Kyūketsuki

By: ANAIVIV y Mussainu

Disclaimer: Inuyasha sigue perteneciendo a Rumiko Takahashi

—aaa— diálogos

aaa— pensamientos

II. Carmesí

(Los siguientes acontecimientos tienen lugar dos años antes de que Inuyasha fuera informado de que un fragmento de la perla fuera localizado en la época de Kagome. Esta fue una nota informativa para aquellas personitas que no comprendan el transcurso del tiempo pero terminando éste capítulo, las cosas suceden como si fueran la misma línea de tiempo; Inuyasha ya ha sido enterado y está pensando en la propuesta de Miroku)

Ya habían sido dos años y aún no se podía acostumbrar a ese sentimiento de pesadumbres en el que se había dejado arrastrar por la soledad que la carcomía. Cierto que ya había empezado la Universidad y que era una de las mejores alumnas en todo el plantel pero eso solo era debido a que se había encerrado en los libros para no tener que pensar en las cosas que había dejado atrás. Ahora era una mujer hecha y derecha de 18 años.

Forzada a madurar por las cosas vividas en el Sengoku dejó a un lado las niñerías y las lágrimas estúpidas pero simplemente no pudo desterrar de su mente los crueles recuerdos llenos de sinsabores que formaban sus pesadillas.

Uno que otro novio ocasional pensando que de esa manera pudiera cerrar el hueco que él le había dejado pero simplemente no duraban mucho ya que ellos no eran Inuyasha. Nunca eran Inuyasha y eso la destrozaba.

—¿Debo de repetirle la pregunta señorita Higurashi?— inquirió molesto el profesor de economía. Un hombre de mediana edad con una gran crisis de caída de pelo. Su falta de cabello solo podía ser comparada equitativamente con su increíble barriga cubierta la mayoría de las veces con camisas de colores chillones.

—Gomen nasai, Hishikawa–san— se levantó de su lugar arrastrando la silla haciendo que el metal chirriara contra el pulido piso —No me estoy sintiendo muy bien, ¿Podría excusarme por ésta vez?—

El señor Hishikawa era conocido por ser un personaje exigente con sus alumnos obligándolos a dar lo mejor y no deteniéndose hasta que cada uno de sus pupilos hubiera entendido perfectamente el problema —Puede retirarse señorita Higurashi pero recuerde que los exámenes comienzan la próxima semana— respondió mientras que su ancha espalda la despedía.

Terminó de recoger sus cosas metiéndolas en su mochila —Arigato— y con eso desapareció dejando atrás una situación más que no sabía porque no podía enfrentar.

El trayecto hasta el antiguo templo fue más extraño ya que un increíble sentimiento de pesadumbre la invadía. Un sentimiento que desde que había regresado a su época no la había invadido y parecía venir con más fuerza. Apresuró el paso dejando que sus zapatos chocaran contra el pavimento.

Solo un poco más y sus pies por fin tocarían el rellano de su casa. Algo en su pecho le oprimía la razón. Quería llegar cuanto antes. A pesar de que la Universidad no quedaba retirada el trayecto se le hizo prácticamente infranqueable. A los pocos metros veía como el tejado de su casa al estilo oriental se alzaba por encima de las escaleras dejándole respirar tranquila por el corto trayecto que aún restaba.

—Tadaima— gritó mientras que se descalzaba con rapidez tratando de llegar hasta la cocina sin tropezar —¿okaa–san? ¿oji–san? ¿Souta?— nadie respondía a sus llamados. El mínimo ruido no existía.

—¿Mamá?— el olor de la comida en la estufa llegaba hasta ella, entonces en donde podían estar?

El rumor de las hojas y el sonido de los pasos la alertó. Alguien estaba entrando a su casa. Sus tensos músculos se relajaron inmediatamente después de oír las conocidas voces de su familia. Soltó el aire que no sabía que estaba reteniendo.

Se abrazó con fuerza a ese pequeño cuerpo respirando el tranquilizador aroma que despedía. Un aroma entre flores y naranjos —Okaa–san, estaba muy preocupada, pensé que les había sucedido algo—

—Pero si solo hemos salido a ayudar a tu abuelo que se ha caído— dijo tranquilizándola —¿No se supone que deberías de estar en la universidad ahora?— la alejó un poco de su cuerpo tratando de mirarla con cierto enojo pero en sus ojos brillaba ese mismo amor de madre.

