Aclaración: La historia original pertenece a la maravillosa NightBloomingPeony, yo solo la traduzco con su permiso. Los personajes son de Stephenie Meyer.

Thanks Bianca for allowing me to translate it.

Nota: contiene escenas sexuales, por ellos es clasificación M.


The Devil Next Door

Capítulo 7. Late Morning

POV Bella

Me pregunté de pasada si la recepcionista podría oír mis pensamientos. Había estado demasiado ocupada mirando a Edward, y no podía culparla, pero me dirigió una mirada justo antes de entregarle las llaves, levantando una ceja cómplice. Volví a sonrojarme, porque juraría que ella lo sabía. Sabía que estábamos aquí para coger, aunque él hubiera pagado una estancia de siete días, para que las cosas fueran menos obvias.

Pero mis cavilaciones paranoicas se disiparon en cuanto Edward y yo entramos en el ascensor. Con el lujo de estar solos, no perdió el tiempo. Me empujó contra el espejo, manteniendo una mano en la nuca, y su boca estaba sobre la mía antes de que se cerraran las puertas, hambrienta y exigente. No tuve tiempo de sorprenderme, sólo de reaccionar. Mis dedos se enredaron en su pelo, mis labios se abrieron para recibir más de él y mi respiración entrecortada delató lo mucho que afectaba a mi juicio. No era nuestro primer beso, pero sí el primero después de mucho tiempo, y me di cuenta de que, por la razón que fuera, la espera también había sido dura para él. Era como si intentara con todas sus fuerzas ser amable, pero no podía, ya que cada una de sus reacciones estaba impregnada de un ardor casi violento.

Mientras tanto, las mariposas de mi estómago estaban dando un maldito festival.

Todavía estaba agarrada con fuerza a su chaqueta cuando se abrieron las puertas. En realidad no nos separamos. Edward me levantó en brazos, como si el peso de la mochila que llevaba sobre los hombros no fuera nada, y nos acompañó por el pasillo a toda prisa. No tuve oportunidad de analizar bien lo que nos rodeaba, porque estaba demasiado ocupada respondiendo a sus fervientes besos y tocando cada parte de él que podía. Estaba más frío de lo que recordaba; tal vez la tormenta de nieve lo había puesto así. Pero no importaba, porque yo estaba ardiendo y necesitaba refrescarme.

A través de la niebla, fui ligeramente consciente de que una puerta se había abierto y cerrado, y que ya no estábamos en el pasillo. Siguió la oscuridad y luego la luz. Sólo llegué a ver los ojos de Edward ―negros, de fuego ardiente― durante una fracción de segundo antes de que se lanzara de nuevo a besarme, mientras sus manos trabajaban para quitarme la ropa con una rapidez aterradora. Intenté hacer lo mismo, con él, pero sólo conseguí deshacerme de su chaqueta antes de que me detuviera, inmovilizándome contra la pared. En ese momento, sólo llevaba puesta la ropa interior y, lamentablemente, no combinaba en absoluto. Si hubiera sabido esta mañana que mi día iba a dar un giro tan increíblemente inesperado, me habría esforzado de verdad.

Sus palabras del restaurante seguían dando vueltas en mi cerebro. Una parte de mí intentaba objetivamente encontrar razones para estar asustada. Era una reacción esperable, teniendo en cuenta su confesión. Pero el resto de mí sentía una sensación de seguridad tan profunda que casi me derretía los huesos. No quería huir. Edward no iba a hacerme daño ―la certeza de este hecho era sólida, real, reconfortante. Aquellas manos que ahora lo acariciaban todo a su paso no podían causar dolor― a menos que estuviera justificado y fuera deseado. Sin embargo, había incertidumbre en la forma en que redescubrían mi cuerpo, casi como si aún estuviera debatiéndose sobre lo que quería hacer a continuación.

―Quería ir despacio contigo ―murmuró, pero sus manos vagabundas no me ayudaban mucho a pensar con claridad―. Pero no creo que pueda hacerlo. Ahora mismo no.

―Nunca dije que quería ir despacio.

