Disclaimer: Los personajes perteneces a SM y la historia es mía.

Hola de nuevo. ADVERTENCIA: Esta historia no es apta para menores, hay escenas de sexo explícito y vocabulario no apto para todos los públicos.

Miles de gracias a mi Beta Enichepi, que me ayuda a que esta historia mejore considerablemente y a AEX, ella sabe y yo sé.

25-01-2011


36.-Diferentes tonos de Rosa.

-Para ser más exactos, quiero que me hagas tres regalos. Voy a permitirte elegir tres implementos con los que te gustaría ser azotada por mí. Los vas a pagar con tu tarjeta, y me los vas a ofrecer para tu castigo. Yo elegiré uno de ellos, y te azotaré con él.

Expulsé todo el aire de golpe, todo el aire que había estado reteniendo de forma inconsciente, mientras que el Puto Amo me desvelaba los inquietantes planes que tenía para mí.

Una feroz descarga de adrenalina sacudió todo mi cuerpo. Sentía la cruenta batalla que se libraba dentro de mí, entre el deseo y el miedo, para ver cuál de los dos era más fuerte. Uno me obligó a cerrar los muslos, para tratar de calmar la pulsante necesidad que ardía en mi sexo y el otro, hizo que las palmas de las manos sudasen. No tengo claro cuál de los dos fue el que ganó ni el que mandó el escalofrío que recorrió mi espina dorsal, erizó los vellos de mi nuca, y puso a mi corazón en un serio riesgo de sufrir un ataque.

Miré con los ojos turbios a través de la ventanilla del coche una ciudad envuelta en los tonos grises de una lluviosa mañana de otoño. Era dolorosamente consciente de mi desnudez bajo el vestido de Versace. Mis pezones jugaban en el equipo del deseo, pero mi cerebro trataba de encauzar un salvaje torrente de pensamientos, imágenes y conjeturas, que acabaron conmigo hasta llegar al punto de querer hiperventilar.

¡Reacciona!

Miré a Edward directamente, mientras que él permanecía con la vista al frente, atento al tráfico de Seattle, y aparentemente ajeno al cataclismo que la revelación de sus planes inmediatos hacia mi persona había provocado en mi cuerpo.

-Pe… pero… – Tranquila, respira, balbuceando incoherencias no vas a conseguir nada. Me tomé unos segundos para controlar mi respiración, y ordenar mis pensamientos. Pasé nerviosa las palmas de las manos sobre mis muslos descubiertos por Edward, con cuidado de no bajarme las medias.

-Creí que sólo ibas a azotarme con la mano. Eso fue lo que me aseguraste cuando me advertiste de lo que esperabas de mí, y de lo que yo podía esperar de ti. – Mi tono fue bajo, respetuoso, y el temor latente, le daba a las palabras una característica nota vibrante e insegura.

Edward disminuyó la marcha, y giró a la derecha, hasta una calle secundaria. Aparcó junto a la acera y apagó el equipo de música del coche. Permaneció unos instantes con la mirada perdida al frente, suspiró y se giró en noventa grados para encontrarse con mis ojos.

Estaban oscurecidos por sus espesas pestañas, y la tensión en su mandíbula, con una incipiente barba, hacían de él el epítome de la masculinidad. Virilidad en estado puro, que me sometía a sus deseos, que me inducía a querer complacerlo, y a acceder a sus peticiones, por perversas y exigentes que éstas fuesen. No pude sostener la fuerza que desprendía su mirada, y bajé los ojos de manera tímida y respetuosa. Comencé a ruborizarme de forma lenta, pero inexorable, mientras que retorcía mis manos nerviosa.

-Mírame, Isabella. – Lo dijo de forma suave, contenida y firme. Con dos dedos largos y elegantes, me alzó la barbilla. Yo me resistía a levantar la vista, pero resultó una lucha breve y estéril, sus ojos ejercían sobre mí un poder difícil de explicar con palabras. Nadie que no haya sentido en carne propia, algo parecido a lo que yo sentía cuando Edward me miraba con esa intensidad, podría entender de lo que estoy hablando.

Ni el poder que me hacía someterme sin rechistar.

Cuando ya no pude soportarlo más, cerré los párpados rendida, emití un pequeño suspiro resignado, y me enfrenté con esos ojos, que parecían más grises y transparentes que nunca y suaves cercos oscuros, ensombrecían la parte inferior de sus ojos… No había dormido mucho… ¡Oh, Edward!

-No soy un hombre que tolere la mentira, o el engaño. Estoy firmemente convencido de que se trata de un grave insulto mentirle a alguien. Un insulto a su inteligencia, a su preocupación, y a su amor. Y yo te amo, Bella. – El gris verdoso de sus ojos se aceró con la vehemencia con que pronunció esas palabras. Me había llamado Bella…

-Estoy actuando en contra de lo que siempre he tenido perfectamente claro. Puedo llegar a entender los motivos por los que decidiste ocultarme lo que había sucedido en tu antiguo apartamento. Pero no los apruebo. Y no puedo ignorar lo que has hecho. –

Asentí una sola vez con la cabeza, en un movimiento breve y suave. No podía esperar otra cosa de Edward. Su vida se regía por estrictos códigos, normas, fórmulas… que establecían cuál debía de ser mi comportamiento en todo momento, y ante cualquier situación. Y su código moral con respecto a la mentira, era extremadamente inflexible. Edward no mentía. Y tampoco consentía que le intentasen mentir. Tenía suerte de que me amase, y de que no me hubiese pedido que me fuese de su vida. Por algún extraño y recóndito motivo, me sentí feliz de que fuese a azotarme. Aunque en esa ocasión prometiese ser más intenso, lo aceptaría con gusto. Confiaba en él, y sabía que no me haría daño. Es más, casi podría asegurar, que se encargaría de no dejarme ni siquiera marcas.

Sin embargo no podía ignorar el nudo que se formaba en mi estómago, al pensar en ello.

-Voy a seguir azotándote con mi mano, ya te dije que no disfruto especialmente utilizando otro tipo de utensilios. Pero una infracción de las normas de esta excepcional gravedad, merece un castigo proporcional. Eso no significa que vaya a herirte. Se trata de situarte en la correcta forma de pensamiento, que seas consciente de la dimensión que tu mentira tiene para mí. Debes de ser consecuente con las repercusiones de tus actos, y responsabilizarte de ellos. –

Un suspiro tembloroso se escapó de mis labios. Edward intensificó su mirada y pareció reflexionar sobre algo, quizás afectado por mi expresión algo asustada.

-Si todo permaneciese exactamente igual a como estaba cuando fui esa mañana de domingo a tu viejo apartamento por primera vez, tú estarías saliendo de mi vida en estos momentos, y yo… yo no estaría perdidamente enamorado de ti. –

Sonreí de forma tímida ante su comentario, y bajé la vista algo avergonzada. Cuando se dirigía a mí en ese tono suave y cálido, conseguía que me derritiese por él y que mi sonrojo aumentase. Lo amaba con locura.

-Ni el rosa se hubiese convertido en uno de los colores que más me gusta observar. – Dijo acariciando uno de mis enrojecidos pómulos, con sus dedos. No pude evitar que la pequeña sonrisa se ampliase en mis labios. – ¿Sabes que les he puesto nombres a tus distintos tonos de rosa? – Negué con la cabeza, sin poder creer lo que estaba escuchando. ¿Cómo conseguía hacer eso? Me llevaba de la excitación, al miedo, y a sentirme halagada y amada con solo unas frases, unas miradas y unos gestos sencillos y cariñosos tan poco habituales en un hombre como él… Tan cargados de una insoportable electricidad…

-Este, por ejemplo, es un adorable tono rosa de "Prometo portarme bien de ahora en adelante". – Esta vez la caricia fue con el dorso de sus dedos. Cerré los ojos, sonreí y disfruté de su contacto, con ganas de ronronear como una gata.

-Pero ahora vamos a buscar lo necesario para conseguir otro de mis tonos de rosa preferido, ese sugerente tono "Azóteme un poco más". –

¡Sí! ¡Joder! ¡Vamos!... ¡Ooohh, por Dios! ¿Era yo quién había pensado eso? ¡No podía creerlo! Edward me cerró la falda del vestido, me abrochó los botones del abrigo y se inclinó para darme un corto, pero sugerente beso sobre mis labios acariciándolos con la suave punta de su lengua.

Me sentía aturdida por la enorme cantidad de emociones contradictorias que colapsaban mi mente y mi pecho. Pero me sentía decidida a seguirle el juego.

