Capítulo 16:

"La nueva profecía"

Jamás se había sentido tan contento de atravesar la Mansión de los Malfoy. Había llegado sólo hacía unos minutos, y Voldemort ya le esperaba en su pequeña sala particular.

Harry entró por el vestíbulo al comedor, y luego accedió por la puerta que quedaba a su izquierda, la puerta de al lado de la cocina. Aquella pequeña sala seguía intacta, sin variar un ápice. Voldemort estaba en su sillón, y al lado ya había hecho aparecer otro igual. Era algo simbólico, pues ahora Voldemort lo consideraba un igual. Harry avanzó con paso firme y se sentó en el sillón vacío.

Voldemort giró un poco su sillón, para poder observarlo más bien, y se pusieron cara a cara, frente a frente. La chispa roja de los ojos de Voldemort brilló de emoción, esperando nuevas noticias de su vasallo. Sonrió un poco.

-Es evidente que la cosa ha ido bien… sigues vivo.

Harry recapacitó un instante. Ya había pensado que Voldemort posiblemente supiera a todo lo que se había expuesto, pero aún así le sorprendió un poco que se lo dijera, aunque en realidad ya se lo esperaba.

-Así es. Me ha ido bastante bien, vencí el duelo y entregué el cuerpo a los Maldini, tal y como pediste.

Voldemort asintió con su cabeza, y sonrió un poco.

-Estoy orgulloso de ti. Como te imaginarás… yo ya era consciente de que tendrías que batirte en un duelo a muerte.

-Ya veo – dijo Harry, inescrutable, y sin importarle demasiado realmente. Estaba en una actitud pasota.

No dejaba de pensar en Luna. Cuando acabó de hablar con Luna, esta llamó a Fawkes. El Fénix los llevó de regreso a Inglaterra, concretamente a una pequeña aldea del norte. Luna le dijo que se tenía que marchar, y Harry tuvo que regresar a la Mansión Malfoy, pues Voldemort le había llamado. Cuando había sentido la presencia de Harry en Inglaterra le había llamado, y Harry había acudido lo más deprisa posible, despidiéndose de Luna… y siguiendo manteniendo lo suyo en secreto, pues Voldemort no tenía que saber que Luna había estado en Italia. Que había estado… con él.

Sólo había pasado media hora desde que no veía a Luna, y ya la echaba de menos. Esa era su perdición, su nueva perdición.

Aquella mujer había conseguido crear en el una adicción a sus momentos, a su presencia. Nada era más importante para Harry que una mirada suya, o una de sus sonrisas perfectas. Cuando sus preciosos y únicos ojos esmeralda se fijaban en él, Harry temblaba de la emoción y de amor.

-Era necesario, Harry. Era a una especie de… prueba, para ver de lo que eras capaz.

-Eso no era una prueba – murmuró Harry -. Era una necesidad. Lo mismo daba si era o no capaz de asesinarlo, pues debía hacerlo para vivir. Estaba entre la espada y la pared.

-Ya, pero aún así… estoy orgulloso de ti, Harry.

Uno no se acostumbraba jamás a que Voldemort le dedicara esas palabras, o al menos ese era el pensamiento de Harry. Pero aún así siguió sin mostrar expresión alguna, pues necesitaba hablarle.

En ese instante, se había creado un clima de confianza enorme. Y Harry necesitaba decírselo… porque no era tonto, y sabía que si se enteraba por otros medios (y no dudaba que se enteraría), sería peor para él.

-Mmm… hay algo que quiero decirte, pero no estoy seguro de que quieras escucharlo. Aun así… debes saberlo.

Voldemort le dedicó una larga y tendida mirada a los ojos, una especie de mirada penetrante. Harry sabía que estaba intentando leerle la mente, pero él era un gran oclúmantico, no desde hacía mucho tiempo claro. Y ni el mismísimo lord Voldemort iba a conseguir sacarle nada. Cuando se dio cuenta de que no lo conseguiría, murmuró, no sin cierta resignación:

-Suéltalo.

No era fácil decirle aquello. No era fácil decirle que le había engañado.

-Verás… ¿Te acuerdas cuando me pediste que asesinara a Remus Lupin? – Voldemort asintió, sin mostrar expresión alguna. Posiblemente en su interior ya empezaba a esperarse lo que Harry tenía que decirle, pero no lo demostraba -. Pues no lo hice. Le dejé vivir. Lo amañé todo para que pudiera escapar y empezar de nuevo. Y se fue a Italia…

Voldemort primero no dijo nada, ni se movió. Pero después puso sus labios rectos, y eso no era una buena señal parecía.

