Notas de la autora

Gracias a los pacientes y a los impacientes; a los que han dejado un review por cada capítulo, a los que hicieron reviews de sus reviews y a los que sólo dicen "conti plis" (pero no sean así, neta, no está nada padre); a los que llegaron desde que publiqué el primer capítulo y a los que apenas se vienen subiendo al barco; a los que se preocuparon por mi bienestar y también a los que hoy pierden dinero porque apostaron que no regresaba...

Simplemente, si estás leyendo esto: Gracias, por todo.

Este capi va dedicado especialmente a mis amigas de la Unión Fanfickera, (creadoras del #Queremos59) por darme la oportunidad en primer lugar; por leer, por protestar, por deprimirse, por intentar sacarme la verdad, por impulsarme, por fangirlear, por comprar mis ships locos, por informarme, por oponerse, por motivarme con su ejemplo y sus increíbles fics (y con amenazas, a veces), pero sobre todo, por ser, estar y seguir.

A personitas especiales como Eca y Ramón, que migraron de lectores a ocupar un espacio en mi vida real, y en particular para Marysol, la más increíble, paciente, dicharachera y ocurrente porrista que una fanfickera pueda tener, y que se mudó y cambió de estado civil un par de veces, se reprodujo (¡saludos a la sobri!) y se hizo de dos perritos en lo que esperaba por este capítulo.


Capítulo 59

Vientos de Cambio 1a parte

Un silencio se hizo entre las cuatro mujeres después de que Hécate hubiera terminado de hablar, cada una perdiéndose en sus propios pensamientos. Y así, mientras Saori trataba de discernir si la legendaria compasión de la maternal Diosa podía en verdad resultar tan grande como para convencerla de que donara algo de su preciosa sangre para un mortal al que varios en el Olimpo juzgaban un peligro, Hécate observaba detalladamente a Perséfone para no perderse ni la más mínima de sus reacciones. Y lo que vio no la satisfizo, pues a la rubia se le notaba intranquila.

- Perséfone, ¿Démeter sabe sobre tu relación con el muchacho?

- No - respondió ella con la mirada fija en las nubes - Lo que te dije antes es cierto: nunca hablé con Nadie sobre él.

- Pero tu madre te adora - repuso Hécate, sumamente desconcertada - Ella te ha apoyado siempre...

- ¡No podía, tenía que protegerlo de Hades a toda costa, y él me hacía espiar siempre!

El corazón de Saori redobló sus latidos al oír la vehemencia en la voz de la diosa de la Primavera, que enfatizaba otra vez ese supuesto amor por Seiya que no paraba de proclamar...

Pero antes de que todas las mujeres hubieran tenido tiempo para asimilar las implicaciones de aquella nueva revelación, Perséfone dejó ver una expresión de gran determinación en su rostro, y se dirigió a Hécate.

- Convenceré a mi madre, cuenta con ello.

Hécate asintió.

- Habría que comenzar entonces a reunir los demás ingredientes. Si me indicas qué hace falta, me haré cargo de todos los preparativos necesarios - dijo Saori apenas un segundo después, con tal seguridad que despertó la admiración de Hécate, que asintió.

No debía de resultar nada fácil para ella asimilar todo lo que estaba ocurriendo, pensó la Diosa Triple, y sin embargo La Doncella no mostraba hesitación ni duda alguna.

- ¿Vas a decirle con exactitud para qué requieres su sangre? - le preguntó Luna Negra a la deidad rubia.

- Aún no lo sé, pero haré lo necesario para no volver con las manos vacías.

La rubia se encaminó hacia donde estaba una estupefacta Ariadna, que había permanecido todo el tiempo unos pasos atrás de Hécate.

- Mi niña, ¿cómo te sientes? - dijo la rubia acariciándole el rostro, notando con satisfacción que ya no se veían huellas de la agresión que había sufrido, y que su juvenil hermosura lucía nueva y aparentemente intacta.

- Estoy bien -dijo la pitonisa con una sonrisita débil, extendiendo su mano para mostrar sus dedos moviéndose sin dificultad alguna - Asclepio y Hécate han sido muy generosos conmigo, y me curaron.

- No sabes cuánto me alegra saberlo... Debo irme, pero...

- No hacen falta explicaciones, mi Señora, entiendo - respondió Ariadna, mostrando comprensión infinita en sus bellos ojos.

- Yo cuidaré de ella hasta tu regreso - dijo Hécate acercándose a ambas y sonriéndole a la albina.

La rubia miró agradecida a la Diosa Triple, asintió y luego sostuvo entre sus manos la cabeza de Ariadna para besarle la frente con gran ternura.

- Márchate que el tiempo apremia - le recordó Hécate - pero en cuanto sea posible, tú y yo hablaremos...

- ¡Sí! Quisiera...

- ... sobre Radamantys de Wywern.

Ariadna palideció y Perséfone se mostró sorprendida al oír aquello.

Por breves instantes, la rubia había albergado la esperanza de que Hécate ya estuviera menos ofuscada por la enorme omisión que había representado el jamás haberle mencionado a Stephanos, y que estuviera dispuesta a escuchar su explicación.

Oír el nombre del Juez en los labios de su amiga la hizo salir de su error, y aún así asintió sin dudarlo, pues a pesar de lo apremiante de la situación con Seiya, ella tampoco había dejado de pensar en el terrible ataque que había sufrido su amada Ariadna, y de hecho, mientras Hécate se reunía con Asclepio, Perséfone había tomado un par de resoluciones y ya había puesto en marcha un audaz plan para asegurarse de que Radamantys pudiera ser castigado a la brevedad por sus atroces actos...

- Por supuesto. Volveré pronto - espondió ella antes de volver a sonreírle a Ariadna para luego echarse a andar hasta perderse de vista.

- Yo también quisiera hablar contigo, Hécate. Ahora mismo, si consintieras - dijo Saori cuando Perséfone ya se había marchado.

Hécate asintió, y no porque estuviera menos molesta con una que con otra, sino porque tenía varias preguntas que hacerle a su vez a la de Ojos Grises.

-¿Nos dejarías a solas, Ariadna? - le preguntó Saori con toda diplomacia.

- Por supuesto, Doncella.

- Come algo y procura descansar, Pequeña; tus jornadas han sido largas y extenuantes - le dijo Hécate a la pitonisa - Hablaremos luego.

- Ariadna, busca a Tatsumi y dile que te envié, él te facilitará lo que desees - insistió Saori.

La albina asintió y se alejó, dejando a las diosas a solas.


Los caballeros de Cáncer, Aries y Virgo se habían quedado inmóviles por algunos segundos al ver cómo, justo después de que todos hubieran regresado de Epidauros, la Diosa de la Hechicería y la pitonisa de Perséfone los dejaban atrás para adentrarse en el bosque que circundaba el hospital.

Shaka aún portaba la túnica improvisada con la que había sido partícipe de los ritos comenzados por Ariadna, y la armadura de Virgo yacía a sus pies, pues Hécate había sido tan enérgica al anunciar que debían de volver a Grecia, que decidió cambiarse después.Y a pesar de que ahora podía hacerlo, las prendas que portaba eran la menor de sus preocupaciones, pues no dejaba de pensar que la expresión de calma y serenidad que solía recubrir el agraciado rostro de Hécate se había esfumado después de que ella y Asclepio hubieran hablado, y que Angelo había emergido de su audiencia ante el Dios de la medicina con expresión ausente, y eso sólo podía significar problemas.

El de Virgo salió de su momentáneo estupor pensando en que el italiano podía requerir de ciertos cuidados, pero cuando se giró hacia él, descubrió que Angelo ya se había adelantado y dirigía sus pasos hacia el hospital.

- ¿Angelo?

- ¿Sí? - le contestó el italiano mientras detenía su marcha.

- ¿A dónde vas?

- A ver a Afrodita - respondió con gran naturalidad

- Pero... - dijo Mü interviniendo en la conversación.

- Estoy bien.

Mü y Shaka intercambiaron miradas, pues aunque no lo expresaron abiertamente, no le creían del todo.

- Es verdad - insistió aproximándose - Les agradezco la ayuda: ayer estaba abrumado. No he vuelto a sentirme como antes de ayudar a Hécate; creo que mi percepción se alteró al hacer contacto con el alma del muchacho, pero me siento mejor y no tienen que seguirme cuidando, sobre todo cuando tienen asuntos más importantes en qué preocuparse - dijo al detenerse junto al de Aries, al que tomó del hombro - especialmente tú, Mü. No seas tan duro contigo mismo: eres una gran persona.

Y luego de decir aquello, Angelo se alejó, dejando a Mü boquiabierto y desconcertado por aquella desacostumbrada muestra de empatía.

El lemuriano estaba a punto de decir que no sabía a qué se había querido referir el italiano con aquel comentario, cuando Shaka habló.

- No sé si Angelo percibe lo mismo que yo, pero estoy de acuerdo en todo con él. Pareces aún más intranquilo que ayer, si me permites el atrevimiento de decírtelo.

Mü volvió a quedarse boquiabierto en menos de un minuto. No tenía idea de qué expresión portaba, pero era obvio que ambos debían de haber notado claramente en su rostro, en su cosmos, o en ambos, la culpa que le recarcomía.

- ¿Es que acaso ha sucedido algo más? - insistió el hindú.

El lemuriano miró a los ojos a Shaka, y al ver en ellos un genuino y cálido interés, lo recorrió una oleada de intenso bochorno.

- Sí. Pasa que no supe escuchar tus sabios consejos, Shaka, y por mi estupidez cometí un error terrible que no tengo modo de reparar.

- ¿Qué pasó?

- Busqué a Ariadna después de que tú y yo hablamos, pero ella dormía, y me enfureció tanto no poder interrogarla en ese momento que... Permití que mi impaciencia me dominara, y decidí buscar yo mismo las respuestas - murmuró.

Shaka apenas y dejo ver su reacción, sus ojos azules abriéndose y parpadeando un poco más de lo normal, pese a lo mucho que le sorprendía que un hombre tan correcto y respetuoso como Mü hubiera hecho un uso tan cuestionable de sus poderes telepáticos.Y él agradeció silenciosamente la discreción y la propiedad que mantuvo el hindú a pesar de la grave revelación que acababa de hacerle.

- Y lo que hallé... ¡Agh! No obtuve lo que buscaba, y en cambio me topé con una verdad monstruosa que ahora no sé cómo manejar...

Shaka no preguntó y se sentó con toda naturalidad sobre la caja de su armadura, dándole tiempo al lemuriano para estructurar sus pensamientos y refrenar sus emociones.

- Habrás notado que ella apareció herida ayer..

- Sí.

- Comprender que me había mentido me enfureció tanto que me negué a darle importancia, pero descubrí que el responsable es... Wywern. La golpeó para... para después abusarla.

Al oír aquello Shaka tuvo que contenerse para no interrumpir el relato de su compañero, que había tenido que esforzarse para mencionar el nombre del odiado juez, y que apenas había enunciado lo ocurrido en un susurro.

- Ella estaba recordando el ataque cuando yo hurgué en su mente... Debí de haberte escuchado, Shaka, pero fui un egoísta, ¡un estúpido egoísta! No podía dejar de pensar en mis sentimientos, en mis dudas, en mi amor propio herido... ¡He cometido tantos errores! Debí de haberme detenido a pensar en ella, debí haber buscado el modo de protegerla...

- Mü, intenta serenarte. Comprendo que estés arrepentido porque ciertamente usaste de modo inadecuado tus poderes, pero no puedes reprocharte por lo que le aconteció. No estaba en tus manos impedir un evento semejante, ni tenías modo de saber que ella iba a convertirse en una víctima.

- ¡Es que sí lo sabía, Shaka!

- ¿A qué te refieres?

- Ella me dijo hace un par de semanas que alguien la acosaba desde hacía tiempo. Claro, no me dio su nombre, y yo jamás imaginé que pudiera tratarse de alguien tan peligroso, pero estoy seguro de que refería a él - dijo Mü exaltándose de nuevo.

- Entiendo. Pero aún así, protegerla estaba fuera de tus manos. Aunque hubieras sabido toda la verdad, no te habría sido posible ir al Inframundo a auxiliarla.

- Es cierto - respondió el de Aries- pero no dejo de sentirme frustrado, impotente. Y me angustia pensar que ella aún corre peligro.

- Es obvio que Perséfone la tiene en gran estima, y no permitirá...

- ¡Es que sospecho que ella ignora lo ocurrido, Shaka!

- ¿Por qué lo crees así?

- Aquella vez le pregunté a Ariadna si alguien podía protegerla de su acosador, y dijo que sólo contaba con una mujer a quien quería como a una madre, pero cuando le pregunté si ella lo sabía dijo que no, que no le había dicho para no preocuparla: debe de haberse estado refiriendo a Perséfone... Tarde o temprano Ariadna tendrá que volver, ¡el Inframundo es su hogar, y ese asqueroso podría estar esperándola! - dijo Mü, que tiró de sus cabellos mientras sentía que se le rompía el corazón al pensarla sola y nuevamente indefensa ante los deseos del corrupto Juez...

- Tu desasosiego está más que justificado, Mü... Creo entonces que resultaría conveniente discutir el asunto con Hécate - dijo Shaka después de considerarlo en silencio por unos instantes - Posee gran nobleza: seguramente el saber de un abuso semejante no la dejaría indiferente. Y siendo quién es, está en plena capacidad de tomar las medidas necesarias para asegurar la protección que Ariadna requiere.

Mü se mostró admirado ante la inesperada sugerencia del rubio, pero de inmediato se desanimó.

- No lo sé. Ya bastante malo es el modo en el que averigüé lo sucedido; revelar su intimidad ante más personas...

- Si no tienes inconveniente, podría comentárselo yo, del modo más discreto posible, claro... aunque no me extrañaría que ya lo supiera. Ellas dos hablaron anoche, y Luna Negra es por demás perceptiva.

- SÍ, es probable... Te lo agradecería mucho, Shaka.

- Ni lo menciones.

A pesar de que al lemuriano le tranquilizaba pensar que Hécate podía proteger a Ariadna de una nueva agresión, no lograba recuperar la calma, y Shaka lo notó.

- ¿Hay algo más que te inquiete y que aún no me hayas contado?

Mü estuvo a punto de revelar en ese momento que también se sentía perseguido por sus recuerdos del ataque que Kanon había sufrido hacía años y del que también había sabido haciendo uso de su telepatía, pero se obligó a enfocarse en tratar de arreglar el enredo en el que estaba metido justo ahora...

- No. Es sólo que tu propuesta es excelente, pero eso no cambia lo incorrecto de mi proceder. Necesito hallar el modo de acercarme a ella y...

- Creo que no va a gustarte oírlo, pero lo mejor que puedes hacer ahora es mantenerte lejos.

- ¡No! ¡No, Shaka! - replicó con vehemencia.

- Apenas hace unas horas tuvieron una confrontación, no sería lógico que te mostraras afable de nuevo con ella - dijo Shaka poniéndose de pie para tratar de apaciguar al exaltado Carnero - No sin darle una explicación sobre tu cambio de actitud, y me parece que revelarle cómo supiste sobre lo que le ocurrió sólo lograría empeorarlo todo.

- Sí, pero... ¡podría decirle que lo pensé y que ya no estoy tan molesto, o algo! Necesito estar cerca de ella... - exclamó Mü, que se sentia abrumado por las ganas de abrazarla y consolarla.

- ¿Y crees que estando tan alterado por lo que descubriste, podrás mantener la compostura?

Mü miró al rubio con desespero, odiando momentáneamente que el hindú pareciera tener siempre la razón.

- ¡Pero necesito disculparme! Me porté horrible...

- Porque ella te ocultó cosas y estabas justificadamente enfadado, y sobre todo porque no sabías lo que ella había sufrido, Mü, pero no puedes retractarte justo ahora y sin más. Puedes, y creo que debes, volver a la gentileza con la que la trataste siempre, pero gradualmente, para que no sospeche cuánto sabes.

- ¿¡Estás aconsejándome que finja que no sé lo que ese depravado le hizo!?

- Por eso te sugerí primero que guardes distancia. Considero que la honestidad es primordial, pero el ataque que sufrió debe tenerla muy alterada y fuera de sí como para permitirle mostrarse comprensiva con lo que hiciste. Y podría no sólo molestarse, sino sentirse de nuevo victimizada, y eso sólo resultaría perjudicial para ambos... Mantente alejado por ahora para no tener que fingir o mentir directamente, y acércate de nuevo con gentileza, poco a poco, en unos días. Más adelante podrás sincerarte, y pedir disculpas, cuando ella no se encuentre tan vulnerable.

- Sí - admitió después de un largo rato, sintiéndose otra vez derrotado - Tienes razón. Tienes toda la razón...

- Buscaré hablar con Hécate en cuanto sea posible. Y mientras, deberías procurar descansar; te ves fatal. ¿Dormiste algo?

- Nada. No quise... No podía.

