¡Hola a todos! Perdón por este super retraso, este capítulo ha sido muy largo y me ha costado más escribirlo, así que pido disculpas. Este es el penúltimo capítulo ¡espero que os guste!

Este capítulo va dedicado a Reena, que me ha animado a seguir el fic ^^


Los pasos de Akemi resonaban por un pasillo de la sede de la organización. Había acabado su trabajo y quería llegar a casa. No era un buen día: era el aniversario de pareja de Dai y ella. Esos días no son bonitos de recordar cuando la relación amorosa ha fracasado. Y fracasó por motivos ajenos, no por ellos. También se acordó de su hijo. Si todo hubiera salido bien, ella ya tendría siete meses de embarazo… Definitivamente, era un mal día. Sólo quería llegar a casa y llorar y llorar. Pero Gin se interpuso en su camino.

- ¿Qué quieres ahora? – preguntó asustada.

- Cuánto tiempo, Masami. Demasiado ¿no crees?

- Te estaba evitando. No quería ver tu asquerosa cara – soltó, desafiante.

- Ya lo dicen: "lo que no te mata, te hace más fuerte". Es un dicho que te viene como anillo al dedo después de todo lo que te ha pasado ¿eh, Masami?

- Pues yo creo que a ti te viene bien el que dice: "A cada cerdo le llega su San Martín" – Akemi había perdido el miedo, porque ya no tenía nada que perder.

- Parece que, con tantas desgracias, se te ha agriado el carácter. Pobre ¡pobrecita Masami! – Gin la tenía rodeada: esta dispuesto a humillarla – Primero, tu querido amante y "súper espía" mientre sobre su identidad, te abandona como a un trapo sucio y te libra al peligro. Ah, detalle importante que no se debe olvidar: te deja embarazada, sin importarle nada tu estado y tu vida. Tengo una duda, Masami: te dejó sólo para salvar el pescuezo o también porque no quería saber nada del escuincle que llevabas en tu vientre? Ya sabes, hay hombres, me incluyo, que odian a esos mocosos que sólo saben llorar y traer problemas… - Akemi se lo planteó por primera vez. Si se lo hubiera confesado a Dai ¿cómo habría reaccionado, qué habría dicho?

- Yo… jamás le dije nada de mi embarazo. – Akemi estaba en fuera de juego. Gin la había descentrado a conciencia, con un tema que sabía que afectaría a la chica. La había como hipnotizado. En aquel momento, Akemi no sabía si estaba hablando con su psicólogo o con el mismísimo demonio. – Dai no sabía nada…

- ¡Qué más da! ¡Pero te abandonó! Él dio prioridad a su misión del FBI y jugó con la posibilidad de que te pudieran matar por su culpa. – Gin encendió un cigarrillo, mientras Akemi seguía con la mirada perdida. – En cambio, si de verdad te hubiese querido, él habría abandonado esa misión. Te habría dado prioridad a ti, que supuestamente eras la mujer de su vida. Si él hubiera sacrificado sus ambiciones personales con el FBI y se hubiera quedado contigo, tú ahora no serías una piltrafa humana. No habrías sufrido tanto, porque si él se hubiera quedado, tú ahora tendrías a tu hijo y habríais sido felices juntos.

- Mi hijo… mi hijo… - Akemi empezó a llorar silenciosamente. Estaba como en shock.

- Todas tus desgracias han sido culpa de Dai Moroboshi. Así que deja de mirar a toda la organización con esos ojos de rencor. Y empieza a hacer bien tu trabajo, inútil. – Gin apagó el cigarro de un pisotón y se fue.

Akemi se quedó llorando y rodeándose el vientre con sus brazos. No lo había superado. Y, después de las crueles palabras de Gin, pensó en Dai y en el bebé. Por muy poca razón que tuviera Gin, quizá si Akemi le hubiera comunicado su embarazo a Dai, él la hubiera hecho abortar. Porque era posible que nunca la hubiera querido, porque la abandonó… Quizá hubiera tenido que abortar de todos modos, quizás estaba todo escrito…

- Mi hijo… mi hijo… - siguió murmurando mientras lloraba y lloraba.


