía que la azotara― sus labios asimétricos ―perfectamente esculpidos para encajar alrededor de mi pene― nunca había tenido ninguna oportunidad, ni siquiera cuando seguía negando mis necesidades.

No sólo una vez me había dolido saber qué era lo que la ponía tan irritada, tan rápido. Me di cuenta de que su mal humor había empezado la noche en que unos gatos callejeros volcaron una papelera. Abrió la ventana para comprobarlo unos segundos después de que yo abriera la mía, para que entrara un poco de brisa nocturna. Y fue entonces cuando me di cuenta por primera vez: el cálido aire de junio me trajo su olor al instante, rompiendo todas mis barreras con su potencia. Era tan espeso y almibarado que casi podía saborearlo en la lengua, a pesar de la distancia. Me quedé congelado durante un largo rato, debatiéndome entre saltar y acercarme a su dormitorio para sellar su destino y saciar mi hambre, o quedarme allí y esperar a mi próxima salida de caza.

Pero entonces sus mejillas se inundaron de más sangre, un delicioso rubor pintó su rostro mientras miraba a través de la oscuridad, y comprendí que mi dilema no tenía una solución sencilla. Me alejé de la ventana, en un intento de recuperar el control de mi razón. No habían pasado ni tres minutos desde aquel encuentro tan peculiar cuando la oí: un suave suspiro al principio. Luego un jadeo lleno de anhelo tácito. Luego el sonido casi imperceptible de sus dedos rozando algo húmedo. Luego los gemidos. Una y otra vez. Hasta que volvió a suspirar y se quedó profundamente dormida. Me quedé de pie en medio de la habitación, paralizado, dándome cuenta poco a poco de que mi pene estaba duro como una piedra, en posición de firmes. Me negué a hacer nada al respecto; después de todo, ella no era más que una insignificante mortal que no merecía mi atención. Si de verdad quería desahogarme, siempre me quedaba Tanya, aunque hacía casi una década que no la llamaba, así que probablemente no fuera la idea más sabia.

Al día siguiente, salí a cazar por el centro, así que no tenía ni idea de lo que había pasado en mi ausencia. Pero dos noches más tarde, la chica se asomó a la ventana y nuestras miradas volvieron a cruzarse, ya pasada la medianoche, y la historia se repitió. Tuve otra oportunidad de escuchar su pequeño espectáculo erótico pocos minutos después de que desapareciera de la ventana. Luché contra el instinto de excitación con todas mis fuerzas, intentando recordarme a mí mismo que ella no era más que una humana molesta y deliciosa, a la que le gustaba mirar por la ventana de noche. Pero para cuando salió el sol, ya había imaginado cien escenarios diferentes en los que podría haberla poseído. Todos perversos, la mayoría terminando con ella sin sangre.

Y todas me hacían venirme en gruesos torrentes de veneno sobre las paredes de cristal de la ducha.

Nunca había pensado quedarme aquí más de dos semanas, pero aquella segunda noche selló mi destino. La chica «Bella», como me había enterado al vislumbrar sus conversaciones con su compañera de piso, parecía que sólo salía de casa para asistir a sus clases en el Peninsula College, visitar la biblioteca cercana o hacer las compras. Según mis observaciones, no había nada intermedio. Y por Dios, ya habría encontrado alguna razón para insinuarme en su vida sin incidentes, pero me gustaba creer que aún me quedaba algo de sentido común, el suficiente para no cometer un error tan idiota.

El día que llamó a mi puerta había sido una sorpresa. Sábado, a mediodía, justo cuando el maldito sol brillaba en todo su esplendor. Ignoré la llamada, agradecido por tener una excusa suficiente para mantenerme alejado de ella. Pero su narcótico aroma permaneció en el aire mucho después de que ella se rindiera y volviera a casa, haciendo que mi garganta estallara de dolor. Salí a cazar en cuanto tuve ocasión. Pero al día siguiente... Bella volvió a llamar. Esta vez a la hora del atardecer.