—No puedo creerlo hermana, te has escapado— dijo con seriedad a pesar de contar solo con 13 años de edad —Debes de saber que no puedo estar ahí siempre para poder cubrirte las espaldas—

Le sacó la lengua a modo juguetón para después hundir el rostro en ese mar de naranjos y flores —No me he escapado, solo que me sentía un poco mal y he pedido permiso— susurró contra el tierno cuello de su madre.

—Entonces deberías de descansar— la apartó de sí y la apresuró a subir las escaleras a dormir un poco.

Su hija no había sido la misma niña sonriente desde que ese día llegara empapada de pies a cabeza con el corazón destrozado. Parecía que el cielo lloraba sus mismas penas. Quería borrar la congoja que le aprisionaba el corazón pero lo único que podía hacer era enjugar sus llorosos ojos.

Había cambiado mucho en esos dos años. Ya no era la misma, algo en ella había desaparecido. Sus cabellos ya no eran tan largos y no tenía ese flequillo que siempre le hacía parecer más pequeña. Su cuerpo dejó la adolescencia para entrar a una floreciente madurez adquiriéndole curvas destacadas. Su sonrisa estaba más apagada, ya no lo hacía con el corazón. Sus ojos dejaron de brillar como cuando iba a la época feudal. Simplemente ya no era la misma.

Se recostó sin ceremonias en su cama dejando el rostro enterrado en la suave almohada. La modorra se fue apoderando de su cuerpo sumiéndola en una tranquilo somnolencia haciendo sus párpados demasiado pesados para siquiera poder mantenerlos abiertos.

Un calambre en su brazo derecho la sacó de sus ensoñaciones despertando ligeramente pero aún sin abrir los ojos sintiendo el calor del sol en sus párpados. Quería quedarse en cama y dormir, dormir para siempre.

Pero que cosas pienso—se golpeó ligeramente el rostro —Pareciera que quiero morir— quería sonar normal pero algo en su interior se lo impedía.

Giró el rostro dejando que sus ojos observaran la blancura de su pared. Respiraba el mismo perfume que desprendían sus cabellos, demasiado dulzón para su gusto. Extendió la mano para poder tocar un pequeño agujero que estaba en esa blanca superficie, debería de decirle al abuelo que lo arreglara ya que sino solo se haría más grande.

Un grito ahogado y el sonido de un vidrio hacer contacto con el suelo la sacó de sus estúpidos pensamientos. Ya el sol no se colaba por sus cortinas. Debió de haber dormido demasiado tiempo. Se levantó de un salto para poder correr a la planta baja y ver que es lo que había sucedido.

—¿Estás bien, mamá? Escuché un ruido— los escalones desaparecían detrás de ella mientras que sus manos se hacían del muro para poder mantener un poco de equilibrio en su atareado trajín.

Su planta tocó algo húmedo y ligeramente viscoso. Dudó un par de segundos en decidir ver que es lo que había pisado y hubiera dado su vida porque no lo hubiera hecho nunca. Debajo de su pie estaba un gran charco de algo marrón. Sangre. Demasiada.

—¿¡Mamá!?— nadie respondió a su llamado. Tenía que aventurarse más para poder ver quien era el que estaba herido.

Detuvo sus pasos al escuchar el bajo sonido de unas voces. Reconoció la de su abuelo pero ésta era demasiado anormal en su tono. Otros dos hombres discutían entre sí maldiciendo mientras que tiraban uno tras otro varios objetos de vidrio estrellándolos con fiereza contra el suelo.

Tenía que hacer algo y por primera vez maldijo no tener un arma a la mano. Lo que fuera le serviría, su arco y flecha, un cuchillo, una pistola, lo que fuera para poder ayudar —Mierda ¿que hago? No puedo quedarme aquí mientras que alguien está herido y hay extraños en casa—

—Parece que no entiendes maldito anciano— chilló enfurecido un hombre con acento extranjero —Dinos de una maldita vez donde está el fragmento de la perla si es que no quieres que matemos a tu nieto— el chillido de la voz de Souta llegaba lastimero, parecía como si no pudiera respirar.

