N/A: Por estar haciendo unas ediciones el día de ayer, terminé eliminando el capítulo 11 (sí, sí. Un poquito torpe de mi parte) así que no me quedó más remedio que volver a subirlo, generando así una alerta de capítulo nuevo que resulto falsa. Lo siento :( Sin embargo, haber cometido ese error, me motivó a recompensar a quienes siguen pendientes de esta historia y me puse como meta no dejar pasar este día sin haber subido el epílogo. ¡Y aquí está! Diez años después pero ¡Aquí está!

Quiero agradecer a los nuevos lectores que lindamente me han agregado a sus favoritos y/o alertas y más a los que han comentado. Ustedes me dieron el incentivo que me hacía falta.

Gracias especiales van a Athen Maiden quien me ayudó a editar la mayor parte de este fic. Sin ella no habría llegado hasta donde llegué.

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Inuyasha le pertenece a Rumiko Takahashi

Capítulo 20: Epílogo

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Cinco años después. . .

Era una de esas tardes de verano en las que los cielos despejados y el aire cálido invitaban a zambullirse en el río y permanecer allí todo el día chapoteando. Y a pesar de que los niños cedían a la tentación, sin siquiera pensarlo, los adultos se ocupaban en sus obligaciones.

En el interior de una cabaña ubicada casi al centro de la aldea, el calor era abrasante. Una de las mujeres que ahí se encontraba, quien respondía al nombre de Karin, trataba de mantenerse fresca colocándose un paño húmedo detrás del cuello. Ya llevaban horas en la faena y tanto ella como la otra jovencita que las apoyaba, llamada Ibuki, estaban deshidratándose. Pero las valientes muchachas no iban a quejarse, pues estaban consientes de que sus malestares eran minúsculos cuando se les comparaba con los de la pobre mujer que yacía en la cama. La paciente estaba completamente roja y sudaba tanto que estaba empapada de pies a cabeza. Pero lo que más inquietaba a las chicas eran los gritos y amenazas que la mujer dejaba salir. La conocían desde hacía mucho tiempo y ésa era la primera vez que la escuchaban decir la clase de improperios que hacen sangrar los oídos de las damas decentes.

Los dientes de la pobre mujer rechinaban a causa del esfuerzo y resultaba increíble que aún no hubiera perdido el conocimiento. Estaba sufriendo enormemente y era por eso que a ambas asistentes les extrañaba el buen ánimo que ostentaba la cuarta persona que las acompañaba dentro de la habitación: la partera.

"¡Veo la cabeza! El bebé ya casi está aquí. Sólo debes pujar una vez más", alentó la médica con una sonrisa de oreja a oreja.

"¡Fácil para ti decirlo!", logró balbucear su paciente antes de que una nueva ola de dolor le quitara el aliento.

"Vamos. ¡Un poco más!"

"¡Ya no quiero seguir con esto!", gimió dolorosamente la futura madre.

"No tienes alternativa, querida", la sonrisa de la doctora parecía fuera de lugar en medio de todo el sudor y dolor, pero era precisamente esa actitud la que, en incontables ocasiones, había ayudado a todos sus pacientes a salir adelante en situaciones difíciles. Y a pesar de su dulce forma de ser, la mujer sabía cuándo ser firme y autoritaria: "Si te detienes ahora, los perderemos a ti y a tu hijo. Así que déjate de niñerías, y ¡puja!".

El regaño logró el efecto deseado, pues con un último grito de, "¡Jamás volveré a tener hijos!", la paciente dio el último paso y segundos después, los gritos de la madre fueron sustituidos por los de su retoño.

"¡Oh! ¡Es un niño!", dijo la doctora, dejando escapar algunas lágrimas de emoción.

"¿Niño?", consultó débilmente la madre.

"Sí. Míralo. Es precioso", El cordón umbilical fue cortado y la doctora ofreció el bebé a su madre, quien con ayuda de Ibuki, pudo incorporarse lo suficiente como para sostener adecuadamente a la diminuta persona. La madre sonrió con ternura, estudiando detenidamente las facciones de su recién nacido. Las otras tres mujeres la rodearon para apreciar de cerca ese nuevo regalo del cielo. La madre alzó sus ojos hacia la doctora y aún manteniendo esa expresión angelical que sólo las que acaban de dar a luz pueden poseer, preguntó:

"¿Ahora sí podemos castrar a Miroku?"

Kagome contuvo una carcajada a la vez que indicaba a Ibuki que era momento de limpiar a la criatura para poder presentársela a su padre. "Vamos Sango. No hablas en serio".

"Totalmente en serio. No pienso dejarlo acercárseme otra vez"

Kagome tomó las manos de su mejor amiga y las apretó cariñosamente. "Sango, eso dijiste la última vez"

Sango no tuvo tiempo de replicar, pues Karin escogió ese momento para abrir la puerta, dejando entrar a toda la familia de Sango. Una cacofonía de saludos y felicitaciones llenó el lugar, mientras sus hermanos, cuñadas, sobrinos y padre se dejaban embelesar por el nuevo miembro de su clan. Kagome se apresuró a evacuar la habitación, temiendo que tanto escándalo alterara al bebé. Uno tras otro, todos los visitantes salieron, dejando solamente al personal médico y al núcleo familiar.

El nuevo bebé fue colocado en los brazos de su padre, quien rápidamente lo llevó hasta el lecho donde su esposa, sus dos pequeñas hijas y su gata, lo esperaban. Las nenas de dos y cuatro años se peleaban por ser las primeras en ver a su hermanito, mientras que Kirara se deslizaba entre los miembros de su creciente familia con aire relajado. Miroku sostenía a su bebé como si se tratara del objeto más frágil y hermoso del mundo, pues para él, cada uno de sus hijos era precisamente eso. Viéndolo con el bebé en brazos y esa expresión de maravilla en sus ojos, Sango por poco olvidó la convicción que tan firme había expresado hacía tan sólo unos minutos.

"Sango, una vez más me has dado un bebé hermoso. Casi no puedo esperar a que tengamos otro", habló Miroku en un susurro de fascinación.

La sangre volvió a subir con toda su fuerza al rostro de Sango, y Kagome supo que era el momento de que el personal médico también abandonara la casa.

Aun con la puerta cerrada, los distintivos gritos de Sango se oían a un kilómetro a la redonda, y sin embargo, los vecinos seguían en sus actividades como si nada extraño ocurriera. Porque, en efecto, nada extraño estaba ocurriendo, pues la misma escena ya se había repetido dos veces con anterioridad y los himeshinos estaban más que acostumbrados.

Kagome exhaló un suspiro. Su amiga era una de las mejores madres que la aldea hubiera visto en toda su existencia, pero también era de las peores durante el parto. Kaede había explicado que tal vez esos arrebatos durante y después del alumbramiento eran la forma que Sango había encontrado para lidiar con la ansiedad que le producía el embarazo. Durante los meses previos al nacimiento, Sango era la más cuidadosa y responsable de las mujeres, pues el miedo arraigado dentro de ella desde muy niña le incitaba a cumplir con todas las precauciones debidas. Eso incluía controlar sus reacciones emocionales ante cualquier circunstancia – como cuando los ojos de su esposo se fijaban más de la cuenta en alguna de las vecinas.