-Recuerda que mi intención no era unirme a ti, sino matarte. Pero cuando lo vi… le dejé las cosas claras, y me dijo que estaba muerto para él. Que ya no existía, y que le había decepcionado.

Ahora Harry abrió su mente para demostrarle a Voldemort que decía la verdad, y este se puso a observar su mente, pues le miró fijamente. Pareció asentir con la cabeza imperceptiblemente.

-La verdad es que no sé como me sorprende. Eso debería de tenerlo bastante claro, pero lo había olvidado. Es igual, no me importa Lupin para nada. Sólo lo hice para ver si querías unirte a mí de verdad, si estabas dispuesto a todo… hasta asesinar a uno de tus mentores. Podría haber puesto el listón más alto, podría haberte pedido la cabeza de Weasley o la Sangresucia… pero entonces sí estaba seguro de que no te unirías a mí.

Harry asintió, sin nada más que añadir. Se había desahogado un poco en realidad, porque necesitaba decírselo. Y en cierto modo, también era una forma de proteger a Lupin. Porque para Voldemort no era importante, y no iría ahora a por él. Voldemort seguía mirándolo muy fijamente, sin pestañear y Harry empezó a sentirse cohibido.

-Me sorprende que te hayas abierto a mí de esa manera. Y me siento muy grato de que hayas compartido todo eso conmigo… así que ahora hablaremos de lo que tenía que decirte en realidad.

-Eso, eso es – dijo Harry, consciente de que Voldemort no lo había llamado sólo para saber como había quedado con su misión a Italia.

-Desde que te envié a Italia, pensé que si salías con vida tendrías un trabajo que hacerme. Si conseguías vencer en el duelo, eras digno de ese trabajo. Y cuando noté que habías entrado en Inglaterra…

A Harry ya le había parecido curioso que le llamara justo en el instante en que había regresado al país, pero no sabía cómo lo notaba Voldemort.

-¿Cómo lo sabías? – preguntó, y además se preocupó por lo que pudiera saber Voldemort… por lo que pudiera haberlo espiado.

-Si nuestra conexión ya era particularmente estrecha, la Marca ha acentuado esta conexión. Pero sólo puedo saber si estás lejos o si estás cerca… por ejemplo, una salida del país la notaría. O un regreso, como es el caso.

-Entiendo – dijo Harry, sintiéndose estúpido por preguntar, ya que aquello en realidad no le interesaba nada -. Entonces… ¿Cuál es ese trabajo?

-Pensé que si regresabas con vida… eras digno de ser mi heredero. Quiero decir, si algún día algo me pasara…

Harry abrió los ojos como platos, incrédulo ante aquellas palabras de Voldemort. No podía creer lo que estaba oyendo, simplemente no podía. Sus oídos no daban crédito a sus palabras… ¿Heredero? De repente, todo le vino encima.

Todo le vino encima.

Todo.

Se dio cuenta de lo que habían cambiado las cosas en un año.

Un año atrás exactamente, Dumbledore le enseñaba sucesos de la vida de lord Voldemort para poder conocerlo y así derrotarlo. Para intentar averiguar el paradero de sus Horcruxes. Ahora las cosas no sólo eran distintas… se habían contrapuesto. Ahora él ayudaba a Voldemort, y él mismo era un Horcrux. Y lo curioso de todo esto, es que Dumbledore lo sabía. No sabía que se uniría a Voldemort, pero sí sabía que Harry Potter era un Horcrux.

Y pese a saberlo, le había engañado, y utilizado. Aunque por más que lo intentara… Harry seguía sin encontrar motivos para odiarle.

Cuando pasaron unos segundos y desapareció la sorpresa de la mente de Harry este analizó con más detenimiento lo que decía Voldemort. Nada tenía sentido, a parte de lo irónico que resultaba que le eligiera precisamente a él como heredero. Y luego decía que "si algo le pasaba"… aquello… ¿Podía ser posible? ¿Tenía sentido, acaso? Pero él mismo lo sospesaba… ¿Había algún peligro?

-¿Cómo que si algo te pasara? No entiendo nada de lo que dices.

Voldemort suspiró con paciencia. Y Harry se sentía halagado, pues no solía tener paciencia. Pero ahora estaba haciendo un esfuerzo por explicarle algo a Harry, algo que este no llegaba a entender.

-No soy inmortal, Harry, y nunca lo he sido. Por mucho que lo intente… al fin, he llegado a comprender que la inmortalidad no existe. Siempre, siempre hay alguna manera de morir. Si alguien destruyera mis Horcruxes… y me venciera en un duelo, yo moriría. Me ha costado… pero por fin lo he comprendido.