-Creo que no me deja otra elección, Señor Cullen. – Lo miraba directamente a los ojos, de forma coqueta a través de mis pestañas mientras me mordía el labio de la forma más sugerente que fui capaz. Si Edward quería azotarme con algo más contundente que su mano, yo se lo permitiría. Solo por probar. Nunca pensé que fuese a disfrutar tanto con sus azotes, aunque doliesen. Quizás me encontrase ante otro nuevo descubrimiento…

-¿Acaso la quiere Srta. Swan? – Su sonrisa canalla y arrogante conseguía de mí, lo poco que no consiguiese el resto de él. Y estaba dispuesta a borrársela de la cara, y obligarlo a cambiarla por una mueca de intenso placer. Aunque después no pudiese sentarme en unos cuántos días. ¡Por Dios…! ¿Era yo la que estaba pensando esas cosas?

-No… Solo quiero complacerlo, Señor. – Los ojos de Edward se oscurecieron, y relampaguearon de forma salvaje. ¿Eran cosas mías, o la chica de Forks sabía dónde tenía el Gran Hombre su punto débil? Su sonrisa se ensanchó a cámara lenta en su cara junto a mi sonrisa interior.

-Esa es la actitud pequeña. – Sonreía apenas con la comisura de sus labios, y sus ojos fueron cálidos. Pude ver por un ángulo de mi visión, cómo hacía una señal con la mano, como avisando a alguien, pero sin apartar sus hipnóticos ojos de los míos. Casi inmediatamente después, me sobresalté al escuchar cómo se abría la puerta del Alas de Gaviota a mi lado.

Call la sostenía y me esperaba con un paraguas abierto, para resguardarme del lento chaparrón que caía en ese momento. Obedecí el gesto de Edward, que me instó a salir con un leve movimiento de su cabeza. ¿De dónde había salido ese hombre?

Me sujeté el abrigo, asegurándome de que no se abriría delante de Call, y salí del coche, aceptando la mano que me ofrecía para ello. Rápidamente Edward estuvo a mi lado, con el cuello de la chaqueta subido, y algunas gotas de lluvia brillando en su pelo. Me abrazó por los hombros con una sonrisa, sujetó el paraguas y me refugié en su pecho mientras que nos dirigíamos con paso rápido, hacia una discreta puerta trasera.

Cuando entramos, una sonriente joven nos esperaba para recibirnos. Alta, con un cuerpo estilizado y elegante envuelto en un ajustado vestido negro de movimientos pausados y medidos, con una piel dorada que evocaba otras latitudes. Su larga melena negra y lisa, le enmarcaba un rostro bello y muy bien proporcionado con unos profundos ojos negros. Inmediatamente me sentí amenazada por ella. Reconocí algo salvaje y carnal latiendo bajo su superficie. Y si yo lo había notado, Edward también.

-Buenos días, Señor Cullen, Señorita Swan… Bienvenidos. – Nos saludó de forma educada y amable, con una voz profunda y erótica, que seguramente causaría estragos entre los hombres. No me sorprendió del todo que supiese mi nombre, al igual que no lo hizo el hecho de que Call estuviese en la puerta trasera esperándonos. No después de lo del cisne y las fotos. – Síganme por favor. – Edward se había colocado bien el cuello de su chaqueta y volvió a poner una mano sobre mi hombro de forma posesiva y tranquilizadora al mismo tiempo.

Seguimos a esa imponente amazona por un largo y ancho pasillo pintado de gris oscuro, con un elaborado zócalo de madera de roble, igual que el suelo. Bien iluminado a pesar del color de la pared, pero que hablaba de que ese era el camino hacia algo prohibido y oculto.

Yo me sentía cada momento más y más nerviosa. ¿Dónde me estaba llevando Edward? ¿Estaríamos en una de esas tiendas, donde todo era negro, se vendía ropa de látex y todo tipo de escalofriantes látigos? ¿Podía esperar una especie de mazmorra con cortinas de cuentas de plástico rosa y música de película porno? Esperaba que no de todo corazón. Y lo cierto es que no podía imaginar a Edward Cullen en ese tipo de antros.

La Imponente Amazona abrió una elegante puerta de madera tallada, y nos invitó a entrar en el salón privado que Edward había reservado para… para nuestro día de compras… Estaba al borde de un ataque de nervios tan potente, que hacía un verdadero esfuerzo por no estallar en risas histéricas, que acabasen conmigo llorando en el suelo y sujetándome la barriga.

Respiré hondo y le lancé a Edward una mirada divertida, que él no supo interpretar, porque me la devolvió interrogante y con el ceño fruncido. Era una de las pocas veces que él no sabía lo que estaba pasando por mi cabeza y supuse, que eso debió desconcertarlo.

Entramos en una habitación interior, sin ventanas que fuesen indiscretas, con el suelo de madera de roble, las paredes en el mismo tono gris oscuro el pasillo, y enormes estanterías y armarios de la misma madera, de los que colgaba una abrumadora cantidad de lencería. Olía a caras esencias que le daban un toque afrutado muy particular y agradable al ambiente.

Todo tipo de artículos se exponían en los estantes, desde cosméticos, vibradores, máscaras, arneses, medias, zapatos, correas de todo tipo, collares, esposas… Hasta el gel estimulante que ya conocía… Mis ganas de reír cesaron en el acto, y sentí un irrefrenable impulso de acercarme a curiosear todo lo que allí se exponía con absoluta elegancia y privacidad. Nada más lejos de lo que yo temía.

-¿Puedo ofrecerles algo para tomar? ¿Café, zumo, agua, champagne…? –

Edward me miró con una ceja burlona levantada y yo puse los ojos en blanco. Simplemente sería incapaz de ingerir nada en ese momento, y ese canalla que quería calentarme el trasero, lo sabía perfectamente.

-Nada, gracias. – Le contestó sin apartar los ojos de mí, y eso me gustó muchísimo. Una oleada de euforia me infundió el valor necesario para hacer lo que había venido a hacer.

-Les dejaré solos, si me necesitan, sólo tienen que llamarme. – Dijo señalando hacia un intercomunicador situado en la pared. – Mi nombre es Zafrina. – Ninguno de los dos le respondimos, mientras que salía discretamente de aquella habitación llena de posibilidades para el Cuarto de Juegos de Edward. Él se acercó a mí y me desabrochó el abrigo.

-Así estarás más cómoda. – Dijo mientras lo deslizaba por mis hombros abajo. –Elige lo que quieras, compra todo aquello que te guste, pero no olvides mis regalos. Piensa en lo que te gustaría que use para azotarte ese culito respingón. Mi tentador culito respingón. – Mi estómago se encogió a causa de la anticipación, cuando noté su mano acariciar sugerentemente, la curva de mis nalgas. ¿Por qué la palabra "culito" sonaba tan excitante en sus labios?

Arrojó el abrigo y mi pequeño bolso sobre una butaca de cuero situada junto a un rincón, sin mirar. Estaba deliciosamente cerca, su esencia inundaba mis sentidos y me empujaba hacia ese mundo erótico y oscuro de sumisión y placer.

De dolor y placer. De control y placer. Y tenía esa jodida mirada hambrienta…

Acarició la línea de mi garganta con su dedo índice, hacia abajo, hasta situarse entre mis pechos. Se inclinó sobre mí y cerró una mano sobre mi nuca, mientras que sus labios estaban situados entre mis pechos, volvió a subir para abarcar mi garganta. Me tenía sujeta por el cuello con una mezcla de delicadeza y firmeza, a la vez que acariciaba la línea de mi mandíbula con su dedo pulgar. Yo me entregué a ese gesto con el deseo recrudeciéndose en mi interior, pero con las manos sumisamente a mi espalda, lo que provocaba que mi escote se abriese sugerentemente.

Con ese simple gesto me hacía sentir todo el poder que ejercía sobre mí. Y eso me gustaba… Me gustaba mucho…

Acercó sus labios a los míos entreabiertos, y me besó de forma lenta y posesiva, sin apretar ni una milésima sus manos en torno a mi cuello y sin dejar de pasar su dedo por mi mandíbula con exquisita delicadeza. Mucho antes de lo que me hubiese gustado, se retiró despacio, y acarició mis labios con los suyos. No me reconocía, estaba deseando que Edward me follase sobre la pequeña mesa redonda que había en el centro de la habitación… de forma fuerte y profunda…

-Haz lo que te he dicho. Yo tengo algunos asuntos que tratar. – Frotó su nariz contra la mía antes de retirarse.

