ATENCIÓN: Los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer, no a mí por desgracia, la trama es toda mía así que nadie NADIE se atreva a robarla o les enviare a los Volturis y más… pero eso se los dejo a su imaginación... Gracias!


Vivo del recuerdo de una herida.

Sola

— ¿Puedes hacerlo?

—Claro, Alice. Sólo dime cuántos, qué lugar y en qué día.

—Mañana al anochecer, deben de haber algunos cuatro, ¿quieres que llame a Zafrina para que te ayude?

Lo supe al instante de escuchar su voz que en realidad quería decir "¿puedes con cuatro estúpidos vampiros tú sola o llamo a una niñera?" Yo no me iba a acobardar por solo cuatro.

—Claro que no, yo puedo sola — repliqué mordazmente.

Ella soltó una risita.

—De acuerdo. Debes de ir al almacén de sangre, ahí hay un líquido predispuesto por el mismo hospital. Rocíalos y préndelos. Tú sabes cómo lo haces, solo desaparécelos.

—Bien.

—Oh… se me olvidaba…—hizo una pausa, solo para hacerse la dramática, la muy perra— no quiero fallas—dijo y colgó.

Suspiré. Odiaba tratar con Alice. Me recordaba en lo que he convertido; un ser frío, sin compasión, solitario. Pero eso no importaba, yo necesitaba vengarme de aquellos. Mi necesidad de justicia rayaba en lo insano. Si de verdad hay un Dios ¿Por qué lo permitió? ¿Por qué permitió la muerte de Edward que era un hombre justo? ¿Por qué no me hizo pensar y recapacitar en lo que me iba a convertir? Ése Dios, si de verdad existía nos había mandado a fundirnos en el infierno de la Tierra eternamente sin compasión. Éramos seres sin almas ya. Sin futuro mas que para ver a los humanos avanzar, madurar, vivir. Sin una oportunidad de integrarnos en la sociedad completamente, siempre en la sombra. Estamos congelados, malditos.

Siempre que me ponía nostálgica me repetía los mismos diálogos, maldecía al ser que nos gobernaba y cuestionaba mi posible futuro. Desde hace aproximadamente doscientos años me he preguntado lo que sería de mí una vez que haya cumplido mi propósito de aniquilar al enemigo —si es que ellos no me mataban a mí primero— y llegué a la conclusión del suicidio. Mi vida desde los quince años— humanos, claro está— era Edward, y ahora, ya entrando en los doscientos noventa y cinco sigo viviendo para él — o por él, que es casi lo mismo—, una vez acabada mi meta me quedaría sin motivaciones para seguir caminando. Podría decirse que soy una mujer culta ya que sé leer, escribir, realizo matemáticas avanzadas, sé de filosofía, he escrito varios libros a manuscrito en mis tardes de ocio, podría hablar de tú a tú con un médico, sé de gastronomía, estoy al tanto de geografía puesto que he recorrido muchos lugares en el tiempo de esta vida. También conozco de cabo a rabo todos los clásicos escritos alguna vez. Pero no soy feliz.

Lo he extrañado cada día y he buscado sus facciones en caras ajenas sin éxito. Cada año en un día de finales de verano regreso al lugar donde antes debió estar la cabaña y lo recuerdo. No olvidar. Ésa era mi única regla. A todos los hombres con los que platicaba los comparaba de una forma u otra con él.

Así que la vida sin aspiraciones no es vida. Pues una vez muerto el maldito que asesinó a Edward yo no tendría más propósitos ni metas. Esta vida—si se le puede llamar así— sería vaga. Podría entregarme a los Volturis, la realeza vampírica. Se encargarían de aniquilarme rápidamente sin preguntar.

Dejé mis lúgubres pensamientos para más tarde y me levanté. Se acercaba la hora de comer.

Siempre me alimentaba de hombres que encontraba en los antros. Primero los seducía con los encantos que el veneno vampírico me dio al transformarme, y después me los llevaba a la cama y tomaba su sangre. Era todo un proceso que incluía una droga somnífera y una daga.