-No existe, la inmortalidad.

-Exacto, Harry. Se puede vivir eternamente… pero eso no significa que seas inmortal.

Harry se quedó con la última frase de lord Voldemort. "Se puede vivir eternamente, pero no significa que seas inmortal". Tenía sentido, y más que lo dijera él mismo. La verdad es que notaba a Voldemort un poco cambiado, y ahora ya sabía por qué era pues.

Parecía alguien más… sensato. Exacto, parecía que se había vuelto un poco prudente, precavido. Y Harry aplaudió el cambio, pues siempre era mejor así. Ahora pensaría dos veces las cosas antes de hacerlas. Bien por él, aunque en el fondo le daba igual.

¿Por qué sentía que todo le daba igual? Ya hacía tiempo que lo sentía, y aún así seguía con su ritmo. Sólo había algo que no le daba igual, y eso era Luna. Cuando estaba con Luna, se sentía afortunado por besar sus labios, por oler su pelo y por tocar su rostro.

Se sentía afortunado. A su lado. Por que Luna era… una fortuna.

-Responde, Harry. Quiero saber si estás dispuesto. Quiero saber si continuarías con el movimiento merlínico cuando muera, si es que eso llega a ocurrir.

La verdad es que lo estaba. Ya lo sentía propio, aquel movimiento. Ya sentía como si fuera suyo, se sentía parte de él. Claro que estaba dispuesto. Y tanto. Pero había algo que se le escapaba, algo que le había sorprendido desde el principio.

Y, cómo casi todo lo que le decía, algo que no tenía sentido.

-¿Por qué yo?

Voldemort sonrió un instante, y le miró a los ojos. Se produjo un contacto visual entre ambos bastante fuerte. Se miraron, y no se dejaron de mirar. Continuaron con aquello. Voldemort pensando la respuesta, y Harry esperándola con ansía.

-Mmmm… es una buena pregunta, realmente. Por supervivencia, Harry.

Cada respuesta que le daba Voldemort aquella noche, lo dejaba más descolocado. Y no parecía que la cosa iba a acabar.

-Vale, sigo sin entender nada. Te agradecería… que fueras un poco más claro, por favor – quizás aquel "por favor" sobraba, pero Harry, pese a todo, seguía teniendo ciertos modales… y también era una forma de conseguir respuestas. Si era amable, Voldemort estaría más predispuesto a dárselas.

Voldemort no decía nada, y parecía pensar algo de nuevo en su interior. Así que Harry, un poco desganado, le dio un poco de cuerda.

-¿Cómo es eso de supervivencia?

-Es fácil, Harry. Eres un Horcrux mío. En tu interior, llevas una parte de mi alma. Lógico y sencillo de entender, ¿No crees?

Había algo raro. Algo muy raro. ¿Por qué era Harry el elegido, si jamás podría ser el heredero? Porque, para que muriera Voldemort, Harry debería morir primero… al ser este un Horcrux de Voldemort. Entonces… según esta premisa, Harry jamás podría morir más tarde que Voldemort. ¿Cómo diablos iba a ser el heredero él mismo?

Y el asunto seguía liándose más. Parecía que en vez de aclararlo, el propio Voldemort le daba otra vuelta más extraña.

-No puede ser. Es imposible. ¿Cómo esperas que sea algún día el heredero? Si soy un Horcrux tuyo… para que acaben contigo, tienen que acabar conmigo antes.

Voldemort parecía que esperaba aquello, aquel lógico razonamiento.

-Hay muchas formas de morir, Harry.

Se levantó de la silla, enormemente sorprendido.

-¿¡Cómo!? ¿¡No es necesario destruir los Horcruxes para acabar con tu vida!?

Se arrepintió en seguida de haberlo dicho, pues había quedado como alguien que se moría por acabar con Voldemort, y no era así. Sólo estaba sorprendido, porque Dumbledore había dedicado la última parte de su vida en descubrir el punto débil de Voldemort, o sea, sus Horcruxes. Y resultaba, que según el propio Voldemort… habían otras formas de morir.

Y Harry, sin saber por qué, siempre recordaba a Dumbledore.

Pero Voldemort, no pareció cogerlo a mal. Quizás era porque le estaba leyendo la mente, y sabía que Harry ya no tenía intención de matarlo.

