Rompiendo el hábito

Poco me interesan los sufrimientos emocionales de las personas. Para mí, el dolor, el sufrimiento y el amor a una persona no son algo que se pueda percibir sólo con decir: "Hey, realmente te quiero". Recuerdo claramente el dolor y el pánico que sentí cuando a hospitalizaron a mi hermano hace tres años. Fue provocado por una hipotermia una semana atrás, asaltado en la calle a dos cuadras de casa. Dos meses después fue dado de alta. Y durante ese tiempo aprendí que sólo ver el sufrimiento físico de un ser amado es lo que revela la profundidad de tus sentimientos. Según yo, algo de esto habría evitado al final de Eclipse tanto dolor de Bella al decidir finalmente entre Jacob y Edward.

Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, hay varios diálogos y párrafos extraídos de su libro "Eclipse". Sólo me adjudico mi versión del final de esta historia.


«Pero ante todo canto un común pensamiento,

que nos une en las horas oscuras y doradas»

—Federico García Lorca, "Oda a Salvador Dalí"

I.

Battle with a neophyte

Edward Cullen

Estaba muerto. Lo sabía. Pero eso no lo hacía más llevadero. Si bien Jasper decía que siempre he sido un buen luchador, carezco de verdadera habilidad física salvo por mi velocidad... y mi capacidad para leer mentes. Bella pensaba que era un luchador innato, aunque sabía que podía defenderme, no era bastante sin un objetivo claro. Quizás eso fue lo que me permitió rastrear al monstruo pelirrojo frente a mí durante mis meses de locura. Esta vez, sin embargo, no iba a ser suficiente. Escuché a Seth gimotear inconsciente.

Riley no saldría impoluto de la lucha, con las manos destrozadas por los dientes de Seth. En este momento su mente de neófito se encontraba nublada por el deseo de sangre y rabia. Apenas podía mantener la coherencia para preguntarse por qué Victoria no acababa conmigo de una vez. Después, planeaba rastrear al lobo que lo había mutilado, movido por una violenta venganza. Victoria, por otro lado, planeaba hacerme sufrir con sus pensamientos. Y ni siquiera me molesté en esconder el dolor que me producían.

"No tienes idea de lo mucho que disfrutaré tu muerte, infeliz. Oh, sí. Me aseguraré de que tu cadáver mutilado le haga llorar más alto de lo que cualquiera de nosotros pudiese soportar. Usaré ponzoña para avivar el ardor en sus heridas provocadas por mis uñas. Ya que tú no sufrirás la eternidad solo como yo sin James en fin, que sea ella la que sufra cada momento de dolor por ambos, Edward Cullen."

¿Qué más daba lo que me hicieran? ¿Podía este dolor significar algo en comparación al suplicio que Victoria le haría sufrir a Bella? Sabía que esta vez no habría perdón ni oportunidades, ni siquiera la suerte podría habernos salvado. Pero me rehusaba a morir sin pelear, hasta que la última célula de mi cuerpo se convirtiera en cenizas. Y me dolía el corazón pensando en las oportunidades que mi prometida perdió manteniéndose a mi lado, terca y fiel como un gatito. Fue curioso, pero apenas habían pasado veinte segundos desde que Seth me había ayudado cargando contra Riley. En esa milésima de segundo recordé una vez que le pregunté a mi padre sobre su relación con Esme, casi cinco años desde que la encontró. "Un vampiro puede morir sólo cuando su corazón le pertenece a sí mismo, sino, imagina el suplicio que será para el ser amado cuando su compañero muera con sus promesas rotas". En un retorcido compartimento de mi mente deseaba que aquello significara algo más físico que emocional, porque entonces tendría la esperanza de salvarme para protegerla.

Bella mantenía la mirada clavada con miedo y súplica en la pareja de vampiros que sujetaban mi rostro. Yo fijé los ojos en su rostro, emborrachándome con su cara de ángel humano. Al sentir la intensidad Bella me miró con aquellos ojos tan dulces y adorables. Intenté hablarle así, sin palabras, como tantas otras veces lo hacía para decirle secretos silenciosos: "Te quiero", "Te extraño". Ella negó con la cabeza cuando comprendió el significado. Adiós. Incapaz de seguir mirando, cerré los ojos cuando escuché claramente el susurro de mi prometida. Lo último que encontré en sus ojos fueron un miedo y una determinación incompresibles en aquel instante.

—No… ¡NO!

Entonces olí la sangre, un latigazo de sed que me sorprendió en ese momento. Al mismo tiempo escuché el tartamudeo de un corazón tibio.


Bella Swan

Con un aullido estrangulado, Victoria se precipitó contra los árboles de nuevo, amagando hacia un lado. Edward respondió y el baile comenzó de nuevo.

Justo entonces, el puño de Riley alcanzó el flanco de Seth y un gemido bajo se ahogó en la garganta del lobo gigante. Seth retrocedió con los hombros encogidos, como si intentara sacudirse el dolor. El lobo se quedó quieto medio segundo para recuperarse. Para Riley fue suficiente. Con un rugido lanzó una patada a la pata izquierda de Seth, provocando que éste cayera sobre la nieve, inconsciente luego de golpearse contra una roca. La sardónica sonrisa en sus labios de ángel me provocó un estremecimiento, casi transparentaba el deseo de aniquilar al lobo de color arena.

Por favor, quise rogarle a Riley, pero no me funcionaron los músculos para abrir la boca o para expulsar el aire de mis pulmones. Por favor, es sólo un niño.