Me puse la típica y muy utilizada ropa miniatura que cubría solo lo necesario; solo unas botas, una falda muy pequeña y una blusa pegada. Me pinté los labios de rojo, cepillé mi pelo y me coloqué unos lentes de contacto para ocultar el color rojo de los ojos.

Solía clasificar y ordenar los antros en letras para no verme muy seguido en uno solo y levantar sospechas. Esta vez tocaba la "F". Seattle era grande así que había muchos lugares para elegir. Mi trabajo constaba de ir a muchos lugares para desplazarme y cumplir misiones encomendadas en esos alrededores.

Como ya era de noche, utilicé la oscuridad para encubrirme y no tener que pedir un taxi. Subí al techo de mi apartamento y corrí, utilizando el impulso seguí moviéndome de techo en techo hasta llegar al antro "F". Bajé por un callejón oscuro y salí a la calle, constantemente alerta de cualquier mirada curiosa. Me acerqué a la puerta, dejándome de hacer filas y mostré mi gastado pase V.I.P. —que Esme siempre se encarga de conseguir para todas las chicas en esta obligación alimentaria—al guardia. Ignoré su mirada lasciva e insultante y entré al sitio.

Era justo como los otros. Olor a sudor penetrante, música ruidosa y molesta, sin contar los clásicos hombres idiotas que miraban muy asquerosamente.

Velozmente escaneé todo el salón en busca de la presa designada para estas tres semanas. Me fijé en uno. Escandaloso, patán. Yo nunca elegía los buenos chicos, no soportaría la idea de dañarlo, siempre escogiendo los malos.

Suspiré. Me aproximé al hombre y lo invité a bailar, a partir de ahí todo fueron movimientos de seducción. Me restregaba en su cuerpo y el reaccionaba como la sanguijuela que era.

Me arrimé a la barra con él detrás de mi falda. Pedí dos "margaritas" y, sin que él lo viera le puse una pequeña ración de unos polvos grises en la bebida a una rápida velocidad, eso lo iba a atontar un poco.

Conversamos un poco y simulé estar cautivada por él. Nos apresuramos a llegar a un motel; él por lujuria, yo por hambre. Sinceramente me daba repugnancia el hombre. Tuve cuidado de llevar una bebida preparada conmigo, la necesitaría para más tarde.

La ropa voló, el recato también, sus manos se escurrían por mi piel. Yo me tragaba las palabras altisonantes que querían salir por mi garganta. Él no preguntó por la dureza de mi carne, tan parecida a la piedra; tampoco cuestionó lo helada que estaba. Esa era la magia de los polvos, eliminaban preguntas estorbosas.

Mientras él estaba en el trabajo, yo fingí unos cuantos gemidos, me moví un poco. No es que él prestara atención, estaba demasiado ocupado satisfaciendo sus necesidades olvidándose de las mías (¡Cómo si le importaran!), después de unos cuantos segundos dejé eso para mirar por la ventana. La noche estaba libre de lloviznas, cosa extraña en estos días de noviembre. Casi se podía ver la luna, escondida detrás de una nube.

Puse atención en el hombre que ya estaba terminando su labor. Actúe un poco más y él acabó satisfecho. Me levanté mientras él estaba algo adormilado, agarré mis incondicionales polvos —que amablemente Esme se encargaba de distribuir— y apliqué una dosis más fuerte en el licor. Se la ofrecí y él la tomó gustoso.

Dos minutos después estaba dormido como roca, esos somníferos eran de lo mejor. Me puse la ropa interior y saqué de mi bolsa, en un dobladillo secreto, oculto para mirones y para los guardias de los clubes, una daga muy antigua. Debía de tener un poco más de mi edad. Esme me la dio seis meses después de mi conversión, cuando estábamos practicando justo lo que iba a hacer ahora.

La hoja era algo más larga que mi mano, con unos grabados en el medio y la empuñadura cerca de diez centímetros, contaba con una piedra café resistente de soporte con unas tiras de oro que separaban la hoja de la mano y poseía un rubí en el centro de la punta de la empuñadura. La daga era sumamente magnifica.