-Hay… una nueva profecía. Una persona me dio el soplo. Una nueva profecía de Sybill Trelawney…

Harry se sentó de nuevo, en estado de shock. Cada palabra de Voldemort era más extraña, y cada vez entendía menos las cosas. Pero aquello lo aclaraba, aunque sólo fuera un poco. Ese era el nuevo temor de Voldemort… y Harry ya sabía el caso que hacía Voldemort siempre de las profecías.

-¿Qué dice, la nueva profecía? – dijo Harry, debatiendo en su interior si ese era el momento en el que más curiosidad había tenido en su interior. Se moría literalmente de ganas por saber el contenido de aquella profecía.

Aquella nueva profecía.

-Es mejor que lo veas con tus propios ojos. O que lo escuches con tus oídos.

Voldemort se levantó, y Harry le imitó al instante, impaciente y nervioso por saber lo que decía la profecía. En su interior había nacido un feroz sentimiento de ganas de saberlo. Se sentía como en los momentos previos a un partido de Quidditch, presionado y con ganas de salir al campo. Nervioso por como iría el partido, pero con impulsos de jugar.

Se acercaron a un pequeño armario que había en una esquina, el cual contenido ya conocía Harry. Voldemort abrió, y Harry observó por segunda vez el pensadero de lord Voldemort, más pequeño que el de Dumbledore y con distintos relieves sobre la vasija. Le dio unas vueltas con la varita al contenido plateado, ni líquido ni gas, y metió la cabeza dentro. Harry lo imitó.

Y ya no estaban en aquella sala oscura. El suelo cambió, y Harry notó como sus pies se levantaban de allí. Dieron muchas vueltas, y finalmente llegaron a un camino sin pavimentar, fraudulento. Harry pisó la gravilla, y el contacto con ella hizo que empezara a haber polvo. Voldemort aterrizó a su lado.

Había un encapuchado allí. Empezó a caminar silencioso por la zona, y Harry y Voldemort lo siguieron. Llegaron, tras unos minutos caminando, a una zona donde había una tienda de campaña. Había un fuego, y dos personas cuales rostros eran indistinguibles. Al menos Harry no los conocía para nada.

La capucha del hombre al que seguían se le cayó, y por un instante Harry pudo observar su rostro… era un hombre verdaderamente apuesto, rubio y con los ojos amarillos. Tenía los dientes un poco deformados, pero eso lo hacía más encantador. Nariz puntiaguda, y la boca perfecta. Era la primera vez que Harry veía a una persona con ojos amarillos… eran realmente bellos, sus ojos. Y únicos. Aquel hombre no era tal, era un muchacho. Sólo tendría veintitantos años. Se volvió a poner la capucha, y Harry siguió a lo suyo.

-¿Quién es? – le susurró Harry a Voldemort, con curiosidad. Lo único que sentía en esos instantes era curiosidad por todo.

Voldemort sonrió, irónico.

-No recuerdo su nombre.

-Pero… ¿No estamos en su recuerdo? – preguntó Harry, extrañado.

-Sí, pero es una larga historia. Luego te cuento cómo ha llegado a mis manos.

Harry asintió, y por fin aquel hombre pareció detenerse detrás de un árbol. Voldemort y Harry estuvieron en el claro, donde había una hoguera, porque no corrían el riesgo de ser vistos por nadie. Entonces, vieron unas sombras dentro de la tienda de campaña. Y salieron de ella dos personas, dos personas extrañas.

La primera persona que había salido era sin duda Sybill Patricia Trelawney. Se distinguía por su extrema delgadez, sus enormes ojos aún más aumentados por unas gafas gigantescas, e iba vestida con chales transparentes y vestidos con lentejuelas. Parecía una especie de libélula gigante. Pero, estaba mayor. Un poco más mayor de lo que Harry la recordaba… parecía más vieja. Y aquello podía ser debido a su rostro cansado.

-Sentémonos ahí – murmuró Trelawney, con el característico tono de voz que Harry recordaba… etéreo y fantasmal.

El hombre que le precedía no le sonaba de nada, al principio. Era un chico de edades similares al encapuchado, y con gafas. Cuando se sentó al lado de Trelawney, y el fuego le dio a la cara, se le hizo muy conocido, aún sin familiarizarlo. Y el pelo lo tenía rojizo, aunque no estaba seguro de si era por el color de la luz que emitía el fuego, o por que lo tuviera rojo de verdad. Se le hacía muy conocido… ¿Percy Weasley? No estaba seguro, pero era el único pelirrojo con gafas (las utilizaba de vez en cuando) que conocía. O quizás… algún otro Weasley… ¿Charlie? Pero no podían ser, era una situación muy… inusual para cualquier Weasley. ¿Un Weasley el oyente de una profecía relacionada con lord Voldemort? No, no era posible aquello. Pero, el caso es que se parecía mucho a Percy.