-¿Me vas a dejar sola? Pero… necesitaré ayuda, yo no entiendo nada de lo que me has pedido. – De nuevo la Bella suave y mimosa hacía acto de presencia, esbozando un teatral puchero. Edward ensanchó su sonrisa canalla, estrechó los ojos divertido, y se alejó negando con la cabeza hacia el intercomunicador.

-Zafrina, venga a ayudar a la Señorita Swan. – Me sentí algo decepcionada, pero me apresuré a colocarme bien el amplio escote de ese provocativo vestido, y le sonreí nerviosa a la amazona, que ya entraba por la puerta.

-Dígame en que puedo ayudarla Srta. Swan. – ¡Perfecto! Ahora venía la parte en la que yo no tenía ni idea de cómo explicarle a la amazona, que ese que estaba ahí de pié, con una sonrisa perversa plasmada en sus perfectos labios, era el Puto Amo, que no tenía otra cosa que hacer ese sábado, que azotarme y que por eso yo estaba allí, desnuda bajo el vestido, a excepción de las medias y con una puñetera tarjeta negra en el bolso.

-La Srta. Swan necesita algunos consejos para elegir varios artículos para los azotes eróticos. – Abrí los ojos y la boca, sin poder creer lo que Edward acababa de decir, mientras que notaba un insoportable calor en mis mejillas. Debí haberlo previsto. Si yo tardaba en contestar, Edward lo haría por mí. Definitivamente no era un hombre paciente.

-Por supuesto Sr. Cullen. – La amazona contestó con total naturalidad, a fin de cuentas, ella trabajaba en una tienda dónde se vendían todo ese tipo de artículos todos los días.

Edward se acercó a mí, me abrazó y me levantó la barbilla con dos dedos. Con esa actitud arrogante y seguro de sí mismo, me encendía de una manera increíblemente rápida. Es como si esa actitud, tuviese la llave maestra de mi líbido.

-Elige con buen criterio. Ya sabes que no me gusta dejarte marcas. – ¡Genial! Con esa simple frase susurrada, dejaba claro, que era él quién me azotaba a mí, y no al revés. ¡Como si necesitase recordarlo!

Lo miré sin saber qué pensar de su actitud, después de lanzar una mirada nerviosa a la amazona, que permanecía educadamente ajena a nuestra conversación.

-También aprecio realmente ese fantástico tono rosa de "No puedo creer lo que me estás haciendo" – Susurró contra mi oído, mientras me acariciaba de nuevo los pómulos con sus dedos. – Es más intenso que el de "Prometo portarme bien de ahora en adelante, Señor" –

Y sin más, salió por la puerta, dejándome a solas con la amazona.

Pues si Edward y la amazona podían tratar el tema con total naturalidad, yo no sería menos. A fin de cuentas estábamos hablando de mi trasero.

Inspiré profundamente, enderecé la espalda, hice acopio de valor y…

Y no sirvió para absolutamente nada, porque yo seguía sin saber cómo afrontar el tema, y empezar a preguntar, así que volví a dejar caer los hombros, desanimada a la vez que suspiraba frustrada.

-Srta. Swan, si me permite… – Zafrina se había acercado a mí y me miraba directamente a los ojos. Su tono era impecablemente correcto, pero sus ojos transmitían confianza y sabiduría. Fruncí el ceño ante lo que esa mujer me hacía sentir. Es como si conociese el tipo de relación que Edward y yo manteníamos. Asentí algo confusa, y no del todo segura de querer escucharla.

-Disculpe que me tome la libertad de pronunciar estas palabras, no pretendo ofenderla, o que se sienta incómoda. No conozco al Señor Cullen. – Uff… ¡Qué alivio…! Todo mi cuerpo se relajó y me dispuse a escucharla con otro ánimo muy distinto. – Y no me atrevería a juzgarlo a la ligera, ni a decir que encaja en un determinado tipo de hombre. Pero conozco la psicología masculina y entiendo la necesidad de dominio que impulsa a ciertos hombres, a reflejarlo en su modo de vida, al igual que entiendo la necesidad que algunas mujeres, tienen de someterse a un hombre concreto. –

Un momento. ¿Realmente quería darme una charla sobre lo que impulsa a los hombres a querer la sumisión de una mujer? Procuré disimular que había levantado las cejas con incredulidad, curioseando aparentemente despreocupada, entre la increíble variedad de lencería allí expuesta.

-No quiero darle un discurso sobre los tipos de Dominación-Sumisión que existen, que son muchos. Solo quiero darle un consejo, si me lo permite. – Asentí realmente intrigada por lo que quería decirme. Había dejado de intentar aparentar una indiferencia que no sentía, y me había vuelto para mirarla con gran interés mientras me hablaba. Era la primera vez que tenía un punto de vista distinto al de Edward. Y además provenía de una mujer.

-Las mujeres tenemos… perdón, no me estoy expresando con corrección. Las mujeres que desempeñamos un papel de sumisas en el sexo por voluntad propia, tenemos el inmenso poder de crear fuertes ilusiones en la mente de nuestro amante. O dominante... Le estoy hablando de seducción. – ¿Crear fuertes ilusiones en la mente? Pero… ¿De qué estaba hablando esa mujer? Lo que Edward y yo teníamos, no eran ilusiones, precisamente. Ella sonrió un poco, al ver mi perplejidad.

-Les damos lo que más necesitan. Creamos una poderosa ilusión de dominio y control en un hombre, a través de nuestros gestos y comportamiento. Con nuestra actitud, conseguimos ser castigadas, o recompensadas. Necesitadas en resumen. Somos nosotras las que realmente tenemos el poder en ese tipo de relación, las que decidimos hasta dónde estamos dispuestas a llegar y hasta dónde decimos "no". –

La parte del "no" la entendí a la perfección. Ya me había negado en una ocasión a que Edward me azotase y él respetó mi decisión. Pero la parte del poder me resultaba completamente nueva. Yo pensaba que el poder lo ejercía Edward, al imponer sus normas. Pero era cierto lo que me decía, hasta ese momento no me había planteado mis límites, pero… ¿Hasta dónde estaba dispuesta a llegar, para complacer a Edward?

-Pero cuando un hombre inteligente, como presumo que es el caso del Señor Cullen, encuentra lo que ha estado buscando durante tanto tiempo, la intensidad de ese tipo de relación, crece y se multiplica, así como la necesidad de control. –

Esa parte también me resultaba vagamente familiar.

-Pero estoy divagando, solo le aconsejo algo: no deje de sorprenderlo. Prepare su cuerpo y su mente para complacerlo, si es lo que quiere. Cree la potente ilusión de su sumisión y maneje las riendas de la relación todo lo que él se lo permita. Es decir, no va a manipularlo, pero sí que conseguirá que él valore cada vez más su afán por complacerlo y así la recompensará. Él tomará todo lo que quiera darle y que no sobrepase sus límites y debe conseguir, que su mayor pesadilla sea perderla, verla en brazos de otro hombre, que otro que no sea él, disfrute del placer que le proporciona. –

Estaba empezando a sentirme algo confusa. Debía prepararme para complacerlo, pero a la vez, trazar mis propios límites, manejar la relación desde mi cuota de poder y hacerme imprescindible, para que nunca quiera dejarme... Todo eso, suponiendo que "todo eso" sea lo que yo quiera… Necesitaba hablar este tema con Edward.

-Pero sin perder su esencia. – ¡Claro! Además eso. – Es una cuestión de equilibrio. De equilibrio entre lo que una da y lo que toma. Entre lo que cede y lo que gana. Eso es lo que se llama compromiso, dar y recibir –

Es una cuestión de equilibrio, sí, pero en el alambre. Era demasiada información, demasiados aspectos en los que no había pensado con calma. Yo sólo sabía que al principio sentí curiosidad y atracción por Edward y que después comencé a amarlo con locura y a estar dispuesta a casi cualquier cosa por complacerlo. Pero… ¿Hasta dónde estaba dispuesta a llegar realmente? ¿Y si un día me despertaba asfixiada y con ganas de salir corriendo? O lo que era peor… ¿Y si un día me lastimaba?

-Disculpe si la he ofendido con mis palabras... –

-No, no me ha ofendido, no se preocupe. Y ahora. – Dije en un suspiro. – Enséñeme algunos instrumentos para azotar, que no sean demasiado extremos. –

Porque lo cierto era que quería probar mis límites. Y sobre todo, probar si Edward sería capaz de hacerme daño.

La amazona experta en crear potentes ilusiones en la mente, desplegó ante mí una variada gama de todo tipo de utensilios para azotar. Para ser azotada, en mi caso concreto. Desde flexibles bastones, con un aspecto falsamente inofensivo, hasta floggers de suaves tiras de cuero, pasando por surrealistas látigos de pelo humano.