—Ya les dije que no sé donde está— imploraba el anciano —No nos hagan daño, no tenemos ningún fragmento de la perla—

—A…bue…lo—

—Cállate niño— gruñó —Cállate si no quieres que te calle de una maldita vez—

Se levantó con grandes esfuerzos golpeando la mano del hombre que lo tenía sostenido de las solapas amenazándolo —Déjame inmundo Kyūketsuki— se separó de ese hombre que lo había golpeado incontables veces.

—Oye Bernat, parece que el anciano sabe que es lo que somos— dijo socarronamente.

¿Kyūketsuki? Eso no puede ser. Ellos no existen— su cuerpo se negaba a obedecer, se mantenía postrada en ese mismo lugar en las escaleras sin atreverse a mirar más allá de esa mancha sanguinolenta debajo de sus pies descalzos.

—Serás imbécil Sergi, es un sacerdote— bufó con acidez —Es un sacerdote, no un humano cualquiera—

Entonces es verdad— una invisible mano apresó su corazón estrujándolo sin misericordia.

Los sonidos exteriores habían cesado desde que escuchó el sonido del cristal hacerse añicos contra el lustroso piso. Había una increíble calma que podía ser envidiada por cualquier mausoleo. Un asqueroso olor de comida quemada le llegaba hasta la nariz mezclándose con el más que conocido olor de la sangre haciendo que su estomago se revolviera.

—Lárguense de mi casa— gritó ese anciano. Había ganado el poco valor que le había quedado cuando vio como el ser llamado Bernat estrujaba la garganta de Souta —Lárguense— podía escuchar su alterado palpitar zumbándole en los oídos.

—Hazlo callar de una puta vez Sergi, no nos dirá en donde está y ya no soporto sus berridos—

—Será más que un placer— dijo el otro hombre mientras que sus invisibles pasos se acercaban más y más hasta donde ella suponía estaba su abuelo.

Lo levantó del cuello de la camisa nuevamente elevándolo del suelo a varios centímetros. Sentir como ese escuálido cuerpo se debatía por la libertad solo le hacía ansiar con más ganas sentir su vida recorrer su garganta calentándola. Prefería mil veces la fresca sangre de las mujeres jóvenes pero no podía desperdiciar una jugosa víctima. Había olvidado ya hacía mucho tiempo cuando fue que sintió por primera vez los estertores de la muerte contrayéndose contra sus labios. Acercó sus labios rojos y prominentes hasta ese gastado cuello de color cenizo.

—Hazlo lo menos doloroso posible Sergi— intervino un nuevo personaje de tranquila voz extremadamente fría pero condescendiente —Te lo ordeno Sergi— agregó con más fuerza al ver que ese hombre no le respondía.

Levantó los ojos de ese apetecible cuello y los fijo en los pozos amatistas que lo miraban fríamente —Siempre tan considerado Raynard, siempre tan considerado— respondió con sarcasmo mientras que hincaba los colmillos en la piel sintiendo como ésta se desagarraba bajo sus dientes liberando el precioso cause rojo que corría por su mentón.

Las piernas no le respondían y solo la impotencia le hacía permanecer despierta ya que si no hubiera sido por eso ya se encontraría en el suelo al presenciar un pequeño hilo rojo que escurría sin prisa por la duela —Mierda Kagome, muévete— se ordenaba pero su cuerpo seguía sin responderle como deseaba —MUÉVETE DE UNA MALDITA VEZ— y como si con ese grito sus cuerpo se hubiera desentumecido cayó de bruces manchando su pecho con ese viscoso líquido carmesí —Mierda— susurró tratando de ponerse de pie.

—Pero mira que tenemos aquí— exclamó con fingido entusiasmo mientras que sus pasos sonaban cada vez más cerca de ella —Pero si es una mujer y una bastante hermosa, debo decir— la tomó del cuello elevándola sin problema disfrutando con el llanto que ella dejaba escapar por el dolor —¿Vives aquí, verdad preciosa?— le alzó de la barbilla con la mano libre haciendo que ella le mirara.

Esos penetrantes y malignos rubíes la miraban, la devoraban. La presión se hacía cada vez más profunda, más agonizante haciendo que su respirar solo fuera un recuerdo. La estaba matando poco a poco y él parecía disfrutarlo —Súel…ta…me— consiguió pronunciar mientras que con las manos blanquecinas trataba de deshacer ese nudo opresor.

