† Kyūketsuki †

Kyūketsuki

By: ANAIVIV y Mussainu

Disclaimer: Inuyasha sigue siendo de Rumiko Takahashi

Si esperas ver una típica historia de Inuyasha pues debo decirte que no se va a poder porque será mejor, más interesante, llena de acción, angustia, sangre, dolor, pasión, lágrimas y demás cosas que nos encantan.

A pesar de que puede sonar un poco AU, no lo es. Inuyasha sigue siendo nuestro querido hanyou, Sango sigue sin dejar que Miroku se acerque demasiado, Miroku sigue echándole la culpa a su mano maldita, Kikyo sigue siendo una #& y Kagome…. Bueno Kagome si cambió un poco.

I. Viejos tiempos

—aaa— diálogos

aaa— pensamientos

Las llamas eran lo suficientemente intensas como para poder sentir el calor que les irradiaban pero tan benévolas que no les quemaban la piel. El olor a azufre que semejaba más a huevo podrido, les impregnaban el cabello, la piel, las ropas, la esencia, la memoria. Llevaba 5 años ahí y aún no podía dejar de sentir la misma repugnancia que ese lugar le inspiraba así como no podía sacarla de su mente.

Todo se lo recordaba. El collar que seguía llevando a pesar de que no servía ya. La mujer que dormitaba junto a él. La katana pegada a su regazo que había usado jurando protegerla. El sonido de su voz se colaba de vez en cuando desde la parte más recóndita de sus recuerdos. El olor de su cabello mitigaba muy de vez en cuando su nariz haciéndole olvidar por unos cuantos segundos en donde es que se encontraba y se dejaba llevar hasta esos días en que estaban juntos.

Siempre desde que ella se había ido él estaba así. Distante. Con la mirada perdida en el algún punto inalcanzable para ella. A pesar de que lo tenía junto a ella como lo había prometido no se sentía feliz. Había momentos en que pensaba en que mientras estaba teniendo sexo porque a eso no se le podía llamar amor, él estaba pensando en ella. En esa mujer que le había robado su corazón. Ella que era mucho más inferior. Ella que la atormentaba aún después de que ya no estaba ahí. Ella. Su reencarnación.

—Aún sigues pensando en ella— no era una pregunta, era solo una declaración de lo que estaba pasando por su mente.

—No sé de que es lo que hablas— tendido sobre su espalda disfrutaba del poco aire que lograba colarse refrescándolo un poco. Lo que menos deseaba en ese momento era una de las rabietas que siempre seguían después de una noche de sexo. Rodó a su costado para no tener que ver esos inexpresivos ojos negros como la profundidad mirarlo fijamente.

—Sabes muy bien de que hablo— se incorporó ligeramente hasta quedar sentada esperando una respuesta que nunca la llegaba a satisfacer y dudaba increíblemente en que algún día lo llegara a ser —Después de tanto tiempo sigues pensando en ella. Me das lástima—

—Joder Kikyo, acaso no te escogí a ti en vez de quedarme con ella? ¿Qué no hice lo que me pediste? ¿Qué no renuncié a lo que quería para quedarme contigo? ¿No era eso lo que querías? ¿No era eso lo que siempre me reprochaste, que la dejara y te siguiera? Y ahora que ya estoy contigo no puedes quedarte tranquila sabiendo que ella no está aquí— ahora era su turno de enojarse teniendo que aguantarse por tanto tiempo la ira que sentía porque le tenía demasiada lástima como para decirle lo que tenía guardado pero ese día se sentía extrañamente más valiente que antes —¿Es que no me quieres más? ¿No estuviste repitiendo lo mismo durante más de 50 años? Pues aquí me tienes— con un movimiento brusco tomó su helada mano y la llevó hasta su aún descubierto pecho.

—No eres mío completamente— contestó guardando la misma calma que en más de una vez le habían artado —Es como si te viera desde un cristal, sé que eres mío pero a la misma vez no estás aquí, no me perteneces en cuerpo y alma— retiró su mano y se volvió a recostar en su lugar mirando las estrellas a través de una especie de cúpula transparente.

Se levantó del suelo cogiendo su espada. No quería decir no hacer nada de lo que se pudiera arrepentir después. Ya estaba sufriendo demasiado por acontecimientos pasados como para que tuviera que agregar a su lista una nueva cosa por la cual atormentarse en sus ratos de ocio y estupidez.

Como había ido por su propia voluntad tenía derecho de entrar y salir de las pestilentes fauces de las múltiples gargantas que dividían el infierno. Por lo menos la fresca brisa matinal podría ayudarle a salir de ese estado de pesadumbres en el que había estado sumido desde hacía ya dos semanas al no poder salir del interior de la tierra por los reclamos que ella le hacía cuando se ausentaba aunque solo fuera durante unas cuantas horas para verificar que todo estaba bien.