Igual al accidente con la furgoneta de Tyler Crowley, sentía la adrenalina fluyendo en mis venas con más fuerza, por lo que no veía nada en cámara lenta, como en las películas. Riley avanzó hacia las manchas de color que amagaban. Mi corazón frenó cuando Riley se lanzó hacia la mancha color azul, comprendiendo que esta vez Edward estaría solo. Apreté con más fuerza la astilla de roca que sujetaba en la mano derecha.

En menos de dos segundos, el baile se había llenado de movimientos espasmódicos y defensivos, todos de Edward en respuesta a lo que la pareja de vampiros pensaba. Incluso con mis ojos humanos notaba los roces que podrían haber aniquilado a mi prometido de no haber sido él más rápido. Pero al final, los esfuerzos fueron inútiles. Deslizando la pierna, Riley hizo tropezar a Edward, quien perdió el equilibrio. Fue suficiente para Victoria, le pasó un brazo por el cuello, como si fuese a estrangularlo. El pánico me impedía incluso parpadear. Cuando los tres se detuvieron, tan quietos como estatuas, supe que nuestros intentos por escapar se habían desmenuzado para acabar con todo. Y esta vez era permanente, tangible para ambos.

Edward permanecía de rodillas, en una posición humillante y vencida. Riley sujetaba sus brazos hacia atrás, manteniendo un pie apoyado en la espalda de Edward, dispuesto a arrancárselos en cualquier momento. Victoria sujetaba su cara entre ambas manos, sin sonreír. Mantenía la mirada fija en mí, con los ojos oscuros brillando de forma demente. A pesar de que sólo deseaba que Edward me mirara, yo no pude apartar los ojos de los de Victoria. Me tenían hipnotizada. Casi podía leer en sus ojos el sádico placer que sentía cuando, luego de un año, logró acabar con sus enemigos.

No era nada en comparación a la penetrante mirada de un vampiro, pero esperaba imprimir suficiente pasión en mis ojos como para que Riley me mirara y se apiadara de Edward, aunque sabía que tenía una posibilidad entre miles de que eso sucediera luego de que Jasper me hablara sobre la vida de un neófito. Como mucho Riley tendría un año y medio junto a Victoria, y ella le había enseñado el odio y la imposibilidad de elegir. Fue entonces cuando logré distinguir el destello de la luz solar en un par de ojos dorados, como metal recién fundido.

Bajé la mirada sin mover el rostro, petrificada de miedo. Edward me observaba con una intensidad perturbadora, con la certeza de que este era el final. Le devolví la mirada buscando un ápice de esperanza. Volví a sentir mi cuerpo cuando los suaves ojos de Edward me transmitieron el inminente adiós. No fue agradable. Sentí el cuello agarrotado al negar de forma compulsiva con el cráneo, me percaté del ardor en mis pulmones vacíos al dejar de respirar. Tomé conciencia de la astilla de piedra en mi mano, a la cual había aferrado tan fuerte que uno de los soportes del cabestrillo se había roto.

¿Sería lo bastante fuerte? ¿Daría el tiempo suficiente para Edward? ¿Y para Seth? Una parte de mi mente me decía que era inútil, que de cualquier forma estábamos condenados. Pero otra decía que una oportunidad podía cambiarlo todo. Y la distracción que pensaba darle debería de ser suficiente como para haberle dado una última posibilidad.

Aún no tomaba una decisión cuando Edward cerró los ojos, rendido y esperando la muerte. Quizás fue eso el último impulso que necesité. O quizás ya había encontrado fuerza suficiente dentro de mí misma, no lo sé. Pero al mismo tiempo, con la punta aguda del fragmento me subí el grueso jersey hacia arriba para exponer la piel y después presioné la parte más afilada contra la arruga de mi codo. Allí conservaba la larga cicatriz que me había hecho en mi último cumpleaños, cuando derramé suficiente sangre para dejar inmóviles a seis vampiros de pura sed.

Victoria no había dejado de mirarme extrañada, esta vez sonriendo como en mis pesadillas, tal vez creyendo que buscaba suicidarme ahora que la batalla estaba perdida. En cierto sentido era así, pero nunca se dijo que eso significara el final para cualquiera de los presentes junto al acantilado de roca. Ella me vio presionar la astilla contra mi cicatriz. Ella era experimentada en la lucha y poseía un gran instinto para escapar, pero su conocimiento sobre neófitos le hizo adivinar mis intenciones al ver a Riley con un rápido giro de cabeza. Abrió los labios llenos para gritar cuando sentí la sangre escurrir por mi antebrazo.

—No… ¡NO!

El efecto fue inmediato. Riley abrió los ojos escarlata y giró hacia mí, con los colmillos descubiertos y dispuestos a cortarme la garganta. Edward abrió los ojos y se irguió majestuosamente, separándose de los brazos del neófito y sujetando los antebrazos de Victoria en el mismo movimiento. A una velocidad que lo volvió invisible, levantó a Victoria como si no pesara más que una pluma y la arrojó hacia los árboles, corriendo tras ella.

Por el camino se cruzó con un lobo color arena que golpeaba el suelo con las patas traseras para impulsarse hacia adelante, cada vez más veloz. Aterrizó sobre la espalda de Riley cuando éste se encontraba a unos tres metros de mi posición, donde aún goteaba sangre de mis dedos helados. Los bailes comenzaron de nuevo, más intensos, más veloces.

En un momento de la lucha, Victoria fintó hacia un lado, dejando a Edward un momento en una posición vulnerable a sus espaldas. Le sujetó el hombro derecho con una mano de granito blanco y apretó con fuerza. No fui capaz de entender la magnitud del ataque hasta que lo escuché.

