Declaimer: Prince of tennis no pertense.

Nota de la autora: Contiene Au y OOC.

Capitulo uno: Amapola campestre.

Era un día soleado y de un calor insoportable en la mitad de la carretera de Texas. Bajo ese sol ardiente se encontraba cabalgando una chica de veinte y seis años.

Llevaba una blusa corta que dejaba ver su abdomen, estaba delgado, pero sin tonificar, nada relacionado con las modelos de televisión, y tampoco nada de qué avergonzarse. Usaba unos vaqueros ceñidos y el cabello en dos largas trenzas. Su rostro estaba sudado y su piel tostada por el sol.

Su nombre era Sakuno Ryusaki. Sakuno vivía con su abuela en el campo desde que tenía memoria, y sólo había tenido la desdicha de ir a las grandes junglas de cemento por los viajes escolares a los que asistió en preparatoria. Ella los había odiado, pues en ellos no encontró el aire libre, el sol que la calcinaba y las hermosas praderas que ella amaba.

Esa tarde precisamente, esta muchacha pensaba en eso, puesto que su abuela le había dicho que vendría ese mismo día un citadino estirado a discutir sobre la posibilidad de invertir o comprar las tierras de la familia, y para Sakuno ese tipo de sujetos traía el olor del asfalto en los zapatos. Por eso había salido a cabalgar, necesitaba despejarse antes de toparse con ese olor de nuevo. Sin embargo, y contra su deseo, se encontró justamente con un citadino en la mitad de la carretera.

Estaba de traje, pero se había quitado el saco y remangado las mangas blancas para poder trabajar en el automóvil averiado que estorbaba en el camino.

Sakuno miró detenidamente y suspiró con una mescla de apatía y compasión.

-¡Hey! ¿Se encuentra bien?- preguntó al forastero sin bajarse aún del caballo. El hombre que se inclinaba sobre el motor del auto se irguió y dejó ver su rostro varonil. Sus ojos eran caramelo y sus cabellos negros, su rostro estaba sudado como el de la muchacha, pero a diferencia de ella, era obvio que eso a él no le agradaba.

-No, este aparato no quiere caminar- le respondió el citadino.

-Ya, si quiere le echo un vistazo- ofreció amablemente la muchacha, y él abrió los ojos con sorpresa.

-Bueno, si usted insiste- le respondió el hombre de ojos caramelo y Sakuno bajó del caballo.

-Deténgame aquí, por favor- le dijo la muchacha colocándole las riendas del caballo en la mano y aquel hombre casi pierde el equilibrio antes de sostenerlas fuertemente.

-Lulú, quieta- le ordenó Sakuno a la yegua mientras se metía de cabeza al motor y ésta obedeció- A ver…

-No creo que pueda arreglarlo, señorita- le dijo el desconocido mientras pasaba la mano por los mechones a la preciosa yegua de color chocolate.

-Estoy de acuerdo- le contesto la aludida- el motor tiene unas bugías que hay que cambiar, se quemaron porque hace demasiado calor y el agua de la maquina se acabó.

-Ah- dejó salir con sorpresa el muchacho y se pasó la mano por el rostro sudado. Sakuno sintió pena por el hombre que ya estaba bastante chamuscado por el sol.

-Si quiere puedo llevarlo a que haga una llamada desde mi casa, la señal es mejor allá, puede pedir una grúa, están cerca si vamos en mi caballo- le propuso amablemente la muchacha señalando el camino al que pretendía llevarlo. El chico la miró y luego el camino, le dio a Sakuno una sonrisa que la dejó helada y aceptó.

-Ok, pero antes, le pediré que me diga su nombre porque ella no deja a nadie subirse sin conocer al menos su nombre- le dijo la muchacha refiriéndose a Lulú, él rió entre dientes.

-Ryoma, señorita, Ryoma Echizen- le saludó cortésmente el citadino, mientras se secaba la mano en el pantalón y la estiraba para estrechársela. Sakuno aceptó el gesto y sonrió.

-Yo soy Sakuno, señor Echizen, y ella es Lulú- respondió la muchacha- Muy bien, suba, ella está conforme.

Dicho y hecho ambos muchachos salieron rápidamente a la casa de la señorita Ryusaki. Sakuno vivía en un pequeño rancho, en una casa de dos pisos y un granero. Limpio, bien pintando y ordenado, el lugar daba un agradable aire cinematográfico a las praderas Texanas.

-¿Está bien allí atrás, Echizen?- le preguntó Sakuno un poco antes de llegar. Lulú galopaba fieramente.

-Sí, no se preocupe, señorita, estaré algo oxidado pero no es la primera vez que hago esto- respondió él. Sakuno sonrió.

-Pues sería el primer citadino que me dice eso- contestó la muchacha en son de broma.

-Ah, es que se la pasa usted rescatando hombres desconocidos todos los días- bromeó el muchacho y Sakuno se ruborizó.

-Hubiera preferido entonces que lo dejara allí tirado- espetó ella.

-Para nada, de hecho ya me estaba calcinando, y no esperaba ver a alguien hasta un poco entrada la tarde ¿no le molesta a usted el sol?

-Todos los citadinos son unos bebes ¿no? Este sol no es nada que un bloqueador no pueda arreglar.

-Igual no debería salir a esta hora, es malo para su salud.

-No se preocupe, usualmente lo hago más tarde, pero está vez salí porque quería quitarme algo de la cabeza.

-¿Algo grave?- cuestionó Echizen sorprendido por el comentario. Sakuno negó con un sonido desde la garganta.

