Disclaimer: Ouran pertenece a Bisco Hatori (tristemente para mí)
Categoría: M, ¡vivan las emes!
Advertencias:
Universo completamente alternísimo, incesto, relación hombre/hombre (yaoi), violencia, lemon. Si está de acuerdo con todo eso puede seguir leyendo.

Notas
Me encuentro reeditando los capítulos desde el I hasta el XI. Los cambios son muy ligeros, por lo que no es necesario leer todo nuevamente, ¡abrazos para quien todavía tiene ganas de leer esto xD!


ADULTERIO
Su hermano gemelo no es más que un simple experimento.
Una mitad de él que fue creada para ser usado como conejillo de indias en un Laboratorio.
En realidad, él no es más que tú mismo, en otro cuerpo, idéntico al tuyo
¿Podría decirse entonces...que él era un narcisista, por amarse a sí mismo?


Capítulo I

—Me gusta cuando tocas el piano.

Esbozó una leve sonrisa, a la par que su gemelo mantenía aquella melodía en sus dedos.
Cada roce de ellos con alguna tecla producía una tranquilidad inexplicable.

—Quiero que toques el piano sólo para mí.

Los dedos se detuvieron para que el menor de los gemelos observara al mayor con una mirada sorprendida por las palabras dichas.

—Sólo para mí.


—Hikaru-sama, aquí están los últimos exámenes que me había pedido traerle.

El nombrado levantó su vista del escritorio donde hacía un rato observaba una fotografía sin mucha importancia para encontrarse con los ojos chocolate de su secretaria.

—Déjelos ahí, ya les prestaré atención más tarde —respondió de forma fría. A pesar de ello la mujer obedeció; estaba acostumbrada al tono sin importancia que le daba el Director a todas las cosas. Ese tono distante y sin preocupaciones que había adquirido con el tiempo.

—Disculpe… director —habló vacilante, por lo que recibió una mirada no muy grata por parte de su superior—. No es mi intención molestarle con el tema... Pero, hace unos días número veintiuno ha estado...

Pero antes de que pudiera continuar un puño dio fuerte contra el escritorio, dejando un leve temblor sobre la mesa y moviendo algunos papeles, haciendo caer el marco con la fotografía boca abajo. Kaori observó al Director mordiéndose los labios; no había sido una buena idea.

—Me interesa muy poco lo que ocurra con los experimentos de éste lugar. Le rogaría guardara silencio, no me agrada tocar ese tema —Le habló tajantemente, a lo que el brillo de sus ojos, aquel ámbar frío como un témpano de hielo, le atravesó el pecho de una estocada—. Ahora, Salga de aquí.

Cuatro palabras fueron suficientes para ella, quien dando una reverencia corta y rápida salió del despacho de su superior, dejando un sonido sordo al cerrar la puerta en el gigantesco lugar.

—Kaoru.


Nubes oscuras y peligrosas amenazaban con desatar en una gran tormenta al cabo de unas cuantas horas. El cielo, ahora gris y sin muestras de vida, dejaba resplandecer las luces en la oscuridad de la ciudad de Tokio. El imponente edificio, perteneciente a la renombrada familia Hitachiin, dedicada a la farmacéutica y medicina de toda la región, resplandecía bajo las luces de los demás rascacielos. Una imponente construcción de 20 pisos decorada con gigantes ventanales polarizados.

Cercada por una tierra árida y seca, con escasos sitios en los que un tímido y poco incipiente césped crecía como si pidiese permiso. De árboles que ahora en invierno habían perdido sus hojas y sólo las ramas se mecían al sereno compás del frío viento.

—Hikaru-sama —le habló la recepcionista al verle pasar colocándose su chaqueta negra, que le llegaba un poco más abajo de los muslos dándole un toque, por decirlo, siniestro—. Debo informarle que... bueno, número veintiuno ha estado…

—Hasta mañana —se despidió cortante, con los labios secos, sin prestarle atención al tema planteado por ella, para seguir en dirección a la salida, donde desapareció tras algunos segundos, dejándole con la palabra en la boca.

Ella suspiró. Siempre que tocaban aquel tema su superior ignoraba todo al respecto.

—¿No lo conseguiste? —una voz al lado de ella le hizo voltear la vista para encontrarse con unos orbes azulados brillantes y preciosos. Tamaki Suou era un joven de no más de 26 años que a pesar de su corta edad había conseguido llegar a formar parte del importante grupo de científicos de la tan prestigiosa empresa Hitachiin.

