Sex Therapist

By: Mussainu


Disclaimer: Ranma ½ sigue perteneciendo a Rumiko Takahashi pero la historia sí es mi autoría.

Advertencia: Apto para +16. Este fic contiene escenas del tipo Lemon (sexo explícito)y Lime (sexo implícito), así que si no te gusta, recomiendo no sigas leyendo. Es probable que encuentren un cierto tipo de OoC en algunos personajes, muy ligero.

Resumen: Hay psiquiatras, psicólogos y terapeutas que se encargan de los problemas de la mente. Pero, ¿Qué hay de los problemas sexuales?


I –

Si sus cuentas no fallaban, y según su calendario parecía que no, llevaba ya 4 años, 5 meses y 9 días desde su última cita. Ni para que hablar de un noviazgo. Para empeorar las cosas, el 14 de Febrero, día reconocido como el de los enamorados, estuviera a solo 3 días de distancia. El olor de las flores, chocolates, perfumes, chocolatinas, pasteles decorados especialmente para ese día llegaban a ser especialmente insoportables. Lo irónico en esto era que ella trabajaba en una tienda especializada en esas cosas, no exactamente en el 14 de Febrero, pero sí vendían eso todo el año.

La ironía atacaba de nuevo y esta vez cobraba la vida de una inocente.

Era prácticamente incontable el número de muchachitas, en su mayoría, las que acudían a la tienda en busca de un regalo perfecto para sus enamorados, los que querían que lo fueran o las que simplemente esperaban un buen regalo en el "White Day" (1). Risitas nerviosas por aquí, cuchicheos en cada esquina, empujoncitos amistosos que significaban un poco de apoyo para alguna amiga indecisa. La escena podría haberse llegado a categorizar como perfecta de no ser porque ninguno de esos presentes era para ella. ¿El karma estaría vengándose de ella por aquella vez que tuvo que rechazar al extraño, y no en cualquier pequeño buen sentido que hubiera de esa palabra, de Gosunkugi? O ¿Era por esas constantes ocasiones en las que Kuno, de una manera nada convencional o educada, le pedía, si es que gritarle que la amaba se le podía decir así, que si quería salir con ella? El destino no podía ser tan cruel como para castigarla por eso. Eso se llamaba injusticia karmika.

Una jovencita con una caja llena de chocolates decorada en el frente con "Eres el amor de mi vida", y un pequeño corazón de caramelo en la otra mano esperaba a que le cobraran para entonces poder ir a casa a envolverlos. Detrás de la primera clienta venía una aparentemente larga fila de compradoras. El día de San Valentín era una cosa bella, si es que tenías con quién compartirlo. Bien podría aceptar de buen modo una cita con Ryoga para que ninguno de los dos pasara el día solo, como ya habían hecho varias veces, de no ser porque él ya tenía con quien pasar la romántica velada.

No toda su vida había estado así, en una deprimente vorágine de pensamientos aún más deprimentes. Cuando era más joven, hacía uno años prácticamente, tenía, literalmente hablando, a decenas de muchachos tras ella. No era una cosa bonita de ver pero por lo menos le hacía sentir un poco deseada. No había salido con ninguno de ellos. Fue hasta la Universidad cuado empezó su vida romántica; aunque no hubiese sido buena idea empezarla con su maestro de literatura que, para empeorar las cosas, estaba casado. Ella no pensaba mantener una relación a escondidas, por lo que le dio la opción de terminar un matrimonio que según él no funcionaba. Él no quería tener la mala reputación de un hombre divorciado y honestamente no creía que una relación con una estudiante 10 años menor que él fuera a funcionar. Terminaron la relación cuando todo se hubo aclarado. Esa había sido su primera y última pareja verdadera.