Y en cuanto tuve los contactos puestos, la atendí… para dejar las cosas claras con ella, claro. Pero verla de cerca hacía las cosas más difíciles en todos los frentes. Por un lado, estaba el delicioso aroma que emanaba de sus poros en gruesas oleadas, haciéndola perfectamente comestible. Por otro, la forma en que su ajustada camisola se pegaba a sus recatadas curvas la hacía parecer tan ridículamente apetecible, que mi pene se levantó de inmediato, suplicando atención inmediata.

Supuse que la rudeza era mi mejor apuesta para mantener a la chica alejada de la amenaza inminente de quién era yo, porque mordería, sin hacer preguntas, si tenía una oportunidad adecuada. Como sus pensamientos no revelaban nada, no tenía ni idea de si mi plan había funcionado. Lo único que sabía era que, cuando cerré la puerta, sus mejillas estaban pintadas con el tono rojo más delicioso que jamás había visto. Esa noche, se fue a dormir sin sucumbir a su ritual nocturno. La oí revolverse en la cama hasta altas horas de la madrugada y luego, por alguna razón, se calmó lo suficiente como para dormir bien.

Esa debería haber sido mi señal para marcharme y no volver a este pequeño rincón del mundo hasta que hubiera pasado al menos medio siglo. Pero mi curiosidad me mantuvo cautivo más tiempo, más allá de mi control. Cuando le dije a Arlene, mi anfitriona, que prolongaría mi estancia una semana más, no pareció importarle. A lo largo de esa semana, había esperado que Bella al menos le contara a su compañera de piso lo que había pasado cuando ella no estaba. En cambio, ni siquiera me mencionó. Además, mantuvo las cortinas cerradas y no volvió a asomarse por la ventana. Y lo que era aún más extraño, parecía haber abandonado por completo sus actividades nocturnas. No me di cuenta de cuánto ansiaba oír sus suaves gemidos hasta que las noches se volvieron inquietantemente silenciosas.

Cuando llegó el fin de semana, estaba convencido de que había decidido olvidarme. No era de extrañar, los seres humanos sólo podían concentrarse en algo o en alguien durante un tiempo. Además, si tenía dignidad, no tenía ningún motivo para mirarme después de cómo me había comportado.

Cuando salí a cazar el sábado por la noche, lo último que esperaba era que esas dos convicciones se hicieran añicos.

Al principio pensé que estaba alucinando; parecía la opción más razonable cuando oí pasos, pero no pensamientos, procedentes de trescientos pies detrás de mí. No tuve que darme la vuelta para ver de quién se trataba; el viento que llevaba el hipnotizante aroma hacia mí era suficiente. Pero, ¿qué estaba haciendo? ¿Saliendo? Nunca salía a estas horas, si nos ateníamos a su horario. A menos… que hubiera quedado con alguien.

Estaba fascinado y preocupado a la vez: Port Angeles no siempre era el lugar más amigable para una joven que caminaba sola de noche. Casi quise darme la vuelta y ofrecerme a acompañarla al lugar al que se dirigiera, pero eso habría sido demasiado llamativo. En lugar de eso, seguí caminando en línea recta, girando sólo a la izquierda o a la derecha cuando el camino se bifurcaba. Esperaba que, en algún momento, el camino de Bella se desviara del mío para poder dar la vuelta y seguirla, sólo para asegurarme de que estaba a salvo. Pero su camino nunca se desvió.

Cuando yo giraba a la izquierda, ella giraba a la izquierda. Cuando yo giraba a la derecha, ella giraba a la derecha. Cuando reducía la velocidad, ella también. Cuando me detuve para comprobar mi reloj, ella se detuvo. Y así fue como caí en la cuenta: la pequeña zorra me estaba siguiendo. Intrigado, decidí seguirle la corriente.

Otra media hora de caminar y girar para ver qué hacía a continuación no me llevó a ninguna parte. Preguntándome hasta dónde llegaría en su búsqueda, giré a la derecha entre dos edificios de viviendas, me apreté en el estrecho espacio que quedaba entre ellos y esperé. Y quienquiera que dijera que lo bueno se hace esperar tenía razón, porque pocos minutos después, Bella se detuvo, entrecerrando los ojos en la oscuridad del pasadizo. Sentí que el veneno me inundaba la boca en cuanto su fragancia hizo acto de presencia en el aire, pero me lo tragué de inmediato para poder hablar con propiedad. Tal vez así aprendiera a caminar sola de noche.