Por fin estaba frente a frente con él. Parecía que hubiera pasado una eternidad desde la última vez que lo vio. Le encontró mal aspecto. Estaba demasiado delgado y tenía ojeras. Seguro que era de todo el trabajo que tenía el FBI, como era "espía"…

- ¿Quieres tomar algo? – preguntó Akai.

- No te confundas conmigo. No he venido aquí ni para tomar té ni para hacerte una visita de cortesía. – Akai notó un profundo rencor en las palabras de Shiho. – Simplemente he venido para hacer justicia.

- ¿Cómo has sabido dónde vivía? ¿La organización sabe que estoy aquí?

- No seas estúpido. Si lo supieran ya no estarías vivo. He investigado sobre ti y sin necesidad de engañar a nadie. – Akai captó la ironía. Shiho no quería ser tan dura con él, pero no podía evitarlo. Tenía que decirle las cosas como las sentía, si no explotaba. Era demasiado el dolor acumulado.

- Shiho, sé que estás furiosa conmigo. Y tienes todo el derecho, yo lo entiendo, de veras…

- ¡JA! ¿Qué sabrás tú? Eres el típico yanqui, diciendo que entiendes los sentimientos de la gente cuando ni siquiera te habrás parado en pensar en Akemi… - Akai dio un manotazo sobre la mesa que interrumpió a Shiho.

- No te permito que digas que no he pensado en Akemi cuando es la única persona que ocupa mi mente las 24 horas del día. – Shiho rió irónicamente.

- Vaya, qué sorpresa… Me estás diciendo que tú has sufrido lo mismo, lo mismo que está sufriendo ella. ¿Qué sabrás tú, Dai Moroboshi, de todo lo que ha pasado desde que te fuiste?

- Explícamelo, por favor. Dime cómo está Akemi, explícamelo todo. – rogó Akai.

- Cuando te fuiste, Akemi quedó destrozada. No sólo tenía que soportar su dolor, sino también la presión de la organización. Tuvimos que aguantar que entraran en nuestra casa y la registraran, una vez tras otra, en busca de alguna pista tuya. Akemi soportó interrogatorios que duraron horas, porque pensaban que sabía dónde estabas. Y Akemi aguantó estoicamente y, a pesar de todos los problemas que le habías traído, ella te seguía queriendo y seguía pensando en ti. Desde pequeña siempre había oído hablar del amor y esas cosas, pero sólo cuando he visto a Akemi sufriendo por ti he creído realmente en lo que llaman "amor verdadero".

- Yo también – interrumpió Akai.

- Hubo algo muy importante que la animó a seguir adelante – "dios ¿cómo le digo esto? ¿Cómo le digo que Akemi esperaba un hijo suyo y lo perdió?", pensó Shiho. Por un momento, se arrepintió de haber ido hasta allí a contarle la verdad. Se avergonzó de sí misma, porque había ido a verlo para vengarse de él, para que supiera lo de Akemi y el niño, se sintiera culpable y se lamentara hasta el último día de su vida. Pero Shiho no era mala persona y no sabía cómo decirle que su hijo había muerto.

- ¿Shiho? – Akai la sacó de sus pensamientos.

- El mismo día en que te marchaste, Akemi supo que estaba embarazada. Que iba a tener un hijo tuyo… - los ojos de Akai se pusieron como platos y no pudo articular palabra. Sólo comenzó a dar vueltas por la habitación. Se hizo un silencio eterno en el salón.

- Tengo que traerla hasta Nueva York. No sé cómo, pero tengo que hacerlo. ¡Tengo que estar con ella, vamos a ser padres! – Akai esbozó una sonrisa – Un niño… Su hijo y mi hijo.

- Dai, siéntate por favor – él obedeció.

- ¿Cómo está ella? ¿Cuántos meses de embarazo tiene? Pero ¿por qué no me lo dijo?

- No te dijo nada para no ponerte en peligro. Sabía que si te lo decía nunca te hubieras marchado de su lado y te habrían matado. Siempre pensaba en ti antes que en ella. Y sobre todo no quería que su hijo fuera señalado por la organización por ser el hijo de un traidor. Quería protegerlo a toda costa.

