Les presento este fic, es mi ultima creación y espero les agrade.

Ahora mismo no se que más que decir, sólo que lo escribí pensando en los años preparatorianos que tods hemos vivido o estamos por vivir ^^.

I

El dedo en la llaga

Ni aún después de muchos años de vivencias y recuerdos oxidados, ella olvidaría esa época de calurosos días de lecciones aburridas, cuando la vida aún empezaba, cuando estaba a punto de culminar su educación elemental y todo parecía tan nuevo…Aquel último verano en el bachillerato; ella preparaba su ingreso a la Universidad, lo recordaba, aunque en una memoria lejana.

Llevaban días fastidiándola y aturdiéndola con el repaso exhaustivo del reglamento interno de la sobria institución educativa, donde ella, junto con otras muchas jóvenes de sociedad, fue a quedar matriculada, siguiendo más que nada, una tradición, pues la mayoría de ellas, eran sucesoras y descendientes de damas que se habían graduado de aquella academia para señoritas (donde, comúnmente eran educadas para ser vendidas en matrimonio por una buena cantidad de libras), y que la modernidad había transformado en un muy disciplinado bachillerato, o al menos eso creían las prefectas, profesoras y demás matriarcas a cargo.

Al medio día, después de la hora del almuerzo, sentada a una de las grandes mesas de la biblioteca, recostada sobre un volumen con las obras completas de Shakespeare, apoyando la mejilla en el segundo acto de Los hidalgos de Verona, ella se perdía en los recuerdos de lo acontecido horas antes, aún martilleaban en sus oídos las necias palabras de la señora directora; pero no lograba recordar vocablo alguno, sólo martilleos molestos, como el zumbido de un montón de moscas sobre un animal muerto, como el claxon de los autos atascados en las avenidas de la ciudad. Fue todo lo que escuchó en la oficina, mientras que contenía la risa, al recordar cómo había ganado la batalla campal contra una de las Bardsley, haciéndola casi tragar el corbatín, pero sobre todo, ella estaba recordando la imagen, el tierno rostro retratado y colocado en la pared, donde destacaban las fotografías de las ex alumnas más notables de la institución, y porque entre todas ellas, estaba la fotografía de su madre.

-¿Cómo hiciste para sobrevivir a este lugar, mamá?- le decía la rubia jovencita al retrato, paseando los dedos sobre él, como si en verdad fuera a escucharla o a sentirla.

-¡Lady Hellsing! Haga favor de pasar, la directora la espera- le llamó la secretaria personal de la señora Philiphs.

Ella se levantó de la codera del sillón y fue meneándose con indolencia hasta el despacho, donde, por casi media hora, escuchó todo acerca del quebrantamiento a las normas de etiqueta y la disciplina de la institución; pero, es que no se podían tener normas de etiqueta cuando de imponer respeto se trataba, y mucho menos para alguien como ella, ¡mucho menos para alguien como sir Integra Hellsing! Porque óiganlo bien: ella, "que a la misma edad de otras que ni siquiera saben escribir bien su nombre; que siendo una mujer, una pequeña, había sabido tomar las riendas de una institución, y poner a raya a los hombrezotes, y ser jefe y comandante y tener el suficiente carácter para mandar, cuando, las otras de las que ella estaba rodeada, ¡no eran más que un montón de ineptas, niñas mimadas, cabezas huecas, buenas para nada! Pero es que le tenían envidia, es que no la soportaban porque ella no estaba a sus niveles, ni tenía la cabeza llena de humo, ni tiempo para andar de tontería en otra, besuqueando tipos, maquillándose y vistiéndose como si se fuera a prostituir en un burdel de ínfima. Lo que pasaba, era que no toleraban que ella, a diferencia de las otras, si pudiera decir y hacer algo trascendente, no como esas meretrices baratas que no dirían algo inteligente ni aunque su vida dependiera de ello…pero ya se podría ir al diablo la Felton, la Whindham, las Bardsley, la Collins y toda esa cofradía de víboras amaestradas…."

-¡Basta señorita!- exigió la directora, dando un manotazo en el escritorio, haciendo callar el discurso de la envalentonada heredera -¡¿Hasta cuándo va a seguir dando problemas?!