El chasquido fue audible, junto con el siseo bajo de Edward. La camisa fue rasgada completamente por ese lado. Pero Edward fue más rápido. Lanzó una patada de la que Victoria no pudo defenderse, por lo que se elevó para colisionar contra un abeto enorme. Apenas tardó un segundo en agazaparse de nuevo, lista para saltar. Edward no perdió tiempo, volteó contra el desprevenido Riley y apoyó un pie sobre su espalda, tirando de un brazo con el suyo izquierdo. No parecía hallarse herido en lo absoluto, pero ese gesto, el de usar el brazo izquierdo cuando el derecho hubiese sido más cómodo, me indicó por instinto que algo andaba mal. El pequeño campamento se llenó con el taladrante aullido de agonía de Riley.

Furioso, el neonato se revolvió contra Edward, lanzando un manotazo enrabietado al hombro herido. Esta vez escuché gemir de dolor a Edward. Mi corazón volvió a tartamudear. Aturdida, lo atribuí al ritmo de Edward, como si el corazón fuese suyo y no mío. Se quedó quieto un segundo. Pero Edward jamás me había explicado cómo se curaba un vampiro de sus heridas, por lo que me sorprendí cuando cargó contra Riley, enviándolo directamente a las garras de Seth.

Mientras, Victoria lucía extrañamente deformada, incapaz de enderezarse por completo, pude distinguir la sonrisa que atravesaba su rostro salvaje, la misma que aparecía en mis sueños. Por un segundo, estuve segura de que iba a morir. Al menos hasta que vi a Edward, quieto un instante como un glorioso y joven dios. Victoria se agachó y saltó.

A medio salto, algo pequeño y blanco colisionó con ella, enviándola directamente al suelo. Estaba agachada y preparada para saltar. Edward ya se encontraba en su posición, listo para pelear de nuevo. Victoria dio un paso atrás, pateando con ella el misil claro que la había detenido. Tragué la bilis que me subió desde el encogido estómago. Los dedos aún se retorcían, tratando de aferrarse a la hierba helada por la tormenta. Edward saltó sobre ella, sin dejarle un resquicio para escapar.

Seth amagaba alrededor de Riley, mientras éste retrocedía hasta la linde del bosque. Caminaba de espaldas, atento a los movimientos del licántropo. El rictus de su cara dejaba ver los pulidos dientes, brillantes de ponzoña. Alzó los brazos, todavía lanzando zarpazos. Seth atacó el flanco descubierto, empujándole con el hocico para hacerle perder el equilibrio. Al caer, el lobo hincó los dientes en el hombro ileso de Riley, tirando con otro chirrido metálico. Con otro aullido ensordecedor, el vampiro perdió ambos brazos.

El licántropo arrojó el brazo de granito a los árboles, lanzando un ruido siseante parecido a una risita burlona. Riley se doblaba por la cintura de dolor, gimiendo con fuerza y tratando de rechazar a Seth como última oportunidad. Su último intento fue el de llamar a su compañera a gritos.

—¡Victoria!

Ella ni siquiera pareció escuchar su nombre en medio de un lamento torturado. Sus ojos no se desviaron un centímetro hacia su mutilado compañero. Esa crueldad no me hizo tenerle más miedo, más bien compadecí a Riley. Su último acto sería pelear con la certeza de que sus enemigos tenían razón y nada de lo vivido en su nueva vida de inmortal era verdad. Pensé en medio del estallido de adrenalina que nadie merecía un destino así, yo no hubiese querido que nadie sufriera aquel destino, por mucho que llegara a odiar a mis enemigos.

Seth cargó otra vez con la fuerza de un tren en marcha. El empuje arrastró al desprevenido Riley a los árboles, dónde agradecí no poder verle a pesar de escuchar los chirridos metálicos y el incesante grito de dolor del neófito. Cuando éste cesó de pronto, continuaron los ruidos de destrucción del cuerpo pétreo del aniquilado vampiro. Unas lágrimas irracionales escaparon de mis ojos. Parpadeé sorprendida.

Ya habrá tiempo de apenarse luego.

Victoria ni siquiera malgastó una mirada de despedida, demostrando al fin su lado inhumano expresado en su rostro de niña. Pareció percatarse de que se hallaba sola. Se alejó de Edward, retrocediendo con la decepción y la amargura imprimida en sus ojos. Me miró anhelante y después comenzó a caminar de espaldas, retirándose más aprisa. Mi vista pasó directamente al inexpresivo perfil de Edward, brillante a la luz del sol. Hizo lo que menos me hubiese esperado en medio de una batalla: sonrió.

—No —canturreó Edward con suavidad, con voz aterciopelada y muy seductora—. Quédate un poco más.

La vampira se asustó del tono suave y jocoso de Edward, salió pitando hacia los árboles como la flecha de un arco. Pero Edward fue más rápido, como la bala de una pistola. Le agarró el cuello con ambas manos, pasando su espalda desprotegida justo al borde del bosque. El baile terminó con un último y sencillo paso. Mi corazón dejó de latir, otra vez en sincronía con los sentimientos de Edward. Conociéndole, estaría deseoso de acabar con todo y asegurar nuestra seguridad, pero al mismo tiempo, le conocía lo suficiente como para saber su repulsión a matar a cualquier criatura con la que compartiera pensamientos. Las comisuras de mis ojos se inclinaron hacia abajo, tristes por tener que causarle otra perturbación tan grande como es destruir a alguien. Incluso a un monstruo como Victoria.

La boca de Edward se deslizó por su cuello como una caricia. Los chirridos provocados por Seth amortiguaron cualquier otro sonido que hiciera ver la violencia del acto, o quizás no hubo ningún ruido distintivo que escuchar. Lo mismo podría haber estado besándola. Y luego su melena anaranjada no siguió conectada al resto de su cuerpo. Los rizos fogosos cayeron al suelo y dieron un rebote antes de rodar hacia los árboles. Sollozante, comprendí que todo había terminado.

