El apartamento estaba en el primer piso. Se lanzó escaleras abajo y atravesó el portal. Soltó un par de ju ramentos que habrían hecho sonrojar a su madre de es tar viva. bella iba persiguiendo a la tía Laura con el fajo de billetes y una tarjeta de crédito oro apretados en el puño de la mano.

Al salir a la calle, notó como el viento frío del norte le azotaba la cara. Solo llevaba la blusa y por eso tenía frío, pero se quedó mirando por donde se había ido su tía.

Se trataba de una calle estrecha pero con mucho trá fico. Las casas eran de estilo Victoriano y en sus días de apogeo fueron sin duda muy elegantes. Pero ahora, se habían convertido en viviendas compartidas por varios inquilinos.

Había coches aparcados en ambas aceras. Eran vie jos y baratos y definían perfectamente a sus propietarios. Por eso, el lujoso automóvil de la tía Laura desta caba tanto. Estaba a punto de arrancar, justo enfrente de bella.

— ¡Tía Laura! —exclamó ella, tratando de captar su atención.

Pero el viento acalló su voz y, a continuación, la tía entró en el coche y este aceleró.

Sin pensarlo dos veces, bella se abalanzó sobre el automóvil para interceptarlo antes de que fuera dema siado tarde.

Lo que ocurrió luego pasó tan deprisa que todo que dó sumido en un mar de ruido y confusión. Bella fue consciente del sonido de un insistente claxon, situación que recordaría hasta el último día de su vida. Del mis mo modo que recordaría la camioneta que se lanzó contra ella sin lograr frenar a tiempo.

Sonó un frenazo y luego se esparció un olor a neu máticos chamuscados por todas partes. La gente que pasaba por allí comenzó a gritar para advertirla de lo que ocurriría a continuación.

Notó un porrazo, pero no sintió dolor en absoluto.

Inmediatamente después, se vio tumbada en el sue lo y un desconocido se inclinó sobre ella. Mientras tan to, por detrás alguien balbuceaba algo de modo in sistentemente.

—Se tiró encima de la camioneta —decía otro hom bre—. No pude hacer otra cosa. Se tiró encima de mí...

¿Acaso se refería a ella? bella se quedó desconcer tada.

—No se mueva —le ordenó una voz pausada.

Bella detectó un acento extranjero, notó su tono aterciopelado y sonrió.

—De acuerdo —accedió ella.

Parecía tan fácil. Seguía sin sentir dolor. Solo tenía la sensación de estar flotando.

— ¿Voy a morir? —preguntó bella con curiosidad.

—No, mientras yo esté aquí para evitarlo —contes tó el extraño.

De nuevo, ella sonrió. ¡Qué arrogante era aquel tipo! De pronto, bella notó como le ponía la mano so bre su hombro, mientras le pasaba la otra por el resto del cuerpo, como si tuviera perfecto derecho a hacerlo.

—Me duele el pecho —confesó ella, tratando de calmarse a sí misma.

Pero él no pareció entenderla.

— ¿Alguien ha llamado a una ambulancia? —gritó el hombre.

Bella no sabía a quien se dirigía pero tampoco le importaba mucho. De pronto, oyó unos pasos apresura dos.

—Lo he visto —adujo la voz, sin aliento—. No puedo creer que se haya tirado al coche de ese modo. Era su tía. Bella se sumió en el desconsuelo.

— ¿Le duele? —preguntó el hombre con preocupa ción.

Le estaba tocando la muñeca derecha y sí, le dolía mucho.

Vio unas deportivas italianas y oyó la voz de su tía.

— ¿Qué diablos te ha hecho abalanzarte así contra mi coche?

Bella levantó la muñeca herida y abrió, los dedos con esfuerzo. En su mano se encontraban no solo un montón de billetes sino también la tarjeta de crédito.

—Te dejaste esto —explicó ella—. Pensé que po drías necesitarlo...

Durante unos instantes se hizo el silencio mientras todos miraban la tarjeta.

— ¿Conoce a esta chica? —Le preguntó incisiva mente el desconocido a Laura—. ¿Es la sobrina a la que ha ido a visitar esta mañana?

—Sí —asintió Laura Cavell con tan mala gana, que bella no pudo evitar una mueca de dolor.

¿Cómo podía avergonzarse de un miembro de su fa milia? La joven se sintió desolada, pero aún así le ali vió ver que ya no era el centro de la atención.

—Mire, señor Cullen —dijo con cierta ansie dad Laura, cosa poco frecuente en ella—. Si quiere de jar la cuestión en mis manos todavía puede alcanzar el vuelo con destino a Madrid.

Fue entonces cuando Bella fue consciente de que el desconocido alto y pálido no era otro que el jefe de la tía Laura. Se trataba de un magnate de gran relevan cia. No era algo casual, que la tía Laura se hubiera puesto nerviosa.

—Creí que le había dicho que no se moviera —le reprendió el hombre a bella.

—Estoy bien, de verdad... —mintió ella—. No hay motivo para que pierda usted su avión. Me voy a poner de pie ahora mismo.

—Más vale que se quede donde está hasta que ven ga la ambulancia y vean lo que le pasa.

Bella no tenía la mínima intención de ir al hospital. Entonces, la tía Laura se encargaría de librarse de Melanie.

—Oh, no... —recordó ella mientras trataba de po nerse de pie.

Había dejado al bebé en el apartamento.

Tenía la cabeza cargada, los hombros rígidos y sen tía náuseas.

— ¿Dónde cree que va? —le preguntó el desconoci do, agachándose.

—Me tengo que ir —murmuró Bella a duras penas.