- Bueno, entonces vayamos por algo de comer, y luego podrías descansar un rato en alguno de los sillones de la sala de espera.

- No tengo hambre.

- Pero yo sí.

- Te ha hecho bien convivir con Aldebarán.

Shaka respondió con una sonrisita leve, y se disponía a tomar la caja de su armadura, pero antes de que lograra hacerlo, Mü lo tomó del antebrazo.

- Shaka, no tengo cómo agradecer tu disposición a oírme, tu paciencia y tus palabras...

- La confianza que depositas en mí es más que suficiente. Sólo espero estar haciéndolo bien: sé muy poco sobre cómo ser amigo de alguien.

- No tienes nada de qué preocuparte, lo haces estupendamente bien. Me has dicho justo lo que necesitaba escuchar del modo que necesitaba oírlo. Y después de lo de ayer, no volveré a ignorar jamás un consejo tuyo - dijo Mü con triste solemnidad.

Un leve pero perceptible rubor tiñó las mejillas del rubio, que no sabía qué hacer cuándo lo elogiaban por hacer bien algo para lo que no se había entrenado, y eso le arrancó una pequeña sonrisa al lemuriano que volvió a sentirse agradecido por la presencia de Shaka en su vida.

Y así, con un poco más de tranquilidad, los dos se dirigieron hacia el comedor del hospital.


- Considero necesario informarte que tu caballero Pegaso tiene una gran deuda con esa jovencita - dijo Hécate, que se apresuró a tomar la palabra cuando se quedó a solas con La Doncella - Ella realizó todo un ciclo de ofrendas para Asclepio con gran belleza, que fueron vitales para congraciarse con él y lograr su intervención, pero aún más asombroso resulta que haya usado buena parte de su magia y su energía para mejorar las condiciones de lo que queda del Templo y del Valle.

- ¿Cómo logró hacer eso?

- Me explicó que usó un par de hechizos inofensivos pero muy potentes para mantener a los mortales lejos del manantial, la laguna y las ruinas. Y libres de la contaminación y las perturbaciones que los mortales representan, el Asclepeion está en proceso de recuperar la plenitud de su potencial curativo, algo crucial para sanar a Seiya por completo.

Saori sonrió con tristeza al notar el cambio en la actitud de la Diosa de los Umbrales, pues si bien no dejaba de ser cortés, se mostraba mucho más distante y formal de lo que había sido antes, y por lo mismo, decidió no perder más tiempo en brindarle una explicación.

- Lo ignoraba, y te agradezco el que me hayas informado. No tengas duda en que buscaré recompensarla con creces por todos sus esfuerzos... Pero ahora, si me lo permites, quisiera disculparme contigo.

- Eres La Incansable, la hija favorita del Señor del Rayo: no le debes disculpas a nadie - replicó Hécate, que imaginaba que Athena sólo buscaba quedar bien con ella para asegurar la recuperación total del Pegaso.

- Pero quiero hacerlo. Mis omisiones te han ofendido, y lo comprendo y lo lamento, en especial porque tú has sido sorprendentemente generosa.

- Imagino que sólo pensabas en su bienestar - respondió tratando de mostrarse impávida

- Así es. Aunque respondiste a mi llamado y fuiste... has sido tan gentil, no podía ignorar el hecho de que tu hogar es el Inframundo, que nuestros reinos erróneamente siempre se han considerado enemigos, y que podías sentir inadversión hacia Seiya porque él fue vital en la caída de Hades...pero tenía además otras razones, igual o más poderosas, para mostrarme recelosa contigo.

Hécate miró a la muchacha con intriga, y asintió para que prosiguiera.

- Tu actitud me tomó por sorpresa porque nunca he tenido amigos en el Olimpo.

La declaración asombró a Luna Negra, pero los ojos expresivos de Saori le revelaron que estaba siendo realmente sincera.

-Nací ya adulta, armada y lista para la guerra; características todas que implican barreras, distancia. Me hacen superior en el campo de batalla, pero también explican en gran medida porqué me ha resultado siempre tan complicado relacionarme con otros... He recibido a manos llenas el amor de mi padre, claro, que ha sido siempre generoso y dulce conmigo, pero sus celos, su marcada preferencia por mí, su poderío y su carácter volátil han logrado persuadir casi siempre a quien se ha interesado en tratarme, el resto de mi familia incluida. La mayor parte de quienes sí se acercaron lo hicieron desprovistos de sinceridad; otros cuantos lo han hecho con intenciones francamente perversas. Y creo que la mayoría de los que han guardado distancia, más que intimidados, parecen considerar que soy demasiado aburrida como para intentar acercarse.

Hécate no pudo evitar pensar que Perséfone y Athena tenían mas en común de lo que pensaban. Ambas poseían almas nobles y puras, y eran veneradas, respetadas y amadas, pero el amor de los señores del Olimpo que era restrictivo, pesado y asfixiante, las había obligado a transitar por existencias solitarias...

- Y si a esas consideraciones añades mi carácter cauteloso, muchas veces defensivo y casi incapaz de actuar con espontaneidad, creo que no te será difícil entender lo complicado que me resultó buscar ayuda para Seiya. Protegerlo me impedía ser absolutamente sincera, y ya que mis interacciones previas con nuestros congéneres han sido desafortunadas o inexistentes, mis intentos fallaron de modo tal que la única que mostró una relativa disposición a ayudarme además de ti fue Hera, y me imagino que incluso desde tu obscura morada debes de haber oído relatos sobre cuán tensa y compleja ha sido siempre nuestra relación...

La joven asintió, intrigada sobre la clase de ayuda que la Diosa del matrimonio podía haberle ofrecido a Saori, que si bien ocupaba una posición privilegiada en el Olimpo por ser consorte de Zeus, en términos prácticos carecía de poderes propios...

- De modo que cuando tú acudiste a mi llamado, y aunque no tenía malas referencias tuyas, estaba predispuesta por mis experiencias previas y por haber recibido ya varias negativas - continuó Saori -Te mostraste empática y afable desde el primer instante, y eso debió de haber bastado para saberte diferente, pero Seiya ya ha sufrido demasiado, y preferí no tomar riesgos.

- Él nació para ser tu guerrero y protector. Lo que le sucedió, por trágico que parezca, forma parte de su destino.

- Lo sé; lo he pensado varias veces en estos meses. Pero se ha sacrificado muchísimo, siempre con una sonrisa, siempre con fe, con generosidad, con el corazón abierto y sin rencores ni reproches, hasta el final... Y cuando Hades cayó, pensé equívocamente que tenía la oportunidad de salvarlo, y actúe. Y quizás te cueste creerme porque ahora sabes el alcance de mis sentimientos por él, pero habría luchado con la misma tenacidad por salvar a cualquier otro en su circunstancia. ¡Ay! Si estuviera en mi poder, le devolvería la vida a cada persona que pereció por mis errores.

- ¿Errores?

Saori no tenía planeado hablarle sobre Ares, pero ya que la Diosa Triple parecía estar interesada (y mucho más dispuesta a oírla), buscó informarla sobre lo acontecido de un modo práctico y escueto.

- Cuando apenas me había reencarnado como un bebé de esta época, Ares, que lleva también mucho tiempo enemistado conmigo, se presentó en mi Santuario y puso en marcha un plan vil y retorcido para vencerme, infiltrándose entre los míos. Su estrategia no era perfecta, y finalmente fracasó gracias al ahínco de mis Caballeros, pero en el transcurso ocasionó graves contratiempos que provocaron entre otras cosas, que fuera criada en este país y sin saber de mi destino divino hasta hace un par de años. Como consecuencia, el desarrollo completo de mi potencial se vio afectado, y eso ocasionó muertes que podrían haberse evitado... Aunque a la vez me dio regalos insospechados - concluyó Saori con una muy pequeña y triste sonrisa.

- ¿Qué regalos?

- La oportunidad de crecer sin el peso del deber sobre mis hombros, de saborear una clase de libertad que quizás nunca antes tuve, ya que crecí como una humana normal, y rodeada de un grupo de pequeños que me hacían compañía y pudieron acercarse a mí sin miedo a ofenderme...

- Tus Caballeros de Bronce, ¿correcto? - preguntó mientras recordaba partes de su primera conversación con Shaka, que algo le había mencionado.

- Así es. Fueron ellos quienes me enseñaron de juegos y dinámicas que eran para mí desconocidas, ya que en encarnaciones previas había crecido con la conciencia de mi propósito para existir entre los humanos... Han sido ellos los que me han enseñado sobre la confianza y el afecto, de cercanía, de inocencia y de complicidad. Hasta antes sólo había podido observar de lejos cómo se relacionaban los humanos entre sí; la amistad duradera representaba una disertación filosófica, una teoría. Pero ellos me enseñaron, ¡y es tan distinto! Me hicieron parte de su grupo, y me dieron en sus corazones un lugar intangible, pero más valioso y preciado para mí que todos los Templos que han sido construidos en mi honor.

- Los mortales siempre te han amado, eso es bien sabido.

- Así es, pero en el pedestal amurallado que construyó mi padre y al que me he mantenido atada por mis obligaciones para con la Tierra, su amor no alcanzaba a tocarme. Y sí, siempre han existido humanos que dedican sus vidas a venerarme: sacerdotizas que cantan mis alabanzas, pueblos enteros que suplican mi protección y hacen cuanto pueden para complacerme, y claro, incontables guerreros han perdido la vida peleando mis guerras, pero jamás había experimentado de este modo su afecto, ni había entendido la clase de pertenencia que se establece cuando alguien te conoce y te quiere y tú le conoces y quieres también. Ahora de verdad siento que soy de esta Tierra tanto como ella es mía.

Hécate estaba en verdad asombrada al concluir la confesión de Athena, que parecía absolutamente sincera.

No se había puesto a pensar que la favorita de Zeus podía sentirse sola, pues era una de las deidades más amadas por los humanos, y ciertamente la opinión generalizada en el Olimpo era que Athena disfrutaba de ser inalcanzable, y que su soledad y su posición de Doncella Perenne eran elegidos.

Y de nuevo vino la inevitable comparación, pues mientras Athena solo sabía de guerra, y del amor sofocante de Zeus, Perséfone había crecido libre y feliz jugando con sus ninfas y siendo adorada por Démeter, y había tenido la oportunidad, antes de su secuestro, de experimentar un incipiente y dulce amor en los brazos del muchacho; y aún cuando Hades había obrado mal al secuestrarla, la había colmado de regalos y atenciones, y entre ellas dos se había establecido una hermosa y duradera amistad...

Para Hécate el Inframundo jamás había sido un lugar terrible: era su hogar y disfrutaba de el tanto como gozaba de su libertad para transitar entre los Reinos sin restricciones, y aunque conocía la Tierra y notaba claramente las diferencias, no le pesaba residir en la obscuridad, pues se alimentaba y prosperaba en ella.

Cuando Perséfone arribó, le inspiró una natural curiosidad por la extraña circunstancia de su llegada, pero de inmediato pudo enumerar todas las diferencias que existían entre ellas, que no parecían tener mucho en común aparte de su naturaleza divina y su género.

Y claro, la recién llegada estaba abrumada y absolutamente deprimida al haber sido arrancada de los brazos de su amorosa madre para hallarse en los de un Dios desconocido y avasallador que bebió su doncellez casi infantil, y que la obligó a ser su consorte y a quedar atrapada en un Reino privado de luz. Con semejantes antecedentes, a la diosa infernal no le hubiera extrañado que a Perséfone le resultara imposible confiar en cualquiera de los habitantes de su impuesto nuevo hogar, pero Hécate, que al principio se acercó a ella para intentar aliviar su sufrimiento enseñándole a apreciar los atributos del Inframundo, se sintió intrigada y luego atraída por la natural luminosidad de la joven que poco a poco comenzó a resurgir, y ya que la rubia estuvo un poco menos intimidada por su marido, sus dominios y sus criaturas, fue estableciéndose un vínculo de sinceridad y confianza que ayudó a Perséfone a salir del peor punto de su depresión, y se hicieron confidentes, de tal modo que un día Luna Negra entendió que antes le había hecho falta una amiga, y que ahora la tenía en la Diosa Terrestre.

Y mientras ellas se apoyaron y se nutrieron la una de la otra, Athena sólo tuvo la oportunidad de tratar con cierta proximidad a los mortales que vida tras vida se sacrificaban por ella.

De modo que aunque seguía encontrando reprochable su amor por Seiya, ahora entendía mejor que se hubiera apegado de tal modo a uno de sus guerreros, y que su sentir estaba construido en algo mucho más sólido que una circunstancia o una atracción meramente física...

- Si a pesar de mis disculpas, no logro recuperar tu confianza, lo entenderé - concluyó Saori - El fantasma de la relación que pudimos haber tenido pesará como una losa en mi corazón por siempre... Pero entenderé. De cualquier modo, yo sigo estando profundamente agradecida por todo lo que has hecho por Seiya, y quiero que sepas que sigo considerándome en deuda, así que si deseas o necesitas algo, no dudes en decírmelo. Mi Templo, mi hogar y mi corazón estarán siempre abiertos para ti.


- Mencionaste que no tienes apoyo entre tu familia, pero también dijiste que Hera se mostró dispuesta, y no dejo de pensar en qué clase de ayuda te ofreció - dijo Hécate después de que se hizo un extraño silencio entre ellas cuando Athena concluyó sus disculpas.

- ¡Ah, sí, ella! Hera sospechaba desde antes sobre mis sentimientos por Seiya debido a mi apuro en hallar su alma, y cuando incluso nuestro intento de aproximarnos a Asclepio falló, le confesé amarlo.

- ¿Y qué te dijo?

- Sólo me comprobó que es incapaz de entender la naturaleza de mis emociones, ya que su única ocurrencia fue hablarme de una fuente donde puede reestablecerse la virginidad cuando yo lo que buscaba era ayuda para salvarlo - dijo Saori con un leve rubor en las mejillas - O quizás mi admisión fue simplemente demasiado para su cerebro gobernado por las hormonas.

Hécate no pudo evitar sonreír por primera vez desde que habían comenzado a hablar, pero después volvió a ponerse muy seria

- Supongo que has considerado las repercusiones que puede tener haberle proporcionado semejante información.

- Sí. Lo medité bastante antes de decírselo, pero decidí tomar el riesgo considerando que su reputación es terrible.

- ¿Y eso te alentó? - preguntó Hécate, extrañada ante la sonrisa de Saori

- Ella ha tenido problemas prácticamente con cada habitante del Olimpo, y juega muy sucio; miente e intriga desde las sombras. Mi reputación, en cambio, es intachable, y concluí que si ella llega a intentar coaccionarme de algún modo, las cartas pueden ponerse a mi favor sólo con confrontar su palabra contra la mía.

- Sería arriesgado. Ella suele salir bien librada de todos sus problemas.

- Sí, y lo consigue mayormente por ser la consorte de Zeus, pero esta vez estoy dispuesta a hacer valer mi condición de hija favorita que Nunca le ha fallado a su padre.

Hécate asintió mientras le sonreía, reconociendo en la adolescente la astucia de la legendaria estratega que se hacía acompañar siempre por la Victoria.

- ¿Y crees que intente algo? ¿O es que lo ha hecho ya?

- No ha tomado ninguna acción directa después de aconsejarme que cuando me sea posible tenga intimidad y luego elimine las evidencias, pero es peligrosa, y es bien sabido cuán antipática le soy así que no me extrañaría que lo intente más adelante. Y si bien mi prioridad ha sido Seiya, la tengo presente, y he estado meditando sobre algo, o más bien alguien que podría serme de utilidad si Hera decide atacarme.

- ¿A quién te refieres?

- A Iris, la mensajera olímpica.

- Pero esa muchacha no hace otra cosa que servirla casi exclusivamente - rebatió Luna Negra.

- Así ha sido, pero están enemistadas. Iris le ha sido leal por mucho tiempo, pero Hera la ha utilizado y mantenido a su lado por mera conveniencia: ella no siente apego verdadero por nadie que no sean mi padre, o su hijo Ares, y como ahora no le beneficia estar asociada con ella, le dio la espalda y prácticamente la ha arrojado en mi dirección.

- ¿Entonces tu plan es hacerte amiga de Iris?

- No su amiga. Iris es mi prisionera.

- ¿La capturaste?

- Sí. Es algo complicado, pero la hice encerrar después de que ella misma se presentó ante mí para confesar que atacó a una sirena de Poseidón cuando ambos eran invitados en mi Santuario en Grecia.

- ¿Te refieres a la rubia que lo acompaña a todas partes?

- Así es.

- ¿Y cuál fue el motivo del ataque? ¿Es que Hera quería provocar un nuevo conflicto entre tú y él?

- No, es mucho más simple y banal... Iris le tiene celos a Thetis, y la atacó sin reparar en las consecuencias.