Quería que supiera que lo decía en serio, porque ¿cómo iba a querer ir despacio con este hombre? Después de mis infructuosas búsquedas, lo que estaba sucediendo ahora era una bendición. Una bendición que necesitaba ahora y rápido. Esperando que captara la indirecta, me coloqué entre nosotros y presioné con valentía la enorme dureza de sus vaqueros.

Su gemido encendió cada átomo de mi cuerpo.

―Dios, ¿qué te pasa, Bella?

―Cógeme como la última vez, por favor.

Casi no me reconocía: le estaba suplicando que me violara. La parte de mí que debía sentir vergüenza parecía haber fallado. Por otra parte, no era la primera vez que se lo pedía.

Y si me lo permitía, tampoco sería la última vez.

Mis palabras parecieron desatar algo en Edward, porque al momento siguiente gruñó y me dio la vuelta, con la cara contra la pared. Me había perdido el momento en que se deshizo de mi ropa interior, pero juraría que había oído ruidos de desgarro. Una de sus manos voló para acariciarme con fuerza el pecho izquierdo, mientras la otra viajaba entre mis piernas, donde se acumulaba mi humedad.

―Todo esto para mí… ―me murmuró al oído, mientras empezaba a acariciarme el clítoris.

Me temblaban las rodillas, no estaba preparada para el frescor divino de sus dedos. Empujé el trasero hacia atrás, necesitando más. En respuesta, él empujó sus caderas hacia delante, embistiendo su erección con fuerza contra mi trasero. Quise gemir cuando su mano dejó en paz mi pecho, pero en cuanto me di cuenta de que sólo lo había hecho para poder liberarse de sus vaqueros, cerré la boca. Su pene me presionó la espalda y me puse de puntillas para sentirlo mejor.

―Por favor, te quiero dentro ―susurré.

―Claro que me quieres dentro, abre más las piernas.

La voz de Edward tenía un marcado tono afilado; si se suponía que debía infundirme miedo, hizo todo lo contrario. Sentí que me mojaba cada vez más mientras separaba los muslos para que él pudiera acceder perfectamente. Se introdujo, gimiendo con fuerza cuando mi vagina se estiró para recibir su gruesa cabeza. Su gemido se mezcló con mi largo gemido y, de repente, lo único que sabía era que necesitaba más de él. Deprisa.

Empujé el trasero hacia atrás para que entrara más, y el movimiento nos tomó a los dos por sorpresa. Me dolía, pero no me importaba. El exquisito deseo de que me llenara, de sentir cómo me dilataba sin ningún tipo de piedad, superaba cualquier otra cosa. Su advertencia llegó al instante.

―Tranquila, cariño, te vas a hacer daño.

Me agarró de las caderas y me sujetó con una fuerza antinatural. Luego, con esa calma suya que me volvía loca, empezó a deslizarse lentamente, centímetro a centímetro, agonizantemente placentero. Le oí maldecir cuando ya había entrado del todo y recé para que su autocontrol desapareciera por completo. Me arriesgué a mirar a Edward y me di cuenta de que tenía la mandíbula apretada y los ojos clavados en los míos.

Aquello pareció excitarle.

Empezó a moverse, con un ritmo que contradecía completamente sus palabras anteriores. No se precipitaba, pero Dios mío, lo estaba dando todo: duro, feroz y apasionado, así era como me tomaba. Era demasiado fácil olvidar todo lo demás: cómo se fue, cómo apareció en la estación de tren, lo que me contó de sí mismo. Sólo era capaz de tomar todo lo que me ofrecía, mientras él entraba y salía.

Apenas me di cuenta de que mis pies ya no estaban en el suelo. Sólo estaba sujeta contra la pared por sus manos, pero no había tiempo para preguntarme cómo podía hacer eso manteniendo intacto el delirante ritmo de sus caderas. Era abrumador, y me hizo comprender que estaba peligrosamente cerca de tener mi liberación. Quise posponerlo unos segundos más, aunque sólo fuera porque sería aún más intenso si lo hacía, pero cuando me colocó de nuevo en el suelo y una de sus manos volvió a encontrar mi clítoris, perdí el control.

Me corrí violentamente y grité su nombre en medio de mi éxtasis.