¿Qué es lo que había cambiado? Eso mismo quería saber. No se había cerrado a la posibilidad de encontrar al amor; solo que no esperaba que llegara en un corcel blanco con armadura brillante u un enorme anillo de compromiso. Ella tenía un concepto más realista, y práctico, del amor, o mejor dicho, de su príncipe azul. Quería simplemente a un hombre honrado, fiel, que la quisiera y, sobre todo, soltero. No era mucho pedir, y sin embargo, ahora se encontraba rogando por una cita con Ryoga. Buen muchacho, aunque un tanto despistado.

—Te digo que deberías de hablar. –comentaban entre sí un par de mujeres en la fila. —No puedes perder nada.

—Sería demasiado vergonzoso.

—Tonterías. –le reprochó la mujer que la acompañaba. —No eres la primera y, créeme cuando digo esto, que no serás la última.

—¿Y qué se supone que le diga, eh? ¿Soy un fracaso en el amor y cada hombre que conozco corre después de unas cantas semanas conmigo? ¿Qué mi vida… sexual –susurró lo último– es un asco y que dejé de ser virgen casi por suerte?

—Precisamente. No exactamente como me lo relataste, pero por lo menos dar una explicación del porqué hablas.

—No lo puedo creer. Nunca podría hablarle, y mucho menos para quejarme con alguien que no conozco para que me de un consejo. No estoy tan desesperada.

—Pero lo estás. Aunque sea solo un poco.

Rebuscó en su bolso de mano encontrando una tarjetita. Extendiéndosela a la otra mujer que dubitativamente la tomaba. No la puso en su bolso de mano porque pensaba que eso sería demasiado. No quería que ese objeto sucio entrara en contacto con sus cosas porque consideraba, de una manera demasiado infantil, que era como si entrara en su mente. Tan ofuscada se encontraba por el simple hecho de haber aceptado esa tarjeta, que ni cuenta se dio de que la tarjetita no entraba por completo al bolsillo de su pantalón, deslizándose lenta y silenciosamente al suelo. Entre tantos pares de pies era casi imposible que no lo patearan o pisaran, por lo que quedó debajo de un escaparate lleno de tortas de diversos sabores y decorados. Nadie se dio cuenta. Al acercarse a la caja registradora dejaron de comentar sobre ese dichoso papel. Suficiente era tener que hablar a un lugar como ese, así que mientras menos personas lo supieran, mejor.

Con la proximidad del día de San Valentín las ventas se multiplicaban, como también lo hacía el trabajo, siendo ella la única que trabaja ahí desde que Haruka tuvo que irse porque se iba a casar. No había día en que no terminara exhausta. Y por la noches solo deseaba llegar a casa, que convenientemente se encontraba encima de su establecimiento. Bendita fuera la corredora de bienes raíces. A pesar de llegar cansada, esto tenía una buena cara; podía dormir durante horas sin tener que pensar en los infortunios de su escasa, por no decir completamente nula, vida romántica. Dar vueltas y vueltas por la cama no era su definición de una buena noche de descanso y sueño reparador.

Puesta toda la basura en el contenedor que iría afuera para que el camión la recogiera faltaba solamente barrer debajo de los anaqueles y entre las vitrinas para entonces ya poder cerrar. Como era de esperarse, la tarjeta olvidada salió a la luz. No había nada fuera de lo común en ese rectangulito de papel blanco, pero había algo en el que le llamó la atención. Una sola frase escrita en tinta roja.

—¿Sex Therapist? –volvió la tarjeta al reverso. Solo había un número telefónico escrito con la misma tintura roja.

¿Un terapeuta sexual? ¿Quién, o mejor dicho qué, era un terapeuta sexual? Seguramente algún pervertido que se aprovechaba de la inocencia e ingenuidad de alguna jovencita. ¿Quién podría llamarle? Como un rayo de luz mental, un inesperado recuerdo la iluminó. Esa misma tarde un par de mujeres había estado hablando sobre eso. ¿Sería que alguna de ellas había llamado? Como no había prestado mucha atención, cosa de la que se arrepentía ahora, no pudo escuchar toda la conversación. De los pocos fragmentos que había captado fue que la persona a quien se le hacía llamar Sex Therapist, en realidad ayudaba a solucionar problemas con las personas que carecían de pareja o que encontraban casi imposible el obtener a alguien.