Ella no contestó a la pregunta, porque: "si no era ella la que se buscaba los problemas, eran ni más ni menos que las demás, ¡siempre las demás que no la dejaban vivir tranquila!"

-¡¿Y qué forma de portar el uniforme es esa?!- preguntó la señora Philiphs, barriéndola con la mirada y observando su falda de tablones arrugada, sus calcetas mal puestas; sus toscas botas mineras; su blusa arremangada hasta los codos, desabotonada más abajo del área de los senos, que asomaba una camiseta con un logotipo de los Rolling Stones; el corbatín rojo mal acomodado; el suéter atado a la cadera; las muñecas llenas de pulseritas hippies, un reloj de hombre y un brazalete de cuero. Eso sí, la única joya ortodoxa que llevaba, era la cruz de plata de su padre. No usaba maquillaje (nunca dominó esa habilidad), no se adornaba el cabello con listones, ni se hacía coletas, sólo usaba la melena rubia, peinada con una raya al costado y esparcida en los hombros. Esa era la alumna indolente y mal sentada en la silla, espalda en declive, brazos y pierna cruzada, que desde hace rato volvía loca a la educadora con el rumiar de una goma de mascar tipo americana que daba vueltas en la boca de la señorita a quien la directora estaba a punto de hacer desalojar, pues al reclamar su indumentaria por demás inaceptable, ella sólo sonrió de manera cínica, relajando aún más su cuerpo y haciendo una burbuja de goma de mascar que se le tronó escandalosamente sobre el rostro.

Entonces la señora Philiphs perdió la poca paciencia que le quedaba, se levantó, azotó sus manos sobre el escritorio y echó a gritos a la muchacha, que se puso de pie sin dejar de sonreír, para salir caminando lentamente, mientras escuchaba que tenía que asistir toda una semana al departamento de detención estudiantil y que allí se quedaría hasta las cuatro de la tarde.

-¡Voy a avisar a tu casa, Hellsing! ¡Voy a reportarte ahora mismo con tú…!- paró de hablar en seco la directora, al recordar que la niña era huérfana y que ella, precisamente ella, era la ama y señora de su hogar.

-¿Con mi mayordomo?- preguntó ella, cruzada de brazos, antes de salir.

-¡Pues sí! ¡El señor Walter O´Dornez! ¡Él me escuchará y sabrá que te quedarás castigada una semana entera!

-Como quiera- se encogió de hombros sin preocupación- llámele todo lo que desee, al fin y al cabo no está… "Ayer en la tarde se fue a Sudamérica, otra vez se fue a esa condenada parte del mundo…no me da explicaciones, no sé qué busca allí, Walter… ¿Por qué no me dices nada claro al respecto?"

-¿Cómo que no está? Entonces, ¿estás sola en casa?

-No, están conmigo las doncellas de servicio y mi guardaespaldas, pero eso no es su problema…

-¡Sal de mi vista ahora mismo! ¡Y de todas maneras hablaré! A ti no he de creerte nada…

La muchacha sólo se encogió de hombros y se marchó.

Quince minutos más tarde, la señora marcaba el número telefónico de la Mansión Hellsing. Detrás del auricular escuchó una seria, elegante y grave voz masculina que le atendió y escuchó la queja.

-Sí…sí claro, sí señora, sí, ¿cómo dice? …"incorregible, indisciplinada, rezongona, se viste como marimacho, no entra a las clases, se la pasa fumando en los pasillos"…ahh, ¡usa la falda demasiado corta!, ¿Qué va contra el reglamento?...No, no lo sabíamos… ¿Hasta qué horas se va a quedar castigada?... ¡¿todos esos días?! ¿Pues qué fue lo que hizo?... ¿cómo?… ¿qué golpeó a una de sus compañeras? Ah….pero, pero…sí, sí entiendo, "no es la primera vez". Sí, sí, tendremos más disciplina con ella, sí…sí señora ya le entendí… ¿Qué con quien tuvo el gusto? ¡A usted no le dio gusto hacer esta llamada! Se oye muy alterada, mejor cálmese…No, no, no, él no está, se fue de viaje…yo, yo…sólo estoy de visita, soy….un tío que casi nunca viene, ¿qué usted sabía que ella no tenía familia? Bueno, eso de no tener es entre comillas, ¡sí, sí! Ya sabe cómo son estos muchachos, ¡todo lo exageran! Ah… ¿Qué quiere hablar conmigo en persona? Pero yo… ¿está misma tarde? Pero…