La princesa no dejó de sentir un poquito de culpa al haber dejado dentro de la vivienda a los tres infantes, así que antes de alejarse de la puerta, aguzó el oído por si distinguía alguna señal de angustia por parte de los pequeños. Además de las acostumbradas quejas, disculpas, amenazas y promesas de mejor comportamiento, Kagome pudo distinguir unas risitas de diversión. No cabía duda que Asami y Kumiko ya estaban muy acostumbradas a presenciar cómo su madre ponía en regla a su padre. Después de todo, ambas habían sido recibidas en el mundo de la misma forma que ahora le tocaba a su pequeño hermano.

Kagome sabía que en un par de semanas su amiga volvería a ser ella misma y todo el drama quedaría en el olvido… hasta que naciera su cuarto hijo.

Una jovial voz interrumpió las cavilaciones de la muchacha: "Parece que esta vez Miroku no va a vivir lo suficiente para terminar el día, ¿eh?".

"Esperemos que no llegue a tanto", sonrió la princesa, volviéndose hacia el pelirrojo adolescente. Shippo había crecido bastante durante los últimos años y, aunque resultaba obvio que nunca sería más alto que Kagome, eso no disminuía en lo más mínimo la autoestima del muchacho. Con doce años, el pequeño se encontraba en la lista negra de la mayoría de padres de familia de la aldea y eso que todavía no había hecho nada para hacerse acreedor a tal distinción.

Shippo en realidad estaba perfilándose no sólo como un posible rompe-corazones, sino como un dotado estratega, experto en técnicas de distracción y emboscada. Aunque por el momento sólo destinaba el uso de sus habilidades en la ejecución de su pasatiempo favorito: torturar a Inuyasha. Y cada día se volvía mejor. Tanto, que a Inuyasha cada vez le resultaba más difícil atrapar al pilluelo y en la última ocasión, casi se salió con la suya. Casi. El trasero de Shippo aún recordaba las consecuencias de su último escape fallido.

Menos mal que ambos se querían como si fueran hermanos, de lo contrario, Kagome no querría ni imaginar a qué niveles Inuyasha y Shippo serían capaces de llegar con tal de desesperarse el uno al otro.

Un estallido sonó dentro de la vivienda de Sango. Los ataques verbales habían dado paso al lanzamiento de proyectiles. Ya no faltaba mucho para que la pelea alcanzara su clímax.

"Estos adultos y sus malos ejemplos, ¿no crees?", comentó Shippo en tono de reproche a la pequeña persona que llevaba en brazos. El aludido aplaudió riendo alegremente. Al parecer, él también encontraba divertido el alboroto que Sango y Miroku estaban haciendo.

La sonrisa de la princesa se volvió deslumbrante. "¡Hola, mi hombrecito!", canturreó la muchacha, tendiendo sus brazos para tomar al bebé de catorce meses que Shippo le ofrecía. "¿Te portaste bien?", comenzó ella su interrogatorio habitual, mientras examinaba visualmente el estado de su hijo. El pequeño lucía tal cual ella había aprendido a esperar: cabello desaliñado, nariz llena de polvo, camisa desordenada, pies sucios. . . "Yo te puse zapatos esta mañana", consideró la princesa en voz alta. "¿Dónde están tus zapatos?", preguntó al pequeñín para luego dirigir su demanda a Shippo, "¿dónde están sus zapatos?".

Shippo se encogió de hombros: "Los tiró al río"

"¿Qué?"

"Estábamos en la ribera amontonando piedrecillas de colores y en un momento que me volteé, tiró sus zapatos al río, y luego me hizo señas de que nos metiéramos al agua a buscarlos. Lo hizo a propósito"

Si de otro bebé se tratara, Kagome dudaría que alguien tan joven fuera capaz de maquinar una treta como esa, pero estaban hablando del hijo de Inuyasha. "Tenshi, te he dicho muchas veces que eso no se hace", reprendió la madre, "¿por qué eres tan terrible?". Hermosos ojos violeta la miraron fijamente por unos segundos, antes de parpadear varias veces seguidas.

Como resultaba obvio que el pequeño Tenshi no iba a responder –básicamente porque aún no conocía ni diez palabras-, Shippo decidió hacerlo por él: "Porque es idéntico a su padre"

Kagome contuvo un suspiro. No había forma de negar esa lógica. Aunque con el cabello profundamente negro y los ojos violeta el niño era la viva imagen de su abuela paterna, la personalidad era muy parecida a la de su progenitor –señalamiento que Inuyasha siempre refutaba, pues él estaba convencido de que la facilidad con la que su retoño se metía en problemas la había heredado de Kagome –, No era la primera vez que Tenshi había arrojado algo al río o el lago, con el fin de que lo dejaran meterse al agua; sin embargo, cuando Inuyasha se enteró de esta particular travesura de su hijo, en lugar de reprenderlo, con absoluto orgullo paterno se limitó a preguntarle cuán lejos había logrado lanzar.

Pero, independientemente de a quién se pareciera, Kagome adoraba a su pequeño pedazo de cielo y también estaba orgullosa de él. Tenshi había aprendido a caminar con gran rapidez, y siempre estaba muy alerta a su entorno. Era cariñoso, inteligente y bello. Aunque también parecía ser mitad pez. Kagome recordaba claramente el día en que Inuyasha tomó a Tenshi, de tan solo seis meses y lo llevó a nadar al lago. La princesa no había tenido inconveniente y hasta aceptó acompañarlos, pero cuando vio a su esposo soltar al bebé dentro del agua, estuvo a punto de desmayarse y asesinar a Inuyasha (sí, las dos cosas al mismo tiempo). Sin embargo, después de que su esposo le recordara secamente que él jamás haría algo que lastimara a su hijo, se dedicó a observar maravillada cómo su diminuta criatura nadaba felizmente.

Más tarde Inuyasha le explicó que su bebé sólo había flotado en la forma natural que todos los bebés pueden hacerlo y todos en Himeshi acostumbraban llevar a sus hijos menores de un año a darse un chapuzón para quitarles el miedo al agua. Tenshi no había mostrado miedo alguno, más aún, desde ese día se volvió fanático del agua. Siempre estaba buscando la forma de hacer que lo llevaran a nadar. Hacía unos días, se había puesto a balbucear sin parar y después de mucho adivinar, ambos padres lograron descifrar que lo que su hijo quería decir era la palabra 'bañarse'.

"Kagome, ¿no tienes que irte ya?"

Las palabras de Shippo le recordaron que su escolta al castillo estaba esperándola. Inuyasha se encontraba de viaje, y por razones de seguridad, él prefería que su esposa e hijo pasaran el tiempo que durara su ausencia dentro de la protección del palacio real.

"Tienes razón, Shippo. Inuyasha insistió que partiéramos con él al amanecer para asegurarse que llegáramos con bien a palacio, pero Sango ya estaba en labor. No podía dejarla".