¿Sería que el destino le ofrecía una oportunidad para volver al mundo romántico? ¿Debía marcar ese número iluminado por un seductor tono rojizo? Y si lo hacía, ¿entonces qué? No podía hablar como si nada de se vida privada con un completo extraño. Pero, entonces la desastrosa soledad volvía a recordarle que no había tenido a nadie, en ningún sentido, desde hacía 4 años, 5 meses y 9 días.

Si decidía llamar a ese susodicho terapeuta o no, era su decisión, y era por eso que nadie debía de saber para que no tuviera ningún tipo de influencia en su decisión final. Además, como diría que iba a ver a alguien de ese estilo. No era algo que uno podía decir en una conversación entre café y galletas. Guardó la pecaminosa tarjeta en el bolso y cerró el local por ese día. Mañana sería aún más ajetreado por lo que necesitaba dormir más.

Sin nadie esperando en casa, el volver era más deprimente. Su gato había escapado hacía dos semanas, probablemente siguiendo a la gata que se encontraba en celo, y ella se negaba a adquirir otro. Sentía que eso sería como aceptar que nunca regresaría. Aún mantenía el plato de la comida en su lugar junto al refrigerador. Hablando de anclarse al pasado.

Aventando las llaves hacia el cuenco de madera murmuró un Tadaima (2) muy bajito. Se había acostumbrado a hacerlo cada que llegaba a casa cuando aún vivía con su padre. ¿Qué sería ahora de él? Tenía meses sin hablar con él. Telefonearía a casa cuando pasara el frenesí de San Valentín. Eso mismo había dicho el año pasado y no llamó hasta Agosto. Seis meses después de haberse prometido que esta vez iba a llamar.

Si encendía el televisor, las noticias estarían de primera en cualquier canal. Cada cadena televisora luchaba por siempre tener las clasificaciones Nielsen (3) más altas que los demás. Si en un canal aparecía una cara nueva, en la otra televisora surgía un rumor para desprestigiarla, y si eso no funcionaba, entonces metían una controversial nueva sección en el noticiero.

Prender el televisor se había vuelto una costumbre mundial, y ella no era la excepción; aunque solo fuera para no sentirse tan sola mientras cenaba algo rápido. Si alguien le hubiera preguntado sobre alguna noticia en particular de ese día no habría sabido que responder. Solo usaba la T.V por el ruido, o mejor dicho, las voces de las personas, aunque de vez en cuando volteaba a echar un vistazo entre mordida y mordida.

El momento en que su vida empezó a decaer era un misterio. No había sido cosa de un día para otro. Primero, dejaba de atender el teléfono, pensando que sería sus amigos para dedicarle un conocido lo lamento cuando Kyosuke terminó con ella. Luego dejó de contestar a sabiendas de que seguramente sería su familia que llamaba por estar preocupada.

Cuando los amigos más cercanos, aquellos que el sonido de una llamada eternamente comunicando nunca desanimó, aparecían en su tienda o en el departamento, les decía que no podía salir con ellos, estaba demasiado cansada. Poco a poco las visitas fueron desapareciendo al ver el hermetismo con que se manejaba. Dejó de acudir a los lugares que concurría ya que le hacían recordar a Kyosuke; cosa que trataba de evitar con todas sus fuerzas. Se había aislado ella misma, no había a quién más culpar, y se excusaba por el hecho de estar deprimida.

No volvió a llamar a sus antiguos amigos. Ellos tampoco hicieron nada por volver a contactarla.

Apagó el televisor por inercia cuando el noticiero terminó. Se le había hecho costumbre el quedarse sentada en el sillón, anteriormente lo hacía porque era cuando sus conocidos llamaban. Ahora solo lo hacía porque se había acostumbrado. Tenía que acostarse temprano. Mañana sería un día muy atareado.