Edward desmembró el cadáver con la rapidez de un humano, pero con la eficacia de un vampiro. En estado de shock, no advertí lo mal que Edward se erguía, ligeramente inclinado hacia la derecha. Los restos de tela me impedían ver su hombro en totalidad. Reunió los trozos blancos con el pie, cubriéndolos luego con pinaza húmeda. Atontada, no reconocí el objeto en su mano hasta que vi la llamita. Arrojó el encendedor de butano a la pira.

El fuego prendió enseguida, soltando una humareda púrpura con olor a incienso, pero tan intenso que acababa por hastiar de dulzura. A cada paso notaba el ligero cansancio que lo acompañada, pero no sentía el cuerpo para acercarme a él. A pesar de que la lucha había concluido, mi prometido no me había mirado a diferencia de Seth, cuyos ojos castaños y sinceros relucían de orgullo y cierto aire de arrogancia preocupada. Edward le habló en murmullos.

—Reúne hasta el último trozo. Por favor.

Seth le dirigió una mirada con los ojos entrecerrados, pero volteó al bosque para recoger los trozos de materia pétrea. La sonrisa adolorida de Edward se volvió agradecida al ver que el lobo se dirigía a los pedazos más alejados. Estuvieron un rato peinando la linde del bosque, de vez en cuando añadiendo más trocitos de roca blanca a la fogata. Yo seguía paralizada, con la espalda pegada al acantilado escarpado y el brazo aún sangrando por el corte.

Hubo un momento en el que Edward se detuvo, dirigiéndose a Seth con una expresión que no presagiaba nada bueno. El lobo también lo notó, porque ladró acorde a algún pensamiento en su mente.

—Ha sido un espléndido trabajo de equipo —susurró Edward. Seth asintió con cuidado, riendo con un sonido jadeante.

Entonces, Edward respiró hondo. Se giró hacia mí, agarrándose el hombro derecho con la mano izquierda. No comprendí su expresión. Actuaba con gran cautela, como si fuese a atacarle, más que eso, veía el miedo sobre la agonía. Él no tuvo miedo al enfrentarse a ambos enemigos cuando Seth cayó. Dudaba mucho de mi mente en ese momento, embotada e inútil por el vértigo. La imagen de mi prometido produjo el mismo efecto que si alguien me hubiese dado una bofetada. Y una de las fuertes.

—Bella, cariño —avanzaba lento, con actitud desvalida. Atontada, me recordó un sentimiento de estar encontrándome con el superviviente mártir de algún desastre natural—. Bella, ¿puedes soltar la piedra, por favor? Con cuidado. No vayas a hacerte daño.

Había olvidado completamente la astilla de roca en mi mano. Pero más me preocupaba mi propia mente. Edward estaba herido. Y yo estaba perdiendo tiempo por actuar como una verdadera tonta. Carlisle me iba a enyesar la mano, pero no me percaté del dolor en los nudillos helados. Solté mi tosca arma con la intención de correr hacia Edward para ayudarle de alguna forma. Él se relajó visiblemente al escuchar el ruido de granito contra granito. Entonces, se derrumbó. Sus rodillas se flexionaron hacia adelante, pero el torso cayó hacia atrás. El cuerpo volvió a pertenecerme y sin razonar, corrí con el riesgo de resbalarme y caer. Lo único que pude pensar fue: "Él no".

No ¡NO! ¡Edward!

Resbalé y tropecé una vez. Por fortuna, el instinto fue suficiente para ignorar los agujeros en la tela vaquera sobre mis rodillas. Estuve a su lado de inmediato. Mantenía el rostro crispado en una mueca, cerrando un ojo y entrecerrando el otro. No me di cuenta de la presencia de Seth hasta que lo oí respirar a mi lado, al costado izquierdo de Edward. No soltó la mano que aferraba el hombro, aunque escuché con total claridad los gemidos ahogados en su garganta. Sentí mi corazón apretarse de dolor.

—¡Edward! ¡Oh, no! Trata de soltarte, no puedo hacer nada si no me dejas ver. Seth, trae una manta o algo para hacer vendas. Podemos entretejerlas para hacer cuerdas que lo sujeten. Hay que fijarle… ¡Edward!

Contra todo pronóstico, abrió los ojos y se sentó. No supe en qué segundo empezó a lamerse la herida. Seth retrocedió involuntariamente, haciendo una mueca de repulsión No sentí asco, pero sí me extraño su comportamiento propio de un animal herido. Mi prometido actuaba con excesiva naturalidad.

—No se preocupen. Sólo… dejadme un segundo —no nos había mirado, mantenía los ojos fijos en su hombro.

Le ignoré deliberadamente. Apoyé una mano en su mejilla, obligándole a girar el rostro hacia mí. Sus ojos relucían de agonía, pero no intentó apartar la vista de mi cara. Le acaricié con lentitud, consolándole. Suspiró ante mi contacto, pero su respiración tenía un tenor pesado que no hacía más que aumentar mi ansiedad. Apenas recordaba cómo se había hecho la herida, sólo me interesaba que se pusiera bien.

—Si crees que te voy a dejar ahora, tendrás que aguantar la decepción. Ahora, esta es la parte de la obra en la que yo me abrazo a ti sollozando descontroladamente. Pero antes, déjame revisarte el hombro; no seré Carlisle, pero…

Edward me besó, silenciando mi perorata. Cerré los ojos con fuerza un momento antes de apartarle. Él no protestó. Se movió un poco, exponiendo el hombro en su totalidad. Retiré los jirones de lino desgarrado con dedos relativamente seguros. A Edward se le cortó la respiración ante mi roce. Jadeé y Seth gruñó de frustración.

