El Copyright y la Marca Registrada del nombre y del personaje Harry Potter, de todos los demás nombres propios y personajes, así como todos los símbolos y elementos relacionados, son propiedad de Warner Bros., 2000. A excepción de algunos personajes, sucesos y lugares que yo misma saqué de mi mente perturbada. Esto es sin fines de lucro.


"Las chicas son como las manzanas de un árbol. Las mejores se encuentran en la cima, y los chicos no las buscan porque temen caerse y herirse en el intento. En cambio, se conforman con las manzanas caídas; las más machucadas, pero fáciles. Es así como las manzanas de más arriba piensan que algo está mal con ellas, cuando en realidad, son maravillosas. Sólo tienen que esperar por el chico indicado, el suficientemente valiente para escalar todo el tronco y llegar a la punta." – Anónimo.

La reina de las manzanas

Capítulo 1: ¿Dónde ha quedado la lealtad familiar en estos días?

La soporífera voz del profesor Slughorn la hizo salirse de sus pensamientos. Y no es que fueran verdaderamente interesantes, ya que calculaba cuántos años tenía ese señor. Su primo James le había contado que él le había dado clases a sus abuelos paternos cuando asistían a Hogwarts. También se preguntaba si tenía vida social o, más bien, ¿los profesores tenían vida social? Parecían enclaustrados en los confines del castillo. Tenía las serias sospechas que hasta sus padres, si es que estaban vivos porque la mayoría del cuerpo docente era un grupo de ancianos, se deberían haber olvidado de sus existencias. El recuerdo de sus hijos era tan claro como las burbujas viscosas color petróleo que emergían del caldero de Flint: efímero y ciertamente nada agradable de ver. A lo que nuevamente la llevaba al profesor Slughorn…

-Señorita Weasley –repitió abriendo los ojos, impaciente. Enarcó las cejas y Rose se fijó que sería imposible contar las infinitas arrugas que se le habían formado en la frente-, ¿podría decir qué hizo mal el señor Flint para que su poción haya obtenido este resultado?

Toda la clase estaba en silencio. Los de Ravenclaw seguían trabajando en sus pociones sin prestar mucha atención, los dos Hufflepuffs de la clase observaban con ojos como platos a la chica; los Gryffindors también estaban pendientes, pero con menos interés porque sabían que respondería correctamente la pregunta… y los de Slytherin sonreían, mientras el compañero de banco de Smith cruzaba los dedos en una plegaria poco silenciosa a Merlín para que le restaran puntos por no dar con la respuesta acertada.

Rose miró a Kate, su amiga. Ella anotaba algo en un pergamino y lo deslizó por la mesa disimuladamente. Y acto seguido, Rose ahogó una carcajada, emitiendo un extraño sonido ahogado. Acto seguido, quince pares de ojos más se voltearon a mirarla curiosamente. Rápidamente sus mejillas empezaron a adquirir una tonalidad rosácea, que no combinaba para nada con su pelo fuego.

-¿Y bien? –inquirió el profesor Slughorn con una voz demasiado aterciopelada. Parecía que en sólo cinco segundos más perdería el control y sería capaz de gritar en el aula, restarle hasta el infinito negativo los puntos de Ravenclaw y decir una palabrota-. ¿No lo sabe, Weasley? –Rose tragó saliva, pensando que era una mala señal que la llamara únicamente por su apellido a secas.

-Presumo que revolvió la poción en dirección a las manillas del reloj, profesor –contestó cambiando su semblante por uno serio, aunque el remolino rojizo en sus mejillas delataba su humor.

-¿Después de qué paso ocurrió ese accidente?

La pregunta claramente era para pillarla desprevenida y que él se saliera con la suya. No podía esperar menos, ya que se estaba comportando como una cría. De todas formas, no era su culpa que Kate fuera tan graciosa en los momentos inadecuados o que la clase fuera tan aburrida. Vamos, que algo especial debía tener Slughorn para inspirarla cada clase a filosofar sobre la vida y obra de los educadores de Hogwarts. Ya iba en la quinta suposición sobre cada profesor de la escuela… ¿Acaso no era ella una pobre víctima de la imaginación?

Le echó un vistazo a sus compañeros antes de contestar, quedándose con la boca abierta por un segundo mientras enfocaba la mirada sobre Scorpius Malfoy. Era el único que no prestaba atención a la escena, sino que depositaba un poco de la poción de su caldero en un pequeño frasco etiquetado. Y de color azul, tal como era la poción correctamente preparada.

-Después de agregar las alas de murciélago cortadas, profesor.

-Quince puntos para Ravenclaw –anunció el hombre de ropas estrafalarias. Los de la casa aludida suspiraron, aliviados que Rose no hubiera cometido un error garrafal que les costara cien años de recuperar puntos para recuperar los que tenían actualmente. El profesor se inclinó hacia Rose-. No me haga perder la paciencia, señorita Weasley. Es brillante, tal como lo fue Lily Evans en su tiempo y su madre también… pero tiene el mismo carácter difícil que Rupert.

-¿Rupert? –inquirió frunciendo el ceño; luego chasqueó la lengua-. ¡Ah, sí! Mi padre, Rupert… Mi padre se llama así, ¿no?