Ambas suspiraron casi al mismo tiempo, porque habían oído suficientes veces la misma historia de celos entre mujeres ligadas a divinidades masculinas, y eso les provocó a ambas una pequeña risa.

- Ya veo, pero aún no entiendo por qué te lo confesó.

- Porque Hera no le dejó otro remedio. Verás, Julián buscó incesantemente al responsable de la agresión, y en su ira llegó a acusar a mi padre de estar involucrado de algún modo. Hera lo supo y con tal de evitarle un problema a su adorado marido, delató a Iris ante mí en nuestro último encuentro. Y la propia Iris afirma que Hera le aseguró que no intervendría a su favor si Julián la alcanzaba, así que después de estarse escondiendo, a la joven sólo se le ocurrió buscarme para pedir perdón, supongo que pensando que podría ser más fácil ganar mi benevolencia que la de él.

- ¿Y la mantendrás prisionera entonces?

- Es una posibilidad, una que me da ventajas inmediatas sobre Hera, que debe haber quedado prácticamente inmovilizada y sumergida en la obscuridad, ya que es la propia Iris quien suele informarla de todo y seguir sus órdenes sin chistar... Aunque estoy casi segura de que a Julián le parecerá poco, y que demandará un castigo mucho mayor para ella.

- ¿Y has considerarlo dejar a un lado la sanción para ponerla de tu parte? Porque si Hera llega a hablar, y tú logras que su propia mensajera la desmienta, la balanza se pondría de inmediato a tu favor.

- No. De ningún modo dejaré impune una transgresión semejante, no sólo por Thetis si no por la seguridad de la gente de mi orden, pero sí he pensado que quizás podamos llegar a un acuerdo para suavizar ligeramente su castigo, o para hacerle creer que estamos siendo especialmente generosos con ella considerando la gravedad de sus actos. Y si eso basta para ganar su aprecio, sería ideal... pero por el momento son todas meras especulaciones. Como te dije, debo consultarlo con Julián: le prometí que Iris pagaría, y a decir verdad se ha mostrado muy comprensivo al posponer todo el asunto en pos de preservar a Seiya con vida.

- Es muy considerado de tu parte.

- Con todo y sus errores, Julián me ha ayudado mucho, y Thetis no merecía vivir algo así.

Saori era muy joven, reflexionó Hécate, y a pesar de que la había visto arrebatada en la discusión con Perséfone, parecía ya mucho más recuperada de todo ese sobresalto, más cabal y firme en sus actos, planeando y delineando estrategias, pero también buscando la justicia...

Y eso la llevó a pensar que quizás era el momento correcto de buscar conseguir información que consideraba necesaria para tomar ciertas decisiones.

- Me gustaría hacerte otra pregunta, pero es delicada y no sé si pueda ofenderte.

- Habla sin temor, te lo pido - dijo Saori sin dudarlo.

- He notado que varios de entre tus Caballeros más poderosos son vírgenes. Y me preguntaba si es que acaso les demandas castidad como se hacía con las que se ordenaban tus sacerdotizas.

Después de superar la sorpresa inicial ante tal cuestionamiento, a la memoria de Saori acudió un fragmento de la larga y reveladora conversación que habían mantenido ella y Shaina algunas noches atrás, cuando habían bebido, y la amazona había confesado haber tenido relaciones íntimas con Milo de Escorpio, que parecía siempre tan seguro de su atractivo, que era prácticamente imposible imaginar que hubiera tenido su primera experiencia con la joven de cabellera Verde.

Y segundos después, se sintió muy mal de estarse preguntando sobre la vida sexual de Milo y del resto de sus caballeros, considerándolo una invasión horrible e innecesaria a su intimidad.

- Jamás me había detenido a analizar una posible relación entre el alcance del cosmos de mis Caballeros y su vida sexo-afectiva, pero de ningún modo he demandado castidad de su parte.

- Llegué a pensar que ese cosmos tan aumentado podía ser una especie de recompensa por seguir tu estilo de vida.

- El mérito con respecto a la potencia de su cosmos es todo suyo, y si no han tenido experiencias carnales es una coincidencia en todo caso. Yo he preservado mi doncellez porque así lo he decidido. Ningún juramento me ata, sólo sigo mis convicciones y sentimientos. Jamás hice promesas, y del mismo modo, no se las exijo a nadie, aunque claro que espero cierto decoro, ética y corrección entre aquellos que me dedican su vida...Y específicamente a mis Caballeros ya se les exige demasiado. Sacrifican sus vidas enteras por proteger este mundo. No conocen una infancia normal: son sometidos a entrenamientos durísimos que los llevan a los límites del dolor y de lo humano, se les obliga a endurecerse, a sacrificar su sangre y su juventud en pos de la paz. No veo cómo podría ser justo que después de semejantes exigencias, todavía les pidiera que se reestringieran de experimentar una de las pocas alegrías que pueden tener, suponiendo que lleguen a ser lo suficientemente mayores y que la oportunidad se les presente.

- ¿Y así ha sido siempre?

- No puedo hablar por todas y cada una de mis reencarnaciones, pues como te mencioné una vez no poseo todos los recuerdos de Athena, pero hasta donde alcanza mi memoria no, no es algo que se les exija.

- Has sido muy amable al satisfacer mi curiosidad... Y si no tienes inconveniente, creo que sería bueno comenzar a discutir los preparativos necesarios para cada paso del ritual.

- Aún no sabemos si Démeter accederá, y sin su ayuda...

- Ella adora a su hija. No la veo negándose.

Saori no pudo evitar que la recorriera una oleada de alivio al oír la convicción de Hécate.

- Entonces dime qué necesitas y en qué puedo ser de ayuda.

- Hay que cazar ciertos animales para ofrecerlos en sacrificio, y en cuanto a los ingredientes para la pócima son varios, pero afortunadamente pocos son complicados de conseguir, y otros debo de empezar a combinarlos y tratarlos ya para que estén listos a la brevedad, pero ante todo, es prioritario continuar con la labor de Ariadna y seguir protegiendo y embelleciendo el Valle de Quirón. El Asclepeion es el sitio ideal para realizar la pócima y asegurar que la magia sea la suficiente para subsanar por completo el daño, y si Seiya tiene fuerzas suficientes para ese entonces, lo mejor sería que el ritual se llevara a cabo ahí mismo.

- Comprendo. Si no tienes inconveniente centraré mis esfuerzos en proteger y reestablecer el Asclepeion siguiendo tus consejos, mientras tú recolectas los componentes necesarios. Y si así lo necesitaras, puedes disponer de mi gente para la tarea.

- Me parece muy acertada tu propuesta. Lo idóneo sería que los animales a sacrificar fueran cazados por tus propios Caballeros, y con el apoyo de algunos de los tuyos ciertamente mi labor se agilizaría... Meditaré quiénes de entre ellos pueden resultar más aptos para ayudarme.

- Avísame por favor en cuanto lo hayas definido.

- Hay algo más. Asclepio se mostró encantado con la presencia de tus Caballeros. Durante los próximos días se debería buscar establecer un mayor acercamiento con él.

- Por supuesto. De hecho había pensado en presentarme en el Asclepeion en algún momento para agradecerle.

- Estoy segura de que le encantaría verte...

- De acuerdo. Si no necesitas más, comenzaré a trabajar al respecto.

- Por supuesto. Yo iré a buscar a Ariadna y aguardaré a su lado el regreso de Perséfone.

- Si ambas necesitan aposentos, comida o cualquier cosa, háganme saber directamente o por intermedio de alguno de los míos.

- Lo tendré en cuenta.

- Te dejo entonces. Y gracias de nuevo por escucharme.

- ¡No te vayas aún!

Saori miró expectante a la diosa que había impedido su marcha.

- No puedo dejarte ir sin agradecer tus palabras, y tu honestidad. No puedo decir que ya no estoy molesta, pero en verdad aprecio mucho tu disculpa... Aún no sé si el vínculo que se estaba formando entre nosotras pueda recuperarse del todo, y temo que la rivalidad entre tú y Perséfone, y mi amistad con ella se interpongan.

- Ignoraba cuán unidas son tú y Perséfone, y veo que te he puse en una posición más que incómoda. Créeme que esa jamás fue mi intención, y que a mis ojos tu afecto por ella le da más mérito a la ayuda que me brindas... Y no esperaba una determinación definitiva de tu parte; sólo necesitaba que lo supieras.

- Admito que las mentiras, la exaltación y la terquedad de ambas me irritaron, y centré mis esfuerzos en impedir que la situación escalara, pero eso me impidió considerar a detalle cuánto estaba en juego para ti, y todo lo que has y estás arriesgando.

- Lamento no haber reaccionado mejor.

- Dudo que otra en las mismas circunstancias hubiera escuchado, y mucho menos cedido. Sé que fue un atrevimiento demandarles el Juramento, pero...

- No te disculpes por ello, te lo pido. Te asistía la razón, y fue lo mejor pues no sólo lograste que cooperemos, sino que has colocado la decisión en donde debe estar: en sus manos. Y a pesar de tu lógico desconcierto y enojo, antepusiste el bienestar de Seiya cuando podrías haberte marchado, y eso jamás lo olvidaré.

Hécate asintió, le regaló una sutil sonrisa a Saori, y luego se alejó para buscar a Ariadna. Del mismo modo, Saori emprendió camino al hospital, y mientras se separaban, ambas iban reflexionando sobre el posible futuro de sus interacciones...


- ¿Quieres hacer el favor de comer de una vez?

- ¿Qué?

- Llevas casi veinte minutos fingiendo, pero no engañas a nadie.

Ambos miraron hacia el plato que estaba frente al sueco, que aún estaba medio lleno.

- Sé que no es un manjar de los que preparan en la mansión - insistió Milo - pero es mejor que lo que te dan cuando estás internado, y eso debes de tenerlo presente porque te dieron de alta hace como tres minutos, ¿no?

En respuesta, Afrodita bufó.

No estaba sentado en la cafetería del hospital por su gusto: había rechazado las bebidas y los alimentos que le habían ofrecido en las horas previas, y sólo había cedido cuando amenazaron con acudir a uno de sus doctores para que lo sedaran, y ya que se negaba rotundamente a dormir hasta que Angelo regresara, aceptó ser escoltado por Milo, e incluso ordenó lo que el griego le sugirió, ya que a él no le apetecía nada en realidad...

Afrodita se encogió de hombros, y luego volvió a revolver los trozos ya cortados de carne en el plato.

- Estás pensando en Angelo, ¿no?

El peligroso brillo en los azulísimos ojos fue tal, que Milo se sintió agradecido de que el cosmos del sueco estuviera muy mermado en esos días.

- No lo digo para molestar, o por entrometido, en serio. Estoy tratando de ser agradable... y fallando miserablemente en el intento.

Una ligera pero perceptible sonrisa se dibujó en los hermosos labios del sueco, y el griego se sintió recompensado, como si hubiera logrado ver a un ave rarísima posada en un árbol alisándose el hermoso plumaje.

Piscis asintió, pero después la sonrisa desapareció.

- Nunca lo había visto tan afectado, tan vulnerable...

- Te preocupa.

Afrodita asintió.

- Sé que tenemos graves deudas que saldar, y que si ayudar a Seiya lo afecta de algún modo no podría llamársele inmerecido... pero no sé qué haría si algo le pasa.

Milo se quedó por un momento sin habla. Había intentado relajar la evidente tensión que apesadumbraba al de Piscis, y congraciarse con él después de sus desafortunados comentarios en las caballerizas de la mansión la noche de la fiesta, pero jamás pensó que Afrodita se atrevería a hablar tan abiertamente de su relación con el italiano.

Y después de la sorpresa, vino la admiración, y a decir verdad una cierta envidia.

Si Camus y él pudieran haber sido más honestos consigo mismos desde el principio (y si él no hubiera sido un impulsivo y caliente de primera) quizás las cosas serían distintas para ambos en esos momentos...

- Con negarte a comer no ganas nada. Además, Mü los acompañó únicamente para cuidarlo.

- Lo sé – dijo con un hondo suspiro - pero...

- ¿Pero?

- He tratado muy poco a Mü, pero nunca lo había visto tan...

- Fuera de sí - completó Milo

- Exacto.

- Yo tampoco - reconoció el griego - pero no lo culpo. Que la casi novia te resulte la casi hija adoptiva de Hades y señora no ha de ser fácil, pero él tiene toda mi confianza, y sé que se asegurará de que Angelo regrese con bien... Y ya que estamos aquí, quisiera aprovechar para decir que es muy bueno lo que ustedes dos han hecho estos días. No había visto a los de Bronce tan felices jamás, y ustedes contribuyeron en buena medida.

- Te agradezco que aprecies la intervención de Angelo, pero en cuanto a mí... Darle sangre a una armadura no tiene ningún mérito.

- No seas modesto. Sin ti y sin Shura, Shaka no hubiera podido ir, o inamovible como es, hubiera ido sin armadura, y eso le habría costado el brazo en el mejor de los casos... Tomaste un riesgo tremendo con tal de ayudar, y quedaste tan transparente que casi puedo ver el aire entrando a tus pulmones – dijo Milo, bromeando porque se sentía incapaz de decirle que habían llegado a pensar que lo perderían ya que el primer reporte médico después de la sangría no había sido nada favorable...

- Cuando despertamos, Aioria dijo una frase que se me quedó muy grabada - dijo Afrodita, que se había quedado muy pensativo.

- ¿Cuál?

- Que Seiya, a pesar de ser un niño, ha hecho más de una vez Nuestro trabajo... Concuerdo, y creo por eso merece cada esfuerzo para salvarlo de una muerte espeluznante.

- Salud por eso - dijo Milo levantando el café que tenía frente a sí para darle un largo trago.

Justo cuando Milo se terminó la bebida de su taza, Angelo apareció en el umbral de la cafetería, y al verlo, una sonrisa radiante iluminó el rostro de Afrodita, pero disimuló apenas dos segundos después, muy acostumbrado a disfrazar sus emociones.

Pero ni el griego ni el sueco esperaban lo que vino después, ya que el italiano se dirigió lentamente a la mesa donde estaban sentados, sin despegar ni un momento su mirada de la del sueco, como si todo y todos los que los rodeaban hubieran desaparecido Y los ojos de italiano eran trémulos y expresivos, y sus pasos lentos, ya que en cuanto su mirada se enlazó con la de su amante, comenzó una conversación silenciosa entre ellos.

Milo observó boquiabierto cómo Afrodita, arrobado por la llegada del italiano, parecía caer bajo una especie de hipnosis y se ponía de pie con la convicción de que lo que iba a suceder no podía ocurrir o desarrollarse si permanecía sentado.

Y cuando al fin estuvieron uno frente al otro, Angelo en un suspiro flotó hacia los brazos de un sorprendido Afrodita, que sin embargo salió rápido de su estupor y le correspondió estrechándolo contra sí con todas sus fuerzas, y hubo un algo tan especial y candoroso en el modo en el que lo hicieron, y fue tan natural y orgánico el modo instantáneo en el que se acoplaron sus cuerpos que Milo, que los había visto justo después de haber tenido relaciones sexuales, sintió que aquel abrazo que se daban era todavía más especial, más íntimo y más trascendente.

Y al verlos juntos, lo conmovió y lo sorprendió darse cuenta de cuán profundos eran los sentimientos del uno por el otro.

Había llegado a pensar que lo de ellos podía ser un asunto meramente carnal, que podían haber llegado a un acuerdo para satisfacerse tal y como había sucedido entre él y Shaina por un par de breves pero inolvidables semanas. Y había llegado a esa conclusión porque le costaba mucho conciliar la imagen que tenía de ellos como asesinos fríos y despiadados, con lo que había atestiguado la noche de la fiesta.

Pero el modo en el que se estaban estrechando y comenzaron a murmurarse cosas al oído le hizo saber que había cometido un gran error, y que el afecto que había entre ellos era genuino y profundo.

El griego comenzó a pensar en qué podía decir para excusarse y dejarlos a sus anchas, pero al observarlos de nuevo entendió que no era necesario que dijera nada, e incluso supo que si decía algo, ni siquiera lo escucharían, pues fundidos del modo en el que estaban en aquel abrazo era imposible: nada más existía a su alrededor.

Por lo tanto, se puso de pie procurando no hacer ruido y se dirigió hacia la puerta, mientras la cabeza le daba vueltas al comenzar a recordar todas las cosas que le había dicho a la Doctora Sayaka cuando le habló de su relación con Camus y de cómo se había fracturado desde que el francés lo había encontrado besando a Shaina.

Y estaba justo consumido por sus reflexiones sobre su relación fallida y comparándola con lo que estaba atestiguando, recargado en el umbral de la cafetería, cuando escuchó pasos y la familiar voz de sus amigos, y al voltear a la derecha vio que Sagitario, Leo y Tauro se dirigían hacia donde él se hallaba...

Aldebarán se había detenido a unos cuantos metros de la puerta de ingreso a la cafetería para comentarle algo a los hermanos, y realizaba grandes movimientos con los brazos, y aunque los tres se veían fatigados, también se veían contentos, y su relato parecía hacerle mucha gracia a los griegos.