Con los ojos cerrados, juraría que veía un caleidoscopio de colores iluminando el lienzo negro de mis párpados. Edward no interrumpió ni un ápice su flujo y, como consecuencia directa de ello, otro orgasmo empezó a acumularse en mi interior antes incluso de que el primero remitiera. Pero justo cuando mi mundo estaba a punto de deshacerse por segunda vez, él se fue. Ya no estaba dentro de mí. Casi me desplomo en el suelo, por la pérdida, por el placer, si no hubiera sido porque él me atrapó a mitad de camino y me mantuvo firme.

El corazón amenazaba con salírseme del pecho cuando sentí algo en el pelo y a Edward maldiciendo de nuevo. El frío líquido se deslizó por mi espalda y saber que su semen estaba sobre mí me hizo desearlo con una urgencia que casi me dolía. Me costó darme la vuelta, pero lo conseguí. Su cara después del orgasmo era posiblemente la imagen más hermosa que había visto nunca, mejor incluso que su forma desnuda, si es que eso era posible. Sus ojos parecían más cálidos ahora.

―Necesito más de ti ―logré decir.

Sonrió y, más rápido de lo que hubiera sido posible, sus dedos volvieron a introducirse entre mis piernas, frotando en círculos mi palpitante pila de nervios.

―No antes de probar bien tu coño ―decidió, deslizando un largo dedo en el interior y consiguiendo que mi excitación se derramara en su palma en un delicado chorro. Gemí―. Mira cómo fluye para mí…

Edward me guio con cuidado hacia la cama y me senté en ella, observando cómo se desnudaba él mismo. Una vez que las prendas dejaron de cubrir su escultural cuerpo, tuve que hacer un esfuerzo para dejar de contemplar la perfección que tenía delante y volver a mirarle a la cara. El hecho de que siguiera completamente erecto, aunque acabara de correrse en mi pelo, me distrajo más de la cuenta.

―De espaldas ―me ordenó―. Quiero tener mis ojos en tu cara cuando te corras esta vez, Bella.

Escuché su súplica, tumbándome sobre las suaves sábanas y abriendo las piernas, para darle una vista sin restricciones de lo mucho que me estaba afectando.

―Absolutamente hipnotizante ―murmuró, sin reparos por lo evidente de su mirada. Arrodillado en la cama, frente a mí, se inclinó hasta que sus labios se cernieron justo sobre mi clítoris―. ¿Crees que podrás aguantar mi lengua durante una hora?

Me faltaba el aire al hablar. ―Puedo aguantarte toda la noche

―Lo dudo ―sonrió, inclinándose para dar un largo lametón a mi entrada chorreante―. Pero nos divertiremos descubriéndonos, ¿verdad?

No tuve oportunidad de responder. Su boca ya se movía con apasionada vehemencia sobre mí, y perdí de golpe todos mis pensamientos.


Mis ojos se abrieron en la más absoluta oscuridad. Sentía los párpados pesados, el cuerpo dolorido, algunas partes de la piel pegajosas y las sábanas húmedas. Forcé los párpados para luchar contra el cansancio y me di cuenta, a través de la niebla de mi estado medio dormido, de que estaba en medio de la cama, sola. Lo último que recuerdo son unos brazos fuertes que me rodeaban mientras me dormía.

―¿Qué carajo? ―refunfuñé, notando que tenía la garganta un poco inflamada. Aparté las sábanas y me levanté. El movimiento precipitado hizo que la cabeza me diera vueltas y tuve que apoyar la mano en la pared para controlar el mareo. Cuando el vértigo me dejó en paz, caminé a ciegas por la habitación, tropezando con un montón de ropa y sin caerme por arte de magia.

Busqué el interruptor de la luz, golpeando las paredes como una loca, hasta que lo encontré. La luz repentina me hizo daño en los ojos, pero fue un cambio bienvenido. Por fin pude ver bien la habitación por primera vez. Era demasiado lujosa, comparada con los modestos moteles a los que estaba acostumbrada, pero no de una forma evidente. Lo que me llamó la atención fue el estado de la cama. Parecía un poco torcida, o tal vez yo no estaba viendo las cosas correctamente. La mitad de las sábanas estaban en el suelo, mientras que el resto estaban arrugadas en un montón, en el lado derecho de la misma. Fruncí el ceño, intentando recordar cómo había sucedido aquello.