"Pues, ya no oigo gritos. El peligro finalmente pasó"

Kagome reacomodó a Tenshi entre sus brazos y habló a una de sus asistentes: "Ibuki, te dejo a cargo".

"Vete tranquila. Si se presenta una emergencia que no pueda controlar pediré ayuda a Kaede", aseguró la joven de diecinueve años que, con el cabello negro hasta la cintura, ojos color avellana y mejillas sonrosadas, distaba mucho de aquella niña abusada que llegara a la aldea hacía tan sólo unos años atrás.

Aunque al principio su integración a la aldea no fue fácil, debido a los prejuicios de algunos de los aldeanos, gracias al amor y cuidados de Yumi, la madre de Jinenji, aquella niña maltratada floreció hermosamente. Y dos años después de su llegada, ella tuvo la oportunidad de devolver el favor cuando Yumi falleció. Al parecer, la anciana madre había logrado vivir tanto tiempo simplemente para no dejar a su hijo desprotegido, y una vez que estuvo segura de la fidelidad de Ibuki, cedió a la inclemencia de la edad.

Ibuki supo responder a la confianza depositada en ella, terminando por convertirse en la hermana más cariñosa y atenta de los alrededores, poniendo como su máxima prioridad el bienestar y felicidad de Jinenji. Tanto así que cuando finalmente recibió una propuesta matrimonial, la aceptó bajo la condición de que su hermano viviera siempre bajo el mismo techo que ella.

Ibuki era ahora una mujer casada con un bebé en camino y un hermanito mayor que dependía de ella, además de ser una excelente asistente de la doctora local.

Kagome se despidió y comenzó a andar hacia el lugar donde la esperaba su transporte. "¿Qué dices, bebé? ¿Quieres ir a ver a tus abuelos?" El pequeño Tenshi se mostraba entusiasmado siempre que emprendían un viaje, brincoteando en los brazos de su madre y balbuceando los nombres de sus tías y abuelos. "Shippo, ¿seguro que no quieres venir con nosotros?".

"No. La madre de Kato me hizo prometer que ayudaría a su hijo con sus labores"

"¿No querrás decir 'te castigó'? Esa travesura de ustedes dos causó muchos daños en el huerto de Ameko"

"Oye, no puedes reprimir la creatividad infantil. ¡Podríamos terminar traumados para toda la vida!"

"Quienes quedaron traumados para toda la vida fueron los abuelitos de Kato. Los pobres ancianos creyeron que un animal salvaje se estaba comiendo a su nieto".

"Bueno, mi plan no contaba con que ellos terminarían su juego en casa de Myoga tan temprano…"

"Ya no importa. Vete a cumplir con tus obligaciones y nos veremos en unos cuantos días".

Se despidió de Shippo y montó el carruaje cerrado. La seguridad era la razón principal para viajar en un carro cerrado, sin embargo, ella aprovechaba la privacidad para amamantar a su bebé en paz. Le resultaba increíble la sensación de cercanía que esa acción provocaba. Era como un lazo irrompible que la uniría con su hijo hasta el día de su muerte.

Mientras Tenshi se alimentaba, ella aprovechaba el tiempo mirándolo. Disfrutaba observarlo, pues había ocasiones en las que aún no creía su buena fortuna al haber procreado a una criatura tan perfecta dentro de un mundo tan malo.

Tal como lo previera desde el principio, la situación política de Irashai había empeorado muchísimo, antes de iniciar un lento camino hacia la mejoría.

Unas semanas después de que Kagome se mudara definitivamente a Himeshi, Kikyo dio a luz a una criatura saludable y fuerte, con un único defecto: fue una niña. El éxtasis de la madre al ver cumplido su deseo se vio empañado a tan sólo cinco días después del alumbramiento, pues una tarde en que la heredara y su hija descansaban después de una agitada noche, sufrieron el primero de una serie de ataques dirigidos a acabar con la vida de la que sería la segunda mujer en la línea al trono.

Un grupo de disidentes decidió montar una distracción para atraer a los guardias al exterior de palacio mientras una criada aliada a los detractores del reino entró a las habitaciones reales, aprovechando la vulnerabilidad de la nueva madre. Sin embargo, cuando la perpetradora ingresó a la recamara de Kikyo, la encontró vacía.

Arisa, la dama de compañía de Rin, habiendo aprendido lo importante que era adelantarse al enemigo, ni bien había escuchado de los desordenes afuera de los muros, decidió ayudar a las princesas a ocultarse en los túneles, y mientras Rin cuidaba de su hermana y su sobrina, Arisa corrió a dar la voz de alarma, lo que facilitó apresar a la intrusa.

Varios de los alborotadores fueron arrestados y la casi asesina fue condenada a muerte; sentencia que se dictó y ejecutó en espacio de una hora.

Arisa fue enormemente recompensada por su accionar. Fue ascendida a Ama de Llaves – la segunda al mando del personal después de Jaken, y además se ganó la completa devoción y confianza de éste último.

El ataque – y los subsiguientes – fueron una fatídica señal para Kagome e Inuyasha, pues les hizo entender que cualquier vástago de ellos se vería en peligro en tanto los enemigos del reino rondaran por ahí. Eso los llevó a tomar la penosa decisión de esperar a convertirse en padres el tiempo necesario hasta que lo más fuerte de la amenaza hubiese pasado. En un principio, abrazaron la esperanza de que sólo tendrían que dejar pasar algunos meses. Sin embargo, en lugar de disminuir, los opositores tomaron mayor fuerza y presencia. Y así, los meses se convirtieron en años.

Fueron años difíciles, llenos de murmuraciones y ofensas. En Himeshi, todos comprendían los motivos que la joven pareja tenía para retrasar su paternidad, pero fuera de la aldea, la historia era diferente. Kagome era insultada – abiertamente por los detractores y en silencio por todos aquellos sin valor de expresarse en alta voz – tanto por la infamia de casarse con alguien del vulgo, como por su aparente incapacidad de convertirse en madre. La virilidad de Inuyasha también fue puesta en entredicho y ambas situaciones habían provocado que el ojidorado ocasionara aún más revueltas que los opositores.

Hubieron momentos en que hasta la dicha matrimonial se vio afectada, pero siendo tan testarudos, ni Kagome ni Inuyasha iban a permitir que situaciones que escapaban su control dirigieran el rumbo de su vida en pareja. Eventualmente, en lugar de desmoronarse, su matrimonio se fortaleció. Tal como había sucedido en el pasado.

Miroku incluso había comenzado a bromear diciendo que todas las peleas que la pareja tenía eran simples pretextos para pasar más tiempo reconciliándose y que era increíble que con tanta cercanía no hubieran sufrido un 'accidente'. Inuyasha había ideado un sin fin de formas para acallar los comentarios del predicador, pero al parecer, al convertirse en esposo de Sango, Miroku había desarrollado una mayor resistencia al dolor.

Al final, Tenshi fue el resultado de un accidente.

Pero, aunque llegó sin que ellos lo hubieran planeado, la llegada de Tenshi fue recibida con toda algarabía, incluso cuando estuviera empañada por la preocupación.