Al mirar de nuevo hacia su izquierda, Milo confirmó que Angelo y Afrodita seguían abrazándose, y que no parecía que fueran a apartarse pronto, y entendió que si Aioros, Aioria y Aldebarán entraban a la cafetería, iban a hallar a Piscis y Cáncer en su muy abierta demostración de afecto.

Siempre había dicho que ansiaba ser honesto sobre su relación con Camus sin importar que pudieran rechazarlo, pero jamás había existido la oportunidad de probarlo y ahora, sin embargo, parecía que estaba a punto de atestiguar de primera mano cómo reaccionaban los demás ante la revelación de una relación homosexual dentro de la orden.

Y lo desconcertó no saber lo qué podía pasar.

Aldebarán, a quien había tratado muy poco antes de la Guerra contra Hades, había sido una gran revelación aquellos días, y parecía ser de mente abierta, siempre positivo y alegre, así que no se lo imaginaba juzgando y mucho menos rechazándolos por su preferencia sexual, pero no podía estar del todo seguro.

Aioria sabía de buena parte de su complicada historia con Camus, y nunca había sido nada sino comprensivo, así que no le preocupaba, pero Aioros sí que era un enigma, pues había tenido contadas oportunidades de tratarle, y no imaginaba cómo podía reaccionar. Porque sí, el de Sagitario era gentil, bondadoso y de sangre liviana, pero también podía ser muy intenso y firme en sus convicciones, como cuando los tomó a todos por sorpresa al despotricar furioso contra Julián por haber atacado a Kanon, e incluso testarudo, pues aún rehuía el mirar directamente el rostro de las amazonas por mucho tiempo cuando no llevaban su máscara.

Después de todo era el Patriarca elegido...

¿Y si pensaba algo como que debían de mantenerse célibes y dedicados únicamente a Saori?

¿O si sentía el deber de decírselo?

¿Y si le parecía mal a ella, y eso les generaba problemas justo cuando parecía que estaban ganándose la confianza y la aceptación de los demás?

¿Y si estar juntos de algún modo terminaba por marginarlos de nuevo del resto del grupo?

Decidió que no podía permitirlo, por lo que corrió a interceptar a los recién llegados...

- ¡Hola! ¿Qué hacen aquí?

- Vinimos por comida, ¿lo puedes creer? - bromeó Aioria

- Ja, qué simpático, Minino.

- ¿Te sientes bien, Milo? - preguntó el de Tauro, notando de inmediato algo extraño en su actitud.

- Sí, sólo estoy... ¡cansado! Y sus ojeras dicen lo mismo, señores. ¿Quién se apunta para una siesta colectiva?

- ¡Yo! Y estoy dispuesto a pelear con quien sea por uno de los sillones, pero primero lo primero: co-mi-da - canturreó Barau

- La novia de Dohko mencionó el otro día que a dos cuadras hay un restaurante de sushi maravilloso, ¿no se les antoja? ¡Vamos!

- ¿Su novia? - preguntó Aioria.

- ¡Ya sabes de quién hablo!

- ¿Qué es sushi? ¿La sopa con muchos ingredientes? - preguntó Aioros intentando recordar lo que conocía sobre comida japonesa.

- ¿Ya ven? No podemos tener al niño con la duda. ¡Debemos llevarlo!

- No soy... - intentó rebatir Aioros aunque su apariencia lo desmentía.

- Perdón, es que tú... ¡Te va a encantar, en serio, Aioros!

- Es una gran idea, Milo, pero ya estamos aquí. Mejor vamos luego- respondió Aioria

- Sí, luego. Tengo tanta hambre que me estoy empezando a poner de malas - informó el brasileño eludiendo con elegancia a Milo para entrar a la cafetería, donde se topó de frente con el espectáculo que ofrecían sus compañeros abrazándose, y que si bien le pareció inusual no poseía el peso suficiente como para distraer sus pensamientos de la ansiada comida.

- No sabía que Angelo y los demás ya habían vuelto - dijo Aioros de inmediato, pues los conocía muy poco y por lo tanto no le parecía muy extraño que se estuvieran abrazando.

- ¿Hablaste con él, Milo? ¿Sabes qué pasó en Grecia? - dijo Aioria en cuanto los vio, y vaya que a él sí le pareció muy extraña la cercanía entre ellos, pero le interesaba más la salud de Seiya que cualquier otra cosa.

- No he preguntado - admitió Milo

Aioria obviamente no podía esperar para saber sobre lo ocurrido así que comenzó a avanzar hacia ellos, pero Milo de algún modo sintió que el momento era importante y lo tomó del brazo para detenerlo.

- Querían comer, ¿no? Podemos preguntarle luego.

- Pide algo por mí, yo necesito saber.

Milo batallaba buscando qué decir para detener a Aioria cuando llegaron Shaka y Mü, y se sintió indescriptiblemente aliviado de poder desviar la atención hacia ellos.

(Además, igual y estaba exagerando. Al fin de cuentas, sólo se estaban abrazando, ¿no?)

- ¡Mira! - dijo Milo tomando la rubia cabeza de Aioria para moverla en dirección a Virgo y Aries - ¡Mejor pregúntales a ellos!

- Shaka, Mü, ¿cómo les fue? - preguntó de inmediato Aioria.

- No te ves nada bien, Mü - observó Aldebará

- ¿Es que Asclepio se negó a ayudarnos? - dijo Aioria con preocupación.

- No, creo que todo salió bien. Es sólo que tuve una mala noche.

- Pues en serio te ves mal - observó Aioria

- ¿No preferirías reposar un poco? - dijo Milo - Podemos pedir que lleven la comida a la sala de espera y ahí nos cuentas todo a detalle

- Es una gran idea, Mü -observó Shaka.

- ¡Perfecto! ¿Por qué no se adelantan en lo que Aioria y yo compramos... un poco de todo?

Y fue entonces cuando un sonido extraño salió de la garganta de Aldebarán, que no pudo ocultar su asombro, ya que buscando tomar un menú de una de las mesas para indicarle a Milo lo que quería, alcanzó a ver el momento justo en el que el abrazo entre sus compañeros se rompía para dar lugar a un beso.

Al seguir la mirada del brasileño, todos acabaron siendo testigos del amoroso gesto y entonces sí que Milo sintió ganas de llorar, porque si no podía predecir la reacción de Aioros o Mü, mucho menos podía descifrar a Shaka de Virgo...

Por unos segundos nadie dijo nada, todos boquiabiertos ante la manifiesta adoración que estaban presenciando entre sus compañeros, pues Angelo había tomado el rostro bellísimo del sueco entre sus manos para contemplarlo largamente y luego besarlo.

El beso no fue corto, pero sí inocente, lleno de convicción y de cariño, y después de unos segundos que a Milo se le hicieron eternos, Angelo se separó de los labios del sueco para volver a mirarlo, sonreírle con una dulzura que los demás habían juzgado imposible en su persona, y luego volver a abrazarlo.


Con toda honestidad, jamás en toda su historia se habían dado un abrazo como aquel, y mucho menos se habían manifestado afecto enfrente de otros. Pero Afrodita no iba a rechazar de ningún modo la oportunidad que se le presentaba y se entregó al abrazo que Angelo le ofreció sin poner pero alguno.

El sueco no se consideraba especialmente apegado a nadie, ni siquiera a su amante. Gran parte de su preparación como caballero había transcurrido de modo autodidacta, y después, al seguir las órdenes de Ares, había tenido que pasar largas temporadas solo, esperando órdenes, observando, evaluando y acechando.

En cuanto a su carácter, era una persona que había aprendido a disfrutar intensamente su soledad, que difícilmente se aburría, y que no sólo no tenía problemas con estar aislado, sino que se consideraba profundamente exitoso en esas circunstancias.

Y en cuanto a su relación, pues su dinámica estaba bastante definida. Habían transitado de ser compañeros, a ser amigos, y mucho tiempo después, a ser amantes. Y si bien disfrutaban pasar tiempo juntos, también disfrutaban y respetaban la libertad del otro.

Como compañeros sus primeros contactos físicos fueron al entrenar, y como amigos el que tomó la iniciativa era siempre Afrodita, que era el único que se atrevía y podía salirse con la suya con rozarlo o ponerle una mano en el hombro, pero sin ser invasivo o irritante. Y cuando comenzaron a tener sexo, de algún modo tácito quedó definido que las caricias quedarían reservadas a sus momentos horizontales y privados. Y al volver a la vida retomaron ese patrón sin objeciones.

Y sin embargo, las horas que Angelo había pasado lejos las había padecido, y había sentido auténtico miedo de que pudiera resultar afectado al colaborar en el sobrenatural regreso de Seiya, y ese miedo se confirmó al ver el estado en el que estaba justo antes de partir a Grecia, ya que esos breves instantes le habían bastado para notar que un cambio importante se había operado en el de la Cuarta Casa.

Así que cuando lo vio volver, más dueño de sí pero con los ojos aún muy expresivos, lo inundó el alivio y la dicha, y cuando Angelo tomó la iniciativa de abrazarlo, Afrodita volcó todo su sentir en el contacto.

Angelo, por su parte, había estado sumamente agobiado desde que vio a Afrodita colapsar en la sala de la mansión, pues a esa preocupación se sumó el hecho de que tuvo que permanecer alejado porque la rutina que Hécate le había impuesto para prepararse para el ritual se lo requirió. Pero pensarlo en peligro y no poder verlo fue agotador, aunque nada comparado con el cansancio que experimentó una vez que el regreso de Seiya se hubo concretado.

Desde que lo tuvo entre sus brazos se vio acometido por una oleada de sensaciones y emociones abrumadoras y sin contexto que lo habían acometido instantáneamente, y lo que quedó después fue una especie de resaca donde se sentía algo desconectado de su propio cuerpo, pero con su percepción hacia los sentimientos de los demás aguzada en extremo, cosa que jamás había experimentado, pero que le permitió saber, por ejemplo, sobre el desasosiego que acometía a Mü cuando volvieron a Japón.

Cuando despertó en el templo después de haber tenido un descanso reparador y que él hubiera jurado sin sueños, lo condujeron ante Asclepio, y él mismo se sorprendió al relatar con tanto detalle las imágenes de sus visiones, y una vez estuvo afuera, se dio cuenta de que ya no se sentía abrumado como el día anterior, donde lo habían bombardeado emociones ajenas. Sin embargo sabía que seguía experimentado cambios, aunque ahora los notaba en sí, ya que eran sus propias emociones las que parecían estar magnificadas.

En su mapa sentimental, por supuesto, la estrella era Afrodita, pero todas las emociones que el sueco le inspiraba, sin importar cuán intensas y positivas fueran, eran sometidas, racionalizadas, y minimizadas y en consecuencia, los actos de Angelo nunca habían dejado ver del todo cuán importante era el de Piscis para él. Tanta reticencia tenía sus bases bien asentadas en las amargas experiencias que su niñez le había legado: el temor a ser traicionado, ignorado y abandonado le indicaban que jamás debía de entregarse por completo, que jamás debía confiar del todo porque la mayoría de la gente no sabía amar de verdad. Y encima de las trabas que ponía su psique, toda su relación con Afrodita había sido puesta en entredicho cuando supo que Aioros, que había sido tan importante en su pasado, estaba de regreso...

Pero al despertar, halló que todo aquello que contenía, disfrazaba o confundía sus emociones parecía haberse diluido. Comprendió que lo que había sentido por Aioros había sido más un asunto de admiración y de atracción natural por el inmenso carisma y el desarrollado cosmos del Arquero, y que pertenecía por completo al pasado, de tal modo que cuando estuvo frente al de Piscis, sintió que por fin nada le impedía mostrar sus sentimientos sin filtros, y no dudo en darle ese abrazo del que había tenido tanta necesidad desde la noche de la fiesta.

Y en ese abrazo trató de verterlo todo: de expresar cómo se había sentido atormentado al no poder borrar de su mente la imagen de verlo desangrándose y palideciendo a ritmo acelerado, atestiguando cómo se le escapaba la vida en cada latido mientras se sentía orgulloso e impotente a la vez ante su agonía. Quería hacerle saber que esos días lejos lo había perseguido la idea de que quizás esa podría haber sido la última vez que lo viera con vida, y que ante ese pensamiento recurrente, el sexo que habían tenido en la caballeriza de la mansión le resultaba una burda e ineficaz demostración de todo lo que sentía por el sueco.

Quería demostrarle su amor con toda certeza, más allá de sólo lo físico y potenciado por la amistad en la que se había fundamentado su sentir, y cuando tuvo al de Piscis en sus brazos, pudo sentir con toda claridad cómo Afrodita también se volcaba todo, dejando atrás cualquier barrera o resquemor, y decidió disfrutar de esa maravillosa sensación por todo el tiempo que le fuera posible.

Y aunque parecía que no hacían falta palabras, se vio compelido a hablar.

- ¿Estás bien?

- Ahora lo estoy... ¿Y tú?

- Bien... No soy bueno para hablar, pero...

- No hace falta.

- Debo. Gracias, por todo, Afrodita. Gracias por estar siempre.

Pero claro que lo que sentía el italiano por su compañero no era camadería ni gratitud nada más, y para asegurarse de que no pudiera caber ni la menor duda, decidió darle el beso más tierno, puro y emocional que jamás le hubiera dado antes.

Y después volvió a los brazos del sueco, para acunarlo, para disfrutarlo y para sentirse a salvo, todo a la vez.

Y Afrodita se supo amado por entero, y le correspondió con su cuerpo y su corazón con todas sus fuerzas, y ambos se perdieron el uno en el otro, totalmente ajenos a lo que desataban a su alrededor.


- No sabía que eran pareja - confesó Aldebarán saliendo de su estupor al verlos.

- Ni yo - dijo Mü

- Quizás no lo son - dijo Milo ganándose que todos lo voltearan a ver, unos con incredulidad, otros intrigados - Digo, tú y yo nos abrazamos todo el tiempo, Aioria, y eso no quiere decir...

- Ellos se besaron - interrumpió Mü para desespero del Escorpión.

- ¿Ustedes también se besan? - preguntó Aioros fingiendo seriedad para molestar a su hermanito

- ¡No! - contestaron Leo y Escorpio al unísono mientras que a Shaka se le escapaba una minúscula sonrisita.

- ¡Aioros, no, tú sabes que amo a Marín y que pedí permiso para cortejarla

- ¿De verdad? - preguntó Shaka qué no tenía idea de aquel detalle.

- Sí - admitió Aioria ligeramente ruborizado.

- Felicidades - dijo el hindú

- Gracias - respondió Aioria ruborizándose por completo

- ¿Será algo reciente? - se preguntó el de Tauro, olvidando momentáneamente su urgencia de conseguir comida ante los interesantes acontecimientos - El día de la fiesta muchos fraternizaron, si me entienden; quizás ese día comenzó esto.

- Podría ser, porque jamás los había visto comportarse así - afirmó Aioria.

- No lo sé... Angelo nos dijo apenas hace unos momentos que su percepción quedó alterada desde que sostuvo a Seiya. Y Hécate dijo que su alma y la de Seiya tuvieron contacto durante esos instantes del ritual. Quizás...

- ¿¡Qué estás diciendo, Mü, que Seiya de algún modo volvió a Angelo un... Erastés!? - dijo Aioria saltando a defender a su protegido

- ¿Erastés? - preguntó Aldebarán, que no recordaba en qué contexto había oído esa palabra...

- Homosexual - explicó Aioros.

- De ningún modo dije eso - rebatió el de Aries.

- Aioria, cálmate - pidió Aioros

- Nadie dijo que Seiya sea homosexual - señaló Aldebarán.

- Y aunque lo fuera, no tendría nada de malo - dijo Milo sintiéndose juzgado, y enojándose porque del último del que hubiera esperado semejante reacción, era de su mejor amigo.

- ¡Pues no, pero...! - dijo Aioria comprendiendo que podía haber ofendido a Milo con su comentario, pues la suya resaltaba entre las demás miradas desaprobatorias que estaba recibiendo - Me expresé mal y me exalté, perdón. Sólo digo que Seiya no es, que él...

- Entendemos, Aioria - intervino Aldebarán poniéndole una mano en el hombro con gran gentileza, pues sabía de primera mano cuán importante era el japonés para su compañero.

- Lo que intentaba decir es que Angelo es muy cauto - explicó - y Seiya en cambio es espontáneo y expresivo. Angelo dijo sentirse distinto, y creo que podría ser porque Seiya está modificándolo, por decirlo de alguna manera. Para bien, claro.

- Eso tendría mucho sentido - dijo Shaka - Todo el tiempo que estuvimos en Grecia, él de verdad parecía otro. No hablaba, pero por sus ojos pasaba una miríada de emociones.

- Es una teoría muy interesante - comentó Aioros, que esperaba con gran ilusión la oportunidad de hablar por fin con el Pegaso.