Sus ojos se abrieron de gozo tan siquiera de imaginar la vida de esa mujer fluyendo por sus venas —Pero mira que eres valiente— apretó aún más su mano contra el delicado y atrayente cuello haciendo que ella se retorciera aún más. Segundos después ella dejaba de pelear dejando colgar inertes sus brazos a sus costados —Ya era tiempo de que se desmayara, no puedo creer que tenga la suficiente fuerza para dejar de respirar tanto tiempo— comentó asombrado mientras que la depositaba sin ningún tipo de delicadeza en el piso para tener una forma más "cómoda" de tomar sus alimentos —Voy a disfrutar mucho esto— dijo mientras hundía sus colmillos en la tierna y cálida piel que poco a poco se teñía de carmesí dejando un rastro hasta su clavícula.

A pesar de estar inconsciente, seguía manteniendo un poco de razón. Sentía como poco a poco sus fuerzas menguaban haciéndola caer en un sopor en el que no quería entrar ya que estaba segura, no saldría jamás. Pero, ¿Para que querer vivir si su familia ya no estaba con ella? ¿Para que continuar en un lugar donde las cosas que amaba ya no estaban? En un lugar donde su dulce madre no estaba, ni su querido abuelo, ni Souta, ni… ni Inuyasha.

Sentía su poder incrementándose a ratos. Ella era una mujer extraña, de eso no había duda. Eran increíbles los poderes que poseía. Su abuelo había sido una víctima fácil y más poderosa que los demás humanos que había degustado. Pero ella, ella era muy diferente. Más poderosa, más fuerte, más deliciosa. Una extraña calidez lo envolvió mientras que poco a poco iba extinguiendo esa vida.

Estaba a punto de verla muerta por culpa de ese orangután —No te atrevas a hacerlo Sergi— advirtió una voz detrás de él.

Volteó su furibunda mirada hacia esa figura que se alzaba altiva ante él —¿La quieres para ti Raynard? ¿Es eso lo que pasa, verdad?— su voz rugía sin descaro imitando el sonido de un trueno —Después de todo siempre has tenido debilidad por las mujeres—

Un par de zapatos italianos caminaron hasta él dominándolo desde ese lugar. A pesar de medir 1.80 m. era mucho menor que Sergi pero aún hacía que ese hombre agachara la cabeza ante él. No por nada era el segundo al mando —Eso es simplemente algo que no es de tu interés— dijo con seriedad mientras se inclinaba sobre el cuerpo inerme de esa mujer —Dile a éste bruto que se aleje de mí si no quieres que le arranque el corazón— amenazó sin retirar su vista de ella.

—Vámonos Sergi— gruñó Bernat mientras que se dirigía con fuertes zancadas hasta la salida dejando un rastro de manchas rojizas en la duela del piso.

El enorme hombre calvo se levantó de su lugar sin dejar de mirar desdeñosamente al rubio que se encontraba acunando a su anterior víctima. Bufó con indignación.

Despejó su frente perlada de sudor de unos cuantos flecos que le cubrían el rostro. Con el pulgar acarició su mejilla disfrutando de tenerla en ese estado. Tan indefensa, tan dulce —Debiste de permanecer en tu recámara y no hubieras presenciado esto— esas dulces palabras en una voz helada eran una extraña mezcla pero había dejado de importarle desde hacía bastante tiempo —Debiste de permanecer en tu recámara y así no tendría que haber hecho esto— dicho esto se abrió la camiseta blanca dejando al descubierto su lampiño pecho. Sus uñas crecieron considerablemente al igual que sus colmillos mientras que desgarraba la piel de su pecho haciendo una pequeña incisión dejando que su sangre corriera rumbo al sur perdiéndose en los pliegues de sus ropas.

Las voces que había escuchado tan fuerte apenas unos cuantos minutos atrás ahora se desvanecían sumergiéndose en un abismo. Quería dejarse llevar por esa calidez que calmaba su ahora helado cuerpo pero algo no la dejaba. El recuerdo de esos dos ámbares no la dejaban partir a ese lugar en el que seguramente su madre, padre y abuelo lo esperaban. Sintió una gran calidez llenando sus labios que se encontraban amoratados por el frío beso de la muerte que clamaba su alma.