Pero no tenía mucho tiempo para cavilar. Cogí mi ropa del suelo y me apresuré a ponérmela. Sólo conseguí volver a ponerme el jersey cuando oí la puerta que se abría y cerraba detrás de mí. Me di la vuelta y casi se me paró el corazón al ver a Edward allí de pie, con una bandeja llena de comida en la mano y enarcando una ceja al ver mi estado a medio desvestir.

―¿Vas a alguna parte? ―preguntó.

―Pensaba que…

―¿Qué?

―Creía que te habías vuelto a marchar ―admití sin fuerzas.

Su expresión parecía indescifrable mientras caminaba los pocos pasos que nos separaban. Y entonces, como si fuera lo más natural del mundo, se inclinó para presionar sus labios sobre los míos: un beso tranquilo e inocente, distinto a todos los que habíamos compartido. Me sorprendió tanto que sentí que mis mejillas empezaban a arder casi al instante.

―Quería traerte algo de comer ―me explicó, apartándose―. Llevas doce horas durmiendo.

―Estás de broma.

―Son las cinco de la tarde, Bella, puedes comprobarlo por ti misma.

―No, te creo, pero… vaya. Doce horas.

Puso la bandeja sobre la mesa que daba a la cama y me indicó que me acercara. Lo hice, sólo para encontrarme con la mirada pasajera ―y absolutamente aterradora― de mí misma en el espejo. Tenía el pelo revuelto, pero no de la forma encantadora que veía en las películas. Parecía como si un par de mapaches se hubieran refugiado en él y se negaran a abandonarlo, convirtiéndolo en su hogar para siempre. Había varios nudos en su interior, y temía el inevitable momento en que tendría que desenredarlos con un cepillo.

―No estaba seguro de lo que prefieres, así que he pedido un poco de todo ―dijo Edward, ajeno a mi pavor, apartando la silla para que pudiera sentarme.

Intenté pasarme los dedos por el pelo, con la esperanza de que eso me ayudara a darle un aspecto un poco más normal, pero se atascaron en un nudo que se sentía rígido y raro, así que desistí.

―No tenías que hacerlo, pero gracias.

Dejando atrás mis otras preocupaciones, analicé lo que había en la bandeja, dándome cuenta de que nunca había visto una cantidad tan desmesurada de comida en un solo lugar. Tocino, huevos, waffles, papas fritas, cruasanes, sándwiches de mantequilla de cacahuete y mermelada, ensaladas de frutas, salsa de tomate, yogur, pancakes, avena, strudel de manzana y demasiadas opciones para beber, desde zumo de naranja hasta té negro.

―Espero que me acompañes, porque esto es demasiado para una sola persona ―me reí, segundos antes de darme cuenta de que sólo había un juego de utensilios―. Me acompañarás, ¿verdad?

Él también se rió, pero el sonido era nervioso. Se sentó en la otra silla de la mesa.

―Ya he comido.

La misma excusa que utilizó en el restaurante. Aunque en realidad no podía culparle: tenía que haber comido ya, teniendo en cuenta lo tarde que era.

―Demasiado… ―Volví a refunfuñar, pero mi estómago se revolvió ruidosamente, así que empecé a comer.

Para mi sorpresa, logré comer un poco más de la mitad del tardío desayuno. No se trataba sólo de que la comida estuviera deliciosa, sino de que tenía mucha más hambre de la que esperaba. Cuando terminé, tuve que excusarme para ir al baño. Después de mi largo sueño, tenía la vejiga llena. Además, tenía que limpiarme los dientes.

Frente al espejo, volví a quedarme petrificada por mi pelo. No tenía ni idea de cómo Edward se las había arreglado para verme así sin estallar en una carcajada histérica, pero agradecía que no lo hubiera hecho. Intenté terminar con mis tareas del baño rápidamente, lo que no me dejó tiempo para ocuparme del desastre que tenía en la cabeza. No estaba segura de por qué me apresuraba; tal vez una parte de mí seguía asustada ante la posibilidad de salir y ver que él ya no estaba.

Pero él seguía allí cuando salí, sentado en la misma silla donde había estado sentado cuando me fui. La única diferencia era que ahora la cama estaba hecha y el resto de mi ropa estaba perfectamente doblada y colocada encima. El alivio que sentí fue tan fuerte que tuve que sentarme unos minutos. Empezaba a ser consciente de que aún no llevaba ropa interior, pero sentía cero pudor después de lo de anoche.