Si algo había aprendido y, de hecho, enfocado en las tediosas clases de Pociones, era que Slughorn extrañamente no tenía buena memoria con los nombres. Les había hecho clases a sus padres y sólo podía recordar el nombre de sus tíos Harry y Ginny, los de los padres de éste, y el de su madre; pero a su padre lo llamaba de diferentes maneras, aunque Rupert era lo más usual. Desde tercer año se había rendido totalmente a corregirlo, porque ya le empezaba a doler la lengua de repetir tantas veces Ron, Ron, Ron, Ron, al menos cincuenta veces por día, tres veces a la semana. El nombre de su padre no era tan difícil de memorizar… ¡Se llamaba igual que una bebida alcohólica muggle, por Merlín! Era más fácil recordar eso que el nombre del estúpido de Flint, que le hacía un gesto grosero con el dedo corazón de su mano en ese mismo instante mientras el profesor se giraba, vigilando el resto de los calderos.

-Imbécil –murmuró Rose haciendo una mueca-. Agradece que no dijera que lo habías hecho mal porque no se puede esperar más de la herencia genética. No hay nada para curar a los perdedores.

-Oh, ¿otra de tus originales líneas? –se burló. Giró un poco en su asiento para estar más cómodo-. Me conmueves, Weasley.

-¡Tienes el poder de conmover hasta a las personas de dos neuronas, Rose! –comentó Kate llevándose la mano a la boca en un fingido acto de sorpresa-. Estoy tan orgullosa de ti, por ser tan buena persona como para compartir tu tiempo con engendros de éste.

-Lo sé, lo sé. Soy un alma caritativa –asintió, limpiándose lágrimas imaginarias.

El chico se volteó, molesto y maldiciendo por lo bajo. Kate se reía mientras se ganaban una mirada asesina del compañero de Flint.

-Deberías haberle dicho mi respuesta.

-Sí, claro –Rose tomó el pergamino: "Porque no sabe leer instrucciones. Apenas sabe deletrear F-L-I-N-T, y muchas veces agregando una H en medio…". Sonrió-. Esto vale oro. Lo guardaré en caso que nos lo encontremos por el pasillo más tarde…

-Espero que no –la chica tembló arrugando la nariz asqueada-. Planeo tener un buen día y aún no he estado despierta ni tres horas para arruinarlo.

-Bueno, no es mi culpa la naturaleza de ciertos idiotas –dijo en voz baja, taladrando con la mirada la espalda de Flint, sentado delante de ella.

Su amiga hizo un gesto afirmativo antes de darle los toques finales al líquido en el interior de su caldero. Estaba perfecto, como siempre. A Kate se le daban las pociones como a un pez nadar. Desde pequeña tenía interés en mezclar cualquier tipo de materiales: ojos de iguana con agua de pozo concentrada, uñas de dragón y unas gotas de lágrimas de sirena, una pizca de lava volcánica triturada combinada con cloro. Lo que fuera que estuviera en sus manos, ella lo usaba para alguna nueva creación que terminaba en la basura mientras su madre chillaba escandalizada por el desastre de hija que había tenido.

Ella parecía entender perfectamente a qué se refería Rose con la naturaleza de ciertos idiotas, ya que la historia era bastante conocida en toda la escuela: en quinto año, Flint le había pedido salir a Hogsmeade y Rose se negó. Eso ocurrió antes de Navidad y el resto del año siguió insistiendo, hasta que la pelirroja le dijo que jamás saldría con alguien como él. Entre los rumores que corrían, se decía que le había dicho que era un patán y ella se merecía a alguien mejor; otras personas comentaban que alegó el pasado oscuro del padre de Flint como mortífago, lo que era bastante creíble, ya que Rose era conocida por sus ataques de paranoia respecto al tema de la Segunda Guerra. Sin embargo, la verdad es que a la pelirroja no le gustaba; es más, le caía pésimo. Le dijo que si tanto le gustaba, podría tratarla mejor en los partidos de quidditch donde le dejaba cardenales en las costillas lanzándole bludgers. Flint quedó despechado y desde ese día se burlaba hasta por los codos de Rose, haciendo énfasis hasta en el aire que respiraba y se vengaba de ella en los partidos, pegándole más duro que nunca.

La campana sonó, anunciando el término de la hora, y ambas llevaron sus frasquitos etiquetados con sus nombres al escritorio del profesor Slughorn.

Mientras subían las escaleras y Rose se quejaba de la inteligente persona que se le ocurrió que las escaleras eternas eran una buena idea en la escuela, Kate le preguntó:

-¿Tienes entrenamiento por la tarde? –ella dijo que sí-. Oh, pensé que podríamos colarnos a la fiesta de Gryffindor…

-Podría ir un rato –dijo, pensativa. Bufó analizando que les faltaba más de la mitad para llegar a la superficie, al hall central. Kate sonrió, entusiasmada-. Estaré cansada, así que te acompañaría a lo sumo una hora antes de irme y te dejo en manos de mi primo.

La morena se limitó a asentir y aceleró el paso para evitar que la arrollara el rebaño de estudiantes que iba detrás de ellas. Todos parecían sufrir de claustrofobia luego de tres horas seguidas de Pociones en los rincones más profundos de las mazmorras.

