Este capítulo es lo que mucha gente llamaría como "una patada en el culo". Desesperante hasta lo inverosímil, considerando que casi tuve que copiar textualmente un capítulo de Eclipse. Antes de recibir mensajes de "sólo copiaste del libro" o "no hay trama", agradecería que notaran los detalles que agregué, y que este capítulo es importante para la trama que pienso seguir, por muy corta que sea.

Disfruten. Los personajes, por supuesto, pertenecen a Stephenie Meyer.


II.

Incontro con i Volturi

Bree Tanner

Los Cullen me habían dado la oportunidad de escapar, de abandonar esta vida llena de masacres y sangre. No me andaba con jueguitos, eran siete contra uno y ya había visto el potencial que tenían. Por otro lado, nos habían hablado del peligro del sol y del peligro de estar separados al pelear contra otro aquelarre. A esas reglas tenía que añadir sólo una: el peligro de revelarse ante los humanos. Y lo curioso, es que éstos no parecían asustarse de nuestra existencia. Al menos, eso parecía verse en los ojos de Bella. Era magnético, no podíamos apartar la mirada la una de la otra. Quizás su aquelarre le había enseñado a adorarnos, como una mascota. En mi caso se reducía a dos cosas. La primera, la sed de su sangre, más dulce y limpia que la de cualquier multitud de cadáveres tibios. La segunda, ella no dejaba de mirarme fascinada. Casi suelto un "¿Por qué?". El pelirrojo a su lado, Edward, a juzgar por el grito de Esme cuándo llegaron del bosque, con un brazo rodeándole la cintura y ligeramente delante de ella, tenía el aspecto de alguien que preserva una vida. Reflexioné un segundo sobre si el peligro era yo. Ya sabía que leía la mente, la pequeña Jane me había dado suficientes indicios. Por su semblante tranquilo se adivinaba que mi tiempo prestado por Carlisle se agotaba. Y no tenía miedo. Le debía a este aquelarre de ojos amarillos el haber acabado con todos los cabos sueltos.

—Encárgate de eso, Felix —ordenó Jane con indiferen cia y con un gesto del mentón hacia mí—. Quiero volver a casa.

—No mires —susurró el pelirrojo. Y cerré los ojos.

Lo último que pensé antes del dolor, fue lo mucho que deseé que Diego y yo pudiésemos haber sido lo que eran Esme y Carlisle, Jasper y Alice, y, por muy incomprensible que sonara, Edward y la humana, Bella.

Bella Swan

Solté mi abrazo estrangulador en cuanto distinguí las siluetas brillantes de los Cullen. Aunque Edward se desconcertó un instante cuando mis piernas tocaron la nieve, le ignoré para rodearle la cintura por el costado. Aunque no le vi, sólo dimos dos pasos antes de que Carlisle y Esme aparecieran frente a nosotros. Su expresión no me tranquilizó, por el contrario, ni siquiera al sangrar copiosamente frente a Carlisle le había alterado el semblante, pero ahora parecía histérico, con el rostro crispado y realmente aterrador.

—¡Edward! ¿Qué… qué ocurrió? ¿Cómo…? —Esme tenía la voz rota, bañada en lágrimas imposibles de derramar.

—¡Siéntate! —resultaba chocante ver a Carlisle imbuido de tanta ferocidad, con ese tono áspero difícil de ignorar.

Edward me apretó la mano, pero mantuvo el paso firme hacia la hoguera púrpura. Jasper se mantenía inmóvil, de espaldas a nosotros; se frotada el antebrazo izquierdo con ademán tenso. Los demás permanecían quietos con aire de estatuas. Alice parecía asustada por algo, pero se acercó a nosotros y me apartó con delicadeza de su hermano, pasándose el brazo sano por los hombros. Él se volvió hacia mí de inmediato. Me sentí fatal, así que me concentré en Carlisle.

—No pude hacer mucho, lo lamento. Victoria le astilló el hombro con la mano… y luego… el compañero de ella, Riley… le dio un manotazo… —la voz se me cortó entonces, estrangulada.

Ni siquiera le sentí venir, pero Emmett me asió con esos abrazos capaces de mantener a cualquiera de una pieza en cualquier situación. No le vi, pero Edward soltó un quejido. Emmett me llevó con rapidez a una distancia prudente de la fogata, dónde Edward, Alice y su padre estaban en el suelo, los dos últimos en cuclillas sobre mi novio tendido en la tierra helada.

—Cinco minutos —la voz de Alice sonaba preocupada.

—Esme… tráeme la manta de repuesto, por favor.

Edward mantenía los ojos cerrados, con mi burdo cabestrillo de cuerdas rasgado en hilos. No supe cómo, pero parecía que la herida estaba aún más abierta. Fugazmente recordé la velocidad a la que nos dirigimos al claro. ¿Le habría causado eso aún más daño? El nudo en la garganta no me dejaba respirar con normalidad, pero sí pegué un salto cuando Edward se levantó impredeciblemente de nuevo, lamiéndose la herida encerrado en su burbuja. Carlisle se desconcertó tanto como yo, pero aunque habló con calma, no relajó la postura tensa de sus hombros.

—Quédate aquí hasta que lleguen los delegados, ¿entendido? —él no se volvió—. Hijo, ¿me escuchaste? No me gusta, pero tendré que ordenártelo como un Cullen y no como tu padre.

No le encontré sentido en el momento, pero Edward giró el rostro medio segundo, asintió, y se inclinó sobre el hombro otra vez. Alice me llevó lejos de la hoguera, en estado catatónico, a unos cinco metros de Edward, de frente al lado norte del claro. Los Cullen permanecían en un holgado semicírculo alrededor del fuego. El más cercano a las llamas era Jasper, por lo que su piel relucía mucho menos por la espesa humareda casi negra. A su lado había algo que se agachaba con precaución, con los brazos del Cullen extendidos de forma amenazante por encima. Sólo entonces escuché un gemido agudo, a mi espalda. Me sorprendió no haberme dado cuenta antes, pero en el claro había ocho vampiros. Vivos, al menos. El aturdimiento me dejó asimilarlo de forma superficial.

La chica apretaba las piernas contra el abdomen, de forma forzada, aovillada. Era muy joven, pero no mucho más que yo. Tendría quince años, pelo oscuro y complexión menuda, distinta a los musculosos neófitos del ejército que yo asociaba con Emmett. El iris de los ojos era de color rojo brillante, sorprendente por lo intenso, tanto más al de Riley, por lo que refulgía. Tenía la mente tan embotada que procesé tarde que ella debía de mirarme fijamente para verme con tanta intensidad. Con sed, pero eso se me antojaba estúpido, considerando sus pupilas.

Edward apareció a mi lado entonces, percatándose de mi escrutinio e ignorando la orden de Carlisle. Su hombro lucía húmedo, pero ni menos lastimado ni más sano. La ponzoña dejaba una delgada cataplasma de color plateado. Le miré enfadada, pero él se limitó a apoyar la mano izquierda en mi clavícula. La desvalidez que reflejaba el gesto me conmovió, así que le di en un empujoncito a la mano, acomodándola con más firmeza. Luego, dirigí la vista hacia la neófita, como si me hubiese llamado.

—Se rindió —me explicó en voz baja—. Nunca antes había visto algo parecido. Sólo a Carlisle se le habría ocurrido aceptar la oferta. Jasper no lo aprueba.

Carlisle sujetaba la mano de Esme con firmeza, y aunque miró a Edward, sólo encontré preocupación. Ni siquiera irritación. Apreté los dientes y me enfoqué en la escena de la hoguera. Jasper, el cual estaba oculto por el humo, se frotaba el antebrazo con aire ausente,.

—¿Jasper está bien? —susurré.

—Sí, pero le escuece el veneno. Sea quien haya sido, tenía un temperamento basado en la impresión de los demás. Le fastidió además que se creyera superior en tema de batallas, el neófito creía tener una vida de experiencia.

No comprendí ese descargo de información. Saliendo desde el pánico, creí que estaba perdiendo la noción de lo que hablaba y lo que pensaba. Probé volviendo al tema principal.

—¿Le han mordido? —repliqué horrorizada.

—Pretendía estar en todas partes al mismo tiempo, sobre todo para asegurarse que Alice no tuviese nada que hacer —rió cuidando usar sólo el aire en sus pulmones, para evitar el movimiento de respirar—. Ella no necesita la ayuda de nadie.

—No digas eso, puedo entenderlo mejor de lo que crees —era la verdad en un murmullo incomprensible. Recordé la sensación de ver a Edward cayendo, abatido. El apretón que no me dejaba inhalar. Me temblaron las manos.

Alice le dedicó una mueca a su amado, medio en broma, medio en serio. Seguía tensa, lo que me recordó los tres minutos que nos quedaban antes de comenzar con la charada. No tenía la menor idea de cómo convenceríamos a Jane de que Edward había sufrido la única baja, probablemente, ella ni siquiera consideraría aquello como algo digno de mencionar para Aro cuando regresaran a Volterra.

—Tontorrón sobreprotector.

Nadie pudo añadir algo antes de que la chica echara la cabeza atrás y aullara con estridencia. Jasper gruñó gravemente para mantenerla en su sitio, y funcionó. Hundió los dedos en la tierra como si fuesen garras y sacudió la cabeza. No me había imaginado el efecto que tendría mi sangre dulce para aquella neófita con su crianza tan peculiar. Edward se colocó ligeramente delante de mí, actuando con naturalidad. Al hacerlo, sus dedos diestros oscilaron flácidos. Tragué con rapidez mientras me erguía para ver a Jasper y a la pobre chica. Carlisle se materializó a su lado y adoptó una pose formal antes de dirigirse a ella.

—¿Has cambiado de idea, jovencita? —le preguntó con amabilidad, otra de las cualidades características de Carlisle—. No tenemos especial interés por acabar contigo, pero lo haremos si no eres capaz de controlarte.

Otra vez, me sobresalté al escuchar la voz de la chica. La veía como una criatura salvaje, pero era difícil no hacerlo al recordar la ferocidad de Riley como distintivo de un neófito.

—¿Cómo lo soportan? —gimió con voz clara y aguda, lo bastante alta como para que pudiesen escucharla hasta la linde de los árboles—. La quiero.

Era sorprendente y a la vez aterradora la forma en que concentraba la mirada en un punto; en este caso, el costado de Edward fue transparente hasta que el fuego llegó a mí. Hundió las uñas con más fuerza en el suelo terroso.

—Has de refrenarte, nosotros lo hemos aprendido —insistió Carlisle con seriedad—. Debes ejercitar tu autocontrol. Realmente, tu capacidad para comportarte de forma civilizada es lo único capaz de salvarte ahora. Si aguantas este reto, te explicaremos con calma este embrollo, creo que todos podemos aprender de todos.

A pesar de sus palabras tranquilizadoras, la neonata se aferró los mechones de pelo oscuro con las manos encostradas de suciedad. Gimió de nuevo. Yo sacudí el hombro para atraer la atención de Edward, quien miraba un punto en el suelo sin ver, sumido en sus pensamientos.

—¿No deberíamos alejarnos de ella? —hablé con voz alta. No supe por qué, pero al escuchar mi voz con claridad la chica descubrió los dientes con fiereza.

—Tenemos que quedarnos aquí —contestó Edward—. Ellos están a punto de entrar por el lado norte y debemos quedarnos con la familia, para que vean tanto las bajas como nuestra victoria, sin trucos.

Interesante elección de palabras.

Me sorprendía que alguien, especialmente él, mencionara la palabra "victoria". Era estúpido, pero un viejo hábito. Volví a mirar hacia los árboles, sin distinguir nada entre el humo espeso, perdí el interés pocos segundos después, así que miré a la neófita. Seguía mirándome con ojos enloquecidos.

Le devolví la mirada por un segundo interminable. Los cabellos negros cortados a la altura de la barbilla le realzaban el rostro de porcelana blanca. Distraída, intenté encontrar la hermosura en sus facciones, pero costaba encontrarla en un rostro distorsionado por la sed, propio de una criatura salvaje y mítica. Salvaje. Un lobo enorme de pelaje color ladrillo me atravesó la mente. Me había olvidado completamente de Jacob. Sin dejar de mirar a la chica, le hablé a Edward por la comisura de la boca.

—Edward, ¿todo resultó bien? ¿No hay nadie… lastimado? —al final no logré controlar el tono estrangulado producto del nudo en la garganta.

—No, cariño. Como mucho un par de rasguños que ya deben de haberse curado. Jacob quería quedarse, pero Sam hizo bien en ordenarle que se marchara. Podrá ir a verlo cuando esto termine.

El alivio me sacó un peso gigantesco de los hombros. Respiré hondo, sin dejar que me relajara por completo. Por mucho que hubiese cambiado mi forma de ver a Jake, estaba fuera de consideración apartarme de Edward en ese momento. «Sobre mi cadáver», concluí con fiereza. Ya habría tiempo de preocuparme por los demás luego.

Un destello rojo captó mi atención. Los ojos abiertos de par en par de la neófita. Debía de haber visto o comprendido algo que la sorprendió. Luego de verla un poco, los ojos se convertían en una especie de imán, me sentía incapaz de apartar la mirada de ellos. Me contempló con despiadada obsesión, sin dejar de retorcerse el rostro y el cuerpo. La tierra se había convertido en polvo húmedo junto a sus manos. Le temblaron los labios en un momento, como si hubiese querido hablar más coherentemente en lugar de aullar de sed.

Sin dejar de mirarle, noté cómo sentí algo distinto. Abrí los ojos sorprendida y, boquiabierta, me pregunté si no estaba viendo mi futuro en un espejo. Todas las historias, todas las anécdotas y recuerdos me dieron la teoría verdadera de convertirse en un vampiro, pero ahora lo veía en realidad, de frente a frente con la vida que había elegido. No me hizo retractarme ni un poco en mi resolución, a diferencia de los sentimientos por Jake. Esta vez, me sentía como si alguien me hubiese soltado la verdad de un bofetón. Y uno de los fuertes.

Entonces, sin señal aparente, Carlisle y Jasper se acercaron a nuestra posición, atrincherándose como dos centinelas. Emmett, Rosalie y Esme se acercaron, rodeándonos a Alice, Edward y yo. Presentando un frente unido y aparentemente sin fallas. Me percaté de que Alice y Esme se quedaban ligeramente detrás, protegiendo nuestras espaldas, sin arriesgarse a darle una tregua a la neófita. Yo, por otra parte, quería con morbosa curiosidad preguntarle "¿Qué se siente?". Estuve a punto de preguntarlo cuando nos mirábamos.

Vacilé entre la vigilancia de la chica sin nombre y la búsqueda de los monstruos, cuya llegada nos aterraba a todos. Aún no podía ver nada, aunque las muestras de tensión se evidenciaban en la serenidad de las diferentes caras. Un mechón de pelo cobrizo captó mi atención. Giré la cabeza para ver a Edward, cuya mirada se perdía en el horizonte sobre la copa de los árboles. Tenía la mandíbula apretaba y su respiración era más pesada que antes. Estaba empeorando, pero sabía que no lo admitiría ahora, menos con los Vulturis a menos de un kilómetro en nuestro radar. Seguí sus pupilas cuando se desplazaron y esta vez lo vi.

La humareda se extendió por la parte delantera y se oscureció en el centro, dividiéndose paulatinamente en cuatro sombras. Entonces, una voz apagada, propia de siglos y siglos de experiencia en controlar el temperamento, surgió del interior.

—Ajá.

No me ayudó el hecho de conocer a la dueña de esa espantosa voz. A mi lado, Edward le respondió con apatía.

—Bienvenida, Jane —le saludó mi novio con tono distante pero cortés.

Las sombras se acercaron, definiendo sus contornos con mayor nitidez. Sabía la formación que poseían por el color de sus capas. Jane iba al frente, por supuesto, fácil de reconocer por lo oscuro y sombrío de la tela. Los demás, grises, parecían osos en comparación a ella. Bajo las capas no podía distinguir sus rasgos propios de ángeles, pero Felix alzó el rostro para guiñarme un ojo. No me dejé intimidar.

Jane inspeccionó a todos, uno por uno de arriba a abajo. Se detuvo dos veces por pocos segundos. La primera, en el hombro derecho de Edward, tomando nota de la posible causa de su lesión. La segunda, se limitó a clavar la mirada en la neófita, que seguía junto al fuego.

—No lo comprendo —sonaba más interesada que antes.

—Se rindió —le explicó Edward, los ojos de ella volaron hacia las facciones de Edward. Me enfurecí silenciosamente al notar la sonrisita burlona en su cara cuando mi novio habló.

—¿Rindió?

Los "grises" intercambiaron miradas entre ellos. Emmett se encogió de hombros antes de que Edward hablara, captando la atención de los Vulturis.

—Carlisle le dio la opción.

—No hay opciones ni perdones para quienes quebrantan las reglas. Lo saben bien.

Su voz era cortante, pero se adivinaba un borde de diversión sádica. Carlisle intervino entonces, hablando con voz suave y un tono flemático, idéntico al que utilizó cuando habló con la chica neonata. Fruncí el ceño en mi fuero interno, me molestaba no tener un nombre para ella, con la impresión de que la rebajaba por ello.

—Está en sus manos. No vi necesario aniquilarla en su momento, y se mostró predispuesta a escuchar las reglas. Ni nos atacó ni se defendió.

—Es irrelevante.

—Como desees.

Jane miró a Carlisle con consternación, probablemente sin notar el matiz de molestia que teñía su voz. Podía entender su decepción con bastante facilidad, él era la clase de personas que apreciaban la vida en todas sus formas. La vampiresa hizo una pequeña pausa en su respuesta para acentuar el efecto dramático.

—Aro deseaba que llegáramos tan al oeste para verte, Carlisle. Te envía saludos cordiales.

El aludido mantuvo un tono formal. Noté un ligero cambio en la respiración de Edward a mi lado, puesto que yo había acompasada mi respiración a la suya. Me moría de ganas por girar el rostro para verle, pero temía llamar la atención de la delegación con el menor movimiento.

—Les agradecería que le transmitan los míos.

—Por supuesto —Jane sonrió—. Parece que han hecho todo nuestro trabajo hoy… —miró a la neófita, sentí pesar por ella, conocedora del gusto por los jueguitos preliminares que Jane tenía—. Bueno, casi todo. Por curiosidad profesional, ¿cuántos eran? Causaron bastantes problemas en Seattle.

—Dieciocho, contándola a ella —contó Carlisle.

Jane abrió los ojos mirando la hoguera, evaluando su tamaño. Felix y otra sombra intercambiaron otra mirada. Perdí de detalle de todo aquello cuando la presión sobre mis dedos se aflojó. El miedo fue lo único que me impidió gritarle a alguno de los Cullen por ayuda. Igual a mis pesadillas, me sentía incapaz de hacer algo; por muy inútil que eso fuese. En mi cabeza, contaba el tiempo en deferencia al nivel de presión de la mano de Edward. La presión se soltaba cada escasos segundos, cada vez más rápido. La voz de Jane me distrajo.

—¿Dieciocho?

—Todos recién creados, algunos tendrían máximo un mes —replicó Carlisle a regañadientes—. Ninguno estaba cualificado ni para controlar los conflictos entre ellos.

—¿Ninguno? —la cadencia musical se endureció—. Entonces, ¿quién los creó?

—Se llamaba Victoria —me sorprendí de escuchar a Edward, su voz apenas sobrepasaba el nivel de un murmullo.

—¿Se llamaba? —era fácil distinguir la satisfacción. Me permití apretar las mandíbulas con fuerza, pero sin ruido. Esme me dirigió una mirada rápida.

Edward ladeó la cabeza hacia la zona este del bosque. Jane le hizo caso y miró la columna bastante tiempo. El pánico me dominó y miré a Edward con ansiedad. Sus ojos se dulcificaron cuando me vieron. Me regaló una sonrisa afectada antes de poner una expresión neutra para ver a Jane.

—La tal Victoria… ¿se encuentra aparte de estos dieciocho?

—Sí, creó un compañero hace aproximadamente un año.

—Veinte —musitó Jane—. ¿Quién acabó con la creadora?

—Yo —me dio la impresión de que Edward hacia un esfuerzo por enfocar la atención en ella.

Jane entrecerró los ojos y no reprimió la sonrisita. Volvió la vista hacia el fuego.

—Eh, tú —ordenó con voz más severa que antes, todo atisbo de cortesía desvanecido—, ¿cómo te llamas?

La joven endureció la mirada mientras fruncía los labios. Evidentemente, no pensaba entregar información a cambio de ser tratada como algo inferior a un objeto. La sonrisa de Jane me provocó una sensación de hielo en la espalda. La neófita reaccionó aullando con estridencia. Su cuerpo se arqueó hasta quedar en una postura antinatural y forzada, levantando la cintura mientras los pies y las manos permanecían curvadas en puños, enterradas en la tierra. La náusea me hizo apartar la mirada. Deseaba taparme los oídos, pero me rehusaba a soltar la mano de Edward.

En un momento el chillido se intensificó. Tragué al concentrarme en el rostro de Edward, tranquilo e indiferente pero con los ojos helados y curiosamente ausentes, eso me hizo recordar que él mismo había sufrido la mirada quemadora de Jane, y eso me hizo sentirme peor. Salté de rostro en rostro, pero todos mantenían la cara carente de expresión, como mi novio. Entonces, el grito se detuvo. La joven boqueaba por aire, respirando como un bebé enfermo.

—¿Cómo te llamas? —exigió Jane. Sabía que realmente no le interesaba, pero le servía para comprobar la sinceridad de su víctima.

—Bree —respondió ella con rapidez, la verdad, no podía culparla.

La miembro de los Vulturis esbozó otra sonrisa angelical. Bree volvió a gritar. Apreté los párpados un segundo y contuve el aliento hasta que el ataque pasó. Los Cullen seguían sin demostrar sus emociones. Quise gritarle "¡Basta!" a Jane, pero tenía la garganta seca.

—Te contará lo que quieras —soltó Edward—. No es imprescindible que hagas eso.

—Ya lo sé.

La aludida lo miró, con los ojos chispeantes a pesar de que solían ser tan apagados como le permitía su autocontrol. No quise recordar el por qué. Le eché un vistazo a Bree, quien permanecía respirando agitadamente, clavando la mirada en el cielo como si esperase que un meteoro le llegara encima.

—¿Es cierto eso, Bree? —dijo Jane, otra vez volviendo al tono de superioridad.— ¿Eran veinte?

La chica yacía en el suelo, pero demostró su valor al encararse a Jane antes de hablar apresuradamente, quizás esperando que la otra no le atacara si le deba lo que quería.

—Diecinueve o veinte, quizá más, ¡no lo sé! —se agazapó, aguardando otra sesión de tortura por su ignorancia—. Sara y otro al que nunca le escuché un nombre pelearon camino a aquí… Esos inútiles…

—¿Inútiles? ¿A qué te refieres?

La mirada de la chica era furibunda.

—Riley nos dijo que debíamos apegarnos al plan de mantenernos unidos, esos dos se tiraron a la menos oportunidad para acabar con los demás. A mí me dijo que iba a reunirse con ella.

—Y esa Victoria, ¿ella los creó?

—No me interesó nunca averiguarlo —Bree tembló, pero su voz se mantuvo firme—. Riley nunca nos dijo su nombre y esa noche ni vi nada… pero el infierno no pudo haber sido más doloroso. Él no quería que pensáramos en nada fuera de la sed y la pelea, dijo que nuestro pensamientos no eran seguros para nadie.

Jane asintió en dirección a Edward. Me había inmiscuido tanto en el intercambio que no noté cómo los dedos de Edward temblaban también. La otra parte de mi cabeza admitía lo bien planeado que lo tenía Victoria. De no haber sido porque siguió a Edward, nunca se habría adivinado su participación.

—Háblame del compañero, Riley —continuó— ¿qué le hizo creer que los necesitaba aquí?

—Dijo que debíamos destruir al clan extraño de los ojos amarillos —no supe por qué, pero no le encontraba significado a la fina sonrisa. Su tono me recordaba a Lauren—. Según él, no tendríamos problema alguno. Nos contó que Seattle les pertenecía y que ellos vendrían por nosotros si no íbamos primero. Nos prometió la sangre de toda la ciudad a cambio de esto. Nos dio el olor de la humana —Bree alzó una mano, mirándonos a Edward y a mí una fracción de segundo, hendió un desdeñoso gesto en mi dirección—. Podríamos ubicar al aquelarre porque ella es una especie de mascota.

Emmett bufó muy suavemente. Estaba tan pendiente de Edward y la explicación del ejército neonato que ni siquiera sentí irritación por sus palabras. A mi lado, el chasquido de los dientes de Edward fue muy audible.

—Parece que Riley se equivocó en lo referente a la facilidad.

Bree asintió. Parecía aliviada de que Jane le preguntara su historia indolora. Curiosamente, la mirada en sus ojos brillaba de forma obsesiva, como si estuviese viendo algo muy hermoso que no estuviese allí. Me pregunté si alguno de los demás Vulturis tendría alguna habilidad ilusoria.

—No sé qué pasó. Nos dividimos, pero el grupo de Christie no regresó. Riley se fue pitando, y no volvió a ayudar como había dicho. Luego, la pelea fue confusa y todos terminaron hechos pedazos —algo en sus recuerdos la hizo temblar—. Me dominó el pánico. Ése de ahí —continuó mientras contemplaba a Carlisle— me dijo que no me lastimaría si me rendía.

—Ajá, pero no estaba en sus manos ofrecerte tal opción, jovencita —murmuró Jane con gentileza, sentí como el tiempo de Bree se agotaba—. No respetar nuestras reglas trae consecuencias muy feas.

Bree la miró con fijeza, sin comprenderla. Quise susurrarle que se fuera, pero sabía que no había lugar en el planeta al que no pudieran ir los Vulturis. Jane volvió a sonreír antes de dirigirse a Carlisle.

—¿No se han dejado ninguno, verdad? ¿Dónde están los otros? Esa pira da para máximo quince, y la chica no mentía cuando habló de veinte neófitos.

—También nosotros nos dividimos —tenía que conceder el buen mentiroso que había en Carlisle.

La expresión de Jane se tornó llena de paz cuando habló.

—No les mentiré, estoy realmente impresionada —las sombras en segundo plano asintieron a la vez, demostrando su conformidad—. Jamás había visto escapar a un aquelarre sin bajas de un ataque de esta magnitud. ¿Saben lo que pasó aquí? No es un comportamiento normal, aún más extraño si consideramos su forma de caza. ¿Por qué la muchacha es la clave?

Sin querer, sus ojos descasaron sobre mí unos segundos. Tuve un escalofrío. Sentí cómo Edward me aferraba más fuerte ahora, siempre alzándose como mi protector.

—Victoria le guardaba rencor a Bella. Larga historia —explicó Edward con voz imperturbable. Sólo yo noté la pequeña distorsión en su voz, apenas pastosa.

Jane rompió a reír. El sonido era áureo, elevándose hacia la copa de los árboles como la burbujeante risa de una niña feliz.

Esto parece causar las reacciones más fuertes y desmedidas en nuestra especie —comentó mientras me regalaba otra de sus angelicales sonrisas.

A mi lado, Edward rugió. La herida le revolvía la conciencia, por lo que su instinto prevalecía en aquellos momentos. Por eso reaccionó como un animal al lamerse la herida, con el propósito de sellarla. El estupor me impidió detenerle. Edward saltó hacia adelante de cabeza, lanzándose contra la pequeña Jane. Ella cambió inmediatamente de parecer y taladró con su mirada abrasante. Mi novio cayó a medio salto sobre el costado derecho, retorciéndose. El hombro crujió sonoramente. Los Cullen no podían hacer nada, pero distinguí las lágrimas en los ojos de Carlisle, Esme y Alice. A mí, por otra parte, no había quien me detuviera, si estaba a mis pies. Me agaché gritando con toda la fuerza de mis pulmones. Logré ver la mirada sorprendida de Bree.

—¡Edward, no! ¡Basta! ¡Dejad de lastimarlo!

Le apoyé una palma en el pecho, tratando de contenerlo. La furia acumulada por todo se liberaba en mi descarga con Jane. Ella nos dirigía una mirada de estudiosa curiosidad, pero sin oírme en lo absoluto. Edward gimió otros dos segundos antes de tragar la ponzoña.

—¿¡Cuál es tu problema! ¡Sabías que estaba herido y…!

La mano nívea de Edward me impidió seguir hablando. Fue un reflejo. En cuanto se escuchó silencio, la voz de Edward surgió desde el tono más sombrío posible. Las lágrimas se desbordaron de mis ojos al ver el estado de su hombro. Las grietas se habían abierto más que al principio, dejando la vista de la parte superior del húmero. Ahora Edward no podría reprimirlo, igual que Jacob no había podido contener que el corte sanara. Pero no habría posibilidad de recolocárselo adecuadamente.

—¿Tendrías la extraordinaria bondad de no hacer eso?

Jane sonrió por última vez. Las sombras grises se habían desplazado a sus costados, protegiéndola en una formación de diamante. Los Cullen se apresuraron a imitarlos.

—Sólo era una prueba, al parecer no sufre daño alguno.

Malditos sean, Vulturis de mierda.

Sentí un espasmo ajeno en mi espalda, pero no podía despegar la vista de la vampira. Eso sí, agradecí que mi mente no corrigiese el fallo técnico que me protegía, no necesitábamos más espectáculo. Edward me aferró más fuerte para no perder el equilibrio. El tiempo se nos estaba agotando.

—Bueno, parece que no nos queda nada por hacer. ¡Qué raro! —dijo Jane mientras la apatía se filtraba otra vez en su voz. Odié su tono, odié sus túnicas y sus poderes—. No estamos acostumbrados a desplazarnos sin necesidad. Ha sido un fastidio perdernos la pelea. Da la impresión de que habría sido un show espectacular.

Mi novio se envaró, poniéndonos de pie.

—Sí —saltó con verdadera acritud—, y eso que estuvieron muy cerca. Es una verdadera pena que no llegaran media hora antes. Quizás habrían podido completar su trabajo al completo.

La firme mirada borgoña de Jane cruzó la de Edward.

—Sí, qué pena que las cosas hayan salido así, ¿verdad? Nuestra presencia te habría ahorrado ese hombro.

Edward asintió una vez sin responderle. Yo la miré con la esperanza de que viera todo mi odio. En ese momento, las consecuencias me importaban un rábano. Eso sí, tenía claro que Jane no lo dejaría correr nunca. Jane giró para encarar a la neófita una vez más. Su rostro no reflejaba nada en lo absoluto.

—¿Felix? —llamó, arrastrando las palabras igual a un estudiante sobre una clase aburrida.

—Un momento —intervino Edward con voz repentinamente seria y formal.

Jane adoptó una expresión de cortés incredulidad, pero Edward miraba a Carlisle, atravesando el cuerpo de Bree en el camino. Carlisle frunció el ceño delicadamente al ver lo que fuera que Edward le estuviese diciendo con la mirada.

—La joven no tiene por qué morir, podemos explicarle las reglas. Se mostró interesada en escucharnos, y tampoco sabía lo que hacía.

—Por supuesto —añadió su padre—. Estamos preparados para hacernos cargo de Bree. Podemos insertarla de nuevo en nuestro mundo.

La vampiresa se mantuvo dividida en tres sentimientos: incredulidad, diversión e irritación. El pequeño surco entre las cejas indicaba la poca paciencia que le quedaba, y siendo un vampiro, era fácil comprender por qué estaba tan acostumbrada a que sus planes salieran a la perfección.

—No hacemos excepciones ni damos segundas oportunidades —repuso con voz plana, propia de una mala declamación—. Es malo para nuestra reputación como guardianes de la ley, lo cual me recuerda… —me sonrió de pronto, y supe sostenerle la mirada con toda la entereza posible desde los brazos de Edward—. Cayo estará muy interesado en saber que sigues siendo humana, Bella. Probablemente nos veremos pronto en otra visita.

—Quizás eso sea innecesario, Jane. La fecha se ha fijado —envidié el tono congelado en la voz de campanillas de Alice, quien hablaba por vez primera—. Iremos a visitarles dentro de unos pocos meses, no queremos arriesgarnos a crear un… episodio como el de Seattle.

Los ojos de Jane se entrecerraron, eliminando todo rastro de burla. Se encogió de hombros con indiferencia una vez retomado el control. Sin mirar a Alice, se dirigió a Carlisle para ajustar sus últimos detalles.

—Ha sido toda una experiencia conocerte, Carlisle. Siempre creí que Aro exageraba, pero es verdad, no es común encontrar gente como tú entre nuestra clase. Nos abstendremos de cazar en su territorio, claro. Bueno, hasta la próxima…

Carlisle asintió cuando su tono cambió, llenándose de un placer frío y sádico. Completamente propio al de un asesino.

—Felix, encárgate de eso —ordenó Jane apuntando a Bree con la cabeza. Su voz recuperó el tono apático y desinteresado—. Nuestro hogar nos espera.

—No mires —me susurró Edward al oído, usando un tono apenas más alto del que normalmente usaba, dos tonos arriba del crepitar de las llamas.

Era la única instrucción que deseaba obedecer. Había visto suficiente para toda una vida el mismo día. Sabía que este no sería el mismo final que Edward le dio a Victoria con la rapidez de un suspiro. No. Esto terminaría como la batalla de Seth, oculta tras los árboles y en este caso, tras mis apretados párpados contra el pecho desnudo de Edward. Casi escuché el último tic tac en el reloj de vida de Bree, volteado y probablemente con un contenido de sangre, pero una vida, al fin y al cabo. Alcancé a mirarla una última vez antes de que Felix se deslizara como una sombra entre los Cullen, cerniéndose sobre la neófita como un ave rapaz. Su rostro era una máscara de indiferencia absoluta, sin vida. Pero sus ojos eran mucho más expresivos. Distinguí un destello, como anhelando una última oportunidad, pero no se enturbiaba por el miedo.

Bree lanzó un aullido agudísimo en contraste con el bajo gruñido de Felix. Comprobé que comenzaba a verlo de forma espantosamente familiar. El grito se apagó enseguida, probablemente al aplastarle la tráquea. Luego se escucharon sólo los sonidos escalofriantes del aplastamiento y la desmembración. Eran distinguibles incluso para un humano. Los más cortos y silenciosos fueron los tirones de los brazos, en uno resonó un hueso descoyuntado, al parecer. En cambio, las piernas soltaron sonidos de intenso desgarrón y fuerza. Temblé al imaginarlo y Edward me acarició un hombro con ansiedad.

Aunque creí que se había apagado, noté otro tic tac diferente al de Bree. Mucho más pesado y solemne. Sin saber cómo, supe que aquel ritmo se aceleraba cada vez más, indicando el final…

—Vamos —dijo Jane por último.

Abrí los ojos con suficiente tiempo para ver cómo las sombras oscuras se fundían con el humo de la hoguera, perdiendo sus contornos para transformarse en una sola mancha. El olor de la humareda a incienso se intensificó…

…reciente.

Cuando creí que todo había terminado, escuché a la distancia la risa cristalina de Jane, casi carcajeándose mientras le gritaba.

—¡Casi lo olvido! Atacaste a un Vulturis, ¿no? Eso se merece un castigo, ¿a que sí, Edward? Nos atacaste a mí y a mis compañeros siendo que no te hicimos nada para provocarte. Tu humana no sufrió daño alguno —el miedo resurgió cuando entendí hacia dónde se dirigía—. Ataque sin premeditación, Cullen. Tal vez deba enseñarte buenos modales. Considérate advertido.

El silbido del viento en mis oídos ahogó las carcajadas heladas de Jane. Edward me había apartado de su costado con rapidez al entenderlo, empujándome. Igual que en Volterra, se retorcía en el suelo con dolores manifiestos en silencio sobre su costado izquierdo. Un instante después su familia le rodeaba, Carlisle gritando sobre todos que debían inmovilizarle. Antes de que pudiese tocarle, Edward rodó de costado, apoyándose en el hombro destrozado.

Mi corazón se detuvo cuando escuché el sonido más odiado de todos. La sangré se congeló en mis venas. El espantoso grito de Edward era capaz de asustar al hombre lobo más valiente, de hacerle apretar los puños al vampiro más experimentado. Luego de dos segundos de un aullido tan alto como lo permitían sus pulmones, los Cullen se recuperaron de su impresión y Emmett lo giró mientras Jasper se aseguraba de mantener el brazo derecho en vilo. Carlisle y Esme lo levantaron y desaparecieron por la velocidad.

Medio segundo después, los gritos de Edward eran lo único que sonaba en el claro fuera del fuego y mi corazón. Probablemente habrían transcurrido ocho segundos desde que Jane lanzó su última amenaza.

—¡No! ¡Suéltenme! ¡Bella! ¡Bella! —otro grito prolongado que daba la impresión de arrancarle la piel de las cuerdas vocales.

Alice logró sostenerme antes de que el ataque de histeria comenzara. Sollozando descontroladamente me aferré a su cuello, intentando decirle que me llevara con él de inmediato. Lo único que logré fue un sonido incoherente entre los gritos. Rosalie y Emmett se encontraban junto a mí. Jasper, en cambio, se mantenía inmóvil en la misma posición, con un rictus propio de quien ha visto morir a alguien.

Sólo ahora me di cuenta de todos esos detalles, porque en el momento ni siquiera podía recordar mi nombre. Sólo podía pensar: "Es mi culpa, es mi culpa". Si la idea de no verle regresar era impensable, contaba con que conservarle a mi lado significara mantenerle a salvo. Y entonces, aunque sentí una ola de dolor y pena como un maremoto, al instante había sido reemplazada por una manta de serenidad histérica. El don de Jasper no tuvo eficacia sobre mí, por lo que Rosalie hizo algo que jamás me hubiese esperado: me dio una bofetada lo bastante fuerte como para que callara por la impresión.

En medio del shock, y del dolor, el don de Jasper me insensibilizó lo bastante como para escuchar a Rosalie.

—Cálmate, Bella. Mi hermano te necesita más fuerte que nunca, y no podemos dejarte verle hasta que Carlisle le cure el hombro por completo. Te necesitamos ahora para limpiar este desastre. Eres la única que puede darle vida a tu coartada, y aún más para darle una historia fidedigna para explicar esto. Yo… entiendo lo que sientes… pero debemos controlar nuestras emociones para pensar con la cabeza fría. Alice, llévatela y entretengan a Charlie. De ser posible, ve a la reserva a informarles a los perros. Te llamaré en cuanto sepamos algo.

Rosalie dijo la primera parte con verdadero sentimiento hasta que las instrucciones derivaron en un tono automatizado y ausente. Alice asintió una vez, con los ojos desenfocados en el futuro. Logré tranquilizarme mientras ella hablaba, pero el dolor lo sentía presente en todas las células del cuerpo. Ni Jasper ni Emmett dijeron algo, pero la rabia era palpable. Al final, logré acompasar mi respiración lo suficiente como para mirar a Alice sin temblar, indicándole que debíamos marcharnos ya. Ella me alzó en brazos y se lanzó a correr tan rápido como pudo, así que al final fue fácil llegar a los límites de Forks.

Pero ella ignoró el letrero y se lanzó paralelamente a la carretera que llevaba a La Push. No se veía un solo vehículo, pero todavía estaba con los nervios a flor de piel, sintiendo ojos que nos observaban desde cualquier ángulo. Yo pendía de los brazos de Alice, si bien tensa, desmadejada y floja, como una muñeca de trapo. Reconocí el lugar dónde Edward normalmente me dejaba al cuidado de Jacob, y no sentí sorpresa alguna de verle paseando por la línea como fiera enjaulada. Era impresionante que pudiese mantener su forma humana, considerando que sus hombros vibraban como un diapasón. No me percaté de que aún nos separaba por lo menos un kilómetro, así que debía de estar en su figura de lobo.

El recuerdo de Edward fue tan tangible en ese momento que creí que rompería a llorar de nuevo. Siempre Edward, alzándose sobre mí como un protector, siempre, sin importar cuántas veces yo me alejara o cuántas veces le hiriera. Sonriéndome cuando se lo pedía y acordándose de todos los detalles, por muy insignificantes que fuesen. Sus abrazos, sus besos. Mirara por dónde se viera, creí que mi mundo se detendría si la cosa iba a peor. Hasta la presencia de Jacob se convirtió en una espina permanente, recordando su paciencia.

Entonces, recordé lo que sentí cuando Jacob me besó en el bosque. Aquella sensación de calidez. El amor que le tenía era el que cualquier humano hubiese sentido por su compañero elegido. Nuestras personalidades coexistiendo de algún modo, por mucho daño que nos hiciéramos mutuamente. Más específicamente en mi caso, la verdad. Pero también vislumbré la tarde en el prado con Edward. El frío de su pecho que me llegó al corazón. La sensación de verdadera pertenencia. Con Jacob se trataba de amor humano. En cambio, el amor por Edward era todo lo que una persona le podía ofrecer a otra. Mi corazón, aunque partido; mis pensamientos, incluso mi alma. Por muy divididas que se encontraran, le pertenecerían a él. Porque sólo era a su lado dónde me sentía en casa, a salvo.

Menudo momento para una epifanía así.

Por muy importante que la verdad se hubiese revelado así, en brazos de Alice corriendo hacia Jacob, la verdad es que no podía negar que él también tenía su lugar en mis sentidos y en mi cuerpo. Qué va, incluso hasta en mi personalidad. Traté de controlarme lo más posible, todavía dejando de telón todo lo que me preocupaba por Edward en aquel minuto. Cuando Alice se detuvo y me dejó en el suelo, me habló por primera vez desde el colapso.

—Charlie no nos echará en falta al menos hasta una hora más. En arreglarte me demoraré máximo cinco minutos, no te preocupes por ello —suspiró hondo antes de continuar—. Cuéntaselo todo, ¿vale? La manada completa debe saber lo que pasó, por muy invulnerables que eso nos deje.

Las palabras salieron antes de pensarlas.

—Pasarán sobre mi cadáver si lo intentan.

Alice me miró fijamente un segundo más antes de girarme por los brazos y desaparecer entre los árboles. Distinguí el móvil en su mano. Apretando los dientes, me preparé mentalmente para la conversación. Aún no quería ni ver mi fuero interno, desbordado de miedo y dolor cómo se encontraba. Jacob me esperaba de pie, vestido sólo con unos desgastados pantaloncillos de tela vaquera.

—Bella, ¿estás bien? ¿Qué ocurrió? Sam no me dejó quedarme y…

El tono de su voz me recordó las facultades que poseían siendo lobos.

—¿Lo escucharon? —susurré.

Jacob clavó las pupilas oscuras en las mías antes de contestarme con lentitud.

—Sí. Lo lamento, Bella. Por un segundo creímos que algo te había pasado. Nunca… había escuchado algo así…

Rompí a llorar. Sin sollozos, las lágrimas del miedo seguramente me hacían parecer una loca. Jake me atrajo a su pecho, manteniendo mi cuerpo y mi cordura en una sola pieza. Mantuve los ojos abiertos, sorprendida de cómo su presencia me alegraba en un sentido. Ni siquiera me percaté de que estaba hablando hasta que noté que Jacob apretaba los puños en mi espalda.

—No me dejan verlo. Los Vulturis mataron a Bree, aunque ni siquiera captaron vuestro olor. Pero… antes de marcharse… Jane quiso probar su poder sobre mí… y Edward no podía pensar con claridad… —las palabras sonaban muertas, automatizadas. Al final, seguí moviendo los labios sin emitir sonido.

Jacob permaneció callado unos treinta segundos, sumido en sus pensamientos. Yo me permití recomponerme en sus brazos. Luego, me dolió ver que estaba aquí, recibiendo consuelo, cuando era Edward el que lo necesitaba en esos momentos. Mi amigo gañó al respirar hondo por la nariz.

—Lo siento, Bella. De verdad —no sé qué encontró en mis ojos antes de seguir hablando, más emocionado que antes—. Ve con él, ahora.

—Jake, yo…

—Te necesita, cielo. Hablaremos cuando esto se solucione, ¿de acuerdo? Pero veo que ni tú ni él están en condiciones de nada ahora. No necesitamos más información de lo que pasó: es irrelevante. Iré a verte más tarde.

En esos momentos, un Jacob serio era algo áspero, difícil de desobedecer. En contra de todo, me soltó aferrándome sólo de las manos, apenas me susurró una última cosa antes de callar. A pesar de su calor, seguía sintiéndolas congeladas. Me quemaba el pensar que no me merecía a ninguno. Si uno era lo que debía ser, lo que debía merecerme; el otro se convirtió en mi alma. Pero ahí estaban los dos, consolándome o protegiéndome.

—Gracias, Jacob —le susurré.

Él me sonrió antes de que echara a correr para cruzar la frontera hacia los árboles, gritando el nombre de Alice a voz de cuello. Un peso menos, pero no significaba paz. Jake y Rosalie tenían la razón. Esta vez debía hacer lo correcto por el bien de los Cullen, por el de Charlie y por el de Edward y el mío. Traté de controlarme lo suficiente para ir a la casa de mi padre. Alice se materializó a mi lado desde el aire, sin preguntarme nada. Salté a su espalda antes de que echara a correr. Su mirada clara como el sirope de caramelo era dura, helada. No me dejó siquiera preguntar antes de contestarme. Hablaba con voz contenida, sin apenas alterarle los saltos que lanzaba, atravesando claros con zancadas pequeñas de bailarina.

—Rosalie no pudo contarme demasiado. Carlisle estaba curando a Edward junto a Jasper, porque es el mejor sedante para un vampiro. Los demás esperan abajo. No podré dejarte ir a verlo hasta los demás bajen. Sólo habla con tu padre por cinco minutos, iré a buscarte con el Porsche. Y si no te deja salir, corre hacia la puerta y nos escaparemos. Pero al menos te verá a salvo.

No le pregunté cómo pensaba engañarle acerca de la supuesta salida de compras. Probablemente tendría alguna evidencia preparada bajo mi cama o en el baño. El camino a la casa fue borroso, sólo recordaba haber aparecido en mi ventana en el momento en que el coche patrulla estacionaba con las ruedas chirriando en el estacionamiento congelado.

Alice me tendió un vestido. Me desnudé sin siquiera preocuparme de dónde dejaba las ropas de invierno. Sólo tenía un tirante puesto en su lugar cuando bajé las escaleras. El teléfono sonó justo en el momento en que Charlie giraba la cerradura de la puerta. Traía una mirada desquiciada. Abrió la boca para hablarme cuando yo le indiqué que debía contestar, sin darle la opción de ver mi cara. Alice llamaba con su móvil, el aullido del viento me indicaba su velocidad.

—Tenemos que hacerle creer que te estoy llamando para contarte que Edward tuvo un accidente, Charlie sabe que Edward cayó desde un barranco. Di: "¿Qué quieres decir, Alice?".

—¿Qué quieres decir, Alice? —traté de imprimir todo el pánico y la estupefacción posibles en mis palabras.

—Bien, Charlie debió de entender de qué hablamos. Ahora grita: "¿Dónde…? Bien, ¡apresúrate!".

—¿Dónde…? Bien, ¡apresúrate!

—Tienes tres minutos, Bella —el viento se detuvo.

La línea se cortó. Me quedé quieta antes de colgar el auricular con lentitud. Charlie me dio la vuelta y me abrazó.

—Acabo de enterarme, cielo. A Billy le telefonearon hace diez minutos y he venido tan rápido como he podido. Lo lamento tanto.

—Papá… yo… Alice viene a buscarme en dos minutos. No… lo sabía…

Charlie me abrazó más fuerte. Seguramente esperaba un estallido en llanto descontrolado, pero debía actuar con todo el aturdimiento necesario.

—Bella, Edward estará bien. Es un muchacho fuerte. No me corresponde ir ahora, pero llámame en cuanto sepas algo. Y pregúntale a Carlisle cuando puedo ir.

Traté de concentrarme lo más posible en sus palabras. Mi humanidad no debía causar más problemas nunca más. Inclusive dentro de nuestras familias. Resonó un claxon afuera. Charlie me llevó hasta la puerta. Saludó a Alice desde dentro antes de mirarme a los ojos una última vez.

—Ve, hija.

Gracias, papá.

Asentí con un nudo en la garganta. Corrí hacia la puerta del copiloto resbalándome. En cuanto cerré la puerta, Alice arrancó el auto lanzando un chillido con las llantas. Me parloteó histéricamente sobre el estado de los Cullen. Por lo que pude distinguir entre las palabras enmarañadas, todos estaban tensos y expectantes para entender qué había pasado. Al final, sin seguir un camino aparente, atravesamos lo más profundo del bosque antes de aparecer repentinamente frente a la entrada de la mansión blanca.

Alice me bajó de su espalda lanzándome una mirada elocuente. Cuando dimos unos pasos hacia la puerta, miró con la mandíbula apretada hacia el piso de arriba con las ventanas corridas. Era el estudio de Carlisle. Dos segundos después, escuché otro grito desgarrador.


No fue fácil escribir este capítulo, considerando que la parte de los Vulturis tenía mucha importancia, pero siempre me han desesperado los modales de los vampiros. Pero claro, cuando tienes la eternidad por delante, no se puede permitir que una ofensa dure meses, o peor, décadas.

Aún estoy evaluando seguir después del tercer capítulo. Tendrías que tener paciencia para seguir leyendo luego del siguiente capítulo.