Este capítulo está dedicado a Itzel, que es una luchadora, una guerrera. Espero que no te rindas nunca, que te mejores pronto y este humilde capítulo te acompañe en este momento tan delicado. ¡Es para ti, guapa!

Cap 47. Torres más altas han caído.

Come on Eileen,
I swear (well he means) At this moment you mean everything,
With you in that dress my thoughts I confess verge on dirty
Ah come on Eileen.

Aquella mañana parecían como todas las demás, pero una nostalgia invadía el ambiente haciéndola completamente distinta a las que hubiera vivido antes.

Eileen había tomado poción para la resaca y se había arreglado con meticulosidad e ilusión en el baño. Anteriormente ya había pasado por ello, la última mañana antes de tomar el tren dirección a casa. Las despedidas con los compañeros, las promesas de escribirse durante el verano o reunirse… pero todo aquello había perdido el significado cuándo había entendido al fin que ésa sería la última vez que estuviera en la torre de Gryffindor, el último desayuno y el último viaje en tren desde Hogwarts.

Siempre había sido un hasta luego, ahora sería un hasta siempre.

Eileen se contempló en el espejo, satisfecha por cómo había tejido su larga trenza y sintió un vacío en el estómago.

Hacía meses que había vuelto al colegio para cursar el último curso, sabía que ésa sería la última vez, pero no había sido realmente consciente hasta ese momento.

Tenía la sensación que no era la misma que había llegado, que se marchaba distinta. Había cambiado.

Había evolucionado.

Había madurado.

Todo lo que había vivido ése curso ya formaba parte de ella, de su historia personal, pero aún sentía que estaba en el comienzo de su historia, no concluyéndola. Aún tenía que luchar por sus sueños, no podía dormirse en los laureles ni conformarse con lo que había conseguido.

Debía trabajar duro en su sueño de convertirse en una jugadora de quidditch profesional y conseguir todas las metas que ambicionaba. No quería ser buena, quería ser la mejor, así que daría su mejor esfuerzo para lograrlo y demostrárselo al mundo.

Y Neville.

Su relación no era bien vista por muchos y ahora comenzaba un momento delicado para los dos. Pero sabía que todo iría bien, porque estaban juntos, porque pasara lo que pasase, se tendrían el uno al otro. Y ahora entendía mucho mejor lo que había sacrificado él para estar con ella, ahora podía vislumbrar mejor cómo debía sentirse, cómo debía quererla con locura para sacrificar su vida entera para estar con ella. Sólo esperaba que él nunca se arrepintiera de ello, así que pensaba compensárselo con creces.

Ahora que ella tenía la puerta abierta a su sueño de ser jugadora, entendía lo terrible que debió ser para él cerrar la suya de ser profesor, de dejar la enseñanza.

Eileen sabía lo importante que era para él ser profesor y no había dudado en dejar de serlo para estar con ella.

Alzó la mano llevándosela al pecho, ante su corazón palpitante de dolor, de desazón por él.

Ahora debía comenzar una senda nueva, una que se había unido a la de ella y que podrían recorrer juntos el resto de sus vidas, si él quería, si él jamás la abandonaba.

Eileen comenzaba ese día a caminar por la era de la vida adulta y pensaba luchar por sus sueños.

Ella no era de las que se acobardaban, ya no.

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Eileen salió del gran comedor en compañía de sus amigos, que parloteaban con frenesí y entusiasmo ante las expectativas del comienzo de las vacaciones, del tiempo estival que les daría un respiro de las constantes lluvias que habían sufrido las últimas dos semanas.

Eileen se limitaba a sonreír, perdida en sus pensamientos, ya puesta en la persona que la esperaba en la estación. Se moría de ganas de verle, de poder abrazarle sin tener que esconderse, poder decirle todo lo que le quería en voz alta, sin tener que susurrarlo, sin tener que esconderlo.

No podía evitar pensar que sería extraño al principio, después de tanto tiempo a escondidas, pero estaba impaciente por acostumbrarse rápido a tenerle sin limitaciones, sin miedos, sin fronteras.

Eileen estaba tan ensimismada, tan perdida en sus anhelos, que no se había percatado de la larga figura oscura que se había detenido a su lado, al cruzarse con ella.

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Severus contempló con desaliento a su hija, que aún seguía ignorándolo desde que tuvieran aquella desafortunada conversación en el aula de pociones. Aún le regalaba aquellos rostros de indiferencia, de apatía, de desgana, pero él la conocía muy bien.

Sabía que lo estaba pasando realmente mal, sabía que cada vez que sus ojos se cruzaban zozobraba su ánimo, aunque permaneciera en sus trece.

Él la había criado, él había inventado aquella máscara de hastío e indiferencia cuando aún no había nacido, cuándo siquiera sabía que un día vendría a este mundo.

Había estado a punto de hacerla llamar a su despacho, hablar con ella, intentar arreglar lo que quedaba de su relación. Después de todo él era el padre, el mayor, el adulto… Él debía tender un puente hacia el diálogo, pero era tan terriblemente torpe, tan asquerosamente orgulloso que desistía de hacerlo.

Siempre había pensado que su relación con su hija era robusta, pero ahora sentía que prendía de un fino hilo que amenazaba con romperse con el tiempo.

Cada día que pasaba la sentía más lejos de él y eso le desgarraba por dentro.

Esa sensación de pérdida, despertaba una ansiedad que jamás hubiera experimentado antes, pero era incapaz de gestionarlo, era incapaz de saber qué hacer.

Ahora sí que se sentía viejo, ahora sí que se sentía ese Don Quijote luchando contra molinos de viento, sabiendo que había llegado muy lejos con tal de no admitir que no eran gigantes.

Eileen soltó una risa sincera a una de sus amigas Hufflepuff por algo que le había dicho, desviando sus ojos melados al frente.

La risa se ahogó en su garganta, muriendo su música, colocándose su máscara de indiferencia cuando percibió su presencia, cuándo se percató que la estaba mirando.

Snape tragó saliva dando un paso hacia ella. Sus amigos pudieron leer sus intenciones y se apresuraron a dejarla sola. Ella se quedó quieta, mirándole con desafío, a pesar de que su cuerpo se rebelaba, temblando de nervios bajo su mirada escrutadora.

Quería decirle que la extrañaba, que lo sentía, que deseaba hablarlo… pero no podía.

Aún no había logrado asimilar su relación con Longbottom, a pesar que había tenido tiempo para digerirlo, seguía con una aguda indigestión de sólo imaginarles juntos, de pensar que se habían burlado de él y del mundo todo este tiempo.

Hipócrita. Hipócrita. Hipócrita. Hipócrita. Hipócrita. Hipócrita. Hipócrita. Hipócrita. Hipócrita. Hipócrita. Hipócrita. Hipócrita. Hipócrita. Hipócrita. Hipócrita. Hipócrita. Hipócrita. Hipócrita. Hipócrita. Hipócrita. Hipócrita. Hipócrita. Hipócrita. Hipócrita. Hipócrita. Hipócrita. Hipócrita. Hipócrita. Hipócrita. Hipócrita.

Ahogó sus gritos internos, asesinó su conciencia que le gritaba irritada ante su hipocresía, ante su doble rasero, ante la falsedad de su indignación. Ella le miraba sin decir nada, expectante.

-Hablaremos después.- logró mascullar. Quería decirle que la vería en casa, que deseaba arreglarlo, que deseaba hablar tranquilamente con ella… pero se lo calló todo. Guardó silencio a pesar de que su alma ardía, a pesar de todo el dolor que sentía por aquella fría distancia, del muro que se había erigido entre ambos, en la incapacidad de pedir perdón, en admitir que se había equivocado, al menos en parte.

-No tengo nada que hablar contigo.- replicó el orgullo de ella.

-Hoy puede que tu madre salga del hospital.- contestó el padre a su rechazo, mientras desviaba molesto su mirada al final del pasillo.- Iré con ella, así que Potter te recogerá en la estación, te veré en casa.

Al carecer de fuerzas de contemplar a su hija, de contemplar su mirada indiferente, vacía, se perdió su cambio de actitud. La muchacha abrió los labios para contestarle, para replicarle, pero él reanudó su paso dejándola atrás sin brindarle la oportunidad de réplica.

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Eileen estuvo tentada de agarrar a su padre por los puños de su levita, pero se contuvo de hacerlo. No quería montar el último número antes de salir de la escuela, no quería que su padre volviera a un estado furibundo, aunque sospechaba que era inevitable.

-No volveré a casa… papá.- Susurró mientras contemplaba cómo la esbelta figura oscura de su padre desaparecía al final de la galería, sin evitar sentirse miserable, asqueada por toda aquella situación.

Siempre había pensado que su padre estaría a su lado, que siempre la protegería… ahora le sentía como un extraño.

No sabía si alguna vez podrían restaurar la confianza perdida, pero a pesar de que su orgullo herido arañara las paredes de su mente, deseando salir como un ciclón rencoroso, también era verdad que era incapaz de albergar un mal sentimiento por él.