Luego de lo que pareció una eternidad y de intercambiar otra pelea verbal con Flint, los estudiantes de sexto año emergieron de las profundidades del castillo, encontrándose de sopetón con aire fresco y la potente luz solar encandilándolos por breves instantes. Rose podía decir con certeza que ese era uno de sus momentos favoritos del día, porque por los siguientes diez minutos le tomaba real valor a los rayos ultravioleta y lo que hacía un poco de oxígeno en el cerebro.

-¿Por qué tanto interés en ir a la fiesta, en todo caso? –preguntó de repente Rose atrayendo la atención de su amiga. Kate juntó las cejas, como cada vez que alguna situación o palabra la descolocaba-. Pues, la fiesta es de celebración porque Gryffindor ganó a Hufflepuff en el partido de la semana pasada. Y a ti nunca te ha gustado el quidditch tan… fanáticamente.

-Siempre me han gustado los deportes –repuso sonriendo.

-Sí, pero no al grado de colarte a fiestas de otras casas… Más que mal, somos Ravenclaw. Y sabemos que hubiera sido mejor que los leones perdieran, así ganamos la copa sin mayores problemas.

Kate torció los ojos, pensando que nuevamente la faceta de capitana competitiva de quidditch de la pelirroja salía a flote. Tenía serias dudas si no le interesaban más las escobas y tácticas de juego, que abrir un libro y estudiar para un examen.

-Claro, asumiendo que ganemos contra Slytherin –comentó despreocupadamente, y se arrepintió de haberlo hecho, porque la mirada de banshee rabiosa que le dedicó Rose fue suficiente para que esbozara una sonrisa apenada-. Lo siento. ¡Obviamente ganaremos la copa este año! –corrigió con una gota de nerviosismo.

-Así está mucho mejor, Kate.

El día no fue tan pesado como esperaban: la clase de Historia de la Magia se hizo más interesante de lo normal porque Davies y otro chico de Hufflepuff empezaron a hechizar papelitos doblados al estilo origami por todo el aula. Mientras a Malfoy le llegó la figura de un barco medieval, en el banco de Rose caía un trébol de cuatro hojas y Kate quedaba encantadísima con un corazón flechado.

Las demás clases no se salieron de lo normal, así que prácticamente ni Rose ni Kate podían recordar con exactitud qué habían hecho, sino que tuvieron que abrir sus apuntes antes de la cena para enterarse que tenían que entregar una redacción para Transformaciones la siguiente semana.

Bajaron al Gran Comedor casi todos los compañeros de ese año. En general, todos se llevaban muy bien y era habitual que se sentaran a desayunar o a cenar juntos. A Rose le caía particularmente bien Thomas Roswell, ya que admiraba el baraje de conocimientos que manejaba. Hasta comenzaba a creer que en una competencia contra la misma Rowena Ravenclaw, el chico le ganaría por gran diferencia. Además, siempre tenía un buen tema de conversación y mantenía un ambiente grato a la hora de comer.

-Es algo así como esos clásicos románticos muggles… Lo que nunca he entendido es por qué se le da tanto énfasis a las historias trágicas y no se recalca las comedias –dijo después que Adeline Logan hablara sobre las novelas muggles-. Por cierto, los brujos también tenemos buena literatura. No tenemos que envidiar nada.

-Si con eso intentas decir que deberíamos alabar el personaje de Vladimir el Triste y besar el pasaje de su novela donde se suicida, créeme que prefiero leer romances muggles en colinas verdes y flores rosas –Rose hizo como que le daban arcadas y todos rieron, la gran mayoría apoyando su declaración.

Ah, faltaba el hecho de decir que Thomas había sido el primer amor de Rose Weasley. Nada serio, sino el típico sentimiento de mariposas en el estómago que aparecen en aquella revolucionaria época de los doce años. No había pasado nada entre ellos, a pesar que ella sospechaba que él había tenido sentimientos hacia su persona; y la verdad poco le importaba cuando estaba en sexto año, y el próximo casi perdería su vida estresándose para lanzarse a la vida adulta. El amor no tomaba un rol fundamental en esos días. Bueno, la verdad era que estaba casi en el undécimo lugar de prioridades. Los hombres eran unos imbéciles la mayor parte del tiempo y Rose francamente no quería perder la paciencia buscando a alguien decente. Si llegaba, bien; y si no, pues qué mala suerte. Punto. No se complicaría la vida.

Pero negar que le fascinara mantener conversaciones filosóficamente idiotas con él, sería una herejía, ya que le encantaba. Al menos así no empezaba a mirar a los presentes en el Gran Comedor y evitaba imaginarse historias sobre cómo la profesora McGonagall usaba esa horrible pluma en su sombrero. ¿Acaso era ciega? ¡Se veía como una asesina de pavos reales!

-¿De qué puñeteras cosas hablan ustedes?

Albus Severus Potter; para su desgracia, pensó Rose lamentándose una vez más por la atroz combinación de nombres de su primo; miraba al sexteto de Ravenclaws como si fueran seres de otro planeta. Desde pequeño le daba miedo las conversaciones sobre partículas atómicas que compartían su madre y tía Hermione, y más aún cuando escuchaba a su prima Rose hablar el mismo lenguaje que sus compañeros de casa. En esos momentos agradecía haber quedado seleccionado en Gryffindor.