Sus temores demostraron no ser infundados, pues en menos de un año el pequeño Tenshi fue el foco de dos intentos de secuestro. Alrededor de cuatro meses después de su llegada al mundo, un grupo de insurgentes trató de abducirlo bajo el ideal de que siendo el único varón nacido dentro de la familia real, era él quien debía heredar el trono, y por lo tanto, debía ser separado de la dañina influencia de sus padres y criado según los esquemas apropiados. Los disidentes obviamente no habían hecho las averiguaciones necesarias, pues su esfuerzo fue desmantelado fácilmente por los vigías de la aldea, aunque uno de los himeshinos resultó herido de gravedad. El segundo intentó ocurrió poco antes de que el pequeño príncipe cumpliera un año y resultó mucho más peligroso que el primero, pues esta vez, los insurgentes no utilizaron la violencia.

En dicha ocasión, infiltraron a una muchacha más joven que Rin, la cual haciendo uso de su inocente encanto no levantó sospechas entre las personas que le dieron posada durante unas semanas. La jovencita entabló amistad cercana con Shippo – autonombrado guarda de Tenshi – y cuando se sintió lo bastante confiada, aprovechó una distracción del chico para tomar al bebé y escapar a través del bosque, donde ya la esperaban sus cómplices. Fue una situación muy angustiante, pues la chica estuvo extremadamente cerca de alcanzar su objetivo antes de que Kohaku la interceptara. La chica fue condenada a prisión de por vida y continuó defendiendo sus motivaciones e ideales mientras sus cómplices eran ejecutados.

Esa era la razón por la que no podía quedarse en Himeshi cuando su esposo estaba fuera. Ambos atentados habían ocurrido durante la ausencia del padre y éste estaba decidido a no dejar cabos sueltos que pusieran en riesgo a su familia, por lo tanto, cuando Inuyasha salía de viaje, Kagome y Tenshi dejaban la aldea custodiados fuertemente por una cuadrilla de la más alta confianza.

Un estremecimiento recorría el cuerpo de la princesa cada vez que recordaba los hechos y pensaba en las posibilidades.

Un gorgojar proveniente de su regazo hizo que Kagome volviera a la realidad. Miró a su hijo que le sonreía con pocos y diminutos dientes y toda la angustia dejó su cuerpo.

"Eres lo más hermoso del mundo", susurró la madre, depositando un beso en la frente del pequeño que había vuelto a su tarea de comer.

En unos pocos minutos, Tenshi estaría dormido y ella ocuparía el resto del tiempo dentro del solitario compartimento extrañando a su esposo y recordando a los amigos que ya habían partido.

En el transcurso de los años, muchos dejaron la aldea, tal vez porque vieron en el gobierno cambiante una esperanza de mejoría general o simplemente porque el momento de buscar nuevos horizontes había llegado. Éste último fue el caso de Kagura.

Kagura había dejado la aldea acompañando a una caravana que viajaría a otras naciones con el objetivo de comercializar productos propios de Irashai. Siendo artesana, ella vio en ese viaje la oportunidad de expandir sus habilidades y de conocer el mundo al mismo tiempo. Después de tres años, la caravana regresó a su lugar de origen pero Kagura no volvió con ellos. Cuando el viaje estaba por llegar a su término, ella decidió que todavía quedaban demasiados lugares por conocer y tomando sus pocas pertenencias, escogió un rumbo y lo siguió. Nadie había tenido noticias de ella, pero aquellos que la conocían tenían la confianza de que ella estaría viviendo su vida bajo sus propias condiciones, tal como siempre lo quiso.

Jakotsu era otro ausente. Un día, su madre decidió que la hora de casar a su único hijo había llegado y a pesar de las protestas del muchacho, lo comprometieron con una jovencita poco agraciada que vio en Jakotsu su única oportunidad de contraer nupcias. Ninguno de los involucrados contó con que en la noche antes de la boda Jakotsu decidiría huir. Lo peor de todo es que no se fue con las manos vacías. De alguna forma se las arregló para entrar en casa de su prometida y robarle sus mejores vestidos . Incluido el vestido de novia. Nadie en Himeshi quería siquiera imaginarse en qué pasos andaría el muchacho últimamente, pero lo cierto era que cada vez que un himeshino veía por el camino a una mujer con apariencia medianamente masculina, afinaban la vista para asegurarse que no fuera él.

A parte de ellos, muchos de los jóvenes de la aldea, Kohaku entre ellos, movidos por sus ideales, decidieron ofrecer sus servicios a la corona y pasaron a formar parte de las filas militares, dejando atrás a sus preocupados padres. Los himeshinos mayores todavía sentían recelo del mundo exterior y varios de ellos se opusieron rotundamente a los deseos de sus hijos. Otros, sin embargo, comprendieron que la única forma en que los jóvenes aprenderían sus lecciones sería cometiendo errores, así que les dieron su bendición y los dejaron partir, guardando la esperanza de que al haberlos criado con valores sólidos, los muchachos se volverían en ejemplo y modelos a seguir de otros.

Kohaku no había tenido mayor problema cumpliendo las expectativas de su familia. Sin importar la misión que le delegaran, él siempre sobresalía y su madurez y calma para enfrentar las situaciones más difíciles le habían ganado el respeto aun de los veteranos. Para Ryu, la única forma en la que su hijo menor podría aumentar el orgullo familiar, sería escogiendo a una linda himeshina como esposa. Pero Kohaku parecía tener otros planes al respecto. En su última visita a casa había anunciado que estaba cortejando a una agradable mujer a quien conociera en uno de sus patrullajes por las aldeas más al norte del país.

Pronto, aquel niño larguirucho estaría casado y eso sólo servía para recordarle al mundo que el tiempo pasa sin misericordia.

El grito de uno de los guardias alertó a Kagome de que ya estaban a las puertas de la ciudad. Con gran gentileza, despertó a su hijo y lo puso presentable para la reunión con sus abuelos.

Toda la familia los esperaba en el jardín posterior, como de costumbre y apenas aparecieron cinco pares de brazos se disputaron el privilegio de abrazar a Tenshi primero.

El pequeño no cabía en sí de alegría, abrazando y besando a todo el que pudiera.

'¡Mira cuanto has crecido!' '¡Qué lindo estás!' 'Te extrañé muchísimo' Y otras frases similares se repetían sin cesar.

"Oigan, yo también estoy aquí" Llamó Kagome con buen humor. Ya estaba acostumbrada a ser ignorada siembre que su hijo estaba presente.

"¡Tía! ¡También te extrañé muchisísimo!"

Kagome extendió sus brazos para recibir en ellos a su adorable sobrina de cinco años Sayumi "Hola, hermosa ¿Cómo estás?"

"¡Muy bien! ¡Leí un libro de un niño que tiene un oso de amigo! Y pinte un dibujo muy bonito de Tenshi y yo, y…"

Mientras su sobrina relataba uno a uno sus logros de las últimas semanas, Kagome la escuchaba con atención sincera.