Me acerqué al humano incauto que dormía profundamente. Tendría al menos unos treinta y tantos — ¡asalta cunas! Yo tenía la apariencia de una chica de dieciocho años—, era el típico rubio de ojos azules, la verdad no estaba tan mal pero su manera y actitud no me gustaban. Me había dicho su nombre pero yo lo ignoré. No quería guardar en mi memoria cualquier nombre de los hombres que utilizaba para alimentarme.

Lentamente para no sobresaltarlo lo volteé de espaldas en la cama, me subí a horcajadas encima de él y me incliné hacia su hombro izquierdo. Levanté su brazo y recorrí con mi dedo la vena cefálica del brazo. Era delgada en comparación con las otras pero también era de difícil desenmascare. Las venas de piernas y de antebrazos eran más fácilmente descubiertas por la movilidad de los miembros. En el tronco no se podía tocar ninguna por lo delicado de la zona y ni qué hablar del cuello.

Con la punta de la daga rasgué la piel del brazo cerca del hombro. Cuando aparece la primera gota de sangre es el momento crucial. Mi garganta ardió aún más de lo que normalmente ardía y mi sed acrecentó al quíntuple de lo que estaba. Me doblé —como siempre lo hacía cuando era hora de alimentarme— un poco más y presioné la daga en la piel tratando de controlarme.

Cuando empezó a salir más sangre pegué mi boca a la herida, cuidando el veneno de no entrar en contacto con su organismo. La sangre era dulce, tan deliciosa. Era más refrescante que agua a la mitad del desierto. Apagaba mi sed tanto. Sabrosa, magnífica. Solté un suspiro.

Cuando se sació la sed, me separé rápidamente. Le coloqué un antiséptico. Comprobé su pulso y aunque latía más lentamente, su piel estaba más fría y pálida; él estaba bien. No corría ningún peligro.

Acabé de cambiarme y guardé mis cosas. Salí rápidamente de ahí. Me subí al primer taxi que vi y en cuestión de minutos llegué al apartamento.

Eran aproximadamente las tres de la madrugada. Faltaban cinco horas para ir a trabajar en mi trabajo humano. Cuando no estaba matando vampiros me encargaba de una pequeña librería donde era la empleada estrella. Cuando llegué a la ciudad, hace dos meses, lo primero que hice fue buscar empleo y el dueño no pudo más que contratarme después de que mostré mis talentos con los libros. Desde ordenarlos hasta dar recomendaciones.

Mientras se hacía la hora yo releí "Oliver Twist" de nuevo en la oscuridad. La luz a estas horas molestaría a los vecinos y daría algo para hablar. Yo no quería llamar la atención.

Cuando se hizo hora, me cambié del conjunto revelador a unos pantalones de mezclilla, un suéter de cuello de tortuga color pistache y unos tenis. Me coloqué unos nuevos lentes de contacto, ya que los otros habían sido degradados por el veneno en mis ojos. Y caminé a paso humano hacia la librería.

Después de cuarenta minutos del recorrido, llegué al lugar. Hice lo correspondiente y me puse a atender a los —pocos— clientes que había. Cumplí con las ocho horas y limpié mi espacio en el trabajo. Acomodé unos papeles y me despedí de Ángela Weber, la otra empleada. Cuando salí eran las seis de la tarde. Tenía que darme prisa ya que el anochecer sería en un par de horas y como era sábado las calles irían a estar congestionadas.

Corrí a velocidad humana hasta el piso, me cambié de ropa a una más pegada. Una blusa negra ceñida, unos pantalones negros de licra. Me quité los tenis, iba a ir descalza. Aunque utilice el sobrenatural silencio de los vampiros el más mínimo movimiento puede hacer rechinar el zapato o el rozar de ropas y se destapa el plan.

Para llegar al almacén de sangre debía de ir muy rápido y muy silenciosamente. Corrí y brinqué de techo en techo y en menos de quince minutos arribé.

Lo más seguro es que estuvieran ideando atacar el centro de sangre para dejarnos sin recursos en caso de emergencia. Sacar bolsas de ahí era arriesgado pero en caso de que nos atacaran nosotras utilizaríamos sangre de ese hospital, además de que no podríamos alimentar a las pocas neófitas que teníamos y eso causaría caos. Ellos querían dejarnos sin un plan B.