Su prima le saludó, así también Kate, que le hizo una seña.

-Sí, iremos un rato –respondió la pelirroja luego que Albus le contara sobre la ya sabida fiesta por la victoria de Gryffindor en el quidditch, un hecho desconocido para los profesores.

-Genial. En ese caso, deberé esperarlas fuera para que puedan entrar –asintió, sonriendo-. ¿A qué hora llegarán?

-Y qué sé yo. A la hora que se nos plazca la gana de llegar –se alzó de hombros y alzó una ceja-. Sería más fácil si nos dieras tu contraseña…

-Ay, Rose –Albus suspiró, acostumbrado a tener esas charlas que no llegaban a ningún punto definido-. Aunque seamos familia, hay asuntos de lealtad de casa –explicó como si fuera obvio. Kate dijo que tenía bastante razón en eso-. Gracias –miró a Kate-. Además, dudo que algún día tú me dieras la contraseña para entrar a tu sala común.

-Igual dudo que sirva, ya que son preguntas de ingenio y sólo los brillantes de mente pueden contestarlas… Te quedarías toda la noche fuera.

-Nuevamente agradezco estar en otra casa. No me gustaría estar tan loca como una cabra… igual que tú –murmuró mientras se llevaba descuidadamente una mano a su rebelde pelo.

Rose suspiró, encontrando que ese hábito de desordenárselo para lucir más pensativo, era estúpido. Miró de reojo a las chicas que estaban cerca, las cuales contemplaban maravilladas al chico. Sin poder evitarlo, rodó los ojos. Las chicas corrientes simplemente eran tan frívolas y extrañas, que no podía entenderlas del todo. Ella jamás se sentiría atraída por ver a un memo que se toca el pelo ya de por sí desordenado.

Saliendo de su asiento, la pelirroja puso una mano en el hombro a Albus.

-¿Sabías que haciendo eso te engrasas el pelo? –ella tocó las propias yemas de sus dedos y le sonrió-. Te quitaría puntos en cuanto a seducción.

-¿Seducción? –preguntó él, confundido. Rose bufó, sin muchas ganas de explicarle, y le lanzó una mirada a Kate, quien se rió de su cara-. Estás más desquiciada que de costumbre. Dices cosas sin sentido.

Aunque peor era que él no se daba cuenta del poder que ejercía ese hábito en las chicas a su alrededor. Parecían abejas atraídas por la miel.

-No, da lo mismo… -hizo un gesto con la mano para quitarle importancia-. Bueno, si me disculpan –volteó hacia sus compañeros-, tengo entrenamiento. Nos vemos luego, Albus.

-¿A qué persona se le ocurre armar un entrenamiento luego de cenar? ¿Para que todos vomiten lo comido? –expresó Albus frunciendo las cejas, y de repente se fijó en que Kate y el resto de los Ravenclaws le hacían morisquetas-. ¿Qué ocurre? –veía sin entender por qué todos se llevaban un dedo a la boca y Kate hizo la mímica de alguien cortado por el cuello.

-Repite nuevamente eso –le ordenó Rose casi echando fuego por los ojos y con los puños cerrados.

-Oh… -fue lo único que salió de su boca antes de tomar un matiz blanquecino. Albus se forzó a sonreír-. Se me había olvidado que tú eres la capitana y que los entrenamientos los organiza… la capitana –empezó a retroceder-. ¡Te veo después, Rose! –dijo antes de correr a la mesa de los leones.

-¿Y ustedes qué miran? –bramó la pelirroja fulminando a sus compañeros.

-¡Nada! –respondieron al unísono. Volvieron a sus platos y engulleron la comida tan rápido, que parecía que fueran a atragantarse.

Sin decir nada más, Rose se encaminó al campo de quidditch a solas.

El quidditch era imprescindible en su vida. Normalmente no se consideraba una persona logística ni responsable, pero en el quidditch el asunto era transversalmente distinto… No sabía por qué se sentía mucho más inspirada sobre una escoba y sintiendo el viento en su cara que devorándose una enciclopedia. Su madre le había dicho a la corta edad de diez años que sus neuronas parecían hacer sinopsis sólo cuando la palabra quidditch se mencionaba. Rose replicaba que se le oxigenaba más el cerebro, por eso era más apasionada respecto al quidditch que a los estudios.

Además de sentirse viva, la pelirroja sentía que podía ser ella misma. Lanzar cuanta palabrota se le viniera a la cabeza, maldecir, hacer gestos obscenos, enojarse sin razón fundamentada… El quidditch era perfecto para desinhibirse y ser una igual ante un hombre, una chica popular o un ratón de biblioteca. Y la personalidad, la individualidad de cada persona sólo se mostraba en el mismo juego; en sus movimientos, en sus jugadas. Era un deporte sumamente especial.

-¡Si golpeas así, todos se reirán de ti por ser una niñita! –gritó, caminando más rápido hacia los aros. El golpeador de Ravenclaw, John Tickey, enrojeció ante las risas de sus compañeros-. ¿Quieren ganar o no?

-Estoy cansada –replicó una de las cazadoras. Dejó caer la quaffle-. Me duele el brazo, Weasley… Hemos estado lanzando la maldita pelota por más de cuarenta minutos seguidos.

