!Hola! Y bien, como pueden ver he regresado con un nuevo fic. Estoy nerviosa y todo, jaja, en verdad espero que les guste. Esta vez vengo con un Rose/Scorpius, y debo decir que estoy disfrutando mucho de escribirlo. Para las Dramioneras que solo leen dramiones, les pido que le den una oportunidad a este fic. Va a ser uno largo, como la revolución de las bestias, lo bueno es que ya lo tengo bastante avanzado en word. También va a ser complejo y con emociones intensas, quizás incluso más intensas que las de la revolución, solo que serán, por supuesto, en otro contexto.

Ahora, antes de leer, unas advertencias: este fic es bastante verosímil, es decir, lo he escrito tal cual pienso se darían las cosas en la vida real, si esto no fuera ficción. A lo que voy con eso es que no esperen un enamoramiento de Rose y Scorpius al segundo, tercero, ni cuarto capítulo...ni quinto...etc, porque si eso es lo que quieren leer, me temo que las decepcionaré. Tampoco esperen que Rose sea como Hermione, ni Scorpius como Draco. Los personajes aquí, son una mezcla de sus padres, y tienen rasgos, pero son individuos a parte. Fuera de eso, creo que no tengo nada más por advertir :)

Les dejo un video del fic, en donde salen Rose y Scorpius tal cual los imagino (cuando lean este capítulo reconocerán algunas escenas en el video *.*) desde ya doy el crédito del video a Fabiana, una amiga muy querida. Para verlo, entren a:

rojoynegrofanfic . blogspot (corten los espacios)

!Ojalá les guste! besos.

Rojo y Negro

Capítulo I

El accidente

1.-

Lo último que pudo ver, además del verde, fue el rojo; el intenso y caótico, violento rojo, atravesando el follaje del bosque y desapareciendo como un espejismo.

Scorpius no se detuvo a pensar en la trampa en la que había caído, se levantó con una rapidez admirable y retomó la carrera: sus piernas corrieron saltando pedrejones y esquivando raíces que surgían de la tierra negra hacia el sol. Pronto, a unos metros, divisó a su presa huyendo como un cervatillo; su cabello rojo serpenteando en el aire, sus ojos azules volteando para verificar con ansiedad que su contrincante amenazaba con alcanzarla, el viento golpeando contra su rostro…

Rose, logró soltar de entre sus labios mientras aceleraba, Rose.

No se sentía amenazado; ella era demasiado lenta para él. En pocos segundos sintió las puntas de los cabellos de fuego de la Gryffindor rozándole el rostro y entonces, al estirar su brazo, la agarró por la muñeca y la empujó hacia atrás.

El sol cayó directo en el rojo y lo hizo parecer fuego sobre la cabeza de Rose.

Ella estuvo a punto de perder el equilibrio y caer, pero logró recomponerse y corrió tras el rubio, quien en cuestión de segundos se adelantó metros más allá. Sintió el calor del día desatarse en su interior mientras ponía todo su empeño por alcanzar al Slytherin, aún sabiendo que era caso perdido: jamás fue una buena deportista. Eso, como casi todo lo demás, lo había sacado de su madre. La trampa había sido su único y último recurso; pero aquella no era una prueba de ingenio, sino de velocidad y de fuerza. Y en eso, Scorpius Malfoy era el rey.

Pronto emergió de entre las gruesas ramas del bosque prohibido y se vio, agitada, sudorosa, a medio desfallecer, en los campos de Hogwarts y metros más allá, vio a Scorpius; sudoroso también, respirando agitadamente, con la camisa blanca pegada al cuerpo y la corbata de Slytherin desarreglada. En su mano derecha descansaba la piedra blanca; a su lado estaba el profesor Malone.

- Lo siento señorita Weasley, pero el ganador de la segunda prueba es, indiscutiblemente, el señor Malfoy.

Rose sintió que el aire le faltaba, y lo último que vio antes de desmayarse fue la sonrisa pedante y orgullosa de Scorpius.

Luego todo se volvió negro.

Dos meses antes

Me llamo rojo

- ¡Rose, cariño, baja a comer!

- ¡Ya voy abuela!- respondió desde el segundo piso. - ¿Has visto a Ulises?

- No, cariño.