Dándose cuenta de la gente que se había acercado, dio unos pasos y luego se acordó del dinero y la tarjeta de cré dito. Aquello era la causa de todo lo que había ocurrido...

—Toma, es tuya —le dijo a su tía delante de todo el mundo.

Laura recogió el dinero y la tarjeta de crédito, real mente violenta.

Bella dio media vuelta y se dio cuenta de que el desconocido se dirigía a su encuentro.

—Gracias por su ayuda —le comunicó ella y luego comenzó a caminar.

Pero se dio cuenta de que el hombre iba en mangas de camisa.

No llevaba la chaqueta...

Desconcertada, Bella vio que la prenda reposaba en plena calzada.

—Oh, lo siento —exclamó ella, intentando agachar se para recogerla.

Pero el hombre fue más rápido y en un solo movi miento se hizo con ella.

—Lo siento mucho —se excusó bella una vez más.

Él apenas reparó en ello.

—Así está mejor —afirmó el desconocido, ponién dole la chaqueta a Claire sobre los hombros—. Lo ne cesita más que yo en estos momentos. Está temblando.

—Pero... —murmuró bella y después sintió un mareo.

La muñeca le dolía, apenas podía respirar y su ca beza estaba a punto de estallar. De pronto fue conscien te del corro de gente que la estaba mirando.

Bella notó que un brazo la tomó por los hombros.

—Vamos —dijo con tranquilidad el jefe de su tía—. Dígame donde vive y la ayudaré a volver a casa.

—No es necesario, de verdad... — se resistió Bella.

—Sí lo es, se lo aseguro —insistió el hombre—. No pienso dejarla sola hasta que esté seguro de que la ha visto un médico.

¡Era realmente curioso que el desconocido se toma se tanto interés! A Bella se le llenaron los ojos de lá grimas, sin saber exactamente por qué.

—Pero si ni siquiera fue su coche el que me golpeó —exclamó ella, sollozando y emitiendo una protesta al mismo tiempo.

—No, fue mi camioneta la culpable —repuso una voz masculina—. ¿Está usted segura de que se encuen tra bien?

—Sí, de verdad —sostuvo bella con una leve son risa—. Solo estoy un poco aturdida. He sido una estú pida, siento mucho lo ocurrido.

—Está bien —concluyó el conductor de la camio neta, aliviado por poderse marchar sin más complica ciones.

Bella se sintió mareada de nuevo. El brazo que la estaba sosteniendo por los hombros la sujetó con más fuerza.

—Vaya usted delante, señorita Cavell —ordenó el banquero con voz grave.

Callada como una muerta, Laura Cavell caminó ha cia el apartamento y se introdujo en él. El magnate y bella lo hicieron tras ella. La tía iba a detestarla por mostrarle a su jefe una casa en tan malas condiciones

—No tiene por qué tomarse tantas molestias — murmuró bella incómodamente—. Estoy bien.

—No, no lo está —repuso el hombre—. Tiene la muñeca derecha herida, una brecha en la cabeza que debe ser examinada. Y al respirar jadea, lo que indica que debe tener alguna costilla rota.

Bella cerró los ojos. ¿Cuándo iban a terminar tantas desgracias?

No era cuestión de planteárselo, porque las cosas parecían ir de mal en peor.

Cuando llegaron a su apartamento, bella, entró primero. Allí estaba la tía Laura, puesta delante del ten dedero procurando ocultarlo con verdadero celo. Aque llo hizo sonreír a bella, lo que no ocurría desde hacía varios meses.

Pero su sentido del humor desapareció al compro bar que el jefe de su tía estaba contemplando el desor den del apartamento. Él era un hombre rico y en la ca lle le esperaba una limusina en la que podía viajar con todo lujo. Llevaba ropa hecha a la medida y no cabía duda de que poseería una serie de residencias, a cual más señorial. Y en esos momentos, aquel hombre se encontraba en la casa más modesta que habría visto en su vida.

Bella se sintió avergonzada. Tampoco sabía muy bien por qué: al fin y al cabo se trataba de un extraño.

Sin embargo, se volvió para observar la expresión de desagrado que reflejaba aquel rostro tan atractivo.

Bella se sintió molesta.

Como para humillarla aún más, del otro lado de la habitación se oyó un suave gorgoteo.

Entonces, Bella se quitó a toda prisa la chaqueta del desconocido y se la tiró bruscamente.

Él se quedó perplejo.

—No tenía por qué haber venido —le gritó ella—. Es más, preferiría que no lo hubiera hecho.

— ¡Bella! —exclamó su tía, furiosa.

—Me importa un bledo —sostuvo ella—. Lo único que quiero es que os vayáis de aquí.

Cruzó la habitación y se dirigió hacia donde estaba la cuna de Melanie. La niña estaba durmiendo tranqui lamente.

Súbitamente, a Bella le brotaron las lágrimas. Cuando se inclinó para ver al bebé, se dio cuenta de que le dolían la muñeca y las costillas.

Se hizo el silencio. Aún no se habían marchado y ella empezó a notar un temblor acalorado por todo el cuerpo.

—Por favor, váyanse —les rogó.

A continuación, Bella se desmayó.

Puede que el hombre lo viera venir. El caso es que, él la recogió en sus brazos a medida que la cabeza y las piernas de bella perdían fuerza. Finalmente, se oyó una sirena de ambulancia.


Hola:

Aquí esta el segundo cap, grax por los rewiew, eso me dice que el fic realmente les gusto y eso realmente me dice muxo.

Muxas gracias y espero más rewiew

Xau xau

ale