―¿Te has perdido, Isabella?

Se levantó de un salto y jadeó, casi como si no esperara que mi voz surgiera de la oscuridad. Me adelanté para que la luz de las farolas me llegara a la cara. En lugar de retroceder al ver mis ojos oscuros ―la reacción que se supone que debería tener cualquier ser humano en su sano juicio― sus ojos se abrieron de par en par, olvidando al parecer que debía decir algo a cambio.

―Me estás siguiendo ―dije, sin dejar lugar a la contradicción.

La forma en que se mordió el labio despertó mi otra sed al instante. No ayudó el hecho de que su camisa fuera lo suficientemente fina como para dejar entrever el encaje negro de su sujetador. Carajo, no. No se me iba a poner duro sólo por ver la maldita tela de un sujetador. Yo era mejor que eso.

Pero, de nuevo, tal vez no lo era, ya que la cremallera de mis vaqueros estaba a punto de estallar.

―Lo estaba ―admitió.

―No fue la idea más inteligente, ¿no crees?

Mientras esperaba una respuesta, no pude evitar notar lo errático de su pulso, incluso más que el día que hablamos por primera vez. Junto con sus pupilas dilatadas, no tardé en reconocer el sentimiento que había detrás de sus acciones: excitación. Lo había visto antes en mujeres, tanto humanas como vampiras. Y aunque Tanya había sido la única con la que yo había saciado esa excitación, cuando aún viajábamos juntos, esto era diferente. Había algo más, algo que no podía precisar con exactitud, en la excitación de Bella, que la hacía sentir más genuina.

―Me preguntaba qué estabas haciendo ―me dijo.

Levanté una ceja en señal de sospecha.

―¿Qué hacía?

―Sí, siempre sales por la noche. Pero sólo una vez a la semana.

Oh. No es lo que esperaba. Maldita sea su mente inalcanzable.

―¿Por qué tanta curiosidad? ―pregunté.

Ella se encogió de hombros, apartando la mirada justo cuando empezó a sonrojarse.

―¿Me has seguido hasta aquí y ahora no quieres hablar?

―Quizá fue una mala idea.

Dio un paso atrás, pero en realidad no parecía dispuesta a irse todavía. Tal vez podría aprovecharme de su indecisión, aunque sólo fuera un poco. Y tal vez… podría mantener ese rubor, si decía las cosas correctas. Extendí la mano para agarrar su muñeca, acercándola un paso más a mí. Las llamas me envolvieron, abrasadoras y despiadadas. Maldita sea, la deseaba de tantas maneras…

―Creí que te habías dado cuenta cuando llamaste a mi puerta ―dije―. Pero parece que eres testaruda.

―Sólo pensé… contigo mirando por tu ventana… hacia mí… varias noches seguidas…

―Me das la impresión de que o te aburres como una ostra o eres una adicta a la adrenalina.

Sólo bromeaba a medias, y también rezaba para que fuera lo segundo.

―No es exactamente la adrenalina lo que busco… ―murmuró.

A juzgar por la forma en que el aroma de la excitación parecía competir con la fascinante esencia de su sangre, no era de extrañar. Me sentí como si estuviera a unos minutos de hacer algo terriblemente imprudente, como inmovilizarla contra la pared, cogérmela en la oscuridad y dejarla seca. En ese mismo orden.

―Hmmm, yo tampoco creo que sea adrenalina ―sonreí, arrastrándola entre los edificios, para que pudiéramos estar cara a cara―. A ver… ¿tienes miedo ahora mismo?

―No ―soltó con voz temblorosa, apoyándose en el muro de hormigón que tenía detrás.

―¿Entonces alarmada?

―No.

―¿Un poco aterrorizada? ―La presioné.

―No.

―Seguro que al menos estás agitada.

―No ―insistió.

―¿Angustiada?

―No.

―¿Excitada?

―Sí.

Sus ojos se abrieron de par en par cuando se dio cuenta de lo que acababa de decir, y yo sonreí. Las cosas estaban tomando un cariz bastante agradable, pero me sentí un poco mal por jugar con la que podría ser la presa más fácil. No estaba siendo justo.