Rose miró bajo la cama, pero solo halló una marea de polvo que la hizo estornudar. Luego recorrió la habitación haciendo pequeños silbidos infructuosos para llamar la atención del gato. Al salir al pasillo tropezó con una pila de revistas extranjeras de Quidditch. Dio un respingo y las cargó como pudo hacia la habitación que su hermano había decidido ocupar durante las vacaciones.

- ¡Rose baja de una buena vez que tengo hambre y la abuela no me deja probar nada si no estás!- gritó Hugo desde la planta baja.

- ¡No encuentro a Ulises!- respondió Rose asomándose por las escaleras.

¿Qué?- insistió Hugo.

- ¡Ulises!... ¡No está!- repitió ella con cierto fastidio. Hugo jamás se preocupaba por el gato, de hecho, a duras penas conseguía soportarlo.

Rose bajó las escaleras con desánimo y algo de preocupación. Pasar las vacaciones en casa de sus abuelos muggles era algo que ella siempre encontraba reconfortante y agradable; los señores Granger eran cálidos y divertidos, y el vecindario era tranquilo, lleno de árboles y flores de distintos colores. Sin embargo, aquellas vacaciones su madre forzó a Hugo a ir con ella. Hugo quería a sus abuelos muggles, pero encontraba más entretenido pasar las vacaciones con sus otros abuelos, Molly y Arthur. Además, durante las vacaciones de Hogwarts la madriguera se convertía en el lugar fijo de congregación familiar: Albus, Lily, James, Dominique, Roxanne, Fred, Victoire, Teddy, Molly y Lucy se instalaban allí y por lo general, pasaban unos meses fantásticos. Rose sabía que Hugo había estado especialmente fastidioso aquellas vacaciones porque en el fondo deseaba no estar allí, con los Granger, sino en la madriguera. A él no le gustaba separarse demasiado del mundo mágico y casi consideraba un castigo el no poder usar magia durante aquellos meses de descanso. Rose, en cambio, era diferente; ella disfrutaba plenamente de los meses lejos de la locura mágica pues podía ponerse al día con ciertas lecturas y respirar tranquilidad y paz. Adoraba a sus primos, pero la madriguera no solía ser un lugar propicio para el estudio, y ahora más que nunca Rose estaba concentrada en incrementar sus habilidades mágicas, después de todo, aquel sería su último año de Hogwarts.

- No hay rastros de Ulises.- dijo Rose con tristeza al llegar al comedor, mas no pudo evitar sonreír al ver a su abuelo sirviendo la mesa con un delantal femenino.

- Ya aparecerá, querida, ya verás.- dijo el abuelo con ternura mientras le señalaba su puesto en la mesa.

La abuela estaba sentada justo frente a Hugo -quien tenía, muy informalmente, un pie apoyado sobre la silla- y miraba la comida extasiada.

- ¡Qué delicioso se ve todo! Cómo me gustaría haber aprendido a cocinar…- dijo Mrs. Granger.

Rose volvió a sonreír; si algo la ponía de buen humor era lo poco comunes que eran sus abuelos, a pesar de ser muggles. En casa de los Granger, la abuela a duras penas conocía la cocina.

- Creí que moriría de inanición esperándote.- dijo Hugo a su hermana mientras se abalanzaba sobre el plato. A pesar de ir a quinto curso y por lo tanto, ser dos años menor a ella, Hugo era más alto y más atlético. Tenía el cabello castaño como el de su madre, y los ojos grandes y achocolatados.

Rose lo miró con reproche. Si aquellas vacaciones no habían resultado tan relajantes como las anteriores para ella, era debido a su hermano. Como Hugo en el fondo no quería estar allí, ni siquiera se molestaba en adquirir las posturas que se requerían para vivir en un vecindario muggle. A veces hablaba en voz alta sobre Quidditch sin miedo a que los vecinos lo escuchasen; otras jugaba con una quaffle en el jardín y se le escapaba al patio continuo. Siempre era ella quien al final del día debía ir a buscarla e inventarse como excusa con los vecinos que se trataba de un deporte australiano de poca fama.

A pesar de todos aquellos roces, ella había tolerado cada descuido de Hugo sin emitir el menor reclamo. Sin embargo, su paciencia se vio agotada cuando notó que en más de una ocasión, Hugo dejó las ventanas abiertas sin importarle en lo más mínimo que Ulises pudiera escaparse. Ahora, estaba segura, si Ulises había desaparecido era por esos descuidos de su hermano menor.