Cuando volví a mirar a Edward, los recuerdos de la noche que pasamos juntos llegaron en un potente diluvio, atacándome desde todos los rincones de mi conciencia.

―Me alegro de que sigas aquí ―le ofrecí.

―Yo también.

―Pero siento haberte hecho perder el día con mi sueño, deberías haberme despertado.

―No me has hecho perder el día en absoluto ―me aseguró, y apoyó una palma helada en mi rodilla―. Necesitabas descansar, no cambiaría nada.

Me moví en mi silla, para acercarme un poco más a él, pero el movimiento me recordó que el dolor seguía ahí, como un recordatorio de todo lo que había ocurrido entre nosotros. Debió notar mi mueca, por lo que dijo a continuación.

―¿Qué te pasa?

―No es nada ―prometí, pero mi voz no sonaba convincente, ni siquiera para mí.

―Bella.

Fue paciente, esperando en silencio a que me explicara. Cuando volví a moverme en la silla, el ligero dolor regresó, y llevé una mano entre mis piernas, presionándola allí, para aliviar la molestia.

―Estoy un poco dolorida ―confesé―. Pero se me pasará.

―A ver.

Si hubiera sido cualquier otro hombre, le habría dicho un «no» rotundo, demasiado consciente de mí misma como para siquiera pensar en hacerlo. Pero no lo era, así que separé las piernas y retiré la mano. Sabía que todavía estaba muy mojada y una parte diabólica de mí quería ver su reacción. Sus dedos se movieron para separar mis labios, y su tacto helado me pareció lo mejor del mundo.

―Parece un poco hinchado ―observó Edward―. Y definitivamente bien cogido.

―Eso es quedarse corto. Podría encontrar una palabra mejor.

Espectacularmente cogida entonces ―sonrió.

―Mejor.

Retiró los dedos y tiró de mí hasta que me senté en su regazo. Sus labios se apretaron contra la parte superior de mi cabeza, aparentemente imperturbable por los nudos rebeldes.

―Deberías decírmelo cuando te duela, Bella. No puedo leerte la mente, ¿sabes?

―Sólo me dolió cuando me desperté, pero merece la pena.

Edward suspiró, y sentí que movía la barbilla mientras sacudía la cabeza detrás de mí. Nos sentamos en silencio durante un rato, y yo no sabía qué pensar de todo esto. ¿Qué se suponía que íbamos a ser ahora? Tenía miedo de preguntar y arruinar el momento. No quería que terminara. Porque estar en sus brazos era lo más parecido a la felicidad completa que había sentido nunca.

―¿Te apetece dar un paseo? ―preguntó al cabo de un rato.

―¿Adónde?

―A cualquier sitio.

La invitación era tan desorientadora como tentadora. Desorientadora, porque prefería el calor de esta habitación. Tentadora, porque incluso más que el calor, quería pasar cada momento con él, nada menos. Y si eso significaba enfrentar el molesto clima, que así fuera.

―Está bien, no veo por qué no.

―Ponte algo de abrigo, no quiero que te congeles ahí fuera.

Más tarde, mientras me cambiaba el jersey por otro mucho más esponjoso, empecé a preguntarme si aceptar su invitación había sido la elección correcta.


Hola

Disculpen el retraso la semana pasada, mi niña tiene actividades nuevas y se me redujo el tiempo.

Y entonces... después de una ducha fría es momento de un paseo… ¿qué creen que vaya a pasar?

Gracias por sus comentarios a: Cassandra Cantu, EriCastelo, Sindey Uchiha Hale Malfoy, mrs puff, lolitanabo, Iza (aquí de nuevo), Lizzye Masen, bbluelilas, Anon1901, Pelu02, Car Cullen Stewart Pattinson, Dess Cullen, UserName28, jacke94, Annalau y Cary.

Espero sus comentarios del capítulo, son mi única paga, gracias por tomarse unos momentos más para dejarlo. Gracias tambien a sus alertas y favoritos.

Saludos.

P.D. para adelantos en mi grupo de Facebook Fics IsisJanet