La piel se mantenía blanca, sin ningún rastro de sangre, como hubiese ocurrido con un humano. Sin embargo, parecía como si el hombro del David de Miguel Ángel fuese golpeado por una bola de demolición. Ya no se veía el contorno redondeado, sino un revuelo de roca pálida con grietas que llegaban a la altura del húmero. El extremo de la clavícula estaba destrozado. Se veían estrías en la piel estirada, como si ya no pudiesen cumplir su función. Sobrepasando el horror, la herida tenía el perfil del interior de un puño femenino, por el delgado espacio que hubiesen constituido los dedos de Victoria. Por segunda vez, tragué la bilis de mi estómago. Los dedos me temblaron un segundo antes de actuar, recreándome con la idea de que la herida era la rotura de una escultura sin vida y no de Edward.

—Seth... trae la manta tirada junto al acantilado —mi voz sonó admirablemente segura—. Si puedes, trata de sacudirla un poco. Necesito que esté flexible y no congelada para aguantarle.

El licántropo asintió. Trotó con rapidez siguiendo el rastro de mis huellas en la nieve. Sentía que debía decirle algo a Edward, pero no sabía qué. Sólo era capaz de acariciar sus pómulos con toda la impotencia y miedo que sentía. Mi novio me devolvió la mirada, tratando de aligerar el dolor que veía en sus ojos adorablemente dorados.

—No te preocupes, cariño. Mi cuerpo mantiene aislados los puntos débiles.

—No... No trates de hacerme sentir menos preocupada. ¡Te lo dije! ¡Ni siquiera sé si podrás mover tu brazo otra vez! ¿Cómo puedo relajarme… sabiendo que esto es mi culpa?

—Tonta, Bella —le echó un vistazo al hombro—. De hecho, creo que sólo necesitaré el cabestrillo un par de horas. Mira.

Sutil. La diferencia era muy sutil en comparación a la que había mirado dos minutos atrás. La verdad, tuve que mirar la dirección de los ojos de Edward para entender a lo que se refería. En lugar de ver el daño en sí, mantenía la mirada estudiosa en las grietas sobre la piel a la altura del húmero. Los extremos estaban un poco más juntos, apenas un milímetro, pero estaban más cerca. La grieta también estaba más corta, dejando una finísima cicatriz de color blanco opaco. Parecía que la herida cicatrizaba por su cuenta, pero dejando una costra bastante más fina que en el caso de un humano.

—¿Sanará completamente? —mi voz no superaba el volumen de un susurro—. ¿Por su cuenta?

—Eso creo. Nunca antes me había pasado algo así; fue toda una experiencia. Aunque tal vez me queden cicatrices.

Lo hubiese pasado por alto de no conocerle tan bien. Bajo el controlado desinterés en su voz había algo más, una ligera vacilación. Me di cuenta de que ésa era la segunda vez que lo escuchaba tan desvalido. Podría engañar a todo el mundo, pero le conocía lo suficiente para captar el atisbo de miedo que sentía. Y ahí estaba yo, incapaz de ayudarle, sólo pudiendo prestarle mi débil consuelo, mirándole con toda la impotencia y dolor que sufría por su propio sufrir. No podía mentirme con los ojos, había perdido esa habilidad desde el primer roce de vampiros y licántropos contra Victoria.

—Me da miedo que no puedas volver a mover el brazo otra vez. Pero Carlisle podrá curarte, confío en él. Y lo de las cicatrices… ¿te importa?

—No realmente. ¿Quieres decir que no te parecerían sexy?

Sonreí. Me estaba tirando un farol, lo sabía, pero si servía como tema de distracción el bromear con secuelas de guerra, bueno, bienvenido sea. Desde ese punto de vista ligeramente morboso, era fácil ver las cosas como si el mundo fuese un estúpido chiste.

—Eso depende. Si tienen la forma de una medusa dudo mucho que me atraigan.

—Entonces tendré que asegurarme que parezcan un arañazo de oso —suspiró, luego se dirigió a Seth—. Ya puedes traer la manta, lobo.

Había olvidado la presencia de Seth, pero en aquel momento se acercaba trotando a nosotros con aire tenso. Dejó la manta verde en mi regazo y se agachó, rozando la nieve con el vientre. Mantenía los ojos en los de Edward. Comprendí que era un intercambio de palabras, por lo que centré mi atención en rasgar en tiras la tela. Conseguí unas veinte antes de que Seth se irguiera y se acercara a la hoguera púrpura. Me sorprendí cuando una mano nívea rodeó la mía con ademán de detenerme.

—No sé qué piensas hacer con esas tiras, Bella. Si no estoy sangrando, ¿para qué ayudarán?

—Estás pensando en vendas, Edward —sonrió cuando lo dije rodando los ojos—. Las entretejeré para formar algo más fuerte que pueda sostenerte el brazo fijo un rato. Ni siquiera sé si funcionará, así que no me mires así.

—¿Desde cuándo tienes un título en medicina y desde cuándo eres especialista en emergencias?

—Buen trabajo, sigue distrayéndome —no mentía al decirlo, sentía náuseas al pensar en qué utilizar las dos tiras de fina cuerda de tela—. Supongo que Emmett se reiría de mí si me viera con el uniforme de enfermera.

Callé abruptamente. El fin de nuestra pelea aquí no significaba el término de la batalla con los neófitos. Subí la vista a Edward, cuyo rostro se había crispado de nuevo. Aunque me miraba, parecía que sus ojos estaban levemente desenfocados de mi cara, leyendo la mente de Seth. Ya tenía tres tiras firmemente sujetas en mi regazo. Volví a respirar cuando Edward cerró los ojos, relajando el ceño.