Inhalando su delirante olor ―sangre y humedad y calor― decidí que no podían importarme los blancos y negros de mi brújula moral. Esta noche, quería que mi mundo fuera completamente gris. Con eso en mente, dejé que mis manos se posaran en su cintura mientras me acercaba, hasta que nuestros cuerpos se apretaron. Era consciente de que ahora ella podía sentir mi erección presionando su vientre, pero no me importaba: se merecía saber lo que me estaba haciendo.

―Sí, te miro todas las noches ―dije, sintiéndome liberado sólo por pronunciar estas palabras en voz alta―. Igual que tú me miras a mí.

―¿Por qué?

―Porque me incitas. Te miro… y lo único que pasa por mi mente es cómo poseerte.

El temblor de su respiración se combinó fantásticamente con las demás respuestas de su cuerpo: la sangre inundando sus puntos de pulso, los labios entreabiertos, los latidos acelerados. Me estreché contra ella, deseando descubrir lo mojada que estaba bajo las capas de ropa. Deseando ver si sabía tan seductora como olía.

―¿Aquí? ―consiguió decir.

―Aquí. En tu habitación. En mi habitación. Podría tomarte en muchos sitios, si tuviera la oportunidad.

Su pequeño grito de sorpresa me hizo ponerme cada vez más duro contra su cuerpo y lo único que me detuvo fueron los pensamientos de un grupo de fiesteros que se acercaban a pocos metros de distancia. Bueno, eso y el hecho de que la situación se me estaba yendo de las manos más rápido que un tren de mercancías.

―Pero tú no eres de esas, ¿verdad? ―Continué, canalizando mi atención en su cara, lejos de esas tentadoras curvas, lejos de ese delicioso cuello.

―¿Qué quieres decir?

―El tipo que aceptaría ir a casa de un extraño... así como así.

―Dime tu nombre entonces.

No pude evitar reírme, como si saber mi nombre hubiera cambiado algo. Pero era justo compartirlo. Después de todo, yo sabía el suyo.

―Me llamo Edward Masen ―dije, subiendo más las manos, peligrosamente cerca de sus pechos. Sentí los latidos de su corazón acelerarse justo bajo mi palma.

―Un placer conocerte, Edward.

―Oh, lo será ―sonreí.

Sus dedos se deslizaron por el pequeño espacio entre dos botones, por debajo de mi camisa, calientes como un incendio contra mi piel. La sensación me hizo girar la cabeza, y por un segundo casi olvidé que se suponía que al menos debería temblar un poco por la diferencia de temperatura. Pero no lo hizo.

―¿Qué me vas a hacer?

―Hmmm, aún no lo he decidido ―respondí.

Las dos posibilidades eran igualmente deseables. Cogérmela y bebérmela hasta el último aliento, sin ataduras al trato. O cogérmela, dejarla dormir y cogérmela un poco más a la mañana siguiente.

―¿Por qué no? ―susurró, justo cuando dejé que una mano subiera, rozando ligeramente la atractiva carne de sus pechos, hasta llegar a su cuello. La forma en que su sangre bailaba bajo mi palma… tan fácil de alcanzar…

―Porque podría hacerte daño… y no estoy seguro de que eso sea algo que te guste.

Eso debería haber bastado para hacerle comprender que tal vez era mejor marcharse. En lugar de eso, gimió suavemente justo cuando mi mano se aferró a su cuello, y el aroma de su excitación casi dominó la savia de sus venas.

―Llévame a tu casa ―decidió.

Bendita sea su inocencia humana. Acaricié su cara con la palma de la mano, muriéndome por saber cómo su cerebro escuchó las palabras «podría hacerte daño» y tomó una decisión tan peligrosa.

―¿Qué crees que va a pasar exactamente cuando volvamos a mi casa?

―Uhm… bueno… ―su voz temblaba al hablar― dijiste que me tomarías… pero que también podrías hacerme daño.

―Sí.

―Entonces supongo… que te va… ya sabes… el bondage… o las cosas sádicas. ¿O ambas?

Mi mano se congeló en su mejilla.