Estaba empezando a sentir ganas de salir corriendo, pero me contuve con toda mi fuerza de voluntad y tengo que reconocer, que con una especie de fascinación morbosa, que me estaba excitando cada vez más, a medida que Zafrina me explicaba con todo lujo de detalles, cómo se utilizaba cada uno de los objetos ante mí, y los resultados que conseguían. Siempre desde mi punto de vista, es decir, este es más doloroso que aquel, o este aplicado en esa zona concreta, puede ser extremadamente placentero.

Decidí hacer bien mi trabajo, y elegí lo que según Zafrina, era una pequeña variedad de implementos de diferentes intensidades. Quería demostrarle a Edward que aceptaba mi castigo, tal y como él lo decidiese. Y por otra parte, quería comprobar lo segura que estaba en esta relación.

Además de los puñeteros accesorios para ser azotada, decidí seguir el consejo de Zafrina, y comprar algunos artículos, que me llamaron especialmente la atención. Me había gustado un tarro que contenía polvos iridiscentes para el cuerpo, eran comestibles, perfumaban sutilmente, y se aplicaban de forma sensual con una coqueta borla de plumón. También compré una vela que estaba hecha a base de aceites de masaje, y que al ser encendida, se fundían, y se aplicaban sobre el cuerpo para un buen masaje erótico. Y como compra estrella, un corsé de seda negro, que solo cubría la parte de la cintura, dejando así los pechos desnudos, resultaba extremadamente sencillo de colocar sin ayuda y reducía mi cintura asombrosamente. Lo compré pensando en él y haciendo gala de que recordaba nuestra conversación del primer día, cuando entre muchas otras cosas, dijo que alguna vez vestiría corsés para él. Ese era un buen día para hacerlo. Confiaba que Edward aprobase mis compras, era especialmente susceptible con el olfato cuando se trataba de mi cuerpo.

Pagué con mi flamante tarjeta negra una suma realmente escandalosa, sobretodo, por los implementos para que Edward me azotase. Y por primera vez, no sentí el más mínimo remordimiento por gastar su dinero, muy al contrario, me alegraba mucho de que mi castigo, le costase la bonita cifra de más de mil dólares.

Edward me esperaba consultando su reloj y paseando nervioso de una esquina a otra de la antesala del salón privado. Cuando me vio aparecer con todas mis compras en un par de bolsas de cartón rígido de color gris perla y negro, con asas de tul de organza, que contenían las tres exquisitas cajas en los mismos colores, con los instrumentos seleccionados por mí envueltos en un delicado y sarcástico papel de seda y un par de caprichos más para nosotros, me lanzó esa sonrisa capaz de iluminar una ciudad entera, que hizo que me temblasen las rodillas como a una colegiala.

-Por fin… Estaba empezando a impacientarme. – Me cogió las bolsas y se inclinó sobre mí para besarme brevemente en los labios. Yo le sonreía como una tonta, encantada de verlo suave y contento, sin acordarme en absoluto, que se encontraba así porque ya habíamos completado la primera fase, del juego perverso en el que había convertido mi castigo.

Pasó su brazo por encima de mi hombro, hasta situar su mano en mi cintura. Entonces se detuvo bruscamente cerca de la puerta trasera de la tienda y me miró con extrañeza. Sus dedos tantearon mi cintura y mi vientre, delineando con precisión el contorno del corsé negro que me había dejado puesto para él.

Sus ojos se oscurecieron con rapidez, entreabrió ligeramente los labios e inspiró rápida y profundamente. ¡Oh, joder! ¿Había vuelto a meter la pata al seguir el consejo de la amazona?

-¿Qué es lo que llevas puesto? – Mi corazón había dejado de latir, podría jurarlo, al escuchar su voz rasgada.

-Un corsé. – Conseguí jadear con el último vestigio de aire que quedaba en mis pulmones, con mi mano aferrada a su duro pecho.

-Oh, Srta. Swan… Es usted un puto regalo del cielo, que estoy seguro de no merecer. ¡Vámonos! Apenas puedo esperar a enterrarme en ese estrecho coño. Y antes tenemos pendiente unos azotes que no vas a olvidar fácilmente. – Lo susurró en mi oído, con ese tono amenazante que me ponía caliente. Más que caliente, lo que me ponía era incendiada. ¡Sí! Incendiada era la definición más correcta.

Tiró de mi mano y nos sacó de aquella boutique erótica a una velocidad sorprendente, que yo me esforzaba en seguir subida en mis tacones de doce centímetros. Había parado de llover y me ayudó a entrar en el coche y arrojó las bolsas en el maletero sin demasiadas ceremonias. Arrancó el Alas de Gaviota y salimos disparados con un escandaloso chirriar de ruedas.

¡Ay, joder! Maldita sea la amazona y su puto conocimiento de la psicología masculina y maldita sea yo por hacerle caso, sabiendo como sabía, con quién me la estaba jugando.

Ya decía yo que su famoso autocontrol tendría que tener un límite. Pero esperaba de todo corazón que mi ex-presidiario se controlase, y no hiciese que el Puto Amo me regalase la azotaina de mi vida, solo por cumplir rápidamente con el trámite. Clavé las uñas en la tapicería del coche, mientras que veía desfilar con alarmante rapidez el paisaje urbano, convirtiéndose en el paisaje agreste que rodeaba la Guarida.

Hasta que no atravesamos a sólida verja de hierro que daba acceso a la casa de Edward, custodiada por un impertérrito guardia de seguridad, no me percaté que estábamos siendo seguidos desde cerca por el Mercedes negro que solía conducir Call.

Edward detuvo el coche justo en la puerta principal y dejó las llaves puestas. Salió, recogió las bolsas del maletero, y me ayudó a salir del coche con una expresión contenida en su rostro. Yo percibía como el magnetismo de su aura crecía y se espesaba a nuestro alrededor.

-Espérame en el Cuarto de Juegos. – Su voz firme y controlada, sonó oscurecida por el deseo y había algo de urgencia en ella. Me tendió las bolsas y entré en la casa, para dirigirme a paso ligero escaleras arriba. Estaba nerviosa, excitada y ansiosa por lo que se avecinaba.

Entré en aquel Cuarto de Juegos, que se parecía al Moulin Rouge*, dejé las bolsas sobre el banco tapizado de terciopelo morado y crucé las manos delante para esperar paciente a que Edward entrase. No me quité el abrigo, los nervios me daban sensación de frío, pero sí dejé mi cartera junto a las bolsas.

La chimenea estaba encendida y la suave iluminación, creaba un ambiente íntimo y decadente. Comencé a juguetear nerviosa con la pulsera, mientras que mis ojos viajaban rápidos desde el columpio, hasta la Vertical Pole, desde la cama, a la columna, pasando por la mesa. Miles de mariposas furiosas batallaban en mi estómago, el corazón se me salía del pecho y mi sexo se humedecía cada vez más, lanzando mensajes impacientes a todo mi cuerpo, que se consumía de ansiedad, deseo y anticipación.

La enorme pared cubierta de espejos me devolvió una imagen de mi cuerpo que no esperaba. Parecía una joven normal, vestida de forma recatada con ese carísimo abrigo completamente abrochado, pero los zapatos, las medias de rejilla y mis mejillas, contaban una historia bien distinta, que hablaba de deseo mal contenido y nerviosismo en estado puro. Por no mencionar que bajo ese descarado vestido azul, sólo estaba vestida con un corsé que acentuaba mi cintura y no cubría nada más.

Me sobresaltó el sonido de la puerta. Edward entró con paso decidido y esa expresión dura e impenetrable plasmada en la cara. Desprendía cruda virilidad que amenazaba con consumirme por completo. Y yo gustosa me quemaría en esa hoguera.

-Tienes demasiada ropa. Quítate el abrigo. –

Lo dijo mirándome como si pudiese ver a través de mí, mientras que él se deshacía de su chaqueta con gestos decididos y algo impacientes. Yo comencé a desabrocharme el abrigo con dedos inseguros, y lo dejé junto a su chaqueta sobre el respaldo del sofá, sin ser capaz de apartar mis ojos de los músculos de sus brazos y hombros, que se marcaban en su camisa con cada movimiento.

Cuando se giró para mirarme, bajé la vista inmediatamente. Mordiéndome el labio mientras que me concentraba en disfrutar, de la adictiva sensación de la adrenalina causaba en mi organismo. Una mezcla irresistiblemente enloquecedora que, una vez acostumbrada a sus potentes sensaciones, estaba comenzando a controlar y a gozar como una adicta.