-¿Quién es? – volvió a preguntar Harry, en un susurro.

-Luego, Potter – murmuró Voldemort, observando la escena con impaciencia. A Harry no se le escapaba el detalle de que lo había llamado "Potter", y no "Harry", como últimamente se estaba acostumbrando.

El muchacho pelirrojo habló, y a Harry le sonó su voz.

-Bueno, señora Trelawney, ya me tiene aquí una hora. Me ha pedido que salgamos… ¿Ha llegado el momento? Quiero saber ya que es eso tan importante que tiene que decirme.

-Estas cosas no funcionan así, mi querido joven de pelo rojo, esto tiene que seguir unas pautas. No puedo hacer una predicción cuando quiera… tiene que llegar el momento. Sólo sé que debo de hacerlo ante ti y que va a pasar esta noche, por eso te he pedido que nos alejemos un poco.

El muchacho pelirrojo, (sí tenía el pelo rojo, no era un efecto óptico del fuego como Harry había pensado), parecía estar incómodo, y miraba al cielo constantemente. Había un cuarto de luna menguante.

-Señora Trelawney… se le asocia una gran fama de adivina, y yo la verdad es que me siento bastante halagado de que comparta usted una de sus predicciones con un muchacho corriente como yo, pero tengo un poco de prisa. Mi hermana pequeña…

Pero paró de repente. Su voz paró en seco, y observó con los ojos desorbitados a su interlocutora. Harry sabía lo que sucedía, ya que Sibyll Trelawney había entrado en trance… y aquello significaba que iba a murmurar la profecía. Como aquella profecía que le dijo a Dumbledore sobre él mismo y Voldemort, y como aquella profecía que acabó cumpliéndose sobre el vasallo que provocaría el retorno de Voldemort, que no era otro que Peter Pettrigrew.

-El señor Tenebroso por excelencia acabará con su propia vida… desgraciado y humillado por sus orígenes, él mismo le mostrará el camino a aquel que considerará su sirviente más fiel… aún buscando infinitas formas de ser inmortal, el Señor Tenebroso por excelencia ignora que por mucho que busque, se va a acabar destruyendo a sí mismo… pues nadie puede forzar, ni si quiera el propio Señor Tenebroso por excelencia, los límites de la magia negra…

Y el recuerdo se desvaneció.

Harry y Voldemort volvieron a poner sus pies en el suelo de aquella sala oscura en la que habían estado hablando instantes atrás. Se sentaron, pero Harry lo hizo muy lentamente, pues no podía dejar de estar sorprendido. Como cada vez que hablaba con Voldemort en aquella habitación, se enteraba de cosas muy complejas e imposibles, por lo que le costaba asimilarlo. Aunque mucho se temía que si aquello continuaba así, algún día se acostumbraría a escuchar algo como lo que acababa de escuchar y no sorprenderse.

Entonces, según aquello, Voldemort se iba a destruir él mismo. Harry no sabía cómo, ni el propio Voldemort tampoco, pero se destruiría a sí mismo. Y él tenía que mostrarle el camino a su sirviente más fiel… y por eso le había contado todo aquello. Por eso le había dicho si quería ser el heredero, su heredero. Pero, a Harry no se le escapaba el detalle de que Voldemort era demasiado fanático de las profecías. Y que no se tenían por qué cumplir. Dumbledore le dijo que la profecía que les relacionaba a ambos se cumpliría porque Voldemort le daba importancia, pero no tenía por qué. Y ahora que Voldemort ya no le daba importancia, aparecía una nueva profecía.

En la cual se destruía a sí mismo, y mostraba el camino que debería seguir su heredero. O sea, Harry Potter. Por lo tanto, aquello significaba que sería el próximo Señor Tenebroso. Le excitaba aquella idea.

-¿Qué piensas? – preguntó, Voldemort, instantes después.

-Pienso que… no está de más que tomes medidas, como nombrarme el heredero de tu imperio. Pero no vas a morir, tú no vas a destruirte.

-La profecía habla de… forzar los límites de la magia. Creo que van por ahí los tiros. Creo que tarde o temprano, moriré por rasgar tantas veces mi alma – dijo, y Harry no pudo evitar darle la razón en su interior, pues aquello sonaba lógico.

-No te digo que no… pero no sé, si todavía sigues vivo… creo que… es que no sé que decirte, de verdad – era cierto, pensaba que podía ser por eso, pero no se lo iba a decir.

-Entonces… ¿Aceptas?