—Están en ventaja, pero aún les quedan cerca de diez neófitos. Dos se escabulleron al bosque, así que la mitad de la manada los está rastreando en este momento. Por ahora, nadie resultó herido.

Sabía cuánto sufría al decir aquello, por lo que apreté su mano con fuerza. Pero no podía evitar sentir alivio al escucharlos. Saber que Alice se encontraba bien me arrancaba una espinita en el costado, aunque en el caso de Jacob me la arrancaban del corazón. Paré el pensamiento ahí mismo, concentrándome en las cinco tiras verdes entretejidas. Sacudí la cabeza y levanté las cuerdas. Edward me miró enarcando una ceja, al hablar torcía el gesto como un mal actor.

—No se preocupe, doctora Swan. Soy más fuerte de lo que cree. Eso sí, no se sobrepase conmigo, mi prometida podría arrancarme la cabeza en un ataque de celos.

—Conozco a la chica, señor Cullen. Ahora, trata de levantar el brazo un poco.

No le miré a la cara, enfocada en pasar dos de las tiras bajo la axila para rodearle el torso en dos vueltas. Las tiré de tal forma que pudiesen levantar los hombros, forzando a tensar las escápulas. En un humano habría resultado muy doloroso media hora después, debido al agarrotamiento del músculo infraespinoso, pero sabía que Edward podría aguantar hasta llevarle con Carlisle. Después pasé las otras tres tiras sobre el hombro izquierdo, amarrándolas para formar una especie de cabestrillo endeble, pero que ayudaría a evitar movimientos involuntarios que pudiesen causarle dolor, más no eran lo bastante para aguantar el peso del brazo ni siquiera trotando al ritmo humano. Después de fijarle todo lo posible el brazo al pecho desnudo, respiré hondo antes de mirarle.

—Respira, Bella. Ya no me haré más daño, gracias —su mirada era tierna—. Pero no creo que pueda cargarte bien de regreso.

—Despreocúpate, Seth te llevará y…

—¿Bromeas? —me interrumpió molesto—. Puedo arreglármelas yo solo.

Trató de incorporarse, y aunque lo logró, no pudo evitar contener la respiración como cualquier otro. También me levanté y tomé su mano izquierda con firmeza. Pasado un momento, Edward clavó sus pupilas en las mías, taladrando mis ojos de la forma en que buscaba mis pensamientos. Esa vez me pareció algo diferente, una intensa emoción que inundaba su mirada cálida al completo. Alzó nuestras manos unidas para apoyar el dorso de la mía contra sus labios. La intensidad de su mirada me recordó algo.

—Dime por qué pensabas que te iba a tener miedo —lo pillé desprevenido, pero se recobró con rapidez.

—Lo siento —habló con un fervor producido por el miedo. ¿A santo de qué pedía perdón? No tenía ni idea—. Lo lamento. No quería que fueras testigo de aquello ni que me vieras a mí de esa manera. Seguro que te he asustado.

Me había precipitado al sacar mis conclusiones. Pensé que el cuidado que mostró al acercarse a mí luego de la pelea era producto del dolor de su herida. Y lo que en realidad asustaba a Edward era la posibilidad de que yo me hubiese asustado. Dediqué un minuto a darle vueltas a todo aquello. Cuando vi caer a Edward, no había tenido tiempo ni siquiera para asimilar la muerte de Victoria, valiéndome de mi última reserva de adrenalina. Ahora sentía un sopor que aturdía mi mente, por lo general miedosa pero perspicaz en estos casos.

—¿Lo dices en serio? —pregunté al fin—. Tú… ¿qué? ¿Te crees que me has asustado? —bufé. El bufido fue estupendo. Una voz no tiembla ni se quiebra cuando bufas. Sonó con una admirable brusquedad.

Tomó mi mentón entre los dedos y ladeó mi rostro para poder examinarlo a gusto. Sabía adónde quería ir a parar, así que le sostuve el escrutinio con toda la entereza y sinceridad que pude. Quería hacerle ver que mi alivio por verle vivo era mucho mayor al miedo que sentí al verle por primera vez como un vampiro. Lo supe al ver su rostro de hielo cuando decapitó a Victoria. No me importó en el absoluto, igual a la primera vez en su casa cuando me reveló su período de "rebeldía", saberlo. Para mí, Edward siempre sería Edward, nada de fachadas o monstruos de por medio.

—Bella…yo…acabo… —vaciló, pero luego hizo un esfuerzo para que le salieran las palabras— acabo de decapitar y desmembrar a una criatura a menos de veinte metros de ti. ¿Acaso no te ha «inquietado»?

Me puso mala cara. Recordé que él solía decirme parte de la verdad cuando había información importante, pero inútil siendo yo una humana. Apliqué el mismo principio, para que mi rostro no delatara ningún indicio de mentira. No quería angustiarle más de lo necesario en ese momento. Me encogí de hombros. El encogimiento de hombros también era algo estupendo. Muy… displicente.

—Lo cierto es que no. Sólo temía que Seth o tú resultaran heridos. Quería echar una mano, pero no había mucho que yo pudiera hacer…

Aunque quería preguntarle qué es lo que realmente le había pasado a Seth, mo voz se apagó al ver sus facciones lívidas de repente, supuse que el hombro le dolía de nuevo.

