Por favor no digas Adiós

By: Mussainu

V –

Estaba descorazonada. O por lo menos eso era lo más drástico que podía pensar al ver como es que Ranma salía de su cuarto después de susurrarle un "Te Amo". Habían compartido más que el cuerpo y sin embargo, él se marchaba. Se iba de su lado para ir en busca de una cura para lo que ella no tenía importancia. Le quería tal y como era. No necesitaba ser un hombre completo para que ella se enamorase de él. Por Kami, si con una sonrisa la había tenido a sus pies. Solo que se quedara con ella era lo único que pedía.

Su antebrazo evitaba que las lágrimas escaparan tan libres y salvajes. Podía sentirlas resbalarse por sus mejillas y juró que se odiaba. No necesitaba ese dolor, no necesitaba esas lágrimas, solo quería que Ranma hubiese permanecido junto a ella. Quería sentir la calidez de sus brazos envolviéndola, protegiéndola del frío. Quería que le susurrara miles de veces más que la amaba. Necesitaba saber que estaba ahí con ella, que siempre lo estaría.

La lluvia de noche siempre tiene un efecto melancólico, y más sobre los corazones agobiados, cuando cae en las noches o en el alba. Sabemos que mientras más la miremos, más tristes estaremos, y de cierta forma no podemos despegar la vista del cristal. Miramos como una a una las gotas se estrellan contra la superficie y empañan el vidrio. Si tan solo las lágrimas no fueron tan amargas.

No sabía cuantas horas había estado ahí, acostada. El dolor que existía entre sus piernas era algo molesto, por lo que se movía lo menos posible. Ni las arduas sesiones de entrenamiento en el Dojo se podían comparar al entumecimiento que sentía. Más fue hasta que el sol se coloco en el firmamento cuando decidió levantarse. Enfrentaría la realidad. Una en la que los sueños no llegan a cumplirse y en la que Ranma, con su característico buen humor, se encontraba ya en camino a China.

Era extraño pensar que había hecho el amor con Ranma. De alguna manera siempre pensó que nunca podrían llegar a algo más que a "falsos prometidos" y sin embargo ahí estaba, completamente desnuda bajo las sábanas. Estiró la mano, perezosa, hasta donde antes había estado su amante y lo sintió frío. Se había marchado pensando que ella estaba dormida y que no notaría su ausencia.

—Lo bueno es que papá está con la tía Nodoka, así no tengo que oír las incesantes preguntas sobre cuando es que nos vamos a casar. –comentó al espacio con cinismo. Trató de forzar una sonrisa pero le fue imposible. Por más que intentara, estaba dolida.

Sin importarle el ligero entumecimiento de las piernas se levantó de su postración, no pensaba quedarse en cama lamentándose toda su vida. Ya había dicho adiós muchas veces y había llorado muchas más. No necesitaba sentir más lástima, quería salir a brillar. No sería fácil aceptar que esa noche probablemente no se repetiría pero estaba feliz de que por lo menos pudo compartir ese momento tan especial con él. Probablemente a eso se le llamaba madurar. Aceptar los hechos sin tomarlos a conciencia.

Cuanto es que había cambiado en una noche. Se sentía más madura, más sensata. Ahora las decisiones la podría hacer sabiendo que las estaba tomando realmente y no solo por verse presionada. ¿Es eso lo que hacía perder la virginidad, tomar conciencia de uno mismo? Posiblemente.

Con pasos indecisos, tanto por el dolor del pie como por las punzadas entre sus piernas, salió a tomar una ducha. Siempre las burbujas, por más infantil que sonara, lograban hacer menos sus problemas. Había sido así desde que era pequeña y al parecer, el efecto seguía siendo el mismo ya que cuando sumergió su cuerpo en la espumosa agua, soltó un suspiro de alivio. El agua caliente podría deshacer los nudos en su espalda y cuello.

Se mantuvo en la bañera hasta que las yemas de los dedos se le arrugaron y el estomago empezó a reprocharle alimento. El agua ya no estaba caliente así que no resintió salir de la tina. Ahora solo quedaba vestirse y desayunar. Aunque lo último fuese un problema debido a que Kasumi se encontraba fuera de la casa.

—¿Me pregunto cuando es que piensan regresar? Ya llevan más de 5 días en casa del tío Genma y ni siquiera han llamado.