- Tranquila, Rosie.- dijo Hugo mientras comía sin darle importancia al asunto. – Seguro que está afuera jugando con sus amigos gatos y luego regresará.

Rose levantó la mirada y fijó sus ojos azules en los de su hermano con irritación.

- Es precisamente ese el problema, Hugo.- le dijo intentando controlar las ganas que tenía de levantar la voz. – No sé si te has percatado de que estamos en el mundo muggle y Ulises no es un gato común y corriente. ¿Qué crees que hará alguien si lo ve de repente aparecer en su cocina camuflado en una tetera?

Hugo la miró, imperturbable.

- ¿Un muggle? Creerá que tiene esquizofrenia y se irá a hacer revisar por algún doctor. Nada le pasará a Ulises.

- ¡Eso no lo sabes!- exclamó Rose, sin poder controlarse.

Los abuelos dejaron de comer y miraron confundidos a sus nietos.

- Podemos preguntarles a los vecinos si lo han visto, cariño.- dijo la abuela, interviniendo.

- Hugo, has estado dejando las ventanas abierta cuando específicamente te dije que no lo hicieras.- dijo Rose, molesta.

- ¡Hace calor!- exclamó Hugo. – ¡Tengo derecho a un poco de aire! ¿O no?

Entonces el eco de un maullido desde la calle silenció la mesa.

- ¡Ulises!- soltó Rose como en un suspiro y corrió hacia la puerta principal.

Al salir al pórtico tuvo que encender las luces buscando a tientas el interruptor. Por el entusiasmo del momento estuvo a punto de sacar su varita y crear luz de forma mágica, pero se corrigió a tiempo. Buscó a su alrededor, pero no pudo ver a Ulises.

- ¿Ulises?- volvió a llamar ella.

Un nuevo maullido se escuchó a poca distancia y Rose pudo divisar las orejas de su gato gris aparecer al otro lado de la calle.

- Ahí estás, pequeño.

Rose caminó por el césped del patio frontal de la casa Granger y vio como al otro lado de la acera, los ojos amarillos de Ulises aparecían para hacerle compañía a las tiernas orejas.

- Ven, pequeño, ven.- dijo Rose llamándolo desde la vereda.

Ulises comenzó a cruzar la ancha calle.

Y fue entonces cuando el rugir de un auto a alta velocidad borró la sonrisa del rostro de Rose.

- ¡Ulises!- gritó ella, pero el gato no se movió del centro del asfalto, petrificado por las luces.

Rose corrió a pesar de la cercanía del vehículo; una camioneta negra con luces intensas que zigzagueaba a pocos metros. Tomó a Ulises y lo lanzó hacia la vereda.

Luego escuchó el freno caliente sobre el cemento y vio el humo de las llantas antes de que las luces la cegaran. Consiguió levantar ambas manos, instintivamente frente a ella, como si quisiera protegerse de lo inevitable, pero entonces la camioneta logró golpearla levemente en las palmas abiertas y detenerse a unos pocos milímetros de su cuerpo.

- ¡Rose!- gritó Hugo, quien lo había presenciado todo desde la puerta principal de la casa.

Pero ella no lo escuchó. Todavía el eco del freno persistía en sus oídos y su respiración era agitada, casi espasmódica. No podía creer que estuviera viva. Miró hacia al frente; la camioneta estaba cerca de ella, quieta, muy quieta. El cuerpo de Rose temblaba y en su mente todo daba vueltas.

Del lado del copiloto de la camioneta salió un chico al quien al principio, por la fuerza de las luces, no reconoció.

- ¡¿Estás bien? ¡¿No te sucedió nada?- exclamó el chico acercándose hacia ella con evidente semblante de preocupación. Luego la miró de frente y sus ojos verdes denotaron sorpresa. - ¿Weasley?...

Rose miró confundida a su interlocutor y entonces lo reconoció.

- ¿Nott?- preguntó, aturdida. - ¿Tú?

Alexander Nott se pasó una mano por el cabello color miel y miró hacia la camioneta.

- ¡Scorpius, no vas a creer esto! ¡Es Rose Weasley! ¡Y está bien!- gritó, pero se vio interrumpido al ser empujado por Hugo, quien había llegado a la escena y tomado a Rose entre sus brazos.