—No... —le respondió ella con voz queda, dirigiendo su mirada castaña hacia algunos papeles sobre el escritorio de recepción—. Nunca en todos éstos dos años ha querido saber nada sobre él.

El de orbes azulados sonrió tristemente. Después de todo, aquel nombrado cómo "número veintiuno" también era un humano como ellos.


Estacionó frente a lo que parecía un sendero de césped, lleno de flores y lápidas.

El Cementerio.

No se tomó la molestia de sacar las llaves ni de cerrar la puerta al bajarse; la verdad es que iba distraído y conmocionado. La radio del automóvil que se encontraba a todo volumen hacia vibrar los vidrios, dejando escuchar la melodía Ohne Dich.

Y el suelo se unió a sus rodillas de un golpe seco y duro. Sus manos desgarraron el césped bajo ellas, y su cuerpo se arrastró a penas duras por el lugar, hasta llegar frente a la sepultura deseada. Su rostro dio contra el mármol frío y húmedo por la niebla que comenzaba a esparcirse a paso lento.

Y sus labios depositaron un suave y delicado beso sobre la superficie, a lo que sus dedos temblaban agitados por tanta emoción contenida.

—K-Ka...Kaoru... —articuló con dificultad, en su garganta un nudo de dolor y sollozos se había formado, imposibilitándole el respirar con tranquilidad—. P...Pe-Perdóname...

Sus manos se hicieron puño sobre el césped, a lo que su rostro, oculto sobre el mármol, se negaba a mostrar las lágrimas que eran liberadas con tanta amargura y culpabilidad.

—E-Esto...Esto es... —tartamudeó, sin poder controlar fuertes sollozos entre las palabras dichas, para luego erguirse hasta quedar de rodillas frente a la lápida, con el pelirrojo flequillo escondiendo sus lágrimas—. ¡UNA FARSA! —escupió con cólera, a lo que las lágrimas cayeron con fuerza, al igual que su puño contra el mármol.

.

Quiero que toques el piano sólo para mí...

—Está bien —le sonrió el menor con ternura. Hikaru logró sonrojarse—. Desde ahora en adelante, solo tocaré el piano para ti.

.

—Solo para mí —susurró bajo un hilillo de voz, recordando la hermosa expresión que su hermano le había obsequiado aquella ocasión—. Mi...Kaoru. Perdóname.

Y los mechones rojos que caían sobre su frente impidieron observar sus ojos ya irritados por el llanto.

Tu hermano... Tu hermano Kaoru, no es más que un simple… experimento.
Una mitad de ti, que fue creada para ser usado como conejillo de Indias en el laboratorio.
Por el bien de la Corporación, apellido, y reputación Hitachiin.
En realidad, él no es más que tú mismo, en otro cuerpo.

¿Podría decirse entonces...que él era un narcisista, por amarse a sí mismo?


La celda, una pequeña habitación totalmente sellada y de paredes blanco crema. Sólo una pequeña ventanilla daba con el exterior. Una estrecha e incómoda cama situada hacia la izquierda era lo único que se podía observar. Y sobre ella, con los ojos puestos sobre el techo blanco, una mirada ámbar se perdía en la soledad y desesperación.
Si bien, su rostro se encontraba cubierto por vendas, al igual que su cuerpo, además de una bata blanca y camisa de fuerza, sobre las vendas de la cabeza algunos mechones rojizos escapaban rebeldes.

—V-V...Ven...p-po-p-or...m-mi... —arrulló con voz arrastrada, casi sin expresión alguna de sentimiento. Una simple voz sin vida que emanaba de los labios del pequeño bulto que se arrullaba sobre la camilla con la mirada puesta en el techo—. H-Hi...H-i…k-k..-ka-ru...

Lo único que su mente podía recordar era aquel nombre, y que, el mismo sentimiento se hacía partícipe de sus pensamientos todas las noches, en el mismo instante cada vez. Sólo sabía que ese nombre, a diferencia de todo lo demás que debía soportar físicamente, dolía. Dolía demasiado, en algún lugar desconocido.