—Viejos tiempos— suspiró mientras que dejaba que sus pies marcaran el camino sin dejar que su mente interfiriera. La hierba bajo sus pies se sentía mucho mejor que las escarpadas rocas que servían como "camino". El aire fresco era más reconfortante que el rancio que respiraba en las profundidades. El solemne ulular del búho era más alegre que los lastimeros lamentos que siempre se escuchaban. Los botones de las primeras flores de primavera, las afiladas y finas ramas de los árboles que le arañaban la piel, el olor de fuego recién apagado. Todo eso eran viejos y buenos tiempos, al menos para él lo eran.

Un sonido detrás de él lo alertó. Como sus sentidos se encontraban adormecidos por la monotonía en la que se había sumergido, no podía distinguir si era humano, youkai o hanyou lo que se acercaba pero sin dudarlo un minuto llevó su mano hasta la empuñadura esperando desenfundar a cualquier señal de posible peligro.

—Juro que escuché algo por aquí— una voz anunciaba mientras que se acercaba hasta el preciso lugar en que se encontraba él.

Apretó más fuerte la empuñadura esperando no tener que hacer uso del filo. Esa voz era conocida pero la oía tan lejana que no podía concebir en donde es que la había escuchado. Los pasos fueron acercándose más y más pero a esos se les unieron 2 o posiblemente 3 humanos. De eso no había duda.

—Le he dicho que no he escuchado nada— le respondió la persona que venía detrás —No deberíamos de alejarnos demasiado del campamento— familiar. Esa voz era familiar pero a ya sus aturdidos recuerdos no podían ponerles rostros.

—No te preocupes, si es que tienes miedo puedes tomar mi mano o abrazarme— la voz del primer hombre respondió después.

—Prefiero quedarme sola y morir de miedo a tomarle la mano— respondió con acidez la mujer que no debía de tener más de 25 años por su tono de voz y su olor.

—Tengo miedo— una vocecilla les interrumpió. Era un niño o eso es lo que creía.

—No te preocupes, de seguro no es nada— le calmó la mujer con tono dulzón. Debía de ser su madre si es que lo trataba de esa manera.

Una familia— y nuevamente sus recuerdos lo atormentaron. No tenía un solo día en que no recordara su vida antes de Kikyo. No había un solo minuto en que su alma no clamara por ser libre. Sin querer sus pies se movieron haciendo crujir las hojas debajo de sus plantas.

—¿Lo has oído? Te digo que hay algo cerca— dijo en un tono bajo alertando a sus camaradas sin contar con su buen oído.

Podía escuchar el crujir de las hojas alertándolo mientras que su mano inconscientemente apretaba más celosamente la empuñadura. No podía permitir que siguiera acercándose más a él así que en vez de atacar con katana en mano decidió solo espantarlos saltando desde su escondite con garras y colmillos a la vista esperando que con eso huyeran despavoridos desde donde habían venido pero lo que no contaba era que un enorme boomerang dirigiéndose rápido e implacable hasta él.

—Pero que…— no pudo más que esquivar el objeto que se incrustó en la dura corteza de un árbol —¿Estás loca o que, mujer?— bufó exasperado mientras que se acercaba más al lugar de donde había sido lanzado la veloz arma.

—¿Loca? A quien le dices así grandísimo imbé…— la figura iluminada por la luna era sin dudar Inuyasha. A pesar de que sus facciones estaban más marcadas, su cuerpo tallado con más definición, sus ropas manchadas con sangre y su antes sedoso cabello plateado se encontraba manchada y enrededado —¿Inu…Inuyasha?— preguntó incrédula mientras se acercaba con paso vacilante hasta esa figura.

Le conocía. Esa figura femenina oculta por las sombras le conocía —¿Quién eres tú?— habló con gran altanería.

La figura masculina se acercó hasta la mujer mientras que ambos aparecían iluminados por los rayos de la esfera celestial coronando el firmamento —¿Es que ya te has olvidado de tus amigos?—

—¿Miroku?— su mente debía de estarle engañando nuevamente. Ya habían sido incontables las veces en las que creía verlo en las rojizas profundidades para después de alcanzarlo la figura resultara ser otra persona.

—Hasta hace 5 minutos seguía llamándome así— respondió alegre de haber vuelto a encontrar a su querido amigo. Después de esa vez en que la decisión había sido tomada nunca los volvió a ver.

—No puedo creerlo— la alegría era reflejada a través de esas orbes doradas que brillaban con una reencontrada luminosidad —Han pasado muchos años—

—Cinco para ser exactos— comentó la mujer que se encontraba detrás del pelinegro —Hola de nuevo Inuyasha—

—Pero si es Sango, no puedo creer que sigas con éste perdedor, mujeriego y libidinoso monje— los viejos recuerdos seguían llegando inundando su vida con una nueva luz, una luz tan potente que casi podía iluminar el oscurecido firmamento.

