Disclaimer: Ouran no me pertenece (aún). Hago esto sin ánimos de lucro.
Categoría: K, es suavecito (a pesar del angst) y con un final semi fluff (¿semi?)


NÁUSEA Y SILENCIO


Epílogo

Su mano fría enlazada con los dedos de él, asemejando al lazo que nunca debió haberlos unido, para luego separarlos de forma inesperada.

La madre estaba destrozada, el padre en tanto debía preocuparse de que el negocio de la familia siguiese en pie. Hikaru miraba el techo blanco, con la mirada perdida, como quien fuese capaz de contar cuántos átomos forman cada molécula en cada centímetro del universo.

Su pulgar acariciaba con movimientos de abanico los nudillos del menor, y de sus labios emanaba un susurro casi inexistente; Hikaru más bien creía que sus palabras sólo quedaban insertadas en lo más profundo de su cabeza.

El más pequeño de los pelirrojos respiraba con lentitud, aferrado por los brazos de su hermano a la vida, quien se negaba a cederle el paso a la eterna oscuridad. Aún así, los doctores no afirmaban una buena recuperación y las secuelas de ello afectarían duramente a toda la familia.

En el Host y el Instituto todos se habían enterado, aunque grande fue la sorpresa de los restante cinco amigos, al ser ignorados olímpicamente por un Hikaru que sólo se dedicaba a observar el techo del lugar, descansando su pelirroja cabeza sobre la camilla donde reposaba Kaoru.

Haruhi era la más preocupada, quien en un intento por ayudar al mayor de ambos hermanos –y un tanto también por cariño hacía él- acarició sus rebeldes cabellos en una sutil muestra de afecto, que no logró más que silenciosas lágrimas.

Hacía una semana que Hikaru se alimentaba de esperanzas mal infundadas, sin despegarse de su querido hermano, como siempre debió haber sido. Hacía siete días que sus dedos continuaban unidos a los de él.

El sol reaparecía en la alborada, anunciando un nuevo día, un nuevo suplicio, un nuevo martirio y un nuevo mártir dispuesto a vivirlo. Los rayos dorados se refractaban por todo aquello que tocaban, deslizándose rápidamente hasta llegar al rostro durmiente de Hikaru, quien sin necesidad de algo más, despertaba, uniendo sus orbes amielados a las luces de oro.

—¿Cómo amaneciste, Kaoru? —murmuró, formando una reducida sonrisa en sus labios.

El subir y bajar de las sábanas blancas por encima del pecho del menor eran suficiente respuesta para que Hikaru siguiese viviendo.

—¿Sabes? —dijo con la voz menos arrastrada, guiando su zurda rumbo a las hebras de él, acariciándole suavemente—. Esta noche he soñado contigo. Uno de esos sueños tontos en los que vuelves a abrir los ojos y me sonríes —terminó en un hilillo de voz, casi ahogándose entre el nudo que se le formaba, aumentando la presión en su otra mano que mantenía firme la de Kaoru—. Y luego de que me sonríes, te desvaneces.

Y guardó silencio, intentando contener algo que veía venir como una avalancha, que le terminaría de hundir definitivamente.

Continuó acariciando sus cabellos, ensortijando sus dedos entre ellos, haciendo figuras abstractas con las hebras pelirrojas, como un artista incomprendido. Al cabo de unos minutos se detuvo, quedando con la vista fija en las facciones de su hermano, llenándose de cada una de ellas, recordándolas y grabándolas en su retina, no queriendo olvidar jamás aquella belleza no permitida.

¿Qué más podía hacer? Se negaba a escuchar el llanto de su madre, decidida a quedarse demacrada frente a las predicciones desesperanzadoras de los doctores. Se negaba a abrir paso a las palabras de su padre, quien en cada visita le recalcaba que ahora él debería hacerse cargo del negocio de la familia solo. Se negaba a pensar que, a pesar de que siempre temió admitirlo, él y Kaoru eran diferentes, y la vida ahora se lo restregaba con creces en el rostro, burlándose ante la impotencia de no poder dar su aliento a cambio de la de su pequeño hermano.