Los orbes dorados pestañearon con lentitud una vez más; los sedantes estaban haciendo efecto. Y su mente sólo sabía que él vendría, a sacarle de allí, algún día. Hikaru; el único nombre que su aliento lograba retener aún luego de haberlo dicho.


—¿Kaoru? —le habló con preocupación al verlo sentado sobre el césped de los jardines del Instituto con las manos tapándole casi la mitad del rostro, desde la nariz hacia la boca.

El aludido ladeó levemente su rostro hacia aquel que le llamaba, encontrándose con la preocupadísima mirada ámbar de su hermano. Cerró sus ojos con fuerza, para así evitar mirarle; lo que menos quería era que Hikaru le viera en ese estado. Sin embargo ni así consiguió su cometido, ya que su hermano mayor, sin prestar atención a su falta de respuesta, ya le había abrazado tan fuertemente que hasta el mismo oxígeno le había hecho falta, obligándole a abrir los ojos nuevamente.

—¡Kaoru! ¿¡qué sucede! ¿por qué lloras? —le preguntó, estrechándole aún más fuerte contra su pecho mientras besaba repetidas veces a su hermano pequeño entre sus pelirrojos cabellos.

—Na-Nada... No sucede nada Hikaru —articuló como pudo, intentando contener los sollozos.

—¿Cómo que nada?... —preguntó, mientras levantaba la mirada del pequeño, tomándole por el mentón; Kaoru se sonrojó levemente al quedar tan cerca del rostro de su hermano.

—N-Na-Nada... —repitió, aguantando la respiración en tanto algunas lágrimas traviesas resbalaban por sus mejillas. Hikaru sonrió con ternura, removiendo los rastros que iban quedando con su pulgar.

—Está bien. Ya me dirás cuando te sientas mejor.

Si supiera.


Sintió algo suave y cálido sobre su frente. Quería saber que era, pero el malestar no le permitía abrir los ojos. Se sentía bien, quería mantenerse así por siempre, no importando lo demás.
No importaba nadie.

No...
Si había alguien muy importante.

—¿H-Hi...karu? - murmuró con la voz arrastrada y suave.

Los labios del mayor se separaron de la frente de su pequeño, quien le quedó observando sonriente; Kaoru no pudo dejar de notar las lágrimas secas que surcaban por las mejillas de su hermano.

—Kaoru —susurró, apagando un sollozo para posteriormente besar la mejilla del menor—. Que bueno...

Sintió como todo el peso de su hermano mayor recaía en él. Volteó su mirada levemente, percatándose de que Hikaru dormía con una expresión tranquila. Quizás cuánto tiempo estuvo ahí, a su lado nuevamente, como cada vez que él tenía una recaída de esas, ya tan habituales.

Capítulo I

—Me gusta cuando tocas el piano.

Esbozó una leve sonrisa, a la par que su gemelo mantenía aquella melodía en sus dedos.
Cada roce de ellos con alguna tecla producía una tranquilidad inexplicable.

—Quiero que toques el piano sólo para mí.

Los dedos se detuvieron para que el menor de los gemelos observara al mayor con una mirada sorprendida por las palabras dichas.

—Sólo para mí.

—Hikaru-sama, aquí están los últimos exámenes que me había pedido traerle.

El nombrado levantó su vista del escritorio donde hacía un rato observaba una fotografía sin mucha importancia para encontrarse con los ojos chocolate de su secretaria.

—Déjelos ahí, ya les prestaré atención más tarde —respondió de forma fría. A pesar de ello la mujer obedeció; estaba acostumbrada al tono sin importancia que le daba el Director a todas las cosas. Ese tono distante y sin preocupaciones que había adquirido con el tiempo.

—Disculpe… director —habló vacilante, por lo que recibió una mirada no muy grata por parte de su superior—. No es mi intención molestarle con el tema... Pero, hace unos días número veintiuno ha estado...

Pero antes de que pudiera continuar un puño dio fuerte contra el escritorio, dejando un leve temblor sobre la mesa y moviendo algunos papeles, haciendo caer el marco con la fotografía boca abajo. Kaori observó al Director mordiéndose los labios; no había sido una buena idea.

—Me interesa muy poco lo que ocurra con los experimentos de éste lugar. Le rogaría guardara silencio, no me agrada tocar ese tema —Le habló tajantemente, a lo que el brillo de sus ojos, aquel ámbar frío como un témpano de hielo, le atravesó el pecho de una estocada—. Ahora, Salga de aquí.