Él era su padre, el mismo que la había acunado de pequeña, el mismo que había hecho por ella cosas que no quería, que la había apoyado, el que siempre le había demostrado que la quería por encima de todo.

Se moría por ir hacia su dirección, pedirle que esos largos brazos la sostuvieran para siempre, pero hasta que no entendiera que ella era dueña de su vida, que a partir de entonces ella guiaría su rumbo, no podía hacerlo.

-Señorita Snape…

Los labios de la muchacha se curvaron en una gran sonrisa, mientras se giraba sobre sí misma a la dirección de aquella cándida voz, dejando a su espalda aquel pasillo vacío que había dejado su padre a su espalda.

-¡Buenos días profesora Sprout!- saludó con su voz más cantarina.

-¡Menos mal que te encuentro, temí que te hubieras subido ya al tren!- exclamó la anciana mientras se dirigía a paso ligero a su dirección. No podía evitar resoplar y las mejillas las tenía encendidas por el esfuerzo de ir a toda prisa.

Eileen temió que la mujer se diera de bruces contra el suelo por aquel errático trote y se apresuró acortar la distancia que las separaba dando grandes zancadas.

-Tenga cuidado, no vaya a caerse…- le indicó con cierta preocupación.

-¡No seas impertinente, Snape!- exclamó la profesora sonriéndole con aprecio.- ¡No estás hablando con ninguna anciana!

-Que no lo sea, no quita mi preocupación a que caiga.

Pomona hizo una mueca divertida con la boca. Había tenido el placer de conocer a Eileen mejor aquellas tardes que la ayudaba en los invernaderos y realmente no podía negar de quien era hija… era una mezcla explosiva de sus padres.

Cuando al fin había llegado a su altura, la profesora de herbología le entregó sin ceremonias una maceta que había traído cargando todo el camino. Eileen contempló sin comprender la planta que le había entregado la profesora y después clavó sus ojos melados y exultantes en ella.

-Longbottom me escribió hace unos días, para que pudiera cumplir una promesa que te hizo hace tiempo. Al principio me apenó trasplantarla a una maceta pero… la mimabas tanto que estoy segura que te extrañaría si se quedaba aquí…

Eileen sonrió recordando aquella promesa vaga que le hizo el profesor al principio de curso. Ella lo tomó más como broma, pero no la había olvidado.

Él atesoraba todos esos momentos vividos con ella.

El suave aroma de las hojas verdes y frescas ascendió hasta su nariz, evocando momentos, olores y sabores de los buenos recuerdos pasados con Neville en el jardín.

-¡Muchas gracias profesora!- exclamó Eileen totalmente emocionada por la planta de fresas que le había entregado la profesora, no tenía frutos, pero sí aquellas preciosas flores blancas que se convertirían en deliciosas fresas con el tiempo.

La anciana se encogió de hombros.

-Era más tuya que mía, Snape.

Elle no se pudo contener y besó en las mejillas a la profesora. Aquella mujer había sido un fugaz y grato refugio durante aquellas dos largas semanas. Le habría gustado pasar más tiempo con ella, pero no estaba dispuesta abandonar esa nueva amistad que había brotado entre ellas.

-¡Has prometido venir a visitarme!- le recordó alzando un dedo.

-Llevaré a Neville conmigo.- prometió una vez más.

-Por vuestro bien, eso espero…- la mujer comenzó alejarse por el pasillo, aún tenía muchas cosas que atender y ya no tenía la destreza de antaño.- ¡No disgustéis a esta anciana!

-¿No me dijo antes que no lo era?

Pomona soltó una risita, prosiguiendo su pesado avance tambaleante. Los invernaderos era mucho trabajo para sus pobres huesos y las ampliaciones que había realizado el profesor Longbottom a lo largo de los años, no había sido de ayuda.

Eileen bajó la nariz para aspirar el olor a libertad que desprendían aquellas pequeñas flores.

Se iba para siempre de allí, pero llevaría un pedacito siempre dentro de ella.

-Adiós Hogwarts.- susurró casi para ella misma y con paso decidido, caminó en dirección a la puerta, a la luz del día, a la claridad de un mundo lleno de posibilidades.

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Severus Snape entró en la habitación del hospital dónde estaba ingresada su esposa. Hermione se incorporó en la cama al verle entrar y dejó la novela que estaba leyendo a la orilla de la cama. Él se apresuró ayudarla, acomodándole una almohada en la espalda para que estuviera mucho más cómoda.

El vientre de Hermione había crecido considerablemente esa última semana, estaba a punto de estallar.

-Hola cariño.- Saludó lúgubre, dándole un leve beso en los labios y cabizbajo, se dejó caer casi a peso muerto en un sillón al lado de la cama.

Hermione contempló a su marido, preocupada. Desde que se había peleado con Eileen en aquella misma habitación, se estaba consumiendo y después no había evolucionado a mejor.

Ella sabía lo tozudo que podía llegar a ser, compartía alma con él, así que no le sorprendía todo aquello, pero al igual que en el pasado, sabía que terminaría rectificando.

La malo era cuándo.

Le había instado a que hablara con su hija, por las buenas, sin gritar, sin imponer criterios… pero había sido en vano. Snape se dejaba llevar por su ira y su hija tampoco es que se quedara atrás.

Los dos estaban llenos de resentimiento.

Lo peor de todo… es que sabía que terminaría arrepintiéndose. Intentaba ser todo lo comprensiva y paciente con él, pero a veces no podía evitar discutir. Tenían perspectivas completamente contrarias a cómo afrontarlo. Snape intentaba resolver un problema… que para ella no existía. Su hija había elegido su camino, quizás ella hubiera preferido que estudiara, pero quien era ella para imponer su voluntad a otra persona, aunque se tratara de su hija. ¿Qué Eileen se equivocaba? No lo sabría con seguridad. Su padre también tachó de error cuándo se presentó en casa con un marido veinte años mayor que ella, incluso quiso pegarle un tiro con su escopeta de caza, pero ahora lo aceptaba.

Si Eileen fracasaba tanto en su carrera deportiva como en la amorosa, ellos debían estar ahí para apoyarla incondicionalmente, pero no debían imponer su camino. Si impones tus criterios a tus hijos, estos están condenados a la infelicidad y la vida es muy corta para hacer algo que no te gusta.

-¿Qué haces aquí? Has llegado muy temprano- preguntó extrañada.

-¿Por qué te extrañas?- dijo Snape con aquel tono triste.- El curso a terminado, no me apetece estar en otro lugar que no sea a tu lado. Estoy dónde quiero estar.- Afirmó rotundo sujetando con delicadeza su mano.

Hermione intentó moverse y dejó escapar una leve queja de sus labios.

-¿Qué te ocurre?- preguntó él, alzándose de su asiento como un resorte. Cuánto más tiempo se acercaba la fecha del parto, más nervioso se encontraba.

-La circulación de las piernas, que me está matando.

Severus tomó asiento en la orilla de la cama a la altura de los pies de su mujer. Deslizó la fina sábana que cubría las piernas y con manos expertas, comenzó a aliviar su pesadez con un buen masaje.

Hermione soltó un pequeño gruñido de placer.

-¿Estás seguro que no quieres aceptar la oferta de Minerva?- preguntó de repente de la nada Hermione. Él no le había contado nada de lo que le había propuesto la mujer esa misma mañana, pero no hacía falta de todas formas.

-Mi respuesta es un rotundo No. Prefiero afeitarme la cabeza con una cuchilla oxidada antes que volver a la docencia.- espetó el hombre.

Cuándo pensaba que no tenía que volver más al colegio, que ya no tendría que volver a dar clase a cabezas nunca más, se sentía explotar de júbilo.

Ese trabajo siempre lo había detestado. Ahora lo tenía bastante claro: jamás volvería a enseñar. Comprendía que hubiera gente con vocación, pero no era su caso. Enseñar le hacía infeliz, si había aceptado ese trabajo había sido por estar cerca de Eileen y ahora que ella no iba a estar, su escasa motivación se esfumaba con ella.

Jamás volvería a pisar un aula, a partir de ahora se concentraría de nuevo en su trabajo como escritor, que era lo que realmente le gustaba hacer.

Entonces… si él sabía lo desgraciado que te podía hacer desempeñar un trabajo que no te gustaba… ¿Por qué se empeñaba en que Eileen lo hiciera? ¿Acaso trabajar de algo que no le gustase, no la iba hacer infeliz?

Aquella misma mañana había ido al despacho de McGonagall para presentar los últimos papeles burocráticos que tenía pendientes y le había ofrecido un puesto para el curso siguiente, pero se había negado en rotundo. No pensaba pisar el aula de pociones nunca jamás, para alivio de sus propios alumnos.

-Prefiero besar el culo de Gilderoy Lockhart antes de volver a dar clase.- había sido su escueta contestación.

La mujer pareció comprenderlo, sin llegar a escandalizarse a lo que había espetado su profesor de pociones. Ya estaba más que acostumbrada a sus salidas de tono. Después quiso ser sincera con él, comentándole su intención de abandonar su puesto en el colegio y jubilarse al fin, cosa que le había sorprendido en parte, ya que esa mujer siempre había amado Hogwarts y Snape siempre pensó que terminaría sus días allí.