—Sí —dijo con tono cortado, severo—, el truquito de la piedra… ¿Sabes lo cerca que estuve de sufrir un patatús? Es cierto que me ayudaste mucho, Riley perdió todo enfoque en cuanto captó el efluvio de tu sangre. ¡Pero en ese momento Seth recobró la conciencia! Como su corazón empezó a latir con violencia al correr, pensé por un segundo que era el tuyo, no discerní si eras tú o él porque ya nos daba por muertos a los tres —frunció los labios, disgustado consigo mismo—. Por un segundo… creí que…

Su voz se apagó al final. Vi a lo que se refería, porque yo también lo creí por un segundo. Pero no iba a servir de nada que me suicidara, no cuando podía prestar ayuda estando viva. Y si mi suicidio los iba a salvar de todos modos, jamás habría consentido que Edward volviera a correr a Italia. Me temblaron las manos al ver esa posibilidad. Su mirada fulminante me dificultaba la respuesta.

—Quería ayudar, y Seth estaba herido…

—Sí lo estaba, pero se curó de inmediato, Bella. Era un truco más que nada y tú… —sacudió la cabeza, incapaz de terminar la frase—. Seth no veía lo que hacías, seguía semiinconcsiente, así que tuve que tomar cartas en el asunto. Ahora está un poco contrariado por no poder reclamar una victoria en solitario.

—Seth… ¿estaba bien? —Edward asintió con rapidez—. Vaya.

Ambos mirábamos al lobo, quien nos ignoraba y contemplaba las llamas con estudiada indiferencia. Rebosaba indiferencia en cada pelo de la pelambrera. No me hizo gracia alguna, pero no evité un paroxismo de risita. Edward me miró arqueando una ceja, otra vez tratando de entender mis pensamientos. Pero la verdad es que me sentía aturdida.

—¡Y yo qué sabía! —repuse a la defensiva—. No es fácil ser la única persona indefensa por aquí. ¡Espera a que sea vampiro y verás! La próxima vez no me voy a quedar sentada mirando.

Una docena de sentimientos enfrentados revolotearon en su rostro antes de que mi ocurrencia le hiciera gracia. La ira le colmaba las facciones al final. Pero bien sabía que al final me seguiría el juego. Seth cabeceó un poco, atento a la pelea en el claro.

—¿«La próxima vez»? ¿Prevés que habrá otra guerra pronto?

—¿Con la suerte que yo tengo? ¿Quién sabe?

Puso los ojos en blanco, pero advertí que estaba un poco ido. Ambos nos sentíamos mareados de puro alivio. Aquello había acabado. Le pasé un brazo por el costado izquierdo antes de que otro pensamiento me traspasara la mente.

¿O no?

—Espera, ¿no dijiste algo antes? —temblé un segundo al recordar exactamente lo que había sucedido antes. ¿Qué iba a decirle ahora a Jacob? Un dolor punzante me atravesaba el corazón, dividiéndose con cada latido. Me desesperaba que cada vez que estaba con Edward tenía una parte de la cabeza en Jacob, mientras que al estar con Jake era imposible no recordar a Edward. Resultaba difícil de creer, casi imposible, pero todavía no había dejado atrás la parte más dura de aquel día—. ¿A qué te referías cuando hablaste de «una pequeña complicación»? Y Alice, que debía concretar el esquema con Sam… Dijiste que le iba a andar cerca. ¿El qué?

Los ojos dorados de Edward volaron al encuentro de los de Seth. Compartieron una mirada cargada de secretismo, como evaluando mi posible reacción. Eso no disminuyó mi repentina ansiedad.

—¿Y bien? —exigí saber dos segundos después.

—No es nada, de veras —se apresuró a decir—, pero tenemos que ponernos en marcha de inmediato…

Hizo ademán para ponerme sobre sus espaldas, pero me envaré y retrocedí por dos excelentes motivos: uno, ni siquiera quería pensar en apoyarme en su hombro herido; dos, aún no contestaba mi pregunta con sinceridad.

—Define «nada».

Edward apoyó la mano izquierda en mi cara, y noté que le dolía no poder sujetarme con ambas manos, como siempre acostumbraba. En respuesta, yo le sujeté el rostro, otra vez consolándole.

—Sólo tenemos un minuto, así que no te asustes, ¿vale? Insisto, no hay razón para tener miedo. Confía en mí esta vez, por favor.

Asentí en un intento de ocultar el terror que me había entrado de pronto. ¿Cuánto más era capaz de soportar antes de desmoronarme? Otra vez me sentía muy frágil, exactamente igual al regreso de Volterra, cuando los Vulturis nos dejaron salir a cambio de transformarme pronto. Por un instante no quise escucharle, sino refugiarme para que no me encontraran. Pero era difícil viendo las pupilas de Edward. Llena de incertidumbre, su mirada me hizo encontrar una pequeña reserva de valor.

—No hay razón para el miedo, lo entiendo.

Frunció los labios durante unos instantes mientras decidía qué contestar. Seth llegó en ese momento. Gimió tensamente, después apuntó con el hocico al noroeste. Edward suspiró otra vez antes de responderme, yo le apreté las manos sobre su cara.

—Debemos volver al claro de inmediato.

Asentí.

—Sabíamos que existía la posibilidad de que esto ocurriera. Alice lo vio a primera hora de la mañana y se lo dijo a Sam para que se lo trasmitiera a él, por ende, a nosotros. Los Vulturis han decidido que llegó la hora de intervenir, finalmente.

Los Vulturis.

Eso era demasiado. El miedo y el pánico me hicieron reaccionar de forma muy cobarde. Mi mente se negó a encontrarle sentido a las palabras y fingió no comprenderlas. No fue muy útil, la verdad. Miré a Edward, y a pesar de la promesa que le hice, seguramente mis ojos reflejaron el rechazo y el temor que sentía. Él me acunó contra su costado, obligándome a bajar los brazos de su cara. Acercó la boca a mi oído para susurrarme, como siempre hacía para calmarme.