- Pues mientras sea Angelo adquiriendo rasgos de Seiya y no al revés...

- ¡Aioria! - le reprendió Aioros.

- Es que tú no lo conoces, pero...

- Sí lo conozco. Acompañé a Shion el día que llegó al Santuario, y varias veces tuve la oportunidad de convivir con él.

- Pero fue otro en tu ausencia. Tú no sabes...

- No, no he tenido la oportunidad de acercarme, y me gustaría poder hacerlo sin prejuicios de por medio.

- No es prejuicio, sus acciones.

- Sus acciones acaban de ayudar a salvar a tu protegido, ¿no es así? ¿Hay algo que importe más que eso?

- ¡Pues de verdad nunca se me hubiera ocurrido que él y Afrodita estuvieran involucrados! - dijo Aldebarán retomando la discusión sobre la vida sentimental de Piscis y Cáncer al ver que los hermanos estaban exaltándose.

- Bueno, ambos son atractivos aunque de modos distintos - dijo Mü siguiéndole la corriente.

- Lo cierto es que están enamorados - afirmó Shaka, que perceptivo como era, había notado en cuanto llegó a Piscis y Cáncer abrazados, y que antes de que el beso llegara, supo sin lugar a dudas que su presentimiento había sido correcto...

Todos voltearon a ver boquiabiertos al rubio, extrañados de que opinara sobre la intimidad de sus compañeros, cosa que no solía hacer nunca.

- Ya lo sabías - afirmó Mü admirando cada vez más los alcances de las observaciones del rubio.

- No exactamente.

- ¿Los había visto juntos? - preguntó Aldebarán.

- No.

- ¿Oído entonces? - preguntó Milo, recordando que Shaka había pasado años con los ojos cerrados

- Apenas e interactué con ellos antes de la Guerra, y en realidad no había presenciado una demostración abierta de afecto entre ellos desde que estamos aquí, pero en el Inframundo ciertas almas errantes pueden actuar como un oráculo, y ya que deseábamos saber si él y Shura estaban bien, Ikki y yo preguntamos, y el alma respondió que Afrodita estaba muy débil y soñando con su amor. Y yo intuí que ese era Angelo por el modo en el que a veces los he observado mirándose...

- Impresionante - dijo Milo

- No me atrevo a especular cuánto tiempo se han sentido así, pero recuerdo que la noche que disentimos por las cuentas de banco, Dohko dijo que deberíamos de enmendar nuestros errores con acciones, y vivir a plenitud, y parece que ambos están siguiendo sus consejos al pie de letra.

- O quizás más bien concuerdan con la opinión de Shaina - agregó Aldebarán con una expresión sugerente que entendieron todos excepto Aioros.

- ¿Qué opinión? - preguntó él.

Los mayores pasaron de las risitas, a intercambiar miradas que reflejaban una cierta incomodidad, y Aldebarán batalló para contestar (tal y como Milo lo había hecho minutos atrás, lo cuál provocó que el de Escorpio se sintiera menos mal consigo mismo) ya que Aioros tenia la desconcertante cualidad de sonar como un adulto atrapado en el cuerpo de un menor, y de pronto y a la menor provocación, hacer observaciones candorosas.

Y ese silencio incómodo no pasó desapercibido para el de Sagitario, que se sintió mal pensando que quizás había vuelto a quedar fuera de algún chiste o dinámica que los demás sí compartían, ya que si bien había oído el comentario de la amazona, no le había dado la menor importancia en medio de las muchas cosas que supo aquella noche.

- Pues ella dijo que todos deberíamos de...Bueno, creo que lo que quiso decir era que... Que lo lógico sería que...

- ¿Qué sería lógico, Barau?

- Tener sexo - completó Mü con la voz y el estómago apretados al pensar en lo que había pasado, (y no) con Ariadna...

- Y no sería incorrecto que ellos, u otros, lo hicieran, ya todos somos... adultos, ¿no? - remató Aldebarán llevándose una mano a la cabeza tal y como Seiya solía hacerlo porque en verdad resultaba complejo definir el status del Arquero.

- Los Caballeros Divinos no - observó Aioria - Y Aioros...

- No salgas con que... - rebatió exasperado el de Sagitario.

- Tienes catorce.

- Los tenía hace dieciséis años.

Antes de que el nuevo silencio incómodo se prolongará aún más, Aldebarán volvió a hablar.

- ¿Y entonces tú qué, Milo?

- ¿Yo, qué? - respondió Milo deseando con toda su alma que al brasileño no se le ocurriera preguntarle sobre su vida sexual o sus intereses amorosos, porque eso sí que era aún más difícil de definir que la edad real de Aioros.

- ¿Lo intuías, o lo sabías? - preguntó Aldebarán - Lo de ellos, digo.

- Espera. ¿Lo sabías? - le preguntó Aioria, indignándose ante la perspectiva de que Milo no se lo hubiera contado.

- Explícate, porque estabas raro desde que llegamos - insistió el de Tauro.

- ¡Claro que no!

Y por unanimidad todas las miradas le manifestaron incredulidad.

- ¡Está bien! La noche de la fiesta vi... algo, lo admito, pero no tenía certezas - confesó el griego al fin - Supe que van en serio hasta que Angelo entró hace unos minutos y se abrazaron y se les olvidó por completo que yo estaba ahí.

- No me contaste - reclamó Aioria.

- Espera. Entonces, ¿todas las propuestas de ir a otra parte eran porque querías impedir que los viéramos? - preguntó Aioros

- No... ¡Bueno sí! Miren, lo que sea que está pasando entre ellos justo ahora parece importante, y sería inoportuno que los interrumpieran...Y no dije nada porque no me corresponde estar enterándolos de lo que ellos hagan o tengan: lo suyo es de ellos y de nadie más. Y en resumen no sabía cómo iban a reaccionar, ¿ya?

- ¿Estás diciendo que pensaste que alguno de nosotros podía encontrar reprobable una manifestación de amor entre dos hombres? - cuestionó Aioros.

Milo miró a Aioros sin atreverse abiertamente a contestarle, pero hubo una pequeña expresión de nerviosismo en su rostro que lo delató a los ojos del Arquero. Y eso, por supuesto, irritó al de Sagitario.

- ¿Pensaste que a mí me molestaría?

- No digo que sólo a ti. ¡Podría molestarle a cualquiera!

- Eso es absurdo - rebatió Aldebarán.

- ¡Pues no nos conocemos lo suficiente! - dijo para luego señalar discretamente hacia donde estaba la pareja - Tengan el valor de admitir que hasta hoy no sospechábamos siquiera que ellos fueran capaces de mostrarse amorosos y ser... tiernos. Y nos hemos llevado ya varias sorpresas: nadie sabía que Dohko tenía hija adoptiva, y ahora pasó de ser un inmóvil padre de familia, a darse escapadas con su novia super sexy. ¿Quién se iba a imaginar al viejo maestro haciendo eso? ¡Nadie!... Y quedó más que probado que todos pensamos diferente el día del pleito por las cuentas.

- Eso fue distinto - señaló Shaka, aunque entendía los argumentos del griego.

- Quizás, pero al principio te ofendiste, ¿recuerdas? Aunque claro que luego cambiaste de opinión porque eres sabio, pero en general eres muy firme en tus convicciones, y no hablas mucho y cuando lo haces sueles sorprendernos. ¿Cómo iba a anticipar tu reacción? Y en cuanto a ti, Aioros, pues...

- Prosigue; me intriga tu razonamiento.

- Te eligieron para ser el Patriarca, así que supongo que eres muy... Muy...

- ¿Entrometido?

- No, eso no. Más bien...

- ¿Intolerante? ¿Inflexible? - sugirió Aioros, mientras su mirada se iba endureciendo, lo cual hizo sentir a Milo mucho más joven e inseguro de lo que en realidad era.

- Estricto. Con ciertas cosas, supongo.

- Mira, supones mal; es atroz tu falta de conocimiento sobre las relaciones sexuales y sentimentales entre iguales en los ejércitos de la antigüedad, y de cualquier modo, no me toca juzgar lo que ellos hacen con su intimidad. La única que puede aprobar o desaprobar esto es la Princesa.

- ¿Ves? Todo lo que acabas de decir es muy Patriarca de tu parte.

- No lo soy, y nunca lo fui... - respondió él dejándolos fríos a todos - pero comprendo tus dudas, porque tienes razón: no nos conocemos lo suficiente.

- Aioros, perdón. Lo que quise decir...

- Coros, no te pongas así - dijo Aioria casi al mismo tiempo que Milo intentaba disculparse.

- Está bien - dijo Aioros callándolos con un simple gesto de su mano - Ha sido un día muy largo para todos.

Y sin más, el de Sagitario comenzó a alejarse dejando al resto de sus compañeros sin habla.

- Aioros, ¿a dónde vas?

- Perdí el apetito.

- ¡Voy contigo! - respondió de inmediato el de Leo.

- No. Tenías mucha hambre, Aioria: come. Los busco luego.

Aioros se alejó sintiéndose frustrado. En la fiesta, le había dicho a la doctora que se sentía algo alejado de sus compañeros, pero todas las adversidades que se habían suscitado después lo habían hecho sentirse diferente. Se había sentido útil y compenetrado con los demás en la vóragine de las horas subsecuentes, y había percibido que todos comenzaban a actuar como la unidad que siempre debieron ser, pero apenas se recobraba una cierta calma, volvía a sentirse ajeno, distinto, quizás hasta un poco desplazado.

Pero siendo el optimista que siempre había sido, decidió que esos pensamientos dolorosos que le hacían imaginar que sólo valoraban su experiencia y no al ser humano que era debían de ser producto del cansancio, y determinó tratar de calmarse y no pensar más en ello por el momento...

- Perdón - dijo Milo al sentir las miradas de reproche sobre sí cuando Aioros estuvo fuera de vista - pero de verdad no sabía cómo iba a reaccionar. Y no niegues que a ti también te sorprende cómo se pone a veces, Aioria.

- ¡Pues sí! - acabó concediendo el de Leo - Pero tú te pasaste.

- ¿Por qué no comemos y nos callamos un rato, les parece? Luego podemos hablar todo lo que quieran.

Shaka y Mü encontraron excelente la idea de Barau y asintieron de inmediato, y después lo hicieron Milo y Aioria, relajando ambos sus posturas.

- Perfecto. ¡Al fin podremos hacer lo que vinimos a hacer! - dijo Aldebarán con gran entusiasmo al tiempo que se dirigía al mostrador para proceder a ordenar, mientras Angelo y Afrodita seguían abrazándose totalmente ajenos a lo demás.

Sip, como yo siempre digo: come y deja vivir, pensó el de Tauro.


En cuanto Saori ingresó al edificio principal del hospital usó su cosmos para localizar a Julián, y sin perder tiempo alguno fue hacia él, que tomaba una soda en una especie de terraza de la planta baja.

- Julián, ¿podemos hablar?

- Claro. ¿Pasa algo? ¿Es Perséfone?

- No, es acerca de Iris. Te pedí paciencia porque la situación de Seiya era precaria cuando ella se presentó en la mansión, pero ahora que el peligro inmediato pasó, creo que es tiempo de tomar una resolución sobre ella, y quiero saber tu opinión.

- ¿En verdad?

Julián no se atrevió a expresarlo en ese momento con mayor claridad, pero le sorprendía que Saori estuviera dispuesta a tomar en cuenta su opinión cuando apenas un par de semanas antes él había agredido a Kanon.

El italiano se había mostrado verdaderamente contrito, y cuando al fin se le dio oportunidad había pedido sinceras disculpas en más de una ocasión, pero aún más importante, había hecho importantes enmiendas, de modo que el enfado de la heredera para con él había disminuido considerablemente, aunque Julián seguía sintiéndose muy mal al respecto y muy culpable, pues el menor de los gemelos aún no lograba reponerse del todo...

- No te lo preguntaría de no ser así.

El italiano vio la expresión serena y confiada que le daba la Diosa, y a cambio le regaló una pequeña sonrisa, más luego su expresión se endureció.

- La quiero muerta - confesó sin titubeos.

- No - le respondió ella con la misma contundencia.

- Acabas de preguntarme mi opinión y te la he dado. ¡Ella merece...!

- Sé razonable, Julián. Iris debe enfrentar consecuencias acordes a la inmensa gravedad de sus acciones, por supuesto, pero no se puede asesinar sin más a un mensajero olímpico y resultar impune.

- Pensé que reprobabas su proceder.

- Claro que lo hago, y comprendo que estés furioso, Julián, pero tenemos que ser más listos que eso.

- Pero...

- Escúchame. Yo misma he estado meditando todos estos días en qué castigo sería apropiado, porque tengo que ser contundente al mostrar que no permitiré que nadie se infiltre impunemente a mi Santuario para dañar a mis invitados y a los míos. Además, claro, te he dado mi palabra de que Iris no podrá atentar de nuevo en contra de Thetis, pero también tengo muy claro que asesinarla sería burdo y problemático, y no necesitamos ni una complicación más ahora.

- Estoy dispuesto a asesinarla con mis propias manos y asumir las consecuencias.

- Iris le sirve a Hera. ¿Y si ella enloquece y le pide a Zeus que se lanze en tu contra por matar a su mensajera? ¿Y si vuelven a lastimar a Thetis para hacerte pagar? ¿Y si algún otro Dios se enredó con ella y decide vengar su muerte? Tú puedes estar dispuesto a correr esos riesgos, pero yo no. Mis caballeros apenas y han salido con vida de la última guerra como para comenzar otro enfrentamiento por un asunto de celos que no les atañe en lo absoluto.

- Pero...

- Piénsalo, y decide con cabeza fría. Estoy dispuesta a toma en cuenta tu opinión siempre y cuando tus demandas sean razonables. De otro modo, me obligarás a decidir sola.

El italiano observó a Saori marcharse tan decidida como había llegado, y luego, como en varias ocasiones en los días anteriores, se sintió desconcertado y sin tener con quién contar.

En otras circunstancias, habría recurrido de inmediato en busca del consejo de Sorrento, pero la comunicación entre ellos aún no se había recuperado del todo después de días de amarga tensión entre ambos

El magnífico y generoso corazón del músico no era capaz de albergar verdadero rencor en su contra (ni siquiera a pesar de que había agredido a Kanon), pero de cualquier modo las cosas no estaban aún entre ellos como lo habían estado tiempo atrás.

Así que sin poder contar con Sorrento, sólo le quedaba recurrir a Thetis, que estaba directamente involucrada... Y justamente por ella es que insistía en que mataran a Iris, pues pensaba que hacer castigar a la mensajera del modo más severo posible le demostraría a su sirena cuánto la amaba, y por lo tanto estaba dispuesto a pelear si fuera necesario por conseguir que el castigo de la mensajera fuera no sólo letal sino brutal. Pero Saori no parecía dispuesta a ceder, y a decir verdad la perspectiva de confrontarse de nuevo con ella no le apetecía en lo absoluto cuando le había costado tanto trabajo congraciarse con ella.

Y a decir verdad no se le había ocurrido pensar en las opciones que acababa de comentar, y que no sonaban descabelladas en lo absoluto...

Como muy pocas veces en su vida, Julián sintió que el miedo atenazaba sus entrañas ante la sola idea de ver a Thetis de nuevo herida, o peor aún, muerta, y aún si eso no sucedía, pero su insistencia llevaba a tomar una decisión incorrecta que los metiera a todos en un nuevo conflicto, su sirena seguramente se enojaría de nuevo con él y de ningún modo quería arriesgarse a eso, ya que ella también había estado muy molesta por su incidente con el griego y le había costado mucho trabajo hacerse perdonar...

Y fue entonces cuando tuvo una revelación: el único modo de encontrar un castigo apropiado que no provocara una crisis ni un nuevo desacuerdo entre él y Thetis, era dejar la decisión con respecto a Iris en manos de la propia rubia.

Apurado, pero más tranquilo, dirigió sus pasos en busca de su amada.


- Iré a buscarlo - dijo Aioria una vez que hubo arrasado con toda la comida que había comprado, pues no podía dejar de pensar en cómo debía de estarse sintiendo su hermano.

- Deberías de darle la oportunidad de estar un rato a solas - sugirió Shaka con suavidad - Ya se le pasará.

- Exacto, Gato - dijo Milo - Relájate que ya estás como Ikki.

- ¡Claro que no! - reclamó ofendido el de Leo.

- En realidad, estás peor, porque Aioros es muy resistente y a pesar del bombardeo de noticias malas o problemas que le ha tocado enfrentar a su vuelta, lo ha tomado todo con enorme inteligencia. Y aunque es... indefinible si es mayor o menor, te pones sobreprotector cuando a él no le hace falta.

- Yo no lo sobreprotejo...

La mirada que todos le dirigieron, le hizo saber que sí, estaba exagerando un poquito.