Miraba desinteresada como es que el agua, con aroma a lavanda, se desvanecía. Estirándose, logró desvanecer el adormecimiento que había en sus hombros, sonrió cuando oyó crujir sus huesos. Cosas tan triviales ahora le parecían de tanto interés, de esa manera, prestando atención a cosas sin importancia, podía detener un poco el paso de las cosas y pensar que todo era como siempre. Al mirarse al espejo, esperaba ver que algo en ella había cambiado, algo que delatase que ya no era más una "niña". No hubo cambios. No había esa chispa en sus ojos, de las que las revistas hablaban. Ni su piel se veía más tersa o sus facciones más maduras. En el espejo solo estaba la misma Akane que la había saludado la mañana del día anterior.

A duras penas pasó el frugal desayuno que se había preparado, y que milagrosamente había resultado ser comestible. El sol estaba en lo alto, mediodía para ser exactos, cuando salió al Dojo a entrenar. Si es que quería tener un corazón más fuerte, uno que soportara mejor las despedidas, entonces tenía que entrenar cuerpo y mente, y no había mejor manera que la de entrenar un buen par de horas. O por lo menos eso es lo que le había oído decir su padre a Nabiki cierta vez en que la trató de interesar en las artes marciales, cuyo resultado fue una para nada inesperada negativa de parte de su hermana y otro para nada inesperado ataque de llanto de parte de su padre.

Sería más interesante poder entrenar contra alguien más que con su muñeco de paja pero a pesar de que el nombre del Dojo Tendo había ganado reconocimiento, no habían estudiantes. Al parecer no a muchas personas les interesaba aprender el estilo libre que su padre enseñaba, o que por lo menos solía hacer antes de que la "genial" idea de casarla apareciera en su mente y le llevara a descuidar por completo su trabajo como sensei.

El laberinto de sus pensamientos se fue aclarando más y más conforme la tarde iba llegando, haciendo que las ideas se hicieran más brillantes. Pensaba en el futuro, sin querer darle mucha importancia y sin embargo sus manos temblaban ante la incertidumbre de no saber que es lo que pasaría entre ellos. Había escuchado y leído artículos que decían que cierto tipo de hombres están interesados en la "caza" y cuando la presa ya estaba en sus "garras", por no decir lechos para mantener el animalístico tema, retrocedían hasta perderse en la oscuridad y dejándolas a sus "presas" en luchando contra la ignominia. Vaya injusticia. ¿Ranma era así? ¿Después de tenerla se olvidaría de ella y se marcharía a otros lados hasta encontrar un nuevo reto con el cual entretenerse? No, lo dudaba y sin más, la espinita de la duda, estaba presente.

Ya no sentía pesado el cuerpo, solo un ligero cosquilleo en la parte baja del estomago. La lluvia había cedido pero el frío permanecía, mordiéndole la piel casi sin fuerzas. El sol se veía opaco, vetusto, como si solo alumbrase por el solo recuerdo de que estaba ahí. Sin saber porque, recordó cierta vez en que se había quedado sola en casa, cuando aún era demasiado pequeña para poder cuidarse sola. Esa mañana se había despertado con un extraño peso en el pecho, era casi una premonición de que algo pasaría. No fue hasta bien entrada la tarde cuando supo que era lo que esa pesadez era. Un pajarillo, un mirlo se enteró después, se había escapado del vecino y ahora se encontraba atrapado entre el intrincado diseño de los matorrales, sin ningún esperanza de escapar. Acudió hasta ahí para auxiliarlo. En el momento en que extendía las manos para tomarlo, éste levantó el vuelo y se alejó para nunca más volver a su jaula. Le miró perderse en el extenso cielo hasta ya no verse más. Ella había acudido a ayudarle y él, en su nerviosismo o miedo, había escapado sin siquiera permitirle curar las heridas. Vaya ironía.

Es casi imposible evitar que una persona sola, o parcialmente sola, tenga dos tipos de pensamientos. O pensamos en cosas simples, que nunca nos hubiesen llamado la atención; o repasamos una y otra vez el incidente que nos condujo a ese estado de increíble congoja. Akane decidió ir por la primera, ya que el "incidente" con Ranma, como ahora lo había decidido llamar para evitar mayores penas, estaba demasiado fresco como para andar moviendo las aguas.