—No te asustes. No vienen por nosotros. Se trata sólo del contingente habitual de la guardia que se encarga de limpiar esta clase de líos, o sea, no es nada de gran importancia. Simplemente están haciendo su trabajo. Parecen haber medido de forma muy oportuna su llegada, por supuesto, lo cual me lleva a creer que nadie en Italia habría lamentado que los neófitos hubieran reducido las dimensiones del clan Cullen —habló entre dientes con voz triste y dura—. Sabré qué piensan a ciencia cierta cuando vayamos al claro.

No me hizo gracia alguna. Después de lo ocurrido, había asumido que los Vulturis eran una autoridad, sí, pero una autoridad ganada por el miedo y la matanza. El mero hecho de que Aro estuviese interesado en los dones de Alice y Edward era suficiente para asustarse de su nombre, pero no contaba con la inclusión de un parlamento que viniera a inspeccionar la limpieza del trabajo, sin contribuir. Me costó trabajo encontrar mi voz.

—¿Es ésa la razón por la que regresamos? —susurré.

¿Sería yo capaz para manejar esa situación? Dejando de lado mi humanidad, imágenes de criaturas pálidas con ropajes negros se arrastraron a mi mente, poco dispuesta a aceptarlas, y logré echarlas, pero estaba al límite de mis fuerzas. Me concentré en la voz de Edward para olvidar el miedo, para tratar de verlo todo con ojos profesionales.

—Forma parte del motivo, pero sobre todo, es porque va a ser más seguro presentar un frente unido. No tienen ninguna razón para hostigarnos, pero Jane está con ellos, y podríamos despertar su curiosidad. Se interesará más por nosotros sólo por nuestra ausencia, y supondrá que estás conmigo. Demetri le acompaña, por lo que será mejor presentarnos voluntariamente.

No deseaba pensar en el nombre de la vampira de deslumbrante belleza infantil. Un sonido parecido al de una sierra oxidada se escapó de mi pecho.

—Calla, Bella. Tranquila. Alice ha visto que todo sale bien, pero debemos irnos ahora. Llegaremos tarde.

Alice lo había visto.

—¿Y la manada?

—Han huido a toda prisa. Fuimos los Cullen quienes pactamos, no los Vulturis. Los quileutes están a salvo, los Vulturis no están relacionados con la especie, dudo siquiera que se interesen por la peste de perro mojado.

Me oí jadear de pura náusea. Mi respiración aceleró. Edward me apretó más fuerte contra su costado. Sin embargo, tenía que admitirlo, sentía alivio de que los lobos se alejaran ya del claro. Los Cullen, por otra parte, tenían más posibilidades de llevar el intercambio contando con Jasper y Carlisle. Ignoré la creciente angustia y me enderecé.

—Vamos, Edward. ¡Seth! ¿Qué harás?

El lobo se acercó, moviendo las orejas de arriba a abajo. Mi novio me miró con mala cara.

—Seth, vete a casa. Sam lo ha ordenado —me sorprendí cuando Edward le agarró el hocico con la mano buena, usando todo el poder de su mirada severa para asegurarse de que cumpliera—. No tenemos tiempo, largo. Leah está preocupada por ti.

Aulló y nos despidió con la mirada antes de salir disparado hacia los árboles. Le seguí con la mirada hasta que el sonido ahogado de sus patas contra pinaza desapareció. Me volví hacia Edward, abriendo la boca para preguntarle cómo demonios pensaba ir al claro. Ya se había volteado y agachado, decidido a que me subiera a su espalda. Me tragué las palabras, sabedora de que acabaría por obligarme a subir de uno u otro modo. Procuré apoyarme completamente en el hombro izquierdo, mi brazo derecho pegado a su cuello en un abrazo estrangulador.

—¿Lista?

—Sí —cerré los ojos con miedo cuando sentí el viento en mi cara.

No estaba preparada para enfrentarme ni a los Vulturis ni a Jacob. Pero en ese momento centré toda mi atención en Edward, quien corría al mismo ritmo de siempre, pero su respiración era la misma de cualquier hombre al correr. Probablemente, en más de tres cuartos de la población masculina del mundo eso no hubiese sido un problema. Corrió en silencio cerca de seis minutos. Quise distraerle cuando saltó un pequeño arroyo y siseó de dolor. Retiré aún más el cuerpo del suyo, casi lanzándome de costado, pero sujetándome con mis piernas por la cintura. Le besé el cuello, la mejilla y la sien izquierda; tanto como pude.

Tal vez sea la última vez que puedas.

Reprimí todos y cada uno de los pensamientos de mal negro. Pero aquél bastó para asustarme. Así que me desplacé aún más, para susurrarle a mi prometido con todo el fervor y la intensidad posibles: «Te quiero». Edward me contestó con esfuerzo en el momento en que atravesamos un arco natural formado por dos abetos jóvenes y una hilera de enormes helechos. La repentina luz sobre el sol nos hizo parpadear, deslumbrados.

Estábamos en el claro.


Una cosa, a la persona que averigue de dónde proviene el nombre de esta historia, y por qué decidí nombrarla así, por favor que me envíe un mensaje a mi cuenta, me encantaría saber cómo lo averiguó. Las únicas pistas que puedo dar: uno, soy chilena; dos, no, nunca en mi vida me he drogado. Anda, no muerdo, si te animas y te dejé intrigado/a, haz lo que te parezca conveniente.

Vaya, realmente le puse empeño a esta historia. Así que, en lugar de suplicar por reviews, te agradezco el darte el tiempo de conocer esta saga y entrar a para leer mi historia. Y, si te gustó mi versión, supongo que te agradará saber que tiene un segundo capítulo en proceso.