Entre pretextos de más y de menos, la señora Philiphs logró convencer al desconocido de elegante y varonil voz, (que decía ser un tío lejano de la señorita Hellsing), a que asistiera a la escuela. O al menos eso creía la educadora, pues el dichoso caballero sólo estaría siguiendo la broma que inició cuando levantó el auricular del teléfono y atendió la llamada; nada más por la simple curiosidad de saber cómo se comportaba la señorita de la casa, su ama, en las horas de escuela.

Después, la joven rubia llegó al comedor para la hora del almuerzo. Lady Hamilton, lady Parrish y lady Marshall, habían estado apartando un asiento en su mesa para ella. Esas tres muchachas constituían sus únicas amistades en todo el plantel, el resto, o le temían demasiado para acercársele o la ignoraban lo suficiente para no dirigirle la palabra. Pero la "cofradía de víboras", ese grupo de selecta ponzoña londinense en verdad la odiaba. La pandilla era encabezada por lady Bardsley, prima hermana de un tal Conrad con el cual hubo una disputa en cierto baile intercolegial de primavera…De eso, ¡ella ni quería acordarse! Ahora sólo pensaba en las palabras de Isadora Bardsley, esas palabras llenas de veneno que le ganaron un ajuste de cuentas en pleno pasillo.

Cuando llegó al comedor, fue recibida por las tres amigas que poseía, las cuales le pidieron que les contara todo lo que había pasado en la oficina de la señora directora. Habiendo saciado la curiosidad de sus compañeras, la joven terminó de desayunar en silencio. Después se dirigió a la biblioteca para sus horas de estudio reglamentarias y el adelanto de los deberes de historia, política, ciencias, francés, algebra, literatura.

─A veces no sé porque nos hacen estudiar tanto─ se quejaba amargamente lady Hamilton- después de todo, la mayoría de nosotras terminaremos casadas con algún hombre importante, tan sólo sirviendo de su adorno, ¿va a valer de algo todo lo que nos obligan a aprender en esta prisión? Yo no seré como mis hermanos, ellos heredaran, yo me desposaré, pero… ¡Si tan solo pudiéramos casarnos por amor!

-¡Otra vez "la burra al trigo"! Tú te casarás con quien te digan y punto- recibió un regaño por parte de lady Marshall

-Y, ¿qué piensas de esto, Integra?

-Yo… ¡yo no me voy a casar nunca! No me pueden obligar…

-Pero ya tienes pretendientes- señaló lady Marshall- sabes que varios suspiran por ti.

-Qué suspiren todo lo que quieran…ninguno me interesa, no estoy para esas cosas.

-Ah pero, ¡ni que fueras de roca! Mira, no lo niegues, alguien te debe gustar, por ejemplo ese guardaespaldas tuyo, ¡ese que vive en Hellsing Manor!

-Sí, sí, ¡yo lo he visto! La vez pasada que fui a hacer los deberes contigo. Déjenme que les cuente- toda la atención de las demás se concentró en Blair Hamilton- estábamos a la mesa de jardín que hay debajo del viejo castaño; estaba anocheciendo, serían como eso de las seis, cuando sin saber cómo ni donde, apareció él, todo vestido de negro…pero, ¡ya saben que es guapísimo! ¡Yo me quede con una cara de boba que no pueden imaginar! Pero eso no es todo… sino que a ella (señaló con mofa a Integra) le dijo… ¡mi ama! "Buenas noches, mi ama", y le hizo caravanas, ¡como si fuera un esclavo o algo así! ¡Imagínen nada más! Vaya, ¡qué envidia!

-Sí, ¡qué envidia! Si vieras a los criados de mi casa…todos tan enjutos y feos.

-¡Si yo tuviera un sirviente así en mi mansión!

- Pero ¡¿por qué nunca nos hablas de él?!