Sacó los papeles con pedidos de la bolsa de su pantalón. Junto a las hojitas llenas de garabatos venía la tarjeta. Le dio varias vueltas viendo casi hipnotizada, cómo es que la tinta parecía bailar y saltar. Rojo. Buena elección de colores. La gente relacionaba el rojo con la pasión, sexo y amor; aunque las tres cosas no estuvieran en la misma persona, o razón. Probablemente él sí fuera un buen terapeuta, si es que contaba con los numerosos clientes que la mujer había dejado entrever. ¿Porqué sospechaba que ese terapeuta sexual era hombre? Simple, creía que ninguna mujer pudiera hablar de problemas sexuales tan fácilmente como un hombre. Parecía que en ellos el pudor no se les había desarrollado muy bien. Además de que la tarjeta apestaba a hombre, figurativamente hablando. Había tanta fuerza y falta de sutileza en esas líneas, que solo un hombre hubiera podido haberlo hecho.

No sería mala idea llamar. Lo único malo que podría llegar a pasar era que todo fuera una broma de mal gusto. Nada más que eso. Le daría una buena lección al que se atrevía a jugar con cosas tan serias.

Descolgó el auricular, aún dudaba en marcar. En un impulso tocó la tecla para empezar a marcar. Sonó inmediatamente dando tono. Si colgaba ahora sería una cobarde. Uno a uno fue marcando los números. Esperaba escuchar alguna grabación de mal gusto con la voz de un hombre y varias mujeres dando informes sobre los servicios; ó en el mejor de los casos, a un muchachito que entre risa y risa dijera que era una broma. Esperaba lo segundo. No hubo nada de eso. La línea sonaba desocupada. Un hombre respondió al tercer timbrazo con un Diga somnoliento. Repitió nuevamente el saludo cuando nadie contestó. Mantenía el auricular pegado al pecho, segura de que del otro lado de la línea escuchaban su desbocado corazón. Colgó. No se atrevió volver a llamar. Si tenía problemas, de cualquier tipo, ella los solucionaría.

Terminó de lavar sus trastes con la voz de ese hombre aún sonándole en la cabeza. Era tan varonil y segura de sí misma que escucharlo en persona debía de imponer; igual que de la misma manera ese hombre debía de tener una fuerte presencia.

En circunstancias diferentes le hubiera gustado conocerlo, pero siendo una persona que, por lo que ella presumía, se acostaba con mujeres que solicitaban sus servicios, le quitaba todo ese encanto. Si ella fuera su novia no le permitiría ese tipo de comportamiento, por muy desesperada que estuviera la mujer. Lo que era suyo, solo le pertenecía a ella.

Esa noche seguramente le costaría conciliar el sueño, por más cansada que estuviera.

Sus sueños estuvieron infestados de hombres con el rostro cubierto por una capucha que la apuntaban con el dedo mientras bailaban a su alrededor, incitándola a unírseles. Había algo en ellos que la atemorizaba y al mismo tiempo le provocaba arrancarles la máscara para descubrir quienes eran en realidad. El extraño baile se volvió más frenético y excitante. Los giros y las piruetas que hacían aumentaron en dificultad y velocidad. La oscuridad que la rodeaba se iba rompiendo con la aparición de un enorme letrero de neón color rojo. Conforme el anuncio se iba aclarando, pudo distinguir lo que decía. Con la misma caligrafía de la tarjeta venía el letrero de Sex Therapist. Sus pies, que poseían mente propia, porque no había otra manera de explicar el porqué no la obedecían, la llevaron hasta la entrada del establecimiento.

Las paredes estaban cubiertas de un vulgar terciopelo color vino. Cojines de todos los tamaños se encontraban tirados en cada superficie; sus colores iban desde el oro hasta el ocre. Un penetrante olor a incienso le asaltó la nariz. Un foco color violeta iluminaba el medio de esa estancia. Y en una gran alfombre roja se encontraba un hombre sentado, rodeado de mujeres con poquísima ropa. Era como una película XXX mezclada con escenas de Aladino y los cuarenta ladrones. Bastante vulgar, aún para ser su imaginación.