- Está bien - aceptó resignado el rubio al fin con un gran suspiro - ¡Es que es tan raro! He pasado más tiempo extrañándolo que teniéndolo, y aún a veces me persigue la sensación de que un día me voy a dar cuenta de que estoy soñándolo con vida... También me aterra la simple idea de que algo malo le pueda pasar. Y me vuelvo loco porque en mis recuerdos de niñez es enorme, y tengo grabada a fuego la sensación de lo inmenso de su cosmos frente al Muro de los Lamentos, pero cuando lo veo me encuentro a un muchacho y eso me confunde y hace que quiera protegerlo como cuando Seiya era pequeño y lo cuidaba y deseaba tenerlo al alcance de mi vista siempre.

- ¡Respira, Gato! Entendemos. A nosotros también nos sucede un poco así.

- ¿Y le has dicho todo esto a él? - preguntó Aldebarán

- No.

- Pues deberías. Piensa que para él debe ser tanto o más difícil todo esto - aconsejó Mü - pero juntos pueden hacerle frente, o llegar a ciertos acuerdos. Como ha dicho la señorita Sayaka, la suya es una situación inédita, pero lo más importante es que está aquí.

- Es cosa de acostumbrarse - añadió Aldebarán, que seguía comiendo, disfrutando con lentitud sibarita los alimentos que había escogido.

- En todo caso él crecerá, y la diferencia entre su experiencia y su apariencia se aminorará - señaló Shaka con gran tino.

- Es muy cierto - aceptó Aioria - Pero no debí de...

- No te reproches. Se malentendió todo porque estamos agotados y encima teníamos hambre: pésima combinación - remató Aldebarán mientras le daba una gran mordida a su hamburguesa desatando algunas risas.

- Tienen razón, todos... Gracias.

- ¿Ves? Todo es mejor cuando eres un gatito dócil.

- Cállate, Milo. ¿Nos podrían contar ahora qué pasó en Grecia? - pidió Aioria mirando a Shaka y a Mü con sus mejores ojos de cachorrito.

- Bueno, Ariadna ya había comenzado desde días previos todo un ritual y nosotros más bien seguimos sus instrucciones - explicó Shaka - Después de una preparación, presentamos ofrendas, instalamos a Angelo para que durmiera en una cámara de las ruinas del Templo y nos presentamos ante Asclepio. Luego aguardamos a que Angelo despertara, y a que fuera a contarle su sueño; después regresamos aquí.

- ¿Entonces vieron a Asclepio? - preguntó Milo.

- Yo sí - aclaró el rubio.

- ¿Y cómo es?

- Físicamente, un hombre mayor de cabellera castaña y voz retumbante. En cuanto a su carácter, pues se mostró afable en todo instante, y al parecer muy complacido por haber sido invocado.

- ¿Lo ves, Aioria? Sólo vienen cosas buenas, así que tienes que relajarte y disfrutar.

- No sabes cuánto quiero creerte, Milo - respondió Aioria sonriendo y considerando comprar un postre porque se había quedado con algo de hambre.

- Ya que estamos en la hora de las preguntas, tengo una para ti, Milo - dijo Aldebarán en cuanto hubo acabado su bocado

- Dime, Barau - respondió el griego sintiendo aún cierto nerviosismo por las preguntas del Toro.

- ¿De dónde sacaste que Dohko se da sus escapadas con la señorita Lina?

- ¿No se dieron cuenta que desapareció un buen rato la noche de la fiesta, y que cuando lo volvimos a ver traía puesta otra ropa? Apuesto mi cabellera a que se fueron a su cuarto para que ella le diera su regalo de cumpleaños y luego no fue capaz ni de encontrar lo que traía puesto.

Shaka y Mü no dijeron nada mientras enrojecían furiosamente, y Aioria y Aldebarán lo miraron boquiabiertos.

- Ya decía yo que todos andaban muuy ocupados para notarlo...

- No del modo que insinúas - repuso Aioria.

- Yo estaba...

- No estoy juzgando a nadie, Barau: me alegro por ustedes. Y si quieren compartir detalles soy todo oídos - añadió cerrando un ojo con picardía.

- No es tan pervertido como parece, se los juro, pero cuando se pone así, lo mejor es ignorarlo - les aconsejó Aioria

- ¡Oye!

- ¿Y creen que ya sean novios, como oficiales? - prosiguió el de Leo

- Claro que ya debe de haber hablado con ella.

- No me refiero a eso, Barau - replicó Aioria.

- No me lo imagino hablando con Saori al respecto si a eso te refieres, Aioria - dijo Milo - Digo, la respeta como el que más, pero el hombre tiene vivo más de doscientos años, creo que está más allá de los permisos. Además el día de la fiesta todo mundo andaba en plan romántico del modo más obvio posible, y ella no objetó de ningún modo.

- Muy cierto. Y ya ha dicho en varias ocasiones que sólo quiere que seamos felices - concluyó el de Tauro mientras los demás asentían.

Aioria miró a Milo pensando en que aquel podía ser un gran momento para que él y Camus dieran a conocer su relación, (ya que ignoraba que habían terminado) y estaba pensando en buscar un momento adecuado para insinuarlo cuando alcanzó a ver de reojo que Afrodita recogía en el mostrador una charola llena de comida y que la llevaba a la mesa donde al fin se había sentado la pareja. Y lo vio pasarle su bebida y sus alimentos al de Cáncer con movimientos relajados y una sonrisa deslumbrante que no le había visto jamás...

- Y dices que yo soy el maleducado.

- ¿Qué?

- Es de mala educación mirar fijamente a la gente, Aioria - le dijo Milo

- No es que los esté juzgando ni nada, es sólo que aún sigo sorprendido. Nunca me dio la impresión de que hubieran tenido...

- ¿Sentimientos?

- No pongas palabras en mi boca, Milo. Me refería a que sería lógico pensar que no habrían tenido tiempo para relacionarse considerando todo lo que pasaba con ellos en esa época.

- La soledad que impone cuidar de cada Casa, y el peso de nuestro deber no son cargas sencillas, y eso aunado a la manipulación de Ares debe de haber sido muy difícil de sobrellevar: quizás su amor comenzó porque pasaron juntos por todo eso.

- Suena lógico, Shaka - dijo Aldebarán.

- Y de ser así, sería aún más meritorio que un sentimiento que surgió en medio de tantos altibajos, sobreviva, y que sigan juntos ahora - reflexionó Shaka

Sí, lo de ellos sigue, a diferencia de lo nuestro, Cam, pensó Milo una vez más, al tiempo que decidía que iba a comerse un postre porque el azúcar lo hacía sentirse menos triste...

- Mü, has estado muy callado - observó Aioria - ¿Te encuentras bien?

- Sí, sólo pensaba en Kiki. ¿Saben dónde está?

- Durmiendo en la sala de espera.

- Sí. Quisimos enviarlo a descansar a la mansión pero se negó rotundamente - explicó Aldebarán - Estaba esperando tu regreso, pero después de que comió lo venció el sueño.

- Estaba muy enfadado cuando me fui...

- Así es, pero lo dejamos solo un rato para que se tranquilizara, y Dohko habló después con él.

- Además, pasó algo que lo puso de muy buen humor - intervino Milo

- ¿Qué?

- Hizo un amigo.

- ¿Un amigo? ¿Quién?

-Un pequeñito más o menos de su edad. Los vi platicando muy animados en los jardines.

- ¿Y conoces a ese otro niño?

- No pero parece estar muy familiarizado con el entorno, así que imagino que debe de tener algún familiar trabajando aquí.

- Esa es una noticia maravillosa... ¿Y Seiya cómo sigue? ¿Hubo alguna novedad?

- Ya despertó - anunció Aioria mientras sonreía de oreja a oreja

- ¿En serio? ¿Tan pronto?

- Sí, fue hace un par de horas, pero armó un gran alboroto porque lo último que recordaba era estar peleando, así que trató a Shun como si aún alojara a Hades, e incluso se puso en pie para intentar combatir en su contra. Hubo que sedarlo levemente, pero después de un rato reaccionó y las cosas marcharon mucho mejor.

- Todos queríamos entrar a verlo pero se le dio prioridad a Seika, y parece que todo fluyó muy bien entre ellos - comentó Aldebarán.

- Son excelentes noticias - dijo Mü con una sonrisa laxa.

- Así es.

Después de comentarlo muy brevemente, Aioria y Milo se levantaron para ir hacia el mostrador por postres, y Mü decidió que debía de aprovechar la oportunidad.

- Si me disculpan, me quiero adelantar para buscar a Kiki. Hay varias cosas que quiero platicar con él, y mandarlo a descansar a la mansión si Saori no dispone otra cosa. Pero quisiera pedirte un favor antes, Aldebarán.

- Claro, Mü, dime.

- Se trata de Ariadna. No sé dónde está con exactitud, pero debe de estar por los alrededores ¿Podrías hallarla, y asegurarte de qué esté bien, de que coma algo?

- Por supuesto, pero, ¿no preferirías hacerlo tú?

Mü miró a Shaka con cierta inseguridad, pero la calidez en los ojos azules del rubio le dio confianza.

- Durante nuestro pequeño viaje fui muy grosero; no creo que esté interesada en verme justo ahora. Pero me preocupa su bienestar, y necesito asegurarme de que está bien.

- ¿Lo estás tú?

- No justo ahora, pero lo estaré.

- Cuenta con ello.

- Gracias, amigo.

Sin decir más, Mü les sonrió a ambos y se puso de pie para dirigirse de inmediato hacia la sala de espera mientras que Aldebarán acababa con su comida a toda prisa para ir después a localizar a la pitonisa.


- Kiki, despierta.

- ¡Maestro! - exclamó Kiki, que aún somnoliento se aventó a los brazos de su querido tutor al reconocerlo, pues sólo él lo despertaba trazando círculos sobre sus lunares - ¡Qué bueno que ya está aquí! ¡No va a creerlo, hice un amigo!

- Algo escuché, pero quiero que tú me lo cuentes.

El pelirrojo procedió a incorporarse, dispuesto a contarle a su amado Maestro sobre la emocionante aventura que había vivido aquel día, pero ya estando más despierto pudo percibir con toda claridad el cansancio mental y anímico de Mü.

- Maestro, se siente mal por lo que pasó con ella, ¿verdad?

- Kiki, mira...

- No me tiene que explicar, ya entendí muchas cosas - agregó el pequeño jugando con uno de los extremos de la manta con la que lo habían cubierto mientras dormía.

- ¿Sí?

- Ajá. El maestro Dohko me explicó que aunque ella es del Inframundo, su cosmos no está entrenado para combatir.

- Así es, Kiki. Tú fuiste el primero en percibir su cosmos, así que sabes bien la diferencia. Es un poco como el de Seika, ¿no?

- Sí, aunque su cosmos es mucho más intenso... El maestro Dohko dijo que seguramente mintió porque tenía miedo de que le fuéramos a hacer algo feo, o que no le creyéramos, pero de todas maneras creo que estuvo muy mal cómo lo engañó. Sus mentiras lo tienen triste...

Mü se quedó sin habla ante la acertada observación de su pupilo, que siempre hallaba nuevos modos de sorprenderlo. Y antes de que pudiera hallar que responderle, Kiki volvió a hablar.

- Hace unas horas sí estaba muy enojado, y desconcertado, definitivamente. Pero después me acordé de la Guerra contra Hades, y de algo que sucedió

El pequeñito lo miraba sin parpadear, atentísimo a las palabras de su adorado tutor...

- Sabes que algunos Caballeros Dorados muertos regresaron como espectros de Hades, ¿verdad?

- Sí, pero Marin nos explicó que lo hicieron para engañar a Hades y ayudar a la señorita Saori - acotó él con orgullo y entusiasmo.

- Exacto. Y entre ellos regresó también el Antiguo Patriarca, ¿supiste eso?

- Sí, aquel al que mató el señor Ares, ¿verdad?

- Así es, Kiki. Su nombre, como quizás ya hayas oído, era Shion, y en vida fue mi maestro, y el mejor amigo de Dokho. Me hubiera gustado mucho que hubieran tenido ocasión de conocerse ustedes dos... - dijo Mü mientras sus ojos se humedecían al perderse momentáneamente en los recuerdos del imponente atlante - Como decía, él volvió como un Espectro de Hades, y nosotros tuvimos que enfrentarnos. El me crió como un padre, Kiki. Lo quise y me quiso, y lo conocí tan bien que sé que en su corazón había gran pesar por tener que fingirse un traidor con tal de ayudar, ¿entiendes?

El pelirrojo asintió, sumamente atento a lo que su maestro le explicaba.

- Bueno, pues ahora entiendo que algo muy similar le pasó a Ariadna. Ella tuvo que engañar a muchas personas con el propósito de mantener a Seiya con vida.

- ¡Pero si nos hubiera dicho sus intenciones, la habríamos ayudado! - replicó contrariado el pequeño.

- Por siglos, las personas de su mundo nos han considerado sus enemigos. Ella no sabía si le íbamos a creer, o si la podíamos atacar. Por eso no quiso arriesgarse y se presentó disfrazada, y a pesar de que engañar está mal generalmente, en este caso fue bueno porque si ella no se hubiera esforzado como lo hizo, lo hubiéramos perdido.

Los ojos azules del pequeño dejaron ver su sorpresa ante la nueva revelación.

- A ella no la hizo feliz engañarnos, así como no le gustó a Shion, pero ambos tuvieron que hacerlo en su momento, ¿entiendes?

El pequeño lemuriano se quedó en silencio, aceptando aparentemente la explicación que su maestro le había ofrecido, pero su mente de ningún modo estaba en reposo...

- Kiki.

- ¿Sí?

- ¿Qué pasa?

- Nada, Maestro.

- ¿Nada? La velocidad y la intensidad de tus pensamientos me está mareando.

- Oh, lo siento - dijo el pequeño, algo avergonzado ya que no había sido capaz de ocultarle a su maestro el mar de dudas que inundaban su mente.

- Dime qué sucede.

- ... Mejor no.

- ¿Es que no confías en mí?

- ¡No es eso Maestro! Es sólo que no quiero lastimarlo.

La ternura se dejó ver en los ojos del lemuriano, que puso una mano en el hombro del chiquillo para animarlo a que continuara

- Maestro... Usted siente cosas por la señorita Ariadna, ¿verdad? ¿Como en las películas? No me lo tome a mal, por favor - dijo él de inmediato - No es que sea chismoso, pero a mí me enojó mucho saber que mintió, y si a usted le gusta ella pues debe de haber sido más feo y confuso. Claro, sé que usted es muy sabio y maduro, pero...

Ojalá lo fuera, Kiki, pensó Mü con amargura, y pensó también en la profunda decepción que le causaría a su alumno que lo tenía en tan alta estima si supiera el modo arrebatado, irracional y juvenil en el que se había comportado.

- Tienes razón, Kiki - admitió Mü cuando logró deshacer el nudo que se le había formado en la garganta - Sí me alteró que me mintiera, porque a nadie le gusta eso, y hubiera preferido que no lo hubiera hecho, que hubiera confiado en nosotros desde el principio, pero no puedo cambiar lo que pasó.Y he estado pensando que quizás si ella no hubiera hecho todo tal y como lo hizo, Seiya no estaría bien ahora, y sólo por eso no puedo permanecer enojado con ella. Hay cosas que necesito aclarar... pero mis sentimientos no deben de causarte angustia.

El pequeñito asintió, y después de guardar silencio por un rato mientras reflexionaba sobre lo que Mü acababa de decirle, se atrevió a susurrar.

- Entonces, ¿está enojado conmigo, Maestro?

- No, Kiki, ¿por qué habría de estarlo?

- Porque hablé muy mal de ella.

- Kiki, mírame - dijo Mü tomando con suavidad la barbilla de su discípulo - No estoy enojado contigo, de ningún modo. Te diste cuenta de algo muy importante, algo que sólo tú pudiste percibir ya que los demás estábamos ocupados, o distraído o heridos: eso habla muy bien de tus habilidades y de tu intuición. También hiciste bien en advertirnos porque no es bueno guardar secretos entre nosotros. Y tal y como pasaron las cosas, tu reacción fue lógica y entendible porque estabas pensando ante todo en el bienestar de Seiya, y después en el mío, y eso es prueba de tu buen corazón.

Los ojos de Kiki se anegaron de lágrimas y Mü le dio un abrazo.

- Gracias, maestro - dijo el chiquito cuando se separaron mientras su maestro secaba sus mejillas húmedas con sus pulgares

- No he dicho nada que no sea cierto.

- ¿Sería bueno que me disculpara con ella? Porque le dije cosas muy feas...

Mü le regaló una sonrisita triste a su pupilo.

- Sería muy gentil de tu parte que lo hicieras más adelante.

- ¿Por qué no ahora?

Nada me gustaría más que hacerlo en este mismo momento, pensó el Lemuriano

- Este no es el mejor momento. Seiya aún necesita ayuda, y ella ha estado utilizando mucha energía y fuerza para que él esté bien, así que está cansada, y ocupada. Pero en un par de días podemos intentarlo, ¿te parece?