-Miren, equipo –Rose movió el dedo índice indicándoles que se acercaran. Los seis descendieron hasta escasos centímetros del suelo, rodeando a su capitana-. Ravenclaw no ha ganado en más de quince años la Copa de las Casas. ¡Tampoco ha llegado a la final en más de diez! Pero este año hemos mejorado considerablemente... Ya ganó un partido Gryffindor, nuestro mayor peligro. Si no le pateamos los verdes traseros de las serpientes, nos podemos ir despidiendo de romper la mala suerte y darle a Ravenclaw la Copa de Quidditch. ¡Es nuestra oportunidad! –les sonrió y sacó su varita para traer su escoba. Al tenerla en sus manos se la puso entre las piernas-. ¡Imaginen los aplausos que nos darán cuando ganemos la copa! ¡Seremos una leyenda!

-La única leyenda que me imagino -el menor de todos, Ben Hernshaw, de tercer año, puso sus pies en el suelo repentinamente. Se dobló, con la mano en el estómago-… es la del cazador que arruinó el uniforme de Ravenclaw…

-¡Qué asco! –chillaron Tickey y McVicar, la guardiana, alejándose-. ¡Va a vomitar!

Afortunadamente a Hernshaw sólo le había enfermado una extraña combinación de zumo de calabaza, carne, nueces y chocolate que, sumado al exigente entrenamiento de quidditch, había revuelto su estómago de tal manera que su cara se había teñido de un verde insano.

Rose salió del vestuario de hombres luego de asegurarse que él se encontrara bien, y agradeció que no fuera nada grave. El partido se disputaría la próxima semana, y en nueve días un millón de accidentes podían ocurrir. Tal vez tuviera que implementar un plan de alimentación para el equipo. No, mejor un horario con indicaciones específicas de lo que podían hacer.

-Menos mal que no es nada preocupante –dijo Tickey de repente a su lado. Ella lo miró porque no sabía desde cuándo estaba allí-. Creo que será mejor terminar el entrenamiento. Dudo que podamos continuar con uno habitando en un retrete y otros dos tan asqueados, que parece que llegarán a lo mismo…

-Nunca he entendido a la gente que le dan ganas de vomitar cuando ven a otros haciendo lo mismo –se apoyó en la pequeña pared que dividía la entrada de los vestuarios de hombres y mujeres-. Estaba pensando en hacer un horario, con sus restricciones y…

-Oh, vamos, capitana –lanzó una carcajada, entrecerrando los ojos hasta que los tenía completamente cerrados-. La lección de la noche es dejar los entrenamientos para antes de la cena. Y punto, no se habla más del asunto… ¿Irá a la fiesta de Gryffindor?

A pesar de ser sólo un año menor, Tickey siempre la había llamado por el nombre de capitana y se dirigía a ella por "usted". Según él por respeto, y ella no había vuelto a reparar en ello porque le agradaba. Era el único en el equipo que le mostraba algo de seriedad cuando los demás la trataban como una amiga más.

Le dijo que no tenía opción, ya que su primo Albus como guardián de Gryffindor y organizador del evento, tenía que asistir.

-Pues parece que todo el mundo va a ir, a fin de cuentas –se rascó la nuca, suprimiendo un suspiro. Cerró los ojos un poco abatido -. Mañana tengo examen de Aritmancia… -Rose le preguntó si iría a la fiesta o descansaría para estar en buenas condiciones de rendir-. ¡Claro que no, capitana! Las fiestas de Gryffindor son de las mejores. No me la puedo perder.

-Te arrepentirías si mañana fuera nuestro partido de quidditch –sonrió-, pero no lo es. Haz lo que te parezca conveniente, Tickey.

Dentro de los vestuarios se escucharon algunas quejas y el sonido grotesco de alguien lanzando todo lo ingerido en un retrete.

Rose trató de tranquilizarse y suspiró. Le estaba empezando a doler la cabeza. Éste recién era el cuarto entrenamiento del año, y si estaba saliendo tan mal, entonces no podía ser un augurio positivo para el partido contra Slytherin. Habría que hacer milagros para revertir la situación.

-Rose… -dijo una de las cazadoras asomando su cabeza por la puerta. Tickey y ella se voltearon-. Creo que deberíamos llamar a la enfermera. Hernshaw ya está botando sus intestinos en el retrete y McVicar se encerró en el baño también a vomitar…

-Débiles –murmuró mientras sentía sus orejas enrojecer-. Tan débiles como unas mariquitas.

El entrenamiento se había ido al caño.

Dos horas más tarde, cuando Kate vio entrar a Rose en la habitación, supo que no sería fácil estar junto a ella. Y mientras se dirigían a la sala común de Gryffindor, constató el hecho al cien por ciento. No por nada la pelirroja le rugió a la gata del vejete de Filch cuando ésta las encontró subiendo las escaleras ya en las horas prohibidas de tránsito público.

-Er… ¿Segura que quieres ir? –preguntó la morena observándola, intranquila. Rose tenía el ceño fruncido y casi lanzaba humos por las orejas-. No te ves muy bien. Si quieres podemos volver…

-Dije que te acompañaría y lo haré –le cortó decididamente-. Además, me hará bien tomar cualquier tipo de bebida alcohólica.