-Estoy muy cansada, Severus. De todo…- se quejó la mujer.- Lo único que me apetece es leer en un sofá y tomar el té con mis amigas.

-No me parece mala idea, Minerva. –Comentó el oscuro hombre mientras tomaba asiento.- Llevas toda tu vida aquí, creo que te lo mereces…

-Con todo lo que ha pasado este curso… me ha superado, Severus. La prensa, la relación de Longbottom con tu hija… estoy mayor para esto. Sólo quiero tranquilidad, ya estoy harta de follones y sólo quiero tranquilidad para mis viejos huesos.

Aquel asunto de Eileen y Longbottom… les había superado a todos.

Incluso a él.

El hilo de sus pensamientos fue interrumpido por Timothy Logan, que pidió permiso para entrar. El hombre no llevaba su bata de trabajo, ni tampoco su aspecto desaliñado de costumbre. En lugar de sus cómodos vaqueros, se había enfundado en un bonito traje grisáceo y sus cabellos no podían soportar más gomina de la que llevaba.

-¡Buenas tardes a los dos!- saludó el hombre exultante, entrando en la habitación.- Venía hablar con Hermione, pero me alegro mucho que estés aquí Severus.

Severus alzó el rostro para mirar directamente al medimago. El hombre parecía henchido de felicidad mientras le hacía un pequeño reconocimiento de rigor a su compañera. Consultó la hora distraídamente mientras lo hacía.

El hombre pareció satisfecho con el reconocimiento.

-He estado revisando tu historial de esta última semana y estoy muy contento con tu evolución. El bebé está cogiendo peso y se está desarrollando sin problemas, no has tenido más ataques de ansiedad y no te han vuelto a dar contracciones…- Logan tuvo la sensación que comenzaba a divagar, así que decidió atajar e ir al grano.- He decidido darte el alta, aunque sospecho que en breve tendrás que volver.- dijo entre risitas.

Hermione soltó un grito de felicidad. Haría todo lo que hiciera falta para que su hijo estuviera bien, pero ya estaba más que harta de permanecer encerrada en aquel hospital. Estaba deseando llegar a casa, darse un baño, dormir en su cama… estar en su cálido hogar con su familia en lugar de aquella impersonal e inhóspita habitación de hospital.

-Una de las razones por la que me he inclinado a darte el alta es saber que Severus estará ya en casa contigo. No quiero que te quedes sola en ningún momento…

- Puedes estar seguro de eso.- Prometió Severus, dejando de masajear las piernas de su señora y volviéndolas a cubrir con la sábana.

-Cualquier cosa extraña,- dijo Logan mirando su reloj de pulsera otra vez.- quiero que vengas al hospital de inmediato. También tenemos que fijar unos días de visita, me gustaría al menos reconocerte cada dos días…

-Eso es demasiado exagerado ¿No crees?- Opinó Hermione. Como buena medimaga, era una paciente terrible.

-Hermione…- comenzó a decir Logan con rostro grave.- Si no me vas hacer caso, prefiero cancelar tu alta.

Hermione resopló con hastío mientras se cruzaba de brazos.

-Está bien, haré todo lo que me digas…-se enfurruñó, cruzándose de brazos.

-Sé que has terminado harta del hospital y te comprendo.- Vuelta a mirar el reloj de muñeca.- Por eso no me importa ir a tu casa a reconocerte.

-Eso será un fastidio para ti. No puedo aceptarlo.

El hombre hizo un gesto con la mano, indicando que se olvidara del asunto.

-Entonces ahora mismo tramito oficialmente tu alta y podrás regresar a casa. Ya hablaremos del régimen de visitas…

-En serio Logan, no me importa venir yo misma al hospital.- volvió a insistir Hermione.

-No me importa ir a tu casa… y así podrás invitarme a ese café que me debes.- dijo alegremente el medimago ya dispuesto a marcharse.

-Sí… ya me contarás quién es ella.- dijo Hermione riéndose.

El medimago se ruborizó sin poderlo remediar. Notó la mirada oscura de Severus clavada en él, escrutándole con cierta curiosidad. En realidad, Snape siempre había pensado que jugaba en la misma liga que el hijo mayor de Harry Potter. Desde luego sus dotes de espía se estaban atrofiando con la edad.

-¿Tanto se me nota?- preguntó divertido.

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Eileen Snape balanceaba los pies al ritmo del tren. Adelante y atrás, sin que le preocupara que cada vez que adelantaba el pie, su amigo James recibía una leve patada en la espinilla.

-¡Para ya, marimacho!- protestó James.

-¿Y quién me va obligar?- replicó la muchacha divertida.- ¿Tú, sucedáneo de Gryffindor?

James se levantó de su asiento con intención de atacar a su mejor amiga, pero los demás protestaron. En aquel compartimiento de tren iban un tanto apretados, tanto como si se hubieran escapado de una película de los hermanos Marx, ya que se había apuntado a viajar con ellos sus amigos de Hufflepuff y por supuesto Rose, que a pesar de que durante el curso no se reunieran muy a menudo, le encantaba ir con ellos. Era una tradición y ésa era la última vez que lo hiciera con Elle.

-¡Estaros quietos!- se quejó Rose, dándole una colleja a su primo.

-¡Qué ha empezado ella!- se quejó James por recibir injustamente, dejándose caer otra vez en su asiento, despertando protestas por empujar.

-¿Qué vas hacer este verano, Rose?- preguntó Eileen, mientras apoyaba su brazo en el hombro de Andy, que estaba sentado a su lado.

La Ravenclaw se encogió de hombros, resoplando con hastío.

-No lo sé. Me gustaría acudir a un campamento de magia ancestral que se realiza en Grecia, pero no sé si mis padres me dejarán acudir.

James torció el gesto. Ahí iba la empollona de su prima, a darles un discurso sobre magia ancestral vinculada a la mitología Griega. En realidad se sabía que los dioses de la mitología griega habían sido magos en la antigüedad, que se habían aprovechado de sus poderes para labrarse un futuro cómodo entre los humanos crédulos. Aunque había muchas leyendas sobre eso…

James iba a protestar. Ya estaban en vacaciones de verano, lo que estaba deseando era apagar el cerebro y divertirse, pero una nueva patada de Eileen lo contuvo. Andy en cambio, estaba embelesado en lo que contaba la chica, tanto que había dejado de morder el melocotón que venía devorando.

Pero algo la hizo callar abruptamente.

Rose había cesado su discurso y contemplaba con el ceño fruncido la puerta de cristal del compartimento.

Su prima Victoire estaba allí asomada.

Todos giraron la cabeza al unísono, intrigados qué estaría mirando la Ravenclaw con tanta intensidad.

Victoire se rascaba con nerviosismo el dorso de la muñeca, mientras buscaba a alguien con los ojos.

Los ojos de James y Victoire se cruzaron.

James borró todo rastro de alegría de su cara, entrado a un estado de ira. Aún estaba muy enfadado con ella.

La chica abrió los labios un par de veces, buscando unas palabras que no encontraba, buscando el poco valor Gryffindor que le quedaba en el fondo de su alma.

-¿Qué coño quieres, Victoire?- preguntó Rose, también con una máscara de enfado. Estaba más que cabreada con su prima mayor, nunca le había guardado mucha estima de hecho, pero lo que le había hecho a su primo James no tenía nombre, de hecho sí lo tenía: una cabronada.

Victoire desvió su mirada a su prima, volviendo a sus ademanes desagradables de siempre.

-¡Tú no te metas, Rose!- alcanzó a contestar.

James se mordió el labio inferior y bajó la mirada a la punta de sus pies. Su respiración comenzó acelerarse, estresado. No tenía alguna gana de enfrentarse a su prima, sólo deseaba un viaje tranquilo con sus amigos.

Ya había pasado por mucho esas últimas semanas para Victoire terminara de ponerle la guinda al pastel.

Andy se percató de ello, así le lanzó el melocotón a medio comer, que se estampó contra el vidrio de la puerta, salpicando a sus amigas de fruta madura.

-¡Largo de aquí, zorra!- le gritó Eileen, que también percibió el cambio de ánimo en James.

Victoire le hizo a Eileen directamente un gesto de repulsión cargado de odio antes de desaparecer por donde había venido.

Eileen arrugó la nariz con expresión de asco. Sabía que por razones familiares terminaría por reencontrarse con ella en un futuro, pero aspiraba a que fuera muy lejano.

No la soportaba. Era insoportable y mala persona.

-¿Qué estaba buscando ésa aquí?- Interrogó Rose a su primo.

James soltó un suspiro largo, denso.

-Quiere hacer las paces conmigo… quiere que la perdone.

-¡No hagas eso!- exclamó la Ravenclaw cargada de rencor.- Elle tiene toda la razón, será nuestra familia, pero es una zorra…

Eileen pudo llegar a intuir algo en su amigo, una zozobra en él, un movimiento visceral y no pudo evitar evocar lo hablado con Logan en las tres escobas.