Obviamente, Naraku no iba a partir de este mundo sin dejar algo detrás de él para que la gente lo recordara siempre, por lo que Sayumi resultó ser la viva imagen de su padre aunque sus ojos los había heredado de su madre. Pero no era solo la apariencia física lo que recordaba a Naraku, pues Sayumi era una niña perturbadoramente inteligente. Con tan solo cinco añitos, sabía leer perfectamente y era buena con los números pero también poseía una gran habilidad para comprender conceptos difíciles, como la diferencia entre la realidad y la fantasía. Algunas malas lenguas decían que solo era cuestión de tiempo antes que la princesita comenzara a seguir los pasos de su padre.

Pero la familia real no hacía caso de semejantes sandeces. Cierto, Sayumi era más lista que la mayoría de los adultos que visitaban el palacio, pero también era dulce y servicial. Y tenía a su abuelo comiendo de sus pequeñas manos.

Jirou había desbordado en su nieta todo el cariño y los mimos que nunca les dio a sus hijas. Cualquier deseo de Sayumi era una orden y la nena se había vuelto una experta en manipular, dentro de su infantil inocencia, al rey y sin embargo, no era una princesita malcriada, pues Kikyo se encargaba de marcar las líneas que su hija no podía pasar, sin importar los berrinches. Si los deseos de Sayumi eran órdenes, las órdenes de Kikyo eran la ley inquebrantable.

Por mucho tiempo, la familia debatió si sería prudente que Sayumi conociera la verdad a cerca de su padre, y cuando sería el momento correcto para contarle. En palacio, estaba prohibido pronunciar el nombre de Naraku bajo cualquier condición y todos tenían indicaciones de que si la princesa preguntaba, simplemente la referirían con sus abuelos o con su madre, pero queriendo prevenir cualquier desliz, Kikyo decidió explicarle en términos sencillos el porqué de que su padre hubiera muerto. Al final, la niña había aceptado la explicación de que su papá había hecho algo malo y todos los que hacen algo malo, deben recibir un castigo y por eso, a los niños se les debe de enseñar a ser buenos desde que son bebitos.

La heredera sabía que dicha explicación solo bastaría por algunos años y que eventualmente tendría que contarle todo el daño que Naraku hizo, pero al menos, la pequeña no andaría por el mundo preguntándose porque nadie mencionaba a su padre. No obstante, Kikyo hizo aún más para darle a su hija un sentido de pertenencia: cuando Naraku fue descubierto, todos sus retratos fueron destruidos de inmediato. Todos excepto el que ella conservó en un rincón oscuro de su habitación para poder mostrárselo a su hija, lo que resultó ser una buena decisión, pues su niña disfrutaba comparando sus facciones con las de sus padres y jugar a ver a cuál de los dos se parecía más. Aunque al final del juego, ella siempre determinaba que a quien se parecía era a su abuelito.

El abuelo apartaba espacio todos los días para pasar tiempo con ella, ya fuera escuchándola leer alguna de sus historias favoritas, ayudándola a clasificar sus juguetes o jugando a las escondidas. En fin, Sayumi no extrañaba tener un padre, pues Jirou, llenaba completamente cualquier hueco que pudiera haber en su joven corazón.

Después de los saludos, pasaron cada uno a sus actividades diarias y eso dejó a Kagome a cargo de los dos infantes que se adoraban el uno al otro hasta la muerte.

Los días pasaron como un torbellino sin que ella pudiera ver mucho a su familia. Kikyo y sus padres se la pasaban trabajando la mayor parte del tiempo y Rin cuando no se desaparecía sin dejar rastro, realizaba labores humanitarias, haciendo que los pocos nobles que quedaban en la ciudad se involucraran en actividades caritativas. Reunía ropa, alimentos y libros para enviarlos a las aldeas más alejadas y que aún no habían logrado recuperarse de los años violentos que habían vivido.

Mientras tanto, Kagome se contentaba con ayudar a su sobrina en sus estudios y maravillarse cada vez más de las habilidades de la pequeña. Y por las noches arrullaba a su hijo en una mecedora hasta que ambos se quedaban dormidos. Como todo bebé, Tenshi no comprendía el pasar de los días, ni porque la luz del sol daba paso a la oscuridad constantemente, sin embargo, había algo que entendía y eso era que su padre no estaba con ellos. Cada noche, antes de ceder al sueño, preguntaba '¿papá?' y su madre con gran sentimiento de añoranza solo respondía 'Vendrá pronto'

Finalmente, el día que esperaban con ansias llegó y uno de los guardas dio voz de que por las puertas de palacio, estaban entrando el esposo de la princesa y su hermano.

"¿Escuchaste Tenshi? ¡Tu papá ya viene!"

Tanto madre como hijo abandonaron los juguetes que estaban usando en medio del salón y salieron a toda prisa en dirección a las puertas del patio principal, con Sayumi tras de ellos.

Transitaron los pasillos corriendo y riendo, llegando al patio en el momento que Inuyasha desmontaba. Kagome puso a su hijo en el suelo y este ni tardo ni perezoso corrió – con toda la velocidad de que era capaz – al encuentro de su padre. Inuyasha lo levantó inmediatamente, lanzándolo al cielo varias veces lo que provocó muy sonoras carcajadas por parte del niño.

Kagome se acercó con calma – normalmente imitaría a su hijo corriendo al encuentro de su esposo para besarlo, pero estando en palacio, era mejor mantener la compostura para evitar habladurías – y lo saludó "¿Cómo estuvo tu viaje?"

"Bien. Logramos nuestros objetivos" respondió él, acomodando a Tenshi en sus brazos para poder depositar un casto beso en la mejilla de su esposa.

"¡Hola, tío Inuyasha!"

Inuyasha bajó la vista para mirar detenidamente a la persona que los interrumpió y alzó una ceja "¿Tú quien eres?"

"Soy Sayumi, tío ¿No te acuerdas de mí?" replicó la princesita con verdadera alarma.

"Tú no eres Sayumi. Sayumi es una enana de este tamaño," Inuyasha marcó el tamaño al que se refería utilizando sus dedos índice y pulgar "y tú eres una niña grande"

"Es que ya crecí. Pero soy Sayumi. ¡Mírame!"

"¡Tienes razón! No te reconocí"

La nena rio de buena gana a la vez que extendía los brazos para ser alzada por su tío favorito. Con ambos niños en brazos, Inuyasha volvió su atención a su esposa quien le sonreía en forma casi embelesada.

Contra todo pronóstico, Inuyasha había resultado ser un excelente padre y no había duda de que sería el mejor tío que Sayumi podría tener. Y eso fascinaba a Kagome, contribuyendo a que su amor por él escalara cada día.

"Debes estar cansado" opinó ella caminando a su lado de regreso a los salones "¿Quieres que te prepare un baño?"

"Lo necesito con urgencia"

Poniendo manos a la obra, Kagome se encargó de que el baño de su esposo estuviera dispuesto en la forma que él lo disfrutaba más. Él lo habría preferido si hubiera podido contar con la compañía de ella, pero ese era otro de los lujos de los que se privaban cuando estaban en casa de sus suegros.