-¿Has comprado algo más, aparte de lo que te pedí? – Asentí con la cabeza, y la mirada en la tupida alfombra bajo mis pies. – Enséñamelo primero. – Me apresuré a buscar las dos pequeñas cajas en la bolsa más pequeña. Su voz era firme, pero suave al mismo tiempo, ya no estaba enfadado como la noche anterior, pero estaba en su papel de Dominante.

-Se trata de una vela para masajes… Señor. – Le dije ofreciéndole la caja que la contenía. Alcé la mirada y me encontré con que sonreía satisfecho. Procuré esconder mi pequeña sonrisa de picardía, pero estoy segura de que no lo conseguí. La tomó en sus manos, la abrió y se la llevó a la nariz, aspiró suavemente y emitió un sonido gutural de aprobación. Eso me animó a seguir mostrándole mis adquisiciones, con algo más de confianza.

-Estos son polvos iridiscentes, se aplican con una borla de plumón y son comestibles. – Repitió lo mismo que con la vela, pero con la sonrisa más torcida y sexy.

-¿Algo más? – Me ruboricé de nuevo y Edward interpretó a la perfección mi gesto. El corsé. Sonrió de forma perversa, se giró y dejó la vela y el tarro con los polvos sobre el mueble de cajones junto a la cama.

-Enséñame esa maravilla. – ¡Oh, joder! Esperaba de todo corazón que de verdad pensase que era una maravilla. Alcancé el cierre oculto del vestido y lentamente lo abrí, para desvelar mi desnudez ante Edward, adornada por las medias y el corsé. Me lo terminé de quitar y lo dejé caer con un brazo, junto al sofá. Me ardían los pezones por el roce continuo del suave tejido del vestido. No me acostumbraba a estar bajo la intensidad de su mirada.

Edward me estudió durante lo que pareció un siglo y comenzó a subirse los puños de la camisa sobre los antebrazos, mientras que se acercaba despacio y giraba a mi alrededor para mirarme desde todos los ángulos. Me estremecí de placer inducido por su ardiente mirada. Se detuvo a mi espalda y se acercó a mi oído.

-Simplemente gloriosa. – Cerró sus manos sobre mi cintura de forma posesiva y juraría que apremiante. – Prácticamente puedo abarcarte con mis manos. Eres tan pequeña, tan delicada… – Convulsioné visiblemente ante sus palabras, que viajaron directamente a mi sexo y a mi autoestima.

-Ahora. – Posó una de sus manos sobre mi trasero. – Enséñame lo que has comprado para mí. – El susurro viajó por todo mi cuerpo, erizándome la piel y anidó en mi vientre, con una extraña mezcla de temor y Deseo.

Edward se alejó hasta situarse junto a la mesa con la superficie de cuero. Eso me obligó a coger la bolsa que contenía los tres implementos y seguirlo hacia donde él estaba. Se había girado y observaba como yo caminaba a su encuentro, mientras que se desabrochaba la camisa y la sacaba de sus pantalones. ¡Mierda! Descubrió su pecho y yo me sentí como una adolescente ante su ídolo. Tuve ganas de gritar y abalanzarme contra él. ¡Céntrate Bella!

Dejé la bolsa en el suelo y me incorporé con la caja del primer utensilio en las manos. Ya que estábamos en esa situación, decidí interpretar bien mi papel, con las palabras de Zafrina en la cabeza.

-Espero que le guste, Señor. – Pronuncié las palabras en un susurro estrangulado y dulce, a causa de mi estado de ansiedad, mientras que le ofrecía la caja. Los ojos de Edward relampaguearon salvajes y la tensión en su mandíbula se hizo más evidente.

Abrió la caja y sonrió divertido. De ella sacó algo parecido a una regla, pero hecha de una flexible madera con la inscripción "Teach me a lesson" escrita en uno de sus lados.

-¡Oh, Srta. Swan! Definitivamente adoro su sentido del humor. – Había cierta incredulidad en su voz y un brillo travieso en sus ojos. Si no estuviésemos en la situación de "Castigo Inminente", quizás yo también estuviese divirtiéndome con mi ocurrencia. Pero no, estaba demasiado nerviosa como para eso.

Soltó la caja sobre la mesa, con la regla de madera expuesta dentro de ella. Yo me agaché y le ofrecí la segunda caja.

La abrió y acarició su contenido con dos dedos, de ella sacó una fusta delgada, flexible y con suaves plumas en su extremo, escondiendo la temible lengüeta de cuero. Una oleada de calor inundó todo mi cuerpo. Levanté la vista tentativamente y me encontré con que sus ojos se clavaron en los míos con una intensidad y brillo desconcertante. Yo había elegido la fusta como homenaje a la primera vez que nos vimos aquella noche en la isla. La noche que nos conocimos yo bailé delante de él con una en las manos…

Colocó la caja con la fusta junto a la otra, y se volvió hacia mí de nuevo. Le ofrecí el último con un leve temblor de mis manos. Ese era el que menos me gustaba de todos.

La abrió y sacó una pala para azotar de piel de cocodrilo, corta, flexible y con la pala ancha. Según Zafrina, ese era el que menos me interesaba que eligiese y aún así la compré para que tuviese dónde elegir. La dejó junto a las demás sobre la mesa, sin un solo gesto que pudiese darme un indicio sobre sus pensamientos.

Me consumían los nervios y la situación se me estaba haciendo cada vez más difícil de soportar. Entonces Edward hizo algo que no esperaba. Me encerró entre sus brazos y me besó lenta y posesivamente, eliminando de un plumazo todos mis miedos e inseguridades. Su beso transmitía algo extraño… era una mezcla entre amor… deseo… posesividad… y… ¿culpa? No me atrevería a asegurarlo, pero lo sentí más cercano de lo que había llegado a sentirlo antes, con la única excepción de aquella noche en la que me hizo el amor, después de confesarme parte de su pasado y de decirme que me amaba. Nos separamos unos centímetros y ambos sonreímos.

Me tomó de las manos y sacó de un pequeño cajón bajo la mesa unas esposas. Las cerró alrededor de mis muñecas con determinación. Yo observé todo el proceso como a cámara lenta, con una extraña y poco real, precisión de detalles.

-Ya he tomado una decisión. Voy a azotarte con mi mano. – Una oleada de alivio me relajó el cuerpo, sabía a lo que me enfrentaba cuando me azotaba con su mano. – Y después, te azotaré con la fusta. – Y todo mi alivio saltó por un precipicio.

Alargó la mano y sacó la fusta de su caja, al observó con fascinación y comprobó algunos detalles como la flexibilidad de la caña y la sujeción de las plumas y la lengüeta.

-Has hecho una buena elección, Isabella. – Sus ojos se dispararon contra los míos. – Una fusta envuelta en plumas, sigue siendo una fusta. Al igual que una mentira envuelta en buenas intenciones, sigue siendo una mentira. –

Me estremecí ante una sensación que no supe identificar. Era una mezcla de remordimiento por haberle mentido, excitación, que hacía brotar el conocido calor entre mis piernas, y miedo a lo que pudiese hacerme sentir esa fusta.

-Inclínate. –

Me incline obedientemente sobre la superficie de cuero, con mis codos firmemente apoyados, entrelacé mis manos y procuré controlar el violento temblor que sacudió todo mi cuerpo. Mi respiración se volvió superficial y errática, constreñida por el corsé. Me concentré en mi cuerpo, atenta a cualquier sensación que Edward provocase en él.

Edward retiró la cortina de mi cabello que me cubría la cara, echándolo sobre mi hombro derecho.

-Recuerda que siempre puedes pedirme que me detenga. En esta ocasión cualquier palabra que me digas, hará que todo pare inmediatamente. Un "no" será suficiente. ¿Lo has entendido? –

Asentí despacio, incapaz de pronunciar ni una sola sílaba.

-Contéstame, Isabella. – Su orden fue suave y tenía un matiz tranquilizador, a pesar de todo. Quizás fuese porque estaba acariciando mis hombros, y porque había soltado la fusta sobre la mesa.

-Sí, Señor. – Apenas pude murmurar esas palabras.

Sus manos se desplazaron de mis hombros, hasta mis caderas, repitiendo las sensuales caricias tranquilizadoras, acariciando la línea que marcaba la cadena que me regaló, y las que formaban el corsé. Edward me amaba, no me haría daño, cualquier palabra detendría todo… Y yo no iba a soportar más allá de lo que fuese soportable para mí.