Cuatro palabras fueron suficientes para ella, quien dando una reverencia corta y rápida salió del despacho de su superior, dejando un sonido sordo al cerrar la puerta en el gigantesco lugar.

—Kaoru.

Nubes oscuras y peligrosas amenazaban con desatar en una gran tormenta al cabo de unas cuantas horas. El cielo, ahora gris y sin muestras de vida, dejaba resplandecer las luces en la oscuridad de la ciudad de Tokio. El imponente edificio, perteneciente a la renombrada familia Hitachiin, dedicada a la farmacéutica y medicina de toda la región, resplandecía bajo las luces de los demás rascacielos. Una imponente construcción de 20 pisos decorada con gigantes ventanales polarizados.

Cercada por una tierra árida y seca, con escasos sitios en los que un tímido y poco incipiente césped crecía como si pidiese permiso. De árboles que ahora en invierno habían perdido sus hojas y sólo las ramas se mecían al sereno compás del frío viento.

—Hikaru-sama —le habló la recepcionista al verle pasar colocándose su chaqueta negra, que le llegaba un poco más abajo de los muslos dándole un toque, por decirlo, siniestro—. Debo informarle que... bueno, número veintiuno ha estado…

—Hasta mañana —se despidió cortante, con los labios secos, sin prestarle atención al tema planteado por ella, para seguir en dirección a la salida, donde desapareció tras algunos segundos, dejándole con la palabra en la boca.

Ella suspiró. Siempre que tocaban aquel tema su superior ignoraba todo al respecto.

—¿No lo conseguiste? —una voz al lado de ella le hizo voltear la vista para encontrarse con unos orbes azulados brillantes y preciosos. Tamaki Suou era un joven de no más de 26 años que a pesar de su corta edad había conseguido llegar a formar parte del importante grupo de científicos de la tan prestigiosa empresa Hitachiin.

—No... —le respondió ella con voz queda, dirigiendo su mirada castaña hacia algunos papeles sobre el escritorio de recepción—. Nunca en todos éstos dos años ha querido saber nada sobre él.

El de orbes azulados sonrió tristemente. Después de todo, aquel nombrado cómo "número veintiuno" también era un humano como ellos.

Estacionó frente a lo que parecía un sendero de césped, lleno de flores y lápidas.

El Cementerio.

No se tomó la molestia de sacar las llaves ni de cerrar la puerta al bajarse; la verdad es que iba distraído y conmocionado. La radio del automóvil que se encontraba a todo volumen hacia vibrar los vidrios, dejando escuchar la melodía Ohne Dich.

Y el suelo se unió a sus rodillas de un golpe seco y duro. Sus manos desgarraron el césped bajo ellas, y su cuerpo se arrastró a penas duras por el lugar, hasta llegar frente a la sepultura deseada. Su rostro dio contra el mármol frío y húmedo por la niebla que comenzaba a esparcirse a paso lento.

Y sus labios depositaron un suave y delicado beso sobre la superficie, a lo que sus dedos temblaban agitados por tanta emoción contenida.

—K-Ka...Kaoru... —articuló con dificultad, en su garganta un nudo de dolor y sollozos se había formado, imposibilitándole el respirar con tranquilidad—. P...Pe-Perdóname...

Sus manos se hicieron puño sobre el césped, a lo que su rostro, oculto sobre el mármol, se negaba a mostrar las lágrimas que eran liberadas con tanta amargura y culpabilidad.

—E-Esto...Esto es... —tartamudeó, sin poder controlar fuertes sollozos entre las palabras dichas, para luego erguirse hasta quedar de rodillas frente a la lápida, con el pelirrojo flequillo escondiendo sus lágrimas—. ¡UNA FARSA! —escupió con cólera, a lo que las lágrimas cayeron con fuerza, al igual que su puño contra el mármol.

.

Quiero que toques el piano sólo para mí...

—Está bien —le sonrió el menor con ternura. Hikaru logró sonrojarse—. Desde ahora en adelante, solo tocaré el piano para ti.

.

—Solo para mí —susurró bajo un hilillo de voz, recordando la hermosa expresión que su hermano le había obsequiado aquella ocasión—. Mi...Kaoru. Perdóname.

Y los mechones rojos que caían sobre su frente impidieron observar sus ojos ya irritados por el llanto.