-En realidad es que viene al rancho un inversionista, y debo atenderlo, pero ya sabe como son estos hombres de negocios estirados. Llegan a aburrir más que ver el pasto crecer y para rematar te hacen exigencias que no sabes ni te interesan para que son- habló Sakuno dejando salir el veneno que le daban el sujeto estereotípico de su imaginación.

Ryoma rió entre dientes por lo que ella decía, y Saku pensó si se estaría burlando de ella, o quizás pensaba lo mismo. No encontró una respuesta antes de divisar su casa.

La muchacha invitó a pasar al señor Echizen.

-¡Abuela! Ya llegue- gritó la chica al entrar y la señora Ryusaki salió de la cocina a su encuentro.

-¡Te he dicho que no salgas a cabalgar a esta hora, Saku! ¿Te quieres achicharrar?- se oyó decir desde el fondo de la casa.

La mujer que ahora aparecía por una puerta, tenía los cabellos castaños como su nieta y las facciones de una mujer fuerte. Estaba usando un vestido, gusto rezagado de su época, y un delantal rosado. Miró a Sakuno y luego al hombre que la acompañaba. Sumire Ryusaki abrió los ojos por la sorpresa.

-Ah, señor Echizen, ha llegado al fin- dijo la señora y Saku dio un respingo.

-Es un placer verla de nuevo, señora Sumire- le respondió el aludido.

-Disculpen, la pregunta estúpida del año ¿ustedes se conocen?- cuestionó la muchacha enarcando una ceja.

-Sakuno, ¡que son esos modales! Este es el inversionista que te dije que iba a venir hoy- le explicó la señora Ryusaki a su nieta quien al instante se puso roja como amapola.

-Ah…Eh…- trató de articular la muchacha con la mirada fija en el hombre que estaba parado junto a ella.

-¿Cómo que "eh" y "ah"? Sakuno ¿qué es lo que tienes? Sea lo que sea dilo- exclamó Sumire, pero a Sakuno se le hizo imposible formular palabra.

-No se preocupe por eso, señora, ella simplemente debe estar sorprendida, porque verá usted justamente me ha rescatado de la mitad del camino- habló Ryoma con una sonrisa burlona.

-Ah, ya- exclamó Sumire y lanzó una risotada por la cara de espanto de su nieta.

-Sí, y hablando de eso, ¿qué le parece si me presta un teléfono? necesito llamar una grúa. Luego podemos ir a arreglar nuestro aburrido negocio- señaló Echizen y sonrió aun más burlonamente. Sumire enarcó una ceja y lo guió a donde estaba el teléfono.

Sakuno se quedó patidifusa e increíblemente avergonzada en la mitad de la sala.

A los dos minutos, cuando al fin reaccionó, estuvo segura de no querer ver a Ryoma Echizen en lo que quedaba del año, así que sin pensarlo dos veces se fue al granero a tirarse en la paja.

Mientras tanto Sumire y Ryoma hablaban animadamente de la inversión que se podía hacer en el terreo. Un par de construcciones y una buena reforestación que la compañía de energía eólica de su familia quería realizar.

-Todo eso lo sabes decir muy bien, hijo, pero entenderás que no entiendo muy bien de lo que me estás hablando- le comentó la señora con una sonrisa de disculpa.

-Sí, yo la entiendo, es una tecnología nueva y apenas la empezamos a usar de verdad, por los cambios políticos que ha traído Obama, pero créame cuando le digo que esto sólo traerá beneficios para todos- le aseguró Ryoma firmemente. Sumire suspiró.

-Si tú lo dices, muchacho. El precio ya lo acordamos y los papeles también, pero ¿sabe? Me gustaría mucho verificar esa construcción. Lo que usted dice suena muy bonito, sin embargo no está demás que tenga a alguien que lo ayude con el terreno- afirmó la mujer tomando un sorbo de café. Ryoma estuvo totalmente de acuerdo.

-Tenemos bastante gente especializada en este tipo de trabajos…

-Oh, es no lo dudo- le interrumpió la anciana- pero quisiera a alguien de mi rancho en su equipo de expertos.

-Bueno, ciertamente no habría ningún problema con eso, señora, ¿tiene a alguien en mente?

-No es necesario ni si quiera pensarlo- sonrió orgullosa la mujer.

-¿Ah sí? ¿Quién?- cuestionó cortésmente Echizen.

-Sakuno- respondió simplemente Sumire y Ryoma se tragó la carcajada que le causaba la ironía, porque estaba seguro, por los colores en el rostro de la aludida, que ésta no deseaba verle ni en pintura.

-¿Su nieta?- preguntó él fingiéndose estoico.

-Por supuesto, ¿Y quién si no? Sakuno se graduó de la mejor universidad de toda Texas en ingeniería agrícola- afirmó con orgullo Sumire. Echizen abrió los ojos por el inesperado dato.

-Pues perfecto entonces, pero ¿cree que ella esté de acuerdo?- dudó sinceramente él.

-Esa es una pregunta tonta, jovencito, Sakuno es algo atolondrada, pero es una excelente profesional, aunque lo diga yo, y estoy segura de que estará encantada de ayudarlo en el proyecto…

Continuara….

Adelantos:

Música de Dolly Parton y Billy Ray Cyrus en un granero.

-Sakuno, creo que acabas de matarlo.

-¿Eh? ¡Señor Echizen!

No quiero leer un comentario que me pregunte cuando voy a actualizar mis demás historias. Escribir, como ustedes saben, es un proceso creativo que no debe apresurarse y además ando ocupada.

Espero que les haya gustado. Aparentemente yo no puedo escribir algo que no sea AU ni OCC pero si les gusta no es de mucha importancia.