-¿Crees que ella merece una segunda oportunidad?- preguntó con cierto miedo a su respuesta. Si por ella fuera, lanzaría a Victoire a una profunda ciénaga y además usaría un palo para hundirla todo lo que pudiera.

Pero aceptaría sin rechistar lo que decidiera James.

-No… Yo…No lo sé.- titubeó el muchacho de repente, pero siendo completamente sincero antes sus dudas.-Ella parece realmente arrepentida.

-¡No puedes hablar en serio!- Bramó Rose poniéndose colorada.- Será nuestra familia, pero siempre será tóxica y ponzoñosa.

-No te digo que vaya a perdonarla ahora…Sigo muy enfadada con ella. Sé que es una cabrona y se ha portado conmigo como una cerda, pero la veo arrepentida, con ganas de cambiar…

-Eso es porque la ha dejado tirada el novio.- dijo desdeñoso Andy.

-Solo lo que digo es que quizás la perdone… con el tiempo. Necesito tiempo, para pensar, para meditarlo. Quizás cuándo pase los años deje que tener importancia. Quizás ella sí logre cambiar.

-Tiempo…- susurró casi inaudible Eileen, diciéndolo más para ella que para los demás.

¿Con el tiempo las cosas importantes del ahora podían carecer de importancia en el futuro? ¿Es posible que sólo el tiempo pudiera sanar algunas heridas, poder perdonar a quién te ha hecho daño?

Recordó el rostro de su padre, pero no pudo evitar envolverle entre sombras, en humo negro. Su padre siempre había sido claridad para él, ahora sólo era noche cerrada, oscuridad.

El pasar del tiempo… ¿Años había dicho James?

No podía imaginarse estar separada de él tanto.

Estaba aún muy enfadada con él, pero sin darse cuenta, Eileen dio un tímido paso hacia el perdón.

El compartimento del tren quedó en un rotundo e incómodo mutismo. Cada uno se había limitado a acariciar el silencio mientras esquivaban las miradas de unos y de otros.

Eileen los contempló a todos, aquel ambiente festivo se había ido por un sumidero y todo por culpa de aquella infeliz. O quizás se había ido porque cada uno guardaba un punto de vista distinto ante la vida.

Eileen resopló hastiada. Aquel era su último viaje en el tren de Hogwarts, sentía que era su último viaje como adolescente, que en cuánto bajara de aquel vehículo dejaría atrás su capullo, cómo lo hacían las larvas antes de convertirse en mariposa… pero antes que eso ocurriera… no quería pasarlo así.

Eileen miró por la ventana, el paisaje corría a toda velocidad ante sus ojos. Estaban cruzando un precioso valle teñido de hierba fresca, con un enorme lago brillante en que los animales acudían a calmar su sed.

Se levantó de su asiento y con cierta dificultad, abrió la ventana. El aire de la inercia del tren la golpeó en la cara al sacar medio cuerpo por ella, su trenza bailaba frenética, pero sintió cómo sus ánimos se renovaban.

Entonces gritó.

Volvió a coger todo el aire que pudieron sus pulmones y volvió a gritar, alzando los brazos al aire, como si quisiera abrazar el paisaje.

A su lado apareció la tímida cabecita de James y soltó otro grito. Rieron y volvieron a gritar con todas sus fuerzas.

Después se unieron la cabeza de Rose, Andy, Alexandra… Estaban haciendo una temeridad sacando así sus cabezas por la ventana, pero en aquel extenso valle no corrían peligro alguno.

-¡EH! ¿Es que estáis llamando a más maricones al tren?

-¡El canto de los bujarras!

Y una explosión de risas.

Cesaron de gritar para ver quien los estaban insultando. Unos Slytherin de la edad de James y Andy se habían asomado también por la ventana, sacando también las cabezas por fuera, quizás llamados por la curiosidad ante tanto grito.

Eileen cerró los puños con fuerza, calculó la distancia que los separaba y dejó escapar una pequeña sonrisa malévola.

-Bueno caballeros… creo que esta será mi última justa antes de marcharme al mundo de los adultos. ¿Quién se apunta?

Alexandra frunció el ceño, Andy abrió levemente los labios sin entender…James se temió lo peor, conocía aquella cara que ponía Elle cuándo no pensaba en nada bueno.

Entonces inspiró con fuerza por la nariz, comenzando a carraspearse la garganta con verdadero ahínco.

-¡Le prometiste a Neville que no te meterías en líos en el colegio!- exclamó James un tanto asustado.

-Pero estamos en el puto tren… no voy a permitir que nadie te hable así nunca más.

-¡Cuenta conmigo!- espetó Andy, adivinando las intenciones de Elle, comenzando a crear un buen pollo en la garganta.

-¡Snape, creo que hay un asilo en el próximo pueblo! ¿No quieres otro suggar daddy?

-Está bien señoritas…- se rindió James- Tengamos nuestra última batalla.

James contó hasta tres, fue cuando todos escupieron a la vez. La inercia y la velocidad del tren hicieron el resto. Abandonaron sus puestos en la ventana y se prepararon para la pelea eminente.

No se tardaron en escuchar gritos, golpes por los pasillos y una estampida de Slytherins furiosos corriendo hacia su posición.

x-x-x-x-x-x-x-x-x-x-x

Neville Longbottom caminó por el apeadero de la estación de tren. Había llegado bastante temprano, pero le devoraba la impaciencia y la incapacidad de permanecer sentado en el salón de casa.

En la estación 9 y 3/4 comenzaron a llegar padres de alumnos, también impacientes como él para recoger a sus retoños. Algunos no se habían fijado en él absortos en sus propias conversaciones, en cambio otros sí le habían reconocido, fulminándolo con mirada de desaprobación o cargadas de asco. En cambio otros se limitaron a contemplarle con cierta perplejidad y curiosidad e incluso llegó a pensar que estaban siguiéndole...

Pero le daba igual que estuvieran ajuiciándole a su alrededor, le importaba una verdadera mierda lo que pensaran de él.

Había ido a cumplir una promesa, a reunirse con Eileen lo demás era secundario.

Neville se toqueteó el flequillo con cierto nerviosismo. Había decidido no usar poción fijadora y dejarlo alborotado cómo le gustaba a ella, pero el pelo le invadía continuamente los ojos, debía cortarlo en breve.

Las marcas del enfrentamiento con el profesor Snape ya al fin se habían borrado de su rostro y todas sus heridas habían sanado satisfactoriamente.

Comenzó a crujirse los dedos de las manos mientras recargaba la espalda en una de las numerosas columnas de la estación, intentando no abandonarse a la impaciencia, a la agitación que le inspiraba el deseo de volver a verla.

A su Eileen.

Al fin podrían estar juntos, al fin podría construir todo lo que había soñado junto a ella. Quería vivir con ella, dormir con ella, viajar con ella, invitarla a cenar a un restaurante, llevarla al cine cogidos de la mano sin el temor de a que alguien los viera… El amor ilícito de profesor y alumna al fin había quedado atrás.

Ahora comenzaba el amor entre Eileen y Neville, sin etiquetas, sin trabas, libres al fin del rol que tanto los había acondicionado.

Neville tragó saliva, alterado de sólo pensarlo. Pero no porque se arrepintiera de nada, sino porque estaba deseando comenzar.

-¿Qué haces tú aquí?- Espetó una voz cargada de rencor a su lado. No le hizo falta voltearse para reconocerla.

Neville cesó de crujirse los dedos de las manos, suspirando con pesadez, preparándose para un eminente enfrentamiento. El tono de voz empleado por el que había sido uno de sus mejores amigos incitaba a ello. No tenía ganas de pelear con Harry Potter, pero lo haría si era necesario, incluso si llegaban a los puños.

A Snape lo había respetado por ser quien era, pero no iba a permitir más humillaciones, ya no.

-Lo mismo que tú. He venido a recoger a alguien.- le contestó sin mirarle siquiera.

Neville recibió un fuerte empujón, que estampó su espalda contra la columna que tenía detrás. El auror imprimió toda su fuerza en una mano, sujetándole por el hombro. Harry era mucho más bajo en altura, pero lo compensaba con una fortaleza física admirable, por algo había llegado tan lejos en su carrera como auror.

-Snape me ha encomendado recoger a su hija, así que ya te estás yendo por dónde has venido.- ordenó con voz glacial el auror, mientras le acusaba con un dedo.

-¡Pero qué haces, Harry!- exclamó Ginny a la espalda de su marido, tirando del brazo del hombre, liberando a Neville de su agarre.

-No pienso irme a ninguna parte, he quedado con Eileen que la recogería y aquí me quedo.

La seguridad con la que Neville dijo esas palabras, pareció encender el ánimo del auror, que ya le tenía ganas a su amigo. Se sentía traicionado por él, sentía que se había metido con algo sagrado como era la hija de Hermione, había estado en su casa almorzando en su mesa y había hecho el papel de su vida… era algo que no iba a poder perdonarle.

Se sentía profundamente decepcionado con él, si había alguien que pensó que jamás traicionaría, que jamás decepcionaría, ése era su amigo Neville.