Kiki asintió con entusiasmo, y Mü sintió algo de alivio.

- Lo único en lo que quiero que te enfoques ahora es en disfrutar del regreso de Seiya, y que dediques más tiempo en tratar a ese amiguito tuyo del que tanto quieres contarme - finalizó Mü

- ¿De verdad ? comentó el pequeño con emoción ya que su maestro había notado su entusiasmo por haber conocido a Aither.

Y es que si bien Kiki no tenía ningún problema en desenvolverse entre adultos debido a su carácter, su inteligencia y la exquisita crianza que Mü le había dado, no dejaba de ser un niño que se reconocía y disfrutaba de la presencia de otros como él, especialmente por las poquísimas oportunidades que había tenido de hacerlo.

- Anda, entonces ya cuéntame

El pelirrojo de inmediato comenzó a hacer un relato pormenorizado de su encuentro con el chiquillo japonés, y Mü disfrutó en verdad de oírlo. Le alegraba enormemente cada vez que el pequeñito podía disfrutar de cierta normalidad, y en medio de toda la inestabilidad que tenían en sus vidas, la felicidad que le había brindado ese chiquillo que no pertenecía a su mundo, y la promesa que constituía para Kiki el tener esa clase de compañía era como un rayo de sol.

Aunque tuvo que esforzarse por escuchar sin perder ningún detalle, porque de cuando en cuando su mente insistía en ir hacia la joven albina que había arriesgado su integridad para salvar a Seiya sin que él supiera aún la razón exacta...


Ariadna no intentó siquiera buscar a Tatsumi. Sabía que el ofrecimiento de Athena había sido sincero, pero no se atrevía a entrar al edificio, no cuando todo había cambiado tanto.

No sentía fuerzas suficientes para enfrentar las miradas acusadoras, los reproches y las preguntas. No quería volver a sentir ese miedo frío recorriéndola al verse rodeada por los caballeros de Athena... Y sobre todo, no quería entrar porque significaba la posibilidad de hallarse de nuevo con el desprecio en los expresivos ojos de Mü.

Así que se dedicó a deambular por los exteriores del inmenso espacio boscoso que rodeaba el hospital, y mientras lo hacía se iba frotando las manos en un gesto nervioso.

Al ponerles un poco de atención comprendió más que nunca por qué la ayuda del Dios de la Medicina no era suficiente en sí misma para sanar a Seiya del daño provocado por la maldición...

La noche que había pasado en el Asclepeion, y el agua que había tocado sus heridas habían obrado maravillas: sus dedos habían sanado del todo, su vista ya no tenía ningún problema, y aunque no se había podido ver el rostro, al pasar los dedos por su mejilla, pudo notar que ya no había inflamación alguna... Pero ni toda la magia de Asclepio lograba quitarle el miedo, la vergüenza y la humillación. Esos no eran dolores físicos, por supuesto, y sin embargo le producían la sensación de un vacío en el estómago.

Mientras caminaba, pensó que le hubiera gustado mucho poder tenderse en la camita que había utilizado varias veces mientras se hacía pasar por enfermera, y pasar el rato ahí, pero había estado desaparecida muchos días, y consideró muy probable que la noticia de que no era una enfermera en realidad ya hubiera alcanzado al personal del lugar, y...

El ruido de unos pájaros que graznaron antes de echarse a volar la sobresaltó y sacó de sus pensamientos, y estuvo a punto de soltar un grito.

Pero de inmediato se reprendió a sí misma y se dijo que tenía que controlarse. Tenía que ser sensata y darse cuenta de que Radamantys no podía alcanzarla, que no podía volver a tocarla, ni a decirle todas esas cosas que la habían hecho sentir tan sucia... Además, Hécate le había dicho a Perséfone que la cuidaría, pero no dejaba de sentirse perdida sin la presencia reconfortante de su ama.

Y con ambas lejos no sabía qué hacer ni dónde ponerse siquiera.

Sintió ganas de llorar sólo de pensar que Perséfone podía tardar mucho en volver...

Y no podía sacudirse la sensación de ser perseguida, (que a pesar de todos sus esfuerzos, se iba haciendo más grande), así que al ver una pequeña colina caminó con rapidez hacia ella y se paró junto a un árbol enorme que ocupaba el centro del montículo para recargar su espalda en él, después de haberse asegurado de que la elevación le daba una buena perspectiva de los alrededores.

Se sentó, y mientras acariciaba la hierba y observaba con atención su entorno, vino a su mente el lecho que ocupaba en una de las torres del Palacio Blanco, y los ojos volvieron a llenársele de lágrimas al pensar que le daba miedo volver al Inframundo, porque Él estaba ahí.

Y entendió que si se sentía mal en la tierra, y bajo el sol, todo sería peor al volver, que las manos de Radamantys también la habían despojado de su hogar...

Y tarde o temprano tenía que volver; tenía que completar la curación de Seiya.

¿Cómo iba a hacerlo si le aterraba volver?

Y cuando todo hubiera terminado y Perséfone fuera feliz con él, ¿qué iba a ser de ella? ¿Cómo iba a poder recobrar la paz?

No ganaba nada con llorar, se dijo instantes después. No era el momento, se dijo mientras se limpiaba las mejillas y se apartaba los cabellos del rostro...

Y entonces recordó que el Kyoto había jalado con mucha fuerza de sus cabellos para someterla, y eso la hizo comenzar a acomodarse los cabellos con los dedos con cierto frenesí para intentar sujetarlos como había visto que lo hacían las enfermeras. Y como ellas tenían distintos estilos para recogerse el pelo, Ariadna hizo y rehizo su peinado varias veces hasta que consideró que había logrado sujetar su lacia cabellera del mejor modo posible y eso la ayudó a calmarse un poco y la distrajo.

Pero mientras se peinaba, la sensación de hambre se había ido intensificando y el sentimiento de vacío se tornó más inquietante.

Y le dio sed.

Y recordó la vez que Mü la había invitado a la cafetería... y recordó la noche de la fiesta, cuando probó bebidas deliciosas que no podía describir y que nunca volvería a probar.

¡No, no quería pensar en esa noche!

No quería pensar en que esa noche debería de haberse dejado llevar por aquellas caricias suaves, apasionadas y perfectas...

No quería volver a pensar en que probablemente había sido una tonta al no aprovechar la irrepetible oportunidad de ser amada por el mejor de los hombres.

Porque Sabía que Mü era el mejor de todos ellos, por todo lo que conocía de él, y también porque era todo lo contrario de Radamantys. Y lo reafirmó al pasar la noche en medio de las ruinas, indefensa, herida, y con él enfrente y odiándola, y entender que aunque él estaba furioso con ella, no le haría daño jamás...

¡Y no quería pensar más en él pues jamás la perdonaría! ¡No mientras creyera que ella amaba a Seiya!

Y no había Nada que ella pudiera hacer para convencerlo de lo contrario, así que tenía que sacarlo de su cabeza o iba a enloquecer...

Tenía que concentrarse en la encomienda que le había hecho Perséfone hacía tantos meses y que ahora al fin estaba tan cerca de cumplir a cabalidad. Sí, tenía que aferrarse a la felicidad que se le había pintado en el rostro a su amada Diosa cuando el cordón plateado se regeneró y Seiya respiró de nuevo con vida.

Sí, tenía que pensar en eso; pensar en qué más podía hacer para ayudarlo, en qué nuevas ofrendas podían hacer para Asclepio, en qué nuevo hechizo podía invocar para mantener a los humanos alejados del manantial...

Sí, debía conseguir más telas finas, y los mejores frutos, ¡y flores! ¡Sí! ¡Flores! Necesitaba flores para brindarlas a los pies de su estatua.

Comenzó luego a preguntarse qué clase de ingredientes podrían hacer falta para el antídoto y en sí podría ayudar a Hécate y cómo...

Sintió una presencia aproximándose, pero sonrió un poco al ver que era justo la Diosa Triple quien se acercaba a ella.

- Luna Negra - dijo poniéndose de pie mientras la Diosa llegaba a su lado.

- Pensé que estabas dentro. ¿Hablaste con el sirviente de Athena?

- No, preferí esperar aquí.

- Entonces no has descansado como te lo indiqué. ¿Al menos has comido algo?

Ella lo negó con un gesto suave de su cabeza.

- Ariadna, necesito que me escuches.

- Por supuesto.

- Lo que has hecho por el Caballero de Athena es formidable. La astucia, la inventiva y los conocimientos que has empleado van más allá de tus años y tu experiencia previa, si no me equivoco. Has detenido y reducido el poder destructivo de mi maldición, una tarea que nadie había intentado siquiera, y lo que has hecho con el templo de Asclepio y el modo en el que lo convenciste de intervenir son especialmente remarcables. Me tienes gratamente sorprendida, y espero que te sientas muy orgullosa del magnífico servicio que le has prestado a tu ama.

- Se lo agradezco mucho, mi señora - dijo la albina ruborizada - Usted es el paradigma para todas las que hacemos hechizos y practicamos cualquier clase de magia. Sus palabras me halagan en extremo y exceden mis más grandes sueños.

- No celebro solamente los logros de tus encantamientos, sino la devoción con la que te has consagrado a esta ardua faena. No cualquiera estaría dispuesta a inmolarse...

- Le he dicho que no tenía planeado morir al filo de la espada.

- Aún así tu plan era muy osado. Y aunque la cura se te hubiera proporcionado instantes luego, habría resultado muy doloroso.

- Perséfone lo es todo para mí. Haría lo que sea con tal de verla feliz - dijo con toda honestidad

- Ya veo. Imagino entonces que estarás interesada en asistirme en la elaboración de la pócima

- ¡Por supuesto, mi señora! Quería decírselo... Ayudaré cuándo y del modo que me indique, téngalo por seguro.

- Siendo así, necesito que te des tiempo para recuperarte.

-¿Recuperarme?

- El elixir que Seiya requiere es uno incomparable y que ni siquiera yo he elaborado. Demandará de todos nuestros conocimientos y aptitudes, de todo nuestro poder, y la cantidad de energía que ya has vertido en tus hechizos ha sido considerable, así que debes recobrarte para que tu magia pueda alcanzar su máximo potencial, y para asegurarnos de que no pueda resultar de ningún modo peligroso para ti.

- Pero yo estoy...

- No me digas que estás bien. Ambas sabemos que no es así.

- Lo importante es que Seiya...

- Él no corre peligro inmediato, y eso es gracias a todo el esfuerzo que has venido realizando, así que hay tiempo para que te ocupes de ti, y te recuperes de todo lo que te ha ocurrido en estos días. Es el único modo en el que aceptaré que intervengas.

Hécate miró a la joven, que pudo notar su genuino interés, y también su indoblegable firmeza, y asintió con suavidad.

- Pasaremos largas jornadas en el Templo de Asclepio, así que habrá que hacer las adecuaciones pertinentes, y Athena desea poner a nuestra disposición aposentos, comida y cualquier otra cosa que nos pueda ser necesaria tanto aquí como en su hogar mientras nos dediquemos a producir el elixir.

- Yo haré lo que usted me pida, Luna Negra, pero le aseguro que mi mejor medicina es seguir adelante. Justo estaba pensando en que podría ampliar el hechizo que coloqué en el Valle de Hierón. Si...

A pesar de lo mucho que la Diosa Triple deseaba procurarla, permitió que la jovencita se explayara con sus explicaciones, no sólo porque en verdad hallaba interesantes las ideas de la pitonisa, sino porque se dio cuenta de que la muchacha se estaba volcando en ayudar a Seiya como un medio de huir de lo que le había pasado.

Y como Reina de las Almas, sabía que no podía permitirlo, o resultaría más dañada. Tenía que sanar las heridas interiores que el Kyoto le había dejado, y para eso era necesario que atravesara por el dolor para poder sacarlo luego de su interior.

Pero aquel no era el lugar idóneo para algo así... Y tenía claro también que la muchacha estaría en vilo hasta que supieran el veredicto de Démeter, así que la escuchó con atención, dejando su labor de sanar el espíritu de la muchacha como una faena pendiente para un futuro necesariamente cercano.

La joven no llevaba mucho tiempo hablándole a Hécate cuando ambas notaron que se aproximaba un muy alto Caballero Dorado.

- Ariadna... señorita Hécate, buenas tardes - dijo él a la distancia.

La diosa le sonrió al hombre mientras notaba que la actitud de la muchacha cambiaba, pues había bajado de inmediato la vista y se había puesto notablemente tensa.

- ¿Te ha enviado Athena? - preguntó la Diosa.

- No. He venido por mi cuenta - respondió él mientras acababa de subir la pequeña loma.

- Dime qué deseas entonces, Caballero.

- La verdad es que vine buscando a la señorita Ariadna.

La energía que imprimió aquella gruesa voz al decir su nombre fue suficiente para que la pitonisa se tensara aún más, pues la hizo recordar que el día anterior él había ayudado a otros a acorralarla, y que había sido junto con Kiki quien la había expuesto ante los ojos de Mü...

- ¿Necesitas algo? - dijo Ariadna levantando el rostro pero evitando verlo a los ojos.

Por respuesta él le extendió una bolsa de papel color café con asas y ella exhaló con fuerza.

- Te traje comida - explicó él con rapidez al darse cuenta de la reacción que había desencadenado en la muchacha, y luego se dirigió contrito hacia Hécate - Disculpe que no le trajera nada, pero no sabía que estaría aquí.

Hécate le sonrió para asegurarle que no le molestaba mientras Ariadna lo miraba con incredulidad y sin hacer ninguna clase de esfuerzo por tomar la bolsa.Y cuando la Diosa entendió que la joven no parecía dispuesta de ningún modo a aceptar la ofrenda de paz que el caballero le ofrecía, intervino.

- Ha sido muy amable de tu parte... Aldebarán, ¿no es así? - dijo la diosa recordando su nombre.

- Así es.

- ¿Por qué no la aceptas, pequeña?

- No entiendo - respondió ella encarando al fin al de Tauro y dejándole ver su desconcierto.

El de Tauro procuró darle un tono aún más suave a su imperiosa voz al contestarle

- Acéptala como una disculpa por nuestro comportamiento de ayer. Lamento en verdad el modo en el que te tratamos, pero espero que puedas entender que todo nos tomó por sorpresa. Seiya es muy importante para nosotros, y la idea de que tú pudieras ser de algún modo responsable de lo grave de su estado nos hizo actuar precipitadamente. Pero cuando ustedes se fueron a Grecia la señorita Saori nos ha explicó cuán valiosa y oportuna fue tu intervención. Dice que te debemos su vida.

- Y tiene toda la razón - dijo Hécate interviniendo con gentileza - Él no estaría vivo de no ser por la valentía y la tenacidad de Ariadna.

- Sé que ayer no lo mostramos y que te intimidamos, pero en verdad te estamos agradecidos.

Los ojos de la albina se humedecieron al sentir la calidez del de Tauro en contraste con la frialdad con la que Mü la había tratado las últimas horas, y tomó la bolsa sólo porque consideró que así podría lograr que Aldebarán se marchara.

- Gracias - susurró ella

- Eres más que oportuno, Aldebarán - dijo Hécate - Estaba justo diciéndole a Ariadna que Athena me hizo saber que si algo nos hacía falta podía pedírselo a cualquiera de ustedes.

- Por supuesto, señorita. Dígame en qué puedo ayudarlas.

- Pues necesitamos un espacio para comer ambas, y para que Ariadna se tienda un rato a descansar.

- Por supuesto - dijo él

- No...

- Hasta que vuelva Perséfone, al menos, pequeña.

La pitonisa asintió rindiéndose ante los deseos de la Diosa Triple, y Hécate le hizo a su vez una seña al Caballero, que comprendió de inmediato.

- Síganme, por favor - dijo el de Tauro.

Hécate tomó de la mano a la joven para asegurarle que no la dejaría sola, y ambas avanzaron junto con Aldebarán rumbo al hospital.


No importaba la circunstancia ni el momento, Démeter siempre podía estar segura del momento en el que su hija hacía su arribo a su templo en el Olimpo pues las Ninfas de inmediato comenzaban a gritar y a reír, proclamando a gritos su felicidad al ver a su amada compañera de juegos volver al lugar del que jamás debería de haber sido arrancada.

La Diosa Madre sonrió resplandeciente al oír los adorables ruidos acercándose al fin...

Desde la muerte de Hades había estado esperando con ansias el momento de reunirse con su adorada hija, y al verla atravesar el umbral después de meses y observar una gran angustia y desespero en su rostro, su propio semblante se transformó, llenándose de ternura.

- Mi niña - exclamó ella, abriendo los brazos, a los que acudió Perséfone, que de inmediato comenzó a sollozar - Mi preciosa hija, llora, hermosa mía, desahógate. Te tengo, estás en casa...