-Te daré diez azotes con mi mano y otros diez con la fusta. –

No esperaba menos. Su mano se había desplazado hasta mis nalgas y había comenzado a acariciarlas con algo más de intensidad, mientras que la otra me sujetaba por la cintura, justo donde el corsé la estrechaba. La anticipación me estaba quemando allí por donde pasaba.

El primer azote no se hizo esperar. Noté la palma de su mano restallando contra mi piel y el dolor viajó por mi espalda y de vuelta se alojó en mi centro, haciendo que el deseo contenido comenzase a fluir en una salvaje explosión, seguida de otra y otra… a medida que la palma de su mano hacía su trabajo sobre mi trasero.

Yo jadeaba con cada explosión de deseo, con cada contacto con su mano, con cada azote sintiendo la posesividad, la fuerza contenida, mi entrega… Mi placer… Sabiéndome en manos de ese glorioso y complejo hombre que no admitía una entrega a medias.

Así pasaron los diez azotes con su mano. Y llegó el momento de la fusta. El temible momento de la fusta. Tuve el impulso de pedirle que parase, que por favor no continuase con mi castigo, que sería buena… Pero algo oscuro y poderoso en mi interior me detuvo. Quería saber qué se sentía. Y ese deseo era más fuerte que yo.

-Lo estás haciendo muy bien, pequeña. – Sus palabras de aprobación terminaron de impulsarme a continuar. Eso y la humedad entre mis muslos.

-Tienes un bonito tono rosa "Azóteme un poco más, Señor". – Me hubiese reído con su ocurrencia de encontrarme en otra situación. Pero lo cierto es que valoré su intento por relajarme.

Respiré profundamente y traté de prepararme mentalmente para lo que venía. Pero no fue posible, porque yo sencillamente no tenía ni la menor idea de a lo que me enfrentaba. Y me estaba poniendo en lo peor.

El deseo comenzaba a perder la batalla contra el miedo y eso me produjo una agobiante sensación de desasosiego.

Me tensé cuando noté las plumas de la fusta acariciar con indolente abandono mi espalda, en dirección a mi trasero. Por el interior de mis muslos, de nuevo hacia mi trasero. Alrededor de mi cadera y de nuevo hacia mi trasero. ¡Mierda…! Edward no me haría daño. Y si lo empezaba a hacer, lo detendría inmediatamente.

-¿Lista? – No. Asentí con un leve movimiento de mi cabeza y un violento estremecimiento del resto del cuerpo.

Escuché el suave silbido del aire al ser cortado por la fusta y me preparé para lo peor en cuestión de una fracción de segundo. Cerré los ojos con fuerza y…

Y noté la lengüeta de cuero revestida de la suavidad de las plumas, chocar contra la ya tierna y receptiva piel de mis nalgas. El dolor que produjo me sorprendió. No era tanto como yo esperaba. Era algo más agudo y concentrado que cuando me azotaba con su mano, pero no lo que yo temía. Era algo que me sentí capaz de soportar. Es más, era algo que me sentí capaz de disfrutar. En su justa medida.

Edward acarició la zona golpeada con las plumas y de nuevo sentí la ausencia de éstas y otro golpe en otra zona diferente y las mismas sensaciones arrasadoras.

-¿Qué es lo que quieres de mí, Isabella…? – Hizo una pausa dramática. – ¿Esto? –

Me azotó con la fusta y solté un suave quejido.

-¿O esto? –

Me acarició con las plumas y gemí de forma vergonzosamente lasciva.

-Puedo darte cualquier cosa que me pidas. – Tanteó con la punta de sus dedos mi entrada, provocando que moviese de forma sugerente mis caderas, en busca de que profundizase sus caricias. – Estás empapada, nena. Contéstame. – Introdujo dos dedos en mi sexo y comenzó a trazar círculos sobre ese punto concreto tan placentero.

-Todo. Lo quiero todo… Señor. – Jadeé temblorosa.

-Buena respuesta. – Y el muy maldito sacó sus dedos de mi interior y descargó un nuevo azote con la fusta, seguido de las caricias con las plumas.

Así estableció un ritmo intenso de pequeños y rápidos azotes, intercalados por suaves y sensuales caricias con las plumas. Pude ver que apenas movía su muñeca para azotarme y tuve la certeza, de que si movía el brazo, la intensidad de mis azotes crecería de forma exponencial. Edward se estaba controlando para no hacerme daño y eso consiguió que yo me relajase, todo lo posible dadas las circunstancias y aceptase el castigo con la fusta. De nuevo mi imaginación estuvo a punto de ser mi peor enemigo, pero lo controlé a tiempo.

En un movimiento de las líneas de ataque, en vista de las últimas informaciones recibidas, el deseo cambió de estrategia y venció definitivamente la batalla al miedo.

Fue rápido, intenso y desconcertantemente placentero, una vez que hube asimilado las diferentes sensaciones.

Cuando terminaron los azotes, Edward tiró la fusta al suelo, me alzó de la mesa, me miró a los ojos con una expresión casi torturada, con la respiración agitada por la excitación y me besó pasional y profundamente. Forcejeé contra las esposas para poder abrazarlo, pero sin resultados, así que me conformé con acariciar su pecho y abdomen con las dos manos juntas.

-¿Estás bien? – Me sujetaba la cara con sus dos manos, cada una a un lado. Fruncía el ceño y parecía preocupado.

-Sí. – Dije con un suave murmullo. Sonrió despacio.

-Buena chica… –Murmuró sobre mis labios y volvió a besarme. Yo me esforcé en poner lo mejor de mí en ese beso. Me sentía agradecida, porque de haber querido lastimarme, lo hubiese podido hacer con asombrosa facilidad. Y no lo hizo.

-Este, Srta. Swan, es el excitante tono de rosa "Lo siento" – Dijo con una mano rozando suavemente una de mis nalgas. Esa vez sonreí de forma seductora y coqueta.

-Ahora inclínate sobre la cama con las piernas abiertas y en el suelo. Voy a tomarte. – Su voz era rasgada, profunda y ronca. Sus gestos estaban teñidos de una apremiante necesidad que me empujaba a obedecerlo, a desearlo con locura. Cada vez me entregaba más. Cada vez lo amaba más. Cada vez lo deseaba más de una forma oscura y primitiva.

Volví a inclinarme, esta vez con los codos sobre la cama, obedientemente y escuché el suave sisear de ropa. Edward se estaba desnudando. Yo estaba con la cabeza más baja que la cintura y mi trasero expuesto en el aire.

Pero antes de lo que me imaginé y contrariamente a lo que esperaba, lo que sentí fueron los labios y la lengua de Edward conquistando cada pliegue de mi sexo, sin tregua, mordiendo suavemente mi necesitado clítoris. Comencé a jadear y a gemir abrumada por las sensaciones que estaba provocando en mí. Clavaba los pulgares a cada lado de mi sexo, abriéndolo para tener mejor acceso. Su lengua lamía y presionaba en los lugares justos, sus dientes acariciaban amenazadoramente las partes más vulnerables de mi sexo. Inspiraba profundamente y emitía guturales sonidos de aprobación, cuya reverberación viajaba directamente al centro de mi placer.

Yo me contorsionaba de placer, con la cara muy cerca de las sábanas y el pelo cubriendo mi cara. Gemía sobrepasada por las sensaciones que su experta lengua, lanzaba en forma de oleadas de calor por todo mi cuerpo.

Me penetró con su deliciosa lengua varias veces, cada vez más profundamente, mientras que su cara se enterraba entre mis piernas. Sus dientes estaban causando estragos en mi hinchado clítoris. Desplazó una de sus manos hasta él y comenzó a estimularlo con enloquecedoras caricias.

-Señor… por favor… – Quería pedirle que parase, que por favor se apiadase de mí y se detuviese, porque me estaba volviendo loca. Pero los violentos espasmos de mi vagina me obligaron a cerrar el pico y a abandonarme a las dementes sensaciones que estaba recibiendo.

-Por favor… necesito… ¡Ah!... correrme… Señor… Por favor. – Conseguí gimotear lastimosamente con los dedos crispados sobre las sábanas de seda negra. ¡Oh, joder! ¡Esa barba…!

-Sí. – El sí ahogado por mi sexo terminó de desatar la locura en todo mi cuerpo. El nudo que me oprimía el vientre se desató y salvajes oleadas de placer arrasaron con lo poco que había dejado en pie la anticipación. Tuve una deliciosa sensación de mareo. Como una drogadicta que acabase de conseguir su dosis.