Prefería pensar en porque es que el maestro Happôsai no había ido al Dojo a ver como estaban sus discípulos, o mejor dicho, a robarse la ropa interior de cualquier fémina en el vecindario. La última vez que había estado ahí, le había pedido a Ranma que modelara una de sus nuevas y atrevidas adquisiciones. El resultado fue el mismo, un maestro volando por el cielo mientras juraba venganza contra todos sus discípulos. No hacía distinciones en cuanto a castigar cruelmente se hablaba.

Shampoo, otro de esos insignificantes pensamientos, que plagaban su mente en ese momento, cosa que agradeció infinitamente. Probablemente la amazona, heredera del Neko–hanten, acabaría casándose con Mousse. Después de todo, ese pobre hombre no había hecho nada más en su vida que quererla hasta tal punto que rozaba en la adoración. Aunado al hecho de que ella ya había dejado de perseguir a su "airen". Ese sí que era un amor un tanto enfermizo, pensó Akane.

Ryoga, uno de los mayores pilares en su vida, estaba en ese momento en el Ucchan´s, después de enterarse por una histérica llamada de su parte preguntando angustiado si es que el baka de Ranma no había hecho nada malo. A Akane le alegró ver que por lo menos él estaba feliz. Su relación con Ukyô había ido mejorando con el paso del tiempo, tanto que después de regresar de sus viajes siempre se quedaba en el puesto de okonomiyakis. Simplemente llego, se excusaba después de cada burla de parte de Ranma.

¿Es que no había estado pensando en cosas simples para evitar recordar a Ranma? ¿Entonces porque en cada uno de sus recuerdos, estaba siempre impreso su nombre? ¿Es que ella no había tenido vida antes de conocerle? ¿No era una mujer independiente antes de que en ese día lluvioso llegaran un panda y una pelirroja? Cierto era que su vida se había vuelto más… interesante, desde que ellos habían llegado a habitar el Dojo pero eso no significaba que ella hubiese empezado a existir justo en el momento en el que él cruzó el umbral de la puerta. Era extraño realmente. Su historia terminaba con él entrando por esa puerta y terminaba casi de la misma forma.

Si alguien llegase a preguntarle cual había sido el día más extraño de su vida, ella contestaría sin duda que ese. Estaba confundida a tal grado que no hubiera rebatido a nadie si le dijeran que era un pájaro. Estaba estupefacta, feliz, enamorada, nostálgica, sola, entusiasmada, enfadada, alegre, compungida, todo eso y más, sin razón aparente. No estaba segura de que hora era, por la posición del sol, que estaba en el horizonte, podía decir que no eran más de las 5 de la tarde. Y aún no había comido, aunque a decir verdad estaba segura de que si comía algo, vomitaría.

La idea de dormir no le disgustaba, pero en el momento en que planteaba levantarse y dirigirse a su cama, algo se lo impedía haciéndola quedarse postrada en ese lugar hasta que de nuevo ese pensamiento llegara a inundar su mente y la misma acción se repitiera indefinidamente. Jugueteaba con sus pulgares mientras sopesaba la idea de quedarse a dormir en ese mismo lugar, mirando el cielo hasta que los ojos pesaran tanto que no pudiera mantenerlos abiertos y entonces sí poder descansar un poco.

La relación que había mantenido con Ranma, hasta ese entonces, había sido completa y absolutamente platónica. Es como si hubiese un acuerdo sobrentendido de que así sería, y era por eso que ella se sentía tan rara. Ranma podía pasar por un amor de infancia, en el que solamente habían caricias inocentes y uno que otro casto beso, más nunca habría algo serio ya que eso se reservaba a las relaciones más adultas, no para los que creemos son nuestros amores inocentes. Y en eso se quedaban, en un amor ilusorio, no en un romanticismo erótico lleno de sentimientos que pudiese modificar ese cómodo status en el que ella lo había puesto.

—En este momento me serviría un consejo de hermana. –pensó Akane en voz alta. Kasumi no era un experta en temas de amores, teniendo en cuenta de que no se había percatado del idiotizante amor que el Dr. Tofú le profesaba casi descaradamente, pero podía dar mejores consejos que el resto de su familia.

Su estomago rugió, desvergonzado. Era verdad, por estar viendo como caía el sol, se había olvidado de comer y ahora el hambre estaba haciendo acto de presencia. No era buena idea mantenerse famélica solo porque no quería entrar a la casa en la que tantas, y tan extrañas, situaciones había compartido con la familia Saotome. ¿Se le podía considerar una masoquista?