- ¿Es niño o niña? ¿Y cuándo va a nacer? – seguía preguntando Akai, entusiasmado.

- Tenía previsto nacer en enero…

- ¿Tenía previsto…? - él se extrañó.

- Akemi tuvo un aborto natural hace tres meses. – a Shiho aquello le dolió en el alma – El feto sólo tenía cuatro meses, pero el médico nos dijo que era un niño… - a Akai se le partió el corazón. Su ilusión había durado apenas unos minutos. Se tapó la cara con ambas manos y permaneció en silencio. Shiho sintió lástima, pero tenía que ser cruel con él. Todo aquello había pasado por su culpa.

- ¿Cómo está ella? – dijo él, después de otro silencio interminable.

- Imagínate. Ese bebé era la ilusión de su vida porque era tuyo. Desde el primer momento lo deseó. Está destrozada. No ha vuelto a sonreír de verdad. Incluso ha necesitado un psicólogo. – Akai miraba el suelo y se sujetaba la cabeza con las manos. Creía que iba a enloquecer. - ¿Sabes lo que más rabia me da, Dai Moroboshi? Que a pesar de todo el daño que le has hecho, ella sigue pensando en ti. Ella sigue pronunciando tu nombre en sueños y sigue guardando tu foto. – a Shiho se le caían las lágrimas. – Mi hermana ha estado sufriendo todo este tiempo por tu culpa. Ojalá nunca te hubieras interpuesto en su camino. Pero claro, eso era necesario para tu estúpida misión en el FBI.

- Te equivocas, Shiho.

- Ahora me negarás que también le ocultaste tu identidad durante más de un año, que la engañaste sin que te importaran sus sentimientos y que la abandonaste para salvar tu pellejo. ¡Qué importaba Akemi, él sólo tenía que llevar a cabo su misión! ¡Al diablo con Akemi! ¿Sabes por qué perdió a su bebé? Por la presión de la organización, todo por tu culpa. Le hacían trabajar como a una esclava, era una especie de venganza para pagar el pecado de haber mantenido una relación con un traidor del FBI. Akemi casi no descansaba y tanta presión pudo con la vida del niño, que necesitaba tranquilidad y reposo. Si tú nunca hubieras llegado a la vida de mi hermana, ahora seríamos dos miembros más de la organización, normales y corrientes. Pero tu traición nos marcó. Ojalá nunca hubieras aparecido, porque ahora Akemi seguiría sonriendo sinceramente y yo podría sentirla cercana, amiga, como siempre. ¡Pero tú lo cambiaste todo! ¡La enamoraste, te divertiste con ella y la abandonaste! ¿A cuántas mujeres más has engañado para llevar a cabo tus misiones eh?

- Para mí sólo existirá Akemi, para siempre… - respondió Akai.

- ¡Yo no confío en las palabras de un hombre que una vez nos engañó! Eres un miserable… Estoy segura de que podrías haber protegido a Akemi de la organización, podrías haberla liberado y ahora todo sería diferente. Pero esa no era tu intención ¿verdad? Mi hermana sólo era un cebo que facilitaba el cumplimiento de tu misión. Nunca te preocupaste por ella… Y no quiero ni imaginar qué habrías hecho si ella te hubiera confesado que esperaba un hijo tuyo. Habrías huido igual ¿verdad? ¿O le habrías pedido que abortara?

- Calla… - susurró Akai.

- ¡Estoy segura de que no deseabas a ese bebé, porque no querías ninguna carga!¡Porque tú nunca has amado a Akemi y nunca serás capaz de amar a nadie, porque eres un egoísta!

- ¡Cállate! – Akai perdió los nervios y derribó de un manotazo todo lo que había sobre la mesa. Shiho se asustó. – Desde que me enamoré de ella, se convirtió en una obsesión para mí sacarla de aquella maldita organización. Yo sólo quería que estuviéramos juntos y lleváramos una vida normal, como las otras parejas… Mis sentimientos hacia ella eran tan fuertes que me asustaban hasta a mí, porque no sabía qué sería capaz de hacer por la única mujer que realmente me había importado… Pensaba que sólo yo podría protegerla, que fantoche…

- Fuiste un cobarde, Dai Moroboshi… - opinó Shiho.