Pero a veces, las buenas personas, aquellas nobles y leales, eran capaces de hacer algo fuera de control, algo que podría considerarse deleznable e incluso perverso.

Eso tampoco tenía la necesidad de convertirles en monstruos, pero todos podemos equivocarnos alguna vez.

Pero en el caso de Neville, ese supuesto pecado, esa supuesta traición, no se arrepentía en absoluto. Había caminado mucho hasta llegar hasta allí, se había torturado, se lo había negado, se había ocultado… pero ya no haría nada de eso.

¿Tan complicado era entender que el amor a veces surge en los sitios menos insospechados?

Sabía que lo suyo con Eileen podía ser extraño a los ojos de los demás, no era idiota. Era la hija de su mejor amiga, la había visto crecer… y eso era algo que siempre iba a torturarle, pero ya no podía evitarlo.

Había luchado contra sus sentimientos, pero al final se habían liberado.

Y había decidido rendirse a ellos, no iba a separarse de Eileen al menos que ella no quisiera.

-No puedo creer que tengas tan poca vergüenza, de venir aquí… Y hacerle esto a Hermione.

Eso cayó como un dardo envenenado directo al corazón, pero ya sabía que aquel camino no iba a ser fácil.

Neville no contestó.

-¿Ha merecido esto la pena, Neville? Has perdido tu trabajo, tu credibilidad ante la sociedad, has perdido a tus amigos…

-Merece la pena cada maldito segundo.

-¿Cómo pudiste hacerlo? ¿En qué momento traicionaste a tu amiga? ¿Es que no tienes moral?

-Es evidente que lancé mi moralidad por la ventana hace mucho tiempo ¿no?- replicó Neville.-Lo que me sorprende es la hipocresía con la que se respaldan algunos.

Harry no le quedó más remedio que guardar silencio. Tenía razón, Hermione se casó a escondidas con Snape, tuvieron una hija aún siendo ella muy joven y nadie de sus amigos la juzgó.

Pero las cosas eran muy distintas.

-No se irá contigo… ¿Me oyes?- dijo alzando la voz.

-Eso es algo que decidirá Eileen, no tú.

-¡Eres un mamón!

Por un momento pensó que iba a recibir un puñetazo por parte de Potter, pero Ginny tiró de él con tanta energía, que se lo quitó de encima.

-No montéis un espectáculo aquí.- dijo observando a las personas que parecían interesarse, pendientes en lo que ocurría entre ellos.- Si queréis, quedáis en un escampado después y os dais de puñetazos, que es cómo solucionáis vosotros los problemas.- Dijo Ginny haciendo una clara alusión a lo que había hecho Snape.- Pero la estación la respetáis, los chicos están por llegar.

Harry pareció entrar en razón, pero antes de alejarse de Longbottom, le amenazó con el dedo.

-No se irá contigo.

-Eso no es asunto tuyo.- Replicó Neville, haciendo saltar sus ojos de ira contenida.

Eso es lo que le esperaba la vida con Eileen… pero estaba dispuesto a sufrirlo con tal de estar con ella.

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El tren llegó a la estación, frenando bajo un fuerte chirrido agudo. La locomotora fue frenando paulatinamente hasta que al fin se quedó completamente quieta escupiendo cada vez menos humo por la chimenea. Lo siguiente fue el sonido de gritos de alegría, risas infantiles, padres llamando impacientes a sus hijos, deseando al fin poder besarlos después de tanto tiempo separados de ellos.

Eileen sintió cómo el estómago saltaba de alegría, no podía borrar de su rostro una enorme sonrisa de oreja a oreja, las piernas le temblaban y sus manos vibraban sin control.

Lo había deseado tanto, lo había soñado tanto, que le parecía mentira estar viviendo ese mismo momento, el momento que al fin podría volver a ver a Neville, poder abrazarlo al fin. Le había extrañado tanto, le había hecho tanta falta, que aunque sus cartas le hubieran hecho mucha compañía, nada que ver con tener al fin su presencia, poder contemplar su rostro.

Sentirle.

James le dijo algo, pero no le escuchó.

Estaba muy ocupada en buscar a Neville con la mirada entre la multitud. Aquel andén estaba repleto de gente, moviéndose de un lado a otro, gritando, corriendo, era todo muy confuso.

Eileen sentía que el corazón le iba a explotar en el pecho de ansiedad, casi le costaba trabajo respirar, entonces al fin pudo verle.

Estaba al lado de una columna, al fondo de la estación en un discreto segundo plano, mirando de un lado a otro con aquella cara de oso despistado.

-¡NEVILLE!- no pudo evitar gritarle todo lo que le permitió su garganta, alzando los brazos y agitándolos en el aire para llamar su atención, dando pequeños saltitos para hacerse ver por encima de la gente.

Él giró el rostro a su dirección y sus ojos se cruzaron al fin.

Una sonrisa decoró sus labios, ella le correspondió, comenzando a esquivar la gente que se anteponía en su camino, para llegar hasta él.

Entonces le agarraron de un brazo.

Ella miró sin entender la mano que le sujetaba, siguió el camino del brazo hasta llegar a un enfadado Harry Potter.

-¿A dónde vas?- preguntó el hombre intentando mantener templanza.- Tu padre me ha encargado recogerte.

El hombre intentaba conservar una calma que claramente le costaba mantener. Eileen supo al momento qué ocurría, estaba seguro que el enfado de su tío Harry era la cosecha de una discusión anterior y se olió que Neville era el responsable.

-No voy a ir contigo, Harry.

-Tu padre me ha dejado a tu cargo… vendrás conmigo sin discusión.

Eileen endureció sus fracciones. Escuchó a su espalda cómo James le protestaba a su padre algo como "Qué estás haciendo, papá" Eileen alzó la mano y la puso encima de la del hombre que la sujetaba con firmeza.

-Tío Harry, yo te quiero mucho.- confesó sincera, con un deje triste.- No quiero pelear contigo, pero tengo que recordarte que soy mayor de edad e iré donde quiera. Si no me sueltas… tendré que pasar por encima de ti y eso no me gustaría.

Harry puso una cara que no supo interpretar, porque era un cúmulo de sentimientos.

Entonces abrió la mano y la dejó ir.

Eileen miró alrededor, buscando a Neville. Él había dejado su puesto al ver que Harry la había retenido en contra de su voluntad y estaba más cerca, pero esquivar a tanta gente no era tarea fácil.

Eileen corrió a su dirección, esquivando gente, saltando maletas, bultos del suelo.

Él abrió los brazos para recibirla.

Eileen se aferró a su cuello, colgándose en él. Sintió los brazos de su novio se enroscaban en su cuerpo, suaves, firmes, tranquilizadores, tan familiares. El olor de la colonia de Neville acarició su nariz, conocida, tan añorada.

Se aferraron con fuerza aquel abrazo soñado, sintiéndose, acariciando aquel momento eterno.

-Te extrañé mucho.- le susurró Neville en el oído, aún sin deseos de romper aquel abrazo.

-Yo también.

Ellos estaban tan concentrados en el otro, que no se había percatado del revuelo que se había organizado a su alrededor.

El mundo les sobraba si se tenían el uno al otro.

Se separaron levemente, con claras intenciones de besarse, entonces una luz centelleante los cegó.

Eileen parpadeó un momento, aturdida, sin comprender muy bien.

Entonces sintió otro golpe de luz blanca y otra y otra.

Neville no tardó en comprender lo que ocurría. Aquellas personas que él había sospechado que le seguían, que habían estado demasiado pendientes de él, eran fotógrafos de prensa al acecho. Le habían seguido deseosos de conseguir aquella instantánea, el encuentro entre el profesor y la alumna, y así poder ponerle al fin rostro a Eileen Snape.

-Son periodistas.- comentó con Eileen, que aún estaba un tanto desorientada.- Vamos a recoger tus cosas, rápido y larguémonos de aquí.

Eileen afirmó con la cabeza levemente, así que él intentó tapar su cara contra su pecho, para evitar que pudieran sacarle una fotografía del rostro, aunque sospechaba que ya era demasiado tarde.

Neville comenzó a guiar a Eileen, que caminaba a su lado a ciegas. La gente comenzó apartarse de su camino. Los fotógrafos no cejaron en su empeño, siguiéndolos, disparando sus flashes continuamente sobre ellos.

Neville sintió una oleada de ira saliendo de lo más hondo de sus tripas, planteándose incluso maldecir a esos cabrones.

Alzó el dedo corazón, dedicándoles a las cámaras un gesto obsceno.

-Que os jodan.- Les gritó antes de que Eileen alcanzara su baúl y pudieran desaparecer juntos.

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Eileen entró en la casa de Neville con paso decidido. El hombre se limitó a dejar el baúl en la entrada de la casa y cerrar la puerta a su espalda.

Se dedicaron una mirada eterna, ella con anhelo, deseo, él cargado de ternura.

Tenerla allí, tenerla al fin con él, le parecía un sueño.

Pero sentía una sacudida en su interior, una zozobra que le torturaba el alma y sabía que debía hablarlo con ella. No quería forzarla hacer algo que no quisiera, que contuviera dudas. Él quería correr, no quería perder más el tiempo pero entendía que su franja de edades podía ser un impedimento en algunas cosas.

