El efecto dementor: Parte octava y final

El término dementor proviene de la raíz demencia…
…tal como si hubiese "perdido su alma".

Es un día de otoño. Comienza a hacer frío. El viento hace volar las hojas a su voluntad y también el cabello largo y enredado de una mujer joven. Hermione empuja la silla con dificultades por el cementerio. Está silenciosa y decaída. Se detiene, como han quedado, en cuanto ve una inscripción que anuncia "Malfoy".

—Aquí es —susurra Hermione.

Desde la silla, la figura se quita la capucha que llevaba y mira la inscripción de la tumba a través de unos lentes oscurecidos.

—¿Es él?

—Sí —dice Hermione—. Yo misma seguí el proceso.

—Gracias —dice Harry.

Con un esfuerzo enorme se levanta de la silla y se arrodilla sobre el mármol de la tumba. Pasa los dedos por la inscripción, con un nudo en la garganta y luego se dirige a él, de forma solemne.

—Entiendo por lo que pasaste —dice—. Ahora lo entiendo mejor que nunca. No toda tu vida, pero sí esos últimos segundos de desesperación. Esos momentos en que… en que te roban toda la alegría de tu vida, todo lo que eres o has sido y te transforman en un ser oscuro y vacío. Por eso pedí que, ya que te habían quitado el alma, permitieran que tu cuerpo también muriera, para que descansaras por lo menos así. A veces… a veces creo que es lo que yo hubiera querido para mí. Descansa, Lucius… y perdóname por lo que le hice a tu hijo.

En completo silencio, Hermione lo ayuda a levantarse y lo coloca en la silla de nuevo. Lentamente, regresan por donde vinieron.

—¿Me acompañarás con él? —pregunta Harry.

—Por supuesto —susurra ella—. El traslador está listo.

Al llegar al departamento de Dublín, Harry siente que debió haber muerto. Siente que es injusto que se le deje seguir con vida. Es injusto que Hermione y Ron se preocuparan al verlo en ese estado en el hospital y lo fueran a buscar a la mansión. Era injusto que el día y la hora de su llegada coincidieran con el momento justo para salvarlos. A veces, piensa Harry, tiene demasiada suerte.

Hermione toca a la puerta y unos segundos después, ésta se abre.

—Granger —saluda Draco.

—Malfoy. Traje a Harry.

Draco asiente y abre la puerta para dejarlos pasar, con mucha civilidad. Pero no le dirige ni un segundo la mirada a Harry. Adentro todo es un caos. Hay cosas en el piso y en las mesas y en los sillones. El departamento está frío. No hay sol que se cuele por las gruesas cortinas. Todo parece gris.

Draco está arreglando sus cosas para mudarse finalmente.

—Ya casi estoy listo, no se preocupen —dice Draco. Después de que él se vaya, le tocará el turno a Harry. Desocuparán el departamento totalmente pues Harry tuvo que renunciar a su puesto en Dublín para seguir su tratamiento médico en San Mungo.

Nadie responde a la afirmación de Draco.

—Creo que antes de irte deberías hablar con Harry —dice Hermione, tratando de conciliar las partes, como siempre.

Draco medio ríe, medio bufa y se va muy lentamente hacia la recámara. Camina pausadamente y con dificultad. Todos sus movimientos, de hecho, son lentos. Lleva una túnica muy amplia para ocultarlo, pero Harry sabe que debajo de ella leva vendas por todo el pecho. Y lo sabe porque incluso en su rostro quedan las marcas vivas de lo que le hizo. En la piel. En los ojos. En el alma.

—Yo… supongo que comenzaré a recoger tus cosas —dice Hermione.

Harry asiente desde la silla en la que está. No se atreve a hacer ninguna otra acción.

Draco sale de la recámara levitando sus maletas y las deja en un montón en la sala. Luego, con un pase de varita, las hace pequeñas.

—Bien. Creo que me voy ya —dice y comienza a caminar hacia la puerta.

Harry quiere decir algo. Quiere decir miles de cosas, pero ya las ha dicho antes y no sirvieron de nada. Mientras Draco estuvo recuperándose en San Mungo Harry le pidió perdón diez mil veces. Y eso no cambió nada.

De pronto Draco se detiene, antes de llegar a la salida y se voltea. Abre la boca y mira dos segundos a Harry. Lo salta con la mirada y se dirige a Hermione:

—Granger —la llama y ella voltea—. Gracias por llegar a tiempo ese día.

Ella asiente, sin palabras por un momento. Luego, echa los hombros para atrás y habla con firmeza:

—Harry fue víctima de un envenenamiento muy fuerte, Draco, tienes que entender eso. Todo lo que ocurrió fue por culpa de ese veneno. Le causó confusión, desorientación, pérdida de capacidades físicas y de memoria. Cambió su personalidad por completo. Nada de lo que hizo lo hubiera hecho el Harry que nosotros conocemos.

—Discúlpame —dice Draco, tras escucharla—, pero las conclusiones a las que llegó no fueron causadas por ningún veneno —agrega con dolor.