Y Perséfone, efectivamente, se deshizo en llanto entre los amorosos y reconfortantes brazos de su madre. Por varios minutos, la hija no hizo más que llorar mientras su madre la acunaba, la mecía, le acicalaba el pelo y le susurraba al oído cuánto la amaba, cuánto la había extrañado, alentándola a que se desahogara, a que llorara a placer pues estaba a salvo, y porque aquel siempre sería su hogar.

Cuando al fin Perséfone sintió que había llegado a la meseta de su desesperación y su ansiedad, se alejó un poco para poder mirar a su madre, y antes de que pudiera intentarlo, Démeter ya tenía en sus delicadas y primorosas manos un pañuelo con el que comenzó a secarle el rostro.

- Mi niña, sé cuánto te alteran las guerras, pero, ¿por qué estás tan afectada? ¿Te ha pasado algo más?

- Hay algo que necesito decirte, pero no aquí.

- Por supuesto, amor - le respondió tomándola por los hombros para guiarla a sus aposentos

Los pasos descalzos de ambas siguieron el familiar camino, llevándolas pronto hasta la cámara principal, que tenía una gigantesca cama con dosel recubierta de telas vaporosas en distintos tonos de verde, el color favorito de ambas. La suntuosa habitación estaba como siempre, llena de fragantes flores de variedades que jamás se verían en las penumbras del obscuro Inframundo.

La más joven se introdujo con familiaridad en el lecho mullido y lleno de cojines que constituía uno de sus lugares preferidos del Templo, pues durante su tiempo juntas, ambas solían pasar largas horas tendidas en aquella cama, conversando tras haber dado largas caminatas en los espléndidos e inigualables jardines de la Diosa Madre, a veces tomando siestas tras haber bajado a recorrer sus espacios predilectos de la Tierra, o haciendo cosas como cepillarse el pelo y peinarse la una a la otra, disfrutándose simplemente.

Con toda familiaridad, la Diosa Madre tomó un cepillo de marfil de su tocador, y lo llevó a la cama, para colocarlo entre los mullidos cojines mientras se sentaba muy cerca de su hija.

- He estado esperándote desde que acabó ese horrible eclipse.

- Lo sé, pero...

- Sshh, yo sé, yo sé. Zeus envió a Hermes aquella misma noche para explicarme del terrible encargo que te hizo. Claro que al día siguiente fui a reclamarle...

- ¡Mamá! ¿Qué? - dijo la más joven incorporándose de golpe.

- ¡Es que no es justo, Perséfone! Ya has pasado demasiadas horas apartada de la luz por culpa de un hermano, como para que ahora el otro te obligue a hacerte cargo de ese terrible y obscuro Reino... pero entiendo que no te dejó más opción, hermosa.

- ...así es.

- Zeus me dio su palabra de que los Kyotos y los Dioses gemelos regresarían para ayudarte y hacerse cargo de la mayor parte de los quehaceres para que así tú pudieras liberarte lo más pronto posible: por eso esperaba tu llegada mucho antes... Pero ya no importa - dijo Démeter, sonriéndole - Al fin estás aquí, y voy a mandar a elaborar tus manjares predilectos, y vamos a...

- No vine a quedarme, Madre. No puedo.

- ¿Qué? ¿Por qué? -dijo la mayor de las rubias luciendo auténticamente desconsolada.

- Han sucedido muchas cosas desde que Hades partió.

- Me imagino, corazón. Supe de su desafortunada decisión y sus consecuencias.

- ¡No, no lo sabes! - aseveró Perséfone con un tono enfadado que tomó por sorpresa a su progenitora. Pero Démeter no tuvo tiempo de preguntar a qué venía ese enfado, porque los ojos azules de su hija se anegaron en llanto nuevamente - Oh, perdón, mamá, ¡perdón! Es que necesito tu ayuda, desesperadamente.

- Mi amor, tranquilízate - dijo Démeter extendiendo sus manos hacia ella - Sabes que yo haría lo que fuera por ti.

Perséfone trató de encontrar las palabras, pero le pareció imposible, y verla tan perdida angustió grandemente a su madre.

- Perséfone, Hades va a volver, no sufras...

- No... no estoy llorando por él - dijo la hija al borde de un sollozo

- Explícame entonces, corazón, porque no entiendo qué te tiene tan alterada.

- Hay algo que nunca te dije, mamá. Algo que hubiera querido poder decirte.

Démeter no recordaba haber visto tan desesperada a su hija jamás, así que palmeó con suavidad su regazo para que la rubia supiera que podía descansar su cabeza en el...

- Hace mucho, antes de Hades... - susurró Perséfone - me enamoré.

La Diosa Madre detuvo por un momento las caricias que había comenzado a prodigar en la rubia cabellera, mientras asimilaba la revelación de su hija, y luego continuó al entender que ella necesitaba de su cariño y su apoyo más que nunca, porque el martirio que Hades le había inflingido al secuestrarla cobraba matices aún más obscuros y dolorosos a la luz de aquella confesión.

- Lo conocí cerca de nuestro hogar en la Tierra, de modo que cuando Hades me llevó al Inframundo perdí todo contacto con él. Nunca dejé de pensarlo, nunca abandonó mis pensamientos ni mis sentimientos, ni siquiera cuando comenzé a enamorarme de Hades, pero jamás, jamás busqué saber de él. Sin embargo, nos reencontramos... lo hallé justo el día en que Athena ganó la Guerra y Hades desapareció.

- Perséfone - musitó Démeter, que había hecho un esfuerzo inmenso por no interrumpir a su hija en cuanto la oyó confesar amor por alguien que no era Hades, pues percibía cuánto estaba afectando todo a su hija, cuyas lágrimas ya humedecían la tela de su túnica... - ¿De quién te enamoraste?

- Eramos unos niños cuando nos conocimos, y ni siquiera tenía muy claro al principio que era amor; simplemente me atrajo desde que lo vi, y me pareció simpático, y muy amable...

- Perséfone, estás hablando de... ¿un mortal?

La joven asintió y de inmediato comenzó a hablar con rapidez.

- Era el hijo de un pastor. Vivía cerca de la zona donde las ninfas y yo solíamos ir a jugar, y supe desde el principio que era distinto, porque mi cosmos no lo asustó, pero cuando le expliqué que mi madre era una diosa su actitud no cambió. Y era espontáneo y fresco, y sus modos lo hacían todo divertido e interesante - explicó sonriendo aún en medio de sus lágrimas al recordar la intensa felicidad de aquellos días - Y desde ese primer día comenzó a crecer nuestra amistad y nuestro sentir del modo más natural, ¡y era mutuo!, hasta que Hades terminó con todo...

- Entonces, ¿por eso no venías, porque estar con él?

- Así es, Madre. Él y yo nos reencontramos ahora porque es un Caballero de Athena que entró vivo al Inframundo para pelear.

- Aguarda, ¿me estás diciendo que tienes a tu enamorado contigo en el Inframundo?

- No estoy explicando las cosas bien - dijo ella frustrada e incorporándose lo suficiente para poder mirarla - Él entró vivo, pero resultó herido de muerte por la espada de Hades mientras lo enfrentaba. Y sí estuvo conmigo todo este tiempo, pero ahora está de vuelta en la Tierra, y es justo por eso que vine a verte.

- ¿Perséfone, cómo has podido callar todo este tiempo?

- Me daba terror que Hades supiera y lo buscara, mamá, así que no dije y mucho menos hice nada, para que él ni siquiera llegara a sospechar... Lo más irónico es que fue él quien de algún modo siempre estuvo acercándose, porque en varias de sus reencarnaciones se ha enfrentado a Hades, y lo ha derrotado, o ha ayudado a vencerlo.

- ¡No puede ser!

- Mi reacción fue la misma cuando lo supe. No tenía idea de cuál había sido su destino después de nuestra separación.

- ¿Pero un mortal? ¿¡Corazón, cómo pudiste enamorarte de un mortal!?

- Tú y las otras Diosas hablaban todo el tiempo sobre cómo Zeus y los otros se involucraban con mujeres mortales. ¡Pensé que era lo más normal!

- ¡Oh hija, sí, pero es distinto!

- ¿Por qué? - dijo ella hincándose mientras se llenaba de indignación - ¿Porque somos mujeres?

- No, mi vida - respondió Démeter tomándola de las manos - Es totalmente distinto porque muy rara vez aquello era amor: era ocurrencia, obsesión o mero capricho. Y ellos las seducían, las poseían con artimañas o las forzaban sin detenerse a pensar en lo incorrecto o lo injusto de su proceder, como te ocurrió a ti, aunque para ellas era siempre peor, porque involucrarse con un mortal les acarreaba problemas terribles o incluso les costaba la vida, y a ellos no les importaba.

Perséfone se llevó las manos al rostro, aterrada de pensar que Seiya pudiera morir de todas formas, y sollozó con todas sus fuerzas.

- ¡Por favor, mamá! - dijo en cuanto pudo hablar - Aunque no me entiendas, aunque no lo apruebes, ¡ayúdame!

- ¿Ayudarte a qué, cielo?

- A curarlo.

- Pero dijiste que salió del Inframundo y volvió a la Tierra.

- ¡Sí, le devolví la vida, pero la espada de Hades está maldita. Hemos tratado todo...

- ¿A quién te refieres cuando dices hemos?

- A mi Ariadna, a Athena, a Hécate. Incluso Asclepio ha accedido a colaborar.

- No debería sugerirlo porque es un mortal, pero si come ambrosía...

- ¡No funcionaría! La ambrosía puede impedir que muera pero no curar su alma. Sería como acuchillarlo de día y curar sus heridas en el transcurso de la noche. Sin embargo, Hécate puede elaborar una pócima para deshacerse de la maldición por completo, pero requiere de tu sangre...

Y Perséfone se aterró al ver que por primera vez desde que había comenzado a hablar con su madre, su semblante se endurecía.

-Te lo suplico, ayúdalo. Le daría mi propia sangre si pudiera, pero no puedo, ¡no puedo!

- ¿Por qué no puedes?

- Seiya necesita sangre de Vida, y la mía ahora también porta la Muerte, ya que Zeus me dio esa maldita espada. Y necesito salvarlo. Él tiene que estar bien, o yo no tendré fuerzas para seguir, y ni el mismo Sol logrará hacerme feliz otra vez.

Se hizo un largo silencio, y a Perséfone le aterró pensar que su madre iba a negarse. ¡Necesitaba convencerla a como diera lugar!

- Olvida lo que siento por él, ¡házlo por gratitud! - dijo ella poniéndose de pie para comenzar a recorrer la habitación mientras intentaba un nuevo razonamiento que podía tener el peso suficiente para convencer a su madre, que permanecía inmóvil - Como Caballero de Athena ha sido un defensor de nuestra Tierra, vida tras vida. ¿Sabes que no ha llegado jamás a cumplir siquiera veintiún años en ninguna vida porque ha muerto una y otra vez peleando por detener la ambición, la necedad y el egoísmo de otros dioses? ¿No crees que su perenne sacrificio merece ser recompensado? Madre, respóndeme... Si crees que él no merece tu sangre por ser mortal, o que podría abusar del poder que pudiera darle, déjame decirte que no es así. ¡A él no le importa tener poder ni rebelarse contra nuestra raza! ¡Sólo anhela reencontrarse con su hermana y ver bien a sus amigos!

- No se trata de eso, Perséfone - respondió Démeter al fin, luciendo serena y pacífica - No creo que mi sangre le haga falta para ser más poderoso, ni que haga la diferencia cuando él ya se ha opuesto y ha detenido a Dioses. Lo que quiero es entender a cabalidad qué está pasando contigo, y si ayudarlo no resultaría aún peor para ti.

- Si él se cura yo seré completamente feliz, mamá, tenlo por seguro.

- Permite dudarlo: estás desesperada tratando de salvar al caballero de Athena que mató a tu consorte, y no se me ocurre una situación más complicada, aún considerando que tu vida dejó de ser simple el día en que Hades te arrebató de mi lado. Así que ven, trata de tranquilizarte y explícame exactamente qué ha sucedido todos estos meses entre tú y él.

Perséfone se secó las lágrimas y volvió al lecho de su madre, y relató del modo más coherente posible todo lo que había sucedido desde que Ariadna lo vio caer herido en el cuarto ocular. Habló de cómo todo había comenzado como una venganza contra Athena, de los sentimientos de ella por él, y de cómo Ariadna había descubierto luego su pasado, de cómo él no la recordaba al principio y de que los intentos de Athena por ayudarlo se habían contrapuesto a los esfuerzos de Ariadna. Explicó finalmente cómo se habían visto involucrados Asclepio y Hécate y del juramento sagrado que había tenido lugar, mientras Démeter acariciaba sus cabellos y la peinaba en silencio, absorbiendo cada detalle de la historia de su hija.

-... Y cuando sucedió... ¡Oh mamá, si pudieras haber estado ahí! Cuando lo vi respirar, y vi sus mejillas llenándose de color y de vida supe que había hecho lo correcto. Su hermosa piel nació para ser besada y acariciada por el sol... Y si tú no me ayudas la maldición ganará terreno y acabara por ser destruido en cuerpo y alma en medio de terribles sufrimientos.

- ¿Y qué va a pasar después? Él te elige, ¿y tú te lo vas a llevar al Inframundo para esconderlo en una habitación de tu Palacio para que sea tu amante hasta que vuelva Hades?

- No. No podría hacerle eso nunca, pero...

- No me gusta todo esto, Perséfone.

- Madre...

La agraciada mujer calló a su hija con un suave gesto de su mano.

- Entiendo que te enamoraras, porque él parece ser realmente especial, y porque siempre has sido empática y capaz de hallar la belleza en cualquier persona y cosa. Entiendo también que siguieras amándolo porque Hades procedió del peor de los modos al llevarte, y precisamente por las circunstancias de tu boda, no puedo reprocharte que dejaras de lado tus votos matrimoniales cuando esta imposible oportunidad de volver a estar a su lado se te presentó. Pero me preocupa qué pasará ahora contigo. ¿Piensas jugar a las escondidas, o abandonar a Hades por él?

- Sabes que si me fuera posible, lo habría abandonado desde el principio - respondió Perséfone con amargura - No sé cuando vaya a volver Hades, pero creo que el destino nos volvió a poner frente a frente porque este es nuestro momento. He pensado en presentarme ante Zeus y exigirle que me deje ser libre mientras Hades no esté, y dejar el Inframundo en manos de los dioses gemelos: ellos podrían hacerse cargo sin problemas, probablemente aún mejor que yo. Entonces yo podría vivir en la tierra a su lado.

- ¿Y si Zeus se niega?

- Podría darle facultades para ir y venir a voluntad, y así podría seguir mi ruta a través de los ciclos sin problemas, o... ¡No sé, mamá! Sólo sé que somos perfectos juntos, sé que al fin soy feliz y me estoy aferrando a esa felicidad por todo el tiempo que me sea posible.

- No me has dicho su nombre...

- Antes se llamaba Stephanos. Ahora se llama Seiya.

Perséfone le tomó las manos a su madre, y esperó...

- Mi niña, no soporto verte sufrir.

- Entonces, ¿vas a ayudarme?

- Por supuesto que sí, mi tesoro. Yo haría cualquier cosa por ti


Notas de la autora

¡Hola, otra vez! Ya con más calmita, les agradezco nuevamente a todos, y en especial a los que llevan años y años aquí y no se rinden. No les cuento todo lo que me demoró porque me aventaría un capi y no es el caso. Créanme que jamás fue mi intención hacerlos esperar tanto, pero ser adulto y tener problemas y responsabilidades de no es nada fácil, pero amo escribir tanto como amo lo que hago en mi vida real, y eso me metió en serios problemas, que se aderezaron con otras mil circunstancias, pero decidí seguir el ejemplo de mis amigas escritoras de Saint Seiya Unión Fanfickera (estamos en FB, en Twitter y tenemos nuestra propia comunidad aquí mismo, vayan, jejeje) y encontrarle lo positivo a esta pandemia y así logré completar el tramo final para poder subir este capi al fin.

Sé que hay cosas que prometí que estarían en el 59 y que no están, pero son de verdad muchos personajes, (¿qué me pasa? Help, jajajajaja) y para su tranquilidad les aviso que el capítulo 60 y 61 están literalmente a la vuelta de la esquina (he escrito como una loca para tratar de compensarlos por toda la espera y poder brindarles varios capis más frecuentes), y además he fangirleado a morir con mis amigas, que además me han recomendado muy buena música que ha terminado por redondear mis ideas, así que esperen noticias venideras en "Líneas Paralelas" obviamente, y además retos y otros ficsitos sorpresa que verán la luz muy pronto, con parejitas distintas a las de este universo y que espero también encuentren interesantes.

Vale, los dejo para seguir escribiendo ;)

¡Los adoro! ¡Cuídense mucho, por favor!

Con un abrazo fuerte fuerte fuerte,

Fuego.