Edward disminuyó la intensidad de su lengua y acarició casi con devoción cada recoveco de mi sexo, guardándose para él, todo vestigio de mi placer. Recorrió con su lengua todos mis pliegues, serpenteando de forma perversa y continuó hacia arriba, pasando suavemente la punta de su lengua hasta…

-¡Ah! – Di un pequeño respingo por lo inesperado de la nueva sensación y levanté bruscamente la cabeza.

Se incorporó y giré la cabeza para poder verle la cara, que tenía esa sonrisa arrogante y torcida, junto con los ojos oscurecidos y entornados por el deseo. Se había quitado la camisa y pude echar un breve vistazo a su torso marcado por la suave y elegante musculatura.

-Mira al frente, Isabella. – Lo dijo con un tono suave de advertencia. Hice lo que me dijo, como la niña buena que ya no era.

-Este, Srta. Swan. – Me regaló un rápido, suave y demencial azote sobre mi clítoris. – Es el insoportablemente irresistible tono rosa de "Fólleme, Señor". – Su voz lenta y seductora acarició cada poro de mi piel. Emití un débil gemido como de gatita.

Escuché bajar su cremallera e inmediatamente después su enorme y dura polla presionando contra mi entrada.

-Fuerte y rápido. – Mis pezones se contrajeron dolorosamente, ávidos de atención.

Sus rodillas me separaron más las piernas y comenzó a abrirse paso dentro de mi cuerpo. ¡Oh, Dios! Despacio… provocando que los músculos vaginales protestasen placenteramente ante la invasión. Cuando se hubo introducido un poco, volvió a retirarse para entrar de un salvaje y fluido movimiento hasta su base, que me empujó hacia delante en la cama.

-Aaaggghhhmmm. – Arqueé la espalda como una gata, con los antebrazos sobre las sábanas y mis manos esposadas. – ¡Sí! – Jadeé de forma agónica.

-¡Oh, sí nena! ¡Ya lo creo que sí…! – Cerró una mano sobre mi hombro, para mantener mi espalda arqueada y la otra sobre el corsé a la altura de mi cintura. Y comenzó a embestirme con fuerza, casi con violencia, en un acto de posesión desesperado y arrasador.

-Mía. – Jadeó entre los dientes cerrados. Con la mano que tenía cerrada sobre mi hombro, me empujó para que pegase el pecho a la cama. Y tuve que extender mis brazos hacia delante, adoptando una postura realmente sumisa y entregada. No podía apoyarme y mis pechos se comprimían contra la suave superficie de seda. Dejé caer la cabeza sobre la cama, apoyando la frente en ella y me concentré en disfrutar de la sensación de Edward entrando en mi cuerpo, volcando en cada empuje toda su pasión y deseo.

Él jadeaba de forma entrecortada y de vez en cuando, coincidiendo con que giraba sus caderas, o cambiaba el ángulo de penetración, emitía cortos y potentes gruñidos de placer.

-Ciérrate sobre mí. – Su jadeo apremiante fue realmente convincente y comencé a cerrarme alrededor de su enorme polla. Una cosa era hacerlo sola y otra muy distinta era hacerlo cuando su falo me llenaba con cada potente embestida. Cada vez que conseguía cerrarme con fuerza alrededor de él, las sensaciones se multiplicaban, hasta volverse insoportables. Otro nuevo orgasmo atenazaba mi vientre y hacía que mis piernas temblasen. No aguantaría mucho más.

Sus dos manos se aferraron con fuerza alrededor de mis caderas e incrementó aún más el ritmo. La habitación se llenó con el sonido de nuestros gemidos y el entrechocar de nuestros cuerpos.

-¡Córrete!... ¡Ahora! –

Y solté el orgasmo que había estado reteniendo a duras penas. Exhausta, convulsa, enajenada, al borde de la inconsciencia… Apenas fui consciente de que Edward bramó su liberación dentro de mi vientre, con un par de brutales embestidas más fuertes y profundas.

Se dejó caer sobre la cama a mi lado y me arrastró a sus brazos. Los dos jadeantes, satisfechos, y enredados en el cuerpo del otro.

Me alzó la cara por la barbilla con sus dedos índice y pulgar, apartó el pelo de mi frente y me miró con ojos emocionados, brillantes y entornados. Acercó despacio sus labios a los míos y pude notar cómo nuestros labios se amoldaban despacio, saboreándonos sin prisas. ¡Qué diferencia con el Edward de la noche anterior! Me desconcertaba tanto… Era tan temperamental, tan impredecible…

Estuvimos así durante un buen rato, procurando normalizar las respiraciones. Disfruté mucho de aquella sensación, había esperado mucho tiempo para encontrarme entre sus brazos y satisfecha.

Pero Edward no parecía estar igual de satisfecho, porque tardó muy poco tiempo en incorporarse, dejándome un breve beso sobre los labios. Acarició mi nariz con la suya en un gesto cariñoso y cómplice, que no le conocía hasta ese día.

-No vuelvas a mentirme, Isabella. Nunca. Bajo ninguna circunstancia. – Su voz fue suave y cálida, pero teñida de cierta tristeza. Por primera vez pude ver en sus ojos, el dolor que mi bienintencionada mentira le había causado. Y me sentí insoportablemente mal. Pero mi trasero me recordó que ya estábamos en paz.

Recordé que tenía una conversación pendiente con Edward sobre mis límites y sentí crecer el desasosiego de nuevo.

-Edward… – Quise devolverle el abrazo, pero las esposas limitaron mis movimientos y sonreí triste, mientras suspiraba frustrada. Me conformé con pasarle una mano por el pelo, mientras que con la otra procuraba no tapar su cara. Lo había tuteado a propósito, una cosa era interpretar un papel durante el sexo y otra lo que había pasado la noche anterior. Y me negaba a hablar de nuestros sentimientos llamándolo Señor.

-Tienes mi palabra de que no volverá a pasar. Te amo demasiado como para causarte daño a propósito. – Edward pareció satisfecho con mi respuesta, sonrió de forma dulce y metió la mano en uno de los bolsillos de los pantalones que todavía llevaba puestos, sacando la pequeña llave que me liberaba de las esposas. Cuando el "click" anunció mi libertad, yo solo podía pensar en abrazarlo y en fundirme con él. Y eso hice. Y fui correspondida con verdaderas ganas.

¡Dios…! Esa sonrisa… Esa sonrisa dulce y esos ojos tristes tuvieron mucho más poder de convicción sobre mí, que todas las jodidas fustas, palas y demás amenazas del mundo. Apreté mis brazos alrededor de su cuello con fuerza, y eso pareció devolverlo a su postura habitual.

Volvió a mirarme a los ojos, deliciosamente cerca, sobre mi cabeza y esa sonrisa torcida apareció lentamente en su glorioso rostro. Desde tan cerca, era incluso más poderosa.

-Quiero más, Srta. Swan. – Se levantó con una agilidad insultante y se bajó los pantalones de un tirón, provocando que su creciente erección saltase libre, peligrosamente cerca de su tamaño definitivo.

El ambiente se había vuelto ligero a nuestro alrededor y me permití reír de buena gana ante su gesto. Él ensanchó aún más la sonrisa y separó mis piernas para tumbarse encima de mí, soportando su peso con un codo sobre la cama.

-¿Sabes qué tono de rosa es este? - Acarició con suavidad mis labios con su dedo. Sus ojos brillaban divertidos y yo sólo podía pensar en lo irresistiblemente seductor que era. Me sentí feliz de que me hubiese elegido para ser su compañera. Para amarme, un detalle que no se me olvidaba.

Me mordí el labio y asentí varias veces con cara de niña inocente. Él estrechó los ojos y liberó mi labio con su pulgar.

-¿Sí…? ¿A ver? – Lo adoraba cuando estaba así de despreocupado y juguetón.

-Bésame. – Su sonrisa se hizo realmente difícil de soportar sin perder la cabeza en el intento.

-Chica lista. – Le regalé mi mejor sonrisa y Edward estrelló sus labios contra los míos, en un beso que hizo que el ambiente volviese a cambiar a nuestro alrededor. Inspiró profundamente mientras devoraba mi boca, mientras que yo…

Yo notaba como hundía una mano en mi pelo, acariciándolo en vez de sujetarme por él, cómo su erección se hacía increíblemente dura contra mi vientre, notaba cómo de suave era su pelo entre mis dedos, cómo su olor me aturdía, cómo no podía evitar abrir más mis piernas para enroscarlas en su cintura…

Sus enloquecedores besos bajaron por mi cuello y hombros, hasta que llegaron a mis pechos y allí se detuvo, exhalando su dulce aliento justo sobre mi pezón, haciendo gala de una crueldad de la que no lo suponía capaz. Mi clítoris pulsaba de necesidad y la humedad en mi centro tenía que ser evidente para él, porque su polla se deslizaba entre mis labios vaginales, empujándose al compás del lento ritmo de sus caderas, tentándome de una forma que debería ser considerada como tortura por La Convención de Ginebra. ¡No era forma de tratar a una prisionera! ¡A una prisionera que se había rendido de forma incondicional! O casi…

-¿Y sabes qué tono de rosa es este? – Lamió con la punta de su lengua mi duro pezón, para después soplar sobre él.