—Bienvenida. –pronunció el hombre. En ese preciso momento ella se dio cuenta de que no tenía rostro sino solo una mancha negra en donde debería de estar.

—Yo no debería de estar aquí. –se escuchó responder. ¿Acaso lo habría dicho en voz alta, o simplemente lo había pensado. Era difícil teniendo en cuenta de que se trataba de un sueño.

—Pero lo estás. Inconcientemente sabes que yo soy la cura para todos tus problemas. Sabes que deseas acudir a mí. Que soy el único que puede salvarte. ¿Por qué te niegas a venir? El siguiente paso es hablar. Nada más fácil. ¿De qué tienes miedo?

Retrocedió dos pasos. Dudaba en contestar, o siquiera pensar en una respuesta. Era cierto que estaba hablando en sueños, más, ¿no decían que los sueños eran los anhelos del alma? Si aceptaba que estaba temerosa por saber la respuesta, o la falta de la misma, sería aceptar un predispuesto fracaso.

—¿De qué estás asustada? –insistió el hombre sin rostro.

—Que no puedas ayudarme. –contestó, para su mayor sorpresa. Sus defensas habían caído como fichas de dominó a su alrededor. Tenía el alma al desnudo. Y ahora no sabía si eran sus pies, o ella misma la que la llevaban a encontrarse con ese hombre.

Cuando ese hombre se levantó de su lugar la dejó impresionada de lo alto que era. Las mujeres, antes sentadas a sus pies, se desvanecieron en una espesa nube de humo que se mezclaba con la neblina que recién empezaba a aparecer. Los recubrimientos de las paredes se fueron despellejando de las sus lugares, dejando espacios rasgados por todas partes. Cada cojín, por más pequeño que fuera, desaparecía con un puff casi mágico de plumas. Hubiera podido notar todo eso fascinada de no ser porque lo único de lo que sus ojos se negaban a separarse era del hecho de que el velo que cubría el rostro de ese misterioso y cautivante hombre empezaba a desaparecer desde abajo. La boca , ricamente delineada, y la nariz, un tanto respingona, ya se podían ver.

—¿Quién eres? –se animó a preguntar ya estando rodeada por los delgados pero fuertes brazos de él.

—Yo soy…

El maldito reloj despertador se disparó en ese instante despertándola. Oh, como odiaba esos extraños y ridículos sueños, pero más se detestaba a sí misma por no poder dejar de pensar en ellos.

El resto del día lo paso en una especie de sopor. Afortunadamente su único trabajo era cobrar. No estaba muy segura de poder realizar otra actividad sin tener que poner toda su atención en ella. Debería de estar acostumbrada a lidiar con los gajes del oficio, más estando en ese estado era como si estuviera aprendiendo desde cero.

En el cafetín que había puesto al otro lado de la tienda solo había un par de mujeres en una mesa y un hombre que leía una novela en otra. Las otras cuatro mesas se encontraban vacías, afortunadamente. La idea del cafetín había sido solo para ganar un poco más. Era solamente cuando se acercaba el 14 de febrero que le parecía un infierno. Si descuidaba la tienda por atender a los clientes de la cafetería, los que esperaban que les terminara de cobrar empezaban a quejarse. Lo mismo sucedía con los de la cafetería cuando tardaba con las órdenes. ¿Es que creían que tenía ocho brazos? Y encontrar ayuda a solo dos días de San Valentín era imposible.

Milagrosamente logró atender ambos lugares, aunque con unas cuantas bajas morales al verse ligeramente insultada por su torpeza y falta de seriedad. Las personas de la tienda empezaron a disminuir en cuanto la tarde empezó a desaparecer dejando paso a la noche. La única persona que parecía ajena al paso del tiempo era el hombre de gabardina que seguía leyendo su libro, mismo que había empezado a media tarde. Había permanecido en la misma mesa intercalando café negro y té, con las continuas escapaditas al baño. De vez cuando tenía la osadía de pedir un bocadillo.