La aludida levantó la mirada con aburrimiento e indiferencia, y tratando de aplastar los ánimos de sus condiscípulas, dijo con total desenfado:-¿Qué habría que hablar de él? Es tan sólo un sirviente.

-Ah, ¡pero qué sirviente! Dime de donde lo sacaste para que le diga a papá que vaya a esa agencia…

-Jajaja- rieron a coro las niñas.

-Ahora nos va a decir que no le gusta….

-Que no se ha dado cuenta que ese "criaducho" suyo está hecho un auténtico mango…

-¿Vas a admitir que no te cosquillea la panza cuando lo ves?

-No sé de qué hablan…

-¡¿Acaso eres de piedra?!

-O eso, o en una de esas, resulta verdad lo que la Bardsley dijo…

¡Zas! No pudo haber sido peor, en medio de sus bromas y juegos, lady Marshall puso el dedo en la llaga. No era su intención molestar, lo dijo sin pensar, pero Integra no estuvo de acuerdo…Sus tersas mejillas comenzaron a enrojecer de rabia, apretó los puños y los labios; entonces frunció el ceño como sólo ella sabía hacerlo, de un golpazo cerró el gran libro de Obras completas, tomó su mochila al hombro y el volumen en los brazos, bufando se levantó de la silla, caminando con grandes zancadas se alejó no sin antes voltear y decir:

-¡Que estúpida!

Dejando boquiabiertas a sus tres amigas, que al verla alejarse para salir del recinto sólo se voltearon a mirar entre sí, pero despreocupadas como eran, se encogieron de hombros y rieron:"¡Que genio tiene! Aunque ya se le pasará ", fue el comentario en común y terminaron de hacer los deberes chismeando de otras cosas.

Después del mediodía, Integra ya se dirigía al departamento de la escuela donde había de cumplir su "condena", pero la verdad era que no se arrepentía ni un poquito de lo que había hecho y que si pudiera lo haría de nuevo, tal y como se lo hizo saber a la prefecta que la recibió, que firmaría sus papeletas de detención y que le interrogó acerca de los motivos que tuvo para agredir físicamente a una de sus compañeras. Pero luego de rezongar, terminó, junto a otras muchachas del primer grado a quien no dirigió ni una palabra, sacudiendo borradores y limpiando ventanas…"¡Esto es tan humillante!", pensaba, "¡¿cómo es posible que me hagan esto a mí?! ¡A mí! A Sir Integra Hellsing… ¡tontos, estúpidos! Como si esto fuera a darme una lección, ¡tengo mejores cosas en que pensar, que hacer y en que ocuparme! Yo estoy salvando a mi país y estos quieren que me haga cargo 'de las tontas reglas de esta institución'

-¡Sí cómo no!- no pudo evitar pensar en voz alta, mientras lavaba de mala gana su octavo vidrio, sus compañeras de castigo se volvieron a mirarla, pero ella sólo desvió los ojos y continuó con su trabajo.

-Está vez ni siquiera me tomaré la molestia de enviarte con la psicóloga- le dijo la prefecta, y es que Integra ya había agotado ese recurso.

Otras veces la habían enviado con la doctora Miller para que la ayudara con sus problemas, pero Integra cooperaba tan poco, que la especialista se dio por vencida luego de unas cuantas terapias frustradas, en las que ella sólo se acostaba en el Diván de Freud, se remolineaba un poco y luego le daba la espalda, fingiendo estar dormida.

Sólo en una ocasión, la doctora Miller logró un acercamiento, haciendo uso de toda su paciencia de profesionista joven y comprensiva.

-Integra, ¿cómo te sientes en esta escuela?

-Mal, ya se lo dije.

-¿Por qué? ¿Te sientes fuera de lugar?

-Sí, la verdad es que sí. ¡Yo soy distinta a todas las demás!- expresó con un dejo de amargura.

-¿De verdad? ¿Por qué dices eso?

-No… ¿por qué me pregunta eso? Como si le pudiera decir…

-¿Qué es tan malo que no puedes decirlo?

-Nada, de eso no le puedo hablar ni a usted ni a nadie.

- Esta bien, no hablaremos de eso si no quieres, pero, ¿cómo te va con el resto de tu vida? Eres una jovencita tan linda que imagino que debes tener otros intereses; amigas, reuniones, ¡un novio tal vez!