El radio, que no sabía había prendido, estaba sintonizado en esas estaciones en las cuales los amantes despechados buscan refugio para sus dolencias en el dolor de los demás. Tal vez, eso de que las penas ajenas sirven para calmar las propias, era verdad. Escuchar, por más egoísta que pareciera, que había más gente llorando como ella, o sufriendo por un amor perdido, en cuyos ambos caso ella era un buen ejemplo, hacía que sintiera menos sola. Era confortante saber que el dolor no se había ensañado solamente con ella.

Con la canción de Remolino, comenzó su trajín en la cocina para poder evitar que el hambre hiciera su mala cara con un retortijón. Ella no se creyó nunca una romántica ni sentimentalista, y aún podía sentir las molestas lágrimas queriendo escapar desde el rinconcito de sus ojos. La melodía llegaban más haya de sus oídos, anidando en su corazón. Tal vez no había sido buena idea escuchar semejante estación. Pensó una y otra vez en cambiarla, o simplemente apagarla, antes de decidir que no valía la pena.

Frente a ella estaba un plato de lo que se suponía era un poco de sopa. No tenía buen aspecto, pero, ¿Cuándo es que su comida había tenido buena forma, o por lo menos sabor? Además, estaba sola y no iba a esperar a que Kasumi regresara para que le cocinara algo. Su hermana no estaría allí cuando Akane se casara y tuviera que cocinar. Aunque aún aguardaba la esperanza de que su futuro esposo supiese cocinar, porque sino harían ricos a los encargados de las comidas para llevar.

—Te vas a enfermar si comes eso. –recriminó una voz detrás de ella. El mismo tono burlón de siempre, con la misma voz de siempre, y el mismo rostro de siem…

¿Ranma? Debía de estar alucinando porque, ¿Porqué es que Ranma estaría ahí, cuando podía estar viajando a China a buscar una cura? ¿No se había marchado la noche anterior después de que habían hecho el amor por primera vez? Y sin embargo ahí estaba, recargado despreocupadamente en el marco de la puerta de la cocina, con los brazos cruzados sobre su trabajado pecho, sonriendo con esa cínica mueca.

—¿Ran… Ranma?

—A sus órdenes. –respondió juguetonamente, pegando con la suela de sus zapatos el piso de madera.

—¿Pero qué haces aquí?

—¿Aquí es donde vivo, ne?

—Yo… creí que te habías ido. –dijo. Sabía que tenía el rostro encendido, más no era de esperar que fuese lo contrario. —Anoche, te despediste.

—Oh. –replicó. Pensaba, no más bien juraba, que ella dormitaba. Ahora sí que su excusa de que había salido por un momento no funcionaría, no cuando ella lo había visto alejarse con más decisión que nunca. —Tenía que salir a comprar algo muy importante.

—Ya veo. –algo concerniente a su viaje era lo más plausible. Siempre, o por lo menos desde que cayó en el estanque encantado, había sido su sueño ir a por el agua de Nanniichuan.

—No quieres saber que es lo que fui a comprar.

—La verdad no. –mentía. Sabía que lo estaba haciendo. Moría por saber que era más importante que ella o por lo menos más importante que su sueño.

—¿En verdad? –inquirió. Casi en todas las veces en las que ella mentía, lo descubría. Era algo en sus ojos y en su rostro, que la delataba. —Es algo bastante interesante.

—He dicho que no. –su tono se había vuelto más amenazador. Estaba molesta con ella misma, ya que con el solo chasquido de los dedos de Ranma, ella estaba nuevamente enamorada a pesar de que el dolor seguía presente.

—Pero es bastante interesante! Créeme.

—He dicho que no. –los límites de su paciencia estaban llegando a un punto crítico y si Ranma no se callaba, acabaría mandándolo del otro lado del mar.

Con movimientos ágiles llegó a ponerse frente a ella, con una pose meramente heroica y altiva. Estaba disfrutado tanto verla. La amaba en todas sus facetas pero más cuando estaba enojada ya que era entonces cuando podía ver verdaderamente esa pasión que habitaba en ella, que ya había presenciado hacía apenas unas cuantas horas atrás.

—Vete Ranma, no estoy de humor.

—Sé que te va a hacer sentir mejor. –respondió confiado. Metió las manos en el bolsillo de su pantalón y sacó un pañuelito. —Adivina donde está el pañuelo y si lo adivinas te puedes quedar con lo que viene dentro. –ocultó sus manos detrás de su espalda y por los movimientos que se podían ver, estaba intercambiando el paquete en las manos para hacer más difícil que adivinase. —No me voy a rendir hasta que aceptes.