Al acercarse ella, él cambió la hoja. O fingía no haberla visto o el libro debía de ser endemoniadamente interesante para mantener a alguien pegado a él durante horas.

Se aclaró la garganta y acomodó su pelo antes de hablar.

—Agradezco su preferencia, señor, al venir aquí, pero lamento decirle que por hoy tenemos que cerrar. Es más que bienvenido si es que desea volver.

En todo el tiempo en que había estado ella ahí, él nunca había levantado la vista. Con movimientos suaves y delicados, propios de unas manos finas como las suyas, guardó el libro bajo el brazo. Con un último sorbo terminó su café. Todos sus movimientos eran pausados y meditados. Extrajo del bolsillo de su chaqueta la cartera. Colocó más de lo que era la cuenta. Guardó la billetera en su lugar y levantó los ojos. La miró por primera vez y ella palideció.

Algo en ese hombre la inquietaba. Apartó la mirada.

—Gracias. –respondió sin mirarle a los ojos.

El hombre no dijo nada mientras se levantaba de su asiento y se encaminaba a la puerta con largas zancadas. La campanilla que anunciaba cuando un cliente entraba o salía sonó alegre.

—Acepto. –pronunció el hombre con una voz profunda y aterciopelada.

Esa voz le arrancó escalofríos. Sonaba igual que la de su sueño y la del teléfono.

—Perdón.

—Acepto el trabajo.

—Lo lamento, no estamos solicitando.

—Creo que no entiende. –dijo el hombre acomodándose el pelo que había escapado de su trenza, detrás de la oreja. Sacó una tarjetita del pantalón. —Me llamo Ranma Saotome, –deslizó la tarjeta por la mesa hasta ella. —Terapeuta sexual.

Con completo estupor e incredulidad se quedó mirándolo como es que desaparecía en la oscuridad.

El Karma no podría odiarla tanto.

White Day: (Howaito dee) Es una festividad muy parecida al Día de San Valentín que se celebra el 14 de Marzo en Corea y Japón. En esta fecha los hombres que recibieron bombones el día de San Valentín, lo agradecen dando un regalo a la mujer.

Tadaima: Literalmente, soy yo. Se dice al llegar a casa con lo que los que están ahí nos responden Okaeri (Bienvenido).

Clasificaciones Nielsen: Suministra los cálculos aproximados de audiencia para todas fuentes de programa nacionales.


Notas...

Hola! Dios, ¿hace cuanto que no publicaba un fic? ¿Miles de años? Pues he aquí otro fic de Ranma 1/2 que me ha dado por escribir. Hice un bosquejo en un cuaderno que encontré. Pensaba en dejarlo en un One-shot pero es que no pude T_T. Sé que prometí no volver a hacerlo (Convertir un One-shot en un fic hecho y derecho).

Esta historia tiene un tanto de todo. Comedia, amor, celos, intrigas, un poco de misterio y mucha pero mucha imaginación.

Afortunadamente tengo uno capítulos escritos a mano, por lo que espero que las actualizaciones no tarden. La longitud de los mismos es prácticamente de 6 páginas de Word, no sé si es mucho o poco.

Desempolvando mis fics en proceso descubrí a varios que me volvieron a interesar, tanto de Ranma como de Inuyasha. Puede ser que pronto vean un fic de Inuyasha mío. Esperen con ansias, y si se puede, sentados.

Recuerden que nadie nos paga a los escritores de Fics, sino que son sus REVIEWS los que nos ayudan a seguir y mejorar.

Este capítulo empieza un tanto nostálgico pero prometo que mejora!

A las personitas que no tienen una cuenta en FanFiction, quiero que me manden sus e-mails para que entonces pueda responder sus Reviews! Sustituyan la por la forma escrita (arroba) o por un signo.

Muchas gracias por sumergirse a este mar de perversidad conmigo.

Los quiere… MussaInu!