—Pues supongo que no puedo dejar a houshi–sama solo por la vida con las inocentes mujeres a las que acosa sin descanso— dijo medio en broma medio enserio.

—Veo que sigues con las formalidades, después de tantos años suponía que ya lo tratarías más familiarmente— bromeó. Hacía años que no sentía esa tranquilidad de espíritu que le calmaba las ansias de salir corriendo hasta que sus pies sangraran.

—Supongo que es la costumbre la que me impide hacerlo— sonriéndole ampliamente mostrando sus aperlada dentadura.

—Y yo que sigo diciéndole que me diga corazoncito pero ella sigue rehusándose— agregó derrotado mientras que suspiraba resignado a vivir por siempre con la misma frialdad con que lo trataba la taijiya.

—Igual que siempre Miroku, igual que siempre— agradecía por primera vez haberse molestado con Kikyo haciéndolo salir y de esa forma reencontrarse con sus antiguos y estimados compañeros y amigos.

Una pequeña cabecita cubierta por lo que parecía pelusa roja se asomó detrás de las piernas de Sango —Hola Inuyasha— se atrevió a decir. Él no era el mismo que recordaba cuando aún era un niño pequeño.

—Shippo— corrió detrás de su antigua compañera de aventuras y levantó en vuelo al pequeño kitsune que gritaba de alegría y de miedo no sabiendo por cual decidirse —Pero mira cuanto has crecido, casi no te he reconocido—

—Inuyasha, voy a vomitar si es que sigues dándome vueltas— habló el kitsune con las mejillas manchadas de rojo.

—Oh gomen ne Shippo–chan pero hace mucho que no los veía— dejó al zorrito en el suelo viendo como se iba tambaleando hasta apoyarse en las largas piernas de Sango.

—Inuyasha— su voz era seria comparada con el entusiasmo anterior percibido en él —Tenemos que hablar—

Su semblante se endureció. La brisa meció sus plateados cabellos con una brisa extremadamente fría para ser principios de primavera —¿Qué sucede?—

—Acompáñame— no era una petición, era una orden. Nunca lo había visto tan serio como esa vez y eso solo sirvió para que sus nervios crecieran más de lo normal.

Un corto trayecto en silencio mientras que se alejaban de Sango y del pequeño Shippo fue suficiente para que su paciencia acabara por terminarse —¿Qué sucede?— gruñó cruzándose de brazos cubriendo su aún desnudo torso.

—Sabes muy bien que aún no hemos terminado de recuperar los pedazos de la Shikon no tama— su voz aún inexpresiva.

Asintió. A pesar de que Kagome ya no se encontraba y que Kikyo se había negado renuentemente a seguir con esa búsqueda ellos seguían empecinados en encontrarla, después de todo era demasiado el poder como para que cualquiera la poseyese.

—Kaede–sama nos ha informado que un fragmento de tamaño considerable ha sido localizado en el futuro— la misma tonalidad neutra tanto en su voz como en su rostro —Para ser exactos en el mundo de Kagome—

Eso no podía ser verdad. El pozo se debía de haber cerrado. ¿Entonces como es que algún fragmento pudo haber pasado del otro lado? ¿Cómo es que sabían de la existencia del mismo si ninguna sacerdotisa lo suficientemente poderosa los acompañaba? Eso no podía ser verdad.

—Un youkai de baja calaña huyó con los fragmentos que habíamos recolectado y escapó en dirección al pozo— agregó no atreviéndose a mirar en otra dirección que no fueran esos dos fulgurantes soles que se mantenían fijos en él —Antes de que huyera más lejos Sango le atacó con Hiraikotsu pero en vez de caer al suelo como era de esperarse ha caído en el pozo desapareciendo en él sin dejar ninguna oportunidad de recuperar la perla—

—¿Y que demonios quieres que haga?— gritó furioso —¿Qué demonios quieren de mí? Yo ya no soy el mismo de antes. Ahora estoy con Kikyo— la impotencia le mordía la piel.

—Te necesitamos Inuyasha, no puedes darnos la espalda en esto— imploró tomándolo del brazo con fuerza para evitar que escapara. Sabía el daño que le estaba ocasionando, hubiera preferido dejar de verlo por siempre antes de que tuviera que pasar por lo mismo una y otra vez reviviendo el dolor que aún anidaba en su cuerpo.

—NO— el pasado regresaba una vez más a torturarlo sin piedad —No pienso verla, no después de lo que le hice— su voz se desvanecía cada vez más. Su cuerpo se sentía más pesado que nunca.