Y lo peor era que lo amaba.
Lo amaba sólo como él mismo podía hacerlo, y nunca nadie lo entendería, a pesar de que se lo explicaran con la mayor de las paciencias.
Lo amaba hasta el punto de dejar su vida en segundo plano, derivando a Kaoru al primero.

Lo amaba, y eso era, allí estaba, lo amaba y punto.

Pero tú ya no puedes escucharme.

Y la sonrisa volvió a formarse en sus labios, como una estrella fugaz, inesperada y a la vez deseada.

—Te amo —murmuró— Te amo, Kaoru.

Capaz de expresar algo en dos inútiles palabras. ¿Alguien puede explicar qué significa exactamente "Te amo"?

Si no nos distinguieran ni calificaran entre hombres y mujeres, si no existiera esa separación entre un género y otro, entre lo que está bien y lo que está mal, ¿sería este un amor bien concebido y no un pecado?

Si no fuésemos hermanos…gemelos.
No, allí estaba mal.
Si no fueran hermanos, si no fueran gemelos.
¿Podría amarte si no fueses uno conmigo mismo, Kaoru?

Existe una interesante historia sobre el hilo rojo del destino, que une a ambos amantes predestinados desde tiempos ancestrales por el dedo meñique, un hilo, incapaz de romperse, a pesar de que viento, mar y tiempo pasen por encima de él.

¿Sería ese hilo el que uniría a ambos?
Pero tú no curarás mi tragedia, no curarás mi tragedia.

—Por favor, Kaoru… —rogó—. Despierta una vez más, abre esos ojos sólo por esta vez y luego te dejaré morir si así lo deseas —las lágrimas volvían a ganar la batalla, surcando por las pálidas mejillas del hermano mayor—. Pero si no me dejas volver a verte, juro que te seguiré hasta en la misma muerte.


Él me mira, Él no me mira.
Él está pendiente de mí, Él no me toma en cuenta.

Hikaru se inclinó provocadoramente al lado de una de sus doncellas, quedando muy cerca del rostro de ésta, deslizando los dedos de su diestra por la blanca mejilla de ella.

—¿Hime? —murmuró.

La muchacha sonrió apenada al sentir el contacto del mayor de ambos gemelos, aunque ciertamente no sabía de cuál de ambos se trataba.

Él me está sonriendo, Él le está sonriendo a Ella.

Kaoru apretó los dientes, pero procedió a repetir la acción de su hermano, tomando a la joven por la otra mejilla y sonriéndole encantadoramente.

—No debe mostrar esa expresión de tristeza —continuó el menor, siendo observado de soslayo por su hermano—. Aquí estamos nosotros para alegrarla.

Él es un Host, Él también.
Él actúa muy bien, Él también.

Mírame
Mírame sólo a mí, olvídate de los demás.
Hazme creer que somos los únicos seres en todo el mundo.
Mírame, Hikaru.

¿Por qué no corres esa mirada de interrogación de mí?
¿Acaso ya sabes que esto que hago es un pecado?
¿Me temes?
Oh, Por Dios…
Permíteme seguirte observando, Kaoru.
No me importa nadie más…

¿Él está actuando?, ¿O lo que dice es verdad?

—En todo éste mundo… —susurró, pegando su frente a la de su pequeño hermano, embriagándose con el aroma de sus cabellos —. … no hay nadie que pueda ocupar tu lugar, Kaoru.

—Hikaru… —arrulló, con el corazón latiéndole con fiereza, como queriendo salírsele del cuerpo en cualquier minuto.

—No hay nadie como tú…

Él me está mirando, Él me está diciendo aquello,
Él me está abrazando, Él me quiere sólo a mí,
Él me ama
Él...Él
Él está actuando.


Una brisa fugaz inundó con el resplandor del sol la habitación, provocando que las cortinas se corrieran de su lugar, mecidas al compás del viento tibio.

El minutero se movió sólo un poco más, anunciando que un nuevo minuto había pasado al olvido.

Hikaru lloraba sin sollozar, debido a que sus labios se veían fundidos con los de su hermano en un beso casto y sin más, un beso tan distante y a la vez tan cercano como la relación que los describía en ese mismo instante.

Estoy tan cerca; Estoy tan lejos.