Alexander Nott se vio forzado a retroceder unos pasos por la fuerza del empujón.

- ¡Casi la matas! ¡Tú y tu amigo slytherin!

Alexander levantó las manos en el aire en señal de que no buscaba pelea.

- Fue un accidente, Weasley.

La puerta del conductor de la camioneta se abrió, dejando salir a un joven alto, rubio y de ojos metálicos. Rose, entre los brazos de su hermano, pudo identificar el porte, los rasgos y la silueta de aquel Slytherin, y vio sin pensar mucho en ello, cómo las pupilas del rubio se dilataban y ennegrecían sus ojos, antes claros.

- Déjalo así, Weasley.- dijo Scorpius, mirando de frente a Hugo. – A quien le debemos disculpas es a tu hermana, no a ti.

Pero Hugo no cedió. Si bien era cierto que detestaba a los Slytherins, aún era más grande su odio cuando se trataba de apellidos como Malfoy y Nott.

- ¿Qué hacen ustedes aquí?- preguntó Hugo de forma violenta. - ¿Sabe acaso tu padre, Malfoy, que te gusta jugar por barrios muggles?

Scorpius lo miró con indiferencia; sin odio, ni desprecio, ni antipatía, sino total indiferencia. Sus ojos se fijaron en Alexander y sin más le dijo:

- Vámonos.

Alexander caminó hacia la camioneta y antes de entrar, miró a Rose e hizo un ligero gesto con la cabeza, como si estuviera disculpándose. Scorpius, en cambio, entró sin mirarla y con inexperiencia encendió el motor.

Rose pudo escuchar el ruido de la camioneta alejándose, y solo entonces, pareció salir del shock.

Me llamo negro

30 minutos antes

- Más te vale que esto valga la pena.- dijo Scorpius golpeando un muro con la punta de su dedo y observando cómo los ladrillos se reacomodaban para mostrar una abertura lo suficientemente grande para que él y su acompañante cruzaran.

- Créeme, vale cada segundo.- respondió Alexander. – Mi regalo será el mejor que hayas recibido hasta ahora, Malfoy. Es para compensar los años anteriores.

Alexander fue el primero en cruzar el muro, bastante entusiasmado. Tenía el cabello castaño descontrolado, lacio, y una nariz respingada. Era casi del mismo alto de Scorpius. Los dos avanzaron por un callejón oscuro; la noche era espesa. Ambos llevaban chaquetas negras y se sorprendieron de que allí, en el mundo muggle, no hiciera tanto frío como en el mundo mágico en aquella época. Pronto llegaron a una avenida silenciosa, con algunos faroles que iluminaban la calle y ciertas casas coloridas y pequeñas. Scorpius miró con curiosidad a su alrededor mientras caminaba. Había estado varias veces en el mundo muggle con Alexander; desde niños les gustaba aventurarse y, en otras palabras, hacer todo lo que tenían prohibido hacer. Sin embargo, nunca dejaba de sorprenderse de la simpleza, y a la vez complejidad, de aquellas personas que se las arreglaban para vivir sin ayuda de la magia.

- ¿Cuánto más tendremos que seguir caminando?- preguntó Scorpius, algo fastidiado y aburrido. – Tengo que estar en casa a las nueve para la recepción de los invitados o mi madre hará uno de sus dramas.

- Claro, lo olvidé.- dijo Alexander en tono burlón. - ¿Cuáles fueron las exactas palabras de tu madre? ¡Ah sí! "Un Malfoy no puede cumplir 17 años y no tener una fiesta de sociedad".

Scorpius suspiró y se pasó la mano por el cabello rubio, echándolo hacia atrás, pero algunos mechones regresaron para caer sobre su frente. Si había algo que detestaba eran las reuniones en sociedad que sus padres encontraban entretenidas y edificantes. Scorpius jamás conoció eventos tan aburridos como aquellos: eran fiestas en las que los hombres fumaban en grandes pipas y se reían de comentarios respecto a las políticas del ministerio de magia, o comentaban sobre negocios, mientras que las mujeres se paseaban con la intención de mostrar sus joyas y sus vestidos. Las conversaciones eran intrascendentes y trataban de temas de los que ni siquiera tenían conocimientos. Eran poco inteligentes. Ya una vez, Scorpius corrigió a uno de los amigos de su padre en cuanto a un estatuto del ministerio, y desde entonces no había querido escuchar más insensateces.