Tu hermano... Tu hermano Kaoru, no es más que un simple… experimento.
Una mitad de ti, que fue creada para ser usado como conejillo de Indias en el laboratorio.
Por el bien de la Corporación, apellido, y reputación Hitachiin.
En realidad, él no es más que tú mismo, en otro cuerpo.

¿Podría decirse entonces...que él era un narcisista, por amarse a sí mismo?

La celda, una pequeña habitación totalmente sellada y de paredes blanco crema. Sólo una pequeña ventanilla daba con el exterior. Una estrecha e incómoda cama situada hacia la izquierda era lo único que se podía observar. Y sobre ella, con los ojos puestos sobre el techo blanco, una mirada ámbar se perdía en la soledad y desesperación.
Si bien, su rostro se encontraba cubierto por vendas, al igual que su cuerpo, además de una bata blanca y camisa de fuerza, sobre las vendas de la cabeza algunos mechones rojizos escapaban rebeldes.

—V-V...Ven...p-po-p-or...m-mi... —arrulló con voz arrastrada, casi sin expresión alguna de sentimiento. Una simple voz sin vida que emanaba de los labios del pequeño bulto que se arrullaba sobre la camilla con la mirada puesta en el techo—. H-Hi...H-i…k-k..-ka-ru...

Lo único que su mente podía recordar era aquel nombre, y que, el mismo sentimiento se hacía partícipe de sus pensamientos todas las noches, en el mismo instante cada vez. Sólo sabía que ese nombre, a diferencia de todo lo demás que debía soportar físicamente, dolía. Dolía demasiado, en algún lugar desconocido.

Los orbes dorados pestañearon con lentitud una vez más; los sedantes estaban haciendo efecto. Y su mente sólo sabía que él vendría, a sacarle de allí, algún día. Hikaru; el único nombre que su aliento lograba retener aún luego de haberlo dicho.

—¿Kaoru? —le habló con preocupación al verlo sentado sobre el césped de los jardines del Instituto con las manos tapándole casi la mitad del rostro, desde la nariz hacia la boca.

El aludido ladeó levemente su rostro hacia aquel que le llamaba, encontrándose con la preocupadísima mirada ámbar de su hermano. Cerró sus ojos con fuerza, para así evitar mirarle; lo que menos quería era que Hikaru le viera en ese estado. Sin embargo ni así consiguió su cometido, ya que su hermano mayor, sin prestar atención a su falta de respuesta, ya le había abrazado tan fuertemente que hasta el mismo oxígeno le había hecho falta, obligándole a abrir los ojos nuevamente.

—¡Kaoru! ¿¡qué sucede! ¿por qué lloras? —le preguntó, estrechándole aún más fuerte contra su pecho mientras besaba repetidas veces a su hermano pequeño entre sus pelirrojos cabellos.

—Na-Nada... No sucede nada Hikaru —articuló como pudo, intentando contener los sollozos.

—¿Cómo que nada?... —preguntó, mientras levantaba la mirada del pequeño, tomándole por el mentón; Kaoru se sonrojó levemente al quedar tan cerca del rostro de su hermano.

—N-Na-Nada... —repitió, aguantando la respiración en tanto algunas lágrimas traviesas resbalaban por sus mejillas. Hikaru sonrió con ternura, removiendo los rastros que iban quedando con su pulgar.

—Está bien. Ya me dirás cuando te sientas mejor.

Si supiera

Sintió algo suave y cálido sobre su frente. Quería saber que era, pero el malestar no le permitía abrir los ojos. Se sentía bien, quería mantenerse así por siempre, no importando lo demás.
No importaba nadie.

No...
Si había alguien muy importante.

—¿H-Hi...karu? - murmuró con la voz arrastrada y suave.

Los labios del mayor se separaron de la frente de su pequeño, quien le quedó observando sonriente; Kaoru no pudo dejar de notar las lágrimas secas que surcaban por las mejillas de su hermano.

—Kaoru —susurró, apagando un sollozo para posteriormente besar la mejilla del menor—. Que bueno...

Sintió como todo el peso de su hermano mayor recaía en él. Volteó su mirada levemente, percatándose de que Hikaru dormía con una expresión tranquila. Quizás cuánto tiempo estuvo ahí, a su lado nuevamente, como cada vez que él tenía una recaída de esas, ya tan habituales.