—¡Pero sí lo fueron! —rebate Hermione—. El veneno que Narcisa le puso en el té confundió sus emociones. ¿Sabes el efecto que tienen esas yerbas? Fue perdiendo la capacidad de raciocinio hasta que… hasta que llegó al fondo ese día. No fue su culpa —termina, en un susurro.

—Sé cómo actúa ese veneno. Y sé que se sirve de imágenes, miedos e inseguridades que ya están ahí —dice Draco—. Por eso el veneno se llama como los dementores. Los dementores no inventan la alegría que te quitan, ni la tristeza que se apodera de ti. Es algo que ya se tiene dentro y que ellos aprovechan.

Hermione frunce los labios. Al parecer está empeñada en resolver esto por la culpa que siente. La conversación que ella y Ron tuvieron con Harry los primeros días tras su regreso de Inglaterra fue aprovechada por el veneno para crear en su mente una nueva conversación el día del ataque de Andrómeda. Y era esa conversación la que había terminado de convencer a Harry de la culpa imaginaria de Draco.

—Pero… —intenta ella, de nuevo.

—Hermione —interrumpe Harry, interviniendo por primera vez—. No insistas. Fue mi culpa.

Draco le dirige la mirada por unos segundos nuevamente y luego la vuelve hacia Hermione, incómodo.

—No fue toda tu culpa —admite Draco, aunque con voz dura y sin mirarlo—. Fue mi madre quien te envenenó, después de todo. —Silencio—. Me voy.

—Draco… —llama Harry—. Una vez. Hablemos una vez. Por favor —ruega.

Draco traga y se mueve en su lugar con gran incomodidad. Niega con la cabeza.

—Me voy —repite.

—Espera —interviene Hermione—. Tienes una deuda conmigo. Quiero que la pagues hablando con Harry.

Draco frunce el ceño, la asesina con la mirada y asiente con reticencia.

Hermione deja el departamento a toda prisa para darles la privacidad que necesitan.

—¿Y bien? —dice Draco.

—Lo siento —repite Harry una vez más.

—Eso ya lo dijiste. ¿Algo nuevo que agregar? —pregunta Draco. Harry puede escuchar la nota de dolor en sus palabras.

—Nunca podré decirte o demostrarte todo lo que lo siento, todo lo que me duele recordar lo que te hice. Nunca podré poner en palabras las ganas que tengo de regresar el tiempo atrás y darte una vida feliz. No sabes las ganas que tengo de desaparecer de tu vida e irme con todo el daño que te hice.

Draco, que ha cruzado los brazos, baja la cabeza para cubrir su vista.

—Lo siento, Harry, pero no puedo perdonarte. Hiciste lo peor que pudiste haber hecho.

—Lo sé —susurra Harry.

—No, no lo sabes. Crees que lo que me duele son los crucios y el sectumsempra, pero no es cierto. Me duele el saber que no me conoces. Que nunca me conociste.

—Lo sé —repite Harry, con la voz quebrada.

Draco alza la vista, sorprendido.

—Lo sé —explica Harry— porque nunca pensé en el duelo por tu padre. Nunca te cedí por completo la libertad para ayudar a Narcisa. No entendí por qué comenzaste a alejarte de mí en cuanto llegamos a la mansión. Nunca entendí por qué me rehuías y por qué pasabas tanto tiempo a solas. Supongo que por eso mi… mi cerebro, ya afectado por el veneno, pensó que… —niega con la cabeza pues no quiere continuar.

—Potter —resopla Draco—. ¿Crees que todo ese tiempo que pasé escondido en la sala de requerimientos lo pasé arreglando el armario? Tú me viste en el baño, estúpido. Tú más que nadie deberías saber que cuando algo... cuando algo me supera necesito tiempo para estar solo y reflexionar y llorar si me da la gana, sin nadie que me mire con lástima.

—Ahora lo sé —dice Harry con una vocecita apagada, tras unos segundos de silencio—. También siento haber creído que las comidas estaban envenenadas, yo…

—Está bien —corta Draco—. Uno de los efectos colaterales de un envenenamiento es ese, no encontrar sabor en las comidas.

—No es sólo eso, Draco. Lamento haber juzgado mal tu intención de cocinarme a diario. Es sólo que yo… no es algo que tú hicieras a diario aquí, en Dublín.

—Tienes razón —sonríe Draco, vaga y tristemente—. No es algo que yo haga usualmente. Los elfos… los elfos seguían las órdenes de mi madre y se negaban servirnos, a preparar comida para ti… para nosotros. Por eso lo hice.

—Si me hubieras dicho… —susurra Harry. Siente como si se ahogara. Tiene ganas de llorar.

—¿Puedo preguntar algo? —dice Draco, luego de una pausa.

—Por supuesto.

—¿De verdad te pareció tan poco el tiempo que tomaste en enamorarte de mí? ¿De verdad creíste que algo… tan espontáneo sólo podía ser fruto de una poción?

—Sí —confiesa Harry, avergonzado.

—Eres un estúpido, Potter. Vivimos juntos un año, soportamos la tensión sexual por dos y llevábamos más de una década comportándonos como niños que se gustan. ¡Fue el cortejo más largo de la puta historia de los magos!

Sin poder evitarlo, Harry sonríe.