Antes de llegar al cuarto donde se guardan las bolsas había una antesala donde había un fuerte olor a alcohol. Ese era el líquido del que estaba hablando Alice.

Encontré las botellas en un rincón y las rocié alrededor del cuarto, era mucho líquido pero no lo notarían ya que ardería la habitación entera. La entrada de ventilación estaba justo arriba de la puerta, favoreciéndome. Acomodé unas cuantas cosas más y estaba lista.

Me escondí en la ventilación vigilando sin respirar, esperé cinco horas más hasta que ellos llegaron. Solo eran tres. Un poco más fácil de hacer el trabajo.

En cuanto cerraron la puerta, yo caí desde mi posición hasta el suelo sin ningún ruido. Activé el sistema que había puesto en la puerta bloqueándola en cuestión de segundos con el seguro en el que había trabajado una de mis compañeras.

Le llegué por sorpresa al que estaba en la retaguardia. Le tomé de la cabeza y la retorcí con la fuerza de la que era capaz. Hizo un ruido horrible pero ya no me iba a molestar más. Aventé la cabeza a la otra esquina del cuarto. Los otros dos se volvieron con rapidez contra mí. Al parecer no se esperaban esto para nada.

Trataron de golpearme por separado. Le tiré una patada rotatoria al más cercano, dándole en el oído y desestabilizándolo. Quedó desorientado mientras que el otro me tiraba unas mordidas, retrocedí y él me golpeó el pecho tomándome por sorpresa, me desplomé. Mientras iba cayendo me volteé y posicioné las manos en el suelo, utilicé el impulso para derribarlo con los pies. Ahora él cayó.

Salté sobre su compañero y empezamos a dar vueltas. Él tratando de liberarse, yo tratando de arrancarle la cabeza. El que antes estaba en el suelo me tomó por atrás sujetando mis brazos.

Me alarmé. Estaba a la merced de esos dos vampiros. Les lanzaba gruñidos y trataba de liberarme pero es bien sabido que los machos son más fuertes que las féminas.

Oh no. Esto no se va a quedar así.

Aunque me costara la vida yo los asesinaría. Si el destino quería que yo muriera ahora yo moriría pero no sin luchar.

El dirigí una patada al que estaba enfrente de mí y él la esquivó, en el segundo que ocupó para evadirme, yo mordí el brazo que mantenía mis hombros detenidos. El vampiro soltó el agarre de un brazo y yo me volví a hacerle frente. Me retorcí el brazo que tenía agarrado y lo obligué a soltarme. Mi brazo izquierdo dolía por la maniobra pero para alejarlo lo golpeé con ambas manos y retrocedí.

El saber cuándo retroceder me había salvado la vida varias veces y esta vez no era la excepción.

Vi a los oponentes: uno tenía una pierna cojeante y el otro tenía una mordedura. Mi brazo no me iba a ayudar en un buen rato. Tal vez, solo tal vez, hubiera sido buena la ayuda de Zafrina. Ignoré mi pesimismo. Yo los acabaría, para eso me habían entrenado. Haría mi trabajo. Mi, ahora, vida.

Tiré un estante lleno de cosas, despistándolos. Aproveché esos segundos de confusión para sacar las cerillas que estaban tiradas en una esquina. Prendí el fuego y mantuve la cerilla enfrente de mí.

—Yo que ustedes no me movía —dije dulcemente— ¿ven esa agua?— esto me estaba gustando más, yo dominaba aquí— es alcohol y ya saben lo que pasa cuando al alcohol le pones fuego ¿no? —No esperé a que respondieran— hace ¡bum! Y no me importa morir aquí pero al parecer a ustedes sí — ellos dieron un paso atrás—. Ahora estas son las reglas: uno de ustedes va a vivir y el otro morir o ¡todos nos quemamos aquí!—bramé— ¿Qué eligen caballeros?

Eso era jugar sucio. Yo lo sabía pero… como dicen. A situaciones desesperadas, medidas extremas.