-¡Oh, Dios…! – Me quejé arqueando mi espalda, ofreciéndome para que terminase de una vez con lo que había empezado, mientras que mis manos tiraban de su pelo.

-Vamos nena… Puedes hacerlo mejor. – Cerró los dientes suavemente sobre mi pezón y tiró un poco de él. El violento espasmo de mis paredes vaginales, me gritó con fuerza que me espabilase, que allí abajo necesitaban atención con urgencia.

-¡Muérdame! Aaah… ¡Muérdame, Señor Cullen! –

-Eso es… Buena chica. –

Y como recompensa a mi breve momento de lucidez, Edward cerró sus labios alrededor de mi pezón, mientras que con la otra mano pellizcaba suavemente el otro. Se hundió en mi vientre de nuevo, con fuerzas renovadas, pero con la misma intención de siempre de darme mucho más placer del que yo creía que podía soportar.

Hundí los dedos en los músculos de su espalda y alcé las piernas para darle mejor ángulo de penetración. Al hacerlo, sin querer clavé los tacones asesinos de doce centímetros, que todavía llevaba, en su glorioso trasero.

Edward se incorporó un poco, lo suficiente como para mirarme a los ojos y esa mirada me dejó paralizada. Parecía sorprendido y como si lo hubiese desafiado, o insultado, o… Ni siquiera sabía de qué tenía puesto la cara.

Iba a disculparme, pero algo se apoderó de mí en ese momento, y en vez de balbucear alguna excusa, me mordí el labio, y volví a clavar de forma lenta y premeditada, los tacones en su fantástico culo, apremiándolo a continuar con lo que estaba haciendo.

-Oh, Isabella… ¿Me has tomado por un caballo al que espolear? –

Y como respuesta volví a clavar un poco más los tacones, con una sonrisa perversa que no era mía.

Edward arrugó la nariz y siseó entre dientes, tensando la espalda en un gesto de dolor que… A ver cómo digo esto… Que me gustó mucho más de lo que estoy dispuesta a admitir.

Entonces en un movimiento realmente rápido, giró sobre su espalda arrastrándome con él, dejándome de rodillas sobre la cama con él entre mis piernas e introduciéndose en mi vientre con un potente envite de sus caderas.

Yo grité de placer y arqueé la espalda hacia atrás, dejando caer mi cabeza.

-Pues cabálgame, entonces. Las manos sobre la cabeza. – Me apresuré a obedecerlo, sorprendida por su reacción, ofreciéndole así una inmejorable vista de mis pechos y el corsé.

-Simplemente gloriosa. – Acompañó sus palabras de una potente embestida de sus caderas hacia arriba, haciéndome saltar sobre él. Y cuando me dejaba caer de nuevo, volvió a repetir su movimiento. Una vez y otra vez y otra… Marcando un ritmo intenso y apasionado con sus manos en mi cintura.

Yo antes pensaba que estar abajo durante el sexo, era adoptar una posición pasiva, pero Edward me demostró una vez más, lo mucho que podía llegar a sorprenderme.

Lo miré con los párpados entornados, incapaz de apartar los ojos de su cara de intenso placer. De los poderosos y elegantes músculos de su cuerpo, de sus labios que dejaban entrever sus dientes cerrados con fuerza… Con esos ojos devorándome…

Se incorporó y me atrapó entre sus brazos, ayudándome a marcar el ritmo demencial en el que me tenía sumida. Entrelacé mis manos en su pelo y él comenzó a lamer y morder mis pezones. De forma errática, apasionada… Mi vientre comenzó a convulsionar y esa vez no podría pararlo.

-¡Sí! ¡Nena… Dios… Sí! – En esa embestida se quedó profundamente dentro de mi cuerpo, sujetándome con fuerza contra su sexo… y los dos llegamos juntos al abismo del deseo, abrazados con fuerza, sudorosos, jadeantes, temblorosos…

Y en ese momento, una idea pasó por mi cabeza y desató algo que ni yo misma esperaba. Estallé en risas alegres e incontroladas, sin duda, como una forma muy necesaria de liberar toda la tensión que había padecido. Una catarsis para exorcizar todos los oscuros fantasmas que habían poblado mis dos últimos días.

Reí hasta que se me saltaron las lágrimas y cuando miré a Edward con los ojos acuosos, pude comprobar para mi sorpresa, que me miraba con una ceja levantada y sin poder ocultar su expresión divertida.

-¿Se divierte Srta. Swan? – Su tono pretendía ser severo, pero sonó burlón e intrigado, como si no soportase sentirse excluido de mi pequeña broma privada.

-Mucho, Señor Cullen… Yo siempre pensé que esta habitación era el Moulin Rouge, y resulta que es el Crazy Horse*. –

Edward abrió los ojos asombrado, intentando fingir que estaba escandalizado, hasta que estalló en fuertes y melodiosas carcajadas, que se unieron a las mías, creando así un sinfonía muy pocas veces interpretada.

Nos abrazamos y rodamos por la cama desecha.

Y por unos deliciosos instantes, solo fuimos nosotros dos en la cama, riéndonos como si nada hubiese pasado, como si no existiese una imprecisa amenaza sobre mí, como si todo lo ocurrido durante la mañana y la noche pasada, quedase atrás.


*Moulin Rouge: Molino Rojo. Sala de Cabaret parisino, que en algunas ocasiones ha tenido fama de Burdel.

*Crazy Horse: Caballo Loco. Sala de Cabaret competencia del Moulin Rouge.

Como siempre, miles de gracias a: sophia18, Naobi Chan, Ninna Cullen, Isi22, Gaby, Irga, Danika20, whit cullen, Bite Me Sr. Cullen, Yudi, Milhoja, tolola, Gabisita Black, Liyus-C, Nalee Masen, Gegargas, Ericastelo, tlebd, AleCullen, Belewyn, elena robsten, camela, niita94, eclipsadamasen, lightning Cullen, jamlvg, catitacullen, deathxrevenge, Yzza, Dreams Hunter, Paolastef, Nikola Caracola, CindyLo, madaswan, Caro Bell, Maite, calalis, zujeyane, robsten-pattinson, cyndi-cullen, GoAsKEmily, MELI8114, carigt05, Facullen, alimago, VictoriamarieHale, Cullen Vigo, Paolita93, cutita, klaiva, Verota, Ginegine, claudi17, MaxiPau, eydaf, .Cullen, macel333, amys cullen, magymc, , lanenisita, liduvina, aurorabg, rob y pato, Aspasie29, NuRySh, Ccytig, ladydawn, julie-q, EDWARD-BELLA-MANSON, arianna mansen, Diana, beakis, Poemusician, Anaheli.C, DianElizz, TataXOXO, Elyta, MAGUIDECULLEN, madelinedarkgirl, V, marivifc, Lucimell-Elysita, lEOna gUAraNI CUllEN SWan, fairycullen, Loveme45, lorenalove, larosaderosas, fanny alamillo, Bellaliz, , fantwilight1, Alejavi, sianita, Ciruelo, , Yezxenitha, pitufarm, CIPM, krisny, dracullen, MixelintheDark, Giovanna y Sethaum. Wow! Miles de gracias de todo corazón.

También a quienes me añaden a alertas y favoritos. Review=Preview. Blog actualizado.

Tengo varios anuncios que hacer:

1.- He abierto una encuesta en mi blog, para saber lo que pensáis de los azotes de Edward. Me gustaría mucho que votáseis, pero por favor, no olvidéis que no pregunto de forma general, os pregunto por esta historia en concreto, para conocer vuestra opinión y que me ayudéis con el fic.

2.-He decidido compartir mi investigación previa para crear la historia y así ayudar a quién tenga dudas sobre ella y el tipo de relación de sus personajes. Ya he subido a mi blog la primera parte de cuatro.

3.- Y por último, pero no menos importante, Naobi Chan ha creado un fantástico video sobre Rendición, que también podéis ver en el blog. Muchísimas gracias Naobi!

Puf! Creo que no me olvido de nada O.o