- Si buscamos el lado positivo…tendrás más regalos.- dijo Alexander, aún burlándose.

- No me interesa.- respondió Scorpius. – No me darán nada que ya no tenga. Mucho menos, que quiera tener.

- Es cierto.- dijo Alexander mientras cruzaban un parque a paso seguro y veloz. - ¿Qué regalos podrían hacerte los amigos de tus padres? Seguro cientos de cosas sofisticadas y…

- Insoportablemente aburridas.- completó Scorpius. – Aburridas e inútiles.

- Bien, pero puedo asegurarte que mi regalo no es aburrido.- dijo Alexander dando la vuelta y entrando a un nuevo callejón.

Scorpius lo siguió de mala gana. En el fondo, lo que quería era que la noche acabara y, mejor aún, que las vacaciones terminaran para así poder volver a Hogwarts y usar magia. Sentía cosquillas en los dedos cada vez que pensaba en lo poco que faltaba para volver a usar su varita otra vez. Era lo que más ansiaba, lo que más necesitaba; la adrenalina de conjurar hechizos, de ser lo que en verdad era: un mago. Las vacaciones siempre terminaban por ser una tortura debido a la ley de no utilización de magia fuera de Hogwarts. Nunca acababa por disfrutarlas del todo.

- Y aquí está…- dijo Alexander.

Scorpius no pudo pronunciar palabra alguna. Clavó sus ojos metálicos en la máquina que aparecía frente a él: sí, claro que había visto esos artefactos antes. Eran los vehículos de muggles, y siempre le habían parecido geniales, pero jamás había visto uno tan grande y fascinante. Se trataba de una camioneta negra, doble cabina. Caminó hacia ella y pasó su mano por el capó, embelesado, fascinado por lo que tenía al frente.

- ¿Lo ves? Te dije que valía la pena.- dijo Alexander.

Scorpius miró de frente a su amigo, sin separar las manos del vehículo.

- ¿En dónde diablos la conseguiste?- le preguntó.

- Su dueño la suele dejar aquí. Tomé las llaves.- dijo Alexander sacándolas de su bolsillo. - ¿Quieres manejar?

Scorpius sonrió.

- Dámelas.- le exigió.

Alexander se las lanzó y Scorpius las atajó exitosamente. Los dos se subieron a la camioneta, entusiasmados, y cerraron las puertas.

- Esto va a ser genial.- dijo el castaño.

- Tenías razón, Nott.- dijo Scorpius mientras introducía las llaves en el único lugar posible. – Es el mejor regalo que jamás me hayan dado.

Entonces encendió el motor.

Tanto Scorpius como Alexander soltaron gritos de adrenalina al sentir el vibrar el vehículo. Luego el rubio experimentó con los pedales. La camioneta hizo un ruido ensordecedor. Alexander movió la palanca de cambio.

La camioneta comenzó a moverse.

Scorpius sentía cómo su corazón latía velozmente dentro de su pecho. Todo su cuerpo tenía un estremecimiento por lo desconocido y la aventura que estaba viviendo. Al principio fueron lento, avanzando por las calles, averiguando el correcto funcionamiento de la camioneta, pero luego Nott vio las casas y los postes de luz pasar a una velocidad mucho mayor y supo que Scorpius estaba acelerando.

- Scorpius…- dijo Alexander, sosteniéndose del asiento.

- Vamos a hacer de esto algo que en realidad valga la pena.- dijo Scorpius, y aceleró aún más.

Las casas eran casi invisibles por la velocidad a la que iban. Alexander estaba asustado, pero a la vez poseído por la misma adrenalina de Scorpius, así que reía y saltaba sobre su propio asiento mientras atravesaban calles enteras. Los dos disfrutaban como nunca, adictos a la velocidad, despreocupados, arriesgados; la noche de repente tenía otro color. Un color fuerte, radiante, un…

- ¡Scorpius, frena!- gritó Alexander.