-Sí – dijo Harry, con aplomo -. Acepto.

Voldemort asintió, con cierto orgullo.

-Ya lo comunicaré, tendré que hablar con los demás. Pero lo entenderán… tú eres especial. Puede que ya no me quede mucho.

Se quedaron ambos en silencio. Harry seguía dándole vueltas a la profecía, porque parecía demasiado surrealista. Parecía demasiado fantástica, por decirlo de alguna manera, para que fuera verdad.

-¿Cómo sabes que es una profecía?

-Por que Rookwood, ya sabes el Ministro de Magia mortífago, me dijo que habían robado una profecía de Tom Sorvolo Ryddle. No me preguntes ni cómo, ni cuando. Pero, cuando me enteré de esto, fui personalmente a la sala de las profecías en el Departamento de Misterios. Y entonces vi un hueco donde estaba mi nombre… pero la profecía había desaparecido. Y creo que lleva ya tiempo robada.

-¿Y quién crees que la ha robado? – aquello le recordaba a las conversaciones con Dumbledore.

Dumbledore siempre tenía suposiciones para todo… y normalmente acertaba. E, incluso en momentos como ese, se seguía acordando de Albus Dumbledore.

-Pues… sólo la pueden robar las personas que estén implicadas en ellas. Es decir, el que la hace, en este caso Sybill Trelawney, el oyente, o la persona a la que va dirigida, y yo no he robado nada. Descarto a Trelawney, porque ni ella misma es consciente. Así que por eliminación, la ha robado el oyente.

Harry y Voldemort se miraron.

-¿Y quién es, el oyente?

-No lo sé, esperaba que me lo dijeras tú.

Voldemort le dedicó una larga y fría mirada, como fría había sido su frase anterior.

-No sé quien puede ser – admitió con sinceridad -. Si me hablaras un poco de todo… ¿Cómo te llegó la profecía? Quiero decir. Este recuerdo… ¿A quién se lo has quitado?

-No recuerdo su nombre, te lo he dicho. Sólo sé que era cuñado de Percy Weasley. El hermano de su novia.

Harry abrió mucho los ojos, porque aquello aumentaba las posibilidades de que fuera Percy Weasley el oyente. Y estaba empezando a creer de verdad que era Percy el oyente… pero… era demasiado extraño. ¿Qué tenía que ver Percy con lord Voldemort? A simple vista, no tenía nada que ver.

-Mmm… ¿tienes algo que ver con Percy Weasley? – le preguntó Harry, de forma un poco brusca.

-Nada, hasta que Luna me habló de su existencia dos días atrás.

-¿Luna? ¿Dos días atrás? – dijo Harry, más para sí mismo que para Voldemort. Así que ahí es donde había estado, con Voldemort, en los días que estuvo ausente en Italia.

-Sí, es ella la que me ha conseguido el recuerdo. Verás… me llegó una carta, hace algunos días, en la que decía que un tal Clearwater, el cuñado de Percy Weasley, había escuchado una profecía que me relacionaba. Entonces llamé a Luna, le pedí que rastreara a esa persona, y que le quitara el recuerdo. Y eso hizo, porque me lo trajo después. Y lo vimos… y claro, pensé que debería de ser Percy Weasley, ¿No?

-Debe de ser él, sí – murmuró Harry, pensativo. La verdad es que algo le decía que no era él, pero tampoco tenía otras opciones.

-Me ocuparé de ese asunto – dijo -. Iré a buscarlo personalmente… y tendré unas palabras con él. Si no es él, lo sabré.

-Me parece bien – dijo Harry. La vida de Percy le daba igual, como casi todo en esos instantes.

Y ahora sí parecía que la conversación había terminado, aunque Harry seguía esperando a que el propio Voldemort le dijera que podía irse. No iba a tomar la iniciativa en algo como aquello. Pero Voldemort no hacía nada.

-Entonces… Harry. Falta lo más importante.

Harry se sorprendió al saber que aún había más cosas.

-Has aceptado ser mi heredero. Pero tienes que hacer… trabajo, no creas que por ser el heredero de este movimiento vas a quedar impune.

-No, claro que no – admitió Harry, porque ya era consciente de aquello.

Voldemort se rehizo en su asiento, y al parecer estaba un poco incómodo por lo que iba a decirle.

-Tu trabajo es garantizar mi seguridad, hasta que me autodestruya si llega a suceder. ¿Entiendes lo que te digo? Es una tarea complicada, pero yo confío en ti, Harry, ya sabes que te considero mi igual.