-¡No! De eso nada, ni pensarlo.

-¿Por qué? ¿Ha sucedido algo malo con eso?

-Nada malo, ni nada bueno.

-¿No existe alguien que te inquiete? ¿Qué te guste? Es normal en niñas de tu edad, así que no hay nada de qué avergonzarse.

"Que me inquiete y que me guste", pensó un momento, "tenía que ser…es algo tan terrible lo que me está pasando… ¿por qué tenía que ser él? Todos lo reprobarían y él, estoy segura que se moriría de la risa; después de todo, para él sólo debo ser una niña, ¡una niña tonta!".

Era verdad, el descubriendo de su corazón de mujer le atormentaba tanto como en su momento lo hizo el descubrimiento de su propio cuerpo. Jamás olvidaría la mañana de desesperación en que despertó sumergida en la incomodad y el calor de una pasta negruzca que fluía por en medio de sus piernas, batiendo sus pantaletas, manchando su camisón y cundiendo a través de sus sábanas blancas. No lo pensó dos veces antes de dar un alarido de rabia, de mirarse con repugnancia y saltar de la cama haciendo bola la ropa de cama.

Para estar a solas y evitar a los intrusos, corrió a cerrar su puerta con doble seguro, a quitarse las prendas manchadas y a correr al baño para meterse a la ducha, dejando caer su ropa arruinada bajo el agua caliente. Sobre su piel desnuda resbalaban las gotas de agua, pero entonces, vio que está se teñía antes de tocar el suelo e irse por la coladera. Apretando los ojos, se llevó la mano al pubis y al abrirlos, vio sus dedos llenos de sangre caliente, bajó la mirada y vio como el resto del espeso líquido se escurría a través de sus piernas junto al agua antes diáfana, entonces comprendió que la peor parte de la pubertad ya la había alcanzado.

Sobra decir que sintió enojada y avergonzada, y que en toda la mañana no salió de su habitación, negándose incluso a asistir a clases. Sola, bajo llave, se desesperaba tratando de controlar la hemorragia, y como no poseía ningún recurso para esos percances de la feminidad, no tuvo más remedio que pedir ayuda, pero no quería que viniera de Walter, así que el viejo mayordomo mandó a una doncella de servicio para que ayudara a la ama. Él comprendió lo que le estaba pasando, cuando ella dijo, "¡No entres, no puedes ayudarme, no con esto!"

Horas después, cuando la doncella de servicio le llevó lo necesario, Integra se atrevió a salir, sin peinarse ni levantar la mirada, con la cabeza baja, vestida con un enorme suéter que le llegaba hasta medio muslo, y unos pantalones oscuros. Pero Walter no hizo ningún comentario al respecto, sólo le dio los buenos días y le sirvió el almuerzo que ella comió despacio en la mesa de la cocina, sin emitir sonido alguno.

Después, como terribles dolores en el vientre la atormentaran, tomó un analgésico y se fue a refugiar a su despacho, a tumbarse en un diván. La verdad era que quería morirse, antes que pasar la vergüenza de que alguien se fuera a dar cuenta, y ella, ¡tan solita en una casa llena de hombres! Sin una madre o una hermana a quien participarle sus inquietudes, porque desde la estreches de sus catorce años apenas cumplidos, sólo podía sentirse completamente sola.

En esa ocasión, como cuando intentó maquillarse o depilarse las cejas por vez primera, y terminó con una hinchazón de parpados, y ojos enrojecidos por el escurrir de unas lágrimas casi involuntarias, odió con todas sus fuerzas ser mujer, y tener que cuidar de esos detalles tan minuciosos; odió tener que lidiar con el crecimiento diario y progresivo de sus senos, que ocultaba jorobándose y usando playeras talla XXL; con el ensanchamiento de sus formas y las sorpresas que toda metamorfosis reserva.

Y ahora, tenía que aguantar castigos como esos, muriéndose por el calor del verano, en un aula sin aire acondicionado, con las manos hartas del detergente y la franela con la que tallaba vidrios hasta hacerlos rechinar.