Su amiga se contuvo de seguir el tema. Si Rose había sido capaz de ahuyentar a la gata de Filch, entonces es que de verdad tenía un humor de temer. Si no estuviera tan malhumorada, le recordaría lo que había pasado la última vez que bebió dos botellas de whiskey de fuego para hundir… ¿Cómo había proclamado la pelirroja? Ah, sí: "para hundirme en mi miseria por ser segunda. ¡Segunda ante Scorpius Malfoy!". Ella había terminado borracha, casi vomitando en la sala común de Hufflepuff porque Malfoy le había vuelto a ganar en los resultados del examen del primer semestre. Lo que era francamente absurdo, según Kate. Sólo a Rose se le ocurría decirle a Malfoy que le ganaría en todos los exámenes luego que él la corrigiera (aunque ella lo hubiera entendido como "humillándola") en el movimiento de la muñeca al efectuar un hechizo en Encantamientos.

Sin más interrupciones, llegaron a la torre de Gryffindor. Había varias personas en los pasillos y aumentaban en número al acercarse al retrato de la Dama Gorda. Algunas conversaban, otras parejas estaban en lo suyo y otros parecían estar tan borrachos, que empezaban a cantar desafinadamente las canciones de la década de los 90'.

Entre toda esa muestra de decadencia juvenil, Rose y Kate vieron a Albus junto al retrato. No estaba solo, notó con desagrado su prima, y su ceño pareció profundizarse aún más. Albus se hallaba en una situación comprometedora con su novia Julie Godiat.

-Ver la lengua de esa arpía sí que me enferma. Esta es una buena razón para que los del equipo vomiten, no por la cena… -comentó haciendo reír a Kate. Caminaron hasta llegar a su lado. La morena miró incómoda la manera en que uno de los hijos del asombroso Harry Potter revolvía el pelo de esa rubia artificial-. ¡Personas con moral llamando a Albus! –exclamó Rose sin importarle que algunas personas se giraran escandalizadas-. ¡Hagan alguna actividad solidaria con el mundo y por favor, detengan de intercambiar fluidos!

-Hola, Rose –Albus se separó de Julie, pero mantuvo uno de sus brazos por encima de sus hombros. No parecía molesto, aunque eso podría deberse a que ya estaba acostumbrado a la intromisión de su prima cuando estaba con Julie-. ¿Cómo estás, Kate? –preguntó más por formalidad que por otra razón.

-Estaría bien, pero acabas de darle una cita a San Mungo por daños irreparables –Rose enarcó las cejas, asqueada.

-Siempre tan amable, Rose –comentó Julie con una voz excesivamente dulce. Rose y Kate se preguntaban constantemente cuál sería el real tono de esa chica, porque alguien tan venenosa como ella no podía hablar con la textura de un algodón de azúcar-. Eres todo un encanto…

-Sí, claro –bufó, tratando de no prestarle atención-. ¿Puedes decir la contraseña, Albus?

-Nimbus 2000 –dijo Julie, rozando su nariz en la mejilla del chico, y éste sonrió, distraído.

-Gracias, Goliat… Oh, perdón Godiat –se disculpó haciendo un puchero. Kate se río mientras que Albus aguantó las carcajadas-. Por supuesto que no eres aquel gigante asesino. Eres muchísimo más… encantadora –finalizó imitando su tono letalmente dulce.

Con el retrato sin interponerse en el agujero, las chicas entraron dejando a la pareja discutiendo. Para la pelirroja fue una melodía escuchar a la novia de Albus replicarle por reírse del insulto que ella le había dado. Y no era para menos, ya que Rose odiaba a Julie Godiat. O Goliat, como le gustaba llamarla para burlarse. La chica iba a quinto y por una razón inexplicable seguía en Hogwarts, siendo que era tan sustancial como un tronco hueco. Llevaba seis meses saliendo con su primo y realmente era insufrible. ¿Qué le veía Albus a esa fulana?

-No puedo creer que siga con ella. Hasta tío Harry la detesta –comentó mientras observaban el ambiente de la fiesta-. Cuando ella le preguntó si Tom Riddle era sexy cuando era joven, no sé cómo él no le pidió que se fuera de la casa. Una de las peores vacaciones de verano que he tenido gracias a esa estúpida.

-Bueno… Tu primo parece que la quiere y no puedes hacer nada contra eso.

-Ése es el problema. Me encantaría hacerle una lista de las chicas que le convendrían. Y claramente, las teñidas que dejan sus raíces naturales a la vista no están incluidas. ¡Es tan grotesco su cabello!

La sala común de Gryffindor estaba atiborrada de gente. Podían estar presentes los estudiantes de todos los años de la misma casa y para las demás, se reservaba el derecho de admisión. Había que conseguir que alguien de Gryffindor te dejara entrar, sino, te quedabas fuera sin mucho que poder hacer al respecto. Y a pesar que los más pequeños ya se habían ido, porque sólo veían caras familiares de cuarto año en adelante, apenas se podía caminar.