Scorpius pisó el freno con toda su fuerza y se asió del volante, pero el auto patinó y perdió el control. Sí, la había visto antes de que su amigo le pidiera a gritos que frenara; una figura femenina en medio de la calle a poca distancia. Escuchó el ruido estruendoso de las llantas quemando el asfalto, hasta que la camioneta se detuvo en seco y tanto él como Alexander golpearon sus cabezas contra el panel delantero del vehículo. Scorpius sentía el corazón en la garganta cuando se repuso, y aún con las manos en el volante levantó la mirada hacia al frente. A través del parabrisas las luces de la camioneta iluminaban con fuerza un cabello rojo intenso, rizado, recogido en una rosca hacia atrás pero indómito, con algunos rizos surgiendo a los lados del rostro pálido y trémulo. Vio unos ojos azules y unas manos finas, temblorosas, sobre el capó del vehículo. Scorpius seguía fijo en su asiento, mirando de frente a la que casi fue su víctima, sin poder creer que había estado a punto de causar un desastre. La vio respirar agitadamente, confundida, casi cegada por la luz de los faroles.

Ni siquiera vio en qué momento Alexander salió de la camioneta.

- ¡Scorpius, no vas a creer esto! ¡Es Rose Weasley! ¡Y está bien!

Scorpius entendió, entonces, por qué aquel rostro le parecía tan familiar. No la había reconocido por la fuerza de las luces, el susto del momento y la expresión de shock en el rostro de la chica. Entonces vio a alguien a quien sí reconoció al instante: Hugo Weasley. Hugo tomó a su hermana y empujó con fuerza a Alexander. Desde allí, pudo ver cómo Nott levantaba las manos en el aire. Claro que reconocía a Hugo Weasley, con él, después de todo, tenía más trato que con Rose. Durante los últimos seis años de colegio, jamás le había tocado compartir clase con los de Gryffindor. Su mayoría de materias eran impartidas junto a los alumnos de Ravenclaw, así que a pesar de estar en el mismo año que Rose, a veces pasaban semanas enteras en las que no la veía. Sin embargo, con Hugo era otra historia: Hugo era uno de los golpeadores del equipo de quidditch de Gryffindor, y Scorpius, como buen cazador slytheriano, había tenido más que un encuentro en el campo con él.

Tan pronto vio a Hugo supo que habría problemas.

Hugo era lo que los slytherins llamaban un "gryffindor militante". Si bien la historia de sus padres era pasado, se trataba de un pasado que tenía repercusiones en el presente. Los Weasley, los Potter, los Lovegood, entre otros, eran hijos de héroes, y ampliamente respetados en Hogwarts por ello. Sin embargo, los Malfoy, los Nott, los Zabinni, y en general, todos los slytherins, seguían siendo vistos como hijos de mortífagos y estaban marcados por ese pasado del que ni siquiera fueron partícipes. Si bien era cierto que en Hogwarts había quienes no discriminaban a slytherins, también era cierto que existían otros quienes los odiaban por el simple hecho de pertenecer a esa casa, o llevar un apellido vinculado con un pasado oscuro. Hugo era uno de ellos. Y Scorpius no se lo recriminaba; era justo admitir que él tampoco se esforzaba en ser amable.

Scorpius se bajó de la camioneta y enfrentó al castaño, quien a pesar de estar en quinto ya era casi de su misma estatura. No le sorprendía; tenía, después de todo, como padre a un gigante, o al menos así se lo había contado el suyo. Draco Malfoy había sido explícito en ello la única vez que se refirió a Ron Weasley: "Un gigante torpe de cabello rojo." Pero Scorpius sabía lo hiperbólico que podía ser su padre con los defectos de otros, especialmente cuando no le agradaban.

- Déjalo así, Weasley.- dijo Scorpius, mirando de frente a Hugo. – A quien le debemos disculpas es a tu hermana, no a ti.

- ¿Qué hacen ustedes aquí?- preguntó Hugo de forma violenta. - ¿Sabe acaso tu padre, Malfoy, que te gusta jugar por barrios muggles?

Scorpius no se sintió amenazado por aquella pregunta. Dudaba mucho que Hugo Weasley fuera a buscar a su padre para decirle que lo había visto en calles muggles. Sabía que se trataba de un comentario que tenía la única intención de irritarlo. Sin embargo, no causó tal efecto, lo que quizás fastidió aún más a Hugo. Scorpius no se enojaba fácilmente.