En el sopor de las dos de la tarde, pensaba en él (como lo haría por el resto de su vida). En medio de su faena, no podía evitar poner su mente en él y en lo que le hacía sentir, porque a pesar de todas las cosas sobrenaturales que ella había visto, no podía sobreponerse al recuerdo perturbador de hallarlo en ese viejo sótano. Ese vampiro tenebroso, que fue un ser macilento y oculto bajo cadenas, con la piel ajada y los cabellos en hebras plateadas, lo que apareció ante ella cuando esperaba "un caballero con armadura para defenderla". Tan pequeña y tan insignificante se sintió, que eso añoraba mientras corría por el estrecho pasillo del bunquer, como toda niña; un gallardo caballero que la salvara. Y la sorpresa de su hallazgo la sobrecogería para siempre. Pero tenía que disimular la sensación de bienestar que le provocaba su oscuro centinela, lo reconfortada que se hallaba al saberlo siempre a su lado, y en esos años, en que la atractiva imagen de él ya formaban parte de sus fantasías de adolescente y sus deseos de mujer, ¡tenía la obligación de disimularlo aún más!

"¿Cómo va a ser? ¡Yo soy una cazadora, él es un vampiro! ¡¿Cómo podría ser?! ¡Me voy a ir al infierno de sólo desearlo!" Eran sus pensamientos de ese momento y de cada noche antes de acostarse; después de sus oraciones, su mente se desviaba a él; a sus felinos y bermejos ojos; a su mirada incesante; a su voz de trueno; a su cuerpo deseable; a su fragancia de cedro y ámbar… ¡Y de sólo pensar en estar junto a él! Cuando acaso, sus pieles llegaban a rozarse por algún motivo, ella sentía que en su estómago se cavaba un abismo y que su carne se volvía un hormiguero…Por eso, por eso y por otras razones más, sólo una vez, sólo una ocasión, Integra le hizo una pregunta a la psicoanalista:-¿Es malo enamorarse de un hombre mayor?

La señorita Miller la miró atentamente y sonriendo con comprensión dijo: -Malas son las cosas que nos hacen sentir mal. Me haces esa pregunta porque en el fondo sabes que puedes salir lastimada, idealizando a un hombre mayor. Pero no hay nada de qué preocuparse, mira; la perdida de tu padre, ha hecho que inevitablemente busques un reemplazo de la figura paterna. Infatuándote de ese caballero que me comentas, inconscientemente buscas la protección de hombre con experiencia y madurez pero te aseguro que después de un tiempo, dejarás de sentir ese supuesto amor y hallarás nuevas emociones en algún muchacho de tu edad…

Integra miró a la doctora con sus azules ojos muy abiertos y entonces se arrepintió de haberle hecho esa pregunta; también comprendió que la doctora jamás entendería el porqué de su inquietud, pero lo que no olvidaría, sería la frase acerca de la pérdida de su padre y de su constante y permanente búsqueda de amparo. Pero fuera de ello, la doctora no había entendido un comino, y a los muchachos de su edad, ¡que ni se los mencionaran! Así que dando las gracias, se fue del despacho de la señorita Miller, y jamás volvió consultarla.

"Muchachos de mi edad, ¡sí cómo no!", pensaba ella, al momento de comenzar a sacudir su primer par de borradores, "¡Suficientes problemas me acarrean, los muchachos de mi edad!" Para ella, ninguno como aquel en quien pensaba y creía amar sin desear confesarlo, aquel que esos momentos, reía consigo mismo, pensando ya, en dejar la Mansión Hellsing, para ir en busca de su ama, fingiendo ser un respetable tutor, citado por la señora directora del colegio.

Integra estaba muy, pero muy ajena a lo que iba a pasar esa tarde, así que, cansada de aspirar el polvo de tiza, dejó de sacudir los borradores y se quedó mirando al vacío; asomada por la ventana de ese tercer piso, volvió a acordarse de esa, de esa noche de primavera y gala: "¿Por qué fui a ese estúpido baile? Además, ¿yo que carajos estaba haciendo allí? No sé por qué me dejé convencer…¡como si no hubiera tenido nada mejor que hacer!…"

Habiendo decido no sacudir, ni lavar un objeto más, dejó que el resto de su castigo se consumiera, repasando en su mente, esa insigne noche de viernes en que asistió a un baile…

Continuará...