POR LA MAÑANA

Hoy me levanto temprano, no puedo dormir. Me dirijo a la cocina. Huele a café. Kaori ya se ha levantado, como de costumbre ella se ha levantado mucho antes que yo, incluso hoy, estoy seguro. A veces me parece oírla merodeando por el piso de abajo, alguna vez también la he oído subir al de arriba, pero sólo por un momento. Abro la puerta y me la encuentro enfrente, sólo que de espaldas a mí. No puedo evitar fijarme en su atuendo, una camisa, eso es todo. Una camisa que apenas le cubre los muslos. Y la recorro de arriba a abajo con la mirada antes de que se dé cuenta de que estoy allí. Entonces ella se da la vuelta y me ve.

—¡Ryo! —exclama, deliciosamente sorprendida.

Ahora puedo ver que la camisa no está abrochada totalmente y por su escote asoma parte de las curvas de sus pechos.

—¡Qué susto me has dado! —prosigue— ¿Cómo es que te has levantado tú solo?, aún es temprano.

—No podía dormir.

Ella vuelve a la mesa a terminar su desayuno.

—¿Quieres desayunar?

—Mm, sí.

Sin decir nada se levanta de nuevo para traerme una taza. Y otra vez puedo observar sus piernas. Tampoco lleva nada en los pies. Me pregunto si llevará algo más debajo de esa camisa.

Le agradezco la taza y el café que me sirve. Le respondo que no cuando me pregunta si quiero tostadas. Mi mente se divierte pensando en otra excusa para hacer que se levante una vez más. Realmente tengo una mente calenturienta. Está terminando, se acaba el café, y después del último bocado se lame los dedos de mermelada y migas de pan. Yo no puedo apartar la vista de sus dedos y sus labios, deseando lamerlos yo mismo. La miro por encima de mi taza mientras tomo el primer trago, al que le sigue el resto casi de una.

Kaori recoge la mesa con diligencia.

—¿Seguro que no quieres nada de comer?

No tienes ni idea de lo que ahora mismo querría comerme.

Niego con la cabeza y me levanto también. Me alegro enormemente de haber aprendido a refrenar mis impulsos y mi imaginación, porque el momento se me antoja de lo más erótico posible. Ella y yo en la cocina, semidesnudos, y con una mesa justo delante de nosotros con espacio suficiente para tenderla sobre ella, arrancarle salvajemente la camisa y demostrarle lo que mi boca es capaz de hacer sobre su cuerpo.

—Bueno, como quieras. Yo voy a vestirme.

Sí, claro. Supongo que encontrarías extraño si te sugiriera que hicieras todo lo contrario, ¿verdad?

Ella desaparece por la puerta. Y yo vuelvo a desplomarme sobre una silla, y resoplando me tomo la cabeza entre las manos. A veces es hasta gracioso que ella no tenga ni idea de las reacciones que provoca en mí.