- No existe día en que no me insulte, en que no me atormente, en que no sufra pensando que podría haber hecho mucho más de lo que hice para salvarla de aquella mierda… Desde que me separé de ella, no tengo ilusión por nada, no tengo sueños, ni esperanzas, todo me da igual… Si dejé escapar a la mujer de mi vida, lo más importante para mí, fracasaré en todo lo que me proponga, porque nada tendrá más valor que el amor de Akemi. Y tienes razón Shiho, yo podría haber hecho mucho más para proteger a Akemi, pero no pude. No creo que me odies más que yo mismo, porque no me voy a perdonar NUNCA cada error que cometí. Eso me provoca un dolor grande, grandísimo, porque es más fácil que alguien te perdone… pero cuando te martirizas y te detestas a ti mismo, es imposible encontrar una razón para el perdón propio…

- Estoy segura de que no has sufrido ni la mitad que Akemi. Tú… - Shiho empezó a llorar con energía – tú no has visto a Akemi diciendo que la vida era repugnante y que no quería seguir viviendo… Tú no has visto los ojos de Akemi reflejando esa infinita tristeza cuando se deshacía de la ropa de vuestro bebé… Tú no has escuchado a Akemi, mes tras mes, recordando a vuestro hijo y diciendo: "este mes ya estaría de cinco meses, este mes de seis, este mes de siete"… ¿Qué sabrás tú del dolor, si ni siquiera sabías que tu hijo había muerto? – Akai rompió a llorar silenciosamente.

Shiho pensó que ya era suficiente. Ya le había causado demasiado daño y no se sentía orgullosa. Al contrario, se sentía más mezquina que nunca. Por su parte, Akai se sentía la persona más miserable del mundo. Akemi había sufrido mucho más, sobre todo por ese bebé. Akai ya no se sentía ni hombre, porque un hombre de verdad no es capaz de hacer sufrir tanto a la mujer que ama. La vida había sido cruel con él también. Igual que Akemi, él soñaba con estar siempre con ella y formar un hogar. Pero ningún sueño se había realizado y era humillante. Él también había perdido las ganas de vivir.

- No merezco ni que tú ni Akemi me perdonéis, porque soy una mala persona… - dijo Akai, cuando Shiho se dirigía a la puerta, para salir de allí y no volver nunca más.

- Mi hermana nunca se hubiera enamorado de una mala persona… - a pesar de la buena intención de la frase, no animó a Akai. Debería de pasar mucho tiempo para la propia redención.


Akemi estaba trabajando. Aquel día era de jornada completa y también tenía que trabajar por la tarde en la oficina. Aunque no podía quejarse, su trabajo le gustaba y había estudiado para ello. Atendía al público en una sucursal bancaria del centro de Tokyo. Ya faltaban pocos días para Navidad. Eran las primeras horas de la mañana cuando una mujer rubia y con gafas de sol entró en la oficina. Era alta y tenía la piel muy blanca. A Akemi le extrañó que no se quitara las gafas de sol una vez dentro de la oficina. Esa mujer se dirigió a ella y comenzó a hablarle en inglés, aunque se estaba esforzando en decir algunas palabras en japonés.

- Yo…mm… I want to take out cash from my current account.

- Ok. I need to know your name and surname. – también le pidió su cartilla bancaria.

- Mi nombre es Jodie Saintemillion. – Akemi se dispuso a hacer la operación, pero en seguida vio que en aquella cuenta no había dinero. Y cuando se lo quiso decir a la cliente, ya había desaparecido. Akemi se extrañó mucho. Miró hacia la calle para ver si todavía estaba la misteriosa cliente, pero ni rastro. Sólo había dejado el móvil encima del mostrador.

- Lo guardaré, por si acaso vuelve a recogerlo… - pensó Akemi. Unas dos horas después, el móvil comenzó a sonar. Akemi pensó que sería la dueña, pero no podía cogerlo, porque estaba en horario de trabajo. El móvil no paraba de sonar y sonar y sólo cuando Akemi salió a comer pudo contestar. – ¿Señora Saintemillion?