Debía elegir muy bien sus palabras, no quería que ella pensara que se había echado atrás o que se arrepentía de lo que habían hablado, ni mucho menos. Él estaba completamente convencido a lo que iban a emprender juntos, sin fisuras, sin dudas, pero quería cerciorarse que ella se sentía igual.

Era tan joven… que él no le importaría esperar lo que quisiera, no le importaría ralentizar sus pasos a los de ella.

-Eileen… antes de nada, tenemos que hablar.

Eileen contempló el rostro de su novio, serio y solemne, comprendiendo ya que le conocía bastante bien. Se aproximaba una nueva batalla en su relación, pero pensaba salir victoriosa una vez más.

En realidad lo esperaba, conocía de sobra a su despistado profesor y lo irritantemente racional que podía llegar a ser.

-Tú dirás.- dijo Eileen, ocupando la mitad del pasillo de la entrada de la casa, poniéndose en jarras.

-Mejor vamos a sentarnos al sofá…- propuso Neville, pero ella negó con la cabeza.

-Lo que tengas que decir, dilo ahora. Si tengo que salir de esta casa, no quiero adentrarme más.

Neville se mordió el labio inferior, esa forma de decir las cosas, tan directas y brutales. Le ponían contra las cuerdas pero era algo que le volvía loco de Eileen. Ella había olido de qué iba la cosa, pero no se lo estaba planteando correctamente. Comenzó a crujirse los dedos de las manos, alterado, buscando las palabras adecuadas. Su virtud nunca había sido la locuacidad y siempre había sido de lo más callado, pero esperaba que la sinceridad que brotaba de su corazón fuera suficiente.

-No te equivoques Elle… No me estoy acobardando. lo único que deseo ahora mismo es dejarte entrar, hacerte mi mujer…- clavó sus ojos marrones en ella.- Lo que quiero es que me confirmes que estás segura de dar este paso… Eres muy joven, vienes de vivir con tus padres,- señaló la puerta de la casa.- ya has visto el rechazo que provoca nuestra relación a nuestro alrededor… Si decides que quieres ir con tus padres y esperar… Yo aceptaré lo que digas y te esperaré siempre. Lo que nunca me perdonaré, es que te arrepientas de nada.

Eileen no dijo nada, sólo se limitó a mirarle con intensidad.

-En cambio,- Continuó él.- Si quieres quedarte conmigo, si deseas estar con esta ruina de hombre, ten por seguro que estaré a tu lado siempre.

El hombre abrió sus brazos, como un pájaro que abriera sus alas a la libertad.

Eileen sintió una lágrima recorrer su rostro, solitaria, furtiva.

Sintió una explosión de amor por él, sus sentimientos se desbordaron.

Su amado profesor, incluso en ese momento, sólo miraba por su bien, obviando sus propios deseos.

-Profesor…- Esa fue la última vez en la vida que Eileen le llamara así.- Ya te lo dije aquella noche en la sala de Gryffindor. Me da igual lo que piensen, me da igual el mundo, lo único que quiero es estar contigo.

Eileen se aproximó a él en dos grandes zancadas y él la envolvió en sus brazos, aspirando el aroma a flores que desprendía sus cabellos.

-Bienvenida a casa.

-Al fin he llegado.- Susurró Eileen, alzando sus labios para besarle. Neville respondió aquel beso demandante, fogoso y sofocante. Se habían extrañado muchísimo y sus cuerpos se lo gritaban el uno al otro, llamándose para estar completos otra vez.

Su mano deslizó la gomilla que sujetaba el cabello negro trenzado de Elle, derramándolo por sus hombros. Le encantaba su pelo suave y oscuro.

Ella lo aprisionó contra la pared, besándole, despeinándole, comenzando a desabrochar el chaleco de su traje.

Neville la alzó en brazos y desapareció en el interior del que iba a convertirse su hogar.

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Hermione entraba por la red flu al interior de su casa, seguida de su marido que cargaba una pequeña maleta con las cosas que paulatinamente le había estado llevando al hospital. El hombre dejó el bulto en el suelo y se acercó a su mujer, dándole un beso en la frente.

-Al fin en casa.- dijo aliviada.

-Sí, al fin… No pienso irme a ninguna parte jamás.- sentenció el hombre.

-¿Eileen no ha llegado aún?- preguntó un tanto extrañada Hermione.

Severus consultó el reloj de pared.

-No creo que tarde mucho más… quizás se haya ido a casa de Potter.

Hermione cogió las manos de su marido con dulzura.

-Severus… sé que esto está siendo muy duro para ti, pero si no quieres que este hogar se convierta en un infierno, debes contener ese carácter y hablar de una vez con ella.

-Cuando dices que tengo que hablar con ella, lo que realmente me estás diciendo es que trague con todo.

-No, lo que estoy diciendo que cuánto antes aceptes esta situación, antes podrás restaurar tu relación con tu hija… espero que lo comprendas antes de que sea demasiado tarde.

Severus se soltó de las manos que le sujetaban y se pasó la mano por el pelo, pensativo, furioso, ansioso.

Sabía que tenía todas las de perder, pero no podía hacer nada para contenerse.

-Es casi la hora de almorzar, voy a preparar la comida.- cambió de tema el hombre. Era su vía de escape cuándo había algo que se rehusaba a discutir.

-Te ayudo.

-No, estás agotada. ¿Por qué no te echas un ratito antes de que venga Eileen?

-No voy a rechazarte esa preposición, sospecho que cuándo llegue Eileen será agotador.- Hermione se alzó para besarle la mejilla de la cicatriz y con cuidado, comenzó a subir las escaleras que las llevaban al dormitorio.

-¿Te ayudo?- preguntó el hombre temeroso por su pesado avance. El vientre de Hermione se había expandido tanto, que los movimientos de la mujer eran como los de un animal de grandes dimensiones, lentos y pesados.

-¡Estoy embarazada, no enferma!- espetó la mujer de mal humor, desapareciendo por el último tramo de escalera.

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Severus puso agua a hervir en una olla. No sabía qué preparar de comer, ya que hacía tiempo que no lo hacía para su familia. Al final se había decantado por preparar unos sencillos espaguetis con bacon y tomate, uno de los platos favoritos de su hija.

A pesar de ocupar su mente con la comida, su cerebro volaba por otros lugares más tenebrosos y no podía negarse que eso le ponía nervioso.

Eileen estaba por llegar y eso le exaltaba, se debatía por el deseo de aceptar al fin lo inevitable o no dar su brazo a torcer.

Aunque no lo admitiera, sabía que tenía todas las de perder, sabía que ya había perdido la guerra. Sabía que cuánto más se opusiera aquella relación, más los iba a unir.

Pero es que no podía con eso, estaba desbordado.

-¡Profesor!- escuchó que le llamaban a gritos desde la red flu.

Severus masculló una palabrota y apagó el fuego de la cocina de mala gana, adentrándose en el salón a paso militar.

-Le he dicho miles de veces que no me llame así, Potter.- espetó de mala baba a la cabeza de Harry Potter que se había formado en su chimenea.

-Pero ahora mismo sí es profesor…- contestó Harry con clara intención de fastidiar.

-Para su interés, esta mañana se canceló al fin mi contrato.

-¿Y no piensas volver el año que viene? Me agradaba la idea de que le impartieras pociones a mis hijos… sus clases inculcan carácter a los chicos.

-Menos coña conmigo, Potter.- dijo el profesor oliendo el sarcasmo de sus palabras.- Prefiero comerle la boca a usted antes de volver a enseñar.

Harry Potter tuvo que hacer verdadero esfuerzo para no explotar de risa ante la ocurrencia de Snape, además no era portador de buenas noticias y no quería tirar más carbón a la hoguera de irascibilidad del profesor.

-En realidad, vengo hablar de Elle…- dijo Potter desde la chimenea, cambiando el tono de voz por uno más lúgubre.

-Eso le iba a preguntar ahora. ¿Dónde está mi hija?

-¿Puedo ir hablar contigo?- preguntó el auror. Snape no contestó, se limitó alejarse de la chimenea para dejarlo entrar.

Harry Potter pasó con cierta familiaridad al salón de la casa de Snape. Afortunadamente el hombre parecía extrañamente tranquilo, pero sabía que con Snape no debía fiarse de las apariencias. El hombre era un gran experto en ocultar sus intenciones, a pesar que en esos tiempos de paz el profesor había dejado de ocultarse, relajándose a la vida, era un recurso que no le importaba usar.

-¿Dónde está Eileen?- insistió Snape, sabiendo ya la respuesta.

Harry se sacó su cajetilla de tabaco del bolsillo de su pantalón, pidiendo permiso con un gesto, que Snape aprobó con un asentamiento de cabeza.

Harry se encendió el cigarrillo e inhaló todo el humo que pudieron sus pulmones con ansiedad, exhalando toda aquella toxicidad tranquilizadora.

-Está con él… ¿Verdad?

Harry carecía de fuerzas para contestar, pero lo hizo con un único movimiento de barbilla, temiendo la reacción del hombre.