Harry asintió, pues no podía hablar de las ganas que tenía por saber cual era ese trabajo tan complicado que consistía en garantizar la seguridad de lord Voldemort.

-Debes de vigilar mis Horcruxes.

Se paró en seco.

Aquello significaba… muchísimo. Era algo increíble, hacía falta una enorme cantidad de confianza para que Voldemort le dijera aquello. Y parecía que confiaba plenamente en Harry… porque le estaba revelando la clave de su existencia. Que le dijera que tenía que vigilar los Horcruxes era importante, pues tendría que revelarle el paradero de ellos.

Y, de nuevo, como en el resto de todo el día, pensó en Dumbledore. Y sonrió en su interior, porque por primera vez había ganado a Dumbledore en algo. Él había dedicado la última parte de su vida en encontrar los Horcruxes de lord Voldemort, y Harry averiguaría su paradero en unos instantes y casi sin buscarlo.

Era como la prueba paradójica de Dumbledore sobre la piedra filosofal y el espejo del Oesed. Quirrell quería la piedra filosofal, y cuando se miraba en el espejo se veía con la piedra en la mano, porque quería utilizarla. En cambio, Harry sin intención de utilizarla, se veía con la piedra en el bolsillo, y después se notaba un peso en el mismo. Era paradójico. En esta comparación, él era él mismo, y Dumbledore era Quirrell.

-Me parece muy adecuado. ¿Dónde debo vigilarlos?

Voldemort lo miró, con mucha seriedad y frialdad.

-Esta de sobra, Harry, que te diga que es alto secreto, que no se lo puedes contar a nadie… a nadie de nadie. ¿Me has entendido?

-Claro – dijo Harry, ignorándolo.

-Vamos a hacer un juramente inquebrantable… y ya sabes, si me traicionas, lo pagarás con la muerte. Supongo que sabes lo que es un Juramento Inquebrantable ¿No?

Harry lo observó, sin estar muy seguro a someterse a aquello. Pero no pasaba nada, pues no pensaba revelárselo a nadie… excepto a Luna. Pero no tenía miedo a la muerte, había otras formas de romper promesas.

-También me parece muy adecuado, pero no conozco el funcionamiento y todo eso. Así que…

-No pasa nada, yo lo haré, tú sólo tienes que obedecer. ¿Entendido? – dijo, con voz autoritaria.

-Sí, señor.

-Yo seré el autor, y también seré el testigo necesario de ambos. No voy a implicar a terceras personas.

-Como quieras – asintió Harry.

Acto seguido, Voldemort se arrodilló en tierra. Harry no sabía muy bien como proceder, pero lo imitó y también se arrodilló delante de él. Voldemort levantó su brazo derecho, y Harry puso su mano rodeando la suya. Voldemort levantó la varita, y apuntó a las manos de ambos.

-¿Juras proteger la identidad de todos mis Horcruxes?

-Sí, lo juro.

Una gran lengua de fuego salió de la varita de lord Voldemort y se enroscó entre las dos manos, como si fuera un alambre al rojo. Como una serpiente de fuego. Que se desvaneció en unos instantes.

Voldemort se separó en seguida, casi como si quisiera evitar a toda costa el contacto con otro humano, y se levantó. Había sido un Juramento Inquebrantable corto, de sólo una pregunta.

-Entonces, Harry. Voy a rebelarte el paradero de mis Horcruxes, y esos son los lugares que tendrás que vigilar.

Harry tembló de nerviosismo y de emoción, pues ahora mismo iba a enterarse de algo que actualmente no le importaba demasiado… pero unos meses atrás hubiera muerto por saberlo, y se moría por destruirlos. Las cosas cambiaban mucho, era algo que Harry había aprendido con el paso de los años.

-El diario está destruido. Eso es lo que me rebelaste. No importa, pues la localización de ese Horcrux no la sabría ni aunque no estuviera destruido.

-Así es, yo mismo lo destruí – se arrepintió de recordárselo, pues le enseñó los dientes como muestra de enfado.

-El anillo… según me has rebelado, también está destruido. Em… Dumbledore, consiguió dar con su paradero y lo destruyó. No importa.

-Correcto – dijo Harry, con cierta impaciencia, pues se moría de ganas por saber cuales eran los Horcruxes que él no había conseguido descubrir.

-Y el guardapelo… también me dijiste que Dumbledore descubrió lo del Orfanato, y acudió a la cueva y lo destruyó.

La cosa no era exactamente así, pero Harry no tenía ganas ni fuerza ni tiempo para explicárselo, así que asintió con la cabeza. Engañar a Voldemort ahora resultaba más sencillo de lo que jamás hubiera pensado en su vida.