— ¡Perra! ¿De verdad piensas que lo vamos a hacer?— gritó uno de pelo marrón. El otro de pelo negro estaba dudando.

—Yo que tú cuidaba mis modales. Esa no es una forma de hablarle a una dama—reproché.

—Maldita mujerzuela. Qué más se puede esperar de ustedes. Montón de zorras.

—Joel, calla esa boca. Esta mujer no está jugando.

— ¡Vaya! Un hombre que piensa. El evento del siglo. ¿Dónde están las cámaras cuando se necesitan? No me importa qué traten de hacer. Tengo varias cerillas para incendiar este lugar, así que ¡peleen! Uno solo debe de quedar vivo.

Hubo una mirada cómplice que no me gusto. Era más que obvio que ellos solo iban a fingir que luchaban y cuando yo me confiara iban a ir por mí. Si solo me daban unos quince minutos mi brazo se repondría pero eso era mucho tiempo. Ahí había alcohol, podría prenderles fuego pero eso sería tardado y con errores. También tendría que ocuparme del que ya estaba caído antes que se volviera a levantar. No había opción. Tendría que enfrentarme cara a cara o podría encargarme de uno sin alerta.

Observé la lucha. El malhablado peleaba arduamente con movimientos bruscos mientras que el que tenía cerebro se movía más ágilmente.

En un desplazamiento de lugares en su –obvia– coreografía, el de pelo negro –alias cerebro– sostuvo por los brazos al de pelo marrón –alias malhablado– como el último había hecho conmigo.

En ese segundo llamé la atención de "cerebro" y le señalé mis intenciones. Él se atemorizó y soltó abruptamente a "malhablado" tomándolo por sorpresa. Corrió hacia mi dirección mientras yo corría hacia su muy confundido compañero. Mientras que él intentaba parar el recorrido de caída de la cerilla al suelo, yo trataba de asesinar al otro hombre.

Salté sobre él y de un veloz meneo le removí la cabeza del cuerpo utilizando solo mi mano derecha. Solo quedaba uno.

Me coloqué detrás de un estante silenciosamente y lentamente llegué hasta la altura de "cerebro" que aliviado se creía salvador de todos nosotros. Me encaramé en un clóset y, cuando volteó su mirada hacia su compañero caído y se distrajo, yo descendí sobre él pasmándolo y tirándolo al suelo.

Usando mis piernas le retorcí la cabeza y después la decapité utilizando mis dientes. Todo lo que siguió fue seccionar pedazos y juntarlos en el centro de habitación. Los acomodé en una bolsa de plástico grande que llevaba y les dediqué una pequeña reverencia. Hicieron lo mejor que pudieron. Hasta yo lo podría aceptar.

Desactivé el Sistema de Puerta Cerrada y guardé mis instrumentos, arranqué unos cables. Antes de salir de la habitación dejé caer un cerillo prendido causando que hubiera llamas. Caminé rápidamente por los pasillos y en una vuelta encendí el sistema de alarma para incendios. Tenía que eliminar cualquier rastro que haya dejado y al mismo tiempo evitar que el incendio afectara las reservas de sangre. Corrí más rápido cuando empezó el tráfico de humanos como enfermeras y doctores atraídos por la sirena de alarma. Salí al aire y empecé a correr hacia el bosque, tardé diez minutos en mi máxima velocidad hasta adentrarme más profundamente. Cuando estuve segura que las llamas no pasarían a mayores le puse fuego a la bolsa. Estuve ahí hasta que se extinguió y no quedaron más que cenizas.

Regresé a mi departamento corriendo y me recosté en la cama—que más para dormir estaba para quitar estrés— pensando en lo que habrá después de la muerte.

Mi estado de sopor se quitó cuando habló Alice al día siguiente. Era ya tarde, cerca de las ocho de la noche. Cuando oí su voz supe que algo no iba bien.

—Isabella, eres la mejor después de mí y por todos los años que hemos compartido juntas, te ocupo para algo sumamente delicado. Tienes que escucharme —gimió.

Yo no podía creerlo, esto de verdad era serio para poner así a Alice. ¿Qué demonios había ocurrido?


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Dianight