- Vámonos.- dijo el rubio a su amigo.

Los dos se subieron a la camioneta en silencio. Ya adentro, mientras encendía el motor, Scorpius miró a Rose y la vio soltarse de los brazos de su hermano, ya más tranquila, pero agitada y caminar directo hacia la puerta de una casa en donde un gato gris de ojos amarillos parecía esperarla. Eso fue lo último que vio de ella y del vecindario mientras se alejaba conduciendo, esta vez, a una velocidad aceptable.

- No puedo creer que hayamos tenido tan mala suerte.- comentó Alexander, minutos después. – No solo estuvimos cerca de matar a alguien, sino que ese alguien, de todos los seres vivos que podían ser, fue Rose Weasley.

Scorpius no dijo nada, parecía abstraído y pensativo.

- Si Weasley, no Rose, sino el Weasley, abre la boca y dice en dónde nos vio y cómo nos vio, estaremos en problemas.- dijo Alexander, continuando su monólogo. – Es decir, a mi padre le dará lo mismo, pero sé que a mi madre no; en cuanto a tus padres, no quiero ni pensar lo que te harían si supieran que estabas en el mundo muggle conduciendo un vehículo robado a quién sabe cuántos kilómetros por hora.

Scorpius miró de reojo a su amigo con algo de fastidio y luego volvió a clavar la mirada al frente. Sus pupilas poco a poco habían comenzado a disminuir de tamaño, y ahora lo metálico reinaba en su mirada.

- Hugo Weasley no va a decir nada, es solo un niño inmaduro.- dijo el rubio, algo hastiado. – Lo comentará con sus amigos, ¿y qué? No llegará a mayores. ¿O crees que el hijo de Ronald Weasley, héroe de guerra, va a pedir una entrevista con Draco Malfoy, ex mortío, para decirle que me vio en dónde me vio y cómo me vio?

Esta vez Alexander calló. No era común escuchar a Scorpius referirse al pasado oscuro de su padre, y él, como uno de sus amigos más cercanos, sabía bien lo delicado que era ese tema para el rubio.

Con algo de incomodidad el castaño se aclaró la garganta, y tras algunos segundos de silencio prolongado, le dijo:

- Es linda.

Scorpius pareció descolocarse ante el comentario.

- ¿De qué estás hablando?- le preguntó mientras aparcaba la camioneta nuevamente en el callejón.

- De Rose, Rose Weasley, obviamente.- dijo Alexander. – Es casi increíble pero, es la primera vez que la veo a poca distancia. Por supuesto que ya la había visto antes y siempre concordé con todos en que es atractiva, pero ahora que estuve a tan solo unos centímetros, uff… en verdad es bella.

Scorpius miró a su amigo con desinterés.

- Sí, es linda; como muchas en Hogwarts.- le dijo como para opinar y seguirle la conversación, pero en realidad estaba cansado y el casi accidente le había arruinado el humor. – No es mi tipo.

- Ya lo sé.- dijo el castaño, burlonamente mientras salían de la camioneta. – Tu tipo tiene nombre y apellido: Megara Zabini.

Scorpius sonrió, pero no volteó a ver a Alexander.

- Va a ser mi novia, es cuestión de tiempo.- le dijo mientras empezaban a caminar de vuelta al muro que los había llevado hasta allí.

- ¿No te parece cliché estar enamorado de tu mejor amiga de la infancia? – dijo el castaño, burlándose. – Hemos estado juntos desde siempre. Es casi un incesto.

Cruzaron un patio con luces que titilaban de forma intermitente.

- Casi.- remarcó el rubio, astutamente, y luego pareció tomar un tono sincero. – Es la única chica con la que puedo mantener una conversación interesante sin aburrirme o sentir que estoy intercambiando palabras con un marsupial. Megara sabe que va a terminar conmigo. Todos lo saben. Es una verdad universal. Además, ella también siente algo por mí, es evidente.

- ¿Cómo lo sabes?

- Porque si no lo sintiera, no permitiría que tuviera pretensiones de hacerla mi novia.

Alexander sonrió y pronto se vieron frente al gran muro que conectaba el mundo muggle con el mágico. El castaño dio un suspiro antes de aplastar el ladrillo indicado y con algo de desánimo le dijo a Scorpius:

- Hora de volver; la alta sociedad nos espera.