No permitiría que ella muriera. Hizo lo que juró nunca más volver a hacer. Tomó su delicado cuello manchando sus manos de sangre y la llevó hasta la incisión que se encontraba ligeramente arriba de su corazón e hizo que sus labios entreabiertos quedaron encima de ella. Si hubieran quedado lágrimas en él, las habría llorado sin ninguna pena ya que sabía que en vez de estar salvando la vida a esa mujer solo se la estaba perjudicando a tramos insospechables. Cualquiera que hubiera visto esa imagen dudaría de sus verdaderas razones ya que nunca se le consideraría que estaba enamorado de una mortal. Solo se le había conocido una mujer en toda su vida y eso había sido cuando era humano. Ese ser frío y despiadado no tenía corazón y mucho menos sentimientos.

Poco a poco fue ganando la suficiente lucidez para darse cuenta de su posición y de que unos fuertes pero fríos brazos la acunaban. Abrió perezosamente los ojos para encontrarse con un amplio torso blanquecino, alzó la vista y se encontró con un hombre que escondía sus ojos debajo de sus flecos rubios. No quería que la salvaran. Lo apartó con las pocas fuerzas que poseía pero no fueron las suficientes ya que cayó en el mismo sueño sin descanso del que apenas había despertado —Iie, iie, iie— murmuraba entre sueños.

Era suficiente con la sangre maldita que ya había ingerido así que la apartó reluctantemente de él —Lamento hacerlo— dijo mientras que depositaba su cabeza en el piso con cuidado de no lastimarla más de lo que ya estaba —Vivirás por siempre a mi lado cómo mi princesa de sangre, acudirás a mi llamado sin dudar, no temerás a la muerte ya que ésta nunca llegará a tocarte con sus heladas manos, me amarás sin siquiera cuestionar tus sentimientos y arriesgarás tu propia vida si es que la mía corre peligro— semejantes palabras eran inconcebibles en ese hombre que había matado a la única mujer que había amado —Lamento lo que he hecho pero no podía dejar que murieras— recitaba las mismas palabras que su maestro le había dicho hacía más de 200 años —Me odiarás en cuanto sepas que es lo que he hecho pero no podrás mantener ese sentimiento ya que estamos unidos. Unidos para toda la vida— la dejó en el mismo lugar viendo como su pecho manchado de la sangre de su familia subía y bajaba erráticamente sufriendo los estertores de la muerte para regresar a la vida y mofarse de la misma.

Hasta sus agudizados oídos llegó el quejido de una voz y el sonido de una persona que se arrastraba. A pocos metros se encontraba es mujer que les había abierto la puerta dejándolos pasar, una de las pocas verdades en esos mitos que se habían creado en torno a ellos. El bruto de Bernat la había dejado viva y ahora esa pobre mujer estaba sufriendo con la sola idea de acercarse a su hijo que yacía inconsciente en el suelo. Podían calificarlo de sanguinario o lo que desearan pero solo una persona conocía su verdadero yo. Solo Akuma lo conocía.

Podía escuchar sus pensamientos. Por más que lo evitaba era algo inevitable, escuchaba su tristeza. Su lastimera voz estaba en su cabeza y no había nada que pudiera hacer. Tanto tiempo y aún no podía acostumbrarse. Revisó que nadie estuviera en los alrededores y procedió a "ayudar" en la única forma en que podía. Rompería la promesa hecha hacía 200 años ante ese mausoleo de piedra blanca en la que descansaba su amada. Mataría pero solo lo haría porque no quería que esa mujer sufriera más de lo que ya lo hacía. Con un rápido movimiento de muñeca en ese pequeño cuello que desprendía el olor de la primavera y esa vida se había extinguido.

Desapareció del templo dejando atrás un río carmesí y a una mujer luchando por su vida contra la muerte para poder iniciar su propia vida como una nueva persona. Se acercó hasta la entrada de ese magnificente auto y espero que el abrieran la puerta. Miró una última vez las infinitas escaleras antes de ser devorado por el lujoso interior de la limosina.

Momento cultural:

Tadaima: ya regresé o estoy en casa

Okaa–san: madre

Oji–san: abuelo


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