Como el arrollo que anhela desembocar en el mar pero a la vez no perderse, silencioso, pero con toda la prisa y la ferocidad de aquel que se aferra a la vida de manera bestial, así eran las lágrimas del mayor de los Hitachiin, semejantes a cristales opacos, que se sumergían en lo hondo, hasta alcanzar las mejillas de Kaoru.

Estoy tan cerca; Estoy tan lejos

Sus bocas se deshicieron del roce, motivado por Hikaru, quien permaneció con los ojos cerrados en todo momento. Su mano se negaba a soltar la del menor, temía perderle de manera definitiva, temía abandonarlo en algún lugar al que él no podría acompañarle, por mucho que quisiera.

Estoy tan cerca…

Comenzó a abrir los ojos con parsimonia, sintiendo como sus orbes, aguados en lágrimas, no le permitían ver con claridad la perfección que era su Kaoru. Desesperado ante aquello, soltó su agarre de él, llevándose ambas manos rumbo a sus ojos, restregándoselos y borrando todo rastro de sufrimiento.

—N-No —sintió la voz rasposa de alguien, entre metálica y a la vez dulce; su mirada se centró inmediatamente en el cuerpo que tenía en frente—. N-No…me s-sueltes…

Tardó en procesar lo que sus sentidos recibían, su corazón pareció dar un vuelco en su sistema, su mirada amielada reflejaba otra, una dorada llena de cansancio y un sin fin de emociones irreconocibles por otro que no fuera él.

—K-Ka… —articuló, moviendo los labios y dejando salir su voz en un principio, para luego, sin darse cuenta, sólo mover los labios.

Estoy tan…

Las lágrimas derramadas se secaron rápidamente sobre sus mejillas, dando paso a un nuevo torrente, que limpió cada una de sus heridas, permitiéndole dejar escapar un sollozo que bien parecía un gemido ahogado y doloroso, semejantes a aquellos que se dan antes de la muerte.

—Di-Dios… Dios mío… —murmuró cogiendo aire entre sollozos, tomando a su hermano pequeño con ambas manos por las mejillas, pegando sus frentes una a la otra—. Kaoru, Kaoru… Dios, Te amo, te amo… Te amo mi Kaoru, te amo…

No supo bien cuántas veces fue que lo repitió, mientras aún lloraba y besaba la frente de su amado hermano, sin descanso. Parecía que a cada nueva letra que emanaban sus labios, peor era el sentimiento de terror al pensar que se desvanecería en cualquier momento.

Kaoru permanecía con sus orbes cerrados, con una latente sonrisa en los labios, que irradiaba algo muy parecido a la felicidad, aunque en un grado inferior.

Yo también te amo, Hikaru.


Hikaru le pidió que no dijese nada, aún. Kaoru aceptó, después de todo, no era algo fácil de decir a todo el mundo, mucho menos a sus padres. Llegado el momento, ambos se ocuparían de hacer saber al mundo una verdad que vivía entre ellos, como un dulce y amargo pecado.

Un dulce secreto entre ambos.

Le rodeé con mis brazos por la altura de su pequeña cintura, envolviéndolo entre mi cuerpo y las sábanas, besando dulcemente su cuello. A pesar de que no podía escuchar su voz percibí, con mi nuevo sentido forjado únicamente para él, que mi amor reía.

—Te amo —arrullé cerca de su oído, sonriéndole luego.

Kaoru tomó de mi mano, entrelazándola con las suyas.

Le besé sin descanso cada centímetro de piel que se me permitía, mientras él rozaba con sus dedos la palma de mi mano. Fijé mi atención en lo que hacía, percatándome que me observaba, con un hermoso sonrojo en sus mejillas.

—Dímelo —le dije, mientras me acomodaba sobre su hombro. Él se encontraba de frente a mí, y yo con él, entre mis brazos, amándolo.

Kaoru comenzó dibujando una T con su índice encima de mi mano, siguiendo con una E; pude saber inmediatamente lo que seguiría…

Te amo

Y sonreí, besándole luego en los labios, deslizándome sobre él y enredándonos entre las sábanas.

Kaoru había perdido su voz.