-Maldito hijo de puta.- masculló entre dientes. Harry intuyó que el profesor iba a desaparecerse y sospechaba hacia dónde tenía intención de ir, tenía la tentación de acompañarle, pero le retuvo agarrándole de la manga de la levita.

-Snape… espera. Hablemos.

Snape tragó saliva y respiró con vehemencia, como un toro bravo antes de envestir. Entonces se relajó un poco, Harry entendió que había desistido ir alguna parte y le dejó ir a servirse una copa, dejándose caer en uno de los sillones.

Snape se bebió el contenido del vaso de un solo golpe y se sirvió un segundo antes de tomar asiento frente al auror.

-Antes que nada, quiero recordarte que yo siempre estaré de tu parte, creo que te lo demostré hace semanas… Sabes que te considero de mi familia, sé que no te gustan estos rollos sentimentales, pero siempre miraré por vuestro bien y de Eileen. Sé que no solemos usar este tipo de títulos en nuestras relaciones, pero después de todo, yo soy el padrino de Eileen.

-Y yo el de tu hijo menor.- recordó Snape, su forma de corresponderle a todo lo que le decía Harry. Jamás iba a decirlo en voz alta, pero realmente con el tiempo había comenzado a sentirse cómodo entre los amigos de su mujer y Harry era un hermano para ella.

Y había un vínculo que siempre los uniría.

Era el hijo de Lily, la única amiga que había tenido en su infancia.

- ¿Entonces por qué la dejarte ir con él?

Harry bajó la cabeza, a la vez que se pasaba una mano por la cara, mientras hacía un ruido de hastiado. Se le veía enfadado, pero también contrariado.

-No pude contenerla… lo siento.- fue una disculpa sincera.

-Debiste obligarla…

-¿Crees que no lo hice? Vi a Neville en la estación y me enfrenté a él, pero no quiso largarse… después llegó el tren y agarré a tu hija, pensaba llevármela por la fuerza…

-¿Entonces qué pasó?

Harry aplastó el cigarro en el centro de un cenicero que tenían allí para las visitas.

-Esa mirada… esos ojos con los que me miró Eileen… no pude hacerlo.- Harry clavó sus ojos verdes en los de Snape.- Me recordó a la mirada que tenía Hermione aquella tarde en la casa de los gritos… cuándo agonizabas y yo te ataqué. Cuando lo dio todo para protegerte.

Snape se levantó de su asiento, caminó irritable, hasta una ventana. Guardó silencio y comenzó a masajearse una sien con uno de sus largos dedos formando círculos en su piel.

Ante el silencio de Snape, Harry decidió continuar.

-Cuándo llegué a casa, tuve una discusión feroz con mi hijo James y ahora mismo creo que ha retirado la palabra. Dice que no entendemos nada, que somos todos unos hipócritas… Defiende a capa y espada a Longbottom. Dice que jamás le hará daño a Eileen… y yo estoy comenzando también a creerlo.

-Eso no lo sabemos.

-Tampoco lo sabía cuándo acepté tu matrimonio con Hermione, cuando decidí confiar en ti.

Snape se volvió abruptamente al hombre con cara de pocos amigos, pero Harry sentía que no debía callar, que debía decírselo.

Seguía enfadado con Longbotttom y quizás nunca le perdonara lo que había hecho, pero tanto Ginny como James le había dado una perspectiva nueva de las cosas.

-Es lógico que al principio nos chocó a todos. Ella se casó contigo en secreto, estaba la diferencia de edad… y lo poco que sabíamos de ti por entonces.

-Hable con claridad, Potter. Que soy un cabrón.

-No te conocíamos.- volvió a insistir.- Sé que te gusta ese papel de cretino, pero sabes que no te representa. Sé por qué lo hizo y no tendré vida suficiente para agradecérselo… pero en cambio, nosotros sí que conocemos a Neville.

-No seas ingenuo. Nunca se conoce lo suficiente a una persona, mira lo que ha hecho…

-Exacto. Ahí está la cuestión. Neville siempre ha sido una persona honesta, trabajadora, leal… no recuerdo nunca haberle visto hacer alguna maldad, siquiera recuerdo haberle visto lanzar una maldición contra alguien. Sabemos que es buena persona… Siempre se ha mantenido en una tonalidad gris, en un discreto segundo plano, jamás le ha gustado resaltar y por una vez, le he visto echándole huevos a la vida… por eso creo, que realmente está enamorado de Eileen.

Snape soltó un bufido, pasándose la mano por la cara.

-Y Eileen lo está de él.- Puntualizó Harry, para terminar su discurso.

-¡Y qué!- explotó Snape- ¿Por eso tengo que dar saltos de alegría? ¿Por eso tengo que darles la enhorabuena?

-Sabes que esto ya es una batalla perdida… ellos estarán juntos. La cuestión es qué vas hacer tú.

-Lo único que me apetece es matarle y tirar su cadáver en una cuneta.

-Y si me avisas, yo te ayudaría… pero creo que es algo que debes pensar con cuidado, creo que puedes perder a tu hija para siempre.

-Le hará daño…

-¿Por qué estás tan seguro de eso? Yo también lo pensé de ti cuando supe que eras el marido de Hermione y no ha sido así… ¿Por qué no le das una oportunidad?

-Es un error.

-Deja a tu hija equivocarse, Snape. No te alejes de ella, intenta aceptar esto. Y si un día tu hija cae, si un día Neville le hace daño, te aseguro que seré yo quien tire su cadáver al mar. ¿Por qué no lo aceptas de una vez que no puedes impedirle que haga su vida como quiera?

Snape se miró las manos, temblorosas.

Estaba más que al límite.

-¡Por qué es mi niña pequeña! ¡Porque no quiero que le pase nada, joder!

Snape enterró su rostro entre sus manos, principalmente para ocultar que no podía controlar sus lágrimas cargadas de rabia. Harry hizo cómo que nos las había visto y fue a servirle un vaso de whiskey a su viejo amigo.

Entonces alguien llamó a la puerta de la casa.

El profesor puso cara de extrañeza y se dirigió a la puerta de la entrada.

Harry miró por la ventana a comprobar quien llamaba, al verlos, suspiró.

-Espero que no hagas una tontería, profesor.- dijo a la habitación vacía el auror mientras se prendía otro cigarrillo, pero manteniéndose en su puesto de vigilancia. Si aquello se le iba otra vez de las manos, estaba dispuesto a intervenir.

No quería volver amañar otra investigación, pero si tuviera que hacerlo otra vez por Snape, lo haría sin dudarlo.

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Neville abrió los ojos aún sin poder creer qué había pasado, estaban en el sofá de su casa porque la urgencia no les había dado tiempo llegar a la cama. Eileen se incorporó un poco sobre él, con rostro travieso y a medio desvestir.

Sentía que el corazón le iba explotar de un momento a otro.

Al fin tenía consigo a Eileen, su Eileen… Era tan jodidamente afortunado.

-¿Sabías que te quiero?- preguntó ella coqueta, mientras se ponía un largo mechón de cabello negro tras una oreja.

-Soy tan afortunado de que estés conmigo.- Neville acarició su mejilla.-Yo también te quiero.

Eileen se inclinó sobre él para besarle en los labios, sus cabellos cayeron sobre él como dos oscuras cortinas. Neville se incorporó un poco y correspondió a su beso.

-No me has dicho cómo te has hecho eso…- indicó Neville tocando con suavidad unos arañazos que tenía en el cuello, un tanto preocupado.

Eileen hizo un gesto con la mano, restándole importancia.

-No es nada.

Su intuición de profesor no era algo que no podía apagar así como así, algo le decía que había pasado algo gordo.

-Tú dirás lo que quieras, pero lo tienes un poco irritado y rojo.

-Una serpiente me mordió…- declaró al fin, con cierto desdén.

-¿Te has peleado? ¿Es eso?- adivinó Neville con cierto cansancio. La cara que puso Eileen supo que estaba en lo correcto.-Por Merlín… ¿qué ha pasado?

-Lo que pasa en el tren, se queda en el tren…

-Creía que eso sólo pasaba en las vegas.

-Se metieron con James…

-Pero no quiero que te hagan daño.

-Eso lo dices porque no has visto como quedaron los otros.

Neville se incorporó totalmente en el sofá, tomando asiento. Al principio Eileen pensó que estaba enojado, hasta que vio cómo sus hombros se sacudían ligeramente.

Estaba aguantándose la risa.

Ella sonrió, sabiendo cómo ganarse otra vez a su novio y que dejara a un lado aquella falsa indignación a un lado.

-Vega, va… no te enfades. Las damas gamberras no tenemos remedio. Si quieres te lo cuento, todo empezó cuándo escupimos por la ventana…

Neville le tapó la boca con la mano, sin disimular que estaba riéndose.

-Tienes razón, lo que pasa en el tren es mejor que se quede allí… creo que no quiero saberlo.