—Ya me conoces. Déjale a Harry Potter la tarea de ser el más idiota sobre la faz de la tierra.

Draco hace una mueca, que pudiera ser una sonrisa pero no llega a serlo. Tras unos minutos, agrega una pregunta que tiene un dejo de preocupación:

—¿Te juzgarán por lo de Andrómeda?

—Sí —dice Harry—. Ya tengo cita con el Wizengamot.

—¡Pero no fue tu culpa! —dice Draco. Ambos se sorprenden de su exabrupto.

—Eso no lo sé, Draco. Hice muchas cosas que no recuerdo… como lo de las barreras en la mansión.

—El veneno jugaba con tu memoria —confirma Draco.

Harry quisiera levantarse de su silla. Pero no sabe exactamente para qué. En su mente hay dos opciones. Una es saltar por la ventana y terminar de una vez con todo esto. En su cerebro todavía hay mucha confusión. No puede recordar todo lo que hizo estos últimos meses. Y de lo que recuerda, no sabe distinguir entre lo que fue real y lo que fue una alucinación provocada por el veneno y por su estúpida, estúpida mente turbia. Lo único que está seguro que es real es el daño que le hizo a Draco.

—Vi a tu madre el otro día. Supe que también la han citado. Nos cruzamos por accidente en las terapias de San Mungo.

—Qué desafortunado —es todo lo que atina a decir Draco. Narcisa ya no está a su cuidado. El ministerio la ha tomado en su jurisdicción.

—Dijo que no debió haberme salvado en el bosque, el día de la batalla de Hogwarts —dice Harry, como si le diera toda la razón a Narcisa—. Dijo que si hubiera sabido lo que haría con su familia… me habría entregado a Voldemort.

—Sí —dice Draco—. Lo hubiera hecho. Tan fácilmente como puso veneno en tu taza. Lo único que nos importa a los Malfoy es nuestra familia —agrega y voltea el rostro hacia un lado—. En eso no te equivocaste, hubiera hecho cualquier cosa por mi madre.

—Pero no lo hiciste. No me hiciste nada. Porque estabas realmente enamorado de mí.

Harry se siente el más grande embaucador del mundo, porque ha decepcionado a Draco de la peor manera. Draco se queda callado.

—Pero si hubiera sabido que te envenenaba probablemente la hubiera ayudado —dice Draco, pero su voz lo delata.

—Mientes.

—Tal vez —admite—. Porque en este momento, lo único que quiero es lastimarte como tú me lastimaste a mí. Y dado que gracias a ti estoy inutilizado, sólo puedo usar las palabras.

—Draco… Dios mío, lo siento tanto —Harry no puede evitar que las primeras lágrimas se le resbalen. En ese momento recuerda la imagen: Draco se desangraba y a él le parecía como un ángel. Parece que lo sigue viendo en este momento. Y tal vez es así, porque Draco sigue y seguirá lastimado y desangrándose por mucho tiempo, aunque su cuerpo sane.

—¿Sabes lo que más me dolió? —pregunta Draco, con rabia. Sus ojos también están anegados por las lágrimas—. Tenías esa mirada que siempre ponías después de hablar con los Weasley, esa mirada de resentimiento y odio y, lo más hiriente, duda.

Harry vacila. No sabe si tendrá fuerzas para lo que quiere hacer. Se levanta por fin de la silla y camina lentamente hacia Draco, casi sollozando.

—Draco… ¿no lo ves? El verdadero castigo no era el veneno, ni sus consecuencias. No era ni la memoria, ni mi cuerpo, ni las alucinaciones, ni la paranoia…

—No te entiendo —confiesa Draco, limpiándose violentamente las lágrimas con la túnica.

—Este, aquí, ahora, es el efecto del dementor, Draco. Succiona la felicidad de nuestras almas, nos hace sentir que nunca volveremos a ser felices, se alimenta de nuestras emociones y nos obliga a recordar el momento más terrible de nuestras vidas, una y otra vez, una y otra vez…

Draco entrecierra los ojos, dejando caer las pestañas sobre ellos. Harry llega hasta él y lo abraza con fuerza. Draco se lo permite, pero no le corresponde. No puede. Siguen cayendo lágrimas mezcladas de rabia y tristeza por sus mejillas.

—No hay un patronus lo suficientemente poderoso como para arreglar todo esto —susurra Draco—. Todo lo que nos hicieron y todo lo que hemos hecho. Hemos sido besados.

Harry se hunde en el hueco de su cuello y llora como niño pequeño. Draco lo sostiene ahí. Espera. Eventualmente le da un apretoncito en el hombro y lo separa.

—Tal vez… nos veamos en Inglaterra.

Draco duda un momento. A continuación, saca de su bolsillo una barra de chocolate y se la pone a Harry en la mano.

Finalmente, se va.

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Gracias por acompañarme a leer esta historia a pesar de las adverencias. Espero que les haya gustado y que, sea cual sea el efecto que haya tenido en ustedes, la hayan disfrutado y los haya entretenido. Espero publicar más historias largas pronto; si les interesa, ojalá me sigan. ¡Gracias!

Lore.