—He dicho que no estoy de humor.

—Y yo dije que no me voy a rendir.

Viendo la determinación plasmada más fuerte que nunca en esos ojos, decidió aceptar ese pequeño juego con la vana esperanza de que él se marchara una vez terminado. No quería estar sola pero tampoco quería estar con él, no cuando precisamente estaba tan sensible de verse atrapada nuevamente entre esa fina tela de araña que él tan habilidosamente había tejido a su alrededor.

—La derecha, supongo.

Con una sonrisa enorme y confiada, Ranma le enseño la palma desnuda. Había perdido. El truco de las castañas calientes podía ser usado de muchas maneras, y un pequeño juego como ese era solo una de sus formas. —No. Te doy un nuevo intento pero si no adivinas me temo mucho que no podrás quedarte con el contenido.

Escondió nuevamente las manos detrás de su espalda, con movimientos rápidos y casi fugaces, volvió a esconder el pañuelo. —Es tu última oportunidad, Akane, no la desperdicies. –por segunda vez en ese día, le enseñó sus puños en el que cuidadosamente estaba guardado el pañuelo, había tenido especial cuidado de que no saliera una puntita que delatara su posición.

—Esto es estúpido.

—Ja. Eres una mala perdedora. Sabía que no eras buena en los juegos de adivinanzas pero nunca pensé que fueras una cobarde. Kawaikunee, mala perdedora, miedosa, poco atractiva, pésima cocinera, tienes mala coordinación. –una vez empezado ese desfile de insultos, no podía parar. Era como si sus labios se hubiesen desconectado de la parte coherente de su cerebro, si es que alguna vez estuvieron en contacto.

Al diablo el juego. Cerró los puños y se preparó a darle el merecido castigo que le tocaba. Tomó el borde de la mesa en el instante en que él cerraba los ojos para inhalar aire. Estaba con la guardia baja. Perfecto. En un rápido y casi imperceptible movimiento, dejó caer el pesado objeto sobre la desprotegida cabeza del causante de sus jaquecas.

Pasaron un buen par de minutos hasta que vio que se empezaba a mover. A pesar del golpe, él había mantenido fuertemente apretado el pañuelo en su puño. Akane, aprovechando el estado inconciencia en el que se encontraba Ranma, decidió ver que era eso que le estaba escondiendo. La incertidumbre le estaba mordiendo las manos.

Con mucho cuidado, casi con miedo, fue desenvolviendo los dobleces de la tela hasta que solo quedaba una pequeña bolita hecha de tela. Contuvo la respiración antes de deshacer el último nudo. Frente a ella estaba lo que menos esperaba. Nunca, en toda su vida, hubiese pensado que Ranma fuera a comprar precisamente eso.

—Se suponía que debías de adivinar en que mano estaba para que pudieras verlo.

—Me cansé de esperar. –respondió sin despegar la vista de la palma de su mano, en donde descansaba el misterioso objeto. —¿Qué es esto, Ranma?

—Pensé que eras lo suficientemente inteligente como para que puedas entender que es.

—Sí sé que lo es, lo que quiero saber es que es lo que significa.

—¿Me permites? –dijo, extendiendo la mano para que ella le diera el objeto. —Akane. –empezó una vez que tuvo el objeto en sus mano, fuertemente asegurado. —Sé muy bien que no debería de estar haciendo esto después de… bueno, irme, pero quiero que sepas que nunca estuve más seguro en mi vida que ahora.

—Ranma. –suspiró.

—Déjame terminar. Ambos sabemos porqué es quiero ir a China. No, no me interrumpas. –dijo, viendo que ella se disponía a cortarle en media oración. —No quiero estar contigo siendo un hombre a medias, eso es vergonzoso. Pero sabes que. Estoy cansado. –respiró profundamente, necesitaba todo el oxígeno y valor que pudiera recolectar en ese momento. —Akane Tendo, ¿Quieres casarte conmigo? –preguntó por fin. Le tomó la mano izquierda y deslizó una pequeña y delgada argolla.

—No estás haciendo esto por lo de anoche, verdad?