- Akemi – aquella voz hizo que Akemi se estremeciera y que un escalofrío le recorriera el cuerpo. Era Dai. Akai había organizado un plan: su amiga Jodie estaba destinada en Tokyo para investigar a la organización y le había pedido que fuera a ver a Akemi y se olvidara "accidentalmente" su móvil en la oficina. Así podían estar seguros de que el móvil no estaba pinchado.

- D…¿Dai? ¿Eres tú? – a Akemi le temblaba todo: la voz, las manos, las piernas…

- Sí, soy yo…

- No, yo no puedo hablar contigo. El móvil puede estar pinchado y me matarían si me descubrieran.

- Jodie es amiga mía. Es del FBI. El móvil no está pinchado, de verdad. – insistió Akai. – Ha sido todo un plan, tenía muchas ganas de hablar contigo. De escuchar otra vez tu voz, después de tanto tiempo.

- Dai… - a Akemi se le escaparon las primeras lágrimas.

- ¿Cómo estás?

- Todo es muy duro desde que no estás.

- Yo también te necesito a mi lado. No lo aguanto más. Soy un mierda por haberte dejado. – hizo una pausa. - ¿Me odias, Akemi?

- No. – dijo ella, entre lágrimas. – Ya te dije que para mí siempre serás lo más importante de mi vida, que siempre te amaré.

- Perdóname, Akemi. – a Akai también le temblaba la voz y Akemi no podía creerlo. – Te he hecho tanto daño que no tendré suficiente vida para pagártelo… No te pude proteger y huí. Y debería haberme quedado a tu lado.

- No digas eso, te habrían matado. Y eso habría sido peor que verte lejos de mí.

- Pero has sufrido mucho por mi culpa, Akemi. Te he hecho cosas que no tienen perdón…

- Pero si yo no te tengo nada que perdonar, amor. Tú me has regalado los mejores momentos de mi vida. Por eso no tengo no tengo nada que perdonarte, ni razón para odiarte y mucho menos para odiarte. – ninguno de los dos podía creerse lo que estaba pasando. ¡Estaban volviendo a hablar después de tanto tiempo separados!

- Nunca me he sentido tan solo como ahora, Akemi. – decía emocionado Akai. – Ojalá nunca hubiera aceptado esa misión.

- Entonces nunca nos habríamos conocido… y eso habría sido peor que todo esto ¿no crees? Yo no cambiaría por nada todo lo que he vivido junto a ti. Gracias a ti descubrí qué era ser feliz, descubrí una nueva forma de vivir y, por desgracia o por fortuna, también he aprendido a sufrir y a ser más fuerte. Pero no me arrepiento de nada, Dai, por muy doloroso que haya sido todo esto. ¿Tú te arrepientes de haberme conocido? – le preguntó ella dulcemente.

- No. – Akai vio en un segundo miles de flashes, todos ellos de los momentos felices que habían vivido. – Y no me arrepentiré nunca. Tu recuerdo me dará fuerzas para seguir luchando e iré a buscarte. No sé cómo lo haré, te puede parecer una locura u otro intento para ser un héroe, pero esta vez no fallaré. Sólo necesito que me esperes.

- Yo te esperaré hasta el fin de los tiempos. – Akemi empezó a llorar enérgica pero silecionsamente. – Te esperaré vengas o no. Siempre. Siempre.

- Siempre – repitió él al otro lado del teléfono. – Te quiero.

- Y yo a ti. – y Akai colgó. Entonces una alegría le recorrió el cuerpo. ¿Cuánto hacía que no se sentía así? Mucho, desde el tiempo en que salía con Akemi. Ahora estaba lleno de esperanza, después de escuchar su voz. Ella le seguía queriendo, lo había escuchado de sus propios labios y no le guardaba ningún tipo de rencor. Jodie se acercó a él. – Ya puedes ir a buscar el móvil, Jodie.

- ¿Te sientes mejor ahora que has hablado con ella?

- Por supuesto. Gracias por todo. Eres una gran amiga. – se sonrieron. Jodie pensaba que se moriría de celos después de aquello, pero no. La sonrisa de la persona que más amaba la tranquilizó y la hizo sentirse bien. Él volvía a estar feliz y eso a ella ya le bastaba.