Los muebles habían desaparecido y había unos cuantos sillones en la esquina en que Rose asumía que estaban normalmente los escritorios de estudio. Esferas de cristal encantadas flotaban en el techo, brillando de diferentes colores y proporcionando luces espectaculares al lugar. Y en el fondo habían dispuesto una larga mesa que simulaba la barra de un bar muggle, donde había algunos chicos de cuarto año sirviendo bebidas.

-Permiso –pidió Kate entre el grupo de personas que bailaban. Ella perseguía a Rose, que a toda costa quería llegar a la barra y no podía conseguirlo.

Había cientos de opciones, pensó Rose maravillada después que uno de los chicos le recitara los licores que tenían. E incluso podían prepararle alguno, aunque se demorarían más en tenerlo listo puesto que requería más elaboración que sólo dar una botella de tamaño personal.

Luego de preguntarle por qué se daban la molestia de ofrecer bebidas gratis, a lo que él dijo que se debía a la euforia y grandeza de la casa de los leones, pidió una botella de cerveza de mantequilla. Había que empezar con algo suave.

-¡Rose! –gritó Kate saliendo de la masa de gente, agitada. Llegó hasta su amiga y le tomó la manga de su blusa mientras se doblaba recuperando la respiración. Rose simplemente la miraba, confundida-. ¿Qué clase de amiga eres? ¡No me esperaste!

-Una que necesita emborracharse porque su equipo de quidditch apesta.

-¡Un tipo me tocó el trasero cuando trataba de venir aquí! –se quejó con las mejillas sonrosadas.

-¿Y por qué no le devolviste el gesto?

-¡Rose Weasley! –chistó, molesta.

-Vale… Haremos algo al respecto –el chico le entregó una botella de cerveza de mantequilla destapada junto a una servilleta. Le agradeció y le preguntó a Kate si quería algo. Ella negó con la cabeza, sonriéndole antes que éste se volteara a una niña de Hufflepuff que le gritaba al otro lado de la barra-: señálame al bastardo y nos vengaremos de él. Nadie toca el trasero de Kate Harrison sin quedar impune.

Ambas chicas se giraron para observar a la multitud que bailaba tan apretujada, que parecía un milagro que pudieran moverse, en el centro de la sala común. Rose bebió su cerveza de mantequilla, observando a cada hombre mientras Kate movía un poco la cabeza.

Sinceramente no sabía qué tipo de baile estaba de moda esos días. Muchos parecían succionar sus bocas en un amago de beso apasionado, lo que era francamente asqueroso. Para la misma gente que estuviera allí de verdad bailando, pasaban desapercibidos, pero los que estaban fuera del grupo los podían ver sin ninguna interferencia. A Rose le dieron ganas de gritarles que se fueran a alguna habitación o algo. La verdad siempre le había producido cierta incomodidad la demostración de afectos en público de una manera tan obscena. Un beso estaba bien, pero enrollar las piernas en un chico y que él te manoseé el trasero ante más de cien pares de ojos era un asunto completamente diferente.

-¡Mira, es él! –señaló Kate, y movió la mano varias veces-. ¡Ése es el desgraciado! –al no obtener respuesta de su amiga, la chica volteó el rostro para preguntarle qué le pasaba. Siguió hacia dónde se dirigía su mirada, la cual ya no estaba encima de las parejas que prácticamente pasaban al tercer aro, o tercera besa como le decían los muggles, frente a sus ojos-. Ay, no… -murmuró llevándose una mano a la cabeza, preocupada.

-¿Alguien puede emborracharse con tres sorbos de cerveza de mantequilla? –la voz de Rose era casi automática. Kate negó con la cabeza, aunque no era necesario que lo hiciera porque ella ya no la escuchaba-. Dime que no acabo de ver a Lily saliendo de aquí con Scorpius Malfoy.

-Bueno, podría decirse que…

-¡Mal nacido! –se puso de pie-. ¡Se las verá conmigo! –rugió con su mirada de banshee rabiosa.

Malfoy siempre había sido un misterio en la vida de Rose Weasley. Ya no era una novedad para todos en la escuela que la chica se volvía loca cuando el heredero de una de las familias más millonarias del mundo mágico aparecía irremediablemente en su camino. Y no de una manera odiosa, aunque Rose recalcara que así era. Scorpius Malfoy casi no le hablaba. Se llevaba bien con la mayoría; tenía pocos amigos, aunque era bastante popular entre las chicas de la escuela; tenía calificaciones excelentes… Muchos lo consideraban perfecto y ya nadie tomaba en cuenta el pasado de su apellido.

Todos excepto la primogénita del matrimonio de Ron y Hermione Weasley, héroes de la segunda guerra contra Voldemort.

Para Rose, Malfoy era un enemigo, su contrario. Su Némesis.

La alerta en su pequeña cabeza que le anunciaba peligro en cuanto veía a Malfoy chillaba en su cabeza como un molesto mosquito. Y parecía ser más punzante de lo usual porque Lily estaba involucrada.

Hacía algunas semanas le había llegado el rumor que su pequeña prima estaba saliendo con ése despreciable intento de ser humano. Como persona responsable y precavida, se aseguró que no fuera verdad porque interrogó al mismo Malfoy, quien le dijo que las pelirrojas no eran de su gusto.

Sin embargo, nada le aseguraba que él le hubiera dicho la verdad. Además, tampoco le había preguntado a su prima para cerciorarse y dar el caso por cerrado.