―¿Bondage? ―repetí, bastante desconcertado por su suposición. No es que no hubiera probado esas cosas antes ―era inevitable cuando se vivía durante más de un siglo―, es que ella parecía… demasiado blanda para cualquiera de esas cosas. Pero la idea empezó a volver loca mi imaginación antes de que pudiera hacer algo al respecto. Bella atada… a mi merced… sin posibilidad a la vista de moverse. Maldita sea, las cosas que podría hacer entonces. ¿Qué me impediría arruinarle el cuello si ella ni siquiera podía protestar? Se me llenó la boca de veneno al pensarlo.

No, concéntrate. Podía controlarme. Aunque oliera como todos mis sueños y pesadillas hechos realidad a la vez.

―¿No es eso lo que querías decir?

―Lo es ―sonreí, nuevas posibilidades desentrañándose en mi mente. Había un rollo de cinta aislante en el salón. Y cordones en los albornoces que me había regalado Arlene. Y al cinturón de mis vaqueros le vendría bien un mejor uso que le estaba dando. Y sólo Dios sabía lo que podría venir después―. Bondage y cosas sádicas es exactamente lo que quería decir.

Su respiración se entrecortó cuando mi mano se dirigió a su nuca, apretando la frágil carne con cuidado. Cerró los ojos cuando me incliné hacia ella, aspirando todo lo que me ofrecía.

―Nunca había hecho algo así ―susurró.

―Hay un comienzo para todo.

Observé cómo temblaban sus labios a medida que me acercaba. Si el Cielo y el Infierno existían, estábamos a punto de probar ambos. El árbol del conocimiento del bien y del mal nunca había estado tan al alcance como ahora. No tenía ni idea de por qué Eva había elegido caer presa, pero podía entender perfectamente por qué el Diablo había elegido atraerla específicamente a ella.

Y así, nuestras bocas se encontraron. Suavemente. Fuego sobre hielo. Luego más feroz, cuando el calor quemó el frío, reduciéndolo a la nada.

Bella jadeó, su boca se abrió bajo el contacto y su lengua buscó la mía, en un intento irresistible de profundizar la conexión. Gemí y la acerqué por instinto, olvidándome momentáneamente de mi otra sed. Era tan suave y cálida y estaba lista para ser tomada y no podía comprender cómo había vivido tanto tiempo sin esto. Mientras intentaba encontrar una respuesta, sentí sus manos en mi pelo, tirando y jalando con rapacidad. Con cuidado, tomé cada muñeca entre mis manos y las llevé a su espalda. Será mejor que empecemos pronto con los juegos.

Sentir la falta de resistencia me recordó lo fácil que sería alimentarme de ella, aquí mismo. Tal vez había formas de evitar mi hambre.

―Quiero que elijas tu palabra de seguridad ―murmuré, convencido de que ésta era una de esas formas―. Ahora.

Tartamudeó unos segundos, pero al final consiguió decirlo:

―Azúcar.

Me eché hacia atrás, enarcando una ceja ante su pequeña referencia irónica. El rubor que invadió sus mejillas fue más que agradable de observar. Se me hacía la boca agua, si tenía que ser sincero. Planeaba ser el causante varias veces esta noche.

―Azúcar será ―acepté―. Dilo si es demasiado.

Ella asintió con entusiasmo, pero en el fondo yo rezaba por no oír nunca esa maldita palabra.


Hola

Debía subir ayer este capítulo, sin embargo la vida familiar me atrapo de más y ya no pude actualizar.

Y queda demostrado que Bella nunca tiene sentido de la supervivencia frente a Edward, la pobre de va a dejar

Gracias por sus comentarios a: mrs puff, lolitanabo, Annalau, Anon1901, Guest, Dess Cullen, twilight-love1694, EriCastelo, Pelu02, karinaarocha815, Mapi13, jacke94, flortran09, Lizzye Masen, Cristal82, Car Cullen Stewart Pattinson y Cary.

Espero sus comentarios del capítulo, son mi única paga, gracias por tomarse unos momentos más para dejarlo.

Saludos.

P.D. para adelantos en mi grupo de Facebook Fics IsisJanet, habrá uno a media semana.