Bañarse juntos era su pasatiempo de pareja favorito y lo habían descubierto por accidente una noche en que ella lo estaba ayudando a lavarse el cabello después de uno de sus viajes. Ella se resbaló sumergiendo a ambos en la bañera, causando algunos moretones y encontrando el medio perfecto para reconciliarse después de una de sus batallas campales.

Pero tendrían que esperar a estar en su propio hogar para consentirse el uno al otro de esa manera.

Una vez limpio, solo quedaba esperar a ser convocado por su majestad, pero Inuyasha no tenía ninguna prisa. Sesshoumaru debía estar con el rey en ese momento, poniéndolo al tanto de las noticias recabadas durante su viaje, y esa era una conversación en la que él prefería no participar. La política jamás sería de su interés y prefería dejárselas a los sabihondos de la familia.

La hora de la cena llegó rápidamente, y finalmente Inuyasha pudo saludar a su suegra, quien nunca perdía oportunidad de consentirlo, ofreciéndole sus golosinas favoritas, preguntándole si estaba cómodo, si no deseaba algo de beber, en fin, tratándolo como la visita más prominente de palacio. Él realmente no entendía porque su suegra le tenía tanto afecto, pero no iba a quejarse de ello.

También pudo conversar con Kikyo, aunque con ella las cosas eran un poco diferentes. Él nunca se sentió del todo a gusto alrededor de la heredera. Era algo que confundía a Inuyasha, pues la princesa era una persona muy agradable. Tal vez se debía a que Kikyo era bastante seria – en comparación con su madre y hermanas – y él temía decir o hacer algo que pudiera incomodarla o hasta hacerla enojar. Quizá era simplemente que Kikyo inspiraba respeto y él no sabía cómo lidiar con eso.

Con Jirou, las cosas nunca dejaron de ser tirantes. ¿De quién era la culpa? Nadie podría señalarlo con seguridad, pero ninguno de los dos hacía ningún esfuerzo por agradar al otro, cosa que entristecía a Hiromi, exasperaba a Kagome, intrigaba a Kikyo y divertía a Rin.

"¿Dónde está esa niña?" Preguntó el rey, sin dirigirse a nadie en particular. Ya todos los comensales estaban situados en sus lugares, listos para cenar, con la excepción – habitual – de Rin.

Nadie respondió, porque todos se preguntaban lo mismo. Sesshoumaru e Inuyasha acababan de llegar de un viaje extenuante y no habían comido desde la mañana, sin embargo no podrían comenzar a alimentarse hasta que la ausente apareciera.

Se veían los unos a los otros sin saber que decir para pasar el tiempo. Jirou estaba a la cabeza de la mesa con su esposa a su derecha, luego de ella, estaba Kagome, después el espacio vacío que le pertenecía a Rin. A la izquierda del rey, estaba su heredera con su nieta y luego Inuyasha, sosteniendo a Tenshi en su regazo. Y al otro lado de la mesa, en el sitio de honor, Sesshoumaru.

Y Sesshoumaru tenía la mala costumbre de mirar directo al frente y eso ponía a Jirou nervioso sobremanera.

Antes de que el rey pudiera preguntar nuevamente por su hija faltante, una discusión se escuchó acercándose desde el otro lado de la puerta que daba al pasillo.

"¡Es increíble! ¡Nunca te habías tardado tanto!"

"Ya no me regañes ¡Fue un accidente!"

"Ninguna señorita decente se atrevería a causar tanto retraso"

"Entonces no soy una señorita decente"

"¡Rin!"

"¡Jaken!"

"¡Ya! ¡Entra de una vez!"

La puerta se abrió dando paso a una recién bañada Rin, quien tuvo la gracia de sonrojarse al notar que todos la veían fijamente.

"Buenas tardes. Perdonen el retraso"

Sin perder tiempo, tomó su sitio. Los alimentos fueron bendecidos y todos empezaron a comer.

Después de haber devorado la mitad de su plato y darle unos bocados a su hijo, Inuyasha fue quien decidió cuestionar a Rin por su retraso. La princesa volvió a sonrojarse al confesar que había sufrido un accidente en las caballerizas que incluyó caer de bruces sobre los desechos del caballo con el que estaba trabajando.

Algunas de las damas tuvieron que contener su reflejo de asco, mientras que Inuyasha se reía con verdadero gozo. Incluso Sesshoumaru sonrió y eso fue suficiente para romper la tensión que había caído sobre la mesa.

Las mujeres llenaron el ambiente con sus pláticas que parecían no tener fin, mientras que los hombres se ocupaban de lo más importante: Acabarse la comida.

Después de la cena, pasaron un largo rato en uno de los salones, escuchando a Kikyo tocar el piano. Los niños se durmieron y fue hora de despedirse cada uno a su habitación.

Inuyasha, con su hijo en brazos, se dirigió a la antigua habitación de Kagome, que había sido adecuada para contener la cuna del bebé. Tradicionalmente, los niños dormirían separados de sus padres y siendo guardados por sus nanas, pero ni Kagome ni Kikyo estaban dispuestas a dejar el cuidado de sus hijos en manos ajenas.

Luego de colocar a su hijo dentro de su cuna, Inuyasha pasó un tiempo observándolo dormir. Una vez se sintió seguro de que Tenshi respiraba normalmente, fue a acomodarse a la lujosa cama. Había adquirido la costumbre de vigilar la respiración de su hijo en forma casi inconsciente, desde una noche en la que levantándose de madrugada fue a mirar al pequeño recibiendo la horrorosa impresión de que la respiración de este había cesado. Se había tratado de un efecto óptico que había dejado una marca indeleble en la mente del joven padre.

Kagome se reunió con su esposo unos minutos más tarde. Recostados contra la cabecera de la cama, charlaron cómodamente sobre pequeñeces.

"Me da gusto que hayan tenido una buena semana", habló él, acariciando una de las mejillas de su esposa.

"Habría sido mejor contigo aquí", suspiró ella, girando su cabeza y dando un beso a la mano que la acariciara antes.

"¿Me extrañaste?"

"Tanto como tú a mi"

"Eso significa que lo pasaste de maravilla" tentó él.

Un almohadazo fue la respuesta de la princesa. "Hablando en serio, me gustaría poder acompañarte como lo hacía antes"

"Antes no teníamos a Tenshi. Es muy peligroso viajar con un bebé. En especial uno que es blanco de maniáticos"

Ella asintió, consciente de los peligros que aún enfrentaban, sin embargo, se animó a declarar "Tú nos protegerías"

"Siempre" aseguró él con fiereza.

Ella sonrió, acercando lentamente su rostro al de él. Unieron sus labios con la experiencia y confianza de cinco años. Pero antes de que pudieran profundizar, un sonido de alarma los obligó a separarse. Inuyasha lanzó un improperio e indicándole a su esposa que se quedara con el bebé, salió al pasillo.

Un momento después, regresó a la recamara, solo.

"Hubo una revuelta en la hacienda que está al este, a una hora de camino. Los trabajadores han obligado a los dueños a atrincherarse dentro de la casa principal y tu padre teme por su seguridad. Dice que son sus aliados. Sesshoumaru y yo lo acompañaremos con una cuadrilla para tratar de disuadir a los revoltosos"

"Espero que no sea un asunto demasiado grave"

"Ya veremos" Se despidió con un rápido beso y salió a reunirse con los demás.