Por todos los cielos. Ahí estaba preguntándole a la mujer que amaba si quería casarse con él, y ella que hacia? Desconfiaba. Si no conociese demasiado bien a Akane, hubiera tomado esa pregunta como una ofensa. Y por la misma razón, sonrió. Akane siempre necesitaría que le estuviese asegurándole su amor.

—Esa es una buena parte. –admitió. —Pero no por la razón que crees. No lo hago por sentirme responsable o avergonzado, que Kami sabe que no es así. Lo hago porque como lo dije anoche, te amo. ¿Contenta?

—Sí. –contestó alegre, lanzándosele a los brazos tumbándolo. —Demo… ¿Qué hubieras hecho si no acertaba en el segundo intento? ¿Me la hubieses dado igual? –estaba jugando con la argolla, rotándola y admirándola a la luz del ocaso.

—No. Dije que solo tenías una oportunidad más.

—Entonces no me la hubieses dado.

—No es eso lo que dije. Probablemente la hubiese puesto en tu comida para que la encontraras.

—¿Y si me la comía y… y…?

—No te preocupes. No iba a dejar que tú cocinaras, no quiero que mi prometida muera antes de que nos casemos.

Infló los mofletes en un claro gesto de enojo, más no le duró tanto cuando se vio asaltada por los labios, sensuales y tibios, de Ranma. —Baka. –susurró contra él, aún besándolo.

—Yo también te amo. –respondió sardónico.

—¿Ne, Ranma, cuando le vamos a decir a nuestros padres que… pues… ya estamos oficialmente comprometidos?

—¿Puede ser después de que estemos casados? –lo que menos quería era que se repitiera la misma escena.

—No.

—¿Una semana antes de que nos casemos?

—Me parece bien.

—Ya está decidido. –la besó rápidamente en los labios, cerrando así el mejor trato de su vida.

—¿Ranma?

—¿Hum?

—Ya no te irás, verdad? No me dejarás sola.

—No.

—¿Ya no vas a decirme adiós nunca más, verdad?

—Ese fue mi último adiós.

—¿Ranma?

—¿Hum?

—Te amo.

—Yo también.

—¿Akane?

—Dime.

—No puedo respirar.

Hasta ese momento es cuando ella se dio cuenta de que estaba sentada sobre él, precisamente sobre su estomago. Con gran vergüenza se levantó de encima, sentándose a su lado, con las manos castamente puestas sobre su regazo.

—Oye Akane, ¿Crees que podamos repetir nuestra noche de pre–boda?

—No entiendo.

—Tú sabes. –dijo haciendo aspavientos con las manos. —Lo de ayer.

El rostro de Akane se pintó de más de 2 diferentes tonalidades de rojo ante esa proposición.

—Hen… hentai.

—¿Eso significa que no?

.:. Fin .:.


Bueno…

TT…

Llegó el final… Pensé que nunca podría llegar a terminarlo por la increíble falta de imaginación que me asaltaba. Pero al parecer, siempre que se acerca un final, llega mi musa y me inspira XD. Creo que le gustan los finales.

Nota sobre el fic: La verdad es que éste iba a ser un one–shot pero es que las ideas empezaron a surgir y pues ya no pude detenerme XD. Prometo no volver a alargar NUNCA un One–shot porque sino luego ya ni sé como terminarlo XD.

Nota sobre el final: Emmm he decidido cambiarlo un poco de mi idea original porque ciertas personas, no mencionaré nombres ;), en mi fic de Inuyasha, dijeron que el final estaba algo desabrido. Que dónde estaba el "Te amo". No quiero cambiar el final, y es por eso que les dejo un final amoroso en este Fic.

Acostumbrado resumen del fic: Acaban de leer: 24,848 palabras y 54 páginas (demasiado corto para mis estándares XD). En este fic no hubo exceso de coca–cola, ni dulces, No quiero ser diabética o convertirme en "L" (Death Note).

Me divertí mucho escribiendo este fanfiction y más este capítulo, ya que según mi parecer, esta plagado de diversas emociones que no suelen ir acompañadas. Desde la soledad, la tristeza, el abandono, la ira, el humor, la furia, el amor, el perdón, la perversidad (mi parte favorita) y por último, la felicidad.

Espero que este final sea de su agrado. No olviden dejar sus REVIEWS antes de salir del fic. porque sus opiniones son muy importantes.

Pd. Pronto (o mejor dicho, en un tiempito) me verán con un nuevo fic. Estén atentos!

Muchas saludos, abrazos y besos tronadores de parte de Mussainu

Gracias por leer!