-¿No quieres saber cómo le arranqué un mechón de pelo a…

Neville puso esa cara de "Qué voy hacer contigo"

-En serio… no quiero saberlo.- dijo ya reponiéndose a la risa, de todas formas la situación no era para bromas. Eileen se había pegado con otros apenas unas horas atrás.

-Estás enfadado conmigo.- Eileen recordaba aquella cara, es la misma que ponía cuando la regañaba en el colegio.

-No lo estoy.

-Quería portarme como soy por última vez… a partir de ahora tendré que ser más madura y seria para estar contigo.- dijo con determinación, cerrando un puño.

Ahora sí que Neville frunció el ceño, pero su boca contenía una sonrisa.

-Sé de sobra cómo eres y me gustas como tal. Así que no cambies nunca. Tú ya eres una adulta.

Elle le dedicó una gran sonrisa a Neville mientras se terminaban de adecentar la ropa.

-¿Tienes hambre? ¿Quieres que prepare algo de comer?

-¿Sabes cocinar?- preguntó con cierta extrañeza Elle.

-¡Pues claro!- exclamó un tanto indignado.- Soy un adulto funcional, ¿qué crees que estado comiendo todos estos años?

-Estaré encantada en comer lo que cocines.

Neville se incorporó y la ayudó a levantarse, tendiéndole una mano.

Se miraron un momento y Eileen supo que algo no iba bien del todo, otra vez.

-¿Qué te pasa?- preguntó con dulzura.

-No me siento bien con esto… ¿Qué diferencia hay con lo que hemos hecho antes? Te he recogido en la estación y hemos decidido vivir juntos, pero aún tengo la sensación de haberme escapado contigo, como si estuviera raptándote.

-Pero sabes que no es así… Soy una adulta, he terminado el colegio, tengo un trabajo, tengo una relación seria contigo… no es como si estuviéramos viviendo una aventura.

-Lo sé… pero son las formas, no me siento bien con todo esto. Vamos a casa de tus padres, vamos a decírselo formalmente. Vamos a decirles que nos vamos a ir a vivir juntos.

-¡Pero Neville!- protestó Elle.

-Todos hemos hecho mal, es hora de comenzar a enderezar esto. ¿Qué me puede pasar? ¿Qué tu padre me dé otro puñetazo?

Eileen sabía que tenía razón. Si querían que tomaran en serio su historia, era hora de comportarse honestamente e ir de frente. No decirle a su padre nada e irse a vivir con Neville, sólo lanzaría más fuego a las llamas.

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La cara de su padre era una verdadero poema cuándo abrió la puerta de la casa. Ése había sido su hogar, pero ahora lo sentía lejano. Es como si sólo se le permitiera contemplar aquella casa de lejos.

-Qué-haces-tú-aquí.- dijo peligrosamente Snape, mirando fijamente a Neville, como si cada sílaba que pronunciara fuera una amenaza.

-Hemos venido hablar contigo.- dijo Elle deshaciéndose en nervios.

Snape alzó una ceja.

-Vaya… ahora sí tienes algo de qué hablar conmigo.

Eileen apretó los dientes con fuerza. Su padre seguía en sus trece, por un momento pensó que podrían llegar hablar, entenderse, pero realmente con ese hombre era imposible.

-¿Podemos pasar?- preguntó Eileen, viendo cómo su padre franqueaba con su cuerpo el hueco de la puerta, sin clara intenciones de brindarles la cortesía de entrar.

-Siempre tendrás esta puerta abierta para ti… en cuánto a él, es un rotundo no.- sentenció el padre.- Él no es bienvenido a esta casa… ni ahora, ni nunca.

-Pues no pienso entrar sin él.

-Pues lo que me tengas que decir, me lo tendrás que decir en la calle.

Neville sintió cómo los ánimos entre los Snape se estaban inflamando. No le interesaba una conversación cargada de rencores ni violencia. Quería una conversación sosegada entre adultos, pero desde luego entre esos dos era claramente imposible.

Eran iguales.

Neville se insufló fuerzas, sabía que no iba a ser una conversación grata, pero al menos esperaba que no terminara en gritos o agresiones.

Si tenía que recibir otro puñetazo, pues tendría que apretar los dientes y aguantarse.

-Lo que he venido a decirte lo puedo hacer aquí de pie.- intervino Longbottom.- Yo amo a su hija, Snape.

El hombre amenazó con un dedo.

-Deja de decir eso.

-Yo también lo amo, papá.

-Entra en casa, Eileen…

La chica cerró los puños con fuerza y negó con la cabeza.

No se podía razonar con su padre, ella en el fondo sabía que esto iba a ocurrir.

-¡No!- espetó- ¡No pienso volver! Si hemos venido, es para que sepas que a partir de hoy me voy a vivir con él.

Esa forma de decir las cosas, esa carencia de astucia y tacto tan Eileen.

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Snape sintió cómo el alma le abandonaba el cuerpo. Estaba allí de pie, ante la puerta de su hogar recibiendo la visita de aquel infame y su hija.

Sus caras de determinación, sus caras de valentía no le dejaba ninguna duda que él ya no tenía nada que decir en eso. No habían ido a pedir permiso, no habían ido a disculparse, sólo habían ido a anunciar formalmente su relación.

Sintió cómo su relación con su hija se le deslizaba de las manos, su niña, su Eileen… Esa niña que había llegado a su vida sin pedirlo, pero que se la había llenado de la felicidad más sincera, la alegría que siente un padre al ver crecer a sus hijos, que le había brindado la oportunidad de amar sin condiciones, que le había dado tanto.

La amaba con locura, sin condiciones, se prometió que la protegería siempre…

Y ahora era una mujer, había dejado de ser su niñita. Aquella que tenía miedo de la oscuridad, la que se raspaba las rodillas en el parque, la que le protestaba porque le había preparado algo de comer que no le gustaba…

Esa niña había mutado en aquella gran mujer, esa que se enfrentaba a él, aquella que había encontrado su propio camino…

Pero le dolía tanto…

Y ahora iba abandonarle, abandonar su hogar por irse con él… quizás él la había empujado a eso con todas sus negativas, con todas sus trabas, sus impedimentos ante aquella relación que tanto le recordaba a su propia historia de amor.

Snape se rindió.

Sabía que ya no podía luchar más, que ya no tenía sentido formar más pataletas, él había ganado.

Se iba a llevar a su niña y él no podía hacer nada.

Snape frunció el ceño y dando un par de rápidas zancadas, se precipitó contra Longbottom, agarrándole con fuerza de las solapas del chaleco.

El hombre se puso tenso, pero no se defendió.

-Escúchame Longbottom, porque sólo te lo diré una vez.- Siseó más que amenazante Severus Snape.- Cómo la engañes, cómo la hagas sufrir, cómo la hagas llorar, cómo se te ocurra abandonarla o hacerle daño de alguna forma, te juro que te busco y te mato. ¿Entendido?

Neville asintió con la cabeza levemente y le empujó, soltándole.

Snape desvió su mirada inquisitiva a su hija, que contemplaba la escena sorprendida.

Eso era lo más parecido a una bendición que iban a recibir de él, se miraron con intensidad antes que el hombre les diera la espalda y entrara en su casa cerrando tras sí de un fuerte portazo.

El fino hilo que aún unía a padre e hija, terminó rompiéndose con aquella fría despedida.

¡Hola a tod s!

Ante todo perdón por la demora, pero ya mucha gente sabe que no estuve en mi mejor momento de salud y dejé otra vez la escritura pausada. Ahora me encuentro mucho mejor y teniendo en cuenta lo que ocurre en el mundo, lo mío era una nimiedad, así que no me quejo.

¿Qué os ha parecido el capítulo? Sé que el capítulo tiene un final amargo, pero a la vez esperanzador. Snape parece que se ha rendido ya a la evidencia, pero creo que le falta un poco más de tiempo. Eileen creo que lo entiende, a ver qué pasa… el fic ya entra en su arco final y creo que me quedan cuatro capítulos para el punto y final. Pensar de terminar esta historia y tener que despedirme de ellos para siempre me da un poco de nostalgia.

Por cierto, alguien me preguntó qué libro de Patrick Graham me revolvió el estómago. Fue "el evangelio del mal" en la escena de la clipta. He leído cosas peores pero ese día me pilló blandita.

Logan… ¿A que es una ternurita enamorado? Desde el principio supe que Cloe y él iban a terminar juntos. Ahora a toro pasado ¿Por qué creéis que se pegó tanto a Neville en navidad? Quizás sólo quería llamar la atención de la profesora y la mayoría pensando que se quería ligar al profe de herbología… mal pensados. Jajajajajaja

Hay cosas que cambié en el capítulo, al principio Eileen era la que le iba hacer la peineta a los periodistas, pero me hizo gracia pensar en Neville haciendo cosas que se le hubieran pegado de Elle.

Bueno, me callo que esto se va alargar mucho. El siguiente cap está ya empezado, pero no os voy a decir el título porque es un mini spoiler.

Un besiño y pagad lo que consumís.

AnitaSnape

Pd. La canción es Come on eileen de Dexys Midnight runners

Pd. Las frases que espeta Snape en el capitulo son cortesía de xerxes ely y cloe. Jejejejejejejeje