Una vez su esposo se hubo ido, Kagome tomó a su hijo con cuidado, agradecida de que su retoño pudiera dormir tranquilamente en medio del escándalo más grande y dejó su habitación. En el pasillo, saludó con la cabeza a los guardias que cuidaban el ala de los dormitorios antes de emprender camino a las recámaras de su hermana mayor.

Llamó a la puerta. Al sonido de 'adelante', ingresó a la gigantesca habitación, encontrando a su hermana sentada en un butacón, con un libro entre las manos.

Instintivamente, Kagome miró hacia un costado, de la alcoba, donde una puerta hermosamente decorada con querubines se encontraba medio abierta. Kikyo había ordenado la remodelación completa de su habitación y la contigua, para que hubiera comunicación directa entre el dormitorio de su hija y el suyo propio. La puerta principal de dicho cuarto se hallaba cerrada con llave todo el tiempo y nadie estaba autorizado a abrirlo, salvo expresa solicitud de Kikyo. El interés de Kagome al mirar hacía ahí, se debió a su preocupación de que el ruido de hacia unos momentos hubiera despertado a la pequeña.

Adivinando los pensamientos de su hermana, Kikyo habló: "Está durmiendo como una roca"

"Es un alivio. ¿Puedo acompañarte?"

"Por supuesto" sin decir más, la heredera fue hacia su cama, donde acomodó varias frazadas en el centro. Agradecida, Kagome colocó a su hijo sobre las mantas y ambas hermanas tomaron sitio a cada lado del bebé.

"Lamento que tu reencuentro con tu esposo se viera interrumpido"

"Yo también. Aunque en realidad no había nada que interrumpir" se quejó Kagome con una mueca, sabiendo que el beso con su esposo no habría pasado a más, gracias a que ambos desconfiaban de los pasadizos que circundaban su habitación.

"¿No me digas?" habló Kikyo con marcada insinuación.

Kagome tuvo la gracia de sonrojarse "No. No te diré" y con toda intención de cambiar de tema agregó: "Había creído que estas emergencias nocturnas no sucedían más"

"A decir verdad, es la primera en más de dos meses. Me alegra mucho que tu esposo y cuñado hayan estado aquí para apoyar a papá. Con Houjo organizando la jefatura en Shinki nos sentimos incompletos aquí. En especial ahora que papá está entrando en años"

"Papá aún es fuerte", defendió la menor.

"Tal vez. Pero el tiempo no pasa en vano. Mamá ha observado que se cansa con el doble de rapidez y es necesario contar con alguien confiable para que esté a su lado"

Con un suspiró, Kagome tuvo que ceder el punto "Entiendo"

Guardaron un silencio cómodo por unos minutos, observando al bebé que dormía plácidamente entre ellas. Acariciando la diminuta cabeza, Kikyo comentó "Mamá me dijo el otro día, que ya quiere tener un nuevo nieto. Y tiene que ser uno que se parezca a ella"

"Su orgullo de abuela sufrió mucho cuando vio que Tenshi había sacado los ojos de Izayoi"

"Así fue. Entonces ¿Cuándo le darás el gusto?"

"¿Yo?"

"Eres la única candidata posible. Por el momento"

"Bueno… Sí nos gustaría. Pero creemos que sería mejor que Tenshi creciera un poquito más. No demasiado, claro. Tal vez cuando tenga tres años"

"A mamá no le gustará la espera"

"Bueno, Rin podría dárselo más pronto ¿No?"

"Con lo determinada que esa niña está a decidirse solamente por aquel que pase sus pruebas, me temo que yo seré abuela antes de que ella se case"

Kagome resopló recordando las ridículas pruebas que su hermanita había diseñado con el fin de encontrar al candidato correcto. Dichas pruebas no se basaban en el aspecto físico, si no en el intelectual. Estaban constituidas por una serie de cuestionarios, rompecabezas, enigmas y mapas que guiaban a ninguna parte. Cualquiera podía participar en las pruebas ya que bastaba con pedir audiencia y determinar la fecha, sin embargo, la mayoría de valientes se rendía antes de terminar el cuestionario inicial de doscientas preguntas.

"Honestamente, Rin me preocupa. Había esperado que para ella los asuntos románticos resultaran más fáciles que para nosotras, pero al parecer, ella prefiere complicarlos al máximo"

"Sé a qué te refieres. Nuestros padres decidieron que no la obligarían a escoger, pero han comenzado a dudar de esa decisión" lamentó Kikyo "Supongo que sabes que se han interesado por tu cuñado"

"Lo he notado. De hecho, lo comenté con Inuyasha esta tarde. ¿Sabes que me respondió? Que eso demuestra que nuestros padres no quieren a sus hijas"

"Esa es su opinión de hermano menor. Pero Sesshoumaru no es indiferente a Rin. Cada vez que nos visita, pasan mucho tiempo conversando"

"Dirás: Rin pasa mucho tiempo conversando. Sesshoumaru solo se queda ahí, oyéndola"

"Yo creo que eso nos da esperanza"

"No lo creo. Inuyasha está de acuerdo conmigo. Mi cuñado no ha dado muestras de querer formar una familia. Es más, tiende a rehuir a las jóvenes casaderas cuando estas hacen manifiesto su interés y pienso que eso es lo que le agrada de Rin: Que ella no guarda expectativas respecto a él"

"Si es así, es una lástima. Él es una excelente opción"

Kagome sentenció "Solo si estás dispuesta a tenerlo en palacio dándote órdenes todo el tiempo"

"No creo que sea tan malo" rió Kikyo

"Inuyasha es malo y Sesshoumaru es peor. Créeme" Aseveró la menor y pareció meditar bien antes de decir: "Rin y yo no somos las únicas que pueden darle más nietos a mamá"

Un suspiro "¿Vas a comenzar con eso de nuevo?"

"No te enojes. Es solo que temo que con el tiempo te arrepientas de la decisión que tomaste"

Kikyo miró a su hermana pensativa y luego de forma casi tímida, comentó "En realidad, existe un caballero con el que he estado intercambiando correspondencia…"

"¿En serio? ¡Cuéntame!"

"Me escribió por primera vez el año pasado, felicitándome por mi firmeza al impulsar la ley de impuestos equivalentes a la propiedad – Tú sabes cuantas protestas generó entre los hacendados ricos del sur – Alabando mi buena cabeza y valor"

"Suena a buen partido" consideró Kagome.

"Lo es. Es un viudo propietario de grandes rebaños, inteligente y educado"

"¿Ya lo conociste?"

"Sí, vino a mostrar sus respetos hace unos meses y puedo asegurarte que nunca había tratado a nadie que me causara tan grata impresión"

"¿Entonces?"

"¿Entonces qué?"

"Fomentarás esa amistad, ¿No?