¡Por las casposas barbas de Merlín! Podía ser que ellos se rieran en su cara y realmente fueran novios.

De una forma casi sorprendente, Rose atravesó la sala común y corrió al agujero del retrato, que casualmente se encontraba abierto. Qué extraño era el destino cuando funcionaba así, como si alguien supiera que tenía que salir y hubiera hecho a un lado a la Dama Gorda.

La escena con la que se encontró fue más que repulsiva.

-¡Lily Potter, quita tus manos de ese vago! –gritó Rose caminando a zancadas hacia el otro lado del pasillo. Su prima saltó asustada y giró la cabeza-. ¡Aléjate de ese energúmeno!

-El único energúmeno eres tú, Weasley –dijo Malfoy a su lado observándola con una ceja arqueada-. ¿Cuál es tu problema?

-¿Que cuál es mi problema? –se plantó frente al rubio y se inclinó, amenazante-. ¡Pues que…!

La frase quedó en sus labios cuando se percató que Lily estaba a su lado observándola con los ojos abiertos como platos. A su lado. No delante ni detrás de Malfoy. A su lado.

Lentamente sus ojos se enfocaron en la joven que estaba tras la chica… Él que tenía una mano en la cadera de su prima no era nada más ni nada menos que Mark Nott, uno de los mejores amigos de su Némesis. Y por ende, no era nada difícil concluir que con quien se estaba besando Lily no era Scorpius Malfoy. Oh, claro que no.

-Pero, ¿qué clase de espectáculo estás ofreciendo? –se quejó la chica mirando a ambos lados, apenada. Todos observaban la escena entre atónitos e interesados-. Me estás avergonzando, Rose. ¿Qué te ocurre?

-Creí que te besabas con él –señaló a Malfoy con desdén.

-Claramente estabas equivocada –dijo enojada, pero manteniendo un nivel de voz bajo. Lily pocas veces gritaba. A pesar de sufrir momentos de gran humillación y vergüenza, sabía cómo manejarse en público-. Mi novio es Mark –luego lo miró-. Mark, ésta es mi chiflada prima Rose. Ahora, ¿podrías dejar de hacer el ridículo y dejarme en paz? –inquirió dirigiéndose nuevamente a Rose.

La alarma de Malfoy se había apagado de su cerebro, pero no todo estaba solucionado. ¿Acaso su prima creía que todo era tan fácil? ¿Y por qué estaba tan acaramelada con él?

-Mira, Lily –atrajo la atención de Mark y Lily. Su Némesis la miraba atentamente-. Que no se trate de Malfoy no justifica lo que haces –la boca de la chica se abrió para replicar-. No quita el hecho que estás saliendo con un Slytherin, amigo de Scorpius Malfoy. Es decir, que es casi lo mismo que ser novia de Malfoy.

-¿Cuál es tu problema? –preguntó Lily, casi horrorizada.

-En código de guerra, cometes alta traición familiar.

-¡Rose, estás loca!

-Y como soy la única familiar competente por aquí –lanzó una ojeada a Albus que parecía estar demasiado ocupado introduciendo su lengua en la garganta de la gigante Goliat al otro lado del pasillo-, es mi deber salvarte de caer en el pecaminoso camino de la tentación.

Lily fulminó con la mirada a Rose casi con la misma intensidad que la de banshee rabiosa de la mayor. Tal vez fuera de familia. Mark estaba quieto detrás de su novia y observaba con temor a la pelirroja de cabello ondulado. Y su Némesis simplemente observaba atentamente lo que ocurría, aún con la ceja arqueada adornando su blanquecino rostro.

-Bien, ya que hemos puesto las cartas sobre la mesa… –miró a Mark Nott tan seriamente que él tragó saliva como si su vida estuviera en peligro-. Dime la verdad, ¿qué le hiciste a Lily? ¿La drogaste? ¿Le ofreciste amor eterno a cambio que ella entregara su cuerpo? ¿O usaste magia oscura, eh? Vamos, confiesa.

Algo que podía asegurarse era que Rose Weasley no sabía dar primeras impresiones.

Bienvenido a la familia, Mark Nott.


N/A: Pues que por fin llegué con este fic. El año pasado publiqué "Aléjate de ella", que vendría siendo como una precuela, y muchos insistieron en que lo siguiera. En una reciente votación en mi perfil, ganó que mi próximo proyecto fuera éste. Así que acá me tienen arriesgándome con una historia larga de Rose, Scorpius; y la nueva generación de Hogwarts.

En cuanto al fic, no quiero que se hagan la idea que haré de esto un Draco/Hermione versión 2.0. Creo que sería un error, porque son personajes distintos y con personalidades diferentes. Me imagino a Rose más como su padre, y a Scorpius realmente opuesto a Draco.

Muchas gracias a Sango Hale por oficiar de beta. Sin ella, este capítulo sería un desastre.

Y espero recibir sus impresiones del capítulo. Ya saben que es la única manera de empujar a los escritores a mejorar y seguir. Sin su valioso comentario, realmente no podríamos hacer mucho… Además que dejar reviews, adelgaza. O al menos me lo digo para convencerme psicológicamente de ello xD.

Besotes y hasta el siguiente capítulo. ¡Chau!