—No te estaría pidiendo esto sino fuera completamente necesario y lo sabes— le dolía, claro que le dolía tener que atormentarlo así pero no había otra manera, ya habían agotado todas sus demás oportunidades y la única que se mantenía vigente era él.

—Ya le causé suficiente daño, no quiero que sufra nuevamente por mi culpa— sus ojos ligeramente empañados por la rabia.

—Quiero que me escuches y si después de hacerlo no quieres hacerlo no volveremos a molestarte nunca— prometió soltando su agarre confiando en que no escaparía. No ésta vez.

Gruñó mientras que se sentaba en el pasto húmedo por el rocío. Esa noche había empezado mal con la pelea con Kikyo, después se compuso ligeramente al reencontrarse con sus antiguos amigos y ahora empeoraba de manera increíble con esa noticia. Era como una vorágine de sentimientos desechados durante años soltados de manera errática de nuevo en su vida.

—Hemos estado rastreando los fragmentos de la perla por todos los lugares imaginados hasta que nos hemos encontrado con lo que creemos que es el nido de un Kyūketsuki— sentándose junto a él dándole la espalda a la luna —Sospechamos que el youkai que robó nuestro pedazo de perla trabaja con él ya que no creemos que alguien como él pudiera trazar un plan tan elaborado para robar la Shikon no tama— y usó una pausa haciendo énfasis en sus palabras —Y como se dirigía al pozo de las almas pues creemos que el Kyūketsuki está en el tiempo de Kagome–sama— desde que había empezado el relato no lo había mirado pero ahora sus zafiros estaban posados en él implorándole su ayuda —Kagome–sama puede estar en peligro al igual que su familia y tememos por su vida—

—No— respondió seco mientras que desviaba su mirada llena de impotencia y rabia de él —aunque quisiera ayudarles no puedo. Ahora estoy con Kikyo y no me es posible abandonarla en éste momento— mentía, sabía que mentía pero aún así era una mentira necesaria ya que no quería volver a verla, no quería volver a lastimarla —Además debes de estar bromeando los Kyūketsuki no existen—

—Eso era lo que pensaba pero hemos venido a investigar a la aldea que se encuentra más abajo y hemos encontrado a todos los habitantes muertos— las imágenes de ver a las personas en ese estado simplemente se habían grabado con fuego en su memoria —A todos los mutilaron antes de drenarles toda la sangre—

—¿La aldea que se encuentra aquí? ¿Por qué no he oído nada?— la sangre le hervía. Habían estado ahí desde hacía 3 días y no había escuchado nada extraño por lo cual preocuparse.

—No sé en donde estuvieras o cuanto tiempo llevaras ahí pero esos cuerpos llevaban más de 5 días muertos por la calidad de la poca sangre regada en el suelo y en sus cuerpos—

—Mierda— gruñó enfurecido.

—Por eso necesitamos tu ayuda. No podemos dejar que esa cosa quede libre y menos en el mundo de Kagome donde no hay nadie que los pueda detener—

—No puedo, ya te lo dije—

—Kuso Inuyasha— se levantó rápidamente de su lugar para tomarlo de los hombros sacudiéndolo con fuerza —¿Es que prefieres que maten a más gente inocente? ¿Quieres correr el riesgo de que la maten?—

—Claro que no— con las manos se deshizo de su fuerte agarre —No quiero que la lastimen pero no lo evitaré si voy—

—Esas son estupideces y lo sabes Inuyasha— la furia reflejada en su apacible rostro —Solo eres un miserable egoísta que pones a la señorita Kagome como excusa porque no eres lo suficientemente valiente para enfrentártele—

—Tal vez es verdad pero aún así no quiero que sufra por mi culpa— gritó lleno de rabia. Sabía que lo que decía Miroku solo era la verdad, pero entonces porque le dolía tanto escucharla?

—Eres un cobarde— se alejó unos pocos pasos internándose en el bosque de coníferas —Estaremos en la aldea de Kaede–sama un día más, si en ese tiempo no te presentas partiremos sin ti— lo dijo sin siquiera mirarlo hasta estar junto a Sango que lo miraba expectante. Negó con la cabeza después de que ella le dijera algo. La desilusión pintada en su rostro. Se alejaron de él sin mirarlo internándose nuevamente en el camino por el que momentos antes habían aparecido.

La hierba bajo sus pies dejó de sentirse fresca. El aire se volvió asfixiante haciéndose sentir como una mano sujetando su garganta. El solemne ulular del búho se convirtió en el sonido más melancólico y triste que hubiera escuchado. Los botones de las primeras flores de primavera, las afiladas y finas ramas de los árboles que le arañaban la piel, el olor de fuego recién apagado. Todo eso eran viejos tiempos. Tiempos que había olvidado junto con una parte de sus más dolorosos recuerdos y ahora venían de nuevo tras él para atormentarlo más allá de los imaginable.