Kikyo se inclinó, declarando en confidencia "Me ha invitado a un baile en honor del cumpleaños de uno de sus familiares" Kagome reaccionó emocionada, pidiendo más detalles. La mayor continuó hablando "Me escribió diciendo cuán grande honor les haría al acompañarlos y que su bisnieta sería la quinceañera más dichosa del reino"

"¿Bisnieta? ¿Quinceañera? ¿Cuántos años tiene este caballero?"

"Cumplió ochenta y tres hace cuatro meses"

"Kikyo, un hombre de ochenta y tres años no es la mejor opción para esposo"

"¿Quién dice que lo quiero para esposo? Yo solo afirmé que es un buen partido y que me gustaría continuar siendo su amiga. ¿O qué? ¿No puedo ser amiga de un octogenario al que le gustaría tenerme como bisnieta?"

Kagome rio por lo bajo "Me estabas tomando el pelo"

"Luego no digas que no tengo sentido del humor" sentenció con elegancia la chica mayor.

"Nunca más diré eso"

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Tenshi ya bien alimentado y con un pañal fresco se quedó dormido en brazos de su madre, quien con cuidado de no despertarlo, subió al piso superior y entró a su recámara. El lugar era amplio. Dos ventanas adornadas con cortinas de colores neutros encaraban al norte mientras una cama grande residía en medio de las ventanas; un armario de finos detalles y una mesita completaban la decoración del lugar. No parecía mucho, pero sin dudarlo, era la habitación favorita de Kagome, pues irradiaba paz y seguridad.

Al fondo, a un costado, se encontraba una entrada sin puertas y hacia allí caminó la princesa. Corrió las cortinas que separaban las habitaciones y con cariño depositó a su pequeño en su cuna. Después de arroparlo, lo observó por largo rato. No dejaba de maravillarla la fuerza del amor que profesaba a su hijo, preguntándose en algunas ocasiones como lograba el corazón albergar tanta intensidad, en especial en casos como el de ella, cuyo corazón amaba hasta la muerte a dos personas.

Volvió su rostro hacia su cama encontrándola fría y solitaria, un triste recordatorio de que su otro gran amor estaba afuera lidiando con la nueva crisis que los había recibido al llegar a la aldea.

La noche anterior, después de haber recibido la llamada de alarma en palacio, ella trató de quedarse despierta esperando a su esposo, sin embargo el sueño la venció y no fue hasta altas horas de la madrugada (cuando el sol comenzaba a despuntar) que sintió la cama moverse, señalando el regreso de Inuyasha.

Debido al desvelo de los himeshinos, fue necesario quedarse en Ciudad Real hasta después del mediodía, todo esto derivando en su llegada a Himeshi al atardecer. Lamentablemente, ni bien habían desmontado cuando algunos aldeanos vinieron a avisar que las represas montadas por otras aldeas situadas en las montañas, habían desviado el afluente del río ocasionando una inundación que había dañado buena parte de la siembra y necesitaban ayuda para salvar la mayor cantidad de cosecha que pudieran.

Tal y como se esperaba de ellos, Sesshoumaru e Inuyasha pusieron manos a la obra, lo que dejó a Kagome sin otra opción que volver sola a su casa.

Después de haber despedido a Akaru, su doncella, Kagome dedicó un tiempo a jugar con su hijo, luego preparó la cena de ambos, dejando un plato extra para Inuyasha y finalmente durmió al bebé. A todo esto, ya habían pasado más de cuatro horas e Inuyasha todavía estaba en el campo con los otros hombres.

No quería irse a dormir todavía. Habían pasado doce días desde que ella e Inuyasha estuvieran juntos y realmente había extrañado acurrucarse a su lado y disfrutar de sus caricias.

El sonido de la puerta principal cerrándose la alertó de que su espera había terminado y emocionada corrió a esperarlo en el umbral del dormitorio. Inuyasha apareció con toda la facha de alguien completamente exhausto. Iba empapado de pies a cabeza, con el cabello aplastado al cráneo y bostezando largamente.

"Hola. ¿Cómo fue todo?"

Inuyasha entró a la habitación arrastrando los pies "Mejor de lo que esperábamos. Las pérdidas no son alarmantes. Tendremos que ir a explorar mañana y derribar esas represas clandestinas si no queremos que esto vuelva a ocurrir"

"Espero que quienes colocaron esos bloqueos sean conscientes del daño que han causado y no les den problemas"

Comenzando a quitarse la ropa húmeda, Inuyasha respondió en forma cansada "Lo más seguro es que sí nos den problemas"

Corriendo a recoger las prendas mojadas para que no dañaran el piso, la princesa cuestionó "Porqué vienes empapado"

"Quedé cubierto de lodo, así que me di un chapuzón antes de venir aquí"

"¿Con todo y ropa?"

"¿En donde crees que se me pegó el lodo?"

"Oh, claro" Al observar que su esposo, ya en ropa interior, se metía a la cama, Kagome se apresuró a ofrecer "Te prepararé un baño caliente, para que te relajes"

"No gracias. Estoy muy cansado para eso"

"Bueno, ¿quieres cenar entonces? Te tengo la comida lista. Iré por ella" Antes que su esposo pudiera responder, ella corrió a la cocina, desviándose tan solo para dejar la ropa sucia en su lugar. Recalentó la comida y unos minutos después, se presento en su alcoba llevando una bandeja con las viandas.

Su emoción se desinfló al ver a su esposo profundamente dormido entre las sábanas. "Adiós a nuestro rato de intimidad" se quejó la joven por lo bajo.

Suspirando, llevó la bandeja hasta la mesita que se encontraba cerca de la puerta y fue al armario a buscar su ropa de dormir. Ya lista, se metió en su lado de la cama, el derecho, volviéndose hacia su esposo, quien en ese momento le daba la espalda. Soltó otro suspiro. Las ocupaciones que consumían el tiempo de ambos, los separaban con frecuencia, lo que volvía más especiales los momentos en que lograban reunirse y disfrutar uno del otro. Ella había deseado que esa noche fuera uno de esos momentos, pero tendría que conformarse con tenerlo a su lado en la misma cama.

En las ocasiones en las que las cosas se ponían más caóticas, Kagome recordaba como alguna gente entrometida se atrevía a preguntarle si era feliz. ¿Qué clase de pregunta es esa? ¿Acaso existe una respuesta definitiva? ¿Puede alguien definir que es la felicidad? La felicidad es más que un estado particular ¿no?

Sintiendo las alas del sueño queriendo abrazarla, se dio la vuelta a su costado derecho para estar más cómoda. Entre el sueño y la consciencia, recordó algunas de las diferentes contrariedades que había enfrentado desde aquella tarde que escapara de palacio. Enfermedades, golpes de estado, sediciones, intentos de secuestro, inundaciones, sequías, saqueos, desvelos, discusiones sobre de quien es el turno de levantarse a atender al recién nacido…

¿Soy feliz?

Gracias al letargo que la llenaba, no pudo sentir cuando un par de brazos fuertes la rodearon por la espalda apretándola contra un cálido pecho. Aún así, el único pensamiento en su mente antes de caer en una profunda inconsciencia, fue:

Sí, soy completamente feliz.

000

Con esto doy por terminada mi primer fic.

Gracias,

Susy