-Esos son los destruidos – dijo Voldemort, repasando mentalmente -. Y ahora vamos con los cuatro que aún están vigentes.

Harry más o menos se imaginaba cuales eran. Uno seguro era la Copa de Huffelpuff, y el otro que había grandes posibilidades era Nagini. El tercero era él mismo, y el cuarto… algo de Ravenclaw o de Gryffindor. Eso no estaba seguro. Y era el que más curiosidad tenía por conocer.

-¿Y los no destruidos? – murmuró Harry, dándole cuerda.

-El primero, es Harry Potter, y está ahora conmigo. Ese es en el que más ímpetu pondrás para protegerlo, me atrevería a decir – dijo Voldemort con cierta ironía.

-Lo reafirmo – admitió Harry.

-Después… mi amada serpiente Nagini, que también es un Horcrux. De ese te tienes que olvidar, pues está siempre conmigo a mi alcance y no tienes porqué preocuparte. De Nagini me encargo yo, ¿Estamos?

Harry asintió con la cabeza, aplaudiendo en su interior a Dumbledore por sus suposiciones, mayoritariamente ciertas.

-La Copa de Huffelpuff dorada, es otro de mis Horcruxes – Harry asintió, pues ya lo sabía… Dumbledore, como siempre, lo había averiguado -. Ese sí tendrás que protegerlo… se encuentra en la Cámara Secreta, en Hogwarts. Tú ya has ido allí alguna vez… ese es imposible de destruir, es muy seguro, puesto que ya no quedan hablantes pársel… o son pocos, al menos – le tendió una mirada, que Harry no supo como interpretar.

Y faltaba el último. El desconocido. El que Harry ni se imaginaba, y el que Dumbledore no conocía… ni se había atrevido tampoco a hacer suposiciones.

-Y el último, el más complicado de proteger es el Espejo del Oesed.

-¿¡El espejo del Oesed!?

Harry estaba verdaderamente sorprendido. Así que no era nada relacionado con Ravenclaw ni con Gryffindor, Dumbledore había fallado. ¿El espejo del Oesed? Eso era algo que ni el propio Dumbledore hubiera imaginado, seguro.

-Claro, ¿Te sorprende? Estoy al alcance de todos los objetos que quiera – dijo con cierta arrogancia.

Había algo de lo que había dicho que le había llamado la atención.

-¿Por qué es el más difícil de proteger?

-Pues… por qué es el más seguro de todos.

-¿Por qué es el más seguro de todos?

Voldemort le miró, y sonrió un poco.

-Porque no sé donde está – respondió, pero no parecía enfadado -. Gracias a tu amigo Dumbledore… ¿Recuerdas el suceso con la piedra filosofal? Claro que sí, tú estabas presente. Pues al día siguiente lo movió de sitio, y sólo él sabe donde está…

-…y está muerto.

-Exacto – dijo Voldemort -. Por eso es el más seguro. Porque Dumbledore lo habrá dejado en un lugar segurísimo. Y porque cualquiera que lo encuentre, no se atreverá a destruir, porque el espejo muestra lo que quieren ver, y no se aventurarían a destruir esa imagen. Puede llegar a ser enfermizo. Pero no para una mente bien preparada como la mía.

Harry seguía sin entenderlo. No entendía por qué el Espejo del Oesed era un Horcrux para él.

-Creía que tus Horcruxes… eran elementos de gran valor mágico o personal. No entiendo por qué elegiste el…

-¡¿Qué el espejo del Oesed no tiene valor mágico?! ¿Conoces otro espejo con sus cualidades?

Harry se encogió de hombros.

-No, supongo que no.

-Y también tiene valor personal, Potter… ¿Sabes qué significa para mí ese espejo? ¿Sabes cómo me veo en él?

Harry lo miró, con cierta curiosidad.

-No lo sé. ¿Cómo?

-Me veo reflejado omnipotente y eterno…. Es decir, inmortal.

Y Harry lo miró de nuevo, sin saber que decir. Ya conocía un poco más a lord Voldemort.

-Así que… resumiendo, sólo tienes que protegerte a ti mismo y a la Copa de Huffelpuff. Te lo he puesto facilito, ¿Verdad?

Harry asintió.

Ahora sí habían acabado con la conversación, por lo que salió de la Sala. Ya era casi de noche, así que se dirigió a dormir, a su particular habitación.

Pensando en que, a la mañana siguiente, lo primero que haría sería hablar con Luna.

Y después